Aquella estrella

AQUELLA ESTRELLA

por Marvin Galeas /El Salvador)


Llegó noviembre con su viento, cielo limpio, el olor a maleza seca y también llegó Mireya. Finalizaba el año de 1983 y una baladita de Bonnie Tyler arrasaba en las listas de popularidad.

Mireya era una de las asistentes del comandante Leonel González, quien había llegado a la primera reunión del la Comandancia General del FMLN en Morazán. Él era el máximo dirigente de las FPL. Lo acompañaba el comandante Dimas Rodriguez, quien murió en 1989.

También llegó Schafik con un pequeño grupo de ayudantes. Entre los comunistas llegó también Dagoberto Gutiérrez, conocido como comandante Logan, con quien a pesar de las diferencias hice una amistad que perdura hasta hoy.

Llegó Roberto Roca, boina, barba, bigote y su puro. La viva imagen del Che. Lo acompañaba su compañera Elizabeth, una guapa muchacha que me recordaba a Tania. Llegó, el comandante Leo de la Resistencia Nacional. Fermán Cienfuegos no pudo asistir, debido a una difícil situación interna que estaba pasando su organización.

A mí quien me llamaba la atención era Mireya, quien decía luchar por el paraíso en la tierra. Tenía los ojos achinados, el pelo liso, negro y largo. Nariz y boca pequeñas, cejas coquetas, de mediana estatura, curvas pronunciadas y fácil sonrisa. Era de San Salvador y al igual que yo extrañaba el asfalto, los semáforos, el olor a gasolina, el basquetbol colegial, el cine Vieytez y el bolerama Jardín.

Nos caímos bien desde el primer saludo. De pronto para mí platicar con ella, Mireya, era como entrar al café Bella Nápoles, pedir un café, una repostería y hablar de novelas y poesía. Pero descubrimos una vez, que dos de las cosas que más nos gustaba hacer cuando vivíamos en San Salvador, era leer las tiras cómicas de los diarios y ver las caricaturas de Merrie Melodies, que pasaban al mediodía en la tele.

Así que mientras los comandantes planificaban nuevas operaciones militares y la toma del poder, la chinita Mireya y yo nos moríamos de risa recordando a un perro con uniforme de policía llamando, con rostro grave, a todas las patrullas “Calling all cars, Calling all cars”. Otras de nuestras favoritas eran el pequeño Búho, hijo de una ilustre familia de músicos, que cantaba a ritmo de Foxtrot “I love to singa” y las aventuras del Conejo Bugs y su célebre What`s up doc.

Me contaba, ella, Mireya, de los operativos contrainsurgentes de Chalatenango, de la vida en los campamentos y de la Radio Farabundo Martí. Una vez me dijo: “allí, en la radio, hay un chero bien buena onda que se llama Haroldo”, quien resultó ser el poeta Miguel Huezo Mixco, a quien yo conocía desde los tiempos del café Bella Nápoles. Haroldo era productor y locutor de la radio que transmitía desde Chalatenango.

Terminó, a finales de enero del 84, la reunión de la Comandancia General del FMLN en Morazán. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me despedí de la chinita Mireya. Se fueron. Dos meses después hablamos por los radios inalámbricos. Me contó que se había hecho novia de Haroldo, el poeta, y que pese al recrudecimiento de la guerra la estaba pasando bien. Ya no volvimos a hablar nunca más. A mediados del 85 u 86, no recuerdo bien, me dijeron que Haroldo quería decirme algo importante por la radio.

“Cayó la Montaña” me dijo con una voz que yo sentí, en la distancia, como queriendo llorar. La Montaña era el indicativo de la chinita Mireya. No supe qué decir. Moría tanta gente cada día. Pero se me puso triste el momento, gris, melancólico. No son los himnos de guerra los que me recuerdan a la Chinita en estos días, sino canciones como “Eclipse total de corazón”.

El cuerpo de ella, Mireya, debe estar enterrado en algún lugar de Chalatenango. Un día de estos viendo a los hombres del poder, saco italiano, prepotencia elevada al cubo y corbata de seda, recordé a la Chinita y su sonrisa coqueta y se me vino Phil Collins diciendo “Oh think twice, cause it`s another day for you and me in paradise”.

Yo soy Fontanarrosa

Yo soy Fontanarrosa

Juan Villoro

 

 

 

-Te van a expulsar, pendejo -me dijo Kafka.

Yo llevaba años sin tocar un balón y de pronto enfrentaba el pésimo humor de Kafka y los consejos de Chéjov, que de nada servían.

Chéjov jugaba de medio escudo, no porque tuviera facultades, sino porque quería estar en el centro de la cancha, donde hay más gente para dar consejos. Desde el silbatazo inicial, gritó cosas apasionadas que nadie entendió. Como si hablara en ruso, el muy mamón. Por ahí del minuto 14 hubo una pausa (la pelota se fue a la cancha de al lado, donde un delantero anotó con ella un golazo inútil); mientras, Chéjov me recomendó marcar al extremo izquierdo a dos metros de distancia. Luego dijo:

-Te va a fundir.

Esto ya no era un consejo sino una negra hipótesis. No lo insulté porque yo no estaba en condiciones de discutir.

Jugábamos en un potrero con más hoyos que pasto, no lo digo para disculparme -todo mundo sabe que las condiciones del terreno afectan por igual a los dos equipos- ni porque tenga mucho toque, pero intenté pases finos, de corte europeo, que fueron desfigurados por un hueco. Era como patear pepinos.

Todos deslucían en ese campo, pero el pinche Kafka consideraba que yo jugaba peor. Cuando me preguntaron cuál era mi posición dije que lateral derecho. Siempre jugué de extremo derecho, pero he fumado demasiado y rebajé mi puesto.

Carezco de fuelle y el dribling es una habilidad proletaria que desconozco. Me faltan potencia y picardía. Mi estilo es europeo, pero del tipo portugués. Ni muchas carreras ni muchos desbordes. Pases elegantes, alguna que otra pared, un fútbol de clase que no siempre se aprecia.

Por desgracia, yo parecía un portugués en Angola. Todas las canchas populares de México están en África. Había que oír esos gritos y ver esa tierra agrietada: una contienda inter-tribus donde cada encontronazo hacía que una espiral de polvo subiera al cielo como una plegaria primitiva. ¡Y así querían que marcara al extremo izquierdo!

Cuando conocí al equipo, me impresionó el porte de uno de los centrales, Tolstoi. El tipo parecía La Guerra y la paz. A su lado estaba Ben Okri. Tenía facha de basquetbolista y terribles ojos color carbón.

No sé quién es Okri. Soy escritor pero leo poco porque no quiero influenciarme. Supongo que es un africano. En el fútbol está de moda tener africanos. Además, esa cancha era perfecta para un prófugo de los leones.

Al otro lado, de lateral izquierdo, se movía el inquieto Kawabata. Un zurdo natural que disparaba diagonales imprevistas. Tampoco he leído a Kawabata, pero vi una película supercachonda basada en un texto suyo.

Nuestro 10 era Cortázar. La verdad, era el único con idea de lo que hacía. Tocaba el balón como si hubiera nacido en Argentina. Un crack. Lo malo es que sus pases iban a dar a Joyce, un presuntuoso que se sentía hecho a mano. Cortázar le puso el balón en bandeja y Joyce disparó a las nubes, o al cielo gris donde debería haber nubes. Luego sonrió como si sus errores fueran geniales.

Aunque los demás también se equivocaban, desde el principio se ensañaron conmigo. Por ahí del minuto 28, el extremo izquierdo me rebasó con facilidad, siguió de largo y Tolstoi y Ben Okri le salieron al paso. Los centrales demostraron lo que puede la fuerza bruta ante un jugador habilidoso: lo hicieron sándwich. El árbitro decretó penalti.

Así nos metieron el primer gol. 28 minutos sin gol podía ser visto como una proeza para nuestro equipo, pero Hemingway, que sólo se animaba cuando había un conato de bronca, me vio con esos ojos que en las canchas reglamentarias significan: «nos vemos en los vestidores» y en las canchas donde no hay vestidores significan: «te voy a partir la madre», sin que haya que precisar el escenario.

En la siguiente oportunidad en que el extremo izquierdo se quiso lucir, traté de meterle una zancadilla pero me salió una patada. Vi la tarjeta amarilla. Entonces fue cuando Kafka me dijo que me iban a expulsar por pendejo.

Él era nuestro capitán. Siempre he respetado los códigos del fútbol, pero no me gustaba que un tipo con pelo de roedor (de hámster, para ser exacto) pusiera en entredicho su autoridad haciéndole caso a Chéjov, que me ordenaba como si fuera Johan Cruyff:

-¡Abre la cancha!

¿Sabía él que dos horas antes yo estaba fumando mi quinto cigarro del día? ¿Que la coca y el trago me ayudan a vivir, siempre y cuando eso no implique correr? ¿Que la barriga me pesa como si fuera de otra persona? ¿Que la última vez que visité a mi ex mujer el elevador estaba descompuesto, tuve que subir por la escalera y llegué arriba con una cara tan preocupante que ella se abstuvo de insultarme?

Obviamente no sabía nada. Él era Chéjov, instructor de inferiores. A su lado, Kafka parecía dispuesto a enviarme a una colonia penitenciaria.

Jugaba por mi libertad, como todos los hombres de palabra verdadera, según dice el Subcomandante Marcos. Pero yo enfrentaba un desafío superior: estaba arrestado en la cancha.

Nuestro equipo llevaba nombres de escritores en los dorsales. Eso era especial. Más especial era que mis diez compañeros trabajaban en la policía.

Alguna vez le dije a mi ex esposa (entonces mi novia) que el fútbol significaba un estado de ánimo. He llorado con los goles del Cruz Azul y mi única fractura se debió al fútbol (pateé el refrigerador cuando nos eliminó el Santos). Afición no me falta. Cada vez que atravieso un parque y veo niños jugando, anhelo que se les vaya la pelota para devolvérselas con un toque que considero maestro, aunque le pegue al carrito de algodones de azúcar.

Lo que me molesta es correr. El organismo se degrada con ese desgaste disfrazado de ejercicio. Correr envilece y correr en el trópico o a dos mil metros de altura envilece dos veces. Los mexicanos debemos caminar.

El problema, mi problema, es que ese partido podía ser mi salvación. El fútbol regresaba como el peor estado de ánimo: la angustia del hombre acorralado.

La mañana empezó mal. Abrí el periódico y vi el marcador del narcotráfico: cuatro ejecutados, dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos en Guadalajara, donde estudié la universidad. Las ejecuciones se habían convertido en mi horóscopo. Si las víctimas caían en sitios que tenían que ver conmigo, el día era atroz.

A pesar de las señales en contra, salí a la calle, y no sólo eso: salí con el Mecate. Me pidió que lo acompañara a Ciudad Moctezuma a ver a un mecánico baratísimo.

El coche del Mecate revela que ya consultó a un mecánico baratísimo, pero necesitaba otro, a 15 kilómetros de donde estábamos, para cambiar el claxon que sonaba como si tuviera gripe.

Todo esto resulta indigno de figurar en una historia, pero cuando uno se siente en deuda hace cosas indignas de figurar en una historia. El Mecate enseña Educación Física en una secundaria donde las tres maestras de Español están enamoradas de él. Gracias a eso, recomiendan mis libros juveniles y una vez al año me invitan a un auditorio donde reúnen a mil lectores cautivos. Entonces siento un poder magnífico. Con el Mecate iría a la Patagonia.

Hicimos hora y media de camino. En el desayuno, yo había bebido una cafetera completa. Cuando pasamos junto a la Cabeza de Juárez, me estaba orinando. Apenas pude disfrutar la vista de ese horrendo monumento, el cráneo colosal del Benemérito de las Américas montado sobre un arco que lo hace ver aún más alucinatorio. Aunque no advertí toda la fealdad en su espectacular detalle, la imagen resultó profética.

Entramos a un inmenso conglomerado de casitas de dos pisos donde la planta baja es ocupada por un negocio y la azotea por perros, antenas y tinacos. Cuando llegamos al taller, me pellizcaba la mejilla para que el dolor me distrajera.

Minutos después oriné sobre un montón de piedras. El taller mecánico estaba junto a un sitio donde hacían lápidas para cementerios y figuras de yeso.

Un hombre desesperado puede orinar entre futuras tumbas. Un hombre muy desesperado puede orinar sobre una estatua de Benito Juárez. Fue lo que hice.

Me gusta contar el tiempo en las orinadas largas. Mi récord son dos minutos. Iba en el segundo 98 cuando alguien me tocó la espalda. Me volví y oriné los zapatos un policía.

-Mira nomás, pendejo -el policía señaló sus pies; luego señaló lo que yo había tomado por una piedra-. ¿Ya viste?

-¿Qué?

-¡Measte a Juárez!

Me acuclillé para ver la piedra y comprobé que, en efecto, se trataba de un busto en miniatura del Benemérito de las Américas. A su lado estaban Morelos con su pañuelo en la cabeza, Carranza con sus barbas, Allende con sus patillas. ¿Cómo no los había distinguido?

Cuando me incorporé, un pelotón rodeaba al policía. Me vieron como si mis orines hubieran apagado la flama del Soldado Desconocido.

Los policías estaban ahí para escoger una lápida en memoria de un compañero acribillado. La ocasión era solemne. Eso me lo dijeron después. En ese momento sólo criticaron lo que yo había hecho. Orinar una propiedad privada (ajena) es delito. Mancillar un símbolo patrio es un delito peor.

Los policías de Ciudad Moctezuma llevaban un uniforme algo distinto al de los del D. F. Pero eso los distinguía menos que otro detalle: eran juaristas convencidos. Mi suerte había sido pésima: la cabeza de Juárez es la que más se parece a una piedra redonda.

El celo histórico de los uniformados se confundía con el abuso de autoridad, pero un sexto sentido me indicó que decirlo podía ser nocivo para mi salud.

Me llevaron a la patrulla sin que pudiera despedirme del Mecate. En el camino a la delegación, politizaron mi arresto. Me recordaron que la izquierda mexicana es juarista y que Ciudad Moctezuma está regida por la izquierda. El gobierno federal no le perdonaba a Juárez haber separado la Iglesia del Estado, ni haber sido indio.

-La derecha es discriminatoria -dijo un policía.

-Yo no discrimino a nadie -me defendí.

-¡Te measte en Juárez!

-Fue un accidente.

-No hay accidentes, sólo hay consecuencias -contestó otro policía.

Pensé que era una cita. Luego me pareció discriminatorio suponer que si un policía dice algo raro es una cita. Guardé silencio para no parecer antijuarista.

No fuimos a la delegación porque hubo un 28 y un 04. Eso dijo el radio. La patrulla se desvió primero a una licorería que había sido asaltada y luego a una escuela donde encontraron una mochila con mariguana «que no era de nadie». Vi trabajar a los policías durante hora y media con dedicación. Esto resquebrajó algunos prejuicios que tengo sobre las fuerzas armadas.

La siguiente sorpresa vino cuando me preguntaron a qué me dedicaba.

-Soy escritor.

-¿Le gusta el fútbol? -preguntaron, como si hubiera relación entre las dos cosas.

-El fútbol es un estado de ánimo -dije, para demostrar que soy escritor.

La frase no les interesó. Uno de los policías me escrutó como si buscara mis obras completas en el nacimiento del pelo:

-A ver: ¿quién escribió La vorágine?

Estaba muy nervioso y aún no me acostumbraba a respetar a la policía. Cuando el uniformado dijo «La vorágine» pensé que, en su condición de iletrado, malpronunciaba un título francés, algo así como La vorange. Como no sé francés, no quise ser pedante ni arriesgarme en falso con un autor:

-No sé.

No creyeron que fuera escritor.

El operativo 28 y el 04 retrasaron a la patrulla en su principal meta del día: un partido en cancha grande.

No les daba tiempo de dejarme en una celda y tuve que acompañarlos.

En el trayecto sonó el radio:

-«Houston, tenemos un problema».

Luego siguió una conversación que la estática volvió incomprensible.

-Llevamos un elemento -el policía que iba al volante dijo en su radio.

Fuimos los últimos en llegar al campo. Los demás ya estaban vestidos, con camisetas a rayas azules y negras, como el Inter de Milán.

-Nos falta un jugador -me explicó el policía que me había arrestado.

Fue así como me entregaron la camiseta de Fontanarrosa.

-Para ponértela, tienes que aprender esto -me dieron una tarjeta.

El ayuntamiento izquierdista había lanzado un peculiar programa de promoción de la lectura entre los policías. Les daba uniformes a condición de que portaran nombres de escritores. Para vestir la camiseta, había que saber quién era el autor que la respaldaba. Después del partido se celebraba una velada literaria.

Leí mi tarjeta: «Roberto Fontanarrosa fue un humorista que ayudó a pensar en serio. Dibujó la series de Boogie el aceitoso y El renegau. Hincha del Rosario Central, escribió inmortales cuentos de fútbol. Su libro Una lección de vida resume en su título lo que dejó a sus lectores. Cuando murió, las barras pidieron que el estadio de Rosario llevara su nombre. Se reunía a hablar con los amigos en el Café Egipto. Ahí, una taza no deja de echar humo, por si el Negro regresa».

Hace años escribí una nota un poco displicente sobre Una lección de vida. Quería mostrarme como escritor sofisticado y no me pareció correcto elogiar a un caricaturista. Ahora, la camiseta con su nombre podía congraciarme con los policías. Me la puse como una segunda piel.

El policía que había conducido la patrulla resultó ser Chéjov. Justo cuando pensaba que un buen rendimiento en el partido podría salvarme se acercó a decir:

-Estás arrestado. Vas a jugar, pero arrestado.

¿Puede alguien sobreponerse a semejante presión? Tenía tantas ganas de hacer las cosas bien que las piernas me temblaban.

He omitido un detalle que no me queda más remedio que decir. Cuando los policías me detuvieron, les ofrecí un billete de cincuenta pesos. Me vieron con el rencor de un pueblo especialista en sacrificios humanos. Entonces les ofrecí cien, pensando que había un problema de cotización.

-No aceptamos sobornos: esto no es el D. F.

Había caído en un andurrial donde la norma era inflexible. Cuento esto para que se comprenda mi angustia en la cancha: esos policías no me iban a perdonar así nomás. Todo les parecía grave. Eran fanáticos juaristas que no se corrompían y esperaban que yo frenara al extremo izquierdo.

Me apliqué en la marca, como si me entrenara el dictatorial Lavolpe, pero fui rebasado, metí el pie en un agujero, tropecé con Tolstoi, la pelota me rebotó en la espalda y el enredo se convirtió en un pase para el centro delantero rival: 0-2.

En el segundo tiempo la vista se me nublaba de cansancio pero no me rendí. En algún minuto impreciso recibí un balón elevado, lo maté con el pecho y chuté con efecto. El balón salió como un planeta en miniatura, girando sobre su eje, y fue a dar al rincón donde anidan las arañas. En caso de contar con redes, aquello se hubiera visto como un golazo. El único problema es que esa era mi portería.

Hemingway llegó dispuesto a matarme.

-«Los valientes no asesinan» -cité la frase con que Guillermo Prieto salvó la vida de Benito Juárez.

Debo reconocer que los policías juaristas respetan sus principios: Hemingway me perdonó la vida.

Se podría pensar que el marcador de tres goles en contra, las condiciones del terreno y mi escasa capacidad de respirar en ese aire cuajado de polvo podían desanimarme, pero no fue así. Corrí por mi libertad, me barrí aunque no fuese necesario y fracturé al extremo izquierdo.

El árbitro fue sádico: en vez de sacarme la segunda tarjeta amarilla y luego la roja, me sacó directamente la roja para enfatizar mi torpeza.

Ya dije que en Ciudad Moctezuma hay leyes que se respetan. Cuando un futbolista es expulsado se le suspende dos partidos, aunque se trate de una liga amateur y las porterías no tengan redes. Por mi culpa, el verdadero Fontanarrosa se iba a perder lo que quedaba del campeonato.

Salí de la cancha corriendo, para no retrasar el juego y permitir que mis compañeros anotaran tres goles para empatar. Atrás de mí venía Kafka.

Se dirigió a un maletín de utilero y sacó unas esposas.

Pasé el resto del partido encadenado a un poste.

Ya sin mí, el equipo recibió otros dos goles, pero ellos no reconocieron que les hice falta. Después de los tres pitidos finales, volvieron a verme con ojos de sacrificio mesoamericano.

Por primera vez consideré una suerte que respetaran la ley. Un poquito de impunidad habría bastado para que me asesinaran.

¿Qué podía hacer para calmarlos, recitar la frase famosa de Juárez: «El respeto al derecho ajeno es la paz»? Guardé silencio y eso me ayudó.

Después del partido, el equipo debía asistir a la tertulia literaria. Tampoco ahora había tiempo para llevarme a la delegación.

Los acompañé a un salón de la presidencia municipal. Entramos en uniforme, con caras de policías goleados, más tristes que las de los futbolistas.

Me sentaron entre Kawabata y Okri. En ese momento, ocurrió algo desagradable: Jorge Linares entró al estrado por una puerta lateral.

Los policías aplaudieron su llegada. A continuación, uno por uno se pusieron de pie, dijeron el nombre del escritor que llevaban en la espalda y recitaron su biografía. Cuando me tocó mi turno dije:

-Yo soy Fontanarrosa.

Linares me vio con atención. Nos conocíamos de nuestros inicios literarios. Él es de Colima y recibimos juntos la beca Jóvenes Creadores del Occidente.

A pesar de sus ojeras, los dientes manchados de tabaco, el pelo ralo y la frente arrugada por sus fracasos literarios, Jorge era reconocible. Más difícil resultaba que me ubicara a mí, con la camiseta del Inter, en un equipo de policías de Ciudad Moctezuma.

Recité lo que recordaba de la tarjeta. Jorge sabía de memoria las biografías porque él las había escrito. Me vio con incertidumbre, como si tratara de recordar algo.

Lo que quería recordar era lo siguiente: en 1998 nos peleamos por Fontanarrosa. Me acuerdo bien porque fue el año del Mundial de Francia. Jorge era entonces jefe de redacción de una revista que desprecio pero donde a veces publico porque soy plural. Escribí para ellos la reseña de Una lección de vida. Jorge la rechazó con estos argumentos:

-No te atreves a decir que el autor te gusta porque te parece populachero y tú quieres ser el escritor más fino de Zamora. El epígrafe de Adorno no viene al caso: lo pusiste para lucirte.

El comentario me molestó por veraz. Había leído a Fontanarrosa con gusto y mis reparos eran caprichosos (lo acusé de colonialista por escribir «mejicano» en vez de «mexicano»). Sin embargo, en ese momento pensé que Jorge quería bloquear mi carrera, me odiaba por ser un mejor escritor del Occidente y sólo se interesaba en Fontanarrosa por estar enfermo del fútbol.

Poco después, Jorge dejó el trabajo de jefe de redacción, se fue como corresponsal al Mundial de Francia y comenzó el sostenido hundimiento que ha sido su trayectoria. No volvió a escribir cuentos. Adquirió la deleznable notoriedad de un cronista de fútbol y apareció en programas deportivos donde parecía intelectual porque nadie lo entendía. Mientras él se sometía al declive de alguien que sólo concibe una metáfora si incluye un balón, yo aprovechaba el tiempo de otro modo. No puedo decir que me haya consagrado, pero soy uno de los autores juveniles más leídos de México, especialmente en la escuela del Tomate, y el año pasado recibí la Mazorca de Plata para autores del Occidente. Si ahora Jorge Linares me odia es por envidia.

Después de que recitamos las biografías, él leyó unos textos que hicieron reír mucho a los policías. En la sección de preguntas y respuestas, mis compañeros de equipo revelaron que lo habían leído con admiración, y no sólo a él, sino a otros autores que mencionaron al lado de Zidane y Figo. Al terminar la lectura, rodearon a Jorge para pedirle autógrafos, como si fuera Maradona.

Cuando lo dejaron libre, él se acercó a preguntar:

-¿Qué haces aquí?

-Yo soy Fontanarrosa -repetí, como si no pudiera decir nada más.

-Un grande -dijo él.

-Grandísimo -agregué, con tardía sinceridad.

En ese momento el Mecate entró a la sala. Me había buscado por toda Ciudad Moctezuma y al descubrirme gritó mi nombre como un náufrago que ve una gaviota.

La expresión de Jorge no cambió:

-¿Qué haces aquí? -insistió.

-Me arrestaron -contesté, y le conté mi historia.

Los policías le tenían respeto a Jorge. Nos dejaron hablar, sin interrumpirnos ni acercarse a nosotros. La situación cobró tal rigidez que ni siquiera el Tomate se aproximó. Fue un momento extraño, como cuando los capitanes de los equipos discuten en la cancha y nadie se les acerca. Una pausa dramática en la que dos rivales resuelven algo urgente. Segundos después volverán a odiarse. En ese instante, concentran las miradas del estadio entero y sus compañeros aguardan como estatuas. ¿Hay mayor tensión que la de los enemigos que acuerdan algo? Ese diálogo no califica como una jugada; al contrario: suspende el partido, ocurre fuera del tiempo, en una lógica paralela, inescrutable, que agrega un elemento extraño, que nadie desea pero contra el que no se puede hacer nada, un pacto oscuro y preocupante, el de los adversarios forzados a coincidir. Así nos vieron los demás, o así quise que nos vieran.

Cuando acabamos de hablar, Jorge se dirigió a los policías y me dejaron libre. Ellos lo hubieran obedecido en cualquier cosa. Pude regresar a casa, en el coche del Tomate, al que ahora le sonaba el claxon cuando caíamos en un bache.

¿Qué fue lo que Jorge Linares me dijo en aquel conciliábulo? Contó que había perdido la facultad de escribir historias. No se le ocurría nada. Sólo podía narrar lo sucedido en una cancha de fútbol. Me pidió mi historia a cambio de mi libertad. Acepté porque no me quedaba más remedio:

-«Una lección de vida» -recité.

Jorge me dio un abrazo. Olía a tequila y a jabón barato.

Sentí lástima por él. Luego me irritó no haberme dado cuenta de que lo mío era una historia.

Al despedirse, Jorge se hizo el interesante:

-Un defensa debe dejar que pase la pelota o pase el jugador, pero no a los dos. La literatura es igual: a veces pasa la historia, pero no el autor.

El hijo de puta se quedó con mi cuento. No digo que yo lo hubiera escrito como Borges, pero sí como un mejor escritor del Occidente. Modestia aparte, él tiene el tema, pero no tiene mi voz.

Como perro y gato

COMO PERRO Y GATO

Por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Leal era el perro de la familia. Un pastor alemán de mediana edad que siempre supo hacer honor al nombre que portaba. Vivía en una casa que lindaba con un depósito de maderas donde los gatos callejeros eran bienvenidos porque evitaban que las ratas hicieran nido en los huecos existentes en el montón de tablas apiladas. Oírlos maullar, pelearse, enfiestarse en las noches primaverales, hacía que Leal los detestara. Trepado en un viejo horno de barro que se apoyaba en la pared medianera, les gruñía y ponía el límite. Nunca podrían pasar o serían cazados. Los gatos lo entendían y mantenían una prudente distancia con el perro.

Una mañana el niño de la casa trajo un gato blanco que había recogido de la calle con las patas quemadas. Ignoraban qué podía haberle sucedido ni de donde había escapado en ese estado, pero sus lesiones eran serias y si las infecciones avanzaban sus miembros estarían en riesgo, también su vida.

El pequeño gato permaneció dentro de una caja donde recibió curaciones, era aseado y alimentado a diario. Durante su extenso tiempo de recuperación Leal se mantuvo a su lado, como esperando que ese pequeño diera alguna muestra de vida más allá de ingerir la leche que se le administraba. Aunque él detestaba a los gatos,  de alguna manera entendía el estado desesperante del minino y lo custodiaba amistosamente.

Cuando por fin el pequeño estuvo en condiciones de salir de su refugio-enfermería, quedaron a la vista las secuelas de lo que le hubiera sucedido. Sólo le quedaban un par de zarpas, y verlo andar daba la sensación de un automóvil con un par de neumáticos desinflados. Pero había salvado la vida y las patas, y para el estado en que llegó eso era mucho más de lo esperado.

Perro y gato se hicieron amigos. Compartían el hogar, jugaban. En las frías noches de invierno el perro se echaba en su almohadón y en el hueco entre sus patas el gato dormía cómodo, calentito y seguro.

Anduvieron juntos siempre, hasta que el llamado del amor llevó al gato a cruzar la medianera hasta el depósito de tablas, pero aunque era un gato con discapacidades que no estaba en condiciones de pelear con otros machos y sin zarpas no la pasaba nada bien, era un gato astuto, sabía llevar a su dama hasta el límite de la pared donde el perro asomaba su hocico en defensa de su amigo alejando a los machos de los tablones. Jamás permitiría que le hagan daño.

Vivieron juntos todo lo que la vida les permitió, muy lejos de lo que siempre pensamos al decir “como perro y gato”. Cada vez que alguien me dijo en la vida que una amistad “no se puede”, el recuerdo de ellos me dio la certeza de que no existe lo imposible.

Isaac Hernández

Isaac Hernández, elegido mejor bailarín del mundo

 

 

A sus 28 años de edad, Isaac Hernández, ha marcado la historia al convertirse en el primer mexicano en obtener el galardón más importante de la danza, el Prix Benois de la Danse, como Mejor bailarín.

El bailarín mexicano, artista principal del English National Ballet, se convirtió a los 28 años en una figura clave de la danza y el premio que acaban de concederle en el Teatro Bolshoi de Moscú no hace más que ratificar su buen momento. El Benois de la Danse, que lo distinguió como mejor bailarín del año, es considerado como un Oscar para la danza.

Con esta prestigiosa distinción a Mejor bailarín, Isaac Hernández se consolida como uno de los máximos exponentes del ballet mundial, con una exitosa carrera internacional que lo ha llevado a ser reconocido como uno de los bailarines más sobresalientes de nuestros días.

Formado en su casa de la mano de su padre, el bailarín desde muy pequeño tuvo que sufrir el difícil camino de las ayudas gubernamentales de México para estudiar en el extranjero. Sin haber ido a una escuela formal y sin haber tenido esa tradición de educación que se requiere para llegar a ser primer bailarín, llegó a la cima gracias al trabajo las personas que creyeron que ese niño de ocho años podía ser un bailarín profesional.

 

La Source

 

LA SOURCE

 

La Source (La Fuente) es un ballet en tres actos con una partitura hecha en colaboración por Léo Delibes y León Minkus con libreto por Saint-Léon de Arthur y Charles Nuitter, y tiene los elementos habituales del repertorio romántico, escapismo terrenal (una localización exótica) y espiritual (ninfas). Fue la primera composición de ballet de Delibes pero cuando fue estrenada en 1866, no adquirió mucha popularidad.

Para la creación de “La Source”, el entonces director del Ballet de la Ópera, Émile Perrin, le pidió al vienés Ludwig Minkus, ya establecido y famoso en Rusia, una parte de la partitura, y la otra, al joven compositor francés Léo Delibes, para lanzarlo, aunque ya se reconocía su talento. Como en su estreno de 1866, hoy se reconoce con facilidad el estilo de cada compositor. En la distribución actual, el primer acto es de Minkus; el segundo, de Delibes, y en éste, la segunda escena, es de los dos.

Este ballet romántico ostenta una partitura a un estilo muy oriental, una opción común en su tiempo. Es una historia mágica que tiene lugar en el Cáucaso “exótico” en la que una Persia legendaria y fabulosa proporciona el marco para los amores frustrados del cazador Djemil, la hermosa Nouredda y el espíritu de la primavera, Naila. El libreto cuenta que Naila, el espíritu de la fuente, se enamora del cazador Djemil, quien ama a Nouredda, prometida al Khan de Gengeh. Cuando Naila se percata que no puede ser la rival de Nouredda, se sacrifica muriendo, para que Djemil y Nouredda puedan amarse en plenitud. La pasión humana ha sido más fuerte que el mundo del “más allá”, de la mano de los espíritus de la naturaleza. Lo terrestre ha vencido a lo ideal impalpable. Sin embargo, este triunfo se concreta paradójicamente por la intervención de lo sobrenatural, por medio del sacrificio de Naila, a su vez poseída por lo humano, al enamorarse de Djemil.

Originalmente tenía muchos efectos visuales, desde un estanque artificial hasta caballos, pasando por una fuente, en un intento de otorgar un enorme realismo a la representación. La dama que interpretaba a Nouredda fue Eugénie Fiocre, quien a sus 22 años obtuvo un importante éxito de la crítica por su actuación, especialmente de Théophile Gautier. Degas, pintor para quien uno de los temas favoritos era la danza, recoge un momento de la representación del ballet La Source de Ludwig Minkus, concretamente el primer acto cuando la protagonista – Nouredda – ha acabado su frenética danza y escucha a una de sus doncellas tocar el laúd, mientras refresca sus pies en las aguas del estanque.

Atraído por puntuación bailable del ballet de Ludwig Minkus y Léo Delibes, Jean-Guillaume Bart recoreografió La Source para el ballet de la Ópera de París. La leyenda fue revivida en Octubre del 2011 y contó con el trabajo del gran modisto Christian Lacroix quien, en una colaboración con Swarovski , creó más de 100 trajes para La Source. Los trajes tienen un elemento de fantasía extravagante y deslumbran con más de dos millones de cristales Swarovski que adornan las piezas. Inspirándose en el escenario oriental de la historia y el romance imposible, Lacroix echó a volar su imaginación en torno a personajes fantásticos. Este trabajo marcó el regreso de Lacroix al diseño de moda, luego de su salida de su propia firma en 2009. Los trajes fueron exhibidos en el Centre National du Costume de Scène en París, del 16 de junio al 31 de diciembre de 2012.

Argumento

Acto I

Camino a su boda con el Khan de Ghendjib, la bella Nouredda y su séquito descansan cerca de un arroyo en un desierto rocoso. Cuando Nouredda se fija en una flor que crece en un lugar inaccesible, Djémil, un cazador joven, trepa las rocas y la recoge para ella. Nouredda se pone muy contenta y le pregunta por lo que desee cómo premio. Él le pide que se levante el velo para que pueda ver su rostro, pero, furiosa, esta ordena que lo aten y lo dejen a su suerte. Pero, la ninfa Naïla, que está enamorada de él, lo rescata y le promete ayudarle a ganar la mano de Nouredda.

Acto II

En los jardines del palacio, donde la corte del Khan espera la llegada de Nouredda, se ofrece entretenimiento a los huéspedes: un sólo para las favoritas y una danza de los esclavos circasianos. Una fanfarria presenta a un visitante de incógnito (Djémil), que ofrece regalos al Khan y su esposa. El visitante pide a Nouredda que escoja uno de los regalos y esta escoge una flor de brillantes. Djémil la tira al suelo y mágicamente una fuente de agua surge del lugar y Naïla sale de ella. Baila y seduce al Khan, que se arrodilla a sus pies y le pide que se convierta en su esposa. Ella acepta, si echa a Nouredda, que se va mientras el Khan conduce a Naïla a dentro del palacio.

Acto III

Djémil puede conquistar ahora a Nouredda, pero esta todavia le rechaza. Así que Djémil vuelve a recurrir a Naïla, que dice que si consigue que Nouredda le ame, ella tendrá que morir. Djémil acepta, y mientras se marcha con Nouredda, Naïla desaparece dentro de la tierra y la fuente se seca.

Giselle

GISELLE

 

Giselle es un ballet en dos actos con música de Adolphe Adam, coreografía de Jules Perrot y Jean Coralli y libreto de Théophile Gautier y Jules-Henri Vernoy, basado en la obra De l’Allemagne (1835) de Heinrich Heine. La variación de Giselle del primer acto no es original de Adam, fue incorporada posteriormente y se cree que su autor fue Ludwig Minkus. Fue estrenado el 28 de junio de 1841 en la Opera de París. Y desde su estreno mismo fue considerado el “mayor éxito obtenido por un ballet en la Ópera de París”

GiselIe es el ballet con mayor continuidad histórica: ciento cincuenta años después de su debut, es parte del repertorio de casi todas las compañías del mundo. Debe su existencia al crítico de ballet Théophile Gautier, quien, embelesado por el arte y personalidad de la joven bailarina italiana Carlota Grisi, encontró una idea teatral adecuada para ella en la leyenda popular incluida por Heinrich Heine en su libro ‘De Alemania ” y lo pensó para un bellísimo ballet con duendes vestidos de blanco, hadas de pies de raso dorado, Wilis blancas como la nieve que bailan sin piedad, con apariciones bajo la luz de la luna o sobre las orillas del río en la noche neblinosa. Heine había recogido una leyenda eslava sobre las Wilis, doncellas vestidas con traje de novia, flores en la cabeza, caras blancas como la nieve y muy bellas, que murieron antes del día de su boda y que no tendrían paz en sus tumbas pues no podrían satisfacer su pasión por danzar. Así, a la medianoche, surgían de sus sepulturas y envolvían a cualquier hombre que se les acercara y lo obligaban a bailar hasta morir.

La música le fue encargada a Adolphe Adam, que se demoró una semana en escribir una partitura íntimamente ligada a la sustancia ténico-coreográfica y a la esencia expresiva del ballet. Este compositor fue el primero en introducir “Leitmotiv” en el ballet, es decir, una melodía que caracteriza a un determinado personaje o situación y empleada sistemáticamente para este fin, lo que se aprecia en la protagonista, por ejemplo, en la escena de la locura al recordar episodios pasados y en varios pasajes del segundo acto. Además, en “Giselle,”; hay otra característica que la diferenció de las composiciones normales para el ballet de esa época: su absoluta originalidad, pues no “tomó prestadas” partes de otras partituras, como era la costumbre. Sin embargo, con el correr del tiempo, la música de Adam sufrió modificaciones, cortes y agregados. El Pas Paysans del primer acto pertenece a Johann Burgmuller , autor de “La Per”. La variación solista de la protagonista en el primer acto, la entrada de Myrtha y la variación de Albrecht, del segundo acto, son música de Minkus, y se cree que hay intervención de Pugni en otras modificaciones. Todavía se discute cuál fue la contribución exacta que hicieron los dos excelentes coreógrafos, Jean Coralli y Jules Perrot.

Argumento

Primer acto

En una aldea de la Renania medieval, Hilarion, cazador, ama a Giselle y tiembla de celos por Loys, bajo cuyos mentidos andrajos de pueblerino se encuentra el duque Albrecht. Aparece éste para encontrarse con Giselle tras haber ocultado su espada en el bosque y alejado a su escudero. La joven sale de casa y acepta el tierno galanteo de Loys, que jura amarla para confortarla de la negativa de una margarita que ella había deshojado. Hilarion declara más tarde su amor a Giselle, pero ella lo rechaza y éste jura venganza.

Dan comienzo las fiestas campesinas de la vendimia, a las que Giselle se une con entusiasmo no sin el temor de su madre, pues desde niña había tenido una salud muy débil. Mientras esta danza tiene lugar, su madre cuenta cómo jóvenes muertas antes de casarse se convierten en Willis, blancos fantasmas que vagan por los bosques al claro de la luna. Se interrumpen las fiestas para acoger al príncipe de Curlandia y a su hija Bathilde, que llegan de regreso de una cacería con su séquito. Giselle danza para la princesa, que le da un collar y vuelve a partir con los suyos, reanudándose la fiesta campesina. Al llegar Albrecht, Hilarion lo desenmascara mostrando la espada que ha encontrado escondida en el bosque, y llama de nuevo con el sonido del cuerno a los nobles cazadores y a la princesa Bathilde, prometida de Albrecht. Éste, con fingida desenvoltura y justificándose como simple deseoso de distracción entre las danzas campesinas, toma a Bathilde del brazo y se la lleva, sin cuidarse de Giselle. Giselle, al comprender el engaño, cae en la locura y delira inciando pasos de danza entre los consternados presentes, para finalmente atravesarse con la espada y morir en brazos de su madre ante un Albrecht atónito y desesperado.

Segundo acto

A medianoche, en los proximidades de la tumba de Giselle, se entrevé a Hilarion que pasa entre los árboles que lo rodean. Aparece entonces Myrtha, reina de las Willis, que invoca a su corte de fantasmas femeninos para recoger, danzando, a su nueva compañera, Giselle, que tras inclinarse ante la reina, se une a la espectral danza que mantienen sus compañeras. Se oyen unos pasos y las Willis se desvanecen: es Albrecht, que viene a esparcir lirios sobre la tumba de la muchacha amada. Se le aparece la imagen de Giselle, y él, alucinado, la sigue por entre los árboles. Entra Hilarion y es rodeado inmediatamente por las Willis, que lo obligan a danzar hasta la muerte. Al retorno de Albrecht, Myrtha lo condena a sufrir la misma suerte que habían sufrido todos aquellos que caen bajo el poder de las Willis, pero Giselle lo protege junto a la cruz implorando en vano a la gélida reina. Condenado a bailar hasta el extremo, Giselle lo sostiene con amor desesperado hasta que las primeras luces del alba imponen la retirada de los espectros. Giselle tras no haber sucumbido ante los sentimientos de venganza (lo cual identifica a las Willis)es liberada de vivir en las sombras y retorna a su tumba para descansar en paz después de haber encaminado a su amado hacia la luz y la vida.

120 – Portada

 

 

 

Volveré; volveré 
por ese camino que ayer me alejó, 
al rumbo del ave que vuelve a su nido, 
buscando el alivio para su dolor. 

Volveré, volveré
y lejos la noche repite mi voz.
La voz de un cariño que lejos se siente
y llama al ausente de su corazón. 

Azahar de blancos jazmines,
que aroman el patio del viejo jardín.
Un beso de luna me espera en los valles:
mi rancho, mi madre, todo mi sentir.        

Volveré; volveré: 
me espera la noche vestida de azul. 
Y hasta el arroyito que baja del cerro, 
traerá recuerdos de mi juventud. 

Volveré; volveré 
donde está mi madre esperándome.
De nuevo en sus brazos volver a ser niño;
vivir como sólo se vive una vez.    

Chango Rodríguez

La cosecha de poetastrabajando

 

QUISIERA ENCONTRARTE. – Jorge Sierra

TE VI A MI LADO. – Jorge Sierra

A MIS AMISTADES. – Jorge Sierra

DESEABA CONOCERLA. – Jorge Sierra

MAYEUTICA COMPARADA – mestre

MI MONOLOGO – mestre

MERIDA – Jorge Sierra

NO TANTO COMO TU. – Jorge Sierra

TU VOZ Y TU MIRADA. – Jorge Sierra

SE DICE DE LOS POLITICOS. – Jorge Sierra

RECONCILIARME CON LA VIDA. – Jorge Sierra

LE HACIA MUECAS UN DIA. – Jorge Sierra

ESA MUJER. – Jorge Sierra

ME DESPIDO POR UN TIEMPO. – Jorge Sierra

SIN TEMOR – Jorge Sierra

QUE APAREZCAN TODAS – mestre

CUANDO SEA EL TIEMPO – Leonor Aguilar

Día del trabajador

 

Cumpliendo con mi oficio
piedra con piedra, pluma a pluma,
pasa el invierno y deja
sitios abandonados,
habitaciones muertas:
yo trabajo y trabajo,
debo substituir
tantos olvidos,
llenar de pan las tinieblas,
fundar otra vez la esperanza.

No es para mí sino el polvo,
la lluvia cruel de la estación,
no me reservo nada
sino todo el espacio
y allí trabajar, trabajar,
manifestar la primavera.

A todos tengo que dar algo
cada semana y cada día,
un regalo de color azul,
un pétalo frío del bosque,
y ya de mañana estoy vivo
mientras los otros se sumergen
en la pereza, en el amor,
yo estoy limpiando mi campana,
mi corazón, mis herramientas.

Tengo rocío para todos.

Pablo Neruda

 

El 1° de mayo se conmemora en todo el mundo el Día Internacional del Trabajador en homenaje a los llamados Mártires de Chicago, grupo de sindicalistas anarquistas que fueron ejecutados en 1886. Ese mismo año, la Noble Order of the Knights of Labor, una organización de trabajadores, logró que el sector empresarial cediese ante la presión de las huelgas por todo el país.

Entonces, el presidente de Estados Unidos, Andrew Johnson, promulgó la Ingersoll estableciendo ocho horas de trabajo diario. Como los empleadores se negaron a acatarla, los trabajadores de la ciudad industrial de Chicago iniciaron una huelga el 1º de mayo, que comenzó con una manifestación de más de 80.000 trabajadores liderados por Albert Pearsons.

Ese movimiento había sido calificado como “indignante e irrespetuoso”, “delirio de lunáticos poco patriotas”, y manifestando que era “lo mismo que pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna hora de trabajo”.

A partir de allí, el conflicto se fue extendiendo a otras ciudades norteamericanas, logrando que más de 400.000 obreros pararan en 5.000 huelgas simultáneas. La magnitud del conflicto causó preocupación al gobierno y al sector empresarial, que creyeron ver en las manifestaciones y huelgas el inicio de una revolución anarquista.

Sin embargo, la fábrica Mc. Cormik de Chicago no reconoció la victoria de los trabajadores y el 1º de mayo de aquel año la policía disparó contra los manifestantes que, a las puertas de la fábrica, reivindicaban el nuevo acuerdo. Durante los siguientes días murieron más trabajadores, hasta que el día 4 una bomba estalló contra las fuerzas policiales, suceso conocido como “el atentado de Haymarket”.

El 21 de junio de 1886 comenzó el juicio a 31 obreros acusados de haber sido los promotores del conflicto. Todos fueron condenados, dos de ellos a cadena perpetua, uno a 15 años de trabajos forzados y cinco a la muerte en la horca. La culpabilidad de los condenados nunca fue probada.

En la actualidad, muchos países rememoran el 1º de mayo como el origen del movimiento obrero moderno. Hay algunos que no lo hacen –en general, países de colonización británica–, como Estados Unidos y Canadá, que celebran el Labor Day (Día del Trabajo) el primer lunes de septiembre; Nueva Zelanda, el cuarto lunes de octubre. En Australia, cada estado federal decide la fecha de celebración.

 

 

Lilian Serpas

 

Lilian Serpas

 

El tiempo, quizá, destiñe su nombre pero no  su poesía. Lilian Serpas es poesía eterna.

Lilian Serpas fue una poetisa y periodista salvadoreña. Nació en San Salvador, el 24 de marzo de 1905.
Serpas quedó huérfana de padre a los tres años. Su hogar, dirigido por su madre, Josefa de los Ángeles Gutiérrez, tuvo contacto con el ámbito intelectual porque su hogar era escenario de numerosas tertulias literarias. Entre los asistentes a dichas reuniones estaba Francisco Antonio Gavidia, autor que llegó a escribir el prólogo de uno de los libros de Serpas.

Trabajó como colaboradora de la revista Pareceres y en la radio A.Q.M.. Asimismo, pasó una época en los Estados Unidos en la ciudad de San Francisco (1930 – 1938), donde colaboró con la revista Sequoia de la Stanford University.1​ De regreso a El Salvador, se dedicó de lleno a trabajar para El Diario de Hoy, principalmente en la sección Pajaritas de Papel (1941).

En 1938 se casó con Thomas Jefferson Coffeen Suhl, pintor norteamericano junto al cual tuvo tres hijos. Uno de ellos, Fernando, falleció en 1970, hecho que provocó en la escritora un gran desequilibrio emocional y la sumió en una profunda depresión.

Retornó al país con la ayuda de amistades quienes le brindaron su apoyo en sus estados agónicos. La creadora de títulos como “Urna de ensueños”, “Nácar”, “Huésped de la eternidad”, “Girofonía de las estrellas”, “Meridiano de orquídea y niebla” y “La flauta de los pétalos” dedicó sus últimos años de vida a trabajar en la Dirección de Publicaciones de San Salvador.

El 10 de octubre de 1985  falleció en el Hospital Nacional Rosales de San Salvador, centro médico al que había ingresado días antes como consecuencia de una caída que le provocó fracturas.

 

REMEMORAR

Un pálido fulgor de media luna
sobre el rústico banco de las citas,
la leve brisa que llegó oportuna
y la vereda de las margaritas…

En hora de congojas importuna
y lento suspirar de hojas marchitas
a la tristeza le sirvió de cuna
la fuga amarga de amorosas cuitas

Hoy vuelvo solitaria a recordarlo…
La noche es tibia y dulce para amarlo
y para hacer de nuestra vida, una…

Y como sé que la pasión es ida,
la clara historia que truncó mi vida
rememorando estoy bajo la luna…

LA MARIPOSA

En el jardín de plenilunio lleno
su tríptico de pétalos se posa,
con la fijeza de una mariposa
que congelara en flor su desenfreno.

Tiene en su cáliz de candor un pleno
aire más fino que nevada rosa,
y del perfume, doncellez premiosa,
la suave gala de blancor sereno.

Vuelta de niebla y música su vida
es retazo de luna: ahí fundida
vobró la noche en su primer rocío.

Así quedó la mariposa en vuelo
sobre la media página del cielo,
¡clavada al aire en alfiler de frío!

ALUNIZAJE

Lúcido en la tiniebla de un momento
de ser -ya sido- en inicial viraje,
arranca de raíz mi pensamiento
-tan joven como antiguo en su linaje-.

Ráfaga a grupas de un saber, aliento
-del polvo hostil es rescatado viaje-,
emite luz, muy cerca a lo que siento
del más nocturno azul de alunizaje.

Ritmos de meteoros miden tensa
noche, sólo soporte a mi defensa,
igual a rostro en Cero circunscrito.

Yo heroica y huyendo en un desvelo
-libre y sin nada-, como en un deshielo,
alcanzo en pie de amor, el infinito.

DE OLVIDO

Tu imagen enlutada y pasajera
roza el leve sentir de una amargura…;
y aunque en ella yo viva prisionera,
mi vida es un no-star en la ternura:

-afán que nunca llega hasta su vera-
si un ir inmotivado en mi presura,
me diluye, me escapa a la atadura
del tiempo, en ceguedad de lo que fuera:

-tal vez- sólo el mirar de la dulzura;
el más leve matiz en primavera:
la luz, la flor, la imagen que perdura;

desde mi hondón mi ser te configura,
-cerca o distante- el alma es heredera,
de ese súbito albor, de noche oscura…

ÁRBOL DEL BÁLSAMO

A ti vuelvo y en ti buscando aliento;
-Isla del sol- o de mí noche de estrellas,
si heridas me restañas y alma sellas
es techo y heredad, tu sentimiento.

Un átomo de amor en las centellas,
o la virtud más dulce, yo presiento:
diosecillo de luz, mi pensamiento
en ti árbol grabó, sus tiernas huellas.

Te leo entre anaqueles de la Historia
-y aquella bronca paria- en la memoria
en la corteza afirma una existencia.

de los mutables ciclos por escalas
que un dios y el tiempo entre sus verdes galas,
¡dio el palpitante origen de su Ciencia…!

LA NOCHE

Criatura entre otros ‘egos’ desligada,
la noche, en concreción de lo inconcreto
-al no ser la materia resignada-
cuelga de un mundo en su dolor concreto…

Desnace tras la luz, finge el secreto
de verse en el vacío, cuando nada
-si no la levedad del esqueleto-
la equilibra dejándola creada…

Lo infinitesimal que la descifra,
centra -con voz armonica la cifra,
que a su esférica forma la resuelva…

Y en lo posible, o imposible, vaga
-con sus ojos sin luz- yendo a la zaga
de la inviolable lumbre que: ¡la envuelve…!

VIVO EN LO ABIERTO

Si el amor terrenal es desconcierto;
si en un perenne afán nunca colmado,
viviera el corazón deshabitado:
Mi voluntad renuncia a su desierto…;

Diré que duerme en el arrullo cierto,
donde el pensar más frío, es alumbrado;
libre en esencia, al mundo contemplado,
ciego de luz en el espacio abierto…

Y en soledad ardiente que fulgura
―ese Alguien que a mi ser cautiva,
deslíe con sus ojos la hermosura,

de cuanto amó de amor su llama viva…
¡Y en supresión, al fin, de la criatura,
de lo total, es flor definitiva!

En la casa de mis abuelos

EN LA CASA DE MIS ABUELOS

por Russo Dylan Galeas Maynor (Canadá)

 

De la colección de relatos
Letras con tierra de fuego

(Ya hay relatos de esta casa, mejores plumas la han descrito, la han contado. La nostalgia me agita a contar la dicha de ese tiempo feliz. Este es el primer relato de una colección de letras con tierra de fuego.)

Un largo y elevado tejado cubría la casa. Un amplio y claro corredor era el portal de la tienda de los Perla, Perla y Perla. Niña Herminia y Don Juan, mis abuelos.

La casa de mis abuelos era conocida con diferentes sintagmas: La casa de los Perlas,  la tienda de niña Herminia o de Don Juan, la casa, donde guardan el sábado, donde los días cambian de sol a sol no de doce a doce, donde viven los hijos de La niña Raquel, allá donde venden tela, granos y cal o allá donde se habla de política, de comercio y de Dios.

Una casa habitada de mucho y de tanto. Todo era abundante, como la alegría, el amor, la amistad, los clientes, tías y tíos, dependientas, muchacha en quehaceres domésticos, motoristas de camiones, orgullosos de su oficio y habilidad de conducir el Chevrolet  de doce toneladas, el MAN  camión chato que llamábamos porky, el Magirus Deutz y el camioncito  rojo; Máquinas amaestradas por el dominio de Quique Chávez, Rogelio Campos, don Jacobo Beltrán, Chabelón, Julio Díaz, don Felipe y “El Charrasquiado” Julio Delgado.

Los mozos. ¡Ah los mozos! Muchachos fuertes que cargaban y descargaban las carrocerías de los camiones de toneladas de granos básicos, latas de aceite, cascarilla, quintales y quintales de esto y lo otro. Los mozos, muchachos fuertes con cuerpos de pantera o de gato montés, sin más malicia que echarse al lomo a “la china” doscientas libras a chapupa y rapidez.  Ellos hacían  suspirar a las muchachas de la casa. Las jovencitas de cuerpo en belleza reciente, mujeres de piel morena o de rosados pétalos apodaban a los mozos con impulsos de la admiración : “El Muñeco”, “Tuco el Galán”, “Toto el Guapo”,    “la estatua prieta”.
Mozos y muchachas cómplices de la ingenuidad y de las brazas de la juventud.

En la casa de mis abuelos viví gran parte de mi infancia, en sus innumerables cuartos aprendí misterios de la adolescencia, lloré abrazado a una almohada y fui feliz  como un libre gorrión, en el patio del fondo jugué con mi camioncito bombero y mi balastrero, aprendí el aroma del limonero y del café, el brillo del granado, la belleza del geranio, del azahar y del clavel.
Ahí “fojié” libros que me llevaron de los Apeninos a los Andes, páginas que me metieron a un ranchito y a un lucero, allí le di la vuelta al mundo en ochenta días.
Por eso, desde esa casa  donde aprendí a pararme en un pueblo con tierra de fuego, un pueblo llamado Jocoro, desde ahí desabotono mi memoria y sangro mis emociones.

 

 

Relato para un trece de abril

 

RELATO PARA UN TRECE DE ABRIL

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

El teléfono estalló para quebrar el silencio de la madrugada.  Desde España mi hermano mayor, que estaba haciendo un doctorado en ingeniería en la Universidad de Madrid,  me había elegido para ser depositaria de su secreto. Habían detectado una masa en la cavidad abdominal, los estudios no eran alentadores y programaban cirugía para extraerla. Esa cirugía sucedería cuatro días después de la boda de mi hermana, por lo que me hizo prometer guardar silencio hasta que la feliz  pareja se fuera de luna de miel. Él no quería empañar un momento tan importante en su vida y aún quedarían unos pocos días para hablar con todos en el hueco existente entre la boda y la entrada a un quirófano que pondría sobre la mesa cuál de las dos posibilidades que se barajaban era, una mala pero con alguna esperanza, y la otra que era peor.

Esa noche viajé a pasar Semana Santa con mi familia. A los festejos religiosos se sumaba el cumpleaños número cuatro de mi hija y había organizado un almuerzo con todos mis allegados para compartir en domingo de Pascuas.  Me esforcé en que nadie notara la sombra de preocupación en mi rostro y me mantuve ocupada para no tener tiempo de conversar demasiado.  Sonreía a mi hermana que me contaba detalles de la organización de su boda, asintiendo con la cabeza para no exponer el nudo en la garganta que me impedía hablar. También decoraba una torta de cumpleaños y me encerraba en el baño a llorar tapándome la boca con una toalla para que nadie me oyera. ¿Mis ojos? Si estaban un poco hinchados era sólo por esa alergia estacional que me ataca todos los años….

En aquella época era sumamente creyente y oraba a Dios con toda mi fe por una oportunidad para mi hermano, para que su pequeña hija siguiera teniendo padre, por su joven esposa que no merecía tener que quedarse sola y criar a su hija sin su apoyo, por una madre que no debe enterrar a sus hijos, por todas esas cosas que nunca pensamos que podíamos perder tan pronto…

Acabó el fin de semana y retorné a casa entre abrazos y despedidas hasta el fin de semana próximo, el gran día de los novios felices. Lunes escolar, tareas habituales con uniformes, dos hijos que atender y anécdotas dando vueltas en la cabeza que sabían a silencios camuflados con huevos de Pascua. Un gran desasosiego que cargaba dentro de mi pecho se iba acrecentando con el correr de las horas.

Después de acostar a mis hijos me puse a lavar y encerar pisos, aunque era un horario extraño no era raro en mí, es más fácil poner orden y hacer limpieza cuando nadie te pide ayuda para una tarea, ni hay que decirles que no pisen aún en ese lugar o recoger miguitas donde tenía un piso preparado para encerar. Pero esta vez el motivo era otro: precisaba quemar energías hasta agotarme, no entendía qué era lo que mi mente me estaba advirtiendo, pero de algún modo sabía que venía algo malo, muy malo…

Una taza de café acompañaba el fin de la labor cuando recibí la llamada. No sólo me noquearon con la noticia, también me estaban pidiendo que fuera la mensajera hacia el resto de la familia. Pero ellos no sabían nada de lo previo… ¿Cómo llamarlos a las tres de la mañana para decirles que un hasta la vuelta se convirtió en un nunca más?

No llegó a someterse a la cirugía.  El tumor había vencido de un modo inesperado y le había arrebatado la vida al debilitar  una arteria que se abrió provocando una masiva hemorragia interna. Como una ironía de la vida, y de la muerte, un hombre ateo y lleno de cábalas había fallecido un martes trece. En una semana el panorama había pasado del hallazgo de un bulto a su fallecimiento.

Mi madre tardó mucho tiempo en dejar de reclamar su derecho de haberlo sabido. Y aunque ya no lo diga sé que no deja de sentir que le robé la posibilidad de hablar con él una vez más antes de cargar la cruz del dolor infinito, el peor que se puede sentir, que es perder a un hijo.

Por mi parte me detuve a pensar en esa noche, una de las peores de mi vida. Descubrí que cada vez que le pedí a Dios por alguien acabé enterrándolo a muy breve plazo. Creo que ese fue un punto de quiebre, me distancié de la incongruencia de creer que hay un ser que tiene el poder y el permiso de lastimarnos en nombre de su amor.

Ya no pido, no espero, no confío y no creo.  Cargo la tranquilidad y el peso de haber cumplido con mi palabra empeñada sin medir que eso me valiera masticar  mis angustias en silencio. El tiempo ha calmado un poco el dolor interior que nunca se va, pero he logrado que no me impida disfrutar de todo lo otro bello que sí tengo, y lo hago cada día, en cada momento. He entendido que el pasado se debe mirar por el espejo retrovisor, si me persigue piso un poco el acelerador para que no me sobrepase porque no quiero observarlo desde mi parabrisas, y cuando me es dulce desacelero para contemplarlo desde cualquiera de los espejos sin dejar de saber que está atrás, que soy el resultado de sus circunstancias pero tengo en mis manos el volante y conduzco mi propio destino, soy quien debe ver de qué modo sortear cada bache y quien elige qué caminos tomar cuando se bifurcan.

Aprendí que la vida es un breve hoy, acá, ahora, que nada es blanco ni negro completamente,  que debo saber ser en medio de la interminable sucesión de tonos más o menos grises. Hoy creo firmemente que el sentido de la existencia está en la huella que deja cada uno tras de sí.