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El sol de octubre ciñe,

al paisaje maduro.

Otorga a lo que vive

su plenitud de fruto.

El aire se hace de oro,

se enjoya de susurros,

panal de los dulzones,

reino del ritmo puro,

melodía de flauta

que derrumba lo oscuro,

entra por la ventana,

dibuja desde el júbilo

seres con sosegada

vocación de desnudo,

criaturas del gozo

que llegan de otro mundo.

José Hierro

Chapeltique

CHAPELTIQUE

Por Geovanny Pineda

Qué bello mi Chapeltique

con sus serranías y ríos,

si no lo reforestamos

 jamás volverá el frío.

II

Reclamas tu existencia primitiva:

Paz, tranquilidad,

canastos y arrozales,

pastizales y maizales.

III

Nuestra cuna hoy llora

Pero no de alegría,

sino por los cultivos

que antes tenía

IV

Gran riqueza natural

heredó Dios a nuestra ciudad,

un río cristalino para todo El Salvador

V

Chapeltique, a pesar de tus adversidades

nunca te olvidaremos,

porque siempre has triunfado.

Nobel de Literatura 2018 – 2019

PREMIO NOBEL DE LITERATURA A OLGA TOKARCZUK Y PETER HANDKE

Este año el  premio Nobel de literatura tuvo dos ganadores. Es la primera vez desde 1974 que se entregan dos premios en un año: Los galardonados fueron la escritora polaca Olga Tokarczuk y el novelista austriaco Peter Handke.

La doble distinción llega después de que la Academia Sueca suspendiera la adjudicación el año pasado de este galardón por un escándalo de agresión sexual. 

El Premio Nobel de Literatura 2018 ha sido otorgado a la autora polaca Olga Tokarczuk. Para la Academia Sueca, “la obra maestra” de la autora polaca es su novela Księgi Jakubowe (Los libros de Jacob).

“En esta obra mostró la capacidad suprema de la novela de representar un caso casi más allá del entendimiento humano”.

Tokarczuk, de 57 años, debutó como novelista en 1993 con su Podróz ludzi Księgi (El viaje de los hombres del libro).

Según la institución sueca, “Tokarczuk hizo un auténtico avance con su tercera novela Prawiek i inne czasy (Un lugar llamado Ataño), de 1996″.

“La novela es un ejemplo excelente de la nueva literatura polaca tras 1989”, subrayó.

​La Academia afirmó que la autora polaca “nunca percibe la realidad como algo estable o duradero”.

“Construye sus novelas dentro de una tensión entre contraposiciones culturales: naturaleza contra cultura, razón contra locura, masculino contra femenino, hogar contra alejamiento”, expresó la institución.

Tokarczuk es una de las mejores y más celebradas escritoras polacas actuales. Autora de ocho novelas y tres libros de relatos, sus obras se han traducido a treinta idiomas. Con  “Los errantes”, ganó el Man Booker International 2018 y fue finalista del National Book Award en la categoría de libros traducidos.

El Premio Nobel de Literatura 2019 se otorgó a Peter Handske “por una influyente obra que con ingenio lingüístico exploró la periferia y la particularidad de la experiencia humana”.

La Academia destacó que Handke se ha establecido como uno de los autores más influyentes en Europa tras la Segunda Guerra Mundial y sus “obras son una búsqueda incesante del sentido de la existencia”.

Handke nació en 1942 (76 años) en Griffen, sur de Austria. Ingresó a la Universidad de Graz para estudiar Derecho en 1961,pero interrumpió sus estudios luego de publicar su primera novela Die Hornissen (Los avispones) en 1966.

Desde entonces ha producido una vasta obra en diferentes géneros (incluyendo novelas, obras de teatro, ensayos y guiones) yse convirtió en uno de los escritores europeos posteriores a la Segunda Guerra Mundial más influyentes.

La producción de Handke es extensa y variada y gira en torno a la soledad y la incomunicación del hombre. Es autor de teatro, novela y poesía. También es director de cine; ha escrito guiones y ha colaborado con su amigo Wim Wenders. Ambos comparten un estilo concreto y descriptivo, sus personajes son seres abiertos, en proyecto. El minimalismo de los diálogos, la dificultad para tomar decisiones cuando todo puede resultar un paso en falso, constituyen rasgos característicos de la escritura de Handke, que se declara heredero de Goethe, Kafka y Stifter. A su obra se la considera representativa del estilo de la «neue subjektivität» (nueva subjetividad). En 1973 recibió el premio Georg Büchner, en 1976 el premio Kafka y en 2006 le fue concedido el premio Heine, que rechazó.

Ambos autores recibirán la codiciada medalla con la figura de Alfred Nobel yun cheque por un valor nueve millones de coronas suecas (unos 912.000 dólares).

La Maldición

LA MALDICIÓN

Por Leonor Aguilar (Argentina)


María era una mujer pobre. La falta de recursos de su hogar paterno y una grave enfermedad neurológica padecida en la infancia había limitado bastante sus posibilidades de estudiar, de tener un futuro mejor.

Su mañana se iniciaba con tareas de limpieza de oficinas en una pequeña empresa. Había logrado un equilibrio, su pareja pagaba los servicios y lo que pudiera aportar a pequeñas mejoras en el hogar y con lo obtenido de su trabajo se alimentaba la familia.  Cuando quedaba algún dinero sobrante, cosa excepcional, lo utilizaba en vestimenta para sus niños.

Odiaba al mundo. Odiaba a todo aquel que pudiera cristalizar sus posibilidades de crecer y les deseaba todos los males del mundo con una envidia palpable. Nada alegraba más su día que ver complicado y preocupado a su jefe, la cara del día a día de todo lo que ella deseaba y no podía alcanzar. Verlo llegar con cara de preocupación era el mejor placer con el que podía empezar a realizar sus tareas de limpieza en las oficinas de la pequeña empresa, si hubiera podido decirle que le deseaba que su vida fuera una permanente mierda, lo haría sin dudar. Y estaba más que convencida de sus dones ocultos, porque coincidía que le deseaba algún mal y ocurría una seguidilla de desgracias que minaban su ánimo en general.

En los últimos tiempos se había concentrado en desearle un paquete de maldiciones. No porque él fuera mala persona, aunque siempre fue respetuoso,  compasivo y permisivo, era un ser a quien veía en el espejo diario de poseer lo que ella no. Verlo llegar perfumado, recién bañado, presentable, le provocaban una irritación y un ataque de envidia permanente que no podía controlar, lo que provocaba deseos de desgracias que surgían de su interior sin casi pensarlo.

Las maldiciones parecían surtir su efecto. El hombre tuvo una seguidilla de problemas familiares, laborales, económicos y personales que se vieron coronados con un accidente que pudo costarle la vida.

Las cosas estaban más que mal para él y eso, sin duda, le parecía bueno. Fingía preocupación preguntando por su estado y una pequeña sonrisa brotaba de su ser. Cuando el jefe se ausentaba para acudir a sus consultas médicas ella podía ir a trabajar a cualquier hora, pasar haciendo limpieza poco profunda, total, como no iba no se iba a dar cuenta y ella lo mismo recibía su paga…

En ese punto y dadas las circunstancias sentía que las cosas estaban bien. La vida era relajada, podía hacer y deshacer bastante a su gusto, hasta que el jefe tomó una decisión que no esperaba: Cerró la empresa, se dedicó a recuperar la salud, despidió e indemnizó  al personal y le deseó la mejor de las suertes en el futuro porque ya no podía continuar sosteniendo ese emprendimiento.

Ha pasado el tiempo. El jefe se levantó de la quiebra y trabaja de sol a sombra sin personal en un nuevo y exitoso proyecto que va creciendo.

¿Y ella? Pues, ella sigue siendo pobre,  a veces piensa que se le fue la mano al desearle tanto mal y mastica las consecuencias que acabaron cayendo sobre su propio bienestar. Está convencidísima de haber sido la causante de las desgracias, pero a veces lamenta no haber podido conseguir otro trabajo donde contemplen sus problemas de horarios.

Aún odia al mundo y a veces encuentra un nuevo destinatario para su triste don.

Donde el fuego nunca se acaba

DONDE EL FUEGO NUNCA SE ACABA

May Sinclair


No había nadie en el huerto. Enriqueta Leigh salió furtivamente al campo por el portón de hierro sin hacer ruido. Jorge Waring, teniente de Marina, la esperaba allí.

Muchos años después, siempre que Enriqueta pensaba en Jorge Waring, revivía el suave y tibio olor de vino de las flores de saúco, y siempre que olía flores de saúco reveía a Jorge con su bella y noble cara como de artista y sus ojos de azul negro.

Ayer mismo la había pedido en matrimonio, pero el padre de ella la creía demasiado joven, y quería esperar. Ella no tenía diecisiete años todavía, y él tenía veinte, y se creían casi viejos ya.

Ahora se despedían hasta tres meses más tarde, para la vuelta del buque de él. Después de pocas palabras de fe, se estrecharon en un largo abrazo, y el suave y tibio olor de vino de las flores de saúco se mezclaba en sus besos bajo el árbol.

El reloj de la iglesia de la aldea dio las siete, al otro lado de campos de mostaza silvestre. Y en la casa sonó un gong.

Se separaron con otros rápidos y fervientes besos. Él se apuró por el camino a la estación del tren, mientras ella volvía despacio por la senda, luchando con sus lágrimas.

–Volverá en tres meses. Puedo vivir tres meses más –se decía.

Pero no volvió nunca. Su buque se hundió en el Mediterráneo, y Jorge con él.

Pasaron quince años.

Inquieta esperaba Enriqueta Leigh, sentada en la sala de su casita de Maida Vale, donde habitaba solo desde hacía pocos años, después de la muerte de su padre. No alejaba su vista del reloj, esperando las cuatro, la hora que Oscar Wade había fijado. Pero no estaba segura de que él viniera, después de haber sido rechazado el día antes.

Y se preguntaba ella por qué razones lo recibía hoy, cuando el rechazo de ayer parecía definitivo, y había pensado ya que no debía verlo nunca más, y se lo había dicho bien claro.

Se veía a sí misma, erguida en su silla, admirando su propia integridad, mientras él queda de pie, cabizbajo, abochornado, vencido; volvía a oírse repetir que no podía y no debía verlo más, que no se olvidara de su esposa, Muriel, a quién él no debía abandonar por un capricho nuevo.

A lo que había respondido él, irritado y violento:

–No tengo por qué ocuparme de ella. Todo acabó entre nosotros. Seguimos viviendo juntos solo por el qué dirán.

Y ella, con serena dignidad:

–Y por el qué dirán, Oscar, debemos dejar de vernos. Le ruego que se vaya.

–¿De veras lo dice?

–Sí. No nos veremos nunca más. No debemos.

Y él se había ido, cabizbajo, abochornado y vencido, cuadrando sus espaldas para soportar el golpe.

Ella sentía pena por él, había sido dura sin necesidad. Ahora que ella le había trazado su límite, ¿no podrían, quizá, seguir siendo amigos? Hasta ayer no estaba claro ese límite, pero hoy quería pedirle que se olvidara él de lo que había dicho.

Y llegaron las cuatro, las cuatro y media y las cinco. Ya había acabado ella con el té, y renunciado a esperar más, cuando cerca de las seis llegó él como había venido una docena de veces ya, con su paso medido y cauto, con su porte algo arrogante, sus anchas espaldas alzándose en ritmo. Era hombre de unos cuarenta años, alto y robusto, de cuello corto y ancha cara cuadrada y rósea, en la que parecían chicos sus rasgos, por lo finitos y bellos. El corto bigote, pardo rojizo, erizaba su labio, que avanzaba, sensual. Sus ojillos brillaban, pardos rojizos, ansiosos y animales.

Cuando no estaba él cerca, Enriqueta gustaba de pensar en él; pero siempre recibía un choque al verlo, tan diferente, en lo físico al menos, de su ideal, que seguía siendo su Jorge Waring.

Se sentó frente a ella, en un silencio molesto, que rompió al fin:

–Buen; usted me dijo que podía venir, Enriqueta.

Parecía echar sobre ella toda la responsabilidad.

–¡Oh, sí; ya lo he perdonado, Oscar!

Y él dijo que mejor era demostrárselo cenando con él, a lo que ella no supo negarse, y, simplemente, fueron a un restaurante en Soho.

Oscar comía como gourmet, dando a cada plato su importancia, y ella gustaba de su liberalidad ostentosa sin la menor mezquindad.

Al fin terminó la cena. El silencio embarazoso de él, su cara encendida le decían lo que estaba pensando. Pero, de vuelta, juntos, él la había dejado en la puerta del jardín. Lo había pensado mejor.

Ella no estaba segura de si se alegraba o no por ello. Había tenido su momento de exaltación virtuosa, pero no hubo alegría en las semanas siguientes. Había querido dejarlo porque no se sentía atraída, y ahora, después de haber renunciado, por eso mismo lo buscaba.

Cenaron juntos otra y otra vez, hasta que ella se conoció el restaurante de memoria: las blancas paredes con paneles de marcos dorados; las blandas alfombras turcas, azul y punzó; los almohadones de terciopelo carmesí que se prendían a su saya; los destellos de la platería y cristalería en las innúmeras mesitas; y las fachas de todos colores, rasgos y expresiones de los clientes; y las luces en su pantallitas rojas, que teñían el aire denso de tabaco perfumado, como el vino tiñe al agua; y la cara encendida de Oscar, que se encendía más y más con la cena. Siempre, cuando él se echaba atrás con su silla y pensaba, y cuando alzaba los párpados y la miraba fijo, cavilando, ella sabía qué era, aunque no en qué acabaría.

Recordaba a Jorge Waring y toda su propia vida desencantada, sin ilusiones ya. No lo había elegido a Oscar, y en verdad, no lo había estimado antes, pero ahora que él se había impuesto a ella no podía dejarlo ir. Desde que Jorge había muerto, ningún hombre la había amado, ninguno la amaría ya. Y había sentido pena por él, pensando cómo se había retirado, vencido y avergonzado.

Estuvo cierta del final antes que él. Solo que no sabía cómo y cuándo. Eso lo sabía él.

De tiempo en tiempo repitieron las furtivas entrevistas allí, en casa de ella.

Oscar se declaraba estar en el colmo de la dicha. Pero Enriqueta no estaba del todo segura; eso era el amor, lo que nunca había tenido, lo deseado y soñado con ardor. Siempre esperaba algo más, y más allá, algún éxtasis, celeste, supremo, que siempre se anunciaba y nunca llegaba. Algo había en él que la repelía; pero por ser él, no quería admitir que le hallaba un cierto dejo de vulgaridad.

Para justificarse, pensaba en todas sus buenas cualidades, en su generosidad, su fuerza de carácter, su dignidad, su éxito como ingeniero.

Lo hacía hablar de negocios, de su oficina, de su fábrica y máquinas: se hacía prestar los mismos libros que él leía, pero siempre que ella empezaba a hablar, tratando de comprenderlo y acercársele, él no la dejaba, le hacía ver que se salía de su esfera, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos los hombres.

En la primera ocasión y pretexto que hubo en asuntos de él, fueron a París por separado.

Por tres días Oscar estuvo loco por ella, y ella por él.

A los seis empezó la reacción. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, estalló ella en un ataque de llanto, y contestó al azar cuando él le inquirió la causa, que el hotel Saint-Pierre era horrible, que le daba en los nervios y no lo soportaba más. Oscar, con indulgencia, explicó su estado como fatiga subsiguiente a la continua agitación de esos días.

Ella trató con energía de creer que su abatimiento creciente venía de que su amor era mucho más puro y espiritual que el de él; pero sabía perfectamente que había llorado de puro aburrimiento.

Estaba enamorada de él, y él la aburría hasta desesperarla; y con Oscar sucedía más o menos lo mismo. Al final de la segunda semana ella empezó a dudar de si alguna vez, en algún momento, lo había podido amar realmente.

Pero la pasión retornó por corto tiempo en Londres.

En cambio, se les fue despertando el temor al peligro, que en los primeros tiempos del encanto quedaba en segundo término. Luego, al miedo de ser descubiertos, después de una enfermedad de Muriel, la esposa de Oscar, se agregó para Enriqueta el terror de la posibilidad de casarse con él, que seguía jurando que sus intenciones eran serias, y que se casaría con ella en cuanto fuera libre.

Esta idea la asustaba a veces en presencia de Oscar, y entonces él la miraba con expresión extraña, como si adivinara, y ella veía claro que él pensaba en lo mismo y del mismo modo.

Así que la vida de Muriel se hizo preciosa para ambos, después de su enfermedad: era lo que les impedía una unión definitiva. Pero un buen día, después de unas aclaraciones y reproches mutuos, que ambos se sabían desde mucho antes, vino la ruptura y la iniciativa fue de él.

Tres años después fue Oscar quien se fue del todo ya, en un ataque de apoplejía, y su muerte fue un inmenso alivio para ella. Sin embargo, en los primeros momentos se decía que así estaría más cerca de él que nunca, olvidando cuán poco había querido estarlo en vida. Y antes de mucho se persuadió de que nunca habían estado realmente juntos. Le parecía cada vez más increíble que ella hubiera podido ligarse a un hombre como Oscar Wade.

Y a los cincuenta y dos años, amiga y ayudante del vicario de Santa María Virgen en Maida Vale, diácona de su parroquia, con capa y velo, cruz y rosario, y devota sonrisa, secretaria del Hogar de Jóvenes Caídas, le llegó la culminación de sus largos años de vida religiosa y filantrópica, en la hora de su muerte. Al confesarse por última vez, su mente retrocedió al pasado y encontrose otra vez con Oscar Wade. Caviló algo si debía hablar de él, pero se dio cuenta de que no podría, y de que no era necesario: por veinte años había estado él fuera de su vida y de su mente.

Murió con su mano en la mano del vicario, el que la oyó murmurar:

–Esto es la muerte. Creía que sería horrible, y no. Es la dicha; la mayor dicha.

La agonía le arranchó la mano del vicario, y enseguida terminó todo.

Por algunas horas se detuvo ella vacilante en su cuarto, y remirando todo lo tan familiar, lo veía algo extraño y antipático ahora.

El crucifijo y las velas encendidas le recordaban alguna tremenda experiencia, cuyos detalles no alcanzaba a definir; pero que parecían tener una relación con el cuerpo cubierto que hacía en la cama, que ella no asociaba a su persona.

Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio Enriqueta el cadáver de una mujer de edad mediana, y su propio cuerpo vivo era el de una joven de unos treinta y dos años. Su frente no tenía pasado ni futuro, y ningún recuerdo coherente o definido, ninguna idea de lo que iba a ocurrirle. Luego, de repente, el cuarto empezó a dividirse ante su vista, a partirse en zonas y hacer de piso, muebles y cielo raso, que se dislocaban y proyectaban hacia planos diversos, se inclinaban en todo sentido, se cruzaban, se cubrían con una mezcla transparente, de perspectivas distintas, como reflejos de exterior en vidrios de interior.

La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie al lado de la puerta, que aún quedaba firme: la abrió y se encontró en una calle, fuera de un edificio grisáceo, con gran torre de alta aguja de pizarra, que reconoció con un choque palpable de su mente: era la iglesia de Santa María Virgen, de Maida Vale, su iglesia, de la que podía oír ahora el zumbido del órgano. Abrió la puerta y entró. Ahora volvía a tiempo y espacio definidos, y recuperaba todos los detalles de la iglesia, en cierto modo permanentes y reales, ajustados a la imagen que tomaba posesión de ella. Sabía para qué había ido allí.

El servicio religioso había terminado, el coro se había retirado, y el sacristán apagaba las velas del altar. Ella caminó por la nave central hasta un asiento conocido, cerca del púlpito, y se arrodilló. La puerta de la sacristía se abrió y el reverendo vicario salió de allí en su sotana negra, pasó muy cerca de ella y se detuvo, esperándola: tenía algo que decirle. Ella se levantó y se acercó a él, que no se movió, y parecía seguir esperando, aunque ella se le acercó luego más que nunca, hasta confundir sus rasgos. Entonces se apartó para ver mejor, y se encontró con que miraba la cara de Oscar Wade, que se estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso.

Ella retrocedió, y las anchas espaldas la siguieron, inclinándose a ella, y sus ojos la envolvían. Abrió ella la boca para gritar, pero no salió sonido alguno; quería huir, pero temía que él se moviera con ella; así quedó, mientras las luces de las naves literales se apagaban una por una, hasta la última. Ahora debía irse, si no, quedaría encerrada con él en esa espantosa oscuridad. Al final consiguió moverse, llegar a tientas, como arrastrándose, cerca de un altar. Cuando miró atrás, Oscar Wade había desparecido.

Entonces recordó que él había muerto. Lo que había visto no era Oscar, pues, sino su fantasma. Había muerto hacía diecisiete años. Ahora se sentía libre de él para siempre.

Salió al atrio de la iglesia, pero no recordaba ya la calle que veía. La acera de su lado era una larga galería cubierta, que limitaban altos pilares de un lado, y brillantes vidrieras de lujosos negocios del otro; iba por los pórticos de la calle Rívoli, en París. Allí estaba el pórtico del hotel Saint-Pierre. Pasó la puerta giratoria de cristales, pasó el vestíbulo gris, de aire denso, que ya conocía bien. Fue derecho a la gran escalera de alfombra gris, subió los innumerables peldaños en espiral alrededor de la jaula que encerraba al ascensor, hasta un conocido rellano, y un largo corredor gris, que alumbraba una opaca ventana al final.

Y entonces, el horror del lugar la asaltó, y como no tenía ningún recuerdo ya de su iglesia y de su Hogar de Jóvenes, no se daba cuenta de que retrocedía en el tiempo. Ahora todo el tiempo y todo el espacio eran lo presente allí.

Recordaba que debía torcer a la izquierda, donde el corredor llegaba a la ventana, y luego ir hasta el final de todos los corredores; pero temía algo que había allí, no sabía bien qué. Tomando por la derecha podría escaparse, lo sabía; pero el corredor terminaba en un muro liso; tuvo que volver a la izquierda, por un laberinto de corredores hasta un pasaje oscuro, secreto y abominable, con paredes manchadas y una puerta de madera torcida al final, con una raya de luz encima. Podía ver ya el número de esa puerta: 107.

Algo había pasado allí, alguna vez, y si ella entraba se repetiría lo mismo. Sintió que Oscar Wade estaba en el cuarto, esperándola tras la puerta cerrada; oyó sus pasos mesurados desde la ventana hasta la puerta.

Ella se volvió horrorizada y corrió, con las rodillas que se le doblaban, hundiéndose, a lo lejos, por larguísimos corredores grises, escaleras abajo, ciega y veloz como animal perseguido, oyendo los pies de él que la seguía hasta que la puerta giratoria de cristales la recibió y la empujó a la calle.

Lo más extraño de su estado era que no tenía tiempo. Muy vagamente recordaba que una vez había habido algo que llamaban tiempo, pero ella ya no sabía qué era. Se daba cuenta de lo que ocurría o estaba por ocurrir, y lo situaba por el lugar que ocupaba, y medía su duración por el espacio que cruzaba mientras ello ocurría. Así que ahora pensaba: “Si pudiera ir hacia atrás hasta el lugar en que eso no había pasado aún. Más atrás aún”.

Ahora iba por un camino blanco, entre campos y colonias envueltas en leve niebla. Llegó al puente de dorso alzado; cruzó el río y vio la vieja casa gris que sobrepasaba el alto muro del jardín. Entró por el gran portón de hierro y se halló en una gran sala de cielo raso bajo, ante la gran cama de su padre. Un cadáver estaba en ella, bajo una sábana blanca, y era el de su padre, que se modelaba claramente. Levantó entonces la sábana, y la cara que vio fue la de Oscar Wade, quieta y suave, con la inocencia del sueño y de la muerte. Con la vista clavada en esa cara, ella, fascinada, con una alegría fría y despiadada: Oscar estaba muerto sin duda ninguna ya. Pero la cara muerta le daba miedo al fin e iba a cubrirla, cuando notó un leve movimiento en el cuerpo. Aterrorizada alzó la sábana y la estiró con toda su fuerza, pero las otras manos empezaron a luchar convulsivas, aparecieron los anchos dedos por los bordes, con más fuerza que los de ella, y de un tirón apartaron la sábana del todo, mostrando los ojos que se abrían, y la boca que se abría, y toda la cara que la miraba con agonía y horror; y luego se irguió el cuerpo y se sentó, con sus ojos clavados en los de ella, y ambos se inmovilizaron un momento, contenidos por mutuo miedo.

De repente se recobró ella, se volvió y corrió fuera del salón, fuera de la casa. Se detuvo en el portón, indecisa hacia dónde huir. Por un lado, el puente y el camino la llevarían a la calle Rívoli y a los lóbregos corredores del hotel; por el otro lado, el camino cruzaba la aldea de su niñez.

¡Ah si pudiera huir más lejos, hacia atrás, fuera del alcance de Oscar, estaría al fin segura! Al lado de su padre, en su lecho de muerte, había sido más joven; pero no lo bastante. Tendría que volver a lugares donde fuera más joven aún, y sabía dónde hallarlos. Cruzó por la aldea, corriendo, pasando el almacén, y la fonda y el correo, y la iglesia, y el cementerio, hasta el portón sur del parque de su niñez.

Todo eso parecía más y más insustancial, se retiraba tras una capa de aire que brillaba sobre ello como vidrio. El paisaje se rajaba, se dislocaba, y flotaba a la deriva, le pasaba cerca, en viaje hacia lo lejos, desvaneciéndose, y en vez del camino real y de los muros del parque, vio una calle de Londres, con sucias fachadas, claras, y en vez del portón sur del parque, la puerta giratoria del restaurante en Soho, la que giró a su paso y la empujó al comedor que se le impuso con la solidez y precisión de su realidad, lleno de conocidos detalles: las blancas paredes con paneles de marcos dorados, las blandas alfombras turcas, las fachas de los clientes, moviéndose como máquinas, y las luces de pantallitas rojas. Un impulso irresistible la llevó hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo, con su servilleta tapándole el pecho y la mitad de la cara. Se puso ella a mirar, dudosa, la parte superior de esa cara. Cuando la servilleta cayó, era Oscar Wade. Sin poder resistir, se le sentó al lado; él se reclinó tan cerca que ella sintió el calor de su cara encendida y el olor del vino, mientras él le murmuraba:

–Ya sabía que vendrías.

Comieron y bebieron en silencio.

–Es inútil que me huyas así –dijo él.

–Pero todo eso terminó –dijo ella.

–Allí, sí; aquí, no.

–Terminó para siempre.

–No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.

–¡Ah, no! Cualquier cosa menos eso.

–No hay otra cosa.

–No, no podemos. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?

–¿Que recuerde? ¿Te figuras que yo te tocaría si pudiera evitarlo?… Para eso estamos aquí. Debemos: hay que hacerlo.

–No, no. Me voy ahora mismo.

–No puedes –dijo él–. La puerta está con llave.

–Oscar, ¿por qué la cerraste?

–Siempre fui así. ¿No recuerdas?

Ella volvió a la puerta, y no pudiendo abrirla, la sacudió, la golpeó, frenética.

–Es inútil, Enriqueta. Si ahora consigues salir, tendrás que volver. Lo dilatarás una hora o dos, pero ¿qué es eso en la inmortalidad?

–Habrá tiempo para hablar de la inmortalidad cuando hayamos muerto. ¡Ah!…

Eso pasó. Ella se había ido muy lejos, hacia atrás, en el tiempo, muy atrás, donde Oscar no había estado nunca, y no sabría hallarla, al parque de su niñez. En cuanto pasó el portón sur, su memoria se hizo joven y limpia: flexible y liviana, se deslizaba de prisa sobre el césped, y en sus labios y en todo su cuerpo sentía la dulce agitación de su juventud. El olor de las flores de saúco llegó hasta ella a través del parterre, Jorge Waring estaba esperándola bajo el saúco, y lo había visto. Pero de cerca, el hombre que la esperaba era Oscar Wade.

–Te dije que era inútil querer escapar, Enriqueta. Todos los caminos te retornan a mí. En cada vuelta me encontrarás. Estoy en todos tus recuerdos.

–Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de Jorge Waring? ¿Tú?

–Porque los reemplacé.

–Nunca. Mi cariño por ellos era inocente.

–Tu amor por mí era parte de eso. Crees que lo pasado afecta lo futuro. ¿No se te ocurrió nunca pensar que lo futuro pueda afectar lo pasado?

–Me iré lejos, muy lejos –dijo ella.

–Y esta vez iré contigo –dijo él.

El saúco, el parque y el portón flotaron lejos de ella y se perdieron de vista. Ella iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Oscar Wade la acompañaba detrás de los árboles, al lado del camino, paso a paso, como ella, árbol a árbol. Pronto sintió que pisaba un pavimento gris, y una fila de pilares grises a su derecha y de vidrieras a su izquierda la llevaban, al lado de Oscar Wade, por la calle Rívoli. Ambos tenían los brazos caídos y flojos, y sus cabezas divergían, agachadas.

–Alguna vez ha de acabar esto –dijo ella–. La vida no es eterna: moriremos al fin.

–¿Moriremos? Hemos muerto ya. ¿No sabes qué es esto y dónde estamos? Esta es la muerte, Enriqueta. Somos muertos. Estamos en el infierno.

–Sí. No puede haber nada peor que esto.

–Esto no es lo peor. No estamos plenamente muertos aún, mientras tengamos fuerzas para volvernos y huirnos, mientras podamos ocultarnos en el recuerdo. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo, y ya no habrá nada más allá, y no habrá otro recuerdo que este.

–Pero ¿por qué?, ¿por qué? –gritó ella.

–Porque eso es lo único que nos queda.

Ella iba por un jardín entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no podía romperlos. Era una criatura.

Se dijo que ahora estaría segura. Tan lejos había retrocedido que había llegado a ser niña otra vez. Ser inocente sin ningún recuerdo, con la mente en blanco, era estar segura al fin.

Llegó a un jardín de brillante césped, con un estanque circular rodeado de rocalla y flores blancas, amarillas y purpúreas. Peces de oro nadaban en el agua verde oliva. El más viejo, de escamas blancas, se acercaba primero, alzando su hocico, echando burbujas.

Al fondo del jardín había un seto de alheñas cortado por un amplio pasaje. Ella sabía a quién hallaría más allá, en el huerto: su madre, que la alzaría en brazos para que jugara con las duras bolas rojas que eran las manzanas colgando de su árbol. Había ido ya hasta su más lejano recuerdo, no había nada más atrás. En la pared del huerto tenía que haber un portón de hierro que daba a un campo. Pero algo era diferente allí, algo que la asustó. Era una puerta gris en vez del portón de hierro. La empujó y entró al último corredor del hotel Saint-Pierre.

10 años sin Mercedes Sosa

10 AÑOS SIN MERCEDES SOSA

se cumplieron 10 años de la desaparición física de  Mercedes Sosa,  la ‘Negra’, como era conocida en el ámbito de la música de la Argentina y del resto del mundo. 

Nacida en Tucumán el 9 de julio de 1935, día en que Argentina festeja su independencia. Creció en un hogar muy humilde A mediados de los ’60, junto a su esposo y músico Manuel Matus, y al poeta Armando Tejada Gómez, fue parte del movimiento del Nuevo Cancionero que renovó las expresiones artísticas de raíz nativa.

En 1962 grabó su primer disco, La voz de la zafra, y en 1965 su segundo disco llamado Canciones con fundamento. Aunque no tuvo gran repercusión en el ámbito cultural. Sin embargo, la gran oportunidad llegó ese mismo año cuando Jorge Cafrune la invitó a cantar con él en el Festival de Cosquín. Aquel día maravilló al público.

El éxito de Cosquín le significó de inmediato un ofrecimiento del sello PolyGram para grabar un álbum ―su tercero― que salió en 1966 con el título de “Yo no canto por cantar”, con el que alcanzó una fama que nunca la abandonaría.

En el teatro Opera de Buenos Aires hizo más de una docena de conciertos a sala llena, acompañada por los más destacados músicos locales como León Gieco y Charly García. Con estas actuaciones tan esperadas, Mercedes no sólo se reencontró con su público de siempre, sino que allí la vieron por primera vez miles de jóvenes que desde entonces la convirtieron, también, en su ídola.

El 1 de abril de 1992 en el Salón Dorado del Honorable Concejo Deliberante fue declarada Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. En noviembre de ese año se publicó una compilación, titulada Mercedes Sosa, 30 años, que reunió una veintena de temas grabados en diversas épocas por ella. En diciembre de 1995 editó Mercedes Sosa – Oro, una compilación de 17 temas grabados entre 1969 y 1994.

Mercedes Sosa junto a Michelle Bachelet. Foto: Cedoc Perfil  A lo largo de su brillante trayectoria artística, además de las distinciones mencionadas, Sosa fue declarada Ciudadana ilustre de Tucumán, recibió la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania; la Medalla al Mérito Cultural del Ecuador; la Placa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú, en reconocimiento a sus 30 años de difusión del canto latinoamericano; el Premio ACE 1993, por su L.P. “Sino” y el Martín Fierro 1994 al mejor show musical en televisión.

Durante 1995 Mercedes Sosa recibió varios premios y distinciones. Entre ellos, el Gran Premio CAMU-UNESCO 1995, otorgado por el Consejo Argentino de la Música y por la Secretaría Regional para América Latina y el Caribe, del Consejo Internacional de la Música de la UNESCO; el Premio de la UNIFEM, organismo de las Naciones Unidas que la distinguió, poco antes de su actuación en el Lincoln Center de New York, por su labor en defensa de los derechos de la mujer; Konex de Platino 1995 a la Mejor Cantante Femenina de Folklore y Konex de Brillante a la Mejor Artista Popular de la Década. También ese año recibió el halago de ser incluida por la Secretary-General United Nations Politic World Conference on Women, en la colección discográfica denominada “Global Divas”.

Sorprendentemente, Mercedes murió un 4 de octubre, coincide con el día de nacimiento de Violeta Parra.  Una multitud la despidió en el Congreso. Tenía 74 años. 


Todos lo saben

TODOS LO SABEN

Por Claudio Bringas (Canadá)

Una de las grandes ventajas con las co-producciones cinematográficas es la posibilidad de observar talentos de diferentes partes de mundo, colaborando para, en muchas ocaciones, crear un producto final interesante. Un ejemplo claro de esto es la producción española-italiana-francesa Todos lo saben dirigida por el director iraní Asghar Farhadi (ganador de premios Oscar por Nader y Simin, una separacion-2011y El viajante-2016) y protagonizada por Javier Bardem, Penélope Cruz (ambos españoles) y el argentino Ricardo Darín. En esta producción que se desarrolla en el área de Castilla, España observamos a Laura (Penélope Cruz), radicada en Argentina, viajando con sus dos hijos de vuelta a España para atender el casamiento de su hermana. Por motivos de trabajo, su marido Alejandro  (Ricardo Darín) no puede viajar con ellos. Sin embargo, Laura no solo se reencuentra con su familia sino que también con Paco (Javier Bardem), un antiguo novio de su juventud, y el cual está ahora casado con Bea (Bárbara Lennie). La hija adolescenete de Laura, Irene (Carla Campra) no pierde tiempo en hacer nuevos amigos y en salir a conocer el área.  Todo va bien y todo es alegría hasta el momento en que Irene misteriosamente desparece durante la celebración del casamiento. Rapidamente Laura se da cuenta que Irene ha sido raptada, aunque la razon de este rapto esta lejos de ser clara. A partir de ese momento, toda la familia y particularmente Paco y Laura se verán envueltos en la búsqueda de Irene, y es a partir de este momento cuando asuntos del pasado comienzan a aflorar, y descubrimos que debajo de una alegría y amistad superficial, existen sentimientos de recelo, envidia y resentimiento.

La combinación de dilemas familiares con la misteriosa desaparición ayuda a crear una película que se puede denominar drama-thriller, donde la desaparición de uno de los personajes no constituye lo más relevante de esta historia, aunque así lo parezca al hacer un análisis superficial. La desaparición de Irene es el eje a partir del cual los dilemas familiares y la compleja naturaleza de las relaciones humanas se van dando a conocer. En este sentido, por lo tanto, Todos los saben tiene muchas semejanzas con otra película dirigida en Irán por Farhadi, A propósito de Elly (Darbore-ye Elly). Con esta película vemos cómo Farhadi nos muestra una simple historia de amigos reunidos por un fin de semana en la costa del mar Caspio. Al igual que en Todos lo saben, todo parece ir bien hasta el momento en que Elly desaparece y se inicia la búsqueda. Poco a poco vamos conociendo conflictos entre los supuestos amigos y las divisiones que surgen entre ellos por motivos socioeconómicos. Los amigos no parecen conocerse íntimamente, demonstrando lo vacío que son estas relaciones, finalmente llegando a la conclusión de que ninguno de los amigos realmente conocía a Elly.

Si bien es cierto que ambas películas comparten una estructura similar hasta cierto punto, Todos lo saben se beneficia al tener dos estrellas del cine internacional. Tanto Javier Bardem como Penélope Cruz realizan grandes actuaciones, y naturalmente gran parte de la atracción de esta película está basada en ellos. Con estas dos estrellas presentes es fácil olvidarse que los demás actores y actrices también aportan lo suyo, particularmente Ricardo Darin, como el marido de Laura, llevando una vida atormentada y llena de conflictos. Estas actuaciones, junto con la manera sutil pero efectiva de Farhadi de narrar conflictos humanos, y con una trama que se mueve de forma lenta pero intrigante, Todos lo saben es una interesante propuesta del cine español, la cual fue nominada a ocho premios Goya, incluyendo las nominaciones por mejor película y mejor director.

Ruslan y Ludmila

RUSLAN Y LIUDMILA

Ruslán y Liudmila  es un poema de Aleksandr Pushkin publicado en 1820. Está escrito como un cuentode hadas épico, compuesto por una dedicatoria, seis cantos y un epílogo. Narra la historia del rapto de la hija del príncipe Vladimir de Kiev, Liudmila, por un malvado mago, y los esfuerzos por rescatarla del valiente caballero Ruslán.

Pushkin empezó a escribir el poema en 1817, mientras estudiaba en el Liceo Imperial de Tsárkoye Seló. Se basó en cuentos populares rusos que había escuchado en su infancia. Se publicó en 1820, poco después de que Pushkin fuera desterrado al sur de Rusia por sus ideas políticas expresadas en poemas como su Oda a la libertad. Una nueva edición con algunas correcciones apareció en 1828. Fue estrenado como ópera en 1842 en el Teatro Bolshoi, San Petersburgo

El ballet clásico que lleva su nombre, en dos actos,fue creado en base al poema Pushkin y la ópera de Mikhail Glinka, con coreografía de Michel Fokine, en 1917 adyacente a la fabulosa magia de la realidad, la historia y la ficción salpicadas de gentil ironía.

Acto I

Escena 1.
Existe la emoción de celebración en los cuartos del guardaespaldas de Svetozar, Gran Príncipe de Kiev. Liudmila debe elegir un marido previsto. Luego aparecen los pretendientes Farlaf, un arrogante duque varangiano, y Ratmir, un príncipe soñado de Khazar. Ratisla es perseguido por Gorislava, quien está enamorado de él con una súplica para abandonar Liudmila.
Aquí está Ruslan. El amor mutuo ha tenido vínculos largos pero secretos entre Liudmila y un caballero Kievan. Pero la elección de la princesa Khazar está hecha. El Príncipe y su fuerza armada alaban a la joven pareja. Comienza la ceremonia de la boda. Entonces – truenos … relámpagos

Surge la siniestra figura de un malvado hechicero Chernomor. Liudmila se congela. Un malvado hechicero la secuestra. Ruslan está desesperado. Svetozar promete que Liudmila será la esposa del héroe que la devolverá a su padre. Los competidores salen de Kiev.


Escena 2.
Aparece la escena del bosque encantado. Naina persigue a Finn con su amor. El la rechaza. Una malvada hechicera jura vengarse. Finn se encuentra con Ruslan: Ruslan se da cuenta de Lyudmila en el humo del fuego mágico. Agradece a Finn y se va a buscar el castillo de Chernomor … Naina está vigilando a Farlaf. Ella promete que Liudmila será suya. Naina le da a Farlaf todo lo que estaba soñando con la cama suave y la mesa llena de viandas. Abrumado por el vino y la gula, se duerme y se olvida de Liudmila.


Escena 3.
Ruslan sale al campo: los restos de la carnicería sangrienta son visibles. El caballero está en duda. “¿Encontraré a Liudmila o moriré como estos guerreros desconocidos?” Hay una colina frente a Ruslan: es The Head. La cabeza se derrama en un gran número de guerreros. La batalla es feroz y las fuerzas son desiguales, pero Ruslan sale ganando. Los guerreros son desviados: la cabeza se reemplaza con una espada mágica.


Escena 4.
Naina está embrujada e intenta atraer a los caballeros. Su escolta es el enjambre de feas coronas que se están transformando en hermosas chicas. El bosque se convierte en el magnífico palacio oriental. Naina está vigilando a una víctima y está preparando la bebida envenenada para Ratmir … Gorislava persistentemente persigue a Ratmir pero un orgulloso príncipe Khazar anhela encontrar a Liudmila, aunque Gorislava es más querido y más cercano a él. Ratmir deja a su novia llorando y entra en el palacio de Naina. Las chicas mágicas, el vino y las viandas, y aquí está Ratmir que perdió su escudo, espada y casco. Los hechizos de Naina obligan a Ratmir a olvidarse de todo en el mundo. Gorislava, Finn y Ruslan aparecen en el palacio. Liberan a Ratmir.


Acto II

Escena 1.
Lyudmila despierta en el castillo de Chernomor. Tratando de hacer el amor con Lyudmila, Chernomor se convierte en Ruslan. Pero Liudmila siente un engaño: es una enana enojada frente a ella. Lyudmila enreda la barba mágica del villano.
Los sirvientes del Chernomor aparecen solemnemente con el enano y su barba. Es el desfile del hechicero. El vórtice de lezghinka cautiva a todos los participantes. Liudmila está casi inconsciente. El enano se acerca lentamente a su víctima … Suena el claxon. Es Ruslan quien desafía a Chernomor a una batalla. La batalla es corta y feroz. El enano toma a Ruslan en las nubes


Escena 2.
Ruslan derrotó al enano, pero Liudmila está durmiendo el hechizante sueño y no reconoce a su amor. Ratmir y Gorislava vienen a ayudar a Ruslan.


Escena 3.
Naina arrastra a Farlaf paralizada: ha llegado su hora. El miedo lo hace someterse. Están persiguiendo los rastros de Ruslan.


Escena 4.
Llega la noche en el desierto. Ruslan está guardando a Lyudmila dormida, pero él está muy cansado y se queda dormido también. Naina y Farlaf aparecen. Farlaf clava una espada en el pecho de Ruslan y secuestra a Liudmila. Naina triunfa. De repente, Finn aparece con el agua de la muerte y el agua de la vida. Las heridas de Ruslan sanan. Los personajes se dirigen a Kiev. Naina es derrotada y sus planes son destruidos.


Escena 5.
Farlaf, quien secuestró a Liudmila, la trajo de vuelta a Kiev. Pero nadie puede despertarla del sueño mágico. Ni siquiera puede reconocer a su padre … El Gran Príncipe de Kiev está de luto por su hija. Pero de repente Ruslan entra corriendo. Su amor despierta a Liudmila de su sueño. Farlaf, de corazón débil, suplica piedad. Hay felicidad y júbilo en el palacio del Príncipe Svetozar. El pueblo ruso glorifica al valiente caballero y a la joven princesa

La flauta mágica

LA FLAUTA MÁGICA

 La flauta mágica es un ballet coreografiado por Maurice Béjart, con música de Wolfgang A. Mozart. Una pieza en que, con movimientos virtuosos, se presenta un universo dual en toda su belleza y sabiduría.

 Cuando Wolfgang Amadeus Mozart murió en diciembre de 1791, su última composición, La flauta mágica, ya era un éxito. Doscientos años después es una de las diez óperas más interpretadas en el mundo y ha servido como fuente de inspiración a numerosos artistas.

Maurice Béjart tomó la obra de Mozart para crear una pieza en que, con movimientos virtuosos, nos presenta un universo dual en toda su belleza y sabiduría. 

Cuatro años demoró el bailarín y coreógrafo francés Maurice Béjart en realizar la coreografía para La Flauta Mágica. Él tenía un respeto muy grande hacia la ópera, hacia Mozart y en especial por esta composición,  decía que le faltaba algo y eran los bailarines. Ellos con sus cuerpos expresan lo que los cantantes dicen, y es que Béjart era, de entre todos los coreógrafos en el mundo, un creador que utilizaba todo lo que el teatro le daba.

En marzo de 1981, en el Circo Real de Bruselas, el espectáculo se montó por primera vez con la grabación íntegra de la Orquesta Filarmónica de Berlín dirigida por Karl Böhm. Luego se repuso en 2003 y, desde ese año hasta el 2017 no se había vuelto a remontar ya que sólo el Ballet de Stuttgart y el cuerpo de bailarines del coreógrafo tienen los derechos para representarla.

En La flauta mágica de Béjart los cuerpos transmiten exactamente lo que se canta. La coreografía es bastante difícil porque son 20 los personajes principales. Es importante destacar que las voces fueron escogidas especialmente por Béjart, quien consideraba que la versión dirigida por Karl Böhm era la mejor. Por esta razón, el ballet La flauta mágicasiempre se ha presentado con música grabada. Además del canto hay también un narrador, que durante todo el espectáculo baila y habla, al igual que Tamino, Pamina y Papageno.

En palabras del fallecido coreógrafo francés: “La flauta mágica se nos presenta bajo un doble aspecto: una fantasía que nos adentra en la poesía pura de la infancia y, sobretodo, un ritual preciso, riguroso, inspirado. Esta mezcla puede parecer extraña, pero de inmediato constatamos que funciona perfectamente y la alternancia de escenas, sean mágicas, sean francamente cómicas o con un mensaje filosófico de gran altura de pensamiento, nos dejan más dispuestos a recibir el simbolismo, no solamente con nuestro espíritu sino con todo nuestro ser”.