129 – Portada

Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año

Charles Dickens

Sobre la nieve, la luna brillante,

Iluminaba la noche como si fuese el día.

Abrí mis ojos, y aparecieron a lo lejos

Un trineo y ocho renos no más grandes que una mano,

Dirigidos por un pequeño y alegre personaje:

Era San Nicolás, yo lo sabía.

Clement Clarke Moore

ANTOLOGÍA DE CUENTOS NAVIDEÑOS

ANTOLOGÍA DE CUENTOS NAVIDEÑOS

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La época navideña llegó otra vez. Y también otra vez me aparece esa sensación de que el tiempo siempre me sorprende al pasar. A veces por su velocidad, ya sea muy rápido o muy lento en su fluir. Otras veces  por la forma  como lo usamos. Con lo que, de él, hacemos con lo que, en él, realizamos.

Poetastrabajando.com abrió una vez más, amorosamente, una sala dedicada a temas navideños a la cual le ha dado mi nombre (y soy muy grato) como reconocimiento a la insistencia con que vengo luchando por la preservación de los cuentos típicos de Navidad y también de algunas otras tradiciones literarias ligadas a esta causa. Por todo eso, muchas gracias a Russo Dylan Galeas y a Leonor Aguilar.

Cúmpleme agradecer, una vez que fue mía la iniciativa, el mérito que nuestro sitio – además de nuestros colegas y lectores que participan con sus textos – encuentra  en ese trabajo que ven siendo desarrollado. Y es que, ante una celebración más, me parece muy justo que lleguemos hasta todos ustedes y hablemos apenas de todo cuanto ya escribimos pero del tanto que alcanzamos a conquistar.

Recuerdo los textos de Navidad pasados pero no apenas ellos. Y los invito a todos  a que hagan una reflexión sobre cómo nos enriquecimos con los diferentes puntos de vista, mismo que fugaces o provisorios que puedan ser, encantadores siempre, cogidos en los textos publicados al largo de estos años.

Las diferentes personalidades de los autores han enaltecido detalles ricos, algunos de ellos  olvidados o desconocidos por los demás. Y de esa forma reunimos temas que alcanzan a cubrir toda una enorme gama de temas y/o emociones.

Mi aporte fueron textos versando sobre detalles de una pequeña ciudad de interior que se adorna y pone lista para las fiestas navideñas, sobre postales ilustradas  que han caído en desuso, pero que siempre son tan bonitos. Textos con la figura de un Santa Claus negro, humanizada y de personalidad muy irreverente, oportunista, tratando de formar su sucesor para el porvenir. Textos sobre sobre la magia de Navidad en tierras de África donde un muñeco de lata,  con pelo y barba hechos de cuerda, de alguna forma cambió para siempre el espíritu de dos niños. Textos sobre un adorno  de un pino de Navidad, muy esférico, a través del cual hice comparaciones con nuestro planeta, mal o bien, y sobre un pajarito preso en la chimenea de mi casa, al cual he podido salvar y que llenó de alegría a esa Navidad. Y otros que no recuerdo.

Leonor Aguilar  nos ha hecho agua en la boca con las memorias de su niñez, con un cuento sobre Pan Dulce y Guantes de Navidad. También nos emocionamos con Celêdian Assis y su cuento sobre el Valor de los Sueños y Jorge Sierra que, con fantástica riqueza de detalles  nos transportó para la encantadora realidad rural mexicana. Su cuento contagió a otros autores y ganó continuidades – en parte hechas por mí y en parte hechas  por nuestra colega Soraya Souto, que lo ha hecho además de escribir su propio cuento sobre El nacimiento, en el cual colocó, en un beco urbano de la gran ciudad, toda la magia de la cuadra navideña. Martha Larios escribió sobre la importancia de los reyes en “el pequeño Rey Mago” y Sorpresa Navideña. Connie Ureña escribió un primoroso cuento en su serie “Así te cuento de un regalo de Navidad” y en muchos otros textos de varios otros autores, nuestros colegas en la arte de escribir, se intercambiaron valores y sentimientos, y a todos nosotros fueron añadidos  puntos de vista y sensibilidades que nos eran ajenas.

Más que textos, colaboraciones con el Sitio e iniciativas propuestas, son preciosidades que nos elevan a todos y nos hacen crecer. Presentes para toda una vida, y no apenas para la cuadra de Navidad. Se trata de todo un intercambio de sensibilidades, un regalo proveniente del íntimo de cada un que así se expone, al dar, con su contributo y su creación, una parte importante de si mismo.

Todo esto fue alcanzado poco a poco, en líneas que llenamos de cariño y de paz, en amistad y respeto, con modestia pero en una dimensión que hoy – pasados diez años – abraza al mundo.

Siendo así, nos debemos parabienes. Todos nosotros a todos nosotros. Son muy valiosos nuestros cuentos de Navidad. ¡Que escribamos más, siempre! Feliz Navidad a todos.

Henrique Mendes

VAGIL

por Hugo Villarroel Ábrego (El Salvador)

No se llamaba Vagil sino Ghafil K., y no era ruso sino turco, pero cuando se está en coma artificial en la unidad de Cuidados Intensivos es más digno un apodo que un simple número. Así, todos lo llamaban Vagil en vez de referirse a él como “el señor ruso de la cama tres cincuenta y uno” y de haber podido saberlo, Vagil —perdón, Ghafil— estaría de lo más agradecido. El mote se lo debía al maestro Menéndez que, sin ser su médico, solía preguntar por el gigante calvo y cincuentón de feroz bigote, frente rubicunda y un corpachón que solo podía ser domeñado por cuatro o cinco enfermeras, cuando el efecto de los sedantes era insuficiente e intentaba arrancar de su cuerpo catéteres, tubos y sondas.

Llegó a Cuidados Intensivos en los primeros días de diciembre, referido de un hospital del interior. Lo esperaba —con todo el equipo médico a punto— el doctor Gervasio Balcáceres y Escobedo, maestro de maestros, solterón de sesenta y cuatro años, más famoso por su misoginia y carácter volátil que por su innegable olfato clínico. Rara vez se le veía sin su saco blanco, en cuya solapa lucía, orgulloso, un diminuto estetoscopio de oro.

Gervasio miró de hito en hito a un joven estudiante de medicina que había acompañado a Vagil durante el viaje de tres horas y media, desde provincia. El muchacho se esforzaba en ordenar un grueso legajo de documentos.

“Dame eso”.

“Es que está desordenado…”

De un manotazo le arrancó el expediente y, sin dejar de refunfuñar, comenzó a escrutar los papeles para ordenarlos él mismo, en orden cronológico, sentado en el escritorio del centro de monitoreo.

“Doctor, tengo un resumen…”

El estudiante, flaco y desgarbado, resentía el desvelo de todo un fin de semana.

“Te referís a esto…”

“Esto” era una hoja de papel, que sostenía en alto sin dejar de revisar el expediente, sentado y dando la espalda al estudiante. La caligrafía del joven, irregular y apenas legible, llenaba anvés y reverso de la hoja, que no estaba firmada.

“Sí, eso, solo me faltan un parrafito, firma y sello”.

“No te molestés, no me sirve… Ah, y epinefrina se escribe sin hache… ¿Oíste?”

Encarnado, el muchacho murmuró una disculpa inaudible, tomó con dos dedos la hoja de papel y se retiró, con lágrimas en los ojos, a refugiarse en la seguridad de la ambulancia que lo llevaría de nuevo a su hospital. Un mes después renunció a la carrera, para bien o para mal, nunca se sabrá, algo de lo que Gervasio tampoco llegó a enterarse.

La licenciada Cecilia Ángel —cuarenta y cuatro años, morena, regordeta, muy maquillada, de punta en blanco— puso una taza de café frente a Gervasio.

“Eso fue cruel y lo sabe”.

“Sí, licenciada —era la única mujer que había llegado a tolerar en toda su vida—, es cierto. Pero estoy harto de pendejadas”.

“¿Hasta de las suyas?”

Gervasio se quedó callado. Desde su sillón verificaba la conexión de los electrodos, el adecuado manejo del sistema de ventilación, el trabajo febril de enfermeras y terapistas y la curva de saturación de oxígeno. Fingía completar el cálculo del balance de pérdidas y ganancias de líquidos de su nuevo paciente, ganando tiempo para sopesar la conveniencia de contestar a esa pregunta. Sonrió sin ver a Cecilia Ángel, que seguía de pie a su lado, revolviendo el café con una paleta abatelenguas de madera.

“Espacialmente de las mías, licenciada, especialmente de las mías”.

Gervasio se enfrascó en sus cálculos, esta vez de lleno. Entre sorbos de café y después de casi una hora terminó de llenar cuartillas con su caligrafía menuda y de caracteres redonditos. Al fin había reconstruido, y no sin trabajo, una historia creíble y bien estructurada de lo que había pasado desde que Vagil embarcó en el mercante Roxana, de bandera uzbeca, en Izmir, cinco semanas atrás.

Después de una cuidadosa exploración —que se extendió por buenos treinta minutos— completó su narrativa del caso y llenó la hoja de indicaciones médicas.

“Ceci, vení”.

“Dígame, doctor”.

Gervasio se secó la frente con el pañuelo. A veces le decía Ceci, en especial cuando rebalsaba su mal humor. Ceci lo sabía y acudió, presta, al llamado.

“Pedime una gaseosa de dieta”.

“Aquí se la tengo —habituada a los gustos de Gervasio, Cecilia Ángel estaba preparada—, y también le pedí un sándwich de pollo”.

“Ponelo ahí, ahí nomás, eso… gracias”.

Gervasio estaba convencido que ni su madre valía lo que el dedo meñique de la licenciada Ángel. Pero desconfiaba del sexo femenino. No es que no supiese gozar la compañía de jovencitas de buen ver —de su billetera salían, con insospechada frecuencia, jugosas propinas—, pero una vez consumados los mínimos ritos reproductivos se levantaba de sopetón y se metía a la ducha. Media hora después salía, enfundado en un batín de seda escarlata, y se tomaba un vaso de jugo de naranja. Alisaba sus ya escasos cabellos grises y buscaba imperfecciones mínimas en el corte de su impecable mostacho, apenas menos hirsuto que el de Vagil, su nuevo paciente.

“Mirá, este señor es de bien lejos. Conseguite con telefonía el número del consulado de Turquía”.

Ceci Ángel señala con su índice hacia la sala de espera de visitas.

“Ahí está un señor que dice que representa a la compañía naviera, quiere hablar con usted”.

“Que se joda”.

Ni modo. Terminó jodiéndose porque, harto de esperar, el funcionario abandonó el hospital a las dos de la mañana, lanzando maldiciones a por lo menos las últimas tres generaciones de Balcáceres y Escobedos.

Gervasio, sin prisas por regresar a su apartamento de soltero, observaba con detenimiento a su paciente. Le envidió el metro noventa de estatura y la complexión atlética. Pero una oleada de lástima lo golpeó y se puso melancólico al pensar en la soledad y total indefensión de ese hombre. Pensó en su familia. Imaginó a una mujer, robusta, de voz altisonante y ojos pardos, en tres o cuatro hijos y en una o dos amantes, quizá tres o cuatro. Sin duda sabía defenderse solito y sin ayuda, por lo menos hasta ahora, cuando una grúa fuera de control en el muelle del puerto lo golpeó en el abdomen y lo arrojó, inconsciente, a varios metros de distancia. Casi muerto entró a quirófano, en provincia, en donde un grupo de esforzados cirujanos evacuó de su abdomen un litro de sangre y logró restañar las heridas internas. Pero las cosas iban mal para Vagil y, cuando una noche se le hizo imposible respirar, decidieron sedarlo, poner un tubo en su tráquea y traerlo a la capital. Todo el camino lo ventilaron a mano, por turnos, la terapista y el estudiante de medicina, hasta que al fin se le pudo conectar a un respirador artificial. Hoy, la respiración era rítmica y los signos vitales estaban estupendos.

“Doctor”.

Ceci le palmoteaba el hombro.

“Cuando venga mañana a ver al paciente… ¿haría tiempo para cenar con el personal? Yo me quedo de turno…”

“¿Y eso?”

“¿No recuerda qué día es mañana?”

No recordaba que mañana sería Nochebuena.

“Ah ―fingió sorpresa y una mueca de desdén se dibujó en sus labios―… Es cierto… Pero… vos dirás”.

Ceci sabía que Gervasio pasaba la Navidad encerrado en su apartamento, tomando chocolate y viendo la televisión. No recibía visitas, ni llamadas telefónicas, ni tarjetas de felicitación, ni siquiera correos electrónicos.

“Este señor le va a dar trabajo de sobra aquí en la Unidad ―lo miró con cierta dulzura que reservaba para sus verdaderos amigos― en vez de irse quédese, le habilitaré una habitación aquí mismo, aprovechando que el Hospital está vacío”.

Gervasio sintió escozor en los párpados. Tragó saliva.

“Quizá tengás razón…”

Ceci rodó una silla y se sentó a su lado. Con parsimonia arregló los pliegues de su falda, unos pocos centímetros más corta de lo que la supervisora del Hospital hubiera deseado, y unos pocos centímetros más larga de lo que anhelaban los médicos del Servicio. Apoyó los codos sobre la mesa.

“¿Qué quiere cenar?”

Gervasio sonrió, la miró de frente y no pudo evitar sentir una chispa de afecto en el corazón. Sintió miedo pero se esforzó en disimularlo.

“Si me vas a dejar pedir gustos… quiero pavo guisado en salsa de tomate y chile… pero como por estar hablando tonteras descuidamos al paciente ―Vagil empezaba a agitarse, a pesar de las dosis tope de sedantes intravenosos― llamá al anestesiólogo de guardia, a ver qué carajos le agrega al cóctel de sedantes”.

Ella tomó el teléfono, presionó tres teclas. Un murmullo al otro lado de la línea.

“Contróleme al doctor Abelardo Santos…”

Gervasio rugió desde su silla.

“¡A ese pendejo no, por Dios! Pasame eso, rápido… Señorita, qué otro… ¿Nadie? Alguien debe estar de segunda llamada… Pero… No, no, no… No me pase a nadie, que se jodan todos… Que se joda la Navidad, los pacientes no saben de festivos… Buenas noches… No, si no estoy enojado, ¡qué va! Y no diga “para servirle” ―remedó la voz nasal de la telefonista―, si usted no me ha servido para nada.

Colgó con furia. Ceci lo miraba, meneando la cabeza de lado a lado.

“¿Dónde está su espíritu navideño? Vamos, por amargado se va a condenar, tan bueno que es y tan empeñado en caerle mal a todo el mundo”.

“Bueno solo Jesús”.

Ella le acarició la coronilla con la yema de los dedos. Era maternal, detallista y gustaba de malcriar al doctor.

“Pavo en salsa. Está bien”.

***

La mañana de Nochebuena los riñones de Vagil comenzaron a fallar y sus pulmones se anegaron de un líquido rosáceo: su corazón, aturdido, estaba a punto de rendirse. Gervasio no sintió el paso de las horas, luchando por mantenerlo vivo. Faltaban cinco minutos para las seis de la tarde cuando consultó su reloj de pulsera. Ceci no tardaría en llegar, para tomar el turno de la noche. Se acercó a la cama de Vagil, que se dejaba ―por fin― llevar por el rítmico trabajo del respirador artificial. Checó los pulsos de cuello, de las ingles y de los pies. Con una cinta métrica midió los perímetros de las pantorrillas. Puso su estetoscopio en el pecho del paciente. Era un peleador curtido en estos combates a muerte, pero por alguna razón sentía ganas de llorar.

“No sé si puedas sobrevivir, estoy perdiendo la fe, Vagil… Eres como yo… No tienes a nadie, aquí cerca por lo menos, que a fin de cuentas es como no tener a nadie en todo el mundo. Soy como tú, he estado en coma desde hace mucho… Pero si algún día despertaras, te recuperaras, salieras de aquí, regresaras a tu país, trabajaras, comieras, hicieras el amor a tu mujer, o mujeres, en fin… Yo…”

“Usted… ¿usted qué?”

El doctor giró sobre sus talones. Al ver a Ceci ―ella sonreía, llevaba grandes bolsas de plástico en ambas manos― se sonrojó y no pudo articular ni una sílaba.

“Nada, solo pensaba en voz alta…”

“¿No me ayudará?”

Mientras él se apresuraba a tomar las bolsas y depositarlas en la mesa de la estación de enfermería, ella iba un par de pasos atrás, sin dejar de hablar.

“Yo hago lo mismo, siempre”.

“Pensar en voz alta”.

“No, hablarle a los pacientes en coma”.

Gervasio miraba la punta de sus zapatos, las mejillas le ardían.

“No tiene nada de malo, doctor”.

“Ni de bueno… Vagil se nos muere, Ceci”.

“Exacto, aún así, por eso funciona, porque no cambia nada, pero por alguna razón nos sentimos mejor”.

Él no dijo nada. Transfusiones, medicamentos al tope, nuevos antibióticos, diálisis, más transfusiones… nada parecía funcionar. Sentado en un banquito giratorio, a la derecha de su paciente, de frente al monitor, escrutaba las oscilantes líneas verdes que surcaban el fondo negro de la pantalla. Miraba sin ver, jugaba con el bolígrafo, cerró los ojos: intentaba sincronizar los ruidos de su corazón con los bips del pulso cada vez más lento y débil de su paciente. Contaba las escasas gotas de orina que los riñones apenas exprimían. Iba a tirar la toalla. Releyó sus notas de evolución y reconoció el tono pesimista de sus análisis y conclusiones. Después de servirle una sexta taza de café, Ceci apagó la luz y se fue ―escuchó los pasos de la enfermera perdiéndose en la distancia―.

Eran casi las once de la noche cuando la licenciada Ángel volvió a darle golpecitos en el hombro.

“No ha mejorado, ni modo, pero sigue vivo gracias a las nuevas indicaciones… No ha perdido su toque, maestro”.

“Ya no vale la pena, Ceci… Debemos resignarnos… Tengo tanta hambre, no me había dado cuenta hasta que me hablaste… ¿Me pediste el sándwich?”

“Ja, ja, ja… Algo mejor… Venga a cenar su pavo guisado con salsa de tomate y chile”.

Vagil era (y fue, durante toda su estancia hospitalaria) el único paciente en la Unidad de Cuidados Intensivos. En el cuartito de personal solo había una mesa paticoja, tres sillas, una cafetera y un desvencijado hornito eléctrico. Dos platos estaban servidos sobre la mesa. Había cubiertos, mantelería y un par de copas de cristal, vacías.

“¿Y los demás?”

“¿Ya se lavó las manos?”

Un residente se ofreció a cuidar a Vagil a cambio de una porción de pavo. Gervasio, conmovido, dio las gracias y se lavó con una generosa cantidad de jabón líquido y luego con espuma antiséptica. Se secó con papel descartable pero la grasa del rostro la limpió con su pañuelo. Se sentó a la mesa, con apetito por primera vez en mucho tiempo.

Comieron. Ella no había querido merendar para cenar con ganas, él no había comido desde el desayuno. Conversaron. Entre bocado y bocado arreglaron el mundo, lo descompusieron y volvieron a armarlo, no sin algunos tropiezos. Se contaron historias de infancia, revivieron penas de amor, desengaños y alegrías, lloraron algo y rieron mucho, pelearon un poco, se sintieron más vivos que nunca. Gervasio estaba irreconocible, comía con ganas y relamiéndose los dedos, como si fuese la última cena de su vida. No podía parar de hablar, las palabras se agolpaban en su garganta. Ella lo dejaba, feliz de verlo tan animado, insertando, de cuando en cuando, algún comentario. Solo los escobazos de un auxiliar de servicio los distraían, por momentos, de su plática.

“Es medianoche, doctor, brindemos”.

De su bolso sacó un botellín de vino tinto y lo repartió a partes iguales en ambas copas. Brindaron.

“¿Está contento, doctor? ¿Valió la pena quedarse?”

Él se levantó, circundó la mesa, la tomó de la mano y la hizo ponerse de pie. La abrazó con intensidad, escondiendo el rostro para que ella no viese sus lágrimas.

“Ceci, no tenías que venir hoy… me lo dijo la enfermera supervisora… Tú pagaste el turno, aunque también te toca trabajar mañana por la mañana… Lo hiciste por mí. Cocinaste para mí, no lo niegues… es demasiado. Hoy si puedo afirmar, como dijo el poeta: ‘confieso que he vivido’. Gracias, muchas gracias por esta Nochebuena”.

Gervasio, aún con la copa en la mano, se acercó a la cama de su paciente. Puso su mano en el hombro de Vagil.

“Salud… Viejo, sé que no puedes escucharme, quizás no seas ni cristiano, ni siquiera puedo imaginar que seas feliz y que la vida valga algo para ti, carajo… Pero no importa, no importa lo que tenga que hacer, te juro por lo más sagrado que te sacaré vivo de esto”.

***

El día de Reyes Ghafil K. sonreía, débil aún. No se cansaba de estrechar las manos de todo el personal de Cuidados Intensivos. La licenciada Cecilia Ángel lo llevaba en silla de ruedas hasta el vestíbulo del Hospital, en donde lo esperaba un vehículo oficial de la embajada turca. Nadie le entendía una palabra, pero no hacía falta: sus ojos lo decían todo. Su mirada vagaba en busca de alguien. Cuando se cruzó con los ojos tristes del doctor Gerardo Balcáceres y Escobedo gritó y lo señaló con el dedo. Se dieron la mano, la de Ghafil estrujó los dedos reumáticos del médico, que ahogó un grito de dolor. Un empleado de la embajada se acercó, dialogó con el turco por unos segundos y, sonriendo, se dirigió al doctor.

“El señor K. quiere darle las gracias por no haber faltado a su promesa”.

Cecilia y Gervasio se miraron, intrigados.

“¿Cómo?”

“Usted le prometió que lo sacaría vivo de aquí, y no le falló”.

“Pero no hay forma que él sepa eso”.

El empleado se encogió de hombros.

“Lo sabe y punto. Adiós”

El automóvil rodó con cierta pereza y un minuto después ya era indistinguible en medio del tráfico matinal.

La licenciada Ángel enjugó una lágrima.

“Doctor, después de tantos días de estar juntos creo que lo voy a extrañar…”

Gervasio sonrió.

“¿A Vagil o a mí?”

Ceci se puso seria. Hablaba de Vagil, pero la pregunta la enfrentó con una emoción que no había descifrado, un bienestar cotidiano, llegar al trabajo en cada turno y sentirse completa, feliz, sin saber por qué. Miró a Gervasio y una oleada de ternura le sacudió cada fibra de su ser. Tomó al médico del brazo.

“¿Nos tomamos un café?”

Sabía lo que tenía que decir a Gervasio, pero el par de minutos de caminata hasta la cafetería servirían para juntar el coraje necesario para, sin reticencias, responder a su pregunta.

“Con una condición”.

“Usted dirá, doctor…”

Gervasio cayó de rodillas frente a ella, sin importarle la gente a su alrededor, perpleja y sonriente. La tomó de las manos y una minúscula cajita de terciopelo rojo apareció, como por arte de magia, entre sus dedos.

“¿Sabe qué es?”

Ceci temblaba de pies a cabeza.

“Sí… Y acepto”.

Gervasio se incorporó con dificultad, no sin ayuda de la enfermera. Se quitó el saco blanco y lo tiró, de cualquier modo, en el mostrador de la recepción de Urgencias. Se ajustó el nudo de la corbata, alisó el cabello de las sienes con los dedos y sonrió.

“Yo también quiero café. Vamos”.

Estaban tan felices que no escucharon la salva de aplausos de los testigos: oficinistas, médicos, enfermeras y pacientes, todos tan alegres como sorprendidos. Tomados de la mano, caminaban sin mirarse, pensando en los años perdidos, en un futuro inédito, en el amor, en sus dolamas matinales, sus manías y rutinas de solteros empedernidos, en el miedo de saberse analfabetos en el arte del romance. Pensaron también, por supuesto, en Vagil.

 

EL ALMUERZO DE NAVIDAD

por Hugo Villarroel Ábrego (El Salvador)

Te diré que me temblaron un poco las piernas antes de tocar la puerta del Director, pero no se podía dar marcha atrás: mi proyecto contemplaba todos los detalles posibles, estaba redactado con claridad y el presupuesto no solo estaba al alcance de la Institución sino que llevaría a ahorros sustanciales. Y el hombre dijo que sí cuando le pedí audiencia. ¿Por qué el miedo? Ponte en mi lugar… A pesar de mi dilatada experiencia, no tengo peso ni influencia aquí. O mejor dicho, no la tenía… Como sea, nadie esperaba que aportara ideas, solo que siguiera órdenes. Pero mi instante de vacilación se vio interrumpido por el mismo Director.

“Pase, señor Carreño, tome asiento… no, no ahí… Acá, no, más acá, dejemos sitio para el Ecónomo”.

Pues me senté y lo primero que me preguntó era cómo me sentía. Y fui sincero, le dije “nervioso, es la primera vez que entro a su oficina”. Él sonrió —no te niego que el sujeto es encantador a pesar que nadie lo quiere en la Institución— y me ofreció café, o un cigarro. Claro que el cigarro era mejor, pero ya envalentonado pedí también el café.

“He revisado su proyecto y admito que estoy impresionado”. Eso dijo.

Sentí que tocaba el cielo, te juro que aunque todavía no había dicho si me daba luz verde pude ver el futuro, la mesa servida, los comensales disfrutando, todo mundo feliz y encantado con el menú.
“¿De verdad cree que puede hacerlo? Sin asistentes, sin implementos…” Yo me sentí hinchado —¿O se dice henchido?— de orgullo.

Tú me conoces, soy hombre detallista y enemigo de los cabos sueltos. Le dije que en efecto, que podía, que tenía a mi favor al aliado más poderoso: el tiempo. Si se me disculpaba de otras 2 tareas aburridas podría concentrarme en el proyecto sin distracciones.

“Faltan más de dos meses para Navidad”

Era cierto, no podía negárselo.

“Apenas me alcanzará el tiempo, señor Director. Lo primero es montar la cocina y adquirir los utensilios e ingredientes”.

Esperaba la siguiente objeción, palabra, tenía previsto eso.

“Tenemos un contrato con NutriFoods S.A.”

Él sabía que yo sabía que esa era la pregunta clave.

“Un contrato que no contempla servir un almuerzo de Navidad”.

Los dos reímos, qué exceso de confianza de mi parte. Me puso la mano sobre el hombro, así, mira, así, me palmeó con fuerza varias veces, así, y dijo que sí, que conocía de mi talento en alta cocina, que confiaba en mí y que si había algún contratiempo ya lo iríamos resolviendo. Y ya. Pero —siempre hay peros— había que “fijar límites”. No sé tú, yo odio esa frase, aquí la dicen a cada rato, es una cantinela que me aburre… Ni modo, el Director y yo pusimos por escrito nuestras condiciones y firmamos lo que él llamó “nuestro contrato”. El Ecónomo no dijo nada pero firmó como testigo, estaba serio, no sé por qué, pero parecía estar entre incómodo y resignado… Mis condiciones eran libertad creativa en el menú, control total de los insumos y que nadie metiera mano en la cocina. Y la de él solo era una, una nada más, pero lapidaria: el proyecto terminaría si yo violaba el más insignificante artículo del Reglamento de la Institución. Y el Ecónomo sería el encargado de supervisar mi trabajo… Te juro que fue el único momento en que ese carajo sonrió… Pero mira que taimados, el Director guardó el “contrato” en una gaveta y de la misma sacó un folleto: El maldito Reglamento. En más de una ocasión ese dichoso Reglamento iba a ser motivo de discordias.

Pero de eso te hablaré en su momento. Te preguntarás cómo es que de la nada montamos este banquete histórico… No lo 3 niegues, ni creo que te haya quedado espacio para la cena de esta noche, imagina, la cena de Nochebuena, la más importante del año… Por lo mismo, tenía que ser almuerzo, entiéndeme, era la única oportunidad de que todos estuvieran presentes, y mira, nadie ha faltado.

Primero había que montar la cocina y convenimos en hacerlo en el tercer piso: setenta y cinco metros cuadrados de espacio que habían sido bodega por años pero que ya no alojaban más que polvo y telarañas. El Ecónomo dijo que sí con la cabeza, eso fue todo, para mí, perfecto. Yo mismo sacudí, lavé y pinté las paredes; saqué brillo al piso de cerámica, tan limpio que podrías servir tu desayuno en él. Tardé casi un mes pero cuando terminé todo había quedado tan perfecto ni el Director podía creerlo… Dijo: “Necesitas ayuda para la instalación eléctrica”. No era una pregunta, era una orden… Tenía razón, ni modo. El primero de diciembre las instalaciones estaban listas.

Equipar mi cocina no fue problema… Uno se encariña de sus cosas y cuando el Director puso a mi disposición aquella patética estufa de dos hornillas y el mini frigorífico de su oficina no pude evitar sonreír. Tomé un papelito, escribí un número y se lo di.

“Marque este número. Diga que quiero mis cosas aquí, para esta misma tarde”.

Dicho y hecho. Fue un lío subir todo porque no cabían las cosas en el ascensor. Por fortuna no hubo percances y te juro que sentí que el tiempo no había pasado, que todos estos años de oscurantismo emocional, de duda, de dolor moral, todo se disipaba al ver mi cocina, lista para hacer magia otra vez. Pensé entonces: “todo lo que sigue es cuesta abajo”. Pero me equivocaba.
Tú no sabes nada de cocina, te perdono, ja, pero escúchame, tal vez aprendas algo… No podrían servirse bebidas alcohólicas (consulta si quieres el artículo veintisiete inciso “c” del Reglamento).

Argumenté hasta el cansancio con el desgraciado 4 Ecónomo pero tuve que conformarme con servir un ponche con baja graduación, sí, este refresco aguado del que ya te bebiste tres vasos… No quedó del todo mal, ¿verdad?

Pero vamos a la mejor parte… Debería servirse pavo, pavo horneado, relleno de hierbas y picadillo, con salsa de arándanos y puré de papas a un lado, guarnición de espárragos al vapor… El Ecónomo me gritó, el desgraciado me gritó… “¡No! No alcanza la plata, tendrá que ser pollo”. Vaya imbécil. Tarado. Es Navidad, el más importante de todos los cumpleaños de todos los tiempos, y el muy idiota quería servir el mismo pollo del carajo que se come todos los días en esta pocilga. Invoqué mi libertad creativa pero el tipo estaba empecinado en llevarme la contraria… Es verdad, son más de cien platos y… ¿Cómo dices? ¿Qué? Bueno, es cierto, el tarado estaba en lo cierto, no alcanzaría la plata, el presupuesto no es de goma, pero… ¿Te imaginas comiendo pollo en este momento? ¿No sentirías que… que es un día cualquiera? ¡Quería cambiarme el menú a menos de cinco días de Navidad! Joder, no, eso no lo iba a permitir. Pero el Ecónomo tampoco se chupaba el dedo y usó mis propios argumentos para meterme una zancadilla que todavía me duele.

“Usted cree ―me dijo― que puede hacerlo todo usted mismo, sin consejos ni ayuda de nadie, ¿verdad?”

Tú dirás: “Carreño nunca picaría ese anzuelo”. Pero no, qué bruto, no, qué va… Le dije: “Ecónomo, no lo necesito a usted ni a nadie, me bastan mi cabeza y estas dos manos. Cómpreme los pavos y fin de la discusión”. Él sonrió.

“Muy bien, Carreño. Mañana a las siete de la mañana haré que le traigan… ¿Cuántos pavos quiere?”

“Doce pavos gordos”.

“Doce”.

“Doce”.

Qué alegre estaba, hermano, pensando en ese almuerzo. No podía dormir, me emocionaba planeando el adobo de esas 5 magníficas aves, mi receta mágica y secreta, que me voy a llevar a la tumba, a menos que tú… bueno, si la quieres te la dejaré a ti, que veo que ya vaciaste el plato dos veces…

¡Que si cumplió? Claro, el desgraciado cumplió. Salté de la cama, no perdí tiempo en afeitarme y me vestí a la carrera. A las siete en punto estaba en el patio en donde los proveedores llevan las mercaderías. Se abrió el portón principal… Y ahí estaban, doce muchachos, cada uno llevando en brazos un pavo… Lo malo es que estaban vivitos y coleando… Los soltaron en el patio y empezaron a picotear en el césped, frenéticos y locos de sed.

Iba a subir corriendo los tres pisos de escaleras hasta la oficina del desgraciado Ecónomo, pero no fue necesario. Estaba a mi derecha, sonriendo con complacencia, como si hubiese dado una lección magistral a un chico malcriado.

“¿Le gustan sus pavos, Carreño?”

“¡Señor mío! ¡Estos animales están vivos!”

“Evidente, mi querido Carreño”.

No podía creerlo, hermano, absurdo… ¿Cómo degollar, pelar y descuartizar esos doce animales y salir a tiempo con el tiempo de adobo, y el horneado, y preparar la salsa, y las guarniciones, y los ponches? Sí, exacto, se lo dije, mas bien, lo reconozco, qué pena, se lo grité, y le dije idiota, tarado, ya es veintitrés de diciembre, que era un mala gente, un mala leche, y otras lindezas que me avergüenza repetir… El bastardo me escuchaba, plácido, con los brazos cruzados sobre la barriga, caracoleando con esos deditos gordos que parecen salchichitas, desgraciado… Perdón, tienes razón, me estoy olvidando de la historia… Solo dijo una frase:

“Estoy tranquilo porque a usted solo le bastan su cabeza y sus manos. Que comience la matanza y ponga mucha agua a hervir, apúrese, mire que toda la gente de la Institución está entusiasmada con este banquete navideño… Con permiso, hasta la tarde”.

¿Sabes, hermano? Me avergüenza decirlo pero… Me dan miedo las aves… No te rías… esos ojillos malignos, perversos… Los pollos me sientan fatal, cuando te miran de perfil, ladean el pico… Imagínate un pavo, más grande, más fuerte, con esos tonos de púrpura y rojo, con esas excrecencias carnosas y diabólicas… Mi orgullo no me permitía pedir ayuda, pero el pánico… al mediodía todas esas aves infernales seguían vivas y yo, paralizado, no sabía cómo salir del trance.
“Carreño, admita que no puede solo”.

El Ecónomo ya no sonreía.

“No sé qué quiere demostrar… Usted cree que soy su enemigo… Quiero que sepa que el Señor Director me ha pedido personalmente que lo apoye, pero no permitiendo, al mismo tiempo, que cometa usted otra vez todos los errores que lo llevaron a su estado actual… Usted espera que ante su genio el resto de la humanidad caiga de rodillas, adorándolo, no acepta límites, cuando se siente grandioso nada parece detenerlo… Pero la vida no es así. Si algún día aspira a recuperar todo lo que ha perdido, a gozar de una merecida felicidad, deberá aprender el antiguo y olvidado arte de la paciencia. Usted es parte de un engranaje, pieza fundamental pero no insustituible de la Creación ―Me hablaba con tanta ternura que no me atreví a interrumpir, aún incrédulo―: Ese mismo Dios a quien usted pretende ofrendar este almuerzo de Navidad le habría exigido mesura y humildad, pero sobre todo que preparara este banquete con amor, no para demostrarle algo a alguien…

Una vez degollados, escaldados y desplumados los pajarracos no lucían tan amenazantes. Hubo muchos voluntarios, la faena fue rápida y antes de las seis de la tarde las doce criaturas se adobaban en sendas ollas. Solo te diré que rebajé la cuota de orégano, innové con agua de azahar ―dos cucharadas por olla―, me mantuve fiel a la cuota usual de jerez pero le puse doble ración de paprika… Pero no quiero aburrirte, ayer me viste, había que hornear los pavos en parejas, seis tandas, es para morirse… Y la salsa… dejarla a punto… Estaba en eso cuando me sentí tan agotado que estaba punto de mandar todo al carajo, tomarme doble dosis de somnífero y tirarme en la cama…

Dormí poco y mal pero me levanté al alba dispuesto a afinar todos los detalles que, forzosamente debían ser resueltos en la víspera de Nochebuena. Escucha: Eran casi las nueve de la noche y sentí el tac-tac de unos nudillos en la puerta de la cocina.

“¿Se puede?”

Era el colmo, hermano.

“Aunque no se pudiera, igual entraría”.

Olió mi hostilidad. Perro viejo y marrullero, alzó un índice, asomando la cabeza a través del dintel de la puerta entreabierta y me dijo:

“No vengo a gozar de sus problemas”.

Sacudí la cabeza, incrédulo. No me culpes, todos estos años en la Institución me han vuelto un poco cínico.

“Pase”.

Se quitó la chaqueta, de aquellas que tienen cuero en los codos, ¿qué mal gusto, verdad? La puso en el respaldo de una silla y acto seguido se arremangó la camisa.

“También sé algo de cocina”.

Le contesté sin mirarlo. Fingí concentrarme en lavar unas verdolagas y picar calabacines.

“El caldero de la salsa…Hay que menear el fondo para que no se pegue”.

No dijo nada y comenzó una faena digna de pinche de cocina, sin quejarse aunque hacía un calor de mil diablos. Hacía lo suyo sin afanarse demasiado pero con regularidad de relojito suizo. Había en su cara placidez, calma… Casi diría que estaba feliz.

“Se preguntará por qué vine”.

“Será que estoy violentando algún artículo del Reglamento, señor Ecónomo”.

Agitaba la salsa mucho más lento cuando me dijo que sí, que en efecto, era el Artículo veintidós inciso “f”: No se desarrollarán actividades personales de ningún tipo en las facilidades de la Institución después de las veintiún horas”. Pero añadió, precedido de una carcajada:

“Pero me cago en el Artículo veintidós inciso “f”: esa pendejada la escribí yo”.

Hermano, en verdad te digo que dejé todo lo que tenía entre manos. Sentí un calor aquí, en el centro del pecho… Giré sobre mis talones y observé una sonrisa tan genuina que todo el enojo que llevaba a cuestas contra ese hombre se desvaneció en un instante. Era una sensación de paz, que aún no me abandona…

“Carreño, nunca he visto a un ‘hachedepé’ ―disculpe, nada personal― más obstinado que usted. Sé que quiere demostrar algo… Y quiero ayudarlo”.

“Apáguele el fuego a esa cosa, sirvamos un par de tazas de café y hablemos, señor Ecónomo”.

Charlamos de muchas cosas. Fíjate, era la primera vez que cruzaba con él algo más que frases sueltas.

“Si un día quiere volver a ser lo que antes fue, o mejor, superar a su propio pasado, debe pensar muy bien el por qué de sus actos. Cocinando puede soñar despierto con que nada pasó, que sigue siendo el capitán de su propia nave”.

No quise que me viera llorar, me levanté, caminé un rato de ida vuelta a lo largo de la cocina, sin dejar de hablar.

“¿Tanto se nota que estoy ansioso por deslumbrar a todos ustedes?”

Sonó benévola pero a la vez firme su respuesta:

“Estoy aquí precisamente por eso… Cuando supe que le tenía fobia a las aves me di cuenta cómo podría darle una lección y a la vez ayudarle”.

Ya sabía, el desgraciado. Debe haber leído sobre mí y sin duda el Director le facilitó los documentos apropiados. Pero mi 9 amigo, casi hermano, por fin lo comprendí. Y me puse en su sitio. Y habría hecho lo mismo que él hizo. No se puede ser un ejército de un solo hombre y a la vez unirse al resto de la raza humana que, aunque esquiva en apariencias, en el fondo le tiene miedo a la soledad y busca integrarse… aunque sea solo en Navidad.

Se retiró a las tres de la mañana, yo todavía cataba, por última vez, la acidez de la vinagreta.

Lo demás lo sabes. Esta mañana de veinticuatro se paralizó la Institución, el Director dio licencia a todos y la limpieza del salón, la mantelería, la decoración de las mesas, todo se logró en cosa de minutos. Solo tú te quedaste, así como has estado durante toda nuestra plática, tirado sobre la silla, tan complacido contigo mismo que no sé si aún me escuchas… Perdón, retiro lo dicho, veo que sí estás atento. El discurso del Director ha sido breve pero impactante: “Este día se sientan las bases para lo que, primero Dios, se convertirá en una de nuestras tradiciones más preciadas: el Almuerzo de Navidad”.

Espero que hayas disfrutado… El café ha quedado perfecto, este grano Pacamara es mi favorito, así, con dulce de leche y vainilla… Pero oye… Aquí vienen el Director y el Ecónomo… Permíteme un momento…

“Mi estimado Señor Carreño, felicitaciones, esto ha estado grandioso… lo veo muy animado conversando… pero no sé con quién…”

“Señores… permítanme presentarles a mi mejor amigo, Valdemar… Pero… Se quedan quietos y callados… ¿Por qué se miran así?”

“Carreño…”

“¡Señor Director!”

“Aquí no hay nadie”. “Señor Ecónomo…”

“Señor Carreño, tranquilo… Llamaremos al médico de guardia… Benítez, venga, apúrese, tráigase a Villamil, que venga 10 a evaluar a Carreño… ¿No se ha tomado sus medicinas? ¿Sí? Bueno, vamos, vamos, lo llevaremos a su habitación… Enfermeros…     Que el doctor lo examine… Y yo que pensaba que podríamos darle el alta de la Institución en pocos días…”

“Ecónomo… ¿volverán a sujetarme, como cuando vine? Pero ¿por qué llora?”“Es que ya quisiera que hubiera un Valdemar aquí para pensar que todo está bien y que pasaría el Año Nuevo en casa, mi amigo… Y no, nunca volveremos a sujetarle… Más bien quisiera darle alas, para que nada ni nadie pudiera nunca privarlo de esta libertad que tanto se merece…”
“Feliz Navidad Señor Ecónomo”.

“Feliz Navidad, Carreño, feliz Navidad”.

EL HOMBRE DE LA TÚNICA BLANCA

Por Roberto Santamaría (España)

Erase una vez, una pequeña aldea perdida entre montañas, alejada de cualquier ciudad y casi aislada del mundo, por estar rodeada por una gran cordillera.

En aquel lejano lugar, tan sólo quedaban cinco familias viviendo, ya que el resto, hacía tiempo que habían emigrado a las grandes ciudades.
Una de dichas familias, estaba compuesta por Pedro; el padre, María; la madre y su único y pequeño hijo, Fermín. Éste contaba tan sólo nueve años cuando acontecieron los hechos que les voy a narrar.

Aquella mañana como de costumbre, Fermín sacó a pastar un pequeño rebaño de ovejas, que la familia tenía para ayudar a su menguada economía. Emprendió el camino con ellas por una vaguada que se deslizaba entre los montes que rodeaban a la aldea.

Su madre, había metido en el zurrón del zagal, un cuarto de hogaza de pan y un trozo de queso, que el mismo Pedro fabricaba en casa con la leche que les daban las ovejas. Una cantimplora llena de agua completaba el almuerzo del muchachito.

El pequeño Fermín había llevado el rebaño, hasta unos ricos pastos que estaban rodeados por un frondoso robledal. Al salir de casa su padre le había advertido.

–  Fermín, ten mucho cuidado con “Florita”, que no se aleje mucho que está a punto de parir.

–  Descuida papá, tendré cuidado.

Florita, que así se llamaba una de las ovejas, tenía la tripa muy abultada, señal inequívoca de que en breve nacería un corderito.
Junto a Fermín caminaba su fiel perrita “Ahicha”, que con gran agilidad, iba y venía alrededor del pequeño rebaño y con sus ladridos cuidaba de que ninguna de las ovejas se alejará del hato.

Las nieves habían hecho acto de presencia en las cumbres que rodeaban la pequeña aldea, éstas pronto bajarían hasta el valle cubriendo los pastos, con lo que la alimentación de las ovejas se haría más difícil. Transcurría el mes de diciembre, en unos días celebrarían la Navidad y la fiesta de los Reyes Magos.

Fermín desde que aprendió a escribir, llegando esos días redactaba una carta y se la daba al cartero, para que se la hiciera llegar a los tres Reyes Magos de Oriente. Jamás pidió un juguete en ninguna de sus misivas. Un año tras otro, en esas fechas, Fermín siempre pedía lo mismo.

–  Queridos Reyes Magos, un año más os pido lo mismo y nunca me lo concedéis. Yo soy bueno, quiero y obedezco a mis  papás, cuido de las ovejitas y quiero mucho a mi perrita “Ahicha”. Espero que esta vez me concedáis lo que os pido. Quiero que mi mami se ponga buena y que vuelva a cantar como cuando yo era un bebé. No os pido ningún juguete, tan sólo os pido que se cure mi mamá para poder jugar con ella.

María padecía una rara enfermedad congénita en las articulaciones, que le había sobrevenido cinco años antes y que la impedía caminar sin que cada uno de sus pasos le produjera un terrible dolor. Ella se servía de bastones para desplazarse a través de su pequeña casa.

Fermín detuvo la manada y se dispuso a comer el pedacito de pan y queso que su mamá le había metido en el zurrón. Las ovejas pastaban a su alrededor y “Ahicha” se tendió a su lado, estaba cansada de la caminata, aún así, levantaba la cabeza y giraba el cuello vigilando que las ovejas no se alejaran.

El pequeño Fermín sacó del morral el pan y el queso; había llegado la hora de la comida, “Ahicha” comenzó a reclamar su parte, dando saltos y ladridos alrededor del niño, éste cogió el bocadillo y  partió un trozo ofreciéndoselo a su perrita, que de un bocado se lo arrebató de la mano. De pronto cuando se disponía a dar cuenta del resto del  tentempié, una alargada sombra hizo su presencia sobre Fermín, Éste se volvió sobresaltado, pues no había oído el menor ruido. Ante él, se encontraba un hombre de aspecto bondadoso, cubierto con una larga túnica del color del marfil;  una gran barba blanca cubría casi la totalidad de su rostro del que destacaba unos hermosos y brillantes ojos, una mirada dulce y profunda surgía de ellos, mientras de su boca se abría en una amplia sonrisa, y con una voz melodiosa le decía a Fermín.

– ¡Hola jovencito!… ¿tendrías algo que darme para comer?

Fermín al pronto quedó paralizado, inmóvil por la aparición de aquel misterioso hombre, hasta que pasados unos segundos reaccionó y alargando el resto del bocadillo que estaba comiendo se lo ofreció al extraño. A continuación el hombre le preguntó.

– Por casualidad ¿tendrías algo de agua para beber?

El niño echo mano y sacó del zurrón la cantimplora en la que aún quedaba un poco de agua. Y con un gesto amable se la ofreció al extraño personaje. Aquel ser, despertó en Fermín una inmensa curiosidad, estaba tentado en hacerle muchas preguntas y ya iba a comenzar, cuando él se le adelantó.
– Dime muchacho ¿Cómo te llamas?

– Me llamo Fermín señor.

– Pero dime cuántos años tienes, quiero saberlo todo cuéntame muchas cosas de ti.

Fermín comenzó a hablar, en unos minutos contó a aquel hombre todo sobre él y sus papás.

Le dijo donde vivían, como se llamaban sus padres. Le habló de la enfermedad de su madre y de cómo él todos los años, llegadas esas fechas  escribía una carta a los Reyes Magos en la que les pedía que se mamá se curara, en lugar de ningún juguete.

Aquel hombre se mesó su larga barba blanca mientras observaba al niño y pasado unos minutos de reflexión, tomó la mano de Fermín mientras le miraba con sus profundos y bellos ojos, dijo al muchachito.

– ¡Sabes una cosa!…Yo te prometo que en esta ocasión, el próximo día de Reyes, ellos te van a traer aquello que tu más deseas, de modo que pide lo que tú quieras.

Fermín quedo mirando a aquel señor con asombro y se preguntaba quién sería, pero no se atrevió a preguntárselo, su presencia le confería confianza y había algo en él que le tranquilizaba, y cada vez que él le miraba, un halo de paz le inundaba.

– Yo lo que más deseo es que mi mamá se ponga buena, no quiero ningún juguete, sólo quiero jugar con ella, verla contenta, oírla cantar y que pueda caminar sin retorcerse de dolor.

– De verdad, no deseas ningún juguete. – Insistió el hombre de la barba blanca.

– No señor, ya le he dicho lo que deseo que me traigan los Reyes Magos.
– ¡Está bien hijito, acompáñame!   – Y tomando la mano del niño, tiró de él dirigiéndose al borde del bosque de robles. Fermín le acompañó dócilmente y a los pocos minutos ambos se detuvieron ante un matorral, en cuyo centro asomaba una bellísima flor de lindos y brillantes colores que jamás antes el niño había visto.

Su acompañante se recogió la túnica, al tiempo que se agachaba para tomar con sus manos la hermosa flor y ofreciéndosela al niño le dijo:

– Toma esta flor y cuando llegues a tu casa, tendrás que desprender doce pétalos y cuatro estambres de esta flor, échalos en una cazuela pequeña con agua del manantial y déjala hervir durante diez minutos, cuando ésta se haya enfriado dásela a tu mama para que la beba esa noche en doce pequeños sorbos. Verás que en dos o tres días tu mamá se pondrá buena y podrá andar y jugar contigo.

Fermín escuchó con atención las indicaciones de aquel buen hombre y desconfiando de poder acordarse de lo que le había dicho, sacó un pequeño bloc de notas que siempre guardaba en su zurrón y se dispuso a anotarlo.
Cuando terminó de hacerlo, el niño se volvió para darle las gracias y con sorpresa se dio cuenta que él ya había desaparecido. Se asomo al borde del robledal llamándole una y otra vez, sin resultado alguno. Definitivamente se había esfumado.

Fermín llamó a su perrita para que le ayudara a reunir las ovejas y los corderillos y una vez que lo consiguieron emprendieron la vuelta a casa. La tarde se estaba acabando y había comenzado a oscurecer.

Cuando llegaron, su mamá estaba esperándole en la puerta.

– ¿Qué te ha pasado hijito, por qué tardas tanto?…Ya me tenias preocupada
– No te apures mamá, no me ha pasado nada, sólo que me encontré con un señor que me dio este remedio para tu enfermedad, ahora mismo te lo preparo, para que se enfríe y te lo puedas tomar esta noche.

La pobre mujer se quedó mirándole como si pensara que el niño se hubiera trastornado y comenzó a hacerle preguntas.

– Ya te contaré mañana mamá, ahora tengo que prepararte esta medicina.
Y a continuación el niño se metió en la cocina y siguiendo las instrucciones que le habían dado, preparó aquella infusión. Una vez enfriada se la ofreció a su mamá, diciéndole.

– Toma mamá, tienes que tomártela esta noche en doce pequeños sorbos.
Al poco tiempo llegó el padre de Fermín y dirigiéndose al muchacho dijo.

– Qué tal hijo, se han portado bien las ovejas.

– Sí papá, muy bien, ya las he guardado en el corral.

– Gracias hijo, eres un buen muchacho. – Dijo mientras alborotaba el cabello del niño en un gesto de cariño.

Después de cenar Fermín dio las buenas noches. Y guiñándole un ojo a su madre dijo.

– Mamá me voy a la cama, no se te olvide tomarte la medicina que te he preparado

– Descuida hijo, no te preocupes que me la tomaré antes de acostarme.
El padre intrigado por esta conversación entre el niño y su mujer, preguntó a ésta.

– Que pasa cariño, de qué medicina está hablando el muchacho.

– No lo tengo muy claro aún, me ha dicho que mañana me explicaría el encuentro que ha tenido con un señor en el robledal.

Y dicho esto los dos se fueron a descansar, no sin que ella se tomara aquella infusión.

Aquella mañana Fermín se despertó antes que de costumbre, a pesar de que durante la noche no había dormido casi nada, inquieto por saber cómo se levantaría su madre aquel día. Y cuál sería su sorpresa y  alegría al escuchar como su mama estaba cantando, mientras tendía la ropa que terminaba de lavar… ¿Pero cómo era posible? Hacía años que no la oía cantar así.

Pero además, se la veía feliz y se movía con agilidad, como si jamás hubiera estado enferma.

E inmediatamente Fermín pensó en aquel señor con apariencia majestuosa, que vestido con aquella larga túnica y barba blanca, había conocido el día anterior.

La madre al ver al muchacho le dijo.

– Bueno mi niño, y ahora me dirás ¿qué misterioso encuentro tuviste ayer mientras pastoreabas?

Fermín le contó con todo detalle la experiencia que había tenido en el prado y al comprobar cómo su mamá había mejorado preguntó.

– Mamá ¿Tú te encuentras bien? ¿Ya no te duelen las piernas ni los brazos?

– No hijito, ya no me duele nada, la medicina que me conseguiste, ha curado mi enfermedad.

– Entonces, ese señor que vi ayer ¿Era un doctor?

– No mi amor, ese señor como tú le llamas, no era un doctor…Era un Ángel, porque sabes mi vida, los Ángeles siempre se les aparecen a los niños buenos y tú mi amor eres el más bueno del mundo.

Aquel año, durante el día de Reyes Fermín recibió de los Reyes Magos un montón de juguetes y en los días siguientes, siempre que salía con las ovejas al prado, miraba a su alrededor con la esperanza de ver aparecer al señor de túnica y barba blanca, para darle las gracias por haber curado a su mamá. 

 

GUANTES DE NAVIDAD

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

Promediaba  el mes de Diciembre. La proximidad de las fiestas de fin de año sacudía sus fibras más íntimas  y una cucharada sensiblera solía tener la costumbre de abordarla en esas fechas. Risas, presencias y ausencias se presentaban en un sencillo desfile de recuerdos. Una obligación autoimpuesta muchos años atrás pedía su cumplimiento. Fiel a su costumbre la incluía en su lista de quehaceres.

Este compromiso era especial, había nacido como una necesidad propia y vivía en el anonimato. Tanto familia como amistades  desconocían la existencia de este hábito, y la elección siempre estaba relacionada con algún recuerdo escapado del pasado

El hilo del pensamiento la llevó a escarbar dentro del arcón de tesoros de infancia y se detuvo en sus cinco años, la inocencia de esa edad,  la maravillosa presencia de una abuela que sabía llegar hasta su corazón y derretir cada amague de rebeldía, la tarea ansiada, ser ayudante de cocina en el trabajo más importante de esa época… A su memoria llegaron al detalle los preparativos y las exigencias previas que incluían aseo en sus manos con más dedicación que la de un cirujano a punto de operar,  y morder la impaciencia hasta que el pedido de ayuda y el permiso para hacerlo fuera dado.

Mientras se esmeraba en la higiene para obtener la aprobación necesaria  su abuela ya había iniciado la labor. En un recipiente de gran tamaño los ingredientes se iban sumando y eran revueltos cada vez hasta formar una mezcla homogénea. Faltaba muy poco y no desconocía que lo bueno estaba por llegar, sentía que sin su colaboración era imposible que la receta fuera un éxito porque ella se sabía imprescindible para esta labor.

Manteca, azúcar, huevos, levadura, esencia de pan dulce, llenaban el ambiente de aroma a Navidad. Después, el turno de las frutas confitadas, pasas, nueces, almendras, pero a la hora de agregar harina la tierna abuelita no estaba capacitada para mezclar convenientemente esa masa, necesitaba de su entusiasta colaboración.  ¡Qué placer tan inmenso era meter las manitos y revolver la mezcla!, ¡qué satisfacción tan grande quitarlas del recipiente y descubrir que habían sido vestidas a su medida exacta con guantes de Navidad hechos de masa cruda y frutas adheridas, como pequeños trofeos, en cada dedo!  Y después, claro, probar el resultado horneado aún sin haberse enfriado del todo con el orgullo de haber sido partícipe necesaria de la obra.

Ese año una señora sin nombre pasó por el hogar de ancianos. Dejó en las manos de gente mayor y solitaria  cajas de pan dulce envuelto en aromas de infancia y brillos de ternura.  Después partió del mismo modo que llegó, sin decir nada, pero en su alma ha quedado grabada la mirada vidriosa de una anciana que le regaló un abrazo.

CARTÃO DE NATAL

por Henrique Mendes (Portugal)

Alguém de espírito previdente me enviou um cartão de Natal que já chegou.

Por dentro há  uma meia dúzia de linhas, com os melhores votos de boas festas de um amigo antigo. Por fora, uma imagem deliciosa dumas casinhas cobertas de neve muito branca, com meninos brincando na rua e fumaça saindo pela chaminé.

Sorrio, tocado pelo gesto desse amigo de sempre. Depois de tantos Natais em silêncio, e de tantos outros cumprimentando-me apenas por telefone, resolveu enviar-me um cartão à moda antiga, pelos correios. Reli o texto, e depois voltei à imagem.

Toda a paisagem por trás das casas é uma mata verde-escuro, onde todas as árvores são árvores de Natal, enfeitadas com bolas multicolores, estrelas  e luzinhas acrescentando brilhos. Nos céus, lá ao longe, muito pequenino, vem um trenó puxado por renas, com um Papai Noel bem gordinho de braços abertos, como se quisesse, num gesto de plena alegria, abraçar o mundo.

Claro que este é um cartão igual a tantos outros, baratinho, que  pode comprar-se  em qualquer lojinha da cidade. Mas, para mim, recebê-lo foi uma coisa muito especial, que me fez lembrar do tempo em que eu e precisamente aquele amigo, que mo enviou, brincávamos na porta de casa fazendo bonecos de neve e construindo trenós, que queríamos velozes – tão velozes como imaginávamos que era o trenó de Papai Noel.

Brincávamos na neve, rindo sem parar, até que os nossos dedinhos de criança ficassem roxos de frio, numa espécie de licenciosidade que mamães e vovós reservam a esses dias, em que a natureza se veste de branco para, mais uma vez, nos conseguir deslumbrar e surpreender.

E dentro de casa havia a lareira acesa, com a meia pendurada, a árvore de Natal cheia de luzinhas e enfeites de todas as cores, as guirlandas nas portas, com as bagas vermelhas de azevinho, as caixas dos presentes dos adultos, ricamente embrulhados, música da época, enfim, todos os detalhes que compõem a mística do Natal.

Havia aquela expectativa imensa, quase palpável, para ver se as cartas que tínhamos escrito para Papai Noel muito tempo antes, com as lista dos presentes que mais desejávamos, tinham sido atendidas – e se os presentes eram aqueles que tínhamos pedido.

De tudo isto me lembrei, ao receber este cartão do meu amigo. E agora estou aqui pensando  que eu mesmo ainda não fiz nada. Nem lhe mandei um cartão, nem lhe escrevi, nem lhe telefonei, enfim: – Nada!

Na verdade, custei a arranjar tempo para montar uma árvore de Natal em casa, para que a época não passe despercebida. Mas ainda bem que o fiz, pois este cartãozinho tão simples, que o meu amigo me mandou, veio mostrar-me como é importante cuidar destes pequenos detalhes.

É preciso mantê-los vivos para que a tradição não se perca, e perdure o costume de um dia no ano – pelo menos um dia, no ano – as pessoas olharem o mundo com mais alegria, com mais carinho, serem mais atentas aos detalhes da vida e aos outros, e desejarem-se mutuamente felicidades por se quererem bem. E, por se quererem bem, partilharem mais, dividirem melhor, não apenas os bens materiais, as coisas palpáveis, mas a ternura e o afeto, bem como a atenção e a alegria.

E se, para isso, for necessária alguma imaginação – tanto melhor. E se ao cuidar dos detalhes, e de tudo o que é necessário para conservá-los, fizermos nascer, ou até aumentarmos, o folclore que rodeia  a quadra Natalina, isso será excelente.Porque isso é a verdadeira cultura, perpetuando-se, levando-nos a ser capazes de conviver com valores que, apesar de se apoiarem em sonho e fantasia, não podemos deixar nunca que sejam menos reais.

Olho novamente o pequeno cartão que recebi, meio anacrônico nos dias de hoje, meio fora de moda, mas desta vez olho-o com um novo respeito. E fico pensando que talvez tenhamos de fazer algumas concessões, algumas adaptações, não sei bem.

Talvez seja difícil imaginar Papai Noel descendo pela chaminé para entregar os presentes, quando hoje se mora em apartamentos onde não há chaminés.

Talvez os meninos daqui da cidade estejam certos, quando falam das renas como sendo veadinhos. E é claro que não sentem o menor entusiasmo com o trenó, que não tem rodas e só é capaz de escorregar numa tal de neve que, aqui nos trópicos, nunca ninguém viu.

Talvez Papai Noel tenha de vir de charrete. De carroção puxado por bois dourados…De bermuda e havaiana, por causa do calor…

Mas, ainda assim, valerá a pena ! Sempre ! 

 

CIDADE

por Henrique Mendes (Portugal)

Quando olho, aqui de casa, vejo de um lado a montanha coberta de mata densa, verde, subindo sempre. E do outro lado, contornando-a, a cidade estendida a meus pés, espalhando-se  vale abaixo até sumir de vista por detrás de outra montanha verde escura.

E todos os anos, nesta época, a parte que sobrou da minha alma de criança estremece, cresce, e acabo assistindo com olhos maravilhados de menino  aos preparativos para o Natal.

As luzes e os enfeites, assim vistos de longe, na praticidade da minha varanda, são tão bonitos, tão maravilhosos, que nunca senti verdadeiramente a necessidade de chegar mais perto.

Foi assim até um dia, em que o acaso me colocou no centro da cidade, sem carro e com tempo disponível. Nesse dia aproximei-me vagarosamente, apreciando o momento. Já estava  erguida na praça, como todos os anos, uma grande árvore de Natal.  Não enorme, que a cidade é pequenina, mas grande mesmo assim.

Os preparativos já iam avançados, já estava firme no seu tripé, e já havia, de um lado e de outro, sobre uns estrados forrados com pano, algumas caixas de madeira enormes, embrulhadas como presentes, num gigantesco apelo á tradição de oferecer e partilhar.

Outras caixas, menores mas muito grandes , de papelão, também estavam embrulhadas e amarradas com grandes laços de fitas coloridas, compondo o aspecto dessas pequenas montanhas de presentes, acrescentando vida e simbolismo á praça.

Eu olhava para a árvore  quando me pareceu ver alguém movimentando-se fortuitamente, atrás dela. Prestei mais atenção, e vi que se tratava dum senhor já de idade, que se dirigiu a um dos estrados e lá colocou, no meio das gigantes, uma pequena caixa de presente com um grande laçarote de fita dourada.

Depois contornou o estrado e parou, quase se assustando e parecendo  muito surpreendido ao ver-me a olhar para ele.
– Boa noite ! – cumprimentei
– Boa noite ! – respondeu – Ótima, na verdade ! Está tudo ficando muito bonito, não está?
– Está mesmo, realmente ! – concordei, olhando em redor, enquanto conversávamos um pouco.

Pouco depois despedimo-nos, e ele foi embora sempre exibindo um sorriso de  puro contentamento. Estranhando  que não houvesse mais ninguém, a não ser nós dois, acabei por ir  embora também, contente por ter estado ali.

A imagem dele indo embora satisfeito, sorrindo feliz, acompanhou-me durante todo o dia seguinte, recorrentemente. De tal forma que voltei á noite na esperança de voltar a encontrá-lo, para podermos conversar mais um pouco, mas não consegui.

Os trabalhos na praça, entretanto,  tinham avançado, desde a véspera, e já se notavam  diferenças.  A maior de todas não estava sequer na árvore, nem na sua iluminação, mas na quantidade de presentes a seu lado, embrulhados nas cores mais diversas e com laços de fita de todos os tamanhos e feitios. Eram muitos.

Lembrei-me do velho senhor colocando furtivamente, de noite, um pequeno presente junto dos enormes presentes falsos, apenas de enfeite, que ornavam a praça. Agora, esse pequeno presente,  já era apenas um no meio de muitos, impossível de distinguir qual.

Voltei muitas vezes, nas noites seguintes, e o número de presentes não parou de aumentar. E todas as noites apareceu  alguém que eu não conhecia, por ali pairando discretamente, parecendo apreciar os enfeites da árvore e da praça, com quem sempre acabei trocando algumas palavras, conversando um pouco.

Hoje, tal como faço todos os anos desde aquela primeira vez, vim até á praça. E mais uma vez encontrei velhos conhecidos, que cumprimentei alegremente.

Junto aos enormes presentes falsos montados em cima do estrado, junto á grande árvore de Natal, já havia outros presentes bem menores, quando cheguei. Não sei se algum deles é do velho senhor, que nunca mais tornei a encontrar.

Discretamente acrescentei o meu, e quase me assustei quando senti que uma outra pessoa me observava curiosamente. Mas era apenas mais alguém que viera ver os trabalhos da decoração de Natal.

Cumprimentei a pessoa, com intensa satisfação. Depois saí passeando pela praça, apreciando tudo.

Mais uns dias e ela estará enfeitada com todos aqueles brilhos e cores de que a meninada gosta, e já as luzes piscarão em ritmos aleatórios de alegria  e paz, conferindo á velha praça aquele ar dourado e especial das épocas de festa.

Depois, alguns dias mais tarde, começarão a escutar-se baixinho, nos altifalantes da praça,  as músicas típicas desta quadra. E haverá anjinhos adejando as asas brancas, no coreto, em leves movimentos mecânicos.

Sabiamente iluminados, vai parecer que flutuam no ar enquanto tocam as suas pequenas liras, e alguns mexerão até as cabecinhas, onde se distinguirão bocas abertas, cantando, embora todo o mundo saiba que são dos corais da cidade as vozes que se escutam.

Quando se passa junto das escolas de música, escutam-se já os ensaios das bandas, preparando-se para os desfiles  próximos, também com temas da quadra.

Nas janelas dos bares, e nas vitrines das lojas ao redor da praça, abundarão enfeites luminosos e cordões peludos e brilhantes, de cores garridas, onde bolas espelhadas coloridas irão refletir luzinhas e velinhas de fingir.

Nos vidros, e um pouco por toda a parte, mesmo com neve de mentirinha ou com a mais prosaica das canetas, mais uma vez surgirá escrita uma expressão que não podemos deixar cair no esquecimento, por ser a mais perfeita tentativa da humanidade de criar um dia no ano – pelo menos um ! – em que as pessoas falem de beleza, de amor e de paz:

Feliz Natal !

Que seja um voto. É o que desejo com sinceridade, e também a todos os que me lerem. 

 

NATAL

por Henrique Mendes (Portugal)

Estava completamente decidido a escrever um Conto de Natal, este ano. Porém, sempre que tentei criá-lo, dar-lhe forma, sempre esbarrei com alguma coisa que me impediu de o fazer.

E tentei de tudo, realmente ! Todos os métodos , e tudo o que poderia ser uma solução, mas nada deu certo.  Eu, que escrevo todos os dias, e que consigo sempre, em maior ou menor grau, traduzir em  palavras os meus sentimentos mais complexos, não conseguia alinhavar o meu Conto de Natal…

Assim, parei, pensei e tentei fixar-me em meus objetivos: “Afinal, que quero eu dizer ? Se soubesse como, o que diria eu, no meu Conto de Natal ?”

Sabe como o escreveria ?

– Escrevê-lo-ia simples e diferente. Especial ! Tão perfeito e tão bom que os meus amigos – cada um daqueles amigos a quem se quer mais do que a tudo no mundo – quando o lesse, sentiria que o Conto fora escrito especialmente para si. E para si em primeiro lugar, por ser um amigo especial, único no gênero, e primeiro em importância.

– Escrevê-lo-ia simples, para que ninguém o achasse mais do que uma simples mensagem de amor: “- Eu importo-me ! E estou aqui, para você ! Sempre !”

– Escrevê-lo-ia terno e grato, com aquela dose-certa de ternura e gratidão que devia usar mais para com os meus amigos, durante o ano inteiro…

E sabe como o terminaria?

– Terminaria desafiando todos os meus amigos a continuarem a sê-lo por mais um ano, até ao próximo Natal de todos os anos !

E depois de o escrever assim,  quereria entregá-lo diretamente nas mãos de cada um desses amigos especiais, espalhados pela vastidão do mundo – um Conto de Natal por cada amigo especial, único e primeiro. Quereria olhá-los nos olhos, e sabê-los bem, e em paz.

Este é o meu projeto, que tentarei realizar sempre. Mas se as palavras não chegarem , ou o talento for pouco, ou se for demasiada a emoção para conseguir dar-lhe forma, nada disso terá importância, pois  é desses amigos que espero a condescendência, o carinho e o perdão que compõem o Natal.

Especialmente para Você: um muito Feliz Natal.

UNA NOCHE DE REYES

por Roberto Santamaría (España)

La oscuridad de la noche, sólo rota por los reflejos de neón y el resplandor de los escaparates adornados con motivos navideños, creaba un falso ambiente de alegría que lo inundaba todo.

El ruido infernal producido por el incesante claxon de los coches atrapados en un monumental atasco, castigaba implacablemente sus oídos hasta producirle un agudo dolor. Aquella mañana había amanecido con un fuerte dolor de cabeza, presagio de las migrañas que padecía con frecuencia desde tiempo atrás.

La noche era gélida…El intenso frío penetraba a través de sus huesos. Había olvidado cuando comenzó a caminar ensimismado en sus pensamientos hasta perder la noción del tiempo.

Cada vez se le hacía más difícil avanzar entre la multitud, era como andar contra corriente entre la marea humana; el griterío era ensordecedor, a su alrededor numerosas familias realizaban sus últimas compras de Reyes, algunos padres llevaban a sus hijos para dar la bienvenida a los Reyes Magos y para asegurarse de que ellos habrían recibido sus cartas.
Después de grandes esfuerzos consiguió llegar a su destino. Al abrir la puerta le recibió una agradable ola de calor que tuvo la virtud de aliviar el frió de su castigado cuerpo durante las últimas horas.

Subió hasta la planta 8 del edificio que albergaba uno de los más grandes centros comerciales de la ciudad, se detuvo ante una puerta donde una placa de metal anunciaba “PRIVADO”, franqueando dicha puerta se dirigió hacia el vestuario del personal, éste se componía de una amplia y limpia sala llena de taquillas, donde los empleados del centro comenrcial, cambiaban sus ropas de calle por sus uniformes de trabajo.
Sacó una pequeña llave del bolsillo de su ajado abrigo y buscó entre las taquillas, la numero 25. La abrió, en una percha colgaba un traje de rey Baltasar.

Depositó un pequeño maletín sobre un banco muy grande, situado en el vestuario a lo largo de las taquillas y se dispuso a cambiar su indumentaria de ciudadano anónimo por la de Rey Baltasar, comenzó con el maquillaje de la cara que, poco a poco, fue tomando la apariencia de “Negro”. En una ocasión, no recordaba dónde, había leído que jamás ninguno de los reyes magos era de color, pero bueno, eso no importaba ahora, sólo era un trabajo como otro cualquiera y no venía al caso “buscarle tres pies al gato”.

Una vez concluido el maquillaje, vistió su enjuto cuerpo con la vestimenta adecuada, compuesta de amplios pantalones bombachos de color verde, camisola blanca y casaca dorada, amén de unas puntiagudas botas de terciopelo rojo, con las que calzó sus doloridos y cansados pies. Rematando su transformación con una llamativa corona para adornar su doliente cabeza.

El ascensor le bajó hasta la planta de calle, en cuya puerta le esperaba un destartalado sillón de madera, que bien le habría servido para hacer con él una hoguera y calentar así su maltrecho y aterido cuerpo. Sentado en semejante “trono” se preparó para pasar las próximas cuatro horas por las que le habrían de dar la suma de veinte euros, que le servirían para poder comer un par de días más.
Aquel pensamiento le dio ánimos para seguir haciendo frente a la tortura que significaba la subsistencia diaria de un “sintecho” y tal vez mañana alguien le contrataría como payaso para amenizar la fiesta de un afortunado niño rico, durante la cual él tendría que doblegar su ánimo para enjugar el llanto de su alma, mientras su maquillada faz de “clown” reiría y reiría incansablemente para alegrar la vida de los demás.

A la mañana siguiente la portada de un prestigioso diario de la ciudad daba la triste noticia…:

“Hallado un vagabundo (disfrazado de Rey Mago) muerto en la puerta de unos grandes almacenes…Los primeros informes médicos del SAMUR indican que su muerte fue provocada por las bajas temperaturas que anoche azotaron Madrid”…  

 

ESPERANÇA

por Celedian Assis (Brasil)

Não era um dia comum para a maioria daquelas crianças da Vila Esperança, de olhinhos brilhantes e afoitos. Naquela tarde de vinte e cinco de dezembro aguardavam e olhavam para o céu, entre a ansiedade e a alegria incontida, o pouso do helicóptero que traria o Papai Noel.

Do outro lado da cidade, no Condomínio Solidariedade, não menos ansiosa, roendo as unhas, alheia a euforia de outras crianças exibindo seus novos e sofisticados brinquedos, Estefânia olhava inquieta o seu relógio cor de rosa, presente que ganhara naquele Natal. Quem a observasse mais atento, perceber-lhe-ia na face, certa aflição. O que poderia afetar assim a mente de uma menina de apenas dez anos de idade?

A cena não passou despercebida. Lêda, a professora que morava naquele mesmo condomínio, não ficou indiferente. Aproximou-se de Estefânia, tocou-lhe a face carinhosamente, quando aqueles olhinhos aflitos a fitaram e perguntou:

– Que faz esta menina linda assim tão quieta? Porque não brinca com os amiguinhos e não trouxe para o pátio os brinquedos que Papai Noel lhe trouxe?

– Estou esperando que venham buscar-me. Tenho hoje algo muito importante para fazer. Terei ainda muito tempo para brincar com meus vizinhos daqui, tenho outros amigos que preciso visitar hoje, respondeu-lhe a menina.

– Conte-me Estefânia, onde vai e o que fazer assim de tão especial?
– Sim professora, vou contar-lhe. Certo dia quando fomos ao Shopping Center, minha mãe e eu, para escolher meus presentes, apanhei um daqueles papéis de propagandas e nele vi o anúncio de um concurso de poesias, cujo tema era falar dos meus sonhos que queria ver realizados no dia de Natal. O prêmio seria passar a tarde de Natal junto ao Papai Noel, que sobrevoa de helicóptero e pousa em campos, nas comunidades carentes na periferia da cidade e ajuda-lo a distribuir os presentes. Pois bem, guardei aquele papel e chegando em minha casa comecei a escrever um poema. Não foi tão difícil, sabe D. Leda? Porque já estava realizando um de meus sonhos naquele momento, escrever poesia. Ganhei então o melhor dos presentes, fui a escolhida no concurso. Agora estou aqui esperando para realizar o meu outro sonho.

A professora Leda não sabia o que dizer, embargara-lhe a emoção. Apenas sorriu docemente, passou-lhe as mãos sobre os longos cabelos negros e afastou-se com os olhos marejados de lágrimas. A menina continuou ali sentada e insistentemente conferia o seu relógio. Faltavam ainda cerca de duas horas para que a viessem apanhar em casa.

Neste ínterim volta a professora acompanhada de todas as crianças que brincavam no pátio. Fizeram um círculo em volta de Estefânia e pediram-lhe recitasse a sua poesia também para eles. Ela ainda muito assustada, surpresa com tal pedido, ajeita o vestido branco de laços azuis e com a face corada, começa a recitar:

MEUS SONHOS PARA UM DIA DE NATAL

Não preciso de muitos presentes,
Só a minha poesia quero deixar,
Para meus irmãos tão carentes
E para elas o meu amor levar.

Meus amiguinhos amados,
Dois sonhos venho realizar:
Trazer meus versos falados
E o Papai Noel lhes apresentar.

Ele traz brinquedos na bagagem
E para cada um é especial,
Mas traz mais nessa viagem,
Muito além do material.

Ele traz importante mensagem:
Nunca deixem um sonho morrer,
A esperança pede passagem,
Para uma vida melhor nascer.

Sejam irmãos, cultivem a amizade,
Aos bons conselhos, obedeçam,
Pratiquem o bem, a solidariedade,
E a Deus, todo dia agradeçam.

Estefânia acabara de ler seu poema e olhara para todos em volta, que alegremente a aplaudiam. A professora que não conseguia conter as lágrimas a abraçou demoradamente, enquanto as crianças se afastavam correndo para suas casas.

Enquanto recobravam a emoção que ambas se achavam envolvidas, eis que vinham chegando os amiguinhos que antes a ouviram. Cada qual trazia nas mãos um brinquedo. Alguns eram novos e outros já usados, de acordo com o que seus pais lhes permitiram levar. Um deles trouxe também uma grande caixa, onde foram depositando um a um, os presentes que queriam doar para as crianças da Vila Esperança.

Estefânia chorava e sorria enquanto abraçava e agradecia aos seus amigos, quando foi interrompida pelo chamado da mãe, dizendo que Papai Noel chegara e já estava pronto para a viagem da alegria.

NIEVES VERGARA Y LA NAVIDAD JUNTO AL MAR

Por Juan Carlos Muñoz Campos (Chile)

Amanece entre los pinos de Quivolgo, el Maule arrastra aguas desde la montaña , es  víspera de Noche buena,  dirán que el agua se arrastra siempre aún no siendo Navidad, tienen razón, solo que ahora el río es distinto, parece casi una bóveda donde se fueron muchos sueños de Navidades , luces, guirnaldas y Reyes magos.

Nieves, mi amigo,  perdió todo lo que poseía  en pocas horas aquel día de Febrero, ahora le queda mirar el amanecer del sol entre los pinos y las sombras largas de la montaña de Quivolgo, suena  en una bocina acordes navideños, recuerda tal vez  sus  días cuando jugaba con sus hijos, eran pequeños, yo iba siempre a su casa, él era un niño en piel de viejo y yo un viejo en piel de joven.

Conversábamos sobre proyectos de vida, de viajes por los mares , de volar entre los pinos y de remar en el Maule. Queríamos tener hijos  y nietos, su novia se reía de oírnos charlar  sobre los nombres de los hijos, e incluso yo ponía los nombres a mis nietos. Ahora  él estaba allí sólo ante los rayos del Sol, sin nada, mirando pasar las aguas que se unían con el mar.

Imaginaba otros días otras Navidades, en el futuro mediano, sin la población  de los “come perros” , sin el Malecón donde amarrábamos el bote de Segundo Ramírez Palacios- No, no está el Malecón ni Segundo, ambos se fueron en el  tiempo  por razones distintas, pero se fueron.

Su casa no está en el mismo lugar, ni el pino de Navidad estará allí, sólo recuerdos  sin guirnaldas  sin regalos de los amigos que se fueron; pero acá lejos estoy yo regalándole a él mis letras, mientras en mis oídos la música de Barry White me abstrae de los problemas de fin de año.

Nieves está frente al mar, del cual ahora Alcalde, Conde y  Señor, sus nietos  siguen sin entender que el mar  que su abuelo ama les quitara sus juguetes, sus guirnaldas  y pesebres.  A mi amigo le quitó mucho pero  no el espíritu de Pascua, el invocar momentos suspendidos  entre  recuerdos  de hombre niño y  marinero.

A mi espalda se recorta  la silueta del Volcán Descabezado grande,  al frente  el cerro de la Virgen  mis propios  miedos  y sobre todo mi imagen treinta años atrás  entre los abrazos con la familia de Nieves Vergara  Lagos  cuando jugábamos sobre el mar en aquellos oleajes, ese día que se llama Navidad

VUELVEN LOS CUENTOS

Por Silencios Oscuros (Colombia)

Jorge Amador por fin había logrado congregar a toda la familia para celebrar la Navidad en Agua clara, el pueblo que había visto nacer a su padre. El hecho de reunirse en la finca en donde  gran parte de su infancia y juventud  habían transcurrido felizmente, lo tenían sumamente emocionado. Recordaba con nostalgia todas esas historias del niño Dios trayendo los regalos, de brujas brincando por los tejados,  de hadas y duendes escondidos entre los sembradíos, y muchos cuentos más que habrían quedado en el pasado como parte de la increíble imaginación de los habitantes de antaño de ese caserío enclavado en la mitad de la sierra, o en algún lugar remoto de sus bosques profundos.

Ya eran las 9:30 a.m. del  24 y en esa mañana cálida, la brisa decembrina parecía querer echar sobre la tierra como un bálsamo, todo el azul inmenso de ese cielo que contrastaba con el verde de los frondosos árboles  en la vieja finca de Don Teodoro Amador, “ La Castaña” ubicada en las inmediaciones de Agua Clara. Jorge había viajado por casi todo el mundo y  tenido la oportunidad  de pasar navidades en lugares que iban desde la abarrotada e iluminada Nueva York hasta sitios tan remotos como los alrededores del lago Baikal en la región Sur de Siberia. Pero no se acostumbraba a las navidades nevadas, prefería ese sol canicular atenuado por los vientos alisios y que despuntaba sus rayos sobre montañas y sábanas a las orillas del mar Caribe.

Mientras las mujeres se repartían entre controlar la alharaca propia del desayuno para más de 15 comensales entre hijos, primos, amigos, hermanos y demás, recoger el desorden que había quedado de la celebración del octavo día de la novena navideña la noche anterior,  y preparar los tamales, el sancocho trifásico y demás criollos platos para la cena de nochebuena, Antonio el hijo menor de Jorge, aun secaba figurillas de barro hechas por él y sus primitos para adornar el tradicional pesebre en donde tenían cabida toda clase de elementos aunque no fueran a escala y nada tuvieran que ver con las áridas tierras de Belén.

Jorge contemplaba, acordándose de él mismo, como Antonio colocaba sobre el patio con sumo cuidado los animalitos de barro para que el sol los secara, cuando su esposa lo interrumpió con  voz de preocupación para ponerlo al tanto de los últimos acontecimientos sin que su hijo se diera cuenta. Habían estado buscando desde ayer la figura del niño Dios del pesebre y no aparecía por ningún lado. Era la costumbre que a las doce de la noche se colocara esta emblemática figura en el portal, rito que representaba el renacimiento de la esperanza, la posibilidad de volver a comenzar y claro, para los más pequeños, la seguridad de tener algún regalo al lado de la cama al despertarse en la mañana del 25 de Diciembre.

Lo más probable era que la principal de las piezas del pesebre se hubiera quedado en la finca de “Amaca” , dos horas montaña arriba, donde vivían unos familiares lejanos de los Amador y que acostumbraban guardarles algunas cosas de “La Castaña”, en temporadas en que esta quedaba deshabitada. Jorge sin pensarlo dos veces y sin buscar otras alternativas, calculó que tenía tiempo de sobra, y en un impulso loco,  tomo su camioneta y se enrumbo camino a la finca “Amaca”, de los Morales Rodríguez , a lo que Alicia no puso objeción alguna.

Recuerda Jorge como en sus años de infancia esta destapada carretera que iba bordeando las serpenteantes curvas de la margen oriental de la sierra , era apenas un camino de herradura que alcanzo a subir muchísimas veces a pesar de lo exigente de la jornada  que  era de casi 5 horas de marcha. Manejando con suma destreza su camioneta, pues conducir por esta vía resultaba difícil por las curvas y lo empinado de la carretera, se acordó de porque le gustaba tanto viajar por estos lares.

Los paisajes eran absolutamente hermosos. Se vio justo en ese lugar, en ese punto exacto en  que solo en algunos escasos días del año se logra ver hacia el sur  todo ese desfile de verdes montañas , una tras otra, una más grande que la anterior y que terminan en los imponentes picos nevados de más de 5000 metros de altura  y hacia el norte, la bahía de Santa Marta, el espejo de plata de la ciénaga grande e incluso la desembocadura del Rio Magdalena a más de 150 kilómetros de distancia, todos uniéndose  cada uno a su tiempo a la inmensidad del mar Caribe que se desdibuja con el cielo, allá en donde la realidad se hace solo una fantasía. No sabe cuanto tiempo estuvo ahí fuera de su carro contemplando el paisaje cuando el estropicio de una bandada de pericos lo hizo regresar a si mismo y retomar la marcha. Pero como no detenerse si tenia más de 35 años que no tenia la oportunidad de  presenciar ese momento exacto en que la naturaleza le regalaba esa sensación de plenitud a pesar de que en el transcurso de los últimos años había pasado varias veces por ahí.

Eliecer Morales, primo segundo de Teodoro Amador, era un hombre realmente encantador, familiar y querendón como ninguno, siempre dispuesto a desvivirse por una visita y como era de suponerse así lo hizo con la llegada repentina de Jorge.

-Eaaaaa, Jorgito  “traga mamoncillos” Amador, que buen regalo de navidad verte por acá!!

Se abrazaron efusivamente los dos y después del resto de los saludos a la familia de Eliecer, siguieron a la sala de la pequeña  y rustica, pero acogedora casa de los Morales enclavada en todo el borde de un cañón inmenso que abría sus fauces por kilómetros casi hasta el mar. Como siempre Hermelinda, la hacendosa  esposa de Eliecer, le sirvió esa rica agua de panela con ese toque de limón mandarina, que le encantaba a Jorge mientras se actualizaban  con los “ires y venires “de cada una de las familias y escuchaban el motivo de su imprevista visita,  a  lo que Hermelinda algo impresionada y con su marcado acento antioqueño que no había desaparecido a pesar de llevar muchos años viviendo en la costa Caribe, respondió:

– Mira pues hombre, que cosa tan curiosa, que desde hace quince días, desde que bajamos todas las cajas a la Castaña, me di cuenta que se había quedado el niñito Dios del pesebre de ustedes, y todas las noches me acordaba para enviárselos al día siguiente con cualquiera de mis nietos y en las mañanas se me olvidaba. Lo bueno del cuento, es que en las noches lo dejaba en el tocador pa’ no olvidarlo y en la mañana no estaba, se me olvidaba y en la noche me acordaba y lo encontraba por ahí. Es que esos nietos míos no pueden ver muñeco por que lo toman de juguete , ejejeje. La cosa Jorgito, es que solo hasta hoy apareció en donde lo deje anoche.
– Mija, A lo mejor era el niño Dios que quería que viniera a buscarlo el dueño y a llevárselo con sus propias manos!  dijo Eliecer en tono de broma.
– Pues eso parece Eliecer, eso parece…  expreso Jorge con el mismo tono burlesco.

Por el sonido de cucharas, el olor de las ollas que provenían de la cocina y los continuos levantamientos de la silla de Hermelinda durante la conversación, Jorge intuyo que ya era la hora del almuerzo, mas o menos una de la tarde,  y sabia que le costaría trabajo escabullirse de una invitación a almorzar. Efectivamente no pudo decir no y decidió quedarse a degustar un buen trozo de gallina criolla guisada, con plátano cocido y arroz de fideítos acompañado obviamente del agua de panela con limón mandarina. Después del copioso almuerzo Jorge no quiso retrasar más su partida, pues sabía que si no llegaba pronto su esposa comenzaría a preocuparse. Se despidió con el mismo entusiasmo de todos los Morales Rodríguez, no sin antes llevarse en una caja de cartón  además de la figurita del niño Dios, una exquisita natilla navideña, unas cuantas botellas de miel de abejas pura, 5 racimos inmensos de mamones y una hermosísima cobija tejida por las prodigiosas manos de Hermelinda que le enviaba a  Alicia su esposa.

Para desconcierto de todos,  la camioneta de Jorge no encendía y él  intentaba infructuosamente una y otra vez de arrancar, pero el carro parecía muerto. Se bajo algo contrariado y Eliecer se acerco para socorrerlo, pero ambos no eran grandes expertos en asuntos de mecánica por lo que llamarón a  Edgar, él  hijo menor  de Eliecer que  estuvo rebuscando daños por todos los metálicos recovecos del auto mientras el tiempo simplemente seguía su curso. En vista de la desesperación de Jorge, Eliecer le ofreció amablemente que tomara  su viejo jeep willis rojo modelo 75, para que bajara hasta la Castaña, el mandaría a Edgar al día siguiente  a buscarlo. Pero parece que las cosas ese 24 de Diciembre se empeñaban en ponerse cada vez mas difíciles según pasaban las horas; el carro de Eliecer tampoco funcionó y en un minuto de silencio y con la mente de Jorge cada vez más enfocada en la desesperación de Alicia, tomo la decisión apresurada de lanzarse al camino a pie. Eran  aproximadamente las 2 o 3 de la tarde según la lectura de las sombras, y a buen paso Jorge calculaba que hacia las 7 de la noche estaría ya en “la Castaña”.

Curiosamente de nuevo nadie objeto la decisión de Jorge, más teniendo en cuenta que  aparentemente no había otra solución, todos sabían que el prefería embarcarse en una larga caminata, antes de pasar Navidad sin su familia. Eliecer quiso de todos modos avisarle a la estación de policía de Agua Clara a través del radio teléfono para que un agente se acercara a la Castaña a ver si de pronto alguno de los hermanos de Jorge podrían subir a buscarlo pero misteriosamente el radio teléfono nunca pudo establecer comunicación con la estación de policía.

Sin más preámbulos, sin buscar otras alternativas y sobre todo sin  seguir perdiendo el tiempo, Jorge ansioso se lanzo a la carretera destapada, no si antes montar la caja de cartón sobre el lomo de María, una burra joven de Eliecer, para ayudarlo con la carga: la natilla, la cobija, las botellas de miel, los racimos de mamones y  por supuesto la figurita del niño Dios, la causa de todo este periplo, que recién iniciaba.

Durante los primeros metros de su viaje, no hacia sino recriminarse a si mismo por su sensiblería barata y gran estupidez.  “Hubiera ido al pueblo a buscar en la miscelánea cualquier figurita, o quizás bajar hasta la ciudad de Santa Marta, que estaba  a media hora de camino  a comprarla en cualquier almacén. Tal vez hubiera sido capaz de pedírle prestado el niño Dios  del pesebre de Jacobo, el capataz de la finca, así  fuera por 10 minutos”. Pero ni a él ni a Alicia en el momento se les ocurrió eso, se les metió en la cabeza la absurda  idea de que tenia que ser la figura original, por eso, ni por un segundo optaron por las otras soluciones mucho más razonables. Algo, algo fallo en la lógica de los pensamientos ese día.

Jorge caminaba presuroso y María lograba llevarle el ritmo a su marcha. El dejaba que su paso se acelerara aprovechando que iban en bajada y la inclinación del camino les ayudaba a ser más rápidos. Miraba a ratos el sol y la umbría que pintaban los árboles tratando de adivinar la hora, lo que dejaba al descubierto otra estupidez; había salido sin reloj y eso  lo desesperaba aun más. Jorge era un enfermo de medir el tiempo y ni siquiera el aparato celular se había llevado.  “Que cantidad de errores diminutos en un día, puede complicar tanto la cosa” pensaba…

Su preocupación iba en franco aumento  pues oscurecía  aparentemente  más rápido de lo normal y sospechaba que aun estaba muy lejos de su destino final. De un momento a otro María se quedo quieta, inmóvil, no daba un paso hacia adelante y parecía estar muy asustada, como si presintiera que algo muy malo estaba  por suceder.
– María por favor muévete, no me hagas perder más tiempo!!!,
– Camina ya burra!!! Gritaba desesperado.

Se iba hacia la grupa y la empujaba olvidándose del  riesgo de recibir una patada, pero María seguía petrificada, con los ojos salidos, la respiración rápida y sin dar señas de querer seguir adelante. Jorge extenuado de luchar contra el animal se sentó por un momento a una orilla del camino, con los ojos casi llorosos, los pensamientos arremolinados y los alientos por el piso. De un momento a otro por un extraño impulso se levanto del suelo, rebusco en la caja que llevaba María en el lomo y saco la figurita del niño Dios acomodándosela como pudo en el bolsillo  derecho de su pantalón  y hablando con María:

-Lo siento burrita, si tú no quieres seguir, yo si tengo que hacerlo.

Le dio la espada y prosiguió su camino. Ya vería como le respondería a Eliecer por el animalito, al fin y al cabo lo  importante era llegar  rápido a “la Castaña”. Cuando ya Jorge desapareció de la mirada de María en la siguiente curva del camino, esta dio vuelta atrás y empezó a moverse  cuesta arriba, dirección a “ Amaca”, como huyendo de lo peor. 

II

El trino de los pájaros se fue enmudeciendo lentamente para que entraran a escena los cantos  algo lúgubres y nostálgicos de ranas y chicharras. En el cielo se fueron apagando todas esas vetas rojas y naranjas para darle paso a la más profunda oscuridad y a un manto de nubes que no eran comunes en esta época del año y  que impedían que la luna se desnudara de cuerpo entero frente  a esa extraña noche decembrina. Así, otro error tomaba visos de brutalidad, Jorge no había llevado linterna o algo que se le pareciera y  solo alcanzaba a divisar penumbras por lo que le tocaba caminar más despacio y pegado a la orilla del lado de la montaña de la carretera para evitar caerse por los abismos. Temía también  por el riesgo de tropezarse con alguna víbora o insecto ponzoñoso de aquellos que tantos habitaban por estas selvas tan espesas  y cada paso era dado con mucho cuidado.

A medida que sus pupilas se fueron acostumbrando a la oscuridad y podía ver un poco mejor dejo de preocuparse por los animales peligrosos y comenzó a recordar todas esas historias de espantos y brujas que abundaban por estos rincones solitarios. Se sintió de nuevo como aquel niño temeroso que pasaba corriendo por enfrente de la puerta del cementerio, para evitar tropezarse con algún fantasma, cuando por travieso, la noche lo tomaba por sorpresa en el pueblo. Estaba más atento a cualquier ruido o chasquido extraño y empezaba  a sentir de nuevo esa taquicardia, esa expectación desagradable, ese miedo infantil tan fuerte.

En medio del silencio oscuro y de sus propios temores a flor de piel, sintió un disparo al parecer bastante cerca; al segundo escuchó el quejido de un animal no tan pequeño y algo que se movió más adelante del camino, como si hubiera dado un tumbo. Se quedo perplejo y esperando a ver que más percibía pero solo se encontró en que todo estaba curiosamente más callado que antes. Ni cigarras, ni sapos, ni búhos.

En la siguiente curva alcanzó a divisar algo oscuro, grande, que se movía frenéticamente en el suelo y que chillaba agonizante. Decidió acercarse muy lentamente cuando sintió que algo paso revoloteando por encima de su cabeza. Tres pajarracos bastante grandes se posaron sobre el cuerpo de un animal herido que yacía a unos cuantos metros de Jorge.

“Existen unos pájaros grandes y negros que solo salen por las noches, les dicen las pajaravivas. Ellas, dicen los campesinos, tienen rostro de mujer y un pico filudo con el cual le sacan los ojos a aquellos que osen cazar  en la noche o a cualquier ser humano que este cerca de los animales heridos. Su canto es el más espantoso que puedas escuchar alguna vez, es como el de una mujer anciana gritando en agonía”.

Inmediatamente Jorge recordó aquella macabra leyenda que le contaba  su abuelo para evitar que de adolescente se internara en el bosque con sus primos a cazar (algo que nunca hizo) mientras permanecía  petrificado observando la escena: un animal muerto y tres pájaros brincándole sobre su cuerpo. Comenzó a caminar muy lentamente hacia atrás con la intención de huir, cuando se tropezó con una piedra y fue a dar al suelo. Los tres pájaros voltearon a mirarlo y para tragedia de él efectivamente tenían ese tétrico y pálido rostro de mujer acompañado un enorme pico de color rojo oscuro.

Sobre el suelo se arrastraba Jorge  tratando de levantarse cuando los pajarracos  graznaron de una manera tan espeluznante, como nunca antes había escuchado, que se puso en pie de un solo brinco  y corrió cuesta arriba lo más rápido y lejos que pudo. Fatigado, se tumbó en el suelo tratando de recuperar alientos y cuando fue a levantarse se encontró que solo a unos seis o siete  metros estaban las pajaravivas mirándolo con ojos de infierno. Ellas daban pequeños saltos acercándose hacia él con intenciones  de rodearlo para atacarlo pero Jorge consternado no reaccionaba y solo daba torpes e inútiles  movimientos hacia atrás sin poder incorporarse del todo.

De un momento a otro comenzaron a aparecer en medio de la oscuridad poco a poco muchas luciérnagas que llamaron la atención de las pajaravivas que parecían confundidas y un poco asustadas con la presencia de estas. Las luciérnagas tenían un movimiento muy peculiar, se trasladaban rápidamente de un lugar a otro haciendo veloces giros y cambios de dirección. Las pajaravivas se echaron hacia atrás y espantadas emprendieron el vuelo.

Jorge se quedo estático en el suelo mirando el comportamiento extraño de las luciérnagas, que se fueron agrupando en una especie de luminoso enjambre del tamaño de una persona adulta promedio. Lo curioso a diferencia de lo que le paso con los pajaravivas, es que no sentía tal temor.

“Dicen que cuando las luciérnagas se vuelven como locas y comienzan a moverse raro, es que les están iluminando el camino a algún  espíritu bueno. Este no da miedo, transmite una extraña paz y una sensación de contemplación. Recuerda que siempre te he dicho que una luciérnaga que se te aparezca en tu habitación es señal de que algo bueno vendrá. Recuerda que ellas son eso, luz en la oscuridad, esperanza en la fatalidad”.

Asi estaba Jorge, sumido en ese estado de contemplación admirando a las luciérnagas en su baile resplandeciente, cuando un susurro lo sobresaltó:

-Joorge!! Joorge!!

La voz venia del enjambre y seguía diciendo:

-No tienes miedo verdad?, pero Jorge estaba mudo, no entendía  que pasaba ni sabia bien que decir.

El enjambre insistia:

-Has visto a las pajaravivas!!! Me has visto a mi!!. Tanto ellas como yo somos una realidad!!

Jorge tímidamente respondió:

-Si, pero estoy casi seguro de que esto es un sueño!!

-No no lo es!!!, te pregunto Jorge, que dirás cuando llegues a casa?

-Que diré de que? Asintió un poco contrariado.

-Contarás lo que has visto?

Jorge vaciló un momento y se pregunto a si mismo.-  Contarlo?, van a creer que estoy loco!

– O tal vez te crean y los que te escuchen, se lo cuenten a sus amigos y estos a otras personas y así sucesivamente, y lo que paso esta noche terminara siendo un sinfín de versiones, una historia desconocida y casi seguro sin toda la gracia. Porque no hacer algo diferente?Manifestó la voz proveniente del enjambre luminoso.

-Algo diferente?

Acuérdate , yo soy solo una señal, las respuestas las encuentras tu mismo, en tu interior, busca en tu sueños Jorge, busca….

Las luciérnagas comenzaron a ubicarse en una forma más natural titilando  lentamente en medio de la oscuridad.  No se escucho más voz alguna y Jorge empezó a caminar todavía confundido y pensativo, eso si, sin miedo. De pronto comenzó a sentir un extraño cansancio, un mareo intenso, sintió que alguna especie de cuadrúpedo   paso detrás de él y lo rebasaba, se sentó un momento y sus parpados se comenzaron a poner pesados, muy pesados….

Se despertó tranquilo y a un lado del camino, todo estaba oscuro pero diviso a lo lejos los faroles de la entrada de una pequeña casa sobre la carretera. Restregándose los ojos se dio cuenta que era la vivienda de Salomon Guateque , el muchacho que ayudaba a Jacobo con los cultivos de hortalizas de “la Castaña”.  Estaba ya muy cerca de su finca, entre esta y el pueblo de Aguaclara. Como había avanzado todo eso y atravesado el pueblo entero sin recordar nada? Se levantó y de un momento a otro, desesperado se llevo las manos al bolsillo derecho, aun tenia después de todo lo que paso la figurilla del Niño Dios. Sin pensarlo dos veces emprendió lo poco que le quedaba de camino.

Ya en la entrada de la finca se tropezó con una grata sorpresa, ahí estaba María con la caja de cartón con todo: las botellas de miel, la natilla y la cobija tejida por Hermelinda. Sin sorprenderse ya, Jorge tomo la cuerda y entro a la Castaña. Su esposa lo recibió con un cálido abrazo pero sin mostrar signos de preocupación extrañándose él que ella   no notara que estaba sucio, pero al verse en la luz se percato de que la ropa estaba intacta, sin el más mínimo rastro de mugre o arena.  Según le conto Alicia, un policía de la estación del pueblo, nuevo al parecer porque Jacobo no lo había visto nunca, se apareció en “la Castaña”  diciendo que no se preocuparan por Jorge, que el ya venia en camino y que venia bien, que el llegaría cuando tuviera que llegar. Para Alicia esas palabra fueron suficientes  para tranquilizarse y no necesitar más explicaciones.

-Fue algo raro sabes? No me dijo mucho pero quede en paz, expreso Alicia y  Jorge solo se limito a sonreírle  y a entregarle la figura del niño Dios.

El resto de la noche transcurrió en la más absoluta alegría y tranquilidad. Se cantaron los tradicionales villancicos, y en este día en especial el del burrito sabanero, le robo un par de suspiros a Jorge. Después se entregaron uno a uno los regalos a todos los presentes, cenaron con los manjares que prepararon con tanto ahínco las manos dulces de abuelas, tías y madres. Ya hacia las doce de la noche y en un  momento de recogimiento se acercaron todos al pesebre e hicieron la oración del niño Dios, que hacia parte del ritual de la tradicional novena navideña y Antonio colocó  la figurita del niño Dios en el pesebre para que estuviera completa la magia de la Navidad. Poco después todos se fueron a dormir y Jorge ni siquiera pensaba en todo lo acontecido. Recostado en su cama y abrazado a su esposa sus parpados se comenzaron a poner pesados, muy pesados…

Los amaneceres en Aguaclara eran los despertares más hermosos para  poder seguir con vida. El canto de los pájaros entre las ramas de los árboles y los calados de las tejas de zinc del techo, acariciaban los sentidos mientras se abrían los ojos. Jorge amaneció placido, se estiro un poco entre las sabanas y a lo lejos alcanzaba a sentir las risas y los gritos de felicidad de los pequeños  jugando con los regalos que el niño Dios les había puesto debajo de sus camas. Se incorporó suspirando un poco y fue a colocarse sus chancletas, cuando se dio cuenta que faltaba una, se asomo debajo de la cama y vio un gran paquete, lo saco de ahí sorprendido y aun más se extrañó cuando leyó la tarjeta.

De: Niño Dios.
Para : Jorge Amador.

Curioso le resultó el papel regalo en que estaba envuelto. Tenía dibujado cientos de luciérnagas, una burrita con una cajita de cartón, unos pájaros escondidos en el monte  y un niño con un morral lleno de libros.  De repente se levantó con el regalo entre sus manos y se fue sin que nadie se diera cuenta bien lejos, por los lados de los sembrados de tomates y en un gesto  puramente infantil, sacudió la caja, rompió el papel y la abrió  emocionado.

Sorpresa se llevaría Jorge al encontrar todos sus cuentos favoritos de infancia y de juventud. Eran sus libros de cuentos y novelas, con su nombre, marcas, rayones, manchas y  rotos y debajo de estos otra maravilla; estaban sus propios cuentos, aquellos que salían de su grandiosa imaginación o que se inventó a partir de todas las historias que siempre escuchaba. Unos cuentos terminados, otros sin acabar, incluso amagos de poesías y locos intentos de novelitas.  Solo hasta ese momento se acordó  de su sueño disparatado de infancia pero también el más grande que haya tenido, contar sus historias a su manera para que todos las leyeran y conocieran un mundo que se deslizaba entre la realidad y la fantasía.

En el fondo de la caja una nota decía: “Acuérdate, aquellos susurros de la noche, aquellas leyendas de bosque, esos viajes por ríos y soles, los duendes detrás de los sonidos de las montañas y todas esas historias del abuelo, del padre, del vecino son una realidad”. Lo curioso es que la nota estaba escrita con su propia letra.Inmediatamente Jorge se acordó de la noche anterior y en especial de las palabras del enjambre de luciérnagas: Porque no haces algo diferente?

No solo contar… mejor escribir, se respondió Jorge así mismo.

Desde ese día Jorge Amador retomo su sueño de ser un verdadero escritor; encontró su esencia, lo demás, la técnica, el vocabulario, la gramática encontraría sus modos. Así fue como aquella navidad recibió el mas inmenso regalo, volvieron los sueños, volvieron los cuentos…..

O VALOR DOS SONHOS

por Celedian Assis (Brasil)

Caía a tarde, já se pintava no horizonte uma aquarela de belos tons, sol desmaiando lentamente, trazendo as cores de fogo, sob os azuis que aos poucos, acinzentavam-se. Cenário perfeito para ele, aquele ancião, que da varanda, em sua cadeira de balanço, embalava seus pensamentos e alimentava a sua sabedoria.

Já fazia parte de sua rotina diária sentar-se ali e meditar sobre a beleza que existe nos contrastes, dos sóis e luas, das cores da vida. Não raro passava por ali uma menina, faceira, que lhe interrompia os pensamentos. Ela, esperta e curiosa, sempre sorridente parava para cumprimentá-lo e para fazer-lhe perguntas sobre as coisas mais triviais, o que sempre rendiam boas conversas. Ela, com a natural simplicidade de criança, o levava a transportar-se para o mundo de fantasias.

Nessa tarde, a menina chegou, abraçou-lhe e contou-lhe algumas façanhas do dia, o que ele ouviu atentamente e ao final sorriu um daqueles sorrisos ternos, que pareciam consentir que ela o transformasse em criança. A conversa enveredou-se entre muitos temas, até que de repente, sem nenhum embaraço, ela pergunta ao ancião: – O senhor acredita em Papai Noel?

A pergunta tomou-o de súbito espanto, mas tão logo se recuperou, tomou-lhe as mãos, olhou-a com ternura e começou a contar-lhe uma história:

Quando eu era ainda um menino, esperava pelo dezembro com muita ansiedade. Eram dias nos quais eu me sentia muito feliz. Não havia luzes coloridas enfeitando as casas, como as de hoje, mas havia sempre no canto da sala a árvore feita de galhos de pinheiro, com as bolas multicores e era como se cada uma delas guardasse os meus sonhos. A família parecia transbordar de amor e uma alegria incontida tomava conta da casa. Meus pais davam a mim e aos meus irmãos, sapatos novos, logo no início do mês e diziam que deveríamos guardá-los até a noite do Natal, quando então os colocaríamos na janela, para recebermos os presentes que Papai Noel nos traria. Por muitos e muitos anos eu acreditei que Natal significava “dia de ganhar presentes”.  Pois bem, eu crescia e assim como você agora, passei a perguntar-me se Papai Noel existia. Muitas vezes fiquei em dúvida, pois eu convivia com outras crianças e algumas nunca ganhavam presentes, na casa delas não havia sapatos novos para se colocar na janela e seus pais às vezes, não se importavam com o Natal. Eu só entendia que aquilo não era justo e se ele existisse mesmo, não se importaria de deixar presentes, mesmo que não houvesse sapatos na janela, ou árvores na sala. Foi daí que comecei a pensar no verdadeiro significado do Natal e fui crescendo até envelhecer, sempre pensando e agora me vejo aqui diante de você elaborando a resposta para a mesma pergunta, a qual me fiz a vida toda.

Então eu lhe digo: eu acredito em Papai Noel, pois ele tem me dado um presente a cada dezembro, que me sinto vivo. Entendi que não preciso dos sapatos novos e nem preciso receber caixas com laços de fitas, apenas preciso sentir a presença dele na minha imaginação, esperando sempre por ele num próximo dezembro. Presente significa, receber da vida o que é fundamental para te fazer feliz e em cada momento dela descobrimos o que é realmente importante para nós. Então minha linda menina, saiba que, nesse Natal já recebi o meu presente e você é o meu Papai Noel. Este sorriso que me trouxe, o abraço terno e sua meiguice de criança fazem com que eu me sinta de novo feliz, como nos tempos de menino.

A menina sorveu cada palavra e entendeu que Papai Noel existe e que ele é o próprio presente, o que escolhemos para manter viva a magia dentro de nós.

Celêdian Assis
Dezembro de 2011

EL CUENTO DE LAS DOS PULGUITAS

Por Jorge Sierra (México)

Les cuento aquí una hermosa y bella historia, de dos pulguitas vivieron y que nunca imaginaron, que al subirse a un perro, en una noche de  invierno, vivirían una espléndida aventura que quizás, en sus mentes tan pequeñas hubiesen podido pensar.

Esta historia comenzó un día de Navidad en que Fercita y Lupita jugaban en un portal,  y un perrito, sin quererlo, junto a ellas se fue a acostar y el par de pulgas traviesas se introdujeron adentro de su pelar sin saber que aquel canino esperaba que su amigo lo llamara con cariño para poderlo abrazar, pero, en lo que esto sucedía, las dos pulguitas corrían y hacían sus travesías de la cola a la cabeza de aquel pobre y noble can.

Lo que ellas no sabían es que tan bello ejemplar, propiedad era de un hombre, que es solo amor y bondad y al cual el mundo conoce como papá Nicolás  y por sobrenombre lleva solamente Santa Klaus.

Pasadas ya unas cuantas horas se escuchó un ho-ho-ho-ho y Quintín movió la cola y corriendo él acudió al lugar donde se hallaba sentadito Santa Klaus, el cual con mucho cariño lo abrazó y le dijo así: cuida bien la casa amigo, pues yo tendré que salir a cumplir mis compromisos que año a año en Navidad a los niños yo les tengo que cumplir. Quintín en esos momentos se rascó la oreja izquierda y como un rayo salieron las dos pulguitas traviesas, cayendo en la blanca barba del gordito Santa Klaus. Lupita y su hermana Fercita comenzaron a indagar por todo ese bosque blanco, el cual, como nieve en las montañas no se veía su final, pero de repente se encontraron en un pequeño lunar, el cual era el bigote de quien los iba a llevar a vivir una aventura  que jamás criatura alguna hubiese podido pensar.

Muy bien acomodaditas empezaron a mirar todos los preparativos que aquel hombre tenía en mente y cada año están presentes y los tiene que cumplir.

Las dos pulguitas traviesas, sin dar molestia a aquel hombre, solamente observaban lo que Santa preparaba después de leer las cartitas que no sólo eran de niños, ya que también los adultos le pedían que no se olvide que Él es todo amor y bondad.

Al entrar a un gran salón  las pulguitas gritaron y se exaltaron al ver un mundo de fantasías,  las cuales provenían  de  las mentes de los niños que pedían lo que querían. Pero eso no es lo más

grande que las inquieta pulguitas veían con sus propios ojos y alegraban sus caritas. Miraron con gran asombro como un ejército de ángeles que con hermosos trineos jalados por grandes renos sólo esperaban la orden del grandioso general  para acudir a la cita con los que esperando están ver cumplidos sus deseos  que han pedido a Santa Klaus.

Siendo las 24 horas el gran Santa exclamó, entreguen estos regalos y que ningún niño se quede sin estrenar un juguete en los cinco continentes que a la tierra DIOS le dio.

Pero muy en especial, al gran arcángel Miguel le dio  la orden más bella de visitar a los niños  que sufren de gran pobreza y a los que con gran tristeza no entienden ni saben  qué es la Navidad. Le dijo tú tendrás la gran misión de suavizar corazones de aquellos que en abundancia más tengan. Y que todos los juguetes que sus hijos ya no quieran en vez de ser enterrados o tirados al olvido lo compartan con los niños que no conocen ni saben a quien llaman Santa Klaus.

Cual grande fue la sorpresa que Lupita y Fer vivieron cuando las dos sólo vieron que Santa Klaus se subió  al más lindo y hermoso trineo comandado por un reno al que Santa así llamó. Rodolfo, ya sabes el recorrido que tenemos que hacer hoy y no quiero en el camino que tú por ningún motivo te detengas sin razón.

Las pulguitas, ya sin tener más remedio y acomodándose en medio del del bigote de Noel, comenzaron la travesía y ya con gran alegría miraron aún sin creer  cómo el hermoso trineo pasaba por grandes ciudades y el buen Santa se bajaba  a dar felicidad a los niños , jóvenes y adultos que en las casas se encontraban, el tráfico en muchas de ellas era casi insoportable, la gente se emocionaba reventando sus juegos artificiales, el que por cierto uno de ellos por poco chamusca el bigote donde tan plácidamente se encontraban las pulguitas.

Santa visitó mansiones, de esa gente que es muy rica y al sentirse poderosa no creen en Santa Klaus, y a sus hijos éllos dicen que el dinero es lo más grande  para conseguir aquello que los llene de emoción. Mas no todos hacen caso de lo que mamá y papá les dicen y escondidos han escrito su cartita a Santa Klaus. Él deja contestación a cada una de ellas y le dice al niño o niña que no se dejen llevar por la avaricia que un día sus padres le han de heredar y se conduzcan día a día con gran amor y amistad.

Las pulguitas con asombro vieron, durante todo el trayecto, que sólo las estrellitas orientaban a los renos, los que con gran velocidad superaban a la luz y con la guía del buen santa puntuales fueran llegado a la cita con los niños que lo estaban esperando, unos sólo se hacían los dormidos en tanto otros se escondían atrás de la chimenea que aún calor les producía.

En la larga travesía, Santa pasó por una ciudad donde había tres reyes magos adorando en un portal a un niño recién nacido que la virgen María  cuidando está y en la que las dos pulguitas pudieron bien escuchar, que JESUS es ése niño y al que el buen Santa pidió, le mande sus bendiciones y le dé la fortaleza para poder continuar en su larga travesía que tan sólo en una noche él tendrá que terminar.

El viaje sólo duró cuatro horas, pues Santa tenía que llegar a recibir los informes  que los ángeles le habrían de dar aunque Él sabía que ninguno lo pudo haber dejado mal, ya que durante un año entero tuvieron que organizar las entregas que un niño o una niña en el mundo  espera con ansiedad.

Nuevamente, estando en aquel salón, las pulguitas Lupi y Fer vieron con gran emoción como no hubo devolución y Santa saludando a todos les dijo con gran cariño, misión cumplida este año, el próximo DIOS dirá, nos iremos preparando pues quizá en el mundo habrá, quien dé, más publicidad a Santa y mas cartas llegarán. Lupita y Fer se esperaron, a que Santa terminara y nuevamente abrazara a su perrito Quintín, para así darle las gracias y le pudiera decir, lo feliz que Él se encontraba, pues al fin pudo cumplir, llevando amor y alegría a quien bien quiere vivir.
Mientras papá Noel esto hacía las pulguitas, brincando con toda alegría, se volvieron a subir a la oreja del perrito en donde por un ratito se pusieron a dormir. Y cuando ellas despertaron  gran sorpresa se llevaron, pues  Quintín acomodado sobre una cama de heno roncaba y también ladraba y por ratos él cuidaba el descanso de los renos, misión que le ha sido encomendada desde muchos años atrás.

Lupita le dijo a Fer ¿te acuerdas que Santa Klaus le dio su carta a los reyes que adoraban a JESÚS? y Fercita contestó yo sólo logré escuchar lo que le dijo a Melchor, no te preocupes buen Santa, juntos, con Gaspar y Baltazar, daremos un recorrido y así también poder dar los juguetes que a los niños tú no les pudiste obsequiar.

Las dos traviesas pulguitas nunca podrán olvidar su inolvidable aventura y bajándose del can a todo su clan contarán esa noche formidable  que con Santa han vivido, la noche de la NAVIDAD.

TRENÓ MÁGICO 

por Henrique Mendes (Portugal)

Todos os anos, nesta época, costumo visitar uma cidade relativamente próxima e regressar só no fim do dia. E todos os anos tenho encontrado  um personagem curioso, abusado, vestido de Papai Noel, que, de uma forma ou de outra, sempre encontra uma maneira de  me importunar, seja pedindo-me alguma coisa, seja  apenas falando sem parar.

Noto que as pessoas o evitam com um sorriso, fogem da sua irreverência algo desmedida, da sua voz trovejante e da falta de limite das suas palavras.

No dia em que o vi pela primeira vez,  o garçon acabara de perguntar-me  o que queria para acompanhar o bife que encomendara, se arroz, se batata, e eu respondera: “Batata!”.  Então o Papai Noel  chegara de repente, sentara-se á minha mesa, e dissera que queria a mesma coisa, sorrindo sempre, olhando alternadamente de mim para o garçom, até que concordei. Afinal, dentro de alguns minutos eu sairia dali num ônibus e não voltaria a vê-lo. Podia perfeitamente pagar-lhe uma refeição decente.

O garçon afastou-se,  e foi então que ele se apresentou. Estendeu para mim uma mão muito suja, que hesitei em apertar, e disse com um sorriso alvar onde faltavam dentes:
– Muito obrigado!  Estou com uma fome de leão ! E deixe-me aproveitar para apresentar-me: – Eu sou o Papai Noel !  Você eu já sei: – é o Batata !
– Hem ?  Não… Que é isso    Eu sou o…
– Batata !
Não adiantou espernear. Fiquei sendo o Batata.

E nos anos seguintes, naquele mesmo barzinho sempre meio vazio, enquanto como alguma coisa durante o tempo de espera pelo ônibus, sempre acabo encontrando Papai Noel. E sempre acabamos comendo juntos e conversando, de tal maneira que o garçon, aquele cretino,  – que hoje já é outro – me trata por Dr. Batata, e sempre coloca dois lugares á mesa.
E sempre papai Noel chega vindo do nada, nas mesmas velhas roupas surradas, de bolsos enormes, ruidoso, espalhafatoso, sujíssimo. E  já várias vezes perdi o ônibus, e acabei tendo  de tomar um outro mais tardio, por conversarmos tanto. Mas nunca o interroguei a respeito de ser ou não Papai Noel, e ele nunca disse nada menos condicente com o personagem que representa há tanto tempo.

Este ano, decidi finalmente interpelá-lo. Talvez até entrevistá-lo. Porque não?
Assim, estava já sentado á mesa quando escutei nas minhas costas o seu vozeirão poderoso, falando em espanhol “- Eres tu, Batata ? ”

Sorri por dentro, e a força que tive de fazer para não o deixar perceber esse sorriso, a minha alegria por  reencontrá-lo deu-me  a dimensão exata da ansiedade com que eu aguardava este encontro. Levantei-me e abracei o meu velho amigo Papai Noel.

– Si ! Yo mismo ! Pero ahora hablas español ? – perguntei, olhando-o no rosto muito escuro, contrastando com o cabelo muito branco.

-Es que asi no necesitas traducirme !  Verdad ? –  o seu sorriso  era  desconcertante.

-Sabes que este ano quero fazer da nossa conversa uma entrevista?

– Claro !

-Mas como sabes?

-Tinha que acontecer, mais cedo ou mais tarde. Sempre percebi  isso, nas perguntas contidas, que não te atrevias a fazer…E há coisas que um velho Papai Noel sabe por instinto…digamos que são privilégios da velhice…

– Acho que eu fui muito transparente…

– Ah, sim…muito ! – riu ele

– Então, se és mesmo Papai Noel, porque nunca me deste um Presente de Natal ?

– Hum…vejamos…Quantas pessoas conheces aqui nesta cidade?

– Aqui na cidade não conheço ninguém. Só tu.

– E eu não sou daqui. Eu apenas te procurei, te ofereci a minha mão e a minha companhia.

Eu ri-me, divertido.

-Companhia que foi  jantando ás minhas custas, estes anos todos !

-Bem…Isso foi um detalhe, para tua satisfação pessoal ! Ficaste feliz, por achares que me podias perfeitamente pagar uma refeição decente. Não foi ? Confessa, vá…

-Bem… Sim, é verdade…

-Então, aí está…Eu fui o teu presente, todos estes anos.
-Bem…Sim, mas…

-Entonces….vamos a cenar, hombre ! Podemos falar enquanto comemos.

-Está certo ! Não deixa de ser verdade. Confesso que estou um pouco desorientado….

-Acalma-te !  Pergunta o que quiseres…

-Então diz-me o teu nome.

-Santa Klaus !

-Ah não !  Assim não !  Tu és negro !

Ele parecia surpreendido.

– Sim !  Desde niño  ! Faz tempo, isso !

– E onde está o trenó, que eu nunca o vi ?

-Bem, sabes…é muito difícil de usar sem neve…

-Mas o teu trenó voa ! Não precisa de neve…

-Ele aproximou a cabeça da minha, por cima dos pratos.

– Consegues mesmo acreditar nisso ? E mesmo que fosse verdade,  já viste como está a situação dos aeroportos?

Fiquei sem respostas. Entretanto, a comida chegou. Fomos comendo quase  em silêncio. Num estacionamento  vazio ali perto, um grupo de garotos estava sentado no chão, sem fazer nada. Então, sem interromper o que me estava dizendo, Papai Noel levantou-se, abriu a janela e tirou do bolso uma bola de tênis amarela, novinha em folha.  Deu um grito para os meninos e atirou-a na direção deles, lá para fora.  Depois sentou-se de novo, e continuou comendo e conversando.

Em pouco tempo a criançada lá fora já jogava um jogo impossível de descrever, com uma bola amarela e improvável. Ele ria, olhando para eles, enquanto conversávamos sobre outras coisas. Aos poucos voltávamos à entrevista.

-E as renas? – perguntei suspeitoso. – Como se chamavam as renas?

– Bobi !

– Bobi ? – repeti eu escandalizado – Mas isso é nome de cachorro!

– Ah é ? – disse ele com um ar muito inocente…

– Claro que é ! O que aconteceu com Rudolpho e as outras , hem ?

-Não sei, nunca as vi ! Quando assumi o cargo aqui, já então não havia renas. Ouvi falar de um churrasco, há muito tempo…

– Churrasco?  Mas isso é uma loucura ! Isso é coisa que se diga?

– Calmate, hombre. No sei se é verdade. Mas nunca as vi.

Comecei a entender tudo. Ele não era o Papai Noel.  Só de nome.

– Entendo…E para as tuas deslocações usas…

– Ah, um velho furgão da Ford, de quem ninguém suspeita, eh eh eh !

– E o que aconteceu ao célebre HOU, HOU, HOU ?

– Isso é só mesmo quando há meninos por perto, claro. Ninguém se ri assim, não achas ?

– Bom, isso é verdade… Mas…e o saco dos presentes…Também não usas, é claro !

– Saco, saco…não uso. Mas olha o tamanho dos meus bolsos… Muito mais práticos. E hoje em dia os presentes são muito menores que dantes.  É um pendrive. É uma caneta bonita. Uns brincos com brilhantes. Um alfinete de gravata…Uma lingerie mais sexy…

– Hein ? – Eu mal acreditava em meus ouvidos. Estava chocado! – Mas isso não são coisas que se possa dar às crianças.  Crianças gostam de brinquedos, bicicletas, carrinhos, bonecas, coisas assim…!

– Nááá!…Eu prefiro os adultos…É uma questão de lógica. Se ajudares os adultos, eles vão dar melhores presentes ás crianças. Se eles estiverem felizes, com o espirito de Natal, eles vão  levar o espirito de Natal para suas casas e ensinar às crianças o espirito de Natal…e isso é o que importa. Não achas ?

Eu fiquei sem saber o que dizer, perante aquele papai Noel negro, sujo, de quem era amigo e com quem jantava hà tantos anos, sempre no mesmo lugar, que nunca vira renas nem trenó, que se achava o meu presente de Natal, apesar de jantar sempre às minhas custas.

Minha cara devia traduzir a minha surpresa, porque papai Noel riu-se  e disse-me: – Não fiques assim, chocado comigo. A vida é como é. E não é mais do que apenas um sonho, tal como  resolvemos sonhá-lo.

Enquanto  houver espaço no teu sonho para um Papai Noel  com um saco ás costas, descendo pelas chaminés e distribuindo presentes para os meninos – assim será ! Enquanto houver espaço para um trenó puxado por Rudolpho e as outras Renas, guizos soando na noite, e um trenó mágico, voador, que não precisa de neve e voa pelos ares rumo ao Polo Norte, onde fica a fábrica de brinquedos de Papai Noel – não será de outra forma, nunca.

Eu olhava para ele, sentindo que algo importante estava acontecendo ali, naquele momento, e então ele continuou:

-Mas pode ser que um dia só caiba no teu sonho um Papai Noel mais simples, menos mágico e mais humano, que não chegue a tantos lugares. Talvez nem voe pelos ares, num trenó, mas que talvez  tente ajudar aqueles de quem se aproxima – talvez só com pequenos gestos;  um pouco de companhia; uma bolinha barata para os meninos pobres; um saco de comida para os cachorros de rua; qualquer coisa que talvez nem componha um sonho muito grande.  Pode ser um Papai Noel branco, negro, mestiço, de qualquer cor – não vai fazer diferença nenhuma, o Natal é só um dia, no ano. Mas um sonho é um gigante que não morre.

Então, súbitamente, Papai Noel levantou-se.  E de um dos seus bolsos tirou uma caixa que me entregou.
-Agora tenho de ir-me ! – disse.- Este ano, o meu último ano como Papai Noel,  houve espaço no meu sonho para trazer-te um presente. Quem sabe se no próximo ano haverá espaço no teu sonho para usá-lo ?

Abracei o meu velho amigo, e virei-me procurando uma mesa sobre a qual abrir o presente que me oferecera.  Quando voltei a virar-me para ele, ele jà tinha partido, sem que eu me apercebesse. Voltei a olhar o presente. Em cima da mesa estava uma roupa completa de Papai Noel, novinha e brilhante, com um cartão que dizia: “ As botas, compras tú, certo ? “

Comecei a rir alto.  Entretanto, o garçon aproximara-se da janela e ria também. Os meninos do estacionamento tinham interrompido o jogo e assistiam a um fogo preso que vinha de um velho furgão Ford estacionado lá ao fundo, ao lado de uma arvore de Natal toda iluminada.

Fui á janela também para assistir, e a criança que ainda há em mim maravilhou-se com as luzes e as cores e as risadas das crianças e das pessoas que passavam.

E não vi nenhum trenó, mas juro que ouvi uns guizos que não esperava e, por cima de tudo aquilo, uma inesperada risada de HOU,HOU,HOU… pareceu pairar por sobre toda a cidade.

Voltei a olhar a roupa.

No próximo ano, quem sabe?

 EN ESPAÑOL

TRINEO MÁGICO

Todos los años en esta época, acostumbro visitar una ciudad relativamente cercana y regresar solamente al final del día. Y hace muchos años que siempre encuentro un personaje curioso, insidioso, vestido de Santa Klaus, que, de una o otra manera, por su vez siempre encuentra una forma de importunarme – sea pidiéndome alguna cosa , sea apenas hablando sin cesar.

Puedo ver que las personas lo evitan con una sonrisa, huyen de su irreverencia algo desmedida, de su voz atronadora y de la falta de límite de sus palabras.

En el día en que lo he visto por la primera vez, el mesero  terminaba de preguntarme qué quería para  acompañar  el bistec  que yo había ordenado, si arroz, si papas, y yo había respondido “-Papas!”.  Fuera em esse momento que Santa Klaus  llegara repentinamente, tomara asiento  a mi mesa sonriendo siempre, y dijera que le gustaría la misma cosa. Después quedarase mirándome  alternativamente a mí  y  a  al mesero  hasta que, finalmente, me puse de acuerdo. En poco tempo iría a tomar mi autobús y a salir de allí. Podía perfectamente pagarle una buena comida.

El mesero se fuera  y fuera entonces que él se presentara. Tendió para mí una mano muy sucia, que tuve hesitaciones de apretar y dije con una sonrisa alvar, pero  donde faltaban dientes:

– Muchas gracias. ¡Tengo un hambre de león! Déjame presentarme: – Yo soy Santa Klaus! Tú ya lo sé, claro: -¡eres  Papas!

– ¿Qué? ¡No!  Yo soy…

– ¡Papas!

No sirvió rebelarme. Desde entonces me quedé  siendo  Papas.

Y en los años siguientes, en aquel mismo pequeño bar de la terminal de autobuses, mientras como alguna cosa en cuanto el autobús llega, siempre termino por encontrar  Santa Klaus. Y siempre comemos juntos y platicando – de tal manera que el mesero  – que hoy ya es un otro – me llama Dr Papas, el cretino,  y  siempre  pone dos lugares en la mesa.

Y siempre Santa llega venido de la nada, en las mismas ropas viejas de bolsillos enormes, ruidoso, estruendoso, muy sucio.
Ese año, me  he decidido finalmente a interpelarlo. Tal vez a entrevistarlo.  ¿Por qué no?

Así, estaba ya sentado a la mesa pensando sobre eso cuando escuché en mis espaldas  su poderosa voz, sólo que de esta fecha hablando en español  “-¿Eres tú, Papas ? “

Sentí una sonrisa nacer dentro de mí.  Y toda la fuerza que tuve de hacer para contenerme y no demostrar mi alegría por reencontrarlo me ha dado la dimensión exacta de la ansiedad con la cual yo aguardaba por ese encuentro. Me he levantado y abrazado mi viejo amigo Santa Klaus.

– ¡Si! ¡Yo mismo! ¿Pero ahora hablas español? – le pregunté mirándole en la faz muy oscura, contrastando con su pelo muy blanco.

– ¡Así no necesitas traducirme! ¿Verdad? – su sonrisa era desconcertante.

-¡Claro!  Mas ¿cómo sabes?

–  Tenia que ocurrir, más temprano o más tarde. Siempre lo percibí, en las preguntas contenidas que no osabas hacer…Y hay cosas que un viejo Santa sabe por instinto – privilegios  de la edad…

-Ah bueno, entonces  yo he sido muy transparente…

-Ah, si… ¡mucho! – ha reído él

– Entonces, se eres mismo Santa Klaus, ¿por qué nunca me has dado un regalo de Navidad?

– Hum…a ver…¿Cuántas personas conoces aquí en esa ciudad?

– Aquí no conozco a nadie. Sólo te conozco a ti.

– Pero yo no soy de aquí. Yo apenas te busqué, te tendí mi mano y mi compañía.

Me reí, divertido.

-Compañía que fue cenando a mis costas, todos estos años, ¿verdad?
-Bueno, ¡eso fue un detalle para tu satisfacción personal! Te quedaste feliz porque crees que podías perfectamente pagarme una buena comida, ¿verdad? Puedes confesarte, va…

-Sí, confeso, claro  rsss…

-Entonces… ¡vamos a cenar, hombre! Podremos hablar mientras comemos.
-Bueno, si…pero… -¡De acuerdo! No dejas de tener razón, Y confieso que estoy un poco desorientado con todo esto…

– Cálmate, y pregunta lo que quieras…

– Entonces, ¡dime tu nombre!

– ¡Santa Klaus!

– ¡Ah no! ¡Así no! ¿ Cómo vas a ser Santa Klaus, si eres negro? ¡¡¡ ¿Hein?!!!¿Acaso crees que soy idiota?

Él parecía sorprendido.

– Pero es mi nombre, desde niño… Hace tiempo,¡eso!

-¿Y  dónde  pones el trineo que nunca lo he visto?

– Es que casi no lo uso. Sin nieve se queda muy difícil…

Él aproximó su cabeza a la mía por sobre los platillos en la mesa:

– Papas, ¿tu crees verdaderamente en eso?  Y mira, si fuera verdad, ¿ya pensaste como están hoy los aeropuertos ?

Me quedé sin respuesta por un largo rato… Mientras tanto, llegó la comida y  fuimos comiendo casi en silencio.  Por las ventanas junto a nosotros, podíamos ver en un aparcamiento cercano, casi vacío, un grupo de niños sentado en el suelo, sin hacer nada. Entonces, sin interrumpir  lo que me estaba diciendo, Santa Klaus  abrió una ventana, y sacó de uno de sus inmensos bolsillos una pequeña pelota de tenis amarilla, completamente nueva. Después la jugó para los niños con un grito, y volvió a tomar asiento, a comer y a platicar como si nada se hubiera pasado.

En poco tiempo los niños afuera  tenían con la pelotita amarilla  un improbable  juego sin reglas, imposible de comprender por uno que fuera adulto. Santa Klaus reía mirándolos mientras platicábamos sobre otras cosas.  A los pocos volvíamos a la entrevista.

– ¿Y los renos?– pregunté sospechoso -¿Cómo  se llamaban los renos?

– ¡Bobi!

– ¿Bobi? – he repetido sin creerlo – ¡ Pero eso es nombre de perrito!

-¿Ah si?  Lo crees ?– preguntó con un aire muy inocente…

– ¡Claro que es! ¿Y qué ocurrió con Rudolph y los otros, hein ?
– ¡No sé! ¡Nunca los he visto! Cuando asumí el cargo, ya entonces no había renos. Oí hablar de un churrasco, hace mucho tempo…

– ¿Churrasco? Pero eso es una locura. ¡Eso no se dice!

– Cálmate, hombre. No sé si es verdad. ¡Pero nunca los he visto!

Empecé a entender todo. Él no era Santa Klaus. ¡Apenas de nombre!

– Hummmm, entiendo…Y para tus viajes usas…

– Ah, tengo un viejo furgón Ford, de quien nadie sospecha, eh eh
– ¿Y qué pasa con el viejo  HOU…HOU…HOU…? ¿Hem?

– Ah, mira…Eso es sólo para cuando hay niños cerca de mi, ¡claro! Nadie que es  sano se ríe así, ¿verdad? Iba a parecer  tontito de la cabeza…

-Bueno, eso es verdad…Mas ¿y el saco de los regalos? Tampoco lo usas, claro…

-Asi  un  saco, que puedas llamarle “un saco”, ¡no uso! Pero mira bien la talla de mis bolsillos…Mucho más prácticos. Y actualmente, los regalos son mucho más pequeños  que dantes. ¡¡¡Si!!! Hoy se regala un pendrive.  Pequeñito.  O un bolígrafo bonito. Unos pendientes de brillantes, mínimos. Un prendedor de corbata. Una lencería más sexy…
-¿Qué? – yo no podía creer lo que oía. ¡Estaba sorprendido! – Pero eso no son cosas que uno pueda ofertar a los niños. A los  niños les gustan juegos, bicicletas, carritos, muñecas, ¡cositas así…!

– Nááá ! Yo prefiero los adultos. Es una cuestión de lógica. Si ayudas a los adultos, ellos van a dar mejores presentes a los niños. Si ellos están felices, sintiendo el espíritu de la Navidad, ellos van a llevar ese espíritu Navideño a sus casas y a enseñarlo a los niños, y eso es lo que importa, ¿no crees?

Yo me quedé  sin saber que hacia ante aquel Santa Klaus negro, sucio, que me llamaba Papas,  de quien era tan amigo y con quien cenaba en el mismo lugar hacia tantos años, que nunca había visto renos  ni trineo, y que aún se creía a sí mismo mi regalo  Navideño – a pesar de siempre cenar a mis costas.

Mi cara debía traducir mis pensamientos, porque Santa se reía mirándome,  y me dije:

– No te quedes así, chocado conmigo. La vida es como es. Y no es más que apenas un sueño, tal como nos decidimos a soñarlo.
Mientras tengas en tu sueño espacio para un Santa Klaus cargando un saco de regalos en su espalda, descendiendo por las chimeneas y distribuyendo los pedidos soñados por los  niños, así será siempre.

Mientras tengas espacio en tu sueño para un trineo tirado por Rudolph y los otros renos, campanas sonando en la noche, y un trineo mágico volador que no necesita nieve y vuela por los aires rumbo al Polo Norte donde queda la fábrica de juguetes que Santa Klaus tiene allá – bueno… no será de otra forma nunca.

Yo lo miraba, sintiendo que alguna cosa importante estaba ocurriendo allí, en aquel momento, con nosotros.

-Mas puede ocurrir que un día en tu sueño no va a caber más que un Santa Klaus más sencillo, menos mágico y más humano, que no llegue a tantos lugares al mismo tempo. Tal vez no vuele por esos aires afuera en un trineo fantástico, como los otros,  tal vez intente ayudar aquellos que se acercan –  con pequeños gestos llenos, un poco de compañía, una pelotita barata para los niños  ociosos, una saca de comida para los perros abandonados en las calles. Probablemente cosas que ni siquiera van a componer un sueño muy grande. Puede ser un Santa Klaus  blanco, negro, mestizo, de cualquier color – y eso no va a hacer ninguna diferencia, pues Navidad es apenas un día en el año. Pero es un sueño y un sueño es mucho más que  eso, ¡es un gigante que no muere!

Entonces, súbitamente, Santa Klaus se puso de pie, y de uno de sus enormes bolsillos sacó una caja que me entregó.

-¡Ahora tengo de irme! –Dijo – Este es mi último año como Santa Klaus y aún tengo muchas cosas para hacer, no tienes idea…Así mismo, encontré espacio en mi sueño para  traerte un regalito. ¿Quién sabe si en el próximo año habrá espacio en tu sueño para que le encuentres una buena utilidad?

-¡Gracias! – Le dije – Abracé a mi viejo amigo y busqué una mesa libre sobre la cual pudiera abrir su regalo. Cuando intenté hablar con él ya había partido, sin que yo lo percibiera. Volví a mirar el regalo. Sobre la mesa encontrábase una vestimenta completa de Santa Klaus, completamente nueva y brillante, con una pequeña tarjeta que decía: “¡Las botas, las compras tú! ¿De acuerdo? “

Mi risotada sonó  demasiado alta. Mientras tanto, el mesero se aproximó a la ventana y también estaba riendo, mirando afuera. Los niños del aparcamiento habían interrumpido su juego y asistían a un fuego de artificio que venia de un viejo furgón Ford aparcado al lado de un enorme árbol navideño totalmente iluminado.

Y no he visto ningún trineo, mas juro que se oían claramente unas campanas que yo no esperaba, y por sobre todo aquello, una fantástica voz sonaba,  inesperada también….HOU…HOU…HOU… y parecía suspendida sobre toda la ciudad…HOU…HOU…HOU…
Sigo sin entender como él  hacía aquello, volví a mirar las ropas, creyendo haber entendido todo un poco mejor… Seguí mirando las ropas…

En el próximo año… ¿quién sabe?

RELATO DE UNA NOCHE DE PAZ

por Russo Dylan Galeas Maynor

El sol de la tarde era la mejilla de alguna abuela que se ponía bonita, con perfume de flores y rosados de un nombre Delfina.

Un señor alto y delgado que cinco risitas llamaban papá desmontó del caballo. Con él venía un bolso con cuerpo de Santa Klaus.

Cinco alegrías corrieron a él abrazándolo a la altura de las piernas y cintura. Mientras zapatos, sandalias y descalzo retozaban saltitos de emoción.

Muñeco y capitán eran una forma de ladrar y un mover de colitas que también podían saltar y juguetear entre manos acariciadoras y voces de mandamás.

Los labios de un sonido Ercilia sonaban a llamar y se movían húmedos, dulces y calentitos a un amoroso y meloso besar.

El bolso del señor alto y delgado se desnudó de su atadura; del fondo saltaron unas pistolitas del Llanero Solitario para Carlitos, un arco y unas flechas para la emoción de Checha, una muñeca Roxana para Goyita, un avión con piloto para Banchito, una polvera y lápiz de labios con regañadita para Chila que ya se ponía con malicia para novia.

El cielo se llenó de estrellas y de una luna que plateaba demás.

Todos entraron al calor de la casa, en una esquina de ella una estrella iluminaba un pesebre donde en unas horas, desde el corazón de cada uno, nacería el niño Jesús.

NATAL DIGITAL

por Henrique Mendes (Portugal)

Tal como sempre acontecia, o Natal aproximava-se a toda a velocidade.
O frio já se fazia sentir, as últimas folhas tinham caído das árvores, e as noites chegavam cedo, como que num convite às pessoas a recolherem-se cedo, e a abandonarem as ruas. Tudo se virava para dentro de casa e o conforto do lar.

As iluminações típicas da quadra, eram apenas o suficiente para torná-las um pouco menos inóspitas e faziam com que, independentemente do clima,  a ideia de festividade e de  coisas boas em casa, sendo  partilhadas com a família, fosse a todo momento lembrada e estivesse presente em todos.

Aqui, apesar do frio, toda a gente parecia estar satisfeita, menos  o Sr. Schluss,  do banco. E ele sabia muito bem porquê, O Sr. Schluss:  – ele tinha detetado uns errinhos aqui, outros errinhos ali, outros errinhos acolá, nas contas dos clientes do seu banco ! Coisinhas insignificantes, sem dúvida, mas quem julgavam que ele era, hem ? Ele era um profissional de primeira ! Ele não ia nunca deixar passar uma coisa daquelas. Jamais !

Então o Sr. Schluss  pegou no telefone e ligou para o seu colega de um outro país, para saber mais detalhes do que se passava.
-Keys? É você ? Daqui é Schluss, como vai ? Feliz Natal para você também obrigado !… Sim, sim, obrigado…para você também!  Olhe, Keys, eu preciso pedir-lhe uma informação. Tenho vindo a notar que as contas dos meus clientes mostram pequenas compras feitas com cartão aí no seu país. Valores muito pequenos, quase insignificantes….coisinhas de nada…Quase todos eles, sim… sim…muitos !Como?…Você também?…E são compras feitas aqui no meu país? Pelos seus clientes ?

Do outro lado, o Mister Keys foi respondendo que sim a todas as suas perguntas.  A surpresa foi tão grande que o Sr. Schluss  até deu um salto e ficou em pé. Depois, perturbado,  desligou sem agradecer e ligou para um outro colega de um outro país:

LeClef! Aqui é Schluss! Sim ! Sim, claro, Boas Festas para si também, obrigado! Ah, sim para a minha sogra, claro ! Obrigado, obrigado, para a sua também. Mas LeClef…E para a esposa ! Isso ! Ah sim ! a torre, claro…branca..sim, claro..muto bonito, sim !… Isso, LeClef…. Isto é urgente, LeClef… mas…. me escuta… sim ! Sim LeClef ! Diga-me uma coisa então: -estive a falar com o Keys e ele está com o mesmo problema que eu. Nas contas dos clientes dele aparecem muitas compras feitas com cartão, de valores muito pequeninos, quase insignificantes, coisas que mal se notam, mas em quase todas… e são todas compras feitas no estrangeiro, ou em cidades onde os clientes nunca andaram recentemente.  Você já ouviu falar de alguma coisa assim ? O quê ? você também ? Mas então as coisas estão muito complicadas!  o problema é geral !!!  Obrigado, LeClef ! Boas Festas!

O senhor Schluss ficou muito tempo sentado olhando pelos vidros da janela sem chegar a nenhuma conclusão.  Por todo o lado, pequenas compras de valores muito pequenos haviam sido feitas com cartão, e agora os donos dos cartões negavam tê-las feito. E ficavam furiosos quando o banco insistia em cobrar.

Os funcionários do banco simplesmente não  conseguiam que os clientes concordassem que tinham feito compras tão estranhas, e de valor tão baixo em lugares tão diferentes. Recusavam-se a pagar – E o banco não queria de maneira nenhuma ter problemas com os seus clientes tradicionais por valores tão pequeninos, é claro! Por isso, ele não insistia e tratava tudo como se tivesse sido um erro do banco. Mas ele, Schluss sabia que não era!

E agora que falara com os seus colegas dos outros países, e sabia que eles estavam enfrentando o mesmo tipo de problema, ele sabia que não ia ser fácil de resolver. Por isso estava tão apreensivo.

Podia ver pela janela muitas entregas chegando ao bairro pobre, na parte mais baixa da cidade. Resolveu saír para a rua para ver melhor, estranhando o movimento,  e cruzou-se com um grupo de crianças, já não muito pequenas, que o cumprimentaram sorridentes: “-Olá Sr. Schluss ! Boas Festas ! “.  Depois sorriram, e entre risos saíram correndo…
Ficou meio desconfiado a olhar para eles, como se algo não lhe soasse bem, mas sem ser capaz de identificar o quê. Sería que noutro lugar do mundo outras crianças cumprimentavam o  Chávez, e o Keys como o estavam a cumprimentar a ele, assim com aquele ar excessivamente santinho ?

Seria que as crianças tinham alguma coisa a ver com aquilo ? As crianças, com a sua internet, e os seus laptop e os cartões de créditos dos seus pais….Seria possível ?

Olhou um grupo de crianças que pulava e ria e, no meio delas, o seu próprio filho, que brincava, já a caminho de casa, com o seu pequeno computador novo debaixo do braço.

Então ele teve a certeza  de que não precisava procurar mais explicações, e de que já conhecia  as razões pelas quais tudo tinha acontecido. Iria chamar os pais das crianças, explicar-lhes que não se tratava de erro do banco, nem de quebra de segurança nas contas deles, mas que tinha sido uma maneira de os seus filhos quererem endireitar o mundo, sem saber que é preciso mais do que um grande coração para se ser Pai Natal.

Como o exemplo era muito bonito, iria propôr às lojas, aos pais e ao próprio banco, que dividissem os custos envolvidos de maneira a que as pessoas necessitadas pudessem conservar os presentes que já tinham ganho e ter um Natal mais Feliz.

Olhou para o seu filho subindo a rua, ainda em passinhos curtos de jovem desajeitado, e sorriu satisfeito, já vendo nele um Homem de Bem.

Na parte baixa da cidade continuavam a chegar encomendas de cores vivas trazendo coisas de Natal, provocando gritos á criançada. A neve recomeçou a cair mansinha. Não tardariam a aparecer rastos de trenó!


ILUSIONES EN NOCHES DE REYES MAGOS

por Leonor Aguilar (Argentina)

Paula había nacido en el seno de una familia con muchos recursos en una pequeña ciudad. Era la segunda hija del matrimonio y se podía decir que vivían en la opulencia. Disponían de mucho más que aquello que necesitaban y del personal necesario para que todo estuviera a punto siempre, de modo que las cosas marcharan por los carriles deseados en todo momento.

Entre quienes colaboraban con las tareas hogareñas había una empleada doméstica. Podría pensarse como alguien más del personal, salvo por el detalle de tener un hijo, lo cual en la década de los años treinta era considerado escandaloso, pero en ese hogar  fue bien acogida. Madre e hijo habitaban en el departamento de servicio con todas las comodidades necesarias para hacerlo, sin tener la necesidad de buscar quien atendiera al pequeño en los horarios en que ella debía salir a ganarse el pan. La suerte también jugó a favor dado que Tomás tenía casi la edad de Paula y rápidamente fueron amigos que compartían largos ratos de juegos.  Eran dos niños con toda la pureza e inocencia que se puede tener en la infancia.

Cuando llegaba la noche de Reyes, esperaban ambos con gran expectativa el momento. Zapatitos brillantes, pastito, agua para los camellos y tratar de no dormirse para verlos pasar aunque el sueño siempre ganaba la partida. Sabían que habían sido buenos chicos. Hacendosos y cumplidores, esperaban de los Reyes su merecido premio a la buena conducta de todo el año.

Pero los Reyes no eran justos con Tomás. Y por eso Paula los odiaba profundamente.

Ella recibía regalos fastuosos que sólo podían llegar a manos de algunos niños privilegiados, en tanto que los zapatitos de Tomás amanecían junto a un pequeño automóvil de lata que sonaba a inmerecida y muy poca cosa. ¡Cómo disfrutar lo propio si veía en los ojos de su amigo el dolor y la decepción por aquello que cargaba en sus manitos! ¡Cómo entender que ella, que lo tenía todo, recibía aún más y su pequeño amigo debía conformarse con regalos sacados de la lástima! Se preguntaba por qué los Reyes eran tan malos y tan injustos, si Tomás era un niño bueno y respetuoso que no conocía la mentira ni poseía faltas de conducta. ¡Estaba muy segura que merecía muchísimo más!

Los años pasaron, y cada quien llevó su vida por diferentes caminos, pero Paula jamás olvidó su sentir respecto a los tres visitantes de zapatitos en madrugadas de seis de Enero.  Nunca les perdonó el trato diferente que prodigaban a unos y otros.

Quiso la vida poner en las manos de Paula un único hijo del corazón, quien siempre supo todas las verdades de su vida, absolutamente todas, y en la lista de verdades fueron incluidos los Reyes Magos. Ella no quiso que su hijo viviera las odiosas comparaciones que supo hacer en su infancia y consideró que era el mejor modo de evitarle ese malestar.

Sin embargo, no supo ver que  había cambiado un malestar por otro, y la vida se encargó de demostrarle cuán importantes son las ilusiones. Había cargado a su hijo con la responsabilidad del silencio ante sus pares y lo había hecho madurar sin una de las ilusiones que tanto valor poseen en la infancia. Aunque los Reyes Magos nunca lo olvidaban, la visita para él carecía de la magia del momento.

Paula hoy sienta en su falda a un pequeño que le dice abuela y le pide ansiosamente que escriba una carta a los Reyes Magos con su pedido. Su hijo, conocedor de la otra cara de la moneda, entiende que esos sueños son necesarios y los alimenta. Piensa que el camino del vivir tiene senderos cuyas verdades mañana pueden sorprender y golpear un poco, pero aún así soñar es bueno y hay que disfrutarlo por el tiempo que dure, más allá del precio que haya que pagar a veces por saber hacerlo.

MINICONTO DE NATAL DO FUTURO

por Anajara Lopes (Brasil)

Se eu voltar no tempo sinto que os meus natais tinham cheiro de maçã. Por isso acho que elas aguçaram a minha sensibilidade. As minhas reminiscências sempre são associadas a cheiros. De cheiros a cores. De cores a amores. Amores remetem primeiramente à família.

O meu Papai Noel é um homem maravilhoso. Sabe fazer, como ninguém, a maior e mais bonita árvore de natal do mundo. Digo do mundo, porque o meu se resumia a pequena cidade em que eu morava quando criança. E na minha lembrança ainda mora umas frutas grandes, vermelhas, sedutoras, parecidas com as bolas da árvore de natal feita com ciprestes, do campo da escola ao lado da minha casa. Ao lado esquerdo do meu corpo, que eu sei de cor.

Havia poucos brinquedos, na maioria da vezes, brincávamos com bonecas feitas de espiga de milho. Existe coisa mais genuína que isso? Fazíamos parte da vida, não existia lugar para marginalização. Todos estavam inseridos nessa confraternização. Havia motivos, orações, missas, galo cantando, nascimentos, renascimentos… estrelas nos guiando…

A maior e mais importante lembrança é a do meu pai vestido de Papai Noel. Olhava para ele com aquela barba enorme e via naquele amontoado de pelos brancos espuma do mar, acreditem!! Eu não conhecia o mar e eu via o mar. Rolava nas areias finas, sentia o sol beijando a minha pele já morena e o gosto de sal quando eu lambia os dedos  da mão umami (*) de uma criança que roubava sonhos e que tinha o tempo presente o seu próprio presente: a vida.

Sabem o que  ganhávamos de presente? Eram umas “sacolinhas” cheias de guloseimas. Nossa!! Para nós, não havia coisa mais agradável do que isso! Até hoje, aquelas crianças de então, conversamos entre nós sobre os gostos e cores dos nossos natais sem ceias, sem sapatos, sem meias nas janelas, sem tradição, sem peru, nem nozes nem castanhas…

*Linguagem metafórica. Ato ligado ao hábito que as crianças têm de lamber os dedos das mãos, mormente quando sujos de doce. O referido sabor umami está entre o doce e o salgado e, segundo alguns estudiosos, somente o leite materno tem sabor umami. É considerado o quinto sabor básico. Palavra de origem japonesa, que significa delicioso, apetitoso. Há quem creia que a expressão “hummmm…” deriva de umami.

CUENTO DE NAVIDAD

por Pedro Ordaz (Venezuela)

Compartiendo un cuento en Navidad. Cada vez que llega diciembre, los niños se sienten muy contentos.

Pues miren lo que le pasó a Ivana, esta niña tiene 9 años y estudia tercer grado. Es única hija, es una niña amigable y humilde.  Ella le pidió a sus padres que le colocaran muchos regalos bajo el arbolito de navidad, todos especial para niños y niñas.  Los padres así lo hicieron.

Ya era tarde de navidad y la niña le dijo a su padre que llamara a todos los niños pobres del barrio que estaba al frente de la calle donde ellos vivian.  el papá así lo hizo, vinieron tan solo diez niños entre varones y niñas.  Ivana los esperaba contenta, los invito a pasar y le dijo a su madre que les sirviera comida a todos. Todos pasaron a la mesa y comieron pollos, panes, tortas, gelatinas, en fin todo lo que había allí para ellos.  Ivana se acercó al árbol y llamó a los niños, para que cada uno tomara un regalo según el color del papel.  La pasaron muy bien allí.

Los niños estuvieron muy felices de pasar una navidad diferente.
Ivana les dijo:

-“Niños hoy todos ustedes son mis hermanitos. Quice hacerles este regalo porque mi maestra Marisela dice que las navidades son para compartir con los niños y darles regalos y ustedes son los que tengo más cerca.  Por eso quiero que esten conmigo.  Los padres de Ivana llamaron a los niños al parque, allí tenían diferentes máquinas de diversión.

Pero saben lo más bonito de esto.  Que la navidad te hace niño, vuelves a compartir igual que los niños y te gusta el momento porque te envuelve la Paz, La Armonía, La Amistad y te regocija el Amor por todo lo que está a tu alrededor.

Precisamente la madre de Ivana decía: ” Esta es la época más hermosa del año”.  ¡Pero oigan! esto no termina aquí.  A los niños les emocionó que estaba parado un trineo en el parque al frente de la casa y un señor vestido de rojo con traje muy nuevo y abrillantado se paró fuera del trineo con un cartel en sus manos que decía en letra de imprenta muy brillante ” IVANA “, ella llego hasta donde estaba el señor de rojo conocido como Papá Noel, y este le dijo:  “Hola Ivana vine del Polo norte a saludarte y a felicitarte por lo que estas haciendo ¿sabes? te quiero mucho, estas haciendo algo digno de admirar, eso es la navidad.  Por mi parte siempre reinará en ti la dicha y la buena ventura. Adiós jovencita, Felices Pascuas”.  Para Ivana ese fue un regalo mágico que nunca había visto.  Salió corriendo hacía donde estaban los niños envargada en la emoción y los abrazó, diciendo:

“Que buen regalo!, ¡Qué bonito!, ¡Me ha gustado!”.

Lo preciado de todo esto fue por la hermosa iniciativa de todo esto de Ivana, en mantener el buen consejo de su maestra y tener espiritu solidario.  En el barrio pobre fue donde arreglaron todo aquello para darle tan bello regalo a Ivana no era la primera vez que lo hacia.  Ella amaba a los niños del barrio y siempre les llevaba regalos, sus padres le enseñaron eso.  Al llegar la noche el barrio se alumbró de un plateado tan brillante que venía de una estrella, reflejando al barrio desde el cielo.

MUÑECO DE LATA

por Henrique Mendes (Portugal)

Yo vi cuando, antes de salir, él se quedó mirando aquella reproducción de una vieja foto en que yo, cliente usual, no había prestado nunca atención. Era una ampliación enorme, que fuera transformada en el logotipo de la casa. Y él era un hombre negro muy bien vestido, pero con simplicidad.

Ya lo había visto a la entrada, cuando fuera directamente para el mostrador  y se quedara platicando simpáticamente con el empleado del pequeño bar donde estaba yo. Poco después se había puesto un delantal muy blanco y empezó a lavar unas copas mientras apuntaba para el comedor haciendo gestos al empleado para que recogiese toda la vajilla que estaba en las mesas y ya no era necesaria.

Acabé pidiendo más café cuando él se acercó a mí, preguntando si podía tomar la copa vacía. Me di cuenta de que él estaba un poco nervioso.

– ¿Es el patrón? – pregunté

– Sí, señor – y regresó al mostrador, atareado.

Un poquito después de haber salido el patrón, se aproximó sonriente, y lo sentí preparado para hablar un poquito más.

– ¿Y él queda así, lavando vajillas? – me sorprendí

– ¡Sí, le gusta! – me contestó desconcertado. – Siempre hace eso cuando viene aquí. Mira las cuentas, mira si alguna cosa es necesaria, y pasado un poquito se va. Pero siempre atiende a algún cliente, o lava él mismo alguna vajilla, o algo así. Y mire que no es por necesidad. Hoy, él y su hermana son dueños de una red enorme de pequeños comedores como este, siempre muy próximos a terminales de autobuses o estaciones de trenes.
-Ah sí? – añadí, sólo más para dar más seguimiento a la conversación
-Sí, señor. Nada muy lujoso, como puede usted ver. Apenas pequeños lugares agradables donde se puede descansar un poco, o marcar un encuentro con alguien , o simplemente comer una comida sencilla y barata  pero muy limpia!

– Parecen gente muy buena, ¿verdad?

– Sí señor, muy buena. Algunos dicen que han pasado por dificultades cuando eran niños.  Que trabajaron mucho para conseguir tener alguna cosa propia. Son muy humanos, sí.

Entonces, otros clientes llamaron la atención del mesero, que fue a atenderlos. Mi atención recayó sobre la foto del logotipo, en la entrada. Había en ella alguna cosa vagamente familiar. Un poco más tarde, el hombre regresó  para mostrarme una foto de dimensiones normales.

-Esta es la misma foto sin ser ampliada! – dijo – Los dueños insisten en que la exhibamos a todas las personas que se muestren interesadas en la foto del logotipo. Ellos dicen que un día alguien va a ver esa foto y se acordará de ellos .

Tomé la foto de sus manos y la observé con cuidado. Eran dos niños negros, muy sonrientes, uno a cada lado de un muñeco hecho con una lata de combustible muy oxidada. Sonreí yo también de sus expresiones de intensa felicidad.
El gorro del muñeco había sido hecho con un saco de cemento, el papel sucio con barro rojo, y no fue sencillo mantenerlo derecho para sacar la foto.

Los ojos habían sido improvisados con dos páginas de agenda recortadas en círculo, y dos  tapas negras de cajitas de película fotográfica. Su boca fue dibujada con carbón, abierta, en una inmensa risotada.

Después de haber hecho  agujeros con un clavo y colocado muchos pequeños pedacitos de cuerda deshilachada, con nudos en las puntas por dentro, para que se no saliera, y quedara una barba bastante razonable, un poco más cerrada de un lado que del otro, pero seguía siendo una barba…

Y con todo eso, o a pesar de todo, se convirtió en un muñeco que los niños habían adorado, a pesar de aquel aire de polvo sucio, del viento constante de la planicie y del hambre tan presente en aquel pueblito remoto de África, cerca de una estación de trenes incongruente, donde nadie llegaba o partía, y donde una mata rala crecía en el medio de los carriles…

“-¿Quién es ese ?” – habían preguntado los niños

“-¡Ese es Santa Claus!”- dijo Ramón, un amigo de lengua española

“-En mi tierra se llama Papá Noel…”, dijo mi colega brasileño

“-¡Bueno, para mí es Pai Natal!”, contesté, riéndome con ellos

“-Tiene tres nombres…”

“-Ih…tiene muchos, pero siempre es el mismo! Y siempre viene en este día a traer regalos para los niños.”

Los niños se quedaron desorientados. No sabían qué eran regalos…
“-¡Comida!” – expliqué prosaicamente. Y entonces ellos rieron mucho…

Fue así que dos amigos y yo acabamos dividiendo alguna comida con esos dos niños que insistían en ayudarnos, y terminamos haciendo una especie de cena con ellos. Era 24 de Diciembre, y la noche ayudaba a no ver, y a olvidar toda aquella miseria en el pueblo más allá del círculo de luz de la hoguera. La broma había surgido de Papá Noel, y se ganó después, para nosotros, el simbolismo de una cena.

Uno de mis colegas, al saber que no tenían padres, les ofertó algún dinero. Les dije que era el suficiente para tomar el tren y ir a una ciudad grande, lejos de allí. Pero ellos reían tanto del muñeco barbudo, estaban tan felices  conversando en su idioma nativo que nos quedamos con la duda de que hubieran entendido.

Sacamos unas fotos, que más tarde hicimos llegar al jefe de la estación, para que las remitiera.

Ahora, allí en el bar, después de tantos años, el mesero contaba la historia de aquel patrón insólito, yo miraba la lluvia  en la calle, pensaba en aquellos niños de una víspera de Navidad tan lejos de mi vida de hoy, y me reconducía hacia recuerdos de una cena improvisada hecha cerca de una estación polvorienta y de un pueblo sin futuro.

El mesero seguía hablando, y yo quedé sabiendo cómo todos los años, en la víspera de Navidad, ellos abrían las puertas a todos los que querían comer. Y yo recordaba al hombre negro que había visto entrar y salir, que era el dueño de toda una red de pequeños comedores que ya existían en varios países, siempre cerca de las estaciones.

Identificaba en él a aquel niño de la foto, al lado de aquel muñeco de lata con barba de cuerda, riendo mucho con su hermana en un lugar polvoriento de África, casi sin esperanza,  en un día en que alguien les había dado razones para reír.
Miré una vez más el logotipo, pero con otros ojos. Decía:- SANTA CLAUS-Café.

Estaba seguro que, en otros países donde existían los pequeños comedores, no serían en nada distintos de aquel. Apenas el nombre cambiaría un poco. De todas las formas también quedaría escrito cerca de la misma foto ampliada que ahora yo ya reconocía- de un muñeco de lata, con barba de cuerda, y unos ojitos negros, redonditos.

O NASCIMENTO

por Soraya Souto (Brasil)

Eles seguiam devagar em meio à agitação febril da rua. Destoavam das pessoas apressadas que entravam e saíam das lojas, carregando sacolas de presentes com as últimas compras natalinas. O  ritmo mais lento de caminhar parecia incomodar um pouco os outros, que aceleravam o passo para ultrapassá-los como se tivessem receio de lhes tocar.

Depois de dias procurando emprego naquela cidade, tinham sido obrigados a deixar a pequena pousada onde estavam, e saído à procura de um outro lugar para ficar. O homem amparava a mulher grávida, oferecendo-lhe apoio a cada parada, e um sorriso de incentivo quando recomeçava a caminhar.

Desde aquela manhã ela sentia dores, e estava assustada com proximidade do nascimento do seu primeiro filho. Já era quase meia noite quando ela pediu para parar. Olhando ao redor, ele a conduziu através de algumas caixas de madeira, e palets abandonadas, na entrada de um beco próximo. Rapidamente ele improvisou um abrigo, esmagando algumas caixas de papelão grandes para ela ter onde reclinar-se. Depois empilhou caixas contra o vento frio, e o ruído que vinham da rua. E algumas sacas velhas, rasgadas, emprestavam alguma intimidade àquele recanto do beco onde, ele sabia, o milagre da vida não demoraria a acontecer.

O dia terminava, e a escuridão trouxe consigo uma pequena fogueira que alguém acendeu. Pouco depois, uma velha senhora surgiu oferecendo uma tigela de sopa.   Aos poucos, outras pessoas que ali se abrigavam foram aparecendo. O pequeno beco revelava-se, agora. Uma luz fraca acendeu-se, numa janela alta, iluminando mais um pouco. De uma porta que se abriu dos fundos de um restaurante, vieram toalhas limpas. De algum outro lugar, uma velha manta de lã somou-se ao momento.

Enquanto isso, na rua as pessoas passavam indiferentes, desconhecendo o que ali se passava, e a harmonia fraterna que se estabelecia, como um laço natural entre os que dividem dores e dificuldades.

Quando a hora do nascimento chegou, deram-se as mãos silenciosamente, em uma expectativa sincera pela nova vida que acontecia.
O bebê chegou com os primeiros raios do sol, e seu choro alto e forte ecoou pelas paredes do beco. Foi colocado em uma pequena caixa de papelão, sob os olhares dos pais felizes e emocionados.

E quando os sinos da igreja, na rua ali ao lado, convocaram os fiéis para a primeira missa do dia, os moradores do beco já estavam ajoelhados e fazendo uma prece pelo pequeno recém-nascido, que trouxera consigo a alegria da vida, e reunira em si as esperanças de tantos com bom coração.
Era Natal novamente.

NATAL EM FAMÍLIA

por Soraya Souto (Brasil)

Clarice adorava o mês o do Natal.

Apesar da pouca idade, já percebia a movimentação e os preparativos por todos os lugares por onde passava.

Em casa, participava ativamente da decoração, escolhendo cada enfeite e dando pequenos gritos de alegria aos vê-los, um a um, sendo colocados pela mãe na grande árvore de Natal no canto da sala. Esta tarefa demorava mais de um dia, e ao final, quando as luzes eram acesas, a menina abria um sorriso de orgulho, com olhos brilhantes e sonhadores.

Sendo filha do dono da maior loja da cidade, tinha a oportunidade de ver as vitrines sendo preparadas, as ofertas de presentes cuidadosamente separadas em cada departamento, e acompanhava tudo com grande curiosidade: conversando com vendedores e andando o tempo todo por alí, curiosa e agitada. Ao fim do dia, voltava para casa no carro com o pai, comentando sobre as luzes coloridas das ruas, os enfeites e músicas, e as pessoas que via caminhando apressadas pelas calçadas.

Naquele dia o pai   lhe preparou uma surpresa: quando Clarice chegou à loja pela manhã conheceu pessoalmente o  “Papai Noel”,  que se oferecera para vir todos os dias, para  a sua alegria  e de todas as crianças na loja.

A partir de então, a garota passava horas perto daquele senhor velhinho, com roupa vermelha e botas escuras, e que escutava com atenção os pedidos das crianças que vinham à loja, se comprometendo a entregar a cada uma o presente sonhado na noite de Natal. Tornaram-se amigos, e quando não havia nenhum pedido a ser feito, ela mesma se sentava no colo dele e conversavam sobre a fábrica de brinquedos no Polo Norte, os pedidos daquele dia, ou onde estavam os anões e as renas do trenó.

O paciente senhor respondia a tudo com carinho, alimentando o sonho da criança, pela simples vontade de ver o brilho em seus olhos escuros, e a ansiedade que percebia no rostinho corado e feliz. Naqueles momentos ele se esquecia da própria vida, e das saudades do único filho que teve, mas de quem tinha se afastado há muitos anos. Ao final de cada dia de trabalho, voltava para o asilo onde morava, se encolhia na estreita cama, e antes de cair em sono profundo se lembrava da garota, e das conversas do dia. Algumas vezes levava consigo biscoitos e doces que ela havia lhe dado, incapaz de resistir aos apelos para que entregasse aos pequenos fabricantes de brinquedos que deviam estar trabalhando muito para o Natal…

Na véspera do grande dia, Clarice entrou no escritório do pai com rostinho sério, e contou sua aflição: o Papai Noel havia contado que só se reencontrariam no próximo ano, quando chegasse de novo o Natal. A tristeza da menina era evidente, e o pai percebeu que a menina se afeiçoara ao empregado, na ilusão infantil de que se tratava realmente do famoso personagem. Incapaz de negar-lhe qualquer alegria, prometeu à filha o que convidaria para a Ceia com a família, e conversariam para ele a visitasse sempre durante o ano.

E assim foi feito, Papai Noel foi o convidado de honra daquela noite tão especial para Clarice. Ele chegou por último, alegando que teve de fazer algumas entregas pelo caminho, para que a menina não soubesse que tivera de vir caminhando, e que sentia dores nas pernas pelo esforço.

Após o farto jantar, e a alegre distribuição de presentes, Clarice se aproximou timidamente do amigo com um pequeno embrulho. Emocionado, o velho deixou que ela enrolasse em seu pescoço o cachecol que comprara especialmente para ele, e deixara juntos com todos os outros presentes até aquele momento. O pai a lembrou que no Pólo Norte era muito frio, e com certeza o presente seria usado sempre.

Surpreendendo a todos, Clarice argumentou que o presente seria usado quando Papai Noel voltasse a ser o seu avô, na casa onde morava sozinho. E para explicar o que dizia, correu até a estante e escolheu um porta retrato entre os vários ali, com a fotografia onde se via seu pai, ainda jovem, ao lado de um senhor mais velho, que diziam ser o seu avô.

“Mas como pode ser?” perguntou o pai da menina.

Lágrimas escorriam pela face do velho senhor, pela descoberta do seu segredo, tramado para que pudesse estar um pouco mais perto do filho e neta, embora eles não soubessem.
“Como você descobriu, minha criança?”

“Foi o meu pedido de Natal, eu queria ver o meu avô!”

 

ERA NATAL

por Soraya Souto (Brasil)

Depois de horas de preparação, tudo estava como ela planejara.

A decoração, embora simples, refletia o ambiente natalino nos enfeites e cores pelo pequeno apartamento.

A mesa fora preparada para dois lugares. No centro um delicado arranjo de flores e ao lado de um dos pratos em pequeno embrulho de presente.

Começara a bordar aqueles lenços de bolso alguns meses antes, para que nesta noite de Natal fossem o presente para seu único filho.

Se vestira com seu melhor vestido, ansiosa para revê-lo depois de meses.
Caminhou até a janela, de onde podia vê-lo chegar.

Observou, na calçada do outro lado da rua, uma mulher que se encolhia na tentativa de se abrigar do vento frio. Depois de alguns segundos, percebeu que ela abraçava o pequeno filho, envolvendo-o em seu próprio casaco. “Ela devia estar em casa”, pensou.

Consultou novamente o relógio. O filho estava atrasado.

Na cozinha, retirou da embalagem uma garrafa de vinho e a levou para a mesa. Gastara além do que podia, mas era Natal…

Uma hora depois ainda estava à espera, indo de um lado ao outro, verificando inúmeras vezes o que tinha preparado.

Enquanto aquecia a água para um chá, voltou até a janela.

Apesar do frio, a mulher continuava no mesmo lugar, ainda segurando a criança.

Inesperadamente, levantou a cabeça e a encarou curiosa. Olharam-se por alguns minutos, uma comunicação muda e compreensível apenas às mães.

“Ela precisa de um chá…”

Desceu rapidamente as escadas, abriu a pesada porta e acenou chamando-os para dentro. A mulher pareceu hesitar por um momento, mas apertando ainda mais o filho, atravessou a rua com cuidado e se aproximou.

Subiram ao apartamento em silêncio, ela na frente, com passos apressados. No calor da sala mostrou o surrado sofá, enquanto servia duas xícaras de chá e colocava na mesinha ao lado. Para a criança trouxe uma manta de lã que fora do filho, e por anos era guardada na gaveta do quarto.
Sentadas lado a lado, se tornaram amigas nesta noite de Natal.

Dividiram o chá e depois o jantar. Falaram de vidas diferentes e dores iguais, filhos que vem e vão, companheiros que não iriam voltar…

O magro menino dormia pesadamente no sofá, como se sonhasse nesta noite, que é também das crianças, com luzes e presentes que viriam.

Quando os primeiros raios de sol atravessaram a janela, ela guardou o presente que preparara, desfez a mesa e observou triste seus dois visitantes. Ambos dormiam abraçados no sofá, indiferentes ao desconforto, mas aquecidos e protegidos.

Pensou em descansar um pouco. Deitou-se vestida, puxando as cobertas e fechando os olhos. Lembrou do filho, e de quantas vezes seria capaz de perdoar e esperá-lo chegar.

Não sabe quanto tempo dormiu, mas acordou se sentindo revigorada e tranquila. Alguém caminhava na sala, e isso a lembrou que tinha companhia, por isso se levantou rapidamente.
O menino estava à janela, acenando para alguém na rua. Curiosa se aproximou, vendo a mulher já longe, fugindo rapidamente.

Não precisava de explicação… era Natal.

NESTE NATAL

 por Soraya Souto (Brasil)

Naquele dia, nem mesmo a decoração festiva, ou todos os preparativos para ceia de Natal com a família, conseguiram tirar a incômoda melancolia que ela sentia.

Tinha sido um ano difícil, com as perdas do pai e o marido, os problemas de saúde de um irmão, e as dificuldades financeiras pelas quais passavam. Mesmo assim, insistira na presença da família, convidando pessoalmente cada um, e recomendando que não se atrasassem.

Durante a tarde conferiu mais uma vez a grande árvore de Natal montada na sala. Era a mesma, desde que os filhos tinham nascido, e restavam poucos enfeites, depois de tantos anos.

Quando eram crianças, sentiam enorme prazer em colocar cada ornamento, e tentavam adivinhar o conteúdo dos presentes que dia a dia eram colocados sob a árvore. Agora já eram adultos, chegavam e, enquanto esperavam o jantar, se distraíam com a televisão ou se sentavam por perto dela durante alguns minutos, mas logo se afastavam desinteressados. No Natal anterior, os netos adolescentes, tão envolvidos com seus aparelhos eletrônicos, passaram boa parte da noite silenciosos e entediados.

“Espero que estejam animados hoje”, pensou.

Depois de tudo preparado e arrumado, avaliou a pequena sala, conferindo o resultado.

Foi quando seus olhos pousaram na antiga caixa de madeira, na última prateleira da estante de livros. Não se lembrava de quando a tinha colocado naquele lugar, mas sabia que alguns anos tinham se passado, desde que olhara o conteúdo pela última vez.

Com cuidado, pegou o objeto e se sentou na sua poltrona predileta. Antes de abrir, passou os dedos pela pintura desbotada da tampa e a fechadura enferrujada.

Enquanto revia suas relíquias pessoais ali guardadas, deixou-se invadir pela emoção e saudade.

Em meio a antigas fotografias, pequenos brinquedos, lembranças de escola, desenhos dos filhos e cartões, encontrou o maço de cartas infantis endereçadas a Papai Noel, escritas em diferentes anos, e guardadas secretamente por ela. Foi relendo uma a uma, buscando na memória os momentos em que os filhos acordavam falantes, ansiosos para ver se os pedidos tinham sido atendidos, soltando gritinhos de alegria diante dos pacotes.

Mas foi um cartão, feito em conjunto pelos filhos, que provocou lágrimas e uma reflexão sobre o encontro daquela noite. Depois de algum tempo, consultou o relógio, deixou a caixa no sofá, e se preparou para a chegada da família.

Chegaram trazendo alguns presentes e, antes que ela fizesse qualquer comentário, perceberam seus pequenos arranjos.

Na antiga árvore, encontraram alguns dos brinquedos de criança, usados como novos enfeites. Sobre a mesinha de centro, as delicadas cartinhas, de forma que pudessem reconhece-las e manuseá-las. Os lindos desenhos, com figuras de Papai Noel e bolas coloridas, enfeitavam a parede.

Bastou um olhar, trocado entre mãe e filhos, para que a mensagem de carinho familiar e todo o amor que sentiam fosse, de repente, latente entre eles. Juntos releram tudo, contando aos filhos os sonhos de criança, cheios da magia do Natal em velhos tempos.

Ela percebeu, feliz, a diversão dos netos ao escutarem os pais descrevendo as primeiras tentativas de pedalar na bicicleta tão sonhada, ou a grande emoção ao ganhar uma boneca que dizia “mamá”, algo que superava qualquer fantasia infantil, naquela época. Comentaram as artimanhas do avô, naquele Natal em que se vestira de Noel, e entrara pela janela carregando um saco de presentes para surpreender os filhos. Com ingenuidade infantil, falaram daquela visita por meses, acreditando que o velhinho visitava todas as crianças do mundo.

Ao se sentarem todos à mesa, ela pediu ao neto mais velho para ler aquele cartão que separara. Embora tímido, o jovem não resistiu ao pedido, e de boa vontade leu as palavras que revelavam uma oração, escrita pelo pai e a tia, quando eram pequenos:

Querido Menino Jesus,
Proteja a nossa família,
para que todos os anos possamos estar juntos,
unidos pelo Amor e Paz.
E que sempre nos lembremos
desta linda noite de Natal!

Depois de um breve silêncio, sorrisos foram se abrindo e um sentimento de grande afeição contagiou  a todos.

“O Espírito do Natal” voltou, pensou ela.

Todos sabiam que aquele seria um Natal inesquecível…

ORNAMENTO DE NATAL

por Henrique Mendes

Ontem, eu estava colocando a iluminação na árvore de Natal.
Ainda não estamos em Dezembro, a árvore já está ficando pronta, e eu ponderava exactamente a respeito de toda esta antecipação, que pode até ser vista por alguns como sendo um exagero, principalmente por se tratar de uma casa sem crianças.

Foi nesse momento, que o fio eléctrico das pequenas  lâmpadas coloridas, mais grosso que o dos outros enfeites mais delicados, soltou do seu lugar uma linda bola prateada, grande e muito brilhante, que foi caindo pela árvore abaixo e provocou uma avalanche de pequenos enfeites coloridos que já estavam instalados.

Claro que não foi uma tragédia. Talvez até me tenha dado oportunidade de refazer melhor alguns dos detalhes e de tornar mais belo ainda aquele conjunto que, pelo menos a meus olhos, sempre tem uma beleza que me surpreende e sempre ultrapassa o que eu antecipo.

Optei por fixar o mais difícil primeiro e instalei sólidamente a iluminação. Depois, com todo o cuidado, peguei na grande bola prateada e voltei a pendurá-la na árvore, num lugar que me pareceu acolhedor e seguro para ela.

Na sua superfície prateada, muito brilhante e lisa, o reflexo distorcido das agulhas do pinheiro natalício formava desenhos esverdeados, salpicados de pontinhos brilhantes. E podiam ver-se também manchas azuis das fitas próximas e de outras bolas, e as minhas mãos mexendo-se pareciam provocar na superfície curva da grande bola uma sugestão de movimento.

Sendo esférica, parecia rodar sobre si mesma. E tornou-se inevitável, mesmo à minha mente distraída, a comparação com o nosso planeta. E quanto mais pensava nisso, mais a semelhança se tornava notável. Os oceanos a azul, a verde os espaços verdes. Branquinha na parte superior, reflexo do tecto da sala. E muitas luzinhas por toda a parte, reflexo das pequenas lâmpadas e dos seus reflexos noutras bolas da árvore. Parecia o nosso planeta, realmente.

E era tão grande a semelhança, que me afastei um pouco da árvore e me sentei por uns momentos no outro lado da sala, olhando para ela com atenção.

Claro que tinha sido uma coincidência – ou talvez não, não importava muito – mas aquela bola que caíra tinha feito com que eu olhasse com mais atenção para a árvore enquanto um todo, e depois com mais minúcia para os seus detalhes. E nessa semelhança que agora lhe encontrava com o nosso planeta, nasciam raciocínios inevitáveis sobre como tudo se encontra interligado, e como todos dependemos de coisas que nos são comuns.

Achei pequenas as manchas verdes na bola, e lembrei-me do desmatamento e da redução da superfície vegetal no planeta. Fiz paralelos com os aumentos da seca, e lembrei-me dos muitos milhões de pessoas que vivem sem água de qualidade, e de outros milhões que vivem já sem água quase nenhuma. Há poucos Natais, isso não era assim.

Depois lembrei-me de represas contendo resíduos venenosos, desabando e destruindo, na passagem de suas lamas, coisas que nos são fundamentais à sobrevivência. Matando no imediato, e contaminando para o futuro. E tudo numa dimensão gigantesca, com um alcance que ninguém previu e que põe em causa os modelos de controlo que temos.

Fiquei mais tempo do que esperaria, sentado no meu sofá, e olhando aquele planeta que bem vistas as coisas, cabe naquela bola da minha árvore de Natal. Estarrecido, vi como se erguiam ao alto bandeiras criminosas evocando fantasmas e escondendo ideologias oportunistas, sem esperanças de ganhos reais, apenas vontades de infligir perdas.

Olhei mais tempo, e vi guerras disfarçadas de religião. Vi negócios, na escassez em que deliberadamente são mantidos os empobrecidos, vítimas  duma História que alguns tentam reescrever sem o menor pudor, nem vergonha, nem sentido de verdade.
Não vi problemas insolúveis. Vi toda uma casta de políticos desnecessários, burocratas oportunistas sobrepondo-se à humanidade, absurdamente corruptos e muito distantes da vida real – que é feita de suor e dificuldades, mas também de superação, sobrevivência e de uma grandiosidade que, na sua maioria, eles desconhecem.

O que vi foi um planeta inteiro sendo mobilizado, motivado  para entrar em guerra outra vez, em vez de incitado a canalizar as suas forças para a tarefa perfeitamente possível que é o bem estar de todos. Não consegui abstrair-me do exemplo da bola de Natal. È evidente que em todos os erros e derrocadas há a oportunidade de corrigir e melhorar.
E por fim, regressei à minha árvore de Natal, ali na minha sala, feita com tanta antecedência.
A grande bola prateada que me faz lembrar o nosso planeta continua vacilante. Mas vou fixá-la  melhor para que não haja uma nova derrocada que arruíne tudo o que foi feito antes.

De qualquer forma, a árvore de Natal, assim com esta antecedência,  já fez algo que é precioso para mim: – deu-me um tempo de reflexão que acho ser cada vez mais necessário, sem pressas nem pressões, e no qual eu posso tentar distinguir o certo do é errado. Onde posso separar o que realmente é verdade, daquilo que é a verdade conveniente. Escolher entre o que realmente são os meus valores,  e os valores que querem que eu tenha.

Com esta antecedência tenho ainda tempo para pensar, e chegar ao dia de Natal liberto de tudo o que não quero para mim. E no fim do dia 24, quase à meia noite, provávelmente haverá adultos indignados com o barulho que vou fazer à janela. Vou agitar umas campainhas, bater com as mãos na mesa imitando o galope das renas e gritar “ hou… hou… hou… Feliz Natal “

Tenho a certeza que algumas crianças me entenderão, independentemente da idade que tiverem, ou da língua que falarem.

E que haja paz na terra, aos homens de boa vontade.

ASÍ TE CUENTO DE UN REGALO DE NAVIDAD

por Cony Ureña

Aún ahora, ignoro en qué año empezaron a popularizarse las muñecas Barbie, pero a mis ocho años anhelaba tener una de esas muñecas, tan flaquitas como siempre he sido; aunque aclaro, no me estoy comparando con ellas.

Los mayores comentaban que era desagradable ver una muñeca, de cara bonita (reconocían), pero de extremidades tan delgadas que era imposible se sostuviera sola por sí misma y que iba a ser una mala influencia para las niñas, si es que la querían imitar, pues querrían dejar de comer.

Llegó la Navidad, pero en mi familia se acostumbraba obsequiar a los niños hasta el 6 de enero.  Sí, en mi familia, pero en la celebración en casa de mi abuelita, varios familiares -principalmente primas y primos- recibirían regalos (provenientes del Niño Dios) en la Nochebuena pues al pie del árbol navideño había ya varias cajas lustrosamente arregladas y sabía que habría también un presente para mí.

Sí, recibí un regalo pero no era la Barbie que tanto deseaba. Con asombro vi como una prima menor abría su obsequio y ahí estaba; sí, ahí estaba la muñeca más esbelta, con sus enormes ojos azules, su pelo rubio, su vestuario de pasarela, con su permanente y perfecta sonrisa.

Mi pequeña prima lloró desconsoladamente, ¡no le gustó su Barbie!

Cuánto deseé ser menos tímida y proponer un intercambio; para consolar a mi primita (sí, ¡cómo no!). Le daría mi obsequio y obtendría la anhelada muñeca, pero la voz se me escondió en el pecho; tanto, que sentí un dolor que se convirtió en lágrimas.  Quise abrazar a la pequeña pero sus papás la estaban consolando.

Mi mamá se inclinó hacia mí para preguntar el motivo de mi llanto y solo atiné a acurrucarme en sus brazos. Me preguntó si me gustaba mi regalo y mentí; sí, mentí de lleno al afirmar que estaba realmente encantada con el osito de peluche que desde entonces iba a dormir conmigo.

Los adultos usualmente no reposaban la noche del 24-25 de diciembre, pero a los niños “nos ganaba” el sueño.  Cerré los ojos acurrucada aún en los brazos de mamá.  Alguien me llevó a una cama y soñé que al abrir mi regalo había aparecido una Barbie. Pero al despertar me encontré con la dura realidad.

Ese 25 de diciembre los adultos sugirieron que el almuerzo se realizara en La Marquesa, parque maravillosamente boscoso, donde hasta hoy alquilan caballos y hay explanadas para todo tipo de juegos, así como cabañas con chimenea y todo lo necesario para calentar o incluso cocinar la comida.  Así que en varios vehículos la gran familia se trasladó a La Marquesa, con el gran alborozo principalmente de los niños.

En la camioneta donde iba, junto a mi abuelita y mi mamá, también estaba la afortunada primita que llevaba consigo la tan ansiada muñeca.

No la trataba bien, le jalaba el pelo, le movía sin cuidado los brazos y las piernas, le quitaba y ponía las zapatillas, le rompió sus lentes para el sol … yo la veía con recelo, pensando que esa Barbie merecía el magnífico trato que yo le daría … si fuera mía.

Me faltaba valor para pedir prestada esa muñeca, así es que solo la miraba.

Llegamos a La Marquesa; los adultos eligieron el Valle del Conejo para pernoctar. Al descender de los vehículos rápidamente nos vimos asediados por los hombres que rentan caballos, también ofrecían un pony para el chiquillo que quisiera pasear en su lomo.

Vi un potrillo muy hermoso que esperaba ser rentado; me acerqué y pude ver tristeza en sus bellos ojos a pesar de que era imponente; parecía bien tratado, pero su mirada era triste. Le dirigía palabras tiernas cuando de manera abrupta me separaron de aquel caballo pues la conexión entre ambos fue tan fuerte que el equino quiso acariciar mi cara con su enorme lengua.

Reímos mucho por ese incidente, disfrutando la comida, los postres y los juegos; mi estado de ánimo mejoraba, mas de cuando en cuando echaba un vistazo a mi prima y su muñeca.  Ella jugaba con una prima mayor y las vi alejarse del grupo familiar rumbo a un arroyo.  Las seguí y al acercarme escuché su conversación. La pequeña decía que estaba inconforme con su regalo, que ella quería un “kit” para elaborar pasteles y le había llegado esa “tonta muñeca”.

La prima mayor propuso desaparecer la fea muñequilla y nada mejor que la corriente del riachuelo para que se la llevara lejos, muy lejos.  Con esa desaparición, los papás de la pequeña tendrían que consolarla y ella pediría la estufa y horno que tanto ambicionaba.

Mis primas no se dieron cuenta (o no quisieron hacerlo) de que a poca distancia me encontraba yo que disimulaba buscar algo en el piso terregoso pero estaba al pendiente de sus acciones.

Llegaron a una colina de poca altura donde el agua del arroyo caía hacia el otro lado de esa elevación; podía escuchar el sonido del agua, me pareció que era una cascada.  Corrí hacia el sitio donde podría rescatar a Barbie, si es que su dueña se deshacía de ella.

Sí, era una pequeña cascada que permitía que el agua corriera más velozmente cuando se convertía otra vez en arroyo.  Vi a mi prima mayor arrojar la muñeca desde lo alto; vi a Barbie desaparecer en el torrente y reaparecer cerca de donde yo estaba.  En ese momento se oyeron gritos llamando a las niñas que se habían alejado de la cabaña y vi que en lo alto mis primas ya no estaban.  Fueron segundos preciosos que perdí para rescatar a Barbie.  La vi que flotaba boca arriba; pero ya estaba fuera de mi alcance, ese viaje la estaba desgastando, temí que perdiera su ropa o su larga cabellera, incluso podría perder sus brazos o piernas.  Corrí a lo largo del riachuelo que me parecía caudaloso. Seguí y seguí, sin perder de vista a la deseada muñeca.  Llegamos (Barbie y yo) a un trecho donde el agua se detenía un tanto y entonces me metí a lo que llamaría un estanque, con zapatos y calcetas; lo importante era rescatar el preciado juguete.

El fondo era lodoso y resbaladizo; por fortuna, el agua me llegaba a las rodillas, aunque estuve a punto de caer y por supuesto que mi ropa estaba mojada. Era un pantalón de mezclilla con un peto, llevaba un suéter también.

Cada vez que parecía podía alcanzar a Barbie, se me escapaba, llevada por la corriente que movía el agua. Pensé que eso era lo que la muñeca quería, al sentirse desechada. Se dejaría ir por ese riachuelo que seguramente llegaba a un río mayor y ese río tal vez la llevaría al Océano Pacífico o al Golfo de México; todo eso cavilaba mientras permanecía empapada en esa alberca natural con fondo de lodo que me hacía resbalar.

Hice un esfuerzo más y la alcancé; por fin Barbie estuvo en mi mano.  Con grandes trabajos regresé a la orilla; me senté muy contenta en la tierra, revisé los estragos que sufría Barbie. Pronto oí los gritos de los familiares que habían venido a buscarme.

Después de la alegría de haberme encontrado, empezaron los regaños por mi imprudencia … “¿cómo se te ocurre escaparte?”, ¿no sabes que tu madre está angustiadísima?”, “¿cómo es que estás hecha un desastre”?, “¿te metiste o te caíste al agua?”, ¿qué tal si te hubieras ahogado?”, “¿por qué tienes la muñeca de tu prima?”.

Me di cuenta que estaba en riesgo de ser castigada de muchas maneras; desde una “pela”, hasta dejarme sin “Reyes”.  Pero lo que más me importaba es que había salvado a la maltrecha Barbie, quien había perdido sus pulseras y zapatillas. Sentí que tenía derechos sobre ella. Contaría a los mayores lo sucedido y la muñeca sería mía, por siempre.

En la cabaña me retiraron la ropa, zapatos y calcetas mojadas, todo sucio por el lodo; fui cubierta con frazadas.  Recibí un masaje con alcohol y me acercaron al fuego de la chimenea. Nunca solté a Barbie de mis manos pero la prima mayor, quien había arrojado a Barbie al riachuelo, vino hacia mí y me la arrebató. Se la devolvió a la pequeña quien me miraba desconcertada.  Dijeron que por accidente  se les había caído la muñeca al riachuelo y que no sabían cómo había llegado a mí.

Creí que habían apagado la luz pues todo lo veía negro. No supe más. Hice un viaje a un mundo desconocido; sentía mucho calor, después mucho frío, veía unos pequeños autos de carreras que circulaban a toda velocidad por las paredes; estaba delirando. Oía gente murmurando, sin entender lo que decían; otras veces escuchaba el silencio.

Desperté en una habitación de hospital, con paredes blancas y también alba ropa de cama.  Vi el rostro sonriente de mi mamá; ella dijo, “despertaste”. Pregunté por qué estábamos ahí … “tuviste mucha fiebre y temimos que te deshidrataras, pero ahora estás bien, solo te faltaba despertar”.  Creí que había estado enferma varios días; ¡no, no!, solo habían sido 24 horas y aún estábamos en la semana de la Navidad.

Mi madre me contó que mis primas, al verme caer en cama, habían confesado que arrojaron la muñeca al agua y que -de alguna manera- yo la había rescatado.
Recordé mis peripecias y quise refugiarme en los brazos de mi mamá pero del lado derecho me lo impidieron las conexiones del suero y del lado izquierdo, una pequeña muñeca se deslizó sobre las sábanas blancas … era Barbie, restaurada en toda su belleza pues mi mamá le había comprado un nuevo vestido, arreglado el cabello, repuesto sus zapatillas y agregado un lindo bolso de mano.

Le dije a mami que reharía mi cartita a los Reyes Magos … con las mamás no hay que extenderse en explicaciones, creo que ellas entienden bien los por qué; pero eso sí, muy seria me dijo que no haría falta esa carta, porque no habría “Reyes” para mí por el susto que les había dado.

Mi madre volvió a sonreír y fue entonces que me pidió que le platicara, lo que ella adivinaba había sido mi aventura completa, con lujo de detalles, de cómo rescaté esa muñeca que su antigua dueña me había donado y que al fin fue mía desde esa Navidad.

P.D.- Texto dedicado a mi mamacita, a casi un año de su partida hacia las estrellas.

SORPRESA NAVIDEÑA

por Martha Larios (México)

Bendita sea la fecha que une a todo el mundo,
en una conspiración de amor
Hamilton Wright Mabie

Era la fría mañana antes de Navidad, Luna se encontraba ofreciendo los productos para su venta, de pronto frente a su mesa, vió a una mujer de impredecible edad, estatura mediana, complexión regular, cabello rizado rubio hasta los hombros, cara redonda y unos hermosos y brillantes ojos verdes, en los que fácilmente se podia leer la riqueza de su alma.

Y le dijo… sabía que si venía aquí, te encontraría, y la abrazó con gran familiaridad. Luna pensaba, soy buena fisonomista, pero francamente no recuerdo a esta persona. Dónde la conocí?

Y como si la extraña leyera el pensamiento, dió la respuesta, se que no me reconoces, pero no importa, solo vine a ayudarte, me permites? Solo necesito que me acompañes cinco minutos al pequeño jardín del fondo.

Con gran confianza y sin dudar o pensar, la acompañó, aun sin recordar quien era. Empezó a frotar sus manos, le regaló energía pasando sus manos por su cuerpo, de cabeza a pies, sin tocarla, pero podía percibir algo hermoso e inexplicable.

Regresaron al lugar de venta. Luna, en agradecimiento le obsequió unos aretes, que la extraña se puso inmediatamente, diciendo con gran alegría, que los usaría siempre para recordarla.

De pronto dijo… ah también tengo algo para tí . Y sucedió algo extraño, empezó a buscar en su cabellera, revolviéndola por todos lados con las dos manos. De pronto dijo.. ah, aquí está, extendió su brazo y pidió… pon tu mano derecha, recibe mi regalo y siempre llévala contigo.

Era una hermosa pluma azul de ave, con reverso rojo. Estaba tan sorprendida, que no acertó a decir nada. Mientras ella le dijo adios, le lanzó un beso, salió corriendo y subió al autobús de excursiones que esperaba frente al edificio.

Luna, de pronto reacciona y piensa, ¡que lástima!, no le pregunté y no se nada de ella, su nombre, de dónde viene, quién es? dónde nos conocimos? Surgieron mil preguntas sin respuesta.

Decide salir corriendo a buscarla. Se acerca al autobús y le pregunta al conductor, disculpe busco a una persona, puedo subir?. Claro que si. La busca entre todos los viajeros, y no logra encontrarla.

Quién es o cómo se llama?, pregunta el chofer.
No se su nombre pero es… y empieza a describirla. Para su sorpresa, le informa, lo siento pero nadie con esas características ha viajado con nosotros.

Y desde entonces, la pequeña pluma sigue en su cartera, esperando que algún día se aclare el misterio.

POSADAS NAVIDEÑAS EN EL ALBERGUE DE ANCIANOS CRISTO REDENTOR

por Jorge Sierra (México)

En una hermosa Ciudad, existe un grupo ejemplar de hombres y mujeres que les ha dado por cuidar y llevar felicidad  a  esos ancianos que, hoy día, por uno u otro motivo, han quedado en el olvido a causa de la ingratitud de aquellos seres queridos que, por años, vivieron a expensas de ellos y que al llegar a la vejez, los miran como un estorbo.

Este grupo de gente tan bondadosa, poseedora de un enorme corazón, año con año festejan llevándoles alegría y paz a cuanto asilo de ancianos existe en esta hermosa Ciudad. Y esta vez lo han hecho en forma espectacular, pues a bien se organizaron y no dejaron pasar ni un solo mínimo detalle que no hubiese dejado de dar mayor calidad de vida a quienes por hoy sufren de un abandono total por parte de los que un día los supo explotar.

Sepan quienes este cuento leen que este grupo se inició a partir de que un buen día una niña preguntó a papá y mamá que juntos a sus abuelitos en un albergue visitaron. El por qué ahí los tenían tan solitos y olvidados, lo cual a esta pregunta ni uno de ellos contestó en ese momento.

María Fernanda es el nombre de la niña que intrigada no pudo olvidar el suceso y al llegar y entrar a casa les dijo a mamá y papá: “-Este año, en mi cartita le pediré al niño Dios y también a Santa Klaus que no me traigan juguetes, pues los deseo cambiar por un enorme deseo el cual siento, pienso y creo no me lo pueden negar, ya que lo que más yo quiero es que vengan a cenar mis abuelitos a casa y así los pueda abrazar y decirles que los amo como a ti, mamá y a ti, papá.

Y han pasado muchos años que los padres de Fernanda formaron un grupo de voluntarios que han venido trabajando en forma por demás tenaz en obtener los recursos para que todos los años en los albergues de ancianos Santa Klaus y el niño Dios por ellos sean esperados.

Este año fuimos invitados mi esposa Guadalupe y yo, el tio JAS, a asistir a los eventos y con gusto digo a todos lo que hemos podido observar:

PRIMERA POSADA DÍA 16

Se empezó con los rezos y con cantos de alabanzas en una hermosa Capilla, adornada con gran esmero y  cariño, a Dios Cristo Redentor. Después de cada misterio la comunidad cantaba y he aquí lo que esta noche, nos tocó a bien disfrutar.

Después del primer misterio los escuchamos cantar este canto consagrado al Cristo de aquel lugar:

Cantemos al amor de los amores
Cantemos al Señor
Dios está aquí
Venid adoradores
Adoremos a Cristo Redentor.
Gloria a Cristo Jesús
Cielos y tierras
Bendecid al Señor
Honor y gloria a ti
Rey de la gloria,
Honor por siempre a ti
Dios del amor.

Segundo misterio:

Tú reinarás, este es el grito
que ardiente lanza nuestra fe,
Tú reinarás Oh rey bendito,
Pues Tú dijiste reinaré.
Reine Jesús por siempre
Reine su corazón
En nuestra Patria y nuestro suelo,
Que es de María la Nación.
Tú reinarás, reina ahora
En nuestra casa y población
Ten compasión del que te implora
Y acude a ti en la aflicción.

Tercer misterio:

Bendito, bendito, bendito sea Dios
Los ángeles cantan y alaban a Dios
Yo creo firmemente
Que estás en el altar,
Oculto en la hostia
Te vengo a adorar.

Viva, viva Jesús de amor
Viva, viva mi salvador!
Viva, viva Jesús de amor,
Viva, viva mi salvador.
O Jesús, tiernecito, ejemplo de candor
O precioso hermanito, eres Tú mi Señor.

Cuarto misterio

Las pajas del pesebre
Niño de Belén
Hoy son flores y rosas
Mañana serán hiel.
Vamos pastores vamos
Vamos a Belén
A ver a ese niño
La gloria del edén
A ver a ese niño
La gloria de Belén.
Ese precioso niño
Yo me muero por El
Sus ojitos me encantan,
Su boquita también.
Su padre lo acaricia
Su madre mira en Él
Y los dos extasiados
Contemplan aquel ser
Y los dos extasiados
Contemplan aquel ser.

Quinto misterio:

Noche de paz,
Noche de amor,
Todo duerme en derredor,
Entre los astros
Que esparcen su luz,
Viene anunciando al niñito Jesús.
Brilla la estrella de paz;
Brilla la estrella de amor.
Noche de paz,

Noche de amor,
Oye humilde el fiel pastor,
Coros celestes que anuncian salud
Gracias y gloria en gran plenitud.
Por nuestro buen Redentor,
Por nuestro buen Redentor.

Ya terminado el rosario y muy bien organizados nos formamos en dos grupos. Uno que salió de la capilla, en tanto otro se quedó.

De inmediato se escuchó una voz decir:

Humildes peregrinos, María y José,
Mi alma os doy con ella mi corazón también.
Una bella pastorcilla caminaba por el río
Y como bella rosita va cubierta de rocío
Pastorcita virgen, gloria de Belén
De un Príncipe madre  y también de un rey.

Y con fuerte canto de los que estaban afuera escuchamos que empezaron a entonar esta canción:

En nombre del cielo, os pido posada
Pues no puede andar, mi esposa amada.
A lo que los que nos encontrábamos por dentro contestamos:
Aquí no es mesón, sigan adelante
Yo no debo abrir, no sea algún tunante.
A lo que los de afuera, nuevamente contestaron y así se siguió intercalando las contestaciones:
Posada te pide amado casero
Por solo una noche, la reina del cielo.

Pues si es una reina, quien lo solicita
Cómo es que de noche, anda tan solita?

Mi esposa es María, es reina del cielo
Y madre va a ser, del Divino Verbo.

Eres tú José, tu esposa es María?
Entren peregrinos no los conocía.

Dios os pague señores, vuestra caridad
Y los colme el cielo de felicidad.

Entren santos peregrinos

Reciban este rincón
No de esta pobre morada,
Si no de mi corazón.
Esta noche es de alegría
De gusto y de regocijo
Porque hospedamos aquí
A la madre de Dios hijo.

No omito decirles amigos/as lectores, que en ese lugar de oración los ancianitos, año con año, acostumbran ellos construir un hermoso pesebre y adornar un árbol de Navidad, por cierto de gran belleza, por sus foquitos y esferas y el cual siempre ellos lo ofrendan al pie del bendito altar.

Continuamos aquel festejo rompiéndose tres piñatas, que llenas estaban de ricos dulces y de muy variadas frutas.  Seguidamente degustamos los platillos, en los cuales disfrutamos exquisitos bocadillos.  Y estando en plena convivencia  fue que escuchamos cantar a uno de aquellos viejecitos una hermosa melodía que muy seguramente en días de su juventud pudo cantarle a la novia que al parecer no  olvida. Hubo otro que aún con paso lento, se atrevió a decir bello piropo a una viejita, que guapa lo estaba invitando a bailar y al estar a media pista su risa él no se pudo aguantar cuando un reguetón le avisa que eso tendrá que bailar. Pero a pesar de quien diga que no iba a poder gozar, los viejitos lo vacilan y se mueven sin parar causando gran alboroto en quienes los miran danzar.

En este que fue el primer día de festejo, se les dice a todos ellos: ”- Redacten una cartita pidiéndole a Santa Klaus los favores que requieran, mas no le pidan licor- ya que si esto sucediera se molesta el niño Dios que en el pesebre esa noche a ustedes les dará sus bendiciones y los cubrirá de amor.

“-Sus cartas han de ponerlas- les dijo doña Fernanda- bajo el árbol Navideño que con trabajo y empeño lo han hecho entre todos.”

Mas don Rómulo pregunta ¿y porqué será en el techo? Si no lo puedo alcanzar, mejor lo dejo en mi lecho a vista de Santa Klaus. Y todos le empezaron a aplaudir, pues saben muy bien que al sordo se hace las veces que lo mandan a barrer pero escucha con placer cuando es llamado a comer.

Don Isidro que por su avanzada edad se había quedado dormido, escuchó que alguien le dijo otra vez vas a roncar y cual niño consentido en sueños lo pudimos ver llorar.

Prosiguió Doña Fernanda quien a todos ella dijo, viejitos chulos preciosos y ustedes hermosas princesas, para mañana deseo empiecen a leer sus cartas y solo lo habrán de hacer quienes así lo deseen.

Todos estaban de acuerdo y Panchita esto propuso, que en los ocho días que faltan se dieran a conocer, las peticiones que a Santa, cada quien le iba a hacer. Mas se paró Don Facundo y con voz entrecortada pero aún muy entendible dijo a la comunidad:   “-sabemos que entre nosotros hay quienes  queremos ser bardos y deseamos escuchar mucho de lo que pensamos”.” ¡Cierto!”- gritó Don Rufino- “ -Y esto lo habremos de hacer al final de nuestras cartas”. ”- ¡Bravoooo! – gritó Don Fidel, quien aún no había comido ni mordido su pastel.

El número de ancianitos que en el albergue conté, cuando los vi sentaditos solo fueron treinta y tres, diecisiete las mujeres y hombres sólo dieciséis.

Marcaba el reloj las veinte horas y el frío comenzó a calar y se fueron retirando, mas no sin antes rezar ante la imagen del Cristo que Patrón es de este hogar.

Todos con sumo respeto besaban a María Fernanda y a quienes  con ella alegraban este divino lugar, dándonos las buenas noches sin no antes preguntar la hora en que mañana nos íbamos a presentar. Escuché que Doña Imelda con potente voz gritó mañana a las cinco estaremos, nadie nos vaya a fallar pues empezará el rosario en honor de nuestra Virgen, que madre es del Divino Niño que nacerá en el portal.

Fue así que de esta manera yo me fui involucrando al mirar a estas personas sus metas ir alcanzando, y a partir de aquel momento de enorme felicidad, no falté ni un solo día en los cuales no podía dejar de reír y en ratos también llorar.

SEGUNDO DÍA DE POSADA.  DÍA 17.

No lo olvidaré jamás, pues por la puerta de entrada escuché a alguien cantar bellos cantos de alabanzas al Cristo de aquel Lugar. Todos muy ordenaditos empezamos a rezar el rosario que a diario lo íbamos a realizar. Y al finalizar un misterio nos poníamos a entonar lo que la rezadora cantaba. Al término del rosario,  con toda aquella alegría  que ocultar nadie podía, pasamos por los platillos que mucha gente obsequió y  se empezaron a leer las cartas. A a Doña Sara tocó ser la primera en la lista en decir que es lo que ella a bien había pedido. Y comenzó diciendo así:

Tú mi amigo Santa Klaus a quien de niña atendiste, cuantas veces yo en mis cartas te pedí muchos juguetes. Hoy sólo voy a pedirte que le ruegues a Dios Cristo que bendiga a estas gentes que aunque no son mis parientes nunca me echan al olvido y me hacen sentir que vivo  y demuestran que conmigo son felices.

Y a ti mi Divino Niño sólo deseo decirte que:

Le doy gracias a la vida, doy gracias a mi Padre Dios, le doy gracias a mi madre, le doy gracias al amor. A la vida por cuidarme, a Dios porque Él me la dio, a mi madre por engendrarme, y al amor porque enamorada estoy.

Que nos diga ella de quien. ¡Que nos diga si está aquí! – fue la pregunta que muchos  que  de labios de Doña Sara sólo querían oír. Y su respuesta fue inmediata y no hubo más que reír al escucharla decir: “-Compañeros, compañeras, hablo del Señor Agustín”. El que con gran rapidez se inclinó y le respondió que él, también,  se había enamorado de ella.

“-Qué  guardado lo tenían!”- les gritó por ahí María que junto a ella sentada, la abrazaba Don Rufino.

Y así de esta manera se fueron leyendo las cartas, de las cuales escuchamos las de Rómulo y Panchita, las cuales se redactaron con cariño y en teresa. Al término de las lecturas se escucharon fuertes aplausos.

Esta vez dieron las nueve de la noche pa´empezar a despedirnos, no sin antes recordarnos  la cita para mañana.

TERCER DÍA DE POSADA

Nadie faltó al compromiso y si acudieron más gentes que se integraron a estos festejos, dando así un mayor realce a los rezos y a los cantos.

Al término de cada misterio, tal como en días anteriores, pudimos escuchar nuevos cantos  de alabanzas en honor  al Divino Niño Jesús.

Terminando los actos litúrgicos, y siguiendo la tradición, se llevó a cabo la degustación de bocadillos en tanto un grupo musical amenizaba el ambiente. Se siguió con las lecturas y tocó al viejecito Isidro quien aún no se dormía y con voz un tanto ronca dio inicio así a su cartita:
Mi gordete Santa Klaus, en nombre de mis compañeros y compañeras, yo Isidro te doy las gracias por darnos la oportunidad  que aún nos brinda la vida para enviarte nuestras cartas, que a bien sabemos no dejarás de leerlas  a pesar de la carga tan enorme de trabajo  que todos los niños del mundo año a año a ti te dan.

Y a ti mi Divino niño te pediré lo de siempre en cada año que me dejes recordar a esa estupenda mujer a la que por años pude amar y hoy a mis noventa y tres no la he podido olvidar.
Al terminar Don Isidro, muchos con lágrimas en los ojos le empezaron a aplaudir, lo cual motivo a este hombre a gritar “. Te amo en donde quiera que estés Lucía y tengo presente que un día ya no muy lejano por fin yo te alcanzaré”.

Le toca a usted Don Facundo, sonriendo dijo la Señora Fernanda, espero que no nos pida ser el novio de Sofía.

Bueno: Empiece por favor.

Gracias mi querida audiencia y espero que a bien sonrían ya que aquí he de pedirles la mano de Doña Fernanda, ya que a mi amiga Sofía  es Carlos quien la adormece en su silla al contarle diariamente historias de policías. Brotaron las carcajadas y la Señora Fernanda acercándose hacia él le dio un beso y le dijo  creo que eso lo pensaré seriamente.

Con esto voy a empezar dijo Don Facundo:

Mi buen papá Noel las cosas materiales poco a mí me han  importado, mas hoy mi deseo es pedirte y si es que lo puedes hacer que el día 24 en la noche no falten las ollas y la sartén con sus exquisitos pavos, macarrones y jerez. No mandes otro licor pues el alcohol mi buen Santa, a un hermano me mató, siguió el ejemplo de un tío quien por briago se murió.

Hoy aprovecho para decirles que al Niño Dios le pedí  que en este albergue de ancianos todo sea felicidad y nos de sus bendiciones y nunca nos falte el pan.

Se levantó de su asiento María, mujer que aún presumía tener negra cabellera y sin preámbulo ni nada  su cartita ella leyó.

Los aplausos no dejaron de escucharse por más de un minuto, después del cual tocó el turno a Don Rufino que con una voz muy triste empezó así su lectura.

Perdón pido a los presentes por lo que voy a decir, y espero no se molesten y respeten mi sentir. Yo a Santa no lo conozco ni tampoco creo en él, pues mientras viví mi infancia nada me pudo traer, motivo por el cual me abstengo de pedirle un favor, pues la creencia que tengo creo me da la razón.

Marcando en el reloj las nueve, y al igual que la noche anterior, nos fuimos despidiendo no sin antes recordarnos el compromiso que se tenía para el día siguiente.

CUARTO DÍA DE POSADA 19

Por poquito no llegaba, pues el taxi que pedí para mi servicio, por el tráfico abundante, muchas, veces se trababa. Pero por fin, vi realizado mis sueños y llegué justo al momento en que empezaban los rezos. Escuchamos de nuevo entre  misterio y misterio cantos de alabanzas al niño Dios.

Al término del rosario ya formados y bien organizados pasamos por los platillos, que muy ricos y surtidos nos los iban obsequiando. Tamalitos, espagueti y un sabroso sandwichón con agua de tamarindo, obsequio de Espiridión. Las piñatas se rompieron y entre brincos y empujones los dulces se recogieron, sin pensar que Doña Martha sin querer se cayó al suelo, justo sobre de Don Luis, que sonriendo y muy feliz le dio un abrazo y un beso.

Le tocó el turno a Fidel, quien de inmediato se puso a deletrear y a leer  lo que ni él mismo entendía, motivo que causó gran risa a todos los presentes. Le dijo a Doña Luisa: “-Lea lo que dice acá.”- Y entregándole su carta pronto se quiso sentar, mas no miró que en su silla Sofía se fue a acomodar  y en sus piernas él caía sin poderlo remediar.

Luisita empezó con la lectura no sin antes explicar, que a Fidel si lo entendía pues la quiere enamorar.  Y él escondiendo la cara no la quería mirar, pues por ella suspiraba y todas las noches soñaba que ella es su Sirenita de mar.

Huya, huya y requete huya se le escuchaba decir a todos los viejecitos que aplaudían sin oír, que les pedían silencio para poder proseguir. Doña Marina intervino y dijo

“-Hay que irnos a dormir, y así mañana sin falta otros podrán presumir de sus escritos y cantos que todos podremos oír”.

La Señora Marina, quiero que sepan, directora es del albergue y a la cual todos la adoran por bondadosa y alegre.

QUINTO DÍA DE POSADA. 20 DICIEMBRE

El viejecito Jesús  fue quien desde tempranito en la puerta de la entrada se acomodó y se sentó a dar paso a quien llegaba. Hombre de gran estatura y de una fija mirada, poeta y compositor y toca bien la guitarra.

Terminando con los rezos se ofrecieron los platillos y le toco a Don Jesús leer su carta a Santa Klaus y en la cual muy brevemente dijo así al hombre barbón: Por favor papá Noel espero que tú te acuerdes, tal como lo he hecho yo, cuando hace sesenta y nueve años en la carta que escribí te pedí como mascota un hurón que nunca vi, pues fue justo en esos días que a mi padre vi partir hacia el mundo de los muertos de donde jamás oí decir que volvería a nuestro lado.

Hoy tengo setenta y nueve, los acabo de cumplir, pero Santa aún deseo la mascota que pedí y así poder confirmar si es cierto que mucho amor hay en ti.

Al término de su lectura se escucharon las notas incomparables de un mariachi que acompañó en sus canciones al buen viejito Jesús, melodías de su autoría y que fueron bien coreadas  por el coro de ancianitos y ancianitas que entusiasmados decían viva, viva Don Jesús.

Esta noche no hubo más tiempo de seguir leyendo cartas, por lo cual todos dijeron “dejémoslo para mañana!”, así que muy buenas noches y a descansar a sus camas.

SEXTO DÍA DE POSADA. 21 DE DICIEMBRE

El ambiente y la alegría causaban me algarabía pues veía a los ancianitos caminar con energía, sin que hubiesen de quejarse de sus dolencias del día.

Al terminar el rosario la dulce mirada de Patricia nos hubo de contagiar pues nos causaba gran risa cuando ella, carcajeándose decía, lo que pedía a papá Noel y al Divino Niño Dios

Al término de su intervención el tío Jas y  Lupita, juro que quedamos anonadados al mirar  cómo todos los presentes se iban poniendo de pie para brindarle un fuerte aplauso.

Junto a nosotros, Martina y Soledad, suspiraron fuertemente  y una de ellas comentó diciendo muy tristemente, si mi esposo aún viviera también  le diría lo mismo.

En esos precisos momentos empezó alegre bailongo
Y sin formarse parejas se echó relajo entre todos. Fue una de esas tantas noches que presumo haber gozado admirando a aquellas gentes disfrutar de ese agasajo.

SÉPTIMO DÍA DE POSADA. 22 DE DICIEMBRE

No se veían caras tristes y todos me sonreían y al saludar me decían cómo está, señor tío Jas. Yo estoy al igual que ustedes esperando disfrutar de una velada divina que no dudo que esta noche sólo Dios nos la dará.

Rezamos, después cenamos en tanto un trío tocaba melodías de los cuarentas  que hacía tiempo no escuchaban. Ahora sí ¿a quién le toca? preguntó Doña Fernanda, que con hermoso peinado esta noche aquí llegara.

Tocó el turno a Don Enrique y comenzó a leer así:

Santa, si tú puedes traernos el mero día veinticuatro unas canastas con fruta, con dulces y chocolate, te lo hemos de agradecer y ¡ah¡ le pondrás también pistachos.

Continuó hablando Don Enrique y sonriendo dijo así: aquí a todos los presentes sólo les quiero decir, no deseo ver caras tristes y me tendrán que escuchar contarles dos buenos chistes que sinceramente espero les puedan hacer reír.

Empezaré con uno de Pepito:
La maestra le pregunta a Pepito
-Pepito. ¿Cómo se dice en inglés:
El gato se cayó en el agua y se ahogó?
-Fácil maestra: the cat cataplum in the wáter glu glú glu
And not mas miau miau.

Jajajajajajaja.
Y continuando con otro, empezó diciendo así:

————–0————

Bueno, iba Jesús y San Pedro en un auto por la ciudad, cuando San Pedro dice:
– Maestro mira, ¿allí esta Lázaro?
– Pues, le vamos a dar un buen susto.
Dicho y hecho, acelera Jesús el auto y atropella al pobre Lázaro, levantándolo por aires. Entonces Jesús frena el auto y retrocede hasta donde está el cadáver,  y secando la cabeza por la ventanilla dice:

-¡Lázaro¡ ¡levántate y camina!

Pero el muertito no le hace caso, Jesús repite lo mismo….

-¡Lázaro! ¡Levántate y camina!

Y el muerto seguía cadáver… Jesús, ya medio preocupado, se baja del auto y va hasta donde el muertito, lo ve y regresa corriendo al auto y dice:

-¡Pedro, vámonos de aquí rápido, que ese no era Lázaro!

Jajajajajajaja. Y se escuchó fuerte ovación.

Tocó el turno a Doña Martha, mujer de una gran estima que por sacarse la espina a todos nos preguntó  si alguien ya conocía  aquella historia tan triste que a ese albergue la llevó, todos dijeron que no, pues ella no había querido decir lo que había sufrido en pocos años atrás.
Pues bien, hoy mismo les contaré, sin que escrito y bien plasmado se encuentre en una carta pues no sé escribir ni leer.

Hoy digo aquí ante ustedes no divulguen lo que hoy les contaré, ya que a nadie le he dicho este secreto, mas es tiempo de que lo deba decir. Solamente un gran favor les pido sólo escuchen sin tratar de interrumpir, ya que algunas de mis revelaciones a los que amo los puede hacer sufrir. Y en realidad nos contó una historia de vida difícil de creer.

Cristina, Soledad, Sandra y Leonor no quisieron, por pena, pasar a leer sus cartas.
Felices ese día todos quedamos y en fila nos podíamos despedir de todos los viejitos y viejitas que al irse no hacían más que recordar que al día de mañana le tocaba ser noche de posada regional.

OCTAVO DÍA DE POSADA. 23

Fue una noche inolvidable pues pudimos asistir, cerca de 120 gentes que ataviados con el traje regional, engalanó a la capilla de ese bendito lugar.

Se empezó con el rosario, acompañado de cantos y al término de todo ello, se sirvieron los platillos obsequios de Don Joaquín, hombre de mucho dinero y de enorme corazón y que además fue el primero en bailar una jarana, siendo su dama Susana que con buen ritmo bailó.

Esta noche regional no hubo un ser que no gozara esas rítmicas jaranas que a los ancianos gustaba. Más lo más emocionante y divertido fueron las bombas que se escucharon en voces de muchos de ellos.

Se dijeron en gran número mas no todas me aprendí, pero les diré algunas con las que mucho reí.
Susana fue la primera, que un piropo clavó a Don Carlos, que al parecer quedó mudo y no supo cómo pudo contestar tal confesión.

Susana dijo:

Si Don Carlos hoy quisiera
entregarme el corazón,
mi duda es que si él pudiera,
controlarme mi pasión

Don Carlos le contesta:
Susanita a mis noventa
y tú a los ochenta y seis,
te diría  mi cenicienta
dormidito está otra vez
Jajajajajaja.

Celia le dijo a Don Luis:
A Don Luis lo veo seguido
que se afloja el cinturón
y lo oigo decir afligido
¿Dónde estará ese cabrón?

Don Luis le contesta Celia:

Celia me vive espiando
y aun no sé por qué razón,
mas presiento que anda viendo,
si aún canta mi gorrión.

Jajajajaja.

Tanto Lupita como yo no podíamos creer  que a la edad de aquella gente aun podían responder  sin trabas de ninguna especie. Esa bella noche fue tan agradable que duró, no sé, tal vez, hasta las dos o las tres en que ya nos retiramos, no sin antes recordarnos que hoy íbamos a empezar a las ocho de la noche nuestra última posada, la cual ya preparada de sorpresa se encontraba.

NOVENA POSADA 24

Fue en punto a las ocho de la noche cuando se inició el rosario  y hoy sí, todos nos vimos cantar las canciones navideñas que no podían faltar.

Acabándose el sagrado rosario se dio inicio a la santa misa, siendo justo las 10:30 p.m el sacerdote en su homilía nos dijo: feligreses esta noche en la que el mundo celebra un aniversario más del nacimiento de ese divino niño que nació en un portal, el tío Jas ha preparado este mensaje especial para todos vosotros.

Hermanos en Cristo:

A veces me he preguntado el  porqué la humanidad desprecia y olvida el anciano que siempre los quiso en verdad. Mas a quienes a estas cosas hacen, no se les debe olvidar que con el paso del tiempo  ya muy pronto ha de llegar a una edad en que su cuerpo no lo habrá de perdonar y brotarán las arrugas que los años han de dar.

Se volverá como un niño, el que se debe cuidar, dándole amor y cariño y no tratándolo mal. Sin embargo en esta vida vemos que hay tanta maldad y en vez de darles cuidados son tratados con maldad. No olvidemos, que cuando uno es recién nacido nos cuida mamá y papá, nos cambian los pañales  aunque cagados están, nos agarran de la mano y así poder caminar y enseñarnos que en la vida siempre debemos luchar. Nos dejan con los abuelos pues tienen que trabajar y estos con mucho cariño nos dan su amor paternal.

Eso sí: los abuelos consienten las travesuras de los nietos a su edad, los cuidan con gran ternura y les hablan con verdad.

Divino niño Jesús dale la luz a los hijos o a quienes los puedan cuidar y así nunca le nieguen cariño a un ser de avanzada edad, bríndele amor y esperanzas, no lo abandonen jamás, pues quien es agradecido con amor lo premiarán. Hermanos, no se fijen del viejito o de la viejita que dejó de caminar y que por gracia divina alcanzó la ancianidad. Y recuerda y nunca olvides que dice un dicho por allí que el que ama en esta vida, correspondido será.

Por otro lado, es muy cierto Dios perdona pero el tiempo no lo hará pues en tanto que él avanza te acercas a tu final. Muy a menudo se escucha decir que un anciano estorba ya y nadie lo quiere a su lado porque apestando  está. Esa gente tan ingrata que así se suele expresar, no tendrá en cuenta que un día la vejez lo ha de alcanzar y es entonces cuando diga que es muy cierto y es verdad, que la vida si castiga a quien no ha sabido amar.

Miro aquí gente joven a quienes quiero decir,  nunca olviden jovencitos que como me ven se verán y si Dios les presta vida a viejitos llegarán, será entonces cuando ustedes quizás puedan disfrutar de mucho amor y atenciones si así lo supieron dar.

Adorados viejecitos y viejecitas, ustedes no se sientan mal ya que gozan de la dicha de a ver llegado a ese edad, la que sabes que un día tendrá un hermoso final bajo un puñado de tierra donde habremos de acabar.

Abuelito y abuelita: si tú eres de aquellos o aquellas que aun cargan sus penas, te brindo un consejo: no las cargues más, disfruta del tiempo que aun tengas vida y mientras tú vivas no dejes de amar. Ya no hagas corajes por lo que te hagan, sonríele al mundo y a la adversidad, verás que ahora mismo serás liberado de todas las penas que cargando estás. Olvida los rencores que hubo en tu pasado, no los alimentes y perdona ya, pues si esto sucede verás que muy pronto al que has perdonado te volverá amar.

Por último, dijo el sacerdote, quiero compartir con todos los aquí presentes un pasaje de mi vida que no he podido olvidar. Me encontraba caminando por calles de otra ciudad cuando escuché a mi lado hablaba alguien de maldad y al voltear vi con tristeza a un noble anciano llorar, pero con gran fortaleza éel a bien pudo gritar.

-Señores me han despojado del hogar donde viví, muchos años y casado con la que yo compartí, nuestros sueños e ilusiones y con los hijos que allí vimos crecer poco a poco hasta darles porvenir. Varios de ellos nos han dicho que busquemos dónde estar, pues ya somos un estorbo el cual no habrán de cargar.

Síííííííííí…..son ellos nuestros propios hijos, que hoy nos tratan con maldad y buscan al fin despojarnos dejándonos en la orfandad. Con engaños y mentiras, nos traían para firmar todo aquello que querían y así poder desplazar a un par de ancianos que a ellos aun los sentimos amar.
Reflexionen nos dijo el sacerdote quien todavía esto agregó: si algún día, quien escuchó mi mensaje, ha pensado hacerlo igual no lo hagan, ya que sus viejecitos merecen  un trato que sea digno y un amor muy especial.

Y dio continuación a la santa misa diciendo: “-Creo en Dios padre todo poderoso………, más creo que la sorpresa y el milagro que el niño Dios nos tenía en la noche  fue cuando el sacerdote dijo: hermanos daos la paz.

Entre llantos de alegría miré que a mi alrededor, hacia los ancianos corrían y gritaban de emoción los parientes que insistían en abrazar a quien Dios quiso que volvieran a verlos y a pedirles su perdón.

Terminó la homilía y nos fuimos a sentar a esas mesas que, adornadas, invitaban a cenar. El número de personas que compartimos la noche se acercaba a las doscientas entre ancianos, invitados y parientes.

Marcando el reloj las doce en punto alzamos todos las copas y brindamos por el niño y esa dulce navidad que él regalaba esa noche a quienes estábamos viendo y sintiendo en el albergue un gran calor de hermandad.

Hubo juegos pirotécnicos y se rompieron dos grandes piñatas.

Al tío Jas y a Lupita nos brindaron el honor de acostar al niño Dios en medio de José y María.

Ambiente fenomenal brindó el grupo musical que amenizó el gran baile que daba punto final a esas nueve hermosas noches en las cuales vi gozar, pero también vi llorar a esos pobres ancianitos que gracias a gentes nobles y de muy buen corazón pudieron muchos de ellos  reencontrarse con aquellos que un buen día sus anhelos habían querido enterrar  llevándolos a ese lugar.

Los treinta y tres viejecitos se acercaron hasta el árbol en donde el buen Santa Claus a todos les había dejado lo que en sus cartas pidieron  sin olvidar ningún regalo.

Y siendo las tres cuarenta nos despedimos de ellos, no sin antes repetirles que todos los invitados nos íbamos emocionados y que en Dios Cristo les deseamos, una FELIZ NAVIDAD.

¡EN LA CHIMENEA NO ERA SANTA KLAUS!

por Henrique Mendes (Portugal)

Se escuchaba hacía ya algunos días un ruido anormal que venía del extractor de los servicios aquí en casa – y era más extraño  cuando sonaba precisamente estando apagado.

Intrigado, pensé que no podría ser nada de muy especial.  Después de todo el vemtilador es apenas un pequeño motor eléctrico que saca el aire del wc y lo expele por un tubo que va hasta el tejado, donde hay una especie de pequeña chimenea.

La única cosa que podía imaginar, capaz de producir un sonido como aquel, era el de una bolsa de plástico  que hubiese penetrado por el tubo y quedado atrapada en algún lugar, por algún proceso imposible de imaginar, vibrando con el viento y haciendo  aquel sonido característico de las alitas de  un pajarito.

Alas de pajarito… El pensamiento llegó como un golpe de martillo. No podía ser. Ya se escuchaba  hacía varios días, a veces. Un pajarito atrapado no dura todo eso. Dura y no escuchaba piar, ningún tipo de chirriar, nada. Ninguna de esas cosas que creemos que hacen los pajaritos. Pero… Un pajarito ¿Podría ser?

Corrí para traer una linterna y guantes;  subí con un pie sobre un banco y el otro sobre la tapa del sanitario, dejando la luz del techo apagada para no hacer trabajar el extractor. No escuchaba nada de nada, ni un sonidito más. Claro que no podía ser un pajarito, decía otro canto de mi razón,  intentando imponerse.

Pero a las manos, me las incitaba el corazón. Mi esposa manejaba la linterna y yo, en medio de la oscuridad, o en medio a la sombra de mis manos, alcancé  a desmontar el panel del aparato, lo desconecté de la electricidad, lo desatornillé de la pared y finalmente, ya con la luz encendida otra vez, lo retiré de su nicho en la pared, con todo cuidado.

Adentro era oscuro, había un tubo de plástico negro; no podía ver bien y tuve de usar la linterna otra vez, pero si… Un poquito más adelante estaba un pajarito, de espaldas hacia mí, mirando para arriba del túnel por donde cayera hasta allí, y por donde ahora no podía regresar, pues  no había espacio para batir sus alitas.

Enredé un paño en mi mano, y pude con trabajo meterla en el agujero en la pared hasta agarrar el pequeño pajarito y sacarlo afuera. Era un pequeño gorrión común, que sentí muy calientito en mi mano, y a quien intenté dar agua mojando mi dedo, acercándolo a su pico. Gané una picadas inofensivas pero llenas de combatividad. Fuerte, su corazoncito golpeaba a mil por hora.

Decidí llevarlo hasta la ventana de la cocina y dejarlo volar. Voló rápido y sin hesitaciones, a pesar de su cautiverio de varios días, sin comida ni agua. Su vuelo fue sencillo y eficiente, desapareciendo casi de inmediato. Pero recuerdo sus ojitos oscuros y brillantes, y, sobre todo, el sonido de sus alas golpeando el aire, cuando salió de mis manos. Era el mismo sonido que yo escuchaba  dentro de la pared.

La alegría de saberlo bien y verlo volando libre, fue avasalladora.

Y así pasó el momento. Regresaron todas las cosas que habían quedado en suspenso de aquella hipótesis de que fuera un pajarito, y que súbitamente habían sido priorizadas de otra forma.  La internet me ha dicho más tarde que se trataba de un gorrión  hembra, y que deberá vivir más o menos quince años, y eso es mucho más  de lo que yo podría imaginar. Tal como jamás podría imaginar este regalo de Navidad, que  la vida me ofreció, disfrazado en ser útil a un pajarito.

Feliz Navidad, pajarito. Gracias por haber estado en mi casa.

* * *

Versión en portugués

Escutava-se, havia já alguns dias, um ruído anormal vindo do exaustor de ar do banheiro aqui de casa – tão mais estranho quanto ocorria precisamente nas alturas em que estava desligado.

Intrigado, ponderei que não podia ser nada de muito especial. Afinal,  o exaustor é apenas  um pequeno motor eléctrico que suga o ar do banheiro e o expele por um tubo que vai até ao telhado, onde há uma espécie de pequena chaminé.

A única coisa que conseguia imaginar, capaz de produzir um ruído como aquele, era o de uma sacola de plástico que tivesse entrado pelo tubo e tivesse ficado entalada, de alguma maneira impossível de imaginar, vibrando com o vento e fazendo aquele som adejante como asas de um passarinho.

Asas de passarinho. O pensamento surgiu como uma martelada. Não podia ser. Já se escutava há vários dias, de vez em quando. Um passarinho não dura tanto tempo, dura ? E não se escutava nenhum pio, chilreio,  nada dessas coisas que supomos que os passarinhos fazem. Mas seria ? Um passarinho ?

Corri atrás da lanterna e dumas luvas, subi com um pé num banquinho e o outro no vaso sanitário, deixando a luz do tecto desligada para não fazer funcionar o exaustor. E não escutava nem mais um ruído, nada. Claro que não podia ser um passarinho, dizia-me um canto da razão.

Mas às mãos impelia-as o coração. Minha mulher segurava a lanterna, e meio no escuro, meio na sombra das minhas mãos, lá desmontei a face do aparelho, desliguei-o da electricidade, desaparafusei-o da parede e por fim, já de luz acesa, retirei-o do seu nicho dentro da parede com todo o cuidado.

Lá dentro era escuro, tubo de plástico preto, não conseguia ver bem e tive de usar a lanterna outra vez,  mas sim…Um pouco mais à frente estava um passarinho. Virava as costas para mim, e olhava para cima, para o túnel por onde chegara até ali, e por onde agora não conseguia voltar pois não tinha espaço para bater as asas.

Enrolei um pano na mão, que consegui a custo enfiar no buraco até apanhar o pequeno passarinho e trazê-lo para fora. Era um pardal comum, quentinho na minha mão, a quem tentei dar água molhando o dedo e encostando-o ao seu bico. Ganhei umas bicadas inofensivas mas cheias de combatividade. Forte, o seu coraçãozinho batia a mil por hora.

Decidi levá-lo até à janela do prédio e deixá-lo voar. Voou rápido e sem hesitações, apesar do cativeiro de vários dias, sem alimento nem água. O seu voo foi singelo e eficiente, desapareceu quase de imediato.  Mas recordo dele os olhinhos muito escuros e brilhantes e, acima de tudo, o som das asinhas batendo, quando saiu da minha mão. Era o mesmo som que eu escutava dentro da parede.

A alegria de vê-lo bem e voando, livre, foi avassaladora.

Depois o momento passou, Regressaram todas as coisas que tinham ficado em suspenso daquela hipótese de ser um passarinho, e que de repente tinham ficado priorizadas de uma outra forma. A internet disse-me mais tarde que se tratava de um pardal fêmea, e que viviam cerca de 15 anos, o que é muito mais do que eu poderia imaginar. Tal como jamais iria imaginar este presente de Natal, que a vida me deu, disfarçado de ser útil a um passarinho.

Feliz Natal, passarinho. Obrigado por teres vindo.

EL PEQUEÑO REY MAGO

por Martha Larios (México)

Era la noche de Reyes Magos en México, cuya tradición es muy importante entre los niños. El 5 de enero por la noche, dejan uno de sus zapatos detrás de la puerta con la carta dirigida a ellos, pidiendo deseos y juguetes. Y van a dormir temprano para que al despertar disfruten de sus regalos.

Esa noche, la madre se encontraba triste, no encontraba la manera de decir a su pequeño, que los Reyes Magos no existían y que esa ocasión no tenía dinero para comprar el juguete que él deseaba. Como terminar con esa inocente ilusión?.

Los niños mayores que él, en la escuela le habían comentado, que los Reyes Magos no existían y que eran sus papás. Habían tratado de acabar con toda la inocencia y magia de ese día de celebración, pero él se resistía a creerlo, según había comentado con su madre.

Ella, como siempre que algo le preocupaba, se puso a meditar y orar pidiendo sabiduría. De pronto, la idea llegó y decidió hablar con él.

Mira mi amor, tengo que decirte algo muy importante, cuando los niños crecen ya no reciben juguetes de los Reyes Magos, porque ellos se convierten en Rey Mago. Así que a partir de hoy… tu serás uno de ellos.

Vamos a tu habitación y me dirás cuales de los juguetes que ya no usas, puedes donar, que desde luego, deben estar en muy buen estado.

Entre los dos fueron eligiendo y llenaron un costal de manta. Ambos lo hacían con gran ilusión, la madre con su idea y el niño sin saber que sucedería después, pues con gran curiosidad hacía muchas preguntas atropelladas, cuyas respuestas eran pospuestas para después… Calma, calma por favor, ten paciencia, en un ratito sabrás para que son.

Cenaron delicioso con música clásica de fondo y velas, haciendo que empezara la magia. Ella le obsequió unos
chocolates, él lo agradeció porque había aprendido que todo lo que se recibe, sin importar el valor, se agradece de corazón.

La semana anterior a este evento, El había participado como Rey Mago en la pastorela de la escuela. Había sido una experiencia fantástica. De pronto su madre le dijo, ahora sí, trae tu traje y corona de Rey Mago y saldremos cuando estés listo. Será una noche mágica y maravillosa, te lo prometo.

El niño se apresuró a vestirse, era grande su emoción, ya era tarde, y que raro que mamá no le pidiera ir a la cama temprano. Estaba listo.

Tomaron la bolsa y se fueron caminando hasta el centro del pueblo, donde se encontraban todos los vendedores nocturnos en las calles, vendiendo todo tipo de juguetes económicos para la gente más humilde, que no puede ir a comprar a los grandes y lujosos centros comerciales.

Entre toda esa gente, encontraron a los niños de la calle, algunos descalzos a pesar del frío, otros usando harapos y mirando con curiosidad toda la algarabía que sucedía a su alrededor, deseando un juguete, otros sentados pidiendo una moneda o un dulce.

De pronto mamá le indicó, ahora tomarás un juguete para cada niño que yo te indique, y les dirás que los Reyes Magos se los envían, y recibirás miradas de admiración y sorpresa, pero también las sonrisas más hermosas, así que debes estar muy atento. Hoy tendrás el mejor regalo… el compartir con los demás, no lo que te sobra, sino lo que quieres dar de corazón. No te parece una excelente idea?

Claro que si mamita, contestó el niño con gran emoción. Y así procedieron.

Regresaron a casa al amanecer, muy cansados de tanto caminar, pero satisfechos y felices de la labor realizada.

Y efectivamente, el regalo fue para ambos… sonrisas y miradas sorpresivas que quedaron grabadas para siempre en la memoria y corazón del pequeño Rey Mago.

NOEL NO BAR

Por  Henrique Mendes (Portugal)

Há em mim, desde sempre, um certo fascínio pelos pequenos bares. Presumo que isso tenha a ver com um certo conforto  físico e estético que proporcionam,  mas sem dúvida tem a ver com um outro tipo de conforto também, feito da possibilidade de alheamento do mundo que se deixa do lado de fora, ao entrar.

Tudo convida a isso já que, dentro,  quase sempre há uma combinação ideal de músicas tocando baixinho,  com os objectos perfeitos para o lugar. Os couros e as madeiras, os brilhos dos vidros e dos metais cromados, os amarelos polidos com primor, e um tipo de iluminação que torna indiferente se é dia ou noite, na rua. Tudo junto, e eis um espaço criado para ser colectivo,  mas com uma acolhida e um aconchego de recanto individual, onde cada um pode conviver ou apenas viver o seu momento particular – mesmo com vizinhos próximos.

Nesse dia, eu entrei fugindo do frio. Ignorei as mesas e procurei um lugar ao balcão que ficasse longe da porta. Acabei  por sentar-me  num banco alto, bem estofado, não muito iluminado e com ar de ser confortável. Em frente, dentro do balcão, além das prateleiras com garrafas de bebidas e copos, havia uma porção de velhas fotos em molduras escuras, e um  espelho aparentemente antigo, pintado com motivos muito elaborados dos anos vinte.

Podia ver  nele reflectida a penumbra ambiente do restante do bar nas minhas costas, e aos poucos, com os olhos habituando-se à luz mais velada, fui podendo ver os diversos recantos criados pela disposição das mesas e biombos baixos destinados apenas a dividir os espaços. E num desses, um sujeito vestido de Papai Noel, bebendo sossegadamente.

Enquanto pensava no que havia de pedir para beber, apercebi-me que havia uma quantidade considerável de copos  vazios na mesinha à sua frente, e  fiquei meio intrigado com o insólito da situação. Quando o barman se aproximou, pedi-lhe um conhaque quente, e acenando para trás com a cabeça, na direcção do Papai Noel, perguntei se era cliente habitual.

-Não, senhor. É a primeira vez que o vejo por cá. Quando chegou vinha com muito frio, e parecia meio triste. Mas agora parece já estar bastante bem…

Olhei o espelho com mais atenção, e realmente o Papai Noel parecia em óptimas condições. Na verdade, talvez tivesse percebido que estávamos falando sobre ele, pois tinha-se levantado e encaminhado para o balcão, agarrando-se ao banco junto do meu.

Sendo baixote, gordinho e  já de idade, subir para aquele banco alto  depois de ter tomado várias bebidas não ia ser tarefa fácil.  Mas acabou perguntando se me incomodava sentando-se ali, eu respondi-lhe que não, e num instante ele estava ao meu lado no balcão.

-Isso é conhaque?- perguntou, apontando para o meu copo, em formato de balão.

-Sim, quentinho!

-Ah! Eu não tive coragem de pedir um! Fiquei-me  pelo ponche quente, que é docinho – e eu sou muito guloso. Creio que todos os velhos são meio gulosos…

Eu ri-me. Era simpático, o velhote. Tinha a sensação de já o conhecer.

-Eu sou  guloso, também!

-Ah, mas você ainda é jovem. E ser guloso é mais do que apenas gostar de coisas doces.

-Não me diga! É mesmo?

-Claro que é! Ser guloso é deixar de lado a bebida que realmente nos apetece para beber uma outra só porque é doce.

-Bem… Não sei que diga! Nesse caso ainda não sou guloso… Continuo a beber o que me apetece. – brinquei.

-E faz muito bem, meu jovem! Talvez o tempo um dia venha a mudar isso. Ou talvez não. Mas há uns momentos em que qualquer pessoa precisa de ser um pouco complacente consigo mesmo. Precisa dar-se um mimo, um presente, ou fazer algo por si mesmo que lhe traga prazer. Nós somos feitos de pequenos prazeres.

-Hummm… Acho que posso concordar com isso! Vou dar-me mais um pequeno prazer! – aproveitei e fiz sinal ao barman para trazer novo conhaque. Era aromático, suave, e estava quente na medida certa.

-Isso, isso! – riu-se o Papai Noel ao meu lado. Vejo que  já entendeu o espírito do que eu disse. Eu vou tomar mais um ponche bem quente, também. Por favor…

O garçon aproximou-se trazendo a minha bebida, e discretamente falou com ele.

-Senhor, claro que posso trazer mais um ponche. Mas já tomou vários, em pouco tempo…

O velhote riu-se, bem disposto com a preocupação do outro.

-Ah, mas não há problema nenhum! É uma das vantagens de se usar um trenó. As renas sabem o caminho para casa!

O barman e eu rimos junto com ele.

-Não se preocupe, meu jovem. Pode trazer-me mais um ponche, por favor!

Enquanto o homem se afastava, eu comentei com o Papai Noel:

-Ele é um bom profissional. Preocupado em ser correcto e em fazer a coisa certa.

-Sem dúvida, sem dúvida! Gostei de ver que se preocupava. Hoje é raro ver as pessoas preocuparem-se com as outras.

-É verdade!

-Talvez por isso haja tanta infelicidade por esse mundo. As pessoas não se preocupam com os outros. Só querem saber de si mesmas…

-Realmente! Ninguém parece importar-se muito…

-Não importam, não! Se você, meu caro, soubesse as coisas que me pedem!… São coisas formidáveis, mas cada um pede para si mesmo. Não para outra pessoa, mesmo que ela precise.

Comecei a olhar o velhote com outros olhos.

-E as crianças ? – perguntei

-Ah, bem… As crianças são crianças. Pedem para si mesmas, também, mas depois emprestam aos amiguinhos, trocam,  dão, perdem. As suas coisas mudam de dono, ganham outros destinos.   Mas são generosas, as crianças…

-Pedem coisas difíceis?

-Bem, às vezes pedem coisas impossíveis. E pedem coisas para os adultos, mas que, vendo bem, são para elas.

-Desculpe, não entendi!

-Como posso explicar? Às vezes não pedem coisas de presente. Pedem para os pais não discutirem, para se darem bem. No fundo querem estar bem, em casa. Portanto estão a pedir um presente para eles mesmos…

-O que não deixa de ser bonito, da mesma forma! – acrescentei eu.

-Sem dúvida! Claro que é muito bonito. Mas é difícil, porque depende das pessoas, não do Papai Noel.

-Deve ser difícil lidar com isso… – disse eu, pensando nos ponches que ele já tinha bebido.

-Sim, não é fácil! – respondeu, com simplicidade. Depois ficou em silêncio, algo absorto. Senti que a nossa comunicação estava a perder-se, e apressei-me a perguntar:

-Já é Papai Noel há muito tempo?

Ele olhou para mim como se não entendesse a pergunta. Depois deu um sorriso e assentiu com a cabeça.

-Parece uma vida inteira, meu jovem!

-Trabalha nestas grandes lojas de departamentos, aqui no cimo da avenida? Eu creio que já o vi lá, sentado num cadeirão e tirando fotos com as crianças no colo…

-Sim, nessas também.  Veja bem… Aqui entre nós: – Eu sou o verdadeiro Papai Noel!

-Ah! Entendo! – disse eu, olhando  pelo espelho para os vários copos vazios que ele abandonara na mesinha antes de vir conversar comigo. Com isso, ele deve ter percebido minhas dúvidas.

-Mas  vou a outras lojas também, um pouco por toda a parte. E também faço visitas a domicílio, principalmente à noitinha. Quase todas as grandes lojas contratam pessoas para fingir que são o

Papai Noel, e brincarem um pouco com as crianças…

-Pois é! – disse eu. – E o senhor é um dos contratados, todo os anos, não é verdade?

-Sim, isso mesmo! Desses papais Noel todos que se vêem por aí nas lojas, sempre há um que é o verdadeiro. Sou eu! Deixo-me  contratar para poder estar com as crianças e saber quais  são os seus sonhos e os seus desejos. Para poder escutá-los e dar-lhes esperança de que os seus sonhos se realizarão, entende, meu jovem?

-Bem, creio que sim! Mas, e quando não é época de Natal ? – perguntei – Claro que não fica desocupado…

-Desocupado, eu ? Nunca ! Sempre há tanto que fazer! Mil coisas para preparar duns anos para os outros. Cartas para ler, fotos para assinar, listas de desejos…

-Listas de desejos ? As crianças entregam-lhe listas de desejos ?

-Não! Essas são principalmente dos adultos! E não desejam pouco, não! Sempre querem riquezas e poder, e coisas que lhes darão conforto. Viagens, carros, casas, jóias, dinheiro, coisas assim. Desejam sem limites,  e Papai Noel é que tem de resolver tudo. Quando ele não consegue, dizem que Papai Noel é coisa de criancinha, que não existe, e que só os muito inocentes e crédulos é que acreditam nessas histórias…

-Por isso faz falta um ponche quente, de vez em quando, não é ? É preciso coragem para ir lá para fora, e encarar toda essa gente que só sabe pedir…

-Sabe que é isso mesmo, meu rapaz ? O pior de tudo é saber que nem acreditam em mim, e que pedem sem acreditar. Quando consigo dar-lhes o que pedem, então sim, dizem que fui eu, e fingem que acreditam. Quando não consigo, eles dizem que não existo e ainda se riem daqueles que acreditam, chamando-lhes tolos…

-Compreendo! Realmente, nessa hora um ponche faz falta!

-Faz sim, meu rapaz. Mas hoje já abusei do ponche, e está na hora de ir trabalhar. Foi um prazer conhecê-lo. Talvez possamos encontrar-nos mais vezes aqui neste barzinho!

-Claro! Quem sabe? Gostei muito daqui, vou voltar mais vezes. Foi um prazer conhecê-lo também!

Trocámos um abraço e o velhote saiu, apressado, depois de agradecer e pagar a conta. Eu fiquei mais um pouco, pondo os pensamentos em ordem e preparando-me sem pressas para sair. Foi quando vi uma luva de Papai Noel caída no chão, junto ao meu banco.

Vesti o casaco rapidamente, e ainda fui às pressas tentar apanhá-lo lá fora, mas não consegui. Então, acabei subindo a avenida até às grandes lojas onde eu sabia que ele iria estar. E já havia uma grande quantidade de crianças que o aguardavam em frente do cadeirão onde ele iria sentar-se, mas ele ainda não estava presente. Deixei a luva com um funcionário que me disse que ele tinha chegado e saído de novo, procurando algo que tinha perdido pelo caminho.

Regressei ao bar para apanhar algumas coisas que lá tinha deixado. Quando entrei vi imediatamente um presente em cima do banco que eu usava ao balcão, com um pequeno cartão entalado debaixo do laço. Dizia apenas:

“Permita-me um gesto de amizade. Este era o presente que desejou oferecer a sua esposa. Aqui está, como recordação do Papai Noel”.

Desta vez, pedi um ponche quente, em homenagem ao bom velhinho.

Um Natal para George

por Soraya Souto (Brasil)

Era o último mês de aulas para George.

Ele tinha acumulado vitórias naquele ano, ganhando medalhas e elogios dos professores, por ser o mais esforçado e aplicado da sala de aula. Mesmo tendo assegurado sua aprovação, mantinha-se com o mesmo ritmo de estudo, e interesse pelos mais diversos assuntos.

Mas não era fácil para ele. Seus pais eram implacáveis com relação às obrigações do garoto, limitando, inclusive, seus momentos de diversão e convivência com os poucos amigos que tinha. Com horários rígidos, e sob constante observação de babás e monitores, tinha se tornado um menino calado, tímido, e muito solitário. Via os pais durante os jantares de toda noite, em que as conversas pareciam mais relatórios sobre o que tinha feito, e comentários sobre o quanto esperavam dele.

Uma vez por ano, em seu aniversário, recebia a visita daqueles avós que chegavam cheios de alegria, biscoitos e abraços. George sabia que eles moravam longe, e faziam um esforço enorme para nunca faltar àquela essa visita anual, promessa que fizeram quando ele era ainda pequeno demais para entender. Neste ano, eles ficaram poucas horas e partiram com lágrimas nos olhos, depois que ele se agarrara à avó pedindo que ela ficasse e contasse mais uma daquelas histórias que só ela sabia.

George adorava as histórias contadas. Sentava ao lado da avó no sofá, deixando que ela o envolvesse com um dos braços, e enquanto observava as figuras no livro que ela abria no colo, ouvia a voz suave e melodiosa falar de aventuras e heróis mágicos, em mundos que só quem acreditava conhecia. Naqueles momentos, o avô se sentava na outra poltrona acompanhando tudo, rindo com ele nas cenas engraçadas, e arregalando os olhos ou dando uma piscada quando as batalhas nas histórias eram vencidas. Ao fim da história, o livro voltava para a bolsa da avó, mas o assunto era revivido por algum tempo, nas perguntas e explicações que se sucediam entre os três.

Foi então que na escola, chegando ao final do ano, foi apresentado um último tema: o Natal.

A professora explicou os festejos e falou do Menino Jesus, que nascera trazendo esperança ao mundo. Com os ouvidos e olhos atentos, George escutou uma história que ele não conhecia, sobre uma fuga guiada por uma estrela mágica, e um nascimento em uma manjedoura onde os pais humildes passavam a noite. Soube que todos os anos, no aniversário de Jesus, as pessoas comemoravam exaltando bons sentimentos e se mantendo unidas em pedidos de paz e harmonia. Ao final dos trabalhos, todas as crianças ajudaram na decoração da escola, e fizeram um lanche juntos, aprendendo sobre os valores da convivência entre todos. Para alegria geral, cada criança recebeu um livro de presente, onde lindas figuras mostravam a Santa Família e um presépio iluminado por uma enorme estrela.

George ficou especialmente impressionado pela história de Natal.  Passou dias pesquisando sobre o assunto, e querendo saber dos colegas se já haviam participado de algum daqueles “aniversários” de Jesus. Apesar de tão comentado na escola, na sua casa o assunto não foi mencionado. Seus pais eram indiferentes ao sentido da data, embora sempre deixassem um presente no seu quarto, a cada ano. Por essa razão, ele guardara o livro no quarto, imaginando como seria bom mostrá-lo aos avós.

Mas a cada dia, criança que era, foi dominado pela emoção e ansiedade pela data. Um dia antes da Noite de Natal, não conseguindo esperar mais, e com uma habilidade precoce, traçou um plano para mostrar o livro aos avós: aproveitou a saída dos pais e chamou um taxi para levá-lo ao endereço que encontrara na agenda perto do telefone.

Não teve medo, sentia-se seguro usando seu grande casaco de frio e levando o livro de Natal debaixo do braço.

George nunca tinha visitado a casa dos avós, mas ao tocar a campainha daquela pequena casa cercada de jardins, foi tomado por uma grande alegria. Ouviu com prazer o andar arrastado do avô se aproximando, e o grito de surpresa ao abrir a porta. A avó chegou logo atrás, já com os braços abertos para um abraço carinhoso.

A casa era muito simples, bem diferente daquela em que vivia, mas ele percorreu cada cômodo com curiosidade. Gostou das cortinas feitas pela avó, dos livros do avô sobre a mesinha de canto, do tapete aos pés de um velho sofá com almofadas coloridas e de um cheiro irresistível dos biscoitos que recém tinham saído do forno.

Em um canto da sala, se encantou com uma enorme árvore de Natal. Sobre o aparador viu um pequeno presépio, com todos os personagens que reconheceu como os mesmos do livro.

O garoto percebeu que os avós já conheciam a história, e por alguns segundos teve medo que não quisessem ver o seu livro. Muito sério, explicou a razão da visita, e perguntou se podiam fazer um aniversário de Jesus naquela casa.

Bastou uma troca de olhares, para que os avós entendessem tudo. Com o garoto no colo, a avó folheou o livro mais de uma vez, comentando a história contada durante anos e anos, por todos os povos. Depois levou o neto para a cozinha, para que provasse os biscoitos enquanto falavam da festa que fariam.

George se divertia fazendo perguntas o tempo todo. Não percebeu quando o avô fez a ligação telefônica para os seus pais, nem ouviu a longa conversa que se seguiu entre eles.

Mais tarde foi acomodado no quarto preparado para ele anos atrás, e até então nunca usado. Adormeceu olhando para a fotografia ao lado da cama, em que ele, recém-nascido, dormia nos braços da avó sorridente, ao lado do avô e dos pais.
No dia seguinte participou de todos os preparativos para a ceia, e aguardou ansioso a chegada dos pais. Quando todos estavam presentes, insistiu na oração e cumprimentos de todos repetindo a importância da data, conforme aprendera na escola.

Por fim, foi para o colo da avó, levando o livro da história de Natal.

 SANTA Y EL POETA

por Henrique Mendes (Portugal)

Después de un día muy fatigante, venía Santa Klaus camino de la ciudad de Mérida la blanca, en Yucatán, para estudiar bien las chimeneas de las casas donde, no tardaría, iba a descender para entregar los regalos navideños a todos los niños bien comportados.

Los renos  venían en su suave galope, de una nube a otra nube, escondiéndose de los últimos  rayos  de sol para que nadie los pudiese ver desde abajo.   Con  su barba blanca flotando al viento y solamente escuchando el tintineo de las campanas, tlin tlin tlin, tlin tlin tlin … ¡ah¡ Santa, en verdad,  estaba aburrido.

Pero, en un momento dado, escuchó una música  muy bella que venía de un salón de la ciudad y ordenó a Rudolfo, su reno jefe de todos los renos, para bajar el trineo y irse a ver qué pasaba en dicho salón de dónde venía esa música tan bonita.

Claro que Rudolfo no perdió tiempo y en el instante siguiente el trineo mágico estaba aparcando delante del salón donde se producía la música. Santa descendió del trineo e intentó hacerse notar soltando con su voz potente uno de sus famosos ¡HO HO HO! pero todos los que se encontraban a la entrada del salón, y de espaldas viradas para él no se volvieron y simplemente dijeron –Shhhhh!  Santa Claus quedó verdaderamente curioso, claro, y quiso ver  quien tocaba.

Entonces caminó alrededor del salón hasta que encontró una puerta abierta y después de entrar por ella vio que estaba precisamente al lado de la persona que tocaba la guitarra y cantaba bajito, en una voz muy bonita, para una cantidad de niños.

Santa  sonrió y esperó hasta que el otro terminase de tocar y de cantar. Finalmente llamó su atención  golpeando las manos con fuerza y riendo alto, muy satisfecho:

-Tío Jas, ¿eres tú?

-Sí Santa, soy yo…

-Además de Poeta, ¿también tocas la guitarra y cantas?

-Sí Santa, hago un poco de todo para ver los niños felices. Mira: ¡aquellos son mis nietos, mis hijas y  mis nietas que vienen aplaudirme!  Mi esposa también está allí…

-Yo creía que apenas escribías tus versos, pero ¡veo que no!

-Ah! Bueno… ¡No!

-Y a los niños, ¿les gusta?

-Sí, están siempre riendo y jugando, se quedan muy felices.

-¿Y tú, Jas? ¿Te quedas feliz?

-Claro. Aprovecho y toco unas canciones de  amor, y en el medio,  canciones Navideñas para mi Lupita.

-¿Y le gustan a Lupita?

-¡SÍ!

-¿Y a tus amigos?

-¡También! Pero este año no escribí  un cuento de Navidad y mi amigo Henrique parece que no está contento conmigo, no sé…

-¡Ah, no creo! -dijo Santa Klaus.- Hace poco tiempo platiqué con él en un barcito en Lisboa, y hablamos de un montón de cosas. Me dijo que eres un Poeta completo, no importa lo que hagas. Creo que para él, que toques  una guitarra o que escribas un cuento no son cosas muy diferentes. Lo que importa es que produces alegría, y esa es la misión de los Poetas verdaderos…

-Él ¿dijo eso?

-Sí, más o menos eso…

-En el próximo año le escribiré un cuento de Navidad muy bonito. Ya lo prometí en Facebook.

-Humm Creo que él no te dejará olvidar eso…

-¿Verdad?

-¡Sí! Por eso escribió un cuentito de Navidad para ti, que Rudolfo y yo te traemos ahora.

-¿Ah sí? ¿Y dónde está?

-¡Es este! Cuando llegues a tu casa estará en tus mensajes de facebook. También me pidió Henrique que te diga otra cosa. Pero yo no sabía que iba a encontrarte, te lo diría más tarde. Pero así, aprovecho y te digo ahora.
-¿Qué es?

“-¡Feliz Navidad, tío Jas! ¡Para ti y toda tu familia! ¡Que Dios los bendiga!”

Y con eso, puff… el buen viejito desapareció. Pasado un momentito se escucharon  las campanas que ya iban muy lejos y la risotada que todos conocemos: –  ¡HO HO HO!

PLATIQUÉ HOY CON SANTA

por  Jorge Sierra (México)

Me encontraba el día de hoy dando una alegre audición a niños de escasos recursos y a los que tanto amo yo. Y enorme fue mi sorpresa al escuchar ronca voz  que decía con insistencia tío Jas, soy Santa Klaus y te traigo una cartita que de Portugal llegó en el Trineo en que Rodolfo  por poco  me mata hoy, ya que al escuchar tu canto el bribón no respetó ninguna señal de tránsito que a su paso él encontró. Eso tío Jas, ya no importa pues el susto me bajó la pequeña borrachera que en un bar de Portugal, con tu amigo Henrique Mendes,  yo la pude consumar. HO – HO – HO. Luego él sonrió.

Tío jas., entre copa y copa,  Henrique Mendes me habló de todos esos poetas a quienes mucho ama hoy, pero al hablarme de ti me dijo que triste estaba por no haberte convencido pa´escribir un cuento más que hable de la Navidad y de aquel niño Jacinto.

Pero pasando a otra cosa, escúchame tío Jas, me contagias de alegría al mirar que eres capaz de agrupar con armonía a esta gente que hoy en día la hace gozar tu cantar.

Tío Jas, tu hermano Henrique Mendes me pidió que te dijera que grandes son sus deseos de leer un cuento hoy escrito con puño y letra e imaginación de vos, o que le mandes noticias de aquel niño juguetón que en compañía de su amigo, pidieron entre los dos les mandara a una maestra a darles educación.

Son Jacinto y Joselín a los que aún tengo presentes, pues yo mismo les envié a la hija del tendero, amigo de Don Alberto, que con gran satisfacción llegó al lugar donde ellos, con la ayuda de sus padres, la escuelita construyeron.

Intervino el tío Jas  y le dijo así al buen Santa… claro que sí papá Enoe, nunca habremos de olvidar que gracias a Don Alberto los niños de ese lugar, con esmero han a aprendido cómo leer y escribir. Por cierto aquí entre los niños que mirándolos estás, se encuentran Jacinto y su amigo el travieso Joselín, por quienes yo fui invitado a asistir a esta reunión  en la cual se está llevando una gran celebración con niños de las haciendas cercanas a las del Patrón. Tal como lo has de observar, a los niños aquí presentes la maestra les enseña la importancia de aprender, las artes que han de enseñarnos y nos den a conocer costumbres y tradiciones de la etnias del ayer.

El tío Jas, poniéndose de pie, les dijo así a los niños:

Hoy tenemos la gran dicha de tener entre nosotros, al hombre más bondadoso y amado por todo el mundo, su nombre es Enoe, el regordete y barbudo, a quienes todos conocen y lo llaman Santa Klaus. Quien vino por sus cartitas directo desde Portugal, enviado por nuestro amigo, el escritor y poeta oriundo de aquel lugar. Su nombre es Henrique Mendes para quien pido un aplauso, al cual Santa llevará en el trineo de Rodolfo. En esos momentos se escuchó fuerte ovación Pla, pla, pla, pla, pla, pla, pla.

Papá Enoe, sólo quiero que me digas con la purita verdad qué tal pasaste la tarde con mi amigo en ese bar, espero no hayas tomado unas cuantas copas más y te hayas emborrachado con sólo Vodka y Mezcal, yo ahorita mismo te ofrezco un trago de Xtabentun y el sobrante te lo llevas y tómalo a la salud de Poetas Trabajando y de a quienes quieras tú.

Entre risas él me dijo: escucha bien tío Jas.  Henrique, tu amigo, es un caballero que cumple  todo  en la vida. En eso tienes razón, contestó el tío Jas, siendo ese un gran motivo por el cual nuestro cariño todos aquí en nuestra casa se lo hemos podido brindar.

Papá Enoe, deseo pedirte un favor, que digas  amis amigos y amigas de Poetas Trabajando que mis mejores deseos para esta Navidad es que vean cumplir sus metas que tienen en mente ya. Y el año que se avecina Dios les dé su bendición y los llene de alegrías con abundancias de amor.

A mi estimado amigo Henrique y a su amada  compañera diles que en esta su casa deseamos ya su presencia para poder reafirmarles ese aprecio que entrañable nosotros a ellos tenemos.

No pude decirle más y dándome un fuerte abrazo, me dijo adiós tío Jas y no olvides la promesa de escribir el año entrante ese cuento Navideño  que a Henrique le prometiste. HO, HO, HO  HO, HO, HO.

LEMBRANÇAS DE UM NATAL DISTANTE

Por Alcione Maria Campos (Brasil)

Sou de uma época em que não havia shopping, internet, televisão, muito trânsito… de tecnologia eu só conhecia o rádio e a vitrola. Vivia numa pequena cidade, aproximadamente dez mil habitantes. Suas ruas não eram calçadas, ora estavam cobertas de pó vermelho, ora de lama. Usavam-se para o transporte carroças, charretes, carros de boi, cavalos, bicicletas… Havia alguns poucos caminhões , um carro de praça , uma jardineira para atender a toda a cidade. Os fazendeiros mais abastados costumavam ter uma caminhonete ou um jipe.

O comércio se resumia a alguns armazéns de secos e molhados, duas ou três lojas de tecidos, uma de sapatos, dois armarinhos, sendo que um deles acumulava a função de livraria e papelaria. Verduras e frutas da estação eram oferecidas de porta em porta, bem como o pão e o leite. Alfaiates e costureiras trabalhavam duro para atender à necessidade da população que nunca havia ouvido falar no prêt-à-porter.

Minha mãe era uma boa costureira, trabalhava duro o ano inteiro, principalmente em finais de ano, próximo às festas de Natal, Ano Novo e folia de Reis. Sua máquina Singer, movida a pedal, era incansável nesta época. Aquele ano mamãe estava assoberbada de trabalho e para ajudá-la nos desdobrávamos, apesar da pouca idade: meu irmão mais velho tinha onze anos, eu, nove e a caçula, sete. Eu ficava encarregada de adiantar o almoço, de tão pequena e franzina não alcançava o fogão a lenha e precisava subir num caixote para refogar o arroz, amassar o feijão, torrar os grãos de café. Difíceis tarefas para uma criança de nove anos; com frequência levava alguns grãos de café até minha mãe, para que ela verificasse o ponto de torragem; outras vezes punha-me a gritar:
– Mamãe, chega de amassar o feijão? Meu braço está doendo…
– Só mais um pouquinho- respondia.

Minha irmã varria a casa, lavava a louça e outros pequenos serviços. O Vavo, como era mais velho, vendia pirulito ou mingau de milho verde na rua, delícias cujo preparo roubava mais umas horas de sono de nossa mãe. Os pirulitos eram vendidos com relativa facilidade entre as crianças na porta da escola ou após as missas. Já o mingau…este era oferecido de porta em porta. Um dia, meu irmão passou defronte a uma janela e gritou: – comprar mingau? Alguém retrucou lá de dentro: – num tô doente! Foi o quanto bastou para que ele se recusasse a vender este produto outra vez.

A cidade vivia praticamente de produtos artesanais. Meu avô trabalhava como ourives, mas a maior parte de suas encomendas eram de trabalhos de funilaria. Utilizava a folha de flandres para confeccionar baldes, canecas, bules, moringas, lamparinas, bandejas , etc.

Como o Natal estava próximo, sem recursos para presentes, mamãe foi pedir a seu pai que fabricasse algum brinquedo para suas meninas. Ele ficou feliz e atendeu prontamente ao seu pedido, de modo que com bastante antecedência entregou-lhe dois aparelhos de café, compostos de bandeja, bule e quatro canequinhas em cada um. Com os presentes garantidos, debruçou-se nas costuras de tal maneira que nem percebeu o tempo passar.

Chegou a véspera de Natal e ela não se deu conta. No tarde do dia seguinte, arrematava umas costuras com os filhos brincando à sua volta. Lembrou-se de ligar o rádio e de repente se deu conta de que a véspera de Natal passara em branco. Sem pensar, falou: -nossa, meninos, não é que ontem me esqueci de dizer a vocês para colocarem os sapatos em frente à janela?

Foi como uma bomba jogada no meio de nós. Meu irmão meteu-se num canto do quarto para não deixar transparecer seu desapontamento, a Nilza abriu um berreiro sem fim e eu, primeiramente senti –me como se fora atingida por uma descarga elétrica, com o coração aos pulos tentava me controlar. Depois passei a lutar contra as lágrimas silenciosas que teimavam em brotar de meus olhos. A angústia fechou-me a garganta, não queria acreditar que nossa chance se dissipara daquela maneira…
Observando nossa reação, mamãe percebeu o estrago que fizera e tratou de consertar as coisas.

– Calma gente, não precisam ficar assim , tenho certeza de que o Papai Noel ainda não acabou de distribuir os presentes para tantas crianças e ainda deve estar por aqui. Ponham os sapatinhos debaixo da janela e vão brincar no final da rua para dar um tempo pro velhinho passar. Vocês podem sair.

Atendemos rapidamente ao seu pedido. Nunca podíamos brincar fora de casa , mas nossa ansiedade era tanta que nem pensamos em aproveitar a liberdade que nos fora concedida. Não parávamos de gritar:

– Já pode ir?

– Já passou?

– Não, ainda não- ela respondia

– E agora?

Finalmente fomos autorizados a voltar. Disparamos. Num segundo pusemo-nos embaixo da janela, diante dos presentes, ávidos de curiosidade.
– Oh! Uma bandejinha, um bule, canequinhas! Ficamos maravilhadas.
Meu irmão ganhara um corte de tecido para uma camisa. Eu e Nilza continuávamos extasiadas com a beleza dos nossos presentes. Que alívio, Papai Noel não nos esquecera, apenas não sabia onde estavam nossos sapatinhos.

Até hoje, quando penso nos natais, é deste de que me lembro.
Nunca mais vivi emoções tão intensas quanto as do Natal de 1924.

TIVE MUITA SORTE!

Por Henrique Mendes (Portugal)

Eu tive muita sorte. Já tinha desistido de continuar viagem, por causa da neve, e estava fazendo manobras na estrada muito estreita, tentando virar para retomar o caminho de casa, quando o meu carro se avariou.

Tentei resolver o problema e improvisar alguma coisa para seguir viagem, mas nada resultou. Fiquei ali parado, longe de tudo, numa estrada mais que secundária onde ninguém passava, sem poder fazer muito mais do que ver a neve caír.

Sem o motor funcionar não tinha forma de me aquecer, e com aquele vento terrível assobiando nas árvores geladas também não tinha forma de acender uma fogueira, mesmo que tivesse um isqueiro ou fósforos, coisas que não tinha.

Fechei-me dentro do carro, sabendo que na bagagem não tinha roupas mais quentes, nem um cobertor que pudesse valer-me, mas pelo menos estava resguardado do vento. O vidro dianteiro já começava a estar coberto pela neve, e lá num cantinho remoto do meu espírito começava a esboçar-se a ideia de que minha vida estava em perigo.

Foi então que me pareceu ver ao longe, por entre a neve que caía sobre o vidro, uma luz que se movimentava, e pouco depois surgiu realmente um carro que se foi aproximando devagar. Era um velho táxi, grande e muito antigo.

O condutor era um velhote simpático de barba muito branca, que se ofereceu para me levar mesmo não estando de serviço. Ia a caminho da cidade para onde eu tinha desistido de ir, o que me servia perfeitamente. De lá eu  mandaria rebocar o meu carro, no dia seguinte.

Perguntei se ele achava que conseguiriamos seguir viagem naquele temporal, e ele riu baixinho, dizendo que estava habituado a dirigir na neve e que o velho carro era de confiança. Só que eu teria de ir sentado no banco de trás, como era costume nos táxis daquela região. Ao lado do condutor, o assento ficava ocupado por um suporte que continha mapas e outras coisas necessárias á profissão.

E foi assim que seguimos viagem. Ofereceu-me um café, que trazia numa grande garrafa térmica mas, ao perceber que eu estava com fome, insistiu que eu comesse antes uma sopa que trazia também numa outra garrafa térmica.

-É comida muito simples!- desculpou-se – Mas na hora certa, basta uma sopinha quente para fazer um homem feliz!

Concordei imediatamente, claro.

-Feliz fico eu em aceitar! – agradeci – E fico muito grato! É uma grande idéia, trazer sopa quente numa viagem destas.

Ele concordou com um movimento de cabeça, com simplicidade.
-A vida boa é feita de boas ideias! Este é um costume nosso, lá no norte. Coisa que se aprende com a prática. Todos os anos é assim, viajo muito na neve e já estou habituado. Sempre trago sopa e café.

-É muita gentileza sua, ajudar-me assim! Eu estava numa situação muito dificil e o senhor nem sequer me conhecia. Podia não ter parado…

-Ah! meu jovem, fico contente por poder ajudar. Todos precisamos ajudar, quando está ao nosso alcance !

-Lá isso é verdade…  E mais ainda nesta época de Natal, não é ?

-Ora aí está ! Sem dúvida que sim ! O Natal é outra grande idéia !!!

-Ideia ? – perguntei, estranhando o que dizia. Olhei para ele ao volante, dirigindo com enorme cuidado, e acenando com a cabeça para sublinhar o que dizia. Com a pouca luz que havia dentro do carro, eu conseguia ver apenas os seus olhos brilhando no retrovisor, por detrás duns pequenos óculos que usava, e a sua barba branca. O resto do seu rosto ficava meio difuso, sem que pudesse vê-lo claramente.

-Sim, uma grande ideia. Uma fantástica ideia, na verdade! – teimou.

-Bom, é uma festa religiosa…

-Claro que é ! – concordou – Mas é muito mais que isso, é uma grande oportunidade! Junta as pessoas para além da religião, não é ? Veja bem,  junta adultos e crianças numa causa comum, criando uma quadra bonita cheia de amor e fartura…

-Concordo. Isso é verdade!

-E existe no mundo todo, não é ? Então é uma época em que as pessoas estão empenhadas em coisas boas,  com pensamentos de paz…

-Também concordo! E é tão linda, a história do Pai Natal, que noutros lados se chama Papai  Noel, Santa Claus, e tantos outros nomes… É uma pena que haja gente preocupada em tentar explicar às crianças que ele não existe !

-Aí está outra grande ideia, o Pai Natal!  Claro que há quem tente explicar às crianças que ele não existe, e estrague com esse excesso de racionalidade aquilo que só a fantasia consegue trazer ao mundo. Que mal faz, se as crianças acreditarem e isso as fizer pensar num mundo melhor ?

-Claro!- disse eu – Vão ter tempo para perceberem naturalmente que se trata de uma fantasia, mas uma boa fantasia, que defende valores morais que são importantes.

– Sim, e também valores económicos fabulosos. No mundo há fabricas que trabalham o ano todo para produzir brinquedos, enfeites de Natal, postais ilustrados com temas de Natal, roupas de Natal…

– Sim…

-Dizem que é um grande negócio, como se isso fosse uma coisa condenável… Mas há muita gente que tem emprego nessas fábricas que fazem coisas para o Natal. Muita gente come, mora e veste-se à conta desse imenso negócio que é o Natal.

-Sem dúvida… Mesmo que não sejam coisas feitas para o Natal, todos os presentes que as pessoas trocam nesta época movimentam a economia dos seus países, e  isso gera bem estar e prosperidade. Isso também é verdade!

-Olhe o meu caso! – disse ele – Estou vindo trabalhar nessa época, apesar do frio e da minha idade, porque há muita gente por todo o lado precisando do meu táxi. Não faz sentido ?

– Faz, sim… Na verdade, eu também estou vindo para a cidade por causa do Natal !- disse eu lentamente, enquanto olhava para os olhos dele no retrovisor, brilhantes e empolgados… A barba branca dele também brilhava no escuro. Só o rosto continuava sem ser perfeitamente visível.

Ele riu-se baixinho.

-Está vendo que eu estou certo ? Então o amigo também vem para a cidade por causa do Natal? E o que é que faz, se não é indiscrição ?

-Bem, eu escrevo… Um jornal contratou-me para escrever uma série de crónicas sobre o Natal, e também um conto para mobilizar as pessoas em torno das festas natalinas…

-Que maravilha! – maravilhou-se ele – E já começou a escrever ?

– Não. Ainda não… Só quando estiver já instalado, na cidade.

-Então precisa descansar um pouco! – sentenciou.

Concordei com ele. Encostei-me confortávelmente no assento, saboreando o conforto quente do carro. A sopa quente tinha-me reconstruído por dentro, devolvendo-me a tranquilidade e a sensação de segurança.

Enquanto observava o interior do carro, impecavelmente cuidado, fui-me deixando embalar pelo ruído monótono dos pneus rodando devagar e abrindo caminho na neve que havia no chão.

As músicas de Natal que o rádio tocava baixinho também contribuíram para o meu relaxamento, e aos poucos tudo foi ficando difuso. Senti que ia adormecer, cedendo à fadiga e às emoções daquela viagem.

No meu espírito foram-se impondo alguns simbolos. O deslizar na neve… A música e os guizos de Natal… O imenso presente que me tinha sido dado pelo velhote, oferecendo-me ajuda quando eu mais precisava. A comida pródiga, partilhada… E o conforto… A segurança quente do carro, e a sensação de paz que convidava ao sono…

-Lembra-se daquele conto que eu ia escrever ? – perguntei-lhe ainda.

-Sim, lembro. Um conto de Natal!

-Pois é… Creio que se escreveu sózinho! – disse eu lentamente. Depois adormeci rápidamente, escutando a sua risada baixa e ainda um pouco intrigado com aquela barba branca sem rosto, no espelho retrovisor do carro.

Feliz Natal !

NOITE DE NATAL

por Alcione Maria Campos (Brasil)

Moro numa cidade pequena, interior de Goiás. Aqui não se tem muita diversão, as festas que acontecem são quase sempre religiosas. Estou cansada de ficar em casa, só cuidando das crianças. Tenho uma menina que vai completar quatro anos em janeiro e um garotinho de um ano e oito meses.

Este ano decidi participar dos festejos do Natal. Nossa paróquia tem uma turma muito animada, que se dedica aos cuidados com a igreja e às obras sociais. Fiz boas amizades e estamos planejando uma linda festa de confraternização, logo após a Missa do Galo.

Cuido sozinha da casa e dos meus filhos. A Márcia, minha menina, freqüenta a escolinha e o Davi, meu bebê, se adaptou bem, passando um período na creche Canarinho. Eu e meu marido decidimos matriculá-lo quando completou um ano, assim ele pode se  socializar e eu tenho as tardes para descansar ou fazer algumas atividades que me trazem prazer.
Estou animadíssima para o Natal.  A nossa igreja, apesar de não ser grande é muito bem cuidada.

Levamos quase uma semana, trabalhando todas as tardes para montar um lindo presépio, orgulho dos paroquianos.  Cada uma de nós cuidou com antecedência de plantar arroz em potinhos de margarina, para fazermos  a grama em volta  da gruta. Buscamos areia fina do rio para o caminho dos Reis Magos, montamos a gruta com papel de sacos de cimento, amassados e salpicados de purpurina.

Os homens cuidaram da parte elétrica, nunca  a estrela esteve mais brilhante.  Todos colaboraram, cada um dando o melhor de si. As senhoras ofereciam seus mais belos vasos para o cenário do presépio. O clima era de amizade e alegria.  Ficou tudo lindo. E a visitação começou cedo. A igreja vivia cheia, todos queriam ver o famoso presépio.

Faltando uns quinze dias para a tão esperada comemoração, reunimo-nos mais uma vez para planejarmos  a  missa do galo e a ceia. Decidiu-se que esta seria no salão da casa paroquial.   O padre teve a incumbência de avisar aos paroquianos, todos estavam convidados.

Naturalmente  deveriam levar alguma colaboração, escolhida no cardápio previamente montado pela comissão organizadora. Assim haveria comida de sobra e não oneraria a ninguém.

Mandei fazer um belo vestido azul, minha cor preferida, quero estar linda no dia. Tudo caminha para um feliz desfecho, não fosse uma preocupação que não me deixa.  Como farei com as crianças? Não posso levá-las e ninguém vai querer perder a festa para ficar com elas. Foi meu marido que sugeriu:

-Maria Anita, por que não buscamos a Francisquinha para ficar com as crianças?
-Francisquinha, como não pensei nela ainda?

A solução era perfeita. É uma senhorinha muito simples, de seus cinqüenta e poucos anos, que ama  crianças, pois fora babá de muitas na família e que depois de ter mais idade continuou morando na casa da minha sogra, na fazenda. Assim decididos, fomos buscá-la para passar as festas na cidade.

As crianças logo se encantaram com ela, era risonha, brincava com meus filhos como se fosse uma criança também.

Na véspera, fui  preparar  um bolo de  frutas  para a ceia.

Francisquinha estava toda alegre com a Marcinha, da cozinha eu ouvia as risadas das duas. Fui ver o que as alegrava tanto. Descobriram suas imagens distorcidas refletidas nas bolas da árvore de natal e cada uma se desdobrava nas caretas para conseguir a mais interessante.

Tudo pronto,  sentei-me no sofá para relaxar um pouco, queria estar descansada para o evento. Pusemo-nos a conversar, falamos da fazenda, das pessoas  conhecidas , das festas, e eu disse a ela o quanto estava feliz por tê-la ali aqueles dias e que ela ficasse tranqüila porque as crianças  dormiam cedo.

Preparei-lhe uma cama no quarto delas e disse-lhe que o papai Noel passaria aquela noite e deixaria debaixo da árvore um presente para os meninos e um para ela também.

Adormecidas as crianças, fui me aprontar.  Cabelos escovados e brilhantes, maquiagem sutil, o vestido caindo-me com perfeição. O olhar de admiração e promessas do Luís me dizia tudo, tornei-me leve e feliz, como há muito não sentia.

Quando saí do quarto, deparei-me com a Francisquinha acabrunhada num canto do sofá.

-Vai deitar,  Francisquinha,  já é tarde.
– …

Estranhei aquela mudez repentina, mas não dei importância. Quando pus a mão na maçaneta da porta, ela correu na minha direção, aflita:

– Não vá, D. Maria Anita. Eu não vou ficar sozinha aqui não.
– Como não, que você está dizendo? Por quê?

Colocando as mãos em concha no meu ouvido, sussurrou: – eu sou donzela, D. Maria Anita, não posso ficar aqui sozinha e receber a visita do Papai Noel, não sei o que esse  velho vai fazer comigo…

– Mas o Papai Noel na verdade não existe, é só uma lenda…
– Hum, hum, existe sim, eu vi ele na televisão…

De nada adiantaram minhas explicações, meus argumentos.  A velhinha bateu o pé na defesa de suas razões.    E foi assim que mais uma vez eu perdi a missa do galo e a ceia.

Santa Claus y el cachorro

por Leonor Aguilar (Argentina)

Cuenta la leyenda que los renos son los encargados de realizar la proeza de viajar por todo el mundo tirando del trineo mágico volador en tan sólo una noche para ayudar a Santa Claus a repartir todos los regalos, ya que los encargados de realizar los juguetes y ordenar los pedidos son los duendes navideños.

Este  año Santa Claus no la llevaba muy bien. Los renos habían andado un poco distraídos. Sin asegurarse  que nadie los viera en su camino hasta el refugio,  los había seguido un cachorrito perdido en el bosque que quería hacer nuevos amigos. Ahora no sabía qué hacer con él,  porque Curioso, que era el nombre que le puso porque se metía siempre en problemas debido a su curiosidad, ponía a prueba su paciencia constantemente. Interrumpía el trabajo de los duendes, no dejaba de desordenar los regalos, quería ver qué había en cada caja y saltaba de una pila de sobres a otra.  Además,  un duende había olvidado cerrar bien la puerta secreta, la ventisca había desordenado las cartas de los niños y debían ordenar todos los pedidos velozmente. Santa contó las cartas, vio que coincidieran con el número de regalos, y apremiado por la hora para poder repartir todo,  dio a los renos la orden de salir con urgencia.

Mientras Santa Claus  acomodaba los lazos de los renos, los duendes ayudaban a cargar los regalos de acuerdo al orden establecido, sin advertir que Curioso, haciendo honor a su nombre, se había trepado al trineo,  deseoso de conocer el mundo.

Nadie vio el sobre que había quedado bajo la mesa.

En la primera parada para dejar regalos, Santa descubrió a Curioso entre las cajas. Frunció el ceño, y viendo que no podía hacer nada, le dio la orden de quedarse muy quieto, de no desordenar los juguetes y estarse callado. El cachorro asintió y prometió portarse muy bien. A decir verdad no pensaba moverse porque  estaba fascinado con el mundo lleno de luces que observaba y disfrutaba ver la reacción de los niños al recibir su presente.

Cuando por fin Santa dejó el último regalo le dijo a los renos que podían emprender el regreso, una vez más había cumplido con todos los pedidos a tiempo y se sintió satisfecho.

Fue en ese momento que descubrió al niño que los observaba pasar. ¡Cómo podía ser posible que lo hubiera saltado en el reparto! Miró el trineo para volverse a dejar su regalo y descubrió que ya no quedaban. Había faltado un obsequio y se sintió contrariado y culpable. Su visita en la noche del milagro del nacimiento de Jesús  siempre era motivo de alegría y esta vez un niño sabría de tristezas por su causa.

Curioso asomó su hociquito por debajo del brazo de Santa Claus y le dijo:

_ Déjame con él. Sé que  no quedan regalos en el trineo. Eres un buen hombre y aunque no lo comprendas ahora, soy tu milagro. Ese pequeño no debe quedar con las manos vacías. Además ya conozco tu mundo y siento curiosidad por saber cómo es crecer con un niño.  Soy un cachorrito, me va a gustar ser su compañero y aprenderé a traerle palitos y pelotas. Prometo cuidarlo cada día de su vida. ¡Seremos grandes amigos!

_ ¿Estás seguro? Mira que si te quedas ya no podrás volver al reino mágico y no puedes contar nada de lo que has visto.

_ Sí, quiero estar con él. Nos ha visto pasar, está pensando que lo hemos olvidado y sé que está triste.

_ Pero… ¿estás seguro, muy seguro?

_ Claro que sí. Sólo tengo una condición.

_ ¿Y cuál es esa condición?

_ No debes olvidar jamás este día. Yo lo sabré porque cada año, cuando traigas los regalos en tu trineo, debes tener un hueso para mí. A cambio, yo prometo no revelar el modo de llegar donde vives y cómo trabajan preparando los  obsequios.

_ ¿Trato hecho? Dijo Curioso, presionando para convencerlo

_ ¡Hecho! Y ahora prepárate, porque daremos una vuelta que puede ser un tanto brusca

Curioso se sostuvo y preparó su colita para saludar al nuevo amigo.

El niño, al que empezaban a asomarle unas lágrimas en el balcón de sus ojos, se dio cuenta que regresaban  y sonrió. La sorpresa mayor  fue que el mismísimo  Santa depositara en sus manitos al cachorro,  que le dijera que se llamaba Curioso y estaba seguro de la gran amistad que iba a existir entre ellos, porque sabía que  iba a ser un gran perro.

El pequeño, paralizado por la emoción y la alegría, no alcanzó a oír el diálogo entre Santa Claus  y Curioso cuando se despedían

_ Oye, Santa. ¿Nunca te preguntaste quién puso a un cachorro indefenso y solitario en el camino de los renos, en medio de un bosque escondido,  para unirse a tu equipo?

ASÍ TE CUENTO DE UNA FOTO NAVIDEÑA

Por Cony Ureña (México)

¿Recuerdas aquellos días previos a la Navidad en la Alameda Central?, en el corazón de la Ciudad de México, en ese enorme jardín con muchas fuentes, esculturas de grandes maestros y gente, mucha gente, porque para muchos era importante ir a tomarse la fotografía con Santa o con los Reyes Magos.

Como tú sabes, la Alameda Central está a un costado del Palacio de las Bellas Artes, desde donde se admira la Torre Latinoamericana, por mucho tiempo el edificio más alto de la capital mexicana. Aún ahora, si transitas por Avenida Juárez, puedes admirar dicha alameda que rodea el Hemiciclo a don Benito Juárez, un precioso monumento, deslumbrante por su blanquísima arquitectura.

Cuando los primeros hijos de don Manuel y doña Lupita éramos unos chiquillos, nos emocionaba ir a la Alameda y en especial, ¿te acuerdas la ocasión en que teníamos la ilusión de fotografiarnos con los Reyes Magos?  Salimos con papá, abordamos un autobús que en aquellos días iba semi vacío, no como ahora que todo el transporte público va repleto.

Mi mamá nos había arreglado para la ocasión. Mi cabello largo había sido peinado con trenzas. Mis hermanas Yola y Tere lucían cabello corto e iban cobijadas con sus abrigos de terciopelo rojo, bien que lo recuerdo, así como con guantes. Nuestro hermano Víctor iba enfundado en una chamarra* y yo con un abrigo color “beige”, que no cerré bien y en la fotografía parece que le faltara un botón, algo que por mucho tiempo me critiqué.

Nuestra mamá se había quedado en casa con la nueva bebé, Maru. Era la época invernal y no era cuestión de exponer al frío a la pequeña.

Arribamos a la Avenida Juárez y al pisar el territorio de la Alameda, empezamos a admirar los fastuosos arreglos que cada grupo de “Reyes” o “Santas” habían instalado para atraer a sus clientes, en medio de la algarabía de los paseantes que se daban el lujo de la vida al transitar entre esos seres que se habían esmerado tanto en sus vestimentas y escenografías. Se escuchaban villancicos.

Bueno, tú ya conoces cómo viste Santa, pero lo sorprendente para los pequeños fue ver a los “Reyes” vestidos a la rica usanza del Medio Oriente. Para los que apenas comenzábamos a ir a la escuela era muy novedoso ver aquellos espléndidos ropajes, los turbantes, las largas barbas de Melchor y Gaspar y más asombroso ver el color tan oscuro de la piel de Baltazar. Si para mí, la mayor de los hijos era notable, imagino lo que pensaban mis hermanos menores. Hasta ese momento no habíamos visto una persona de la raza negra y eso nos maravillaba; contemplamos con admiración su tez reluciente y esa noche creo que sobresalían más sus blanquísimos dientes y el blanco de sus ojos.

Como te decía, los villancicos amenizaban el recorrido, mientras las imágenes se multiplicaban por docenas. Si este trío de “Reyes” era magnífico, el siguiente era superior. Muchos tríos de Reyes llevaban oro, incienso y mirra en deslumbrantes cofrecillos. Recordando así los regalos a Jesús recién nacido. El camello, caballo y elefante estaban pintados en una tela que servía como fondo.

Mi papá iba preguntando el costo de la fotografía, el cual variaba de acuerdo a la escenografía que habían montado tanto los “Santa” como los “Reyes”, hasta que llegamos con quien se ajustaba a nuestro presupuesto. El elegido tenía un trineo lleno de cajas envueltas lujosamente para regalo, al frente estaban los renos hechos de papel maché, bastante reales; el fondo era un paisaje nevado. Era atrayente subirse al trineo, sostener los fabulosos obsequios y sonreír frente a la cámara profesional. Mis hermanas y hermanos sentados en el trineo y yo de pie junto al vehículo oficial de Santa, un hombre muy pasado de peso, con blanca barba postiza y ojos… no, no eran azules, sino café oscuro, el clásico color de los ojos de los mexicanos.

Hubo tres tomas, pues el trato era que se elegiría la mejor fotografía.  En cada pose, había que sonreír aunque estuviéramos titiritando de frío o nos estuviera distrayendo el gentío.  Pasado esto, mi padre volvió a negociar, argumentando que el “Santa” de junto tenía más arreglos, que ahora le parecía que había sido un error subir a sus hijos a un trineo tan simple, en el que su hija mayor se había tenido que colocar a un costado. Llegaron a un acuerdo y mi papá pagó e informó la dirección donde entregar la singular fotografía.

Sí, mi papá cubrió el costo de la foto y tuvimos que esperar dos semanas antes de que fuera entregada en nuestro domicilio. Así eran las cosas en nuestra niñez, ¿verdad? Existía la confianza entre las personas, ¿cierto? Es imposible pensar que en la actualidad alguien pague a un desconocido por un servicio y espere que aquel cumpla; eran otros tiempos, como decía mi abuelita, quien por cierto comentaba que en su época “los perros eran amarrados con longaniza”.**

Una vez pasado el trámite de la foto, cruzamos la avenida para admirar la fantástica iluminación, hecha con millares de foquitos multicolores, las aceras lucían enormes jardineras engalanadas con la prodigiosa flor mexicana llamada Nochebuena y los aparadores de las grandes joyerías, tiendas, así como librerías que competían entre sí con sus óptimos adornos, para atraer a más posible clientela, incluso las entradas de un cine y de un hotel, lucían francamente esplendorosas.

En las esquinas había mujeres que vendían Castañas, asadas al comal sobre un brasero u hornillo típicamente mexicano. Te confío que en mi niñez nunca probé las castañas, pero sí los buñuelos, los esquites*** y los “hot-cakes” callejeros, que esa noche nos supieron a gloria. Los villancicos seguían escuchándose.

De regreso a casa, con los villancicos metidos en mi cabeza, pensaba que de alguna manera habíamos traicionado a los Reyes Magos; fuimos de esos niños a los que Santa Claus ignoraba en Navidad, pero éramos compensados con espléndidos regalos el 6 de enero del año siguiente cuando a nuestra casa llegaban, sin ser vistos, los siempre generosos Melchor, Gaspar y Baltazar.

Glosario:
* Chamarra, abrigo corto.
**Longaniza, especie de chorizo.
***Esquites, golosina de dientes de elote, el fruto del maíz.

NOEL

Por  Soraya Souto (Brasil)

Já é quase Natal, e a fábrica trabalha a todo vapor.

Nos últimos meses tenho me dedicado a ler os pedidos das crianças, e agora falta pouco para atendê-los. Este ano Alabaster, o administrador da correspondência, me apresentou, além das cartas, milhares de e-mails. Foi uma inovação das crianças, e precisei da ajuda dos elfos mais jovens para entender algumas palavras. Alguns pedidos acrescentaram relatos pessoais e fotografias da decoração de Natal em suas casas. Uns poucos resolveram detalhar mais, e anexaram links das lojas onde viram brinquedos e livros para que eu olhasse. Foi cansativo, mas é muito importante atender a todos.

Hoje observei durante todo o dia a movimentação frenética dos meus auxiliares. O sincronismo da produção foi admirável: alguns montaram, outros separaram, e os mais jovens embalaram os brinquedos que entregarei neste Natal. Agora estão começando a levar tudo para o trenó, para que eu possa finalmente partir.

Escutei Mamãe Noel terminando o jantar na cozinha. Ela também esteve muito ocupada hoje, cortando fitas e preparando os lindos laços dos presentes. Ela também conferiu todos os mapas que os elfos navegadores prepararam, e mandou instalar um novo GPS no painel do trenó, para que eu não me perca e possa voltar em segurança. Apesar da pressa, e da enorme quantidade de pacotes, ainda encontrou tempo para preparar nossas refeições.

Pude ver pela janela que a maioria das renas se abrigou junto ao velho pinheiro do jardim, fugindo da densa neve que caiu o dia todo. Vi Rudolph, a rena mais antiga, um pouco mais à frente. Me encarava com aqueles enormes olhos castanhos, aguardando o chamado para assumir a liderança das outras.

Aproveitei o pouco tempo que restava para me sentar na poltrona perto da lareira. Had, o velho husky siberiano, me acompanhou e se deitou no tapete, aos meus pés. Este ano não o levarei comigo, para poupa-lo do esforço em noite tão fria.

Comecei a pensar na responsabilidade de visitar tantos lares. Nem todos têm a mesa farta e muitos presentes, mas mesmo assim permanecem repletos de fé e esperança. Muitas vezes, em anos anteriores, percebi a dúvida nos olhinhos espertos das crianças maiores, mas não durava muito, depois que viam que seus pedidos tinham sido atendidos. Quanto aos adultos, sempre me receberam com muita alegria, talvez por recordarem de suas próprias infâncias, e por contarem comigo todos os anos, em noite mágica e abençoada.

Já não preciso descer por lareiras apertadas, ou entrar furtivamente pelas janelas. Sou sempre recebido à porta com abraços carinhosos, independente da moradia. Já estive em mansões e casebres, e até mesmo em becos escondidos em grandes cidades, e o espírito natalino sempre esteve lá, nos corações, nos olhos e sorrisos.

Sei que enquanto todos acreditarem, estarei em seus lares, ano após ano. Este é meu maior estímulo.

Há pouco o alarme do relógio começou a tocar, e me levantei com disposição. Mamãe Noel se aproximou com um novo cachecol que enrolou no meu pescoço. “Seu presente”, ela disse. Me lembrei que não lhe comprara nenhum, e envergonhado lhe envolvi em um abraço. Ela entendeu, tenho certeza.

Abri a porta e vi o trenó já preparado, com Rudolph na posição habitual, à frente. Ela também ganhou um cachecol. “Estamos velhinhos, minha amiga” – falei enquanto acariciava seu pelo – “não podemos nos resfriar”.

Já estava acomodado, e prestes a dar a ordem de partida, quando um dos elfos chegou apressado com um pequeno pacote: eram as rabanadas para comer no caminho…

PAPÁ NOEL Y LOS NIÑOS DE LA CALLE

por Jorge Sierra (México)

El día primero de Enero del año dos mil diecisiete, recibí enorme sorpresa al mirar frente a mi puerta, a un hombre regordete y muy barbudo, que llegó en bello carruaje tirado por algunos renos que, inquietos mas muy contentos, trajeron a Santa Klaus.

Pensé que todo era un sueño, más esto era realidad ya que él me extendió la mano y me dijo… como estás mi buen tío. jas. y me continuó diciendo que él se encontraba agotado pues venía de trabajar, ya que hubo muchos juguetes que entregó esta Navidad.

Lo hice pasar a mi hogar y lo invité a reposar en un cómodo sillón donde suelo descansar, luego, lo invité a tomar una copita de vino y un vaso de xtabentún, que es un elixir bendito oriundo de esta región.
Mientras él se deleitaba me preguntaron mis nietos Beto, Jesús y Jorgito, si podían darle a los renos agua maíz y su alfalfa, y les dije por supuesto, vean no les falte nada.

Papá Noel fue quien dio inicio a la plática, que resultó muy amena y en una forma somera el me dijo haber estado con mi amigo Henrique Mendes en un bar de Portugal, el cual le dio señales de un señor de Yucatán al que, en Poetas Trabajando lo llaman el tío Jas.

-Esa persona soy yo – le contesté muy sonriente – y no sé, el por qué el honor de tenerlo aquí presente… – Él muy alegremente continuó diciendo así:

-Quise estar aquí contigo y ahora sabrás la razón por la cual este barbudo de ti quiere un gran favor. Escucha bien tío Jas… Te puedo llamar así?
-Claro que sí mi buen Santa. Eso me hace muy feliz.
-Pues bien… Quiero que informes al mundo que el año dos mil diez y siete Papá Noel “Santa Klaus” lo declara ”Año internacional de los niños y las niñas de la calle”, motivo por el cual desde hoy primero de enero yo, en forma particular y ayudado por mis duendes y mis renos, visitaré todos los Países del Mundo donde existan niños y niñas con problemas en las calles.

Justo dos horas después se levantó del sillón y me dijo:

-tío Jas, gracias por haberme permitido tener esta pequeña charla y prometo que en tres meses estaré de nuevo en este, tu cálido hogar, y hablaremos de este asunto del cual hoy quiero empezar.

Con enorme precisión a los tres meses volvió y me dijo con voz suave que no se podía aguantar, haber visto a tanto niño que en el desamparo está.
-tío Jas… Deseo seas tú, quien le cuente a la humanidad lo que en mi recorrido, con gran tristeza observé. Y te puedo asegurar que esto es una realidad.

Le dije para no preocuparse, que le haría ese favor y publicaría con gusto lo que iba a relatarme.

-Tío Jas., empezaré por decirte que en todo mi recorrido mi sorpresa fue tremenda, pues vi como muchos niños viven en condiciones paupérrimas. Y lo más triste del caso es que esto ya es un problema. Según mis observaciones, tío Jas, en la tierra existen ciento veinte millones de niños y niñas de la calle divididos de la siguiente manera:
Treinta millones se encuentran en Africa, hay otros treinta millones en Asia y los sesenta millones restantes se localizan en América.

Santa quedó en silencio por un ratito dramático. Después dijo más.

-Quiero que sepas, tío Jas, que los niños de la calle, como suelen llamarles, son aquellos menores que viven (o sobreviven) en las calles y que muchas veces crecen en vertederos públicos, estaciones de tren, bajo los puentes de grandes ciudades, en mercados, en parques e incluso en los basureros. Y esto es debido, en la gran mayoría de los casos, a conflictos que tienen con sus familias y ya se niegan regresar a sus hogares, aunque también pude observar que un 70% de ellos viven en sus casas. mas son sometidos a trabajos forzados.

Santa estaba visiblemente emocionado mientras seguía hablando

-En América Latina, tío Jas, hay una cifra de casi cuarenta millones, los cuales son víctimas del hambre, la prostitución, los malos tratos, las drogas, las detenciones y la muerte violenta. Todos ellos, lejos de disfrutar el derecho a una
vida adecuada para su desarrollo físico, mental y espiritual, son obligados a valerse por ellos mismos antes de adquirir una identidad personal o madurar, y debido a que no cuentan con la estabilidad necesaria para lograr confianza en sí
mismos, ni con las aptitudes, ni la educación requerida para hacer frente a los rigores que les impone la vida, corren el grave peligro que los conlleve a enormes fracasos.

Mientras Santa hablaba, yo concordaba con la cabeza.

-Y desde allí tio Jas, es que los niños empiezan a construir un proyecto de vida misma. Es desde allí que un niño sufre o goza, ama o odia, se violenta o se acompaña. Es desde allí que ellos empiezan a construir un proyecto de vida, mediado este por el dolor, la esperanza y el hambre, el frío, la intolerancia, la inexistencia de los derechos. Fue en los últimos veinte años que la cantidad de estos niños que habitan en la calle ha aumentado considerablemente en todo el mundo, pero la zona más afectada es Latinoamérica donde viven la mitad de estos niños. Pero hago énfasis en un detalle: quiero que sepas que este fenómeno es exclusivamente urbano, dado que las áreas rurales tienden a tener familias más conservadoras.

También pude observar que los varones son los más propensos a este fenómeno, por ejemplo en Perú el 80% de estos niños son hombres y empiezan a vivir en la calle entre los siete y ocho años. Las causas pueden ser múltiples, pero todas tienen origen en el gran problema social de la pobreza y marginalidad.

En todos los Países las principales cusas son:
Primero… Las emigraciones campesinas.
Segundo… La violencia intrafamiliar.
Tercero… La prostitución.
Cuarto… Las drogas y alcoholismo; este cáncer, tio Jas, hace que a los niños y niñas los induzcan al brutal consumo de estos enervantes y por consiguiente a abandonar el hogar. Una parte de estos niños y niñas, vive día y noche en la calle en condiciones infrahumanas, por ejemplo, sin la vestimenta adecuada, (en muchos casos descalzos ) sin atención médica, sin educación escolar y para sobrevivir, se dedican a las ventas, a limpiar zapatos, a recoger los desperdicios de basuras, a pedir limosna e incluso a robar.

Casi todos ellos toman contacto con las drogas más baratas y se unen a otros niños donde forman grupos o bandas que sustituyen a la familia. Viven con temor a los cuerpos policíacos y a los criminales, quienes los maltratan, les roban e incluso suelen violarlos. Y por si esto fuese poco se ha detectado una tendencia en el Mundo, que va creciendo en el consumo de drogas en niños muy pequeños, algunos de cuatro a cinco años de edad, donde al 90% de ellos sus mismos padres se las dan.

Emocionado, Santa seguía hablando.

-Tío Jas, mire con mucha frecuencia cómo en Argentina, los vendedores de droga pulverizan los bombillos y los mezclan con las drogas, causando un daño enorme a los jóvenes y niños de la calle donde cerca de de un millón y medio de ellos se encuentran deambulando.

Otro dato de importancia es sobre Brasil. Uno de cada diez niños de la calle del Mundo vive en ese País.

En Bolivia, los niños llamados invisibles se drogan ante quien sea y nadie se inmuta.

En México son más de cuatro millones de niños que viven en en la calle y esto se ha alargado ya por tres generaciones. Y para no alargarte más el cuento, tío Jas, quiero que el mundo se entere de que este mal y enorme cáncer, en forma muy alarmante, está invadiendo a muchos Países de la Tierra.

Pero quiero que todos sepan que me lleve una gran sorpresa, al enterarme que existen organizaciones que están trabajando en pro del bienestar de todos estos niños, aunque también debo aclarar que por falta de recursos financieros estas
avanzan muy lentamente. Más despacio de lo que crece el problema…

Bueno Jas, ahora dile a tus amigos de Poetas Trabajando que Papá Noel ” Santa Klaus ” los invita a convocar, a los habitantes del planeta, a que se unan a la lucha por ver a un niño o niña de la calle sonreír y ser feliz . Y diles que esto solamente se puede lograr si decidimos hacerlo todos.

Unamos nuestros corazones y que en esta noche buena brindemos amor y cariño, esperanza y mucho más a cada uno de los niños que en la calle vive ya y que mucho necesita, una cobija , un pan, un juguete, unos centavos y un tierno
abrazo al final. Hay que brindarles confianza, ya no los miremos mal, no los tratemos con odio y hay que enseñarlos a amar.

Y no deseo que olviden que quizá no en todos ellos se encontrará una sonrisa amplia, pero quizá una caricia tu la puedas recibir y eso tiene un gran valor que cargarás en la vida, ya que todos sonríen con los pequeños gestos, agradecen la presencia ante tanta ausencia, son los que sobreviven a la indiferencia, son los nacidos que llaman a nuestras conciencias.

Jas, pídele a esa gran familia de Poetas Trabajando, que cada uno de ellos suba este cuento a su página de facebook y pida a sus amistades, lo copien, lo publiquen y lo compartan y pidan a quienes lo lean que divulguen este cuento ya que con la actual tecnología nuestro mensaje será visto por millones de gentes en el mundo y de esta manera habrán muchos que apadrinarán a estos niños y niñas de la calle.

-Por último tío Jas, deseo pedirte les dediques uno de esos poemas de tu autoría a todos estos niños y niñas que este año festejamos.

-Pero por supuesto que si mi buen Santa! – contesté.

-tío Jas, me despido momentáneamente de ti y de toda tu familia, y deseo que tus lectores pasen una feliz Navidad y un bendecido año Nuevo y por lo que a ustedes respecta mis niños – les dijo a mis nietos e nietas – no olviden portarse
bien y si aún no han mandado sus cartitas háganlo en este momento.

Y en un abrir y cerrar de ojos, su trineo comandado por Rodolfo, el reno, se acercó hasta Santa Klaus trepándose este de inmediato y con su inconfundible sonrisa. También de inmediato se empezaron a elevar en tanto solo se escuchaba el alegre HO HO HO que todos nosotros conocemos.

De esa misión de escribir un poema, aquí me encargo ahora, amigos. Todo más que Santa ha dicho ya lo dije yo aquí. Aquí va, y Feliz Navidad a todos los habitantes del mundo.

NIÑOS Y NIÑAS DE LA CALLE.

Son ciento veinte millones
de criaturas en la calle
que en pésimas condiciones
viven en los arrabales.

Muchos son por rebeldía
otros por pobreza extrema,
lo cual en el Mundo es tema
por que aumentan día con día.

Son niños:
que en precarias condiciones
abandonan el hogar,
por maltrato o violaciones,
o por otras situaciones,
que al menor no han de gustar.

Niños que son presa fácil
de inducirlos hacia el mal
cayendo en forma fatal
en las mafias criminales.

Que sin medir consecuencias
los enseñan delinquir
sin importarles si quiera,
si viven o han de morir.

Santa Klaus convoca a todos
y nos pide con amor
que apadrinemos a un niño
de la calle, por favor.

*  *  *

En portugués. Traducción de Henrique Mendes

No primeiro dia de Janeiro do ano de 2017, tive uma enorme surpresa ao ver em frente á minha porta a um homem gordito y barbudo, que chegou numa bela carruagem puxada por algumas renas que, inquietos mas contentes, trouxeram o Pai Natal.

Pensei que tudo era um sonho, mas era realidade, já que ele me estendeu a mão e me disse:”-Como estás, meu bom Tio Jas? ” e continuou a dizer-me que se encontrava esgotado pois vinha de trabalhar, e eram muitos os brinquedos que já entregara este Natal.

Fiz com que entrasse na minha casa e convidei-o a repousar numa comoda poltrona onde costumo descansar e também a tomar um copinho de vinho ou um pouco de xtabentún, que é um elixir bendito oriundo desta região.

Enquanto ele se deleitava, os meus netos, Beto, Jesus e Jorgito, vieram perguntar-me se podiam tratar das renas, dando-lhe agua, milho e alfafa, e eu respondi-lhes que sim, que fizessem com que não lhes faltasse nada.

E foi o Pai Natal que deu inicio à conversa, que resultou muito amena, e de uma forme breve, disse-me que tinha estado com o meu amigo Henrique Mendes num barzinho em Portugal, e que ele lhe tinha falado de um senhor do Yucatão ao cual, em
Poetastrabajando.com, dão o nome de Tio Jas.

-Essa pessoa sou eu! – contestei muito sorridente – Mas confesso que não sei qual a razão desta honra, de tê-lo aqui presente…

“-Quis encontrar-me contigo, y já vais saber a razão pela cual este barbudo quer pedir-te um grande favor. Escuta bem, Tio Jas … posso chamar-te assim?”

-Claro que sim, Pai Natal. Isso faz-me muito feliz.

“-Pois bem, quero que informes o mundo que, neste ano de 2017, eu o proclamo ” Ano Internacional dos Meninos e Meninas de Rua”. E que, por essa razão, desde 1 de Janeiro que, de forma particular e ajudado pelas minhas renas e duendes, tenho visitado todos os paises do mundo onde existem meninos e meninas com problemas, vivendo nas ruas.”

Exactamente duas horas depois, levantou-se da minha poltrona e disse-me:

“-Tio Jas, obrigado por esta pequena conversa y prometo-te que dentro de três meses terei terminado de visitar todos os países e voltaremos a conversar sobre este tema, que hoje estou apenas começando.

E realmente, três meses depois, com grande precisão, ele voltou e disse-me com sua voz suave, que estava indignado con tudo o que tinha visto pelo mundo fora. Desejo que sejas tu a contar à humanidade o que eu, nas visitas que fiz, observei com grande tristeza. E posso garantir-te que tudo o que te disser será a mais perfeita verdade.”

Claro que eu lhe disse para não se preocupar, e que sim, que lhe faria esse favor e publicaria com gosto o que ia relatar-me.

“-Então, Tio Jas, começarei por dizer-te que a minha surpresa foi enorme, pois vi crianças a viverem em condições paupérrimas. E o mais triste de tudo é que isto já é um problema.
Segundo as minhas observações, Jas, existem no planeta cento e vinte milhões de meninos y meninas de rua, divididos da seguinte maneira: Trinta millões situam-se em Africa , há outros trinta na Ásia, e os sessenta restantes estão na América.”
Perante o meu silêncio, ele fez uma pequena pausa dramática. Depois disse mais.

“-Quero que saibas, Jas, que os meninos de rua , como costumam chamar-lhes, são aqueles menores que vivem ( ou sobrevivem ) nas ruas y que muitas vezes crescem junto de esgotos públicos, estacões de comboio, debaixo das pontes das grandes cidades, nos mercados, nos parques e, inclusivamente, em lixeiras. E isto deve-se na grande maioria dos casos, a conflitos que têm com as suas familias e que os fazem negar-se a voltar aos seus lares. Se bem que também pude observar que cerca de 70 % deles vivem nas suas casas, mas são submetidos a trabalhos forçados.”

O Pai Natal estava visívelmente emocionado, mas continuava.

“-Na America Latina, Tio Jas, são quase quarenta milhões, os quais são vítimas da fome, prostituição, maus tratos, drogas, prisão e morte violenta. Todos eles, longe de desfrutarem o direito a uma vida adequada para o seu desenvolvimento físico, mental e espiritual, são o brigados a valer-se a si mesmos antes de adquirirem uma identidade pessoal ou de amadurecerem. E por não contarem com a estabilidade necessária a ganharem confiança em si mesmos, nem com as aptidões, nem com a educação necessária para fazer frente aos rigores que a vida lhes impõe, correm o grave perigo de que tudo isso os condicione a
enormes fracassos.”

Enquanto o Pai Natal falava, eu ia concordando com a cabeça.

“-E é desde que os meninoscomeçam a construir um projecto de vida. É alí que um menino sofre ou se diverte, ama ou odeia, se violenta ou se acompanha. É desde ali que eles começam a construir um projecto de vida mediado pel dor, a esperança e a fome, o frio, a intolerância, a inexistência dos direitos… E foi durante os últimos vinte anos que a quantidade destes meninos, que vivem na rua, foi aumentando considerávelmente no mundo todo, mas a zona mais afectada é a América Latina, onde vive a metade deles. No entanto, faço enfase num detalhe: quero que saibas e digas a todos que este é um fenómeno exclusivamente urbano, já que nas áreas rurais tendem a ter famílias mais conservadoras.”

-Humm… Nunca tinha pensado nisso, confesso. – disse eu.

“-E também pude observar que os varões são os mais propensos a este fenómeno. Por exemplo, no Perú 80% destes meninos são do sexo masculino e começam a viver na rua entre os sete e os oito anos de idade. As causas podem ser múltiplas, mas todas têm
origem no grande problema social da pobreza e da marginalidade. Em todos os países, as principais causas são, primeiro, as emigraçoes campesinas.
Segundo, a violencia intra-familiar.
Terceiro, a prostituição.
Quarto, as drogas e o alcoolismo. Este cancro, TioJas, faz com que os meninos e meninas de rua tenham um consumo brutal destas substâncias e isso acabe por fazê-los abandonar o lar. Uma grande parte deles vive dia e noita na rua, em
condições infra-humanas, por exemplo sem a roupa adequada, e em muitos casos descalços, sem atenção médica, sem educação escolar. E para sobreviverem, dedicam-se às vendas, a limpar sapatos, a recolher sobras e lixos, a pedir esmola e também a roubar.

Quase todos eles tomam contacto com as drogas mais baratas e unem-se a outros meninos, formando grupos que substituem a família. Vivem com medo da polícia e dos criminosos, que os maltratam, os roubam, e que chegam a violá-los. E ainda, Tio Jas, como se isto fosse pouco, percebi que há no mundo uma tendencia de crescimento do consumo de drogas por meninos muito pequenos, alguns entre os quatro e os cinco anos de idade, quase 90% delas fornecidas por seus próprios pais.”

Muito emocionado, o Pai Natal continuava falando.

“-Jas, vi com muita frequência em países como a Argentina, os vendedores de droga pulverizarem as cuias, ou sifões de beber o mate, misturando neles drogas. Isso causa um estrago enorme nos meninos de rua, que já são mais de um milhão e meio deambulando.

Outro dado de importância é sobre o Brasil. Um de cada dez meninos de rua vive nesse País. Na Bolívia, os meninos chamados invisíveis drogam-se perante seja quem for e ninguém lhes presta atenção.

No México são mais de quatro millões de meninos vivendo nas ruas, e isto já dura há tres gerações. E para não tornar muito longo o teu conto, Tio Jas, quero que o mundo se inteire que este mal, e enorme cancro social, de forma alarmante, está invadindo a muitos países da Terra, no entanto, quero que todos saiban que tive uma grande surpresa ao ver que há também organizações que trabalhan para levarem o bem-estar social a todas estas crianças, apesar de avançarem muito lentamente por falta de recursos financeiros. Muito mais lentamente do que cresce o problema…”

O Pai Natal fez uma pausa. Depois acrescentou:

“-Agora diz-lhes, aos teus amigos de Poetastrabajando, que o Pai Natal os convida a convocarem os habitantes do planeta para que se unam a essa luta para tornar feliz e sorridente um menino de rua. E diz-lhes que isso só se pode conseguir se nos unirmos todos.

Unamos nossos corações y que nesta noite de Natal que se aproxima, possamos todos brindar amor e carinho, esperança e muito mais a cada um dos meninos que vive na rua e que muito necessitam de uma merenda, um pão, uns centavos, um brinquedo, e sempre um abraço no final. Precisamos dar-lhes confiança, não olhar para eles de lado, nem tratálos com ódio. Há que ensiná-los a amar.

E não quero que se esqueçam que talvez não vá ser em todos eles que encontarão um sorriso amplo. Mas talvez possam receber uma carícia, e isso tem um enorme valor que carregarão a vida toda. Pensem que todos sorriem com os pequenos gestos, e agradecem a presença, ante tanta ausência. Esses são os que sobrevivem à indiferença, são os que apelam às nossas consciencias.

E pede-lhes, a essa grande família do Poetastrabajando, que cada um deles suba este conto á sua propria página de Facebook e que peça a suas amizades que o copiem, o publiquem e o compartilhem. Com a tecnologia actual serão milhões a lê-lo, no final.
E de esta forma muitos apadrinharão os meninos de rua.

Por último, Tio Jas, gostaria de pedir-te que dedicasses um desses poemas da tua autoria a esses meninos e meninas que este ano festejamos e tentamos ajudar.”

-Ah! Claro que sim! Terei muito prazer! – respondi.

– Mi amigo Jas, despeço-me momentaneamente de ti e de toda a tua família, e desejo que os teus leitores passem um feliz Natal y tenham um ano novo bentito. O no que respeita a vocês, meninos – disse ele a meus netos e netas – não se esqueçam de se portarem bem sempre. E se ainda não me escreveram as vossas cartinhas, podem fazê-lo neste momento”

E, num abrir e fechar de olhos, a sua carruagem comandada por Rodolfo, a rena chefe, transformou-se num trenó que deslizava sem tocar no chão, e aproximou-se dele, que subiu de imediato, sempre ostentando o seu sorriso inconfundível. E no instante seguinte começaram a elevar-se nos ares enquanto se escutava o alegre “OH OH OH” que todos conhecemos.

Dessa missão, de escrever um poema, aqui me encarrego agora, amigos. Tudo o mais que o Pai Natal disse, já o disse eu aquí.
Eis o poema, e Feliz Natal a todos:

Meninos​ ​e​ ​meninas​ ​de​ ​rua.
São cento e vinte milhões
de criaturas na rua
que em péssimas condições
vivem nos arrabaldes.

Muitos o fazem só por rebeldia
outros por pobreza extrema
a qual no mundo é um tema
de que cresce o número dia a dia-

São meninos:
que em precárias condições
abandonam o seu lar
por maltrato ou violações
que um menor não pode gostar

Meninos que são presa fácil
de serem induzidos ao mal
caindo de forma quase fatal
em alguma mafia criminal

Que sem medir a frequência
os ensinam a delinquir,
sem importar-lhes a consequência
de terem que viver a fugir

O Pai Natal pede que tenhamos tino
e nos pede com amor
que apadrinhemos um menino
de rua, por favor.

DESEO DE NAVIDAD

por Martha Larios (México)

El invierno estaba en su punto. Era nochebuena, veinticuatro de diciembre, hacía muchísimo frío. Mariana, después de ver una hermosa película navideña, a través del cristal, se fue a acostar, y se soñó dentro de ella.

Se encontraba en un hermoso lugar donde varias familias se habían reunido para cantar la última y tradicional posada Mexicana, tomar ponche de frutas caliente, tan característico de la época y a todos los niños les repartieron sus bolsas de golosinas y cacahuates, llamadas aguinaldos.

Mientras esperaban la hora de la cena. Los padres preparaban bebidas, las madres en la cocina terminando de asar el delicioso pavo relleno, alistar la ensalada de Navidad con el color del betabel y las diversas frutas, el pastel de frutos secos y muchas otras delicias. Los niños charlando y jugando al calor de la chimenea.

los villancicos se escuchaban de fondo dando alegría a esta noche tan especial, donde el pino resplandecía de tantas luces de colores. Y desde luego, el centro de atención y lo más especial era el portalito de Belén con sus hermosas figuras, mostrando el nacimiento del Salvador del mundo, motivo de esta gran celebración. A un lado, las sorpresas y regalos, adornados con hermosos moños, que todos esperaban abrir con entusiasmo.

La fiesta transcurrió con gran alegría hasta el amanecer.

Era Navidad, veinticinco de diciembre, la ciudad se encontraba desierta, todos desvelados por la fiesta de la noche anterior, solamente la patrulla que vigila las calles pasó por ahí.

El policía, llamado Alfredo, bajó del auto oficial, era un hombre noble y con un gran corazón, pasó a revisar a los niños que dormían sobre periódicos, ya los conocía de nombre, porque continuamente pasaba a dejarles algo de comida o caramelos.

No le extrañó ver a todos dormidos, pues ellos, a su manera, también celebraban, con lo que gente piadosa les obsequiaba y ese día se habían desvelado viendo una película en el escaparate de la tienda de la esquina. El había pasado el día anterior a dejarles alimentos y regalitos.

Ahora les llevaba ponche caliente. Ellos, al escuchar el ruido del auto, empezaron a levantarse para saludarlo, felicitarlo y agradecerle.

Solo Mariana, que era siempre la primera en encontrarlo cariñosamente, no se levantó. Los niños empezaron a hablarle, moverla desesperados, gritándole y llorando.

Alfredo se acercó, la revisó y les dijo llorando, es muy triste, pero esta noche se fue, por el intenso frío, con el niño Dios, como ella lo había pedido cada Navidad, desde que empezó a vivir fuera de su casa. Por favor cúbranse bien, les traje ropas calientes. Arreglemos todo ésto, y por favor espero que ahora si hagan caso de que debemos irnos a una casa hogar. Siempre nos escucha y éste es el mensaje de amor de nuestro Salvador.

LATIDOS DE NAVIDAD

por Leonor Aguilar (Argentina)

Corría el año 2015. Mi hermano había sufrido un infarto del que había salido vivo gracias a maniobras de resucitación que también preservaron su cerebro. Su corazón, después de haber estado detenido por un tiempo extenso y más allá de las probabilidades, volvió a latir a duras penas.  Ya no había reemplazo de válvulas, medicación ni cosa alguna que pudiera hacerse,  ese corazón nunca más volvería a funcionar ni medianamente bien. Sencillamente, sus posibilidades de vida dependían exclusivamente de un trasplante.

Sólo un treinta por ciento de lo que llamamos corazón funcionaba, eso ocasionaba que ir desde su habitación a cualquier sitio dentro de su hogar agotara sus fuerzas del mismo modo que si hubiera corrido una maratón. En la medida que pasaban los días su salud se iría deteriorando cada vez más, comenzarían a fallar los demás órganos, y si no aparecía con urgencia un corazón compatible, esa cirugía carecería de sentido. Había un momento límite y los plazos se agotaban con velocidad. Por momentos lo sabía bajando los brazos y entregándose al destino, y me ardía en el pecho la cercanía de perderlo. Mi mente se resistía a la idea de repetir la historia con otro  hermano, la muerte nos había golpeado duramente  años antes con el fallecimiento del mayor.

Como es usual en todos estos casos, familiares y amigos hacían cadenas de oración y rezaban por su vida. Los que me conocen saben que yo no soy de esa partida, saben que alguna vez, en un lejano pasado,  creí en el poder de la oración;  también saben que cada vez que deposité mi fe en ese algo a quien llaman Dios,  rápidamente fue a mirar cómo las margaritas crecen desde abajo, por lo que desistieron de invitarme a lo que sabían que no haría. Lo quería vivo. Además, dudo que me hubieran invitado a orar dado que en el pasado mi estadística de rezos y defunciones  no era la deseable.

En este punto aparece un ser, a quien aprecio mucho, pidiendo autorización para poner su caso en la lista de pedidos a la Virgen de Schoenstatt, que parece ser que todos los años obra un milagro para el cumpleaños de Jesús. Por supuesto, nadie diría que no, para los creyentes era una cuestión de fe, y para los que no, sabíamos que de última no le iba a hacer mal, de modo que a las cadenas de oración, grupos, misas, se sumó este pedido por su vida.

La Navidad lo encontró con un corazón nuevo. La cirugía fue un éxito, en la medida que pasaban los días su salud se recuperaba y las complicaciones fueron mermando. Actualmente ha retomado sus actividades laborales, vive en su casa con su familia, pasea a su perro, y salvo la cantidad de medicamentos a los que está atado por el resto de su existencia, tiene a su alcance la posibilidad de llevar una vida muy cercana a lo normal.

Al día de hoy mi madre, mi familia,  mucha gente que conozco y otros que nunca sabré quienes son, han rezado y lo siguen haciendo con sus grupos de oración, agradeciendo por esto que llaman milagro latiendo con fuerza dentro de su pecho.

Por mi parte, quiero agradecer a la familia de un desconocido, a quien he llamado Jesús dada la fecha en que sucedió, por el regalo que hicieron. No deja de ser algo que me perturba que alguien muera para que otro pueda vivir. Y en este caso hubo un alguien que murió y dejó partes de su cuerpo para donar una esperanza de vida. Ese regalo es gigante, y ni siquiera conozco a esa familia, no sé quién era el donante,  qué edad tenía, ni cómo sucedió el accidente que le costó su propia vida.  Muchas veces he pensado en esas personas que supieron hacer un alto para dar tanto, sin saber  quiénes serían los receptores, en un momento de inmenso dolor. No quiero olvidar a nuestros amigos que se presentaron a donar sangre sin conocer a mi hermano, les alcanzaba saber de nuestra necesidad para que pueda realizarse esa cirugía y pusieron su gotita de colaboración.

Hoy puedo decir que sucedió. Pueden llamarle como gusten, milagro, coincidencia, avances de la ciencia. Fueron muchos quienes formaron parte de ese todo para que se concrete. Mi agradecimiento a ellos.

Amigo, si estás leyendo esto y eres creyente, te pido una oración por otro aniversario de una muerte y un nacimiento, por el que porta ese corazón, para que llegue a vivir tanto como para ver a sus hijos adultos y convertidos en hombres de bien,  por el alma del donante y por su familia que dieron lo mejor de sí, y si queda algo, por quienes no poseemos esa fe, pero en el fondo querríamos creer que existe algo más.

LA VERDADERA NAVIDAD

por Martha Larios (México)

Bendita sea la fecha que une a todo el mundo en una conspiración de amor

Hamilton Wright Mabi

Era la noche de invierno más maravillosa, celebrada en todo el mundo, por fin era nochebuena.

Alvaro, un Mexicano que ya era un jovencito, se encontraba por primera vez de visita en otro lugar del mundo, decidió salir a caminar solo para observer. Y veía por todos lados venta de juguetes, regalos, todo pleno de luz y color, hermosos árboles de navidad, gente que iba y venía corriendo cargando regalos y alimentos, notaba hasta nerviosismo y un poco de desesperación en los peatones y en quienes manejaban en el tremendo tráfico, en su urgencia de llegar a sus hogares, con las compras de último momento.

Se encontraba muy cerca de la casa de la familia de amigos que los recibían en su casa junto con su familia para celebrar. Así que decidió sentarse tranquilo en un pequeño café a tomar algo caliente, pues el frío era intenso. Aun no quería regresar, después de una larga caminata, pues al igual que la calle, la casa era un alboroto. El prefería en este momento un poco de soledad y tranquilidad, pues era bastante reflexivo.

Al calor de un te, empezó a pensar en lo maravillosa que es la Navidad, que se inició debido al nacimiento de un único especial y maravilloso ser humano, llamado Jesús, y que gracias a El, esta noche estaba llena de magia y amor en todo el mundo, hasta quienes no eran creyentes o de diferentes religiones, la celebran.

Sus primeras preguntas para si mismo, fueron: Por qué si él fue tan humilde, ahora la gente se vuelve loca por comprar y tener, comer y beber en exceso? Por qué no lo recuerdan cuando se reúne la familia? Estaban celebrando su nacimiento, desde hace más de dos mil años y gracias a El, existe la Navidad. Un día en que las guerras mundiales hacen un alto, en que los seres humanos demuestran que se aman, dan, abrazan, encuentran, buscan, llaman. Acaso no es mágico? Pensó, y qué sucede los demás días del año? El ser humano vuelve a la guerra, al egoísmo, envidia, rencor, por qué no es Navidad siempre en el corazón humano?.

Y lo más triste de todo ésto, que esta celebración, ha sido sustituída por un señor gordo de barba blanca llamado Santa Claus, que trae juguetes a los niños entrando por la chimenea. Y si así fuera, qué sucede con los más pobres, con los que a pesar del frío no cuentan con una?. Y que además el origen de este personaje no es ya ni la más remota idea, ni sombra de su verdadera identidad.

Dos personajes importantes ligados por la Navidad. Jesús, el Salvador del mundo y San Nicolás ahora llamado Papá Noel o Santa Claus, que mucha gente celebra, pero en realidad saben de quién se trata?

Pensando en todo ésto, decidió buscar un internet  e investigar y encontró datos muy interesantes, sobre este segundo personaje.

“Cuenta la historia que San Nicolás nació dentro de una familia rica y acomodada, pero cuando llegó la peste a su localidad, arrasó con cientos de personas, entre ellos sus padres.

Agobiado por el dolor de perder a sus seres queridos, repartió todos sus bienes entre los más necesitados y se fue con su tío que era Obispo, se ordenó como sacerdote y cuando el tío falleció él ocupó su puesto.

También conocido como San Nicolás de Myra (en Oriente, por su lugar de fallecimiento) o San Nicolás de Bari (en Occidente, por el lugar donde fueron trasladados sus restos). Cuando los musulmanes conquistaron Anatolia, un grupo de cristianos sacó de allí en secreto las reliquias del santo y se las llevó a la ciudad de Bari, en Italia.

En esa ciudad se le adjudicaron tan admirables milagros al rezarle a este gran santo, que su culto llegó a ser sumamente popular en toda Europa. Es Patrono de Rusia, de Grecia y de Turquía. En Roma ya en el año 550 le habían construido un templo en su honor. En la actualidad, más de dos mil templos están dedicados a El en todo el mundo.

Desde su niñez, Nicolás destacó por su bondad y generosidad, preocupándose siempre por el bien de los demás. Todo lo que conseguía lo repartía entre los pobres. Decía a sus padres: “Sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos ha dado tanto”. La generosidad es una virtud que siempre se ha asociado a este santo.

Sobre este hombre se cuentan cientos de historias, y destacan sus milagros. Fue famoso en Grecia, Turquía, Rusia y la actual Francia. Su relación con los niños y sus obsequios a ellos, nace cuando se percata de que un hombre pobre tiene tres hijas y sabe que no podrá casarlas porque no tienen la dote que se requería, su destino era ser prostitutas o solteronas.

Por eso, Nicolás entró en secreto a su casa y les puso monedas de oro en sus calcetas, que colgaban en la chimenea para que se secaran; cuando estaba por terminar su noble labor, el padre de las chicas lo descubrió y divulgó la historia por todos lados donde fue.

A partir de ahí, su fama creció como repartidor de obsequios a los niños.

La figura de San Nicolás perdía fuerza en toda Europa, excepto en Holanda. Un grupo de emigrantes holandeses localizados en Norteamérica fundaron Nueva Holanda, que más tarde se denominaría Nueva York al pasar a manos inglesas. Y trajeron con ellos a su San Nicolás.

En 1809 el escritor Washington Irving escribió una sátira, historia de Nueva York, en la que deformó al santo holandés, Sinterklaas, en la burda pronunciación angloparlante Santa Claus.

Más tarde el poeta Clemen Clarke escribe la historia de San Nicolás en Nueva York en 1809, describió la supuesta llegada del santo, sin ropas de obispo, con un caballo blanco que volaba. El relato fue muy popular y todos festejaron la celebración holandesa. El nombre derivó de San Nicolás, a Sinterklaas o Sinter Klaas hasta acabar siendo pronunciado como Santa Claus por los angloparlantes.

Una última transformación de San Nicolás en Santa Claus ocurrió el día 23 de diciembre de 1823, cuando apareció un poema en un diario de Nueva York, titulado Un relato sobre la visita de San Nicolás. Fue escrito por Clement C. Moore poeta, pastor protestante y profesor de estudios bíblicos en Nueva York, ensalzaba el componente mágico del San Nicolás de Irving y lo hizo más creíble. Cambió el trineo tirado por un caballo volador por uno tirado por renos. Lo describió como un tipo alegre, rechoncho y de pequeña estatura, parecido a un gnomo.

Para destacar la historia, en la víspera de Navidad. La imagen del gordo Santa Claus la detalló al máximo el dibujante Thomas Nast (caricaturista político), que por Navidad publicó ilustraciones de Santa Claus en la revista Harper´s Weekly  en 1860. Añadió detalles como ubicar el taller de Santa en el polo norte, y su vigilancia sobre los niños buenos y malos de todo el mundo. El éxito fue arrollador y una nueva imagen de Santa Claus, vestido de rojo, con gorro y botas altas saltó a todas las revistas infantiles y periódicos de su tiempo.

Después Frank Baum creó un personaje entrañable, cálido y amigable que rápidamente fue aceptado por el público y contribuyó a fijar la imagen definitiva de Papá Noel o Santa Claus y el título de santo. Ya en el siglo XX.

En 1931 Haddon Sundblom estuvo dibujando anualmente a Papá Noel por encargo de la empresa Coca-Cola hasta 1964, haciendo un personaje más humano y creíble, como parte de su campaña comercial en Navidad. Cambiaría su capa de pieles por un traje rojo y blanco, dando así lugar al personaje de Santa Claus tal como se conoce ahora”

Alvaro, estaba impresionado después de leer todo ésto, entonces quería decir que los niños Mexicanos no estaban equivocados. Que Santa Claus era un personaje creado por la publicidad de una empresa, y que ha deteriorado totalmente la imagen de un gran y maravilloso ser humano y Santo, alto y delgado, que fue San Nicolás.

Entró corriendo a la sala donde familiares y amigos se encontraban charlando y preguntando a los niños que pedirían a Santa Claus. El se paró con autoridad en medio de todos, con las manos en la cintura y dijo con voz potente. Aquí no vendrá ningún Santa Claus, y siento mucho decepcionar a los niños que están presentes, pero hoy es Nochebuena y se llama así porque en un día como hoy, hace más de dos mil años nació el niño Jesús, que debería ser el personaje más importante de esta noche.

Y deben saber que Santa Claus es San Nicolás y tristemente ahora lo ridiculizan como un gordo con barba y bigote blancos con un traje y gorro rojos, y botas, que no corresponde a su túnica blanca de Obispo. Esto me molesta muchísimo. Cómo el ser humano puedo deteriorar la imagen de alguien tan importante en la historia de la humanidad.

Los adultos se escandalizaron y molestaron, los niños se decepcionaron, pero él inteligentemente, les pidió en un tono amable, diferente al que estaba utilizando, podemos tomar asiento y pueden escucharme un momento por favor?.

Todos atendieron su llamado y alrededor de la chimenea, empezaron a escucharlo. El describió la historia que desde luego, todos ignoraban, como sucede con muchos de nosotros alrededor del mundo. Y después dijo, hoy celebramos, el nacimiento de Jesús, El Salvador del mundo. Por esta razón en México, todavía tenemos tradición y colocamos el nacimiento, que consiste en las figuras de José y María y el niño Jesús, con sus pastores, animalitos y los Reyes Magos. Esta es la verdadera historia de la Navidad y también el deteriorado y manipulado origen de San Nicolás.

Y por si no están enterados, hay muchos países que se oponen a este movimiento mercantil que ha hecho que se pierda la verdadera esencia de la Navidad. Países que se han puesto en movimiento como Alemania, Austria, República Checa y que dicen que es un producto comercial al servicio del consumismo. Figura Estadounidense intrusa que destruye las tradiciones locales de muchas naciones y pueblos y que ha crecido enormemente en todo el mundo. Todo ésto dice wikipedia y otras muchas fuentes serias de internet.

Todos sorprendidos gratamente por la información recibida, más tranquilos y habiendo aprendido mucho esa noche, cenaron en armonía y con gran alegría los niños empezaron a escribir una nueva carta que plasmaba sus deseos, e iniciaba:

Querido Niño Jesús:

Alvaro se sentía feliz de haber logrado hacer conscientes a todos de el verdadero motivo de la Navidad y no la imagen de un personaje inexistente y algunas veces hasta ridículamente usado para deterioro de la salud.

Mientras tanto, los adultos conversaban sobre lo que la mercadotecnia puede hacer para crecer de tal manera y convencer al ser humano, de personajes, cosas, deseos y lugares que no existen. Se disculparon con Álvaro y agradecieron les haya dado una gran lección esa noche… reflexionar, investigar, enseñar y saber por qué desear una muy Feliz Navidad!

Cuento de Navidad

CUENTO DE NAVIDAD

Cuenta una leyenda que, en el paí­s que hoy conocemos como Austria, era costumbre que la familia Burkhard (compuesta por un hombre, una mujer y un niño) animase las ferias navideñas recitando poesí­as, cantando baladas de antiguos trovadores, y haciendo malabarismos que divertí­an a todo el mundo. Por supuesto, nunca sobraba dinero para comprar regalos, pero el hombre siempre le decí­a a su hijo:

-¿Tú sabes por qué el saco de Papá Noel nunca termina de vaciarse, con la de niños que hay en el mundo? Pues porque, aunque está lleno de juguetes, a veces también deben entregarse algunas cosas más importantes, que son los llamados “regalos invisibles”. A un hogar dividido, él lleva armoní­a y paz en la noche más santa del año cristiano. Donde falta amor, él deposita una semilla de fe en el corazón de los niños. Donde el futuro parece negro e incierto, él lleva la esperanza. En nuestro caso, cuando Papá Noel nos viene a visitar, al dí­a siguiente todos nos sentimos contentos por continuar vivos y por poder realizar nuestra trabajo, que es el de alegrar a las personas. Que esto nunca se te olvide.

Pasó el tiempo, el niño se transformó en un muchacho, y cierto dí­a la familia pasó por delante de la imponente abadí­a de Melk, que acababa de ser construida.El joven Buckhard queria quedarse alli. Los padres comprendieron y respetaron su deseo. Llamaron a la puerta del convento, que aceptaron al joven Buckhard como novicio.

Llegó la ví­spera de la Navidad y, justamente ese dí­a, se obró en Melk un milagro muy especial: Nuestra Señora, llevando al Niño Jesús en brazos, decidió bajar a la Tierra para visitar el monasterio.

Sin poder disimular su orgullo, todos los religiosos hicieron una gran fila, y cada uno de ellos se iba postrando ante la Virgen, procurando homenajear a la Madre y al Niño.
Al final de la fila, el joven Buckhard aguardaba ansioso. Sus padres eran personas simples, y sólo le habí­an enseñado a lanzar bolas a lo alto para hacer con ellas algunos malabares.

Cuando le tocó el turno, los otros religiosos querí­an poner fin a los homenajes, pues el antiguo malabarista no tení­a nada importante que decir, y podrí­a dañar la imagen del convento. Sin embargo, también él sentí­a en lo más hondo una fuerte necesidad de ofrecerles a Jesús y a la Virgen algo de sí­ mismo.

Avergonzado, sintiendo la mirada recriminatoria de sus hermanos, se sacó algunas naranjas de los bolsillos y comenzó a arrojarlas hacia arriba para atraparlas a continuación, creando un bonito cí­rculo en el aire.

Fue sólo entonces cuando el Niño Jesús empezó a aplaudir de alegrí­a en el regazo de Nuestra Señora. Y fue sólo a este muchacho a quien la Virgen Marí­a le extendió los brazos y le permitió sostener durante un tiempo al Niño, que no dejaba de sonreí­r.

(inspirada en una historia medieval)

Paulo Coelho

Diálogo de mar viento y noche

DIÁLOGO DE MAR, VIENTO Y NOCHE

por Russo Galeas Maynor (Canadá)

Cerrado! Candado
Sin aldaba o ventana
La madera tiembla
El candado aprieta
Una gaviota vuela
Ruido y silencio
Cor de cedro
sabor de uva
Mancha de vinho
Aroma de coñac
Se suelta del vaso
No paladar
Gaviota bailando
Viento y aire azul
Sonido de cuerdas de trompeta y percusión!
Claude Debussy es el capitán
Y la víctima mi corazón.





Moños rojos y verdes

MOÑOS ROJOS Y VERDES

Cierro los ojos y aún puedo ver a mi madre decorando la casa para la Navidad. Llegada esa época del año, un halo de luz la envolvía, un entusiasmo casi adolescente la invadía.

Era conmovedor cómo contemplaba las vidrieras adornadas, sus ojos adquirían un brillo que me sorprendía. Parecía una niña frente a la vidriera de una juguetería.

Todo en ella era entusiasmo. Armábamos el arbolito en familia, siempre bajo su supervisión. Yo observaba cómo nos miraba, con ese infinito amor y esa alegría que en cada Navidad me seguían sorprendiendo. Llenaba la casa de moños rojos y verdes, que ella misma confeccionaba y siempre encontraba un rincón nuevo donde colocarlos.

Hasta que todo cambió. Hoy la realidad es muy distinta. Era diciembre, y, para mi madre, el reloj se había detenido, o mejor dicho, se había aletargado.

La contemplaba en su cama de terapia intensiva y no terminaba de entender por qué su cerebro le había jugado esa mala pasada. Un accidente cerebro vascular había pasado como un huracán, y no sabíamos cuánto de ella había quedado.

Los médicos informaron que la operación había sido difícil, pero confiaban en que todo saldría bien. Solo había que esperar que despertara de ese sueño suyo y esa pesadilla mía, tenía miedo, mucho miedo.

Nadie podía decirme a ciencia cierta cuándo despertaría y cómo, nadie podía decirme nada que me consolara y que me diera la seguridad de que se quedaría conmigo.

Ya era diciembre, y el huracán no le había dado tiempo para confeccionar sus amados moños verdes y rojos, y no pude ver en sus ojos ese entusiasmo que no había visto en otros jamás.

Algo debía hacer, además de rezar y no sabía qué. Estaba también yo detenida con ella, y la Navidad se acercaba.

El tiempo de visita era muy corto, casi inexistente, debía irme, la despedí con un beso, salí y comencé a caminar.

Era diciembre, y la vidrieras ofrecían ese maravilloso espectáculo que mi madre adoraba. Todo era dorado, rojo, blanco, verde, luminoso. Había duendes y renos de paño que parecían extrañar la mirada de mi madre.

Miré una y otra vez, y todo me remitía a ella, a sus ojos entusiastas, a sus gestos y a sus manos laboriosas que fabricaban esos moños verdes y rojos.

Tomé una decisión: si bien podía resultar una idea tonta y hasta ridícula, hice algo que creía a ella le iba a gustar.

Compré cintas rojas y verdes, y, con una torpeza propia, agravada por mi tristeza y mis nervios, elaboré los mejores moños que pude.

Adorné toda la casa, pensando en que tal vez ese gesto tan de ella obraría el milagro que yo necesitaba.

Era tiempo de Navidad, y dicen que, en esta época del año, el niño Dios reparte milagros por aquí y por allá.

Cuando terminé de decorar toda la casa, otra idea aún más loca cruzó mi mente.

Armé dos moños más con tanto amor y desesperación que, hasta creo, quedaron bonitos.

Aguardé la hora del segundo parte médico y pedí permiso para colgar los dos moños de su cama.

Me costó mucho convencer al médico de que no se trataba de embellecer la terapia para la época festiva, que era un símbolo, que era mi hora de devolverle todos los moños con los que ella había alegrado mis Navidades.

Finalmente, pude colocar un moño a cada costado de su cama y, sin importarme la cara con la que me miraban las pocas personas que circulaban por la terapia, me dispuse a esperar y seguí rezando.

Mamá despertó y, no solo eso, me reconoció, miró los moños y sonrió.

No puedo afirmar que los moños sean los responsables de su recuperación, seguramente, no es la explicación más lógica, sí, en cambio, la pericia de los médicos que la operaron. No importa lo que yo pueda decir, ni lo que digan los otros. Importa lo que sé, y lo sé porque lo siento: uno de esos milagros que el Niño Dios salpica en Navidad tocó a mi madre…

¿Y los moños? Yo creo que los moños le mostraron al Niño el camino y, sin dudas, marcaron para siempre el mío.

 Liana Castello

El Reidor

EL REIDOR

Heinrich Böll (Alemania, 1917-1996)

Cuando me preguntan por mi oficio, siento gran confusión. Yo, al que todo el mundo considera un hombre de una gran seguridad, me pongo colorado y tartamudeo.

Envidio a las personas que pueden decir: soy albañil. Envidio a los peluqueros, contables y escritores por la simplicidad de su confesión, pues todos estos oficios se explican por sí mismos y no necesitan aclaraciones prolijas. Pero yo me siento obligado a responder: “Soy reidor.” Tal confesión implica otras preguntas, ya que a la segunda: “¿Puede usted vivir de ello?”, he de contestar con un sincero “Sí”. Vivo de mi risa y vivo bien, pues mi risa -hablando comercialmente de ella- es muy cotizada. Soy un reidor bueno, experto; nadie ríe como yo, nadie domina como yo los matices de mi arte.

Durante mucho tiempo -y para prevenir preguntas enojosas- me he calificado de actor, sin embargo, mis facultades mímicas y vocales son tan nimias que esta calificación no me parecía adecuada a la realidad. Amo la verdad, y la verdad es que soy reidor. No soy payaso ni cómico, no alegro a las gentes, sino que produzco hilaridad: río como un emperador romano o como un bachiller sensible, la risa del siglo XVII me es tan familiar como la del siglo XIX y si es preciso río como se ha hecho a través de todos los siglos, de todas las clases sociales, de todas las edades: lo he aprendido tal como se aprende a poner suelas a los zapatos. La risa de América descansa en mi pecho, la risa de África, risa blanca, roja, amarilla; y por un honorario decente la hago estallar, como mande el director artístico.

Me he hecho imprescindible, río en discos, río en cinta magnetofónica, y los directores de radionovelas me tratan con gran respeto. Río melancólicamente, moderadamente, histéricamente, río como un cobrador de tranvía o como un aprendiz del ramo alimenticio; produzco la risa mañanera, la vespertina, la nocturna y la risa del ocaso, en una palabra: allí donde haya necesidad de reír, allí estoy yo.

Créanme, este oficio es cansado, y lo es tanto más cuanto que -y esta es mi especialidad- domino la risa contagiosa. Por eso soy imprescindible para los cómicos de tercera y cuarta categoría, que con razón tiemblan por el efecto de sus chistes. Casi todas las tardes me siento en los locales de variedades para reír contagiosamente en los momentos débiles del programa, con lo que constituyo una especie de sutil claque. Este trabajo tiene que realizarse con gran exactitud: mi risa cordial y espontánea no ha de sonar demasiado pronto ni tampoco demasiado tarde, sino en el momento preciso. Entonces, según se ha programado, empiezo a soltar carcajadas y todos los asistentes se unen a mis risas, con lo que el chiste se ha salvado.

Después me dirijo, agotado, sigilosamente al camerino, me pongo el abrigo, feliz por haber terminado mi trabajo. En casa me esperan casi siempre telegramas con “Necesitamos urgentemente su risa. Grabación el martes” y, pocas horas más tarde, me acurruco en un expreso con demasiada calefacción y maldigo mi suerte.

Todo el mundo comprenderá que, terminada mi jornada o en vacaciones, tenga pocas ganas de reír: el ordeñador está contento si puede olvidarse de las vacas, el albañil feliz si puede olvidar el mortero y los carpinteros suelen tener en casa puertas que no funcionan o cajones muy difíciles de abrir. A los pasteleros les gustan los pepinillos en vinagre, a los carniceros el mazapán y los panaderos prefieren la carne al pan; a los toreros les encantan las palomas, los boxeadores se ponen pálidos si a sus hijos les sangra la nariz: lo comprendo muy bien, pues yo después del trabajo jamás me río. Soy un hombre superserio y la gente me considera -acaso con razón- pesimista.

En los primeros años de nuestro matrimonio, mi mujer solía decirme: “Ríete”, pero, mientras tanto, se ha dado cuenta de que no puedo satisfacer su deseo. Soy feliz cuando puedo relajar mis cansados músculos faciales, cuando puedo relajar mi cansado ánimo a base de una profunda seriedad. Sí, también la risa de los otros me pone nervioso, porque me recuerda demasiado mi oficio. El nuestro es, pues, un matrimonio tranquilo y pacífico, porque también mi mujer ha olvidado qué es reír. De vez en cuando la pillo con una sonrisa y entonces también yo sonrío. Hablamos sin levantar la voz, pues odio el ruido de las variedades, odio el ruido que puede reinar en los estudios de grabación. La gente que no me conoce me considera poco comunicativo. Tal vez lo sea porque he de abrir demasiado a menudo la boca para reír.

Sigo mi vida con rostro inmutable, solo de vez en cuando me permito una leve sonrisa y a menudo me pregunto si habré reído alguna vez. Creo que no. Mis hermanos pueden decir que siempre he sido un muchacho serio.

Así pues, suelo reír de múltiples formas, pero desconozco mi propia risa.

A veces dan ganas de pegarles una puteada

A VECES DAN GANAS DE PEGARLES UNA PUTEADA

Por Russo Galeas – Maynor


A veces dan ganas de pegarles una puteada.

Milan Kundera, el autor de La insoportable levedad del ser, al que las autoridades comunistas de la antigua Checoslovaquia retiraron la nacionalidad en 1979, recuperó la ciudadanía checa después de 40 años.

El embajador de República Checa en Francia, Petr Drulak, informó a través de la radio pública checa que entregó a Kundera el certificado que le acredita como ciudadano el pasado 28 de noviembre en su piso de París.

El escritor, que tiene 90 años, se exilió en 1975 en Francia, país del que obtuvo la nacionalidad en 1981 y cuya lengua adoptó desde 1994 para escribir.

El diplomático aseguró que se trató de “un gesto simbólico muy importante” para reparar la injusticia que el anterior régimen comunista cometió con “el mejor escritor checo”.

El Partido Comunista lo había expulsado de sus filas en 1950, y en 1975 huyó de la entonces Checoslovaquia para vivir en Francia. / AFP

“Le pedí disculpas de parte de la República Checa por los ataques de los que había sido objeto durante años. Estaba de buen humor, sólo tomó el documento y dijo gracias. Es un hombre muy cálido”, dijo el embajador.

“Le pedí disculpas de parte de la República Checa por los ataques de los que había sido objeto durante años”, relató el embajador checo en Francia.

Según el diplomático, además de ellos, a la ceremonia solo asistió Vera, la mujer del novelista, y fue un acto sencillo y cordial.

Pese a ser el novelista checo más popular desde Franz Kafka, Kundera mantuvo una difícil relación con su país, incluso después de la caída del régimen comunista y la llegada de la democracia, hasta el punto de adoptar el francés como lengua literaria y negarse a revisar las traducciones al checo de sus obras. Se convirtió en los pasados 30 años en un autor casi invisible, nunca concede entrevistas y apenas se deja ver en público.

Durante el proceso aperturista de la “Primavera de Praga” fue uno de los representantes de la oposición al régimen prosoviético checoslovaco, lo que pagó más tarde con su expulsión del Partido Comunista y la prohibición de publicar.

Kundera se exilió en Francia en 1975 y publicó en checo -en una editorial de Toronto- sus obras más conocidas como El libro de la risa y el olvido, La insoportable levedad del ser y La inmortalidad.

La insoportable levedad del ser, una novela sobre un triángulo amoroso que marcó a varias generaciones con sus reflexiones sobre el eterno retorno y el sentido de la vida, ha sido su mayor éxito comercial, pero solo se publicó en 2006 en República Checa.

Reparación. El embajador checo en Francia le pidió disculpas al novelista de parte de la República Checa por los ataques de los que había sido objeto durante años.

Kundera declinó varias la invitación para viajar a la República Checa, país que no visita desde hace unos 25 años, y tampoco asistió a la entrega del Premio Nacional de Literatura en 2007, lo que algunos consideraron un desplante.

“La insoportable levedad del ser”, una novela sobre un triángulo amoroso que marcó a varias generaciones con sus reflexiones sobre el eterno retorno y el sentido de la vida, ha sido su mayor éxito comercial, pero solo se publicó en 2006 en República Checa.

En 2008, el Instituto checo para el Estudio de los Regímenes Totalitarios (USTRCR) le acusó de delatar en 1950, cuando tenía poco más de 20 años, a un espía que acabó 14 años en prisión.

El escritor rompió entonces su habitual silenció para calificar esas acusaciones de “puras mentiras”. El acta que probaría su trabajo como delator no contaba con su firma.

Fuente EFE y AFP

Leon Uris

LEON URIS

Leon Marcus Uris nació el 3 de Agosto de 1924 en Baltimore, Maryland, en el seno de una familia de inmigrantes judíos llegados desde Europa del este. Poco después del ataque japonés a Pearl Harbor, Uris abandonó la escuela secundaria y se unió a los marines, donde sirvió como operador de radio.

Abandonó el colegio a los 17 años para unirse al Cuerpo de Infantería de Marina de Estados Unidos. Entre los años 1942 y 1945, durante la  II Guerra Mundial, estuvo destinado en el Pacífico Sur; de esta experiencia, nació su primer libro Grito de guerra (1953) en el que llegó a trabajar, de forma incansable, hasta 18 horas al día, y que fue bien acogido tanto por el público como por la crítica.

En el mismo año de su publicación, León Uris viajó a Hollywoos para encargarse de la escritura del guión. Allí escribió un western original que apareció en la pantalla con el título de Duelo de titanes, película dirigida por John Sturges y protagonizada por Burt Lancaster y Kirk Douglas.

En 1956 cubrió como corresponsal los conflictos entre árabes y palestinos y dos años más tarde publicó Éxodo, una larga novela en la que narra la historia del pueblo judío desde principios del siglo XX hasta 1948. La novela fue llevada al cine por Otto Preminger, que modificó parte del argumento, lo que llevó al escritor a declarar públicamente que el director había arruinado su novela.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Uris se instaló en San Francisco, donde trabajaba y escribía artículos para revistas, aunque todo su trabajo fue rechazado hasta 1950, cuando Esquire le compró un artículo. Con el cheque de 300 dólares en el bolsillo, se puso a trabajar en Grito de guerra, una novela basada en sus experiencias como marine.

El espíritu patriota del libro, en contraste con otras novelas de guerra, hcieron de Grito de guerra un éxito comercial. Warner Brothers compró los derechos cinematográficos y Uris se trasladó a Hollywood para escribir el gión de la película que se estrenó en 1955.

A partir de ese momento se dedicó por completo a la literatura, publicando novelas tan conocidas como Exodus, obra traducida a más de diez idiomas y que fue llevada al cine por Otto Preminger en 1960.

El resto de su obra, al igual que Exodus, se centró casi por completo en la historia del pueblo judío en el siglo XX, aunque también trató temas como el nacionalismo irlandés o la I Guerra Mundial.

Tras estos éxitos decide hacer un viaje a Israel; su fruto fue Éxodo, su novela más célebre. A ésta le siguieron, entre otras, Topaz, llevada al cine por Alfred Hitchcok en una película de gran éxito en 1969. Este thriller sobre la Guerra Fría estuvo una semana entera en el número uno de la lista de Best-sellers del periódico New York Times.

Aunque nunca consiguió la graduación escolar, con tan sólo seis años escribió una opereta con motivo del fallecimiento de su perro. Leon Uris estaba destinado a ser lo que fue, un narrador sencillo de grandes historias. Falleció el 21 de Junio de 2003 en su casa de Shelter Island, Nueva York Tenía 78 años y sufría una insuficiencia renal.

Suite en blanco

SUITE EN BLANCO

El ballet Suite en blanco de Serge Lifar fue interpretado por primera vez por el Ballet de la Ópera de París en 1943, llamado así por los trajes blancos. Cuando los hombres usaron medias negras en 1946, se convirtió en Noir et blanc. Lifar revivió personalmente el original en el Ballet de Australia en 1981. Suite en blanco está en el repertorio del Ballet de la Ópera de París y el Ballet de Australia.

Suite en blanco es internacionalmente aclamada como una obra maestra neoclásica, un ballet en un acto diseñado para mostrar el virtuosismo técnico. Coreografiado por Serge Lifar para el Ballet de la Ópera de París, se estrenó en Zurich en 1943 con Yvette Chauvire y Lifar mismo interpretando papeles principales. Lifar extrajo en gran parte la música para Suite en blanc de la partitura de Edouard Lalo para Namouna, un ballet de corta vida coreografiado por Petipa en 1882.

El ballet es una pieza de exhibición sin trama, un ballet sobre el ballet, con solos, dúos y danzas grupales que muestran las armonías y los manjares de los bailarines. Cuenta con cuatro parejas principales y un cuerpo, algunos con vestidos largos de bailarina, otros en tutús cortos.

Suite en blanco es una de las pocas obras sin el folleto de un coreógrafo. Una ausencia de argumento justificada así por el maestro: “A partir de ahora la ciencia coreográfica existe. Como regla general, en un ballet, uno se interesa demasiado en el aspecto dramático, expresivo, externo de la danza y de manera insuficiente en sus aspectos puramente técnicos.

Tutús blancos para bailarinas, boleros blancos y medias a juego para bailarines, el ballet es una suculenta pastelería visual. Durante los ensayos, el vestido de los bailarines a veces se modificaba: así es como la obra también se conoce como Blanco y Negro , especialmente cuando fue interpretada por el grupo del Marqués de Cuevas desde 1946 en adelante. marcado por un fantástico desacuerdo: en 1958, Lifar y el marqués de Cuevas resolvieron el desacuerdo con la espada. De hecho, durante una discusión bastante animada, el Marqués (entonces de 73 años) golpeó a Lifar, quien pidió una compensación durante un duelo al que asistió una prensa medio tonta, medio divertida. Oficialmente, el desacuerdo fue sobre la recuperación de Suite en Blanco. De hecho, los dos hombres se enfrentaron por un asunto valiente ingeniosamente inventado en una “disputa artística”. Para la anécdota, el testigo del marqués de Cuevas fue Jean-Marie Le Pen

Alicia en el país de las maravillas

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Alicia en el País de las Maravillas” es un ballet de tres actos dirigido y coreografiado por Christopher Wheeldon, con decoración de Nicholas Wright y música de Joby Talbolt. La obra es una coproducción entre el Royal Ballet of London y el National Ballet of Canada (NBC) y se estrenó en ambos países en 2011.

El ballet está basado en la novela de Lewis Carrol. A Wheeldon le atrajo la diversidad y originalidad de los personajes, y encontró en la historia una perfecta oportunidad para tener un papel de primera bailarina solista. Quiso con ello crear algo más amistoso para el público, eligiendo a Lauren Cuthbertson como papel principal, ya que creyó que sería la bailarina idónea para cautivar a la audiencia y hacerla creer en Alicia.

Cuando Lewis Carroll imaginó a su Alicia, dejó de lado las convenciones para sumergirse en un universo donde todo es posible, ilógico, fantasmagórico, extraño. Christopher Wheeldom siguió los pasos del autor de “Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas”, para romper con algunos códigos del relato formal y armar su propio mundo de fantasías.

Los personajes de la vida real de Alicia son los protagonistas de su mundo imaginario. El mismo Carroll es el fotógrafo que luego se convierte en conejo blanco; la madre es la cruel y despiadada Reina de corazones cuyo único placer es cortar las cabezas de quienes se animan a contradecirla. Un personaje rico, insoslayable, con toques de humor satírico que dejan ver un excelente trabajo técnico-actoral.

Wheeldon también incorporó una historia de amor entre Alicia y Jack, que en el mundo imaginario de la protagonista es la Sota de corazones. El mejor momento de ambos es el pas de deux final en el que logran mostrarse como sólidos bailarines a través de una propuesta coreográfica simple. Tiene saltos precisos, giros veloces, y contribuye en un final donde aparece la danza ausente durante la obra.

Bob Crowley, el realizador de la escenografía, es el artífice de ese mágico efecto que hace que Alicia se encoja y se agrande por solo beber una poción extraña dentro de una botella.

La música de Joby Talbot es una magnífica partitura que mezcla disonancias con armonías tradicionales que parece ser la música justa para la Alicia de Carroll.

La Alicia de Wheeldom es bella y atractiva, con aciertos indiscutibles como la oruga, el jardín de la Reina de corazones, el sombrerero y los diseños victorianos. Y por sobre todo, por esos magníficos toques de humor que satirizan el cuento, lo reinventan y lo inundan de color y frescura.

ARGUMENTO

ACTo I

Oxford, 1862. En la fiesta en el jardín de la familia Liddell, Lewis Carroll, un amigo de la familia, entretiene a tres jóvenes hermanas con una historia y trucos de magia. Una de ellas, Alicia, es amiga del hijo del jardinero, Jack. Él le da una rosa y ella le da tarta de mermelada. La madre de Alicia acusa a Jack de robarle y le despide. Entre una curiosa variedad de invitados llega Lewis Carroll a consolar a Alicia. Mientras toma una fotografía desaparece bajo la tela de la cámara y emerge como el Conejo Blanco, luego se cuela en la bolsa de su cámara. Alicia le sigue y cae en un mundo misterioso y maravilloso. Jack es la Sota de Corazones, acusado de robar una bandeja de tartas por la irascible Reina de Corazones, cuyos guardias persiguen sin descanso. Alicia espía el jardín a través del agujero de la cerradura, pero no alcanza. Encuentra una bebida que la hace encoger y una tarta que la hace gigante. Nada en el lago de sus propias lagrimas con una extraña variedad de criaturas, y organiza una carrera para animarlos. Se topa con una Duquesa en una casa de campo atendiendo a un bebé (mientras el Cocinero convierte a los cerdos en salchichas), un hombre-pez y un hombre-rana, y al misterioso Gato Cheshire. El Conejo Blanco y la Sota de Corazones, preocupados por su seguridad, le prohíben seguirles y le vendan los ojos.

ACTO II

Alicia se encuentra aún más confundida cuando pregunta por direcciones al Gato Cheshire, después se encuentra en una extraña fiesta del té con el Sombrerero Loco, la Liebre de Marzo, y un somnoliento Lirón. Se escapa, para conocer una exótica Oruga posada en un hongo que le da un trozo de seta. Al fin se encuentra en el jardín, lleno de extrañas y preciosas flores, y para mayor deleite, se encuentra a la Sota de Corazones. Pero la Reina de Corazones aún sigue en su búsqueda y la Sota tiene que escapar de nuevo, seguido por el Conejo Blanco y Alicia.

ACTO III

Tres jardineros están pintando los rosales de color escarlata tras haber plantado erróneamente rosales blancos, que odia la Reina de Corazones. La Reina llega y ordena la ejecución de los jardineros. Después de mostrar sus habilidades de baile, ella y la duquesa juegan al cróquet con flamencos por mazos y erizos por bolas. Cuando la Duquesa acusa a la Reina de hacer trampas, ésta ordena también su ejecución. La Sota de Corazones es descubierta y llevada al castillo para el juicio. Todos los coloridos personajes son testigos y acusan a la Sota mientras que el juicio se hunde en el caos. Su defensa no sirve de nada así que Alicia interviene: ella insiste en que él es inocente, si hay algún culpable, es ella. Su testimonio final consigue ganarse el corazón de todo el mundo menos el de la Reina, que se apodera de un hacha. Se sucede la persecución. Sin ninguna escapatoria a la vista, Alicia empuja a uno de los testigos, que cae encima de otro, y este encima de otro, así hasta que toda la corte se derrumba: sólo era un juego de cartas, después de todo. En medio de todo este caos, Alicia se despierta.