¡Un insólito día del padre!

¡UN INSÓLITO DÍA DEL PADRE!

 

diadelpadre

Era una noche lluviosa y muy obscura, el cielo cubierto de nubes negras, lógicamente no se podía apreciar ni la luna ni las estrellas, algo se sentía en el ambiente.

De pronto alguien empezó a tocar  fuerte y con insistencia en la puerta de metal. Daba la impresión de ser alguien muy desesperado. Eran los vecinos a dar la triste noticia de que Ángel había muerto. ¡Fue una impresión tremenda! Un joven sin problemas de salud, qué raro. ¿Qué sucedió?

Todos sabíamos que siempre sufrió violencia intrafamiliar junto con su madre, después la ausencia de su padre, quien se cansó de maltratarlos y los abandonó desde que era muy pequeño.

Sólo realizó estudios de primaria y secundaria debido a la precaria situación económica. Empezó a trabajar muy jovencito y afortunadamente, era un trabajador comprometido y empeñoso. Al paso de los años, avisó a su madre que se casaría y con su pareja se iría a perseguir el tan conocido sueño americano. Probarían fortuna, donde ya tenía algunos parientes trabajando.

Llevó a cabo sus planes, estuvo viviendo en los Estados Unidos aproximadamente cinco años, durante los cuales ahorró para comprar una camioneta. Extrañaba a su querida madre y su patria, así que decidió regresar a México e iniciar su propio negocio.

Con sus ahorros logró instalar un pequeño restaurante, donde trabajaba con gran alegría y emoción, atendiendo solícito a sus clientes.

De pronto, y después de tantos años, esa tarde apareció en su negocio su padre para visitarlo, estaba ebrio. Ángel, prudentemente, le sugirió regresar a su casa y le dijo que otro día hablarían. Su padre alabó la bonita camioneta y le pidió llevarlo a su casa. Pero una vez arriba, se puso necio, él quería manejar y lo tachó de egoísta por no prestarle su vehículo. Insistió tanto, que logró convencerlo y prometió manejar con precaución, ante la la mirada expectante de su madre, empleados y clientes, quienes observaban la situación.

Manejaba imprudente y alocadamente. Discutieron en el camino. Y como era de esperarse… chocó. Pronto se escuchó el lamento de las  sirenas de la ambulancia y las patrullas policíacas. Los paramédicos, después de revisar, confirmaron que Ángel había perdido la vida súbitamente. No había nada más que hacer.

El padre fue detenido, y la familia empezó a hacer los arreglos legales de inmediato. A los vecinos y amigos los citaron en su hogar, donde sería velado.

Empezó el rezo del rosario, cuando de pronto todo el panorama fue transformado extrañamente. Apagaron todas las luces y sólo había velas y veladoras por todos lados. De pronto en la penumbra, aparecieron algunos de los familiares, moviéndose en silencio poniendo mesas, manteles, sillas y empezaron a servir café, pan y tamales.

Dos primos de Ángel, entran de la calle con un gran pastel con velas. Era un escenario un tanto extraño, una imagen rara, fuera de contexto, algo irreal, tremendamente impresionante.

De pronto, todo se tornó más lúgubre. Colocaron un cd en el pequeño estéreo y la familia empezó a entonar la canción Mexicana por excelencia para los días de cumpleaños . Todos lloraban, incluso los que no eran de la familia. Era un sentimiento raro e inexplicable, todos contagiados. Una gran epidemia de tristeza.

De pronto, los miembros de la familia soplaron las velas al mismo tiempo y empezaron a cortar y repartir pastel a los presentes. Totalmente inexplicable para los que acompañaban. Nadie podía entender que sucedía. ¿Qué era ésto?. Las preguntas estaban en el aire, nadie se atrevía a formularlas…

Cómo podían celebrar un cumpleaños en medio de un velorio?. Todo era impresionante. Por fin se comenta entre murmullos, nadie se atrevía a levantar la voz. Ángel… cumplía 29 años!

Martha Larios

Flombo, el Magnífico

FLOMBO, EL MAGNÍFICO

un cuento por Hugo Villarroel Ábrego

HUGO'S SMILE

 

 

Nadie me ha contado esta historia, la historia de Flombo el Magnífico. Lo juro, yo he sido testigo de lo que voy a narrarles del modo más fiel que mi  memoria me lo permita, pues muchos años han transcurrido desde aquellos días heroicos de mi juventud, cuando la carne es invencible, la vista es de halcón y el corazón es de fuego, fuego del que en mi pecho apenas quedan algunas cenizas tibias. Yo estuve en el sitio en que aconteció esta historia, en mi pueblo natal, aquel puñado de chozas tirado de cualquier modo en las laderas del Monte Grande, allí en donde la espesura del bosque es frenada bruscamente por las mansas aguas del río más viejo del mundo, abundante en meandros y bancos arenosos llenos de guijarros multicolores pulidos por la corriente perezosa durante miles de años.

Nuestra jornada comenzaba antes del alba, cuando los muchachos del pueblo acompañábamos a nuestras madres para el ordeño de vacas y ovejas, tal y como lo han hecho nuestros antepasados desde que la memoria tiene nombre. ¡Ah, que difícil era abandonar tan temprano la tibieza de las camas y los edredones, especialmente en invierno, cuando una humedad pegajosa y fría se adhiere a los huesos! Pero sin rezongar ―cuidado con papá, que no admitía protestas ni murmuraciones por lo bajo― y después de lavar bien el rostro con agua y jabón me iba agarrado de la enagua de mamá porque no tenía ganas ni de abrir los ojos. Después del ordeño habrá que llevar los tinajos rebosantes de espumosa y tibia leche hasta la casa y, entonces, lo peor de todo: un baño a baldazos con esa agua como hielo, en el traspatio, temblando, los dedos de mi madre escarbando en mis orejas azuladas… ¡Ufff! Y ni pensar en sentarse a comer el anhelado desayuno sin haber completado el ritual del aseo… Papá decía que el desayuno era la comida más importante porque así se tenían fuerzas para afrontar las faenas… o la escuela, la odiosa escuela en donde la Señora Mirtala impartía las lecciones con la puntualidad y el rostro ceñudo de una generala que guía sus ejércitos hacia la batalla. Pan negro, leche, una rebanada de queso, una tajada de carne de puerco, una manzana… Todavía recuerdo los sabores de la cocina de mamá, que en las cosas más sencillas dejaba una sazón tan particular que no he podido saborearla en ninguna otra mesa después de tantos años de vida… Pero dije que hablaría de Flombo, no, no lo he olvidado… Es que es tan hermoso rememorar aquellos días inocentes de candil por la noche, de guitarras y cantos, de palmas y danzas…

Regresábamos de la escuela mi hermanito y yo, una mañana de viernes, desde los linderos de la aldea, a orillas del Camino Real, cuando escuchamos redobles de tambores y las notas aún distantes de un clarinete y un flautín. La música antecedió por casi un minuto la aparición, cuesta arriba, de los músicos y de las primeras carretas, precedidas por maromeros y acróbatas vestidos de plata y carmesí; un verdadero ejército de enanitos y payasos, pintarrajeados de todos los colores posibles, cantando, bailando, gastándose bromas divertidas, armaba un revuelo tal que pocos minutos después todo el pueblo se había asomado a las puertas de las casas para presenciar el desfile del circo. No podían faltar el tragafuego, un feroz indígena de piel cobriza con anillos de bronce en los brazos y un taparrabo recamado de plata y pedrería; allá el mago, altísimo, mortalmente pálido, elegante en su atavío negro y turbante, en el que refulgía un topacio del tamaño de un huevo de gallina… No me alcanzaban los ojos para abarcarlo todo y no salía aún de mi asombro al ver a los contorsionistas trenzándose en imposibles posturas cuando el chillido de los ejes de las carretas desvió mi atención hacia tres enormes jaulas: La primera alojaba a una extraña criatura de larguísimo cuello, casi tan alta como el roble del centro de la plaza, su pelaje amarillento estaba salpicado de manchas parduscas y su hocico era casi igual al del camello de las estampas de mi libro de las Mil Y Una Noches… Un par de cuernecillos ridículos le coronaban la cabeza y se me antojó la criatura más contrahecha que mis ojos hayan visto hasta entonces. La segunda carreta llevaba a un oso pardo enorme que no dejaba de danzar, dando vueltas sobre sí mismo en cuatro patas y al compás de los incesantes redobles de tambor. En la tercera carreta iba de pie, altiva, bella, inaccesible, una  espigada joven de morena piel y larguísimos cabellos negros que sostenía una fusta entre sus manos, rodeada de perritos de todas las razas y tamaños imaginables que no paraban de dar saltos y ejecutar piruetas frente a la multitud, cautivada por lo colorido y bullicioso del desfile. Al principio no me di cuenta pero mi hermanito señalaba con su dedo a un cachorro juguetón, especialmente vivaz, de no más de dos palmos de altura, de una raza que no me atrevería a definir: seco de carnes, de orejas diminutas siempre paraditas, de pelaje color canela sin manchas y un hocico fino y puntiagudo. Algo tenía de especial el perrito pues estaba ataviado con una capa de terciopelo rojo con orlas de oro y era el más cercano a la domadora, quien parecía dedicarle especial atención y afecto. Me acerqué a paso vivo a la jaula y grité:

“¿Cómo se llama el perrito?”

La hermosa domadora sonrió con un orgullo imposible de disimular y contestó en voz alta, haciéndose oír con dificultad en medio del bullicio:

“Más respeto, jovencito, porque estás ante la presencia del único, el incomparable, Flombo, El Magnífico”.

Ella lanzó entonces un puñado de caramelos al aire y pronto todos los jovenzuelos caímos en tierra, disputándonos las golosinas como si de monedas de oro se tratase. Ya no pude admirar al tal Flombo que, aparte de su vestuario de fantasía, parecía ser tan común y corriente como cualquiera de los canes del pueblo, y con eso digo mucho…

Al incorporarme vi que cerraba ya la marcha un coche muy señorial, halado por dos caballos enormes de paso lento pero majestuoso: mi padre me dijo esa misma noche dijo que eran percherones, los más elegantes de todos los miembros de la raza equina. La comitiva hizo alto de repente y se escuchó un largo redoble de tambores y el clamor de un clarín solitario pero estridente y un poquillo desafinado. Un señor diminuto, calvito, bigotón y gordo como un barril, vestido con levita, chaleco y corbata de lazo descendió con cierta dificultad del carruaje y, alzando los brazos, se dirigió a la multitud, no sin antes pasear la mirada de un lado a otro de la calle, como midiendo el impacto de su presencia.

“¡Señoras, señores, niños y niñas de esta distinguida ciudad! Séame lícito dirigirme a ustedes para anunciar la llegada del espectáculo más grande que hayan presenciado jamás… He aquí al elenco artístico del circo más famoso de esta comarca, el grandioso espectáculo del… ¡Circooo de los Hermanooos Malaaatestaaa!”

Quizás todavía aturdidos por el escandaloso desfile, un silencio escalofriante reinó en la calle durante varios segundos. El señor bajito miraba con angustia en todas direcciones sin bajar los brazos, mientras una solitaria gota de sudor rodaba por su mejilla… luego se escucharon unas palmadas  ―juro que fueron los mismos enanitos y payasos del circo los primeros en aplaudir― estímulo más que suficiente como para que se desatara una verdadera andanada de aplausos y vítores.

“Están todos invitados a la función de esta noche, frente al parque se extenderán la grandiosa pista y su carpa con capacidad para cien espectadores… Por solo cinco monedas podrán ustedes deleitarse con las proezas de fuerza del poderoso Gargarian, el bárbaro; las habilidades con cuchillos del renegado príncipe de la Bactriana, hoy artista internacional, Kapodastrus; también verán con asombro las sin par hazañas de Rajiv, el ilusionista del momento… Payasos, enanos, nuestra galería de fenómenos, y los que no pueden faltar, los favoritos de los niños, Babalú, el oso; Kitanga, la jirafa y ¡asómbrense! ¡La joya más preciada de la élite de perros cirqueros, Flombo, El Magnífico!”

 

 

***

 

“Papá…”

“Dime, hijo”.

“¿Iremos al circo esta noche? Todos los niños del pueblo dicen que van a estar ahí… ¿Podemos? ¿Podemos?”

Tuve mucho miedo de hacer esa pregunta pues era mi padre un hombre más bien serio que apenas gustaba de rodearse de multitudes. Rara vez sonreía pero era el hombre más tierno que haya caminado sobre la faz de la tierra. Me miró con ojos más dulces de lo acostumbrado y, sentándome sobre sus piernas, acarició mis cabellos al contestarme.

“Claro, hijo. ¿Cómo perdernos un espectáculo tan fuera de lo común?”

“Marido…”

La voz de mi mamá tenía ese timbre tan característico, esa entonación que hacía saber a todos que algo no era del todo de su agrado…

“¿Qué quieres, mujer?”

“¿Tendrás que gastar dinero en eso?”

“Vamos, son solo quince monedas”.

“Ah… ¿Con que no pensabas llevarme, truhán? ¿Será que esa bella domadora te ha sorbido el seso, querido?”

“Nunca había visto a papá tan colorado. Escabulló la mirada hacia un costado y casi me bota al suelo cuando se puso de pie de repente, carraspeando flemas imaginarias”.

“¡Vaya cosa! ¡Mujer! Si tanto lo quieres sea, iremos todos. ¡Y que no se vuelvan a formular tan hirientes y calumniosas acusaciones en esta casa!”

Se alzó mi papá los tirantes y salió precipitadamente al traspatio, con el pretexto de afeitarse.

Mamá sonreía triunfal cuando nos sirvió un vaso de leche tibia y unas galletas de avena recién horneadas por sus propias manos.

 

***

 

Nunca ningún niño de la aldea había visto una carpa tan grande, pues se alzaba en su punto más alto a buenos doce, o quizás quince metros. De color rojo sangre, en la cúspide, ondeaba una bandera hermosa, ribeteada de oro y bordada del mismo material con las letras “H” y “M”. Faltaban entonces muchos años para que se inaugurase el alumbrado público, así que había antorchas enormes cada diez pasos en derredor a la carpa, de modo que a buenas nueve de la noche casi parecía que estábamos a media tarde. La música era ágil pero señorial, los parches de los tambores vibraban al unísono con nuestros jóvenes corazoncitos que querían salirse de nuestros pechos, tal era la emoción que nos embargaba. Papá y mamá caminaban a paso lento, deteniéndose a cada rato para charlar con conocidos, no parecían sentir mis manecitas tratando de forzarles a seguir, “apúrense, que la función va a comenzar, que nos quedamos fuera, apúrense…”

Era entrada la noche cuando por fin una corneta silenció el murmullo zumbón de la multitud.

“¡Bienvenidos a la función inaugural del circo de los Hermanos Malatesta! ¡Que comience la diversión!”

Han pasado muchos años pero nunca olvidaré aquella noche extraordinaria, quizás la noche en que mi fantasía estrenó alas y alzó el vuelo para nunca volver a descender a tierra firme… No es que Gargarian no fuese sensación, capaz como era de levantar una banca ocupada por cinco personas y sostenerla en el aire por largo rato; tampoco que no me gustara la magia, esa habilidad de transmutar  papeles y telas de colores en conejitos y palomas; no niego que era aterrador el apetito del indio tragafuego que escupía como dragón; no es que no fuese emocionante el vuelo de los cuchillos de Kapodastrus a través del espacio, insertándose en la madera a milímetros de su asistente, una mulata de singular belleza, la primera que veía en mi vida con ese color de piel, extranjero en mis tierras… Es que toda mi curiosidad se centraba en ese perrillo, el tal Flombo, tan ceremoniosamente anunciado, con su capa de terciopelo y sus aires de gran señor. Pensaba precisamente en las manos de la domadora que había cautivado a mi papi ―él lo negó pero a mí no me engañaba― acariciando el pelaje del dichoso animal cuando llegó el momento esperado:

“¡Niños y niñas! ¡Al fin el momento culminante del espectáculo, el desfile, en la pista, de la gran domadora del Turquestán, Dalina, la que domó los caballos de Temístocles, hoy acompañada de Kitanga, Babalú y los perritos amaestrados, todos ellos capitaneados por la criatura más inteligente del reino animal, la máxima expresión de la astucia, de la nobleza, de la agilidad! Por favor, abran paso a la bella Dalina y a su mascota preferida, el único, el incomparable, el extraordinario ¡Flomboooo, el Magnífico!”

No había pasado ni un minuto cuando ya era evidente la razón del entusiasmo con que Flombo había sido presentado. El perrito volaba desde el lomo de la jirafa hasta aterrizar ―bailoteando en dos patas― en la barriga del oso; saltaba sobre cada uno de los demás cachorros mientras estos giraban a toda velocidad, tratando de cogerse las colas con los hocicos; la capa roja y oro ondeaba al hacer las piruetas, encabritándose como potro sin domar: parecía que el viento le llevaba en brazos de un lado a otro de la pista. Solo se detenía un instante para pescar de la mano de su amada dueña una codiciada golosina, justo premio para una ejecución inolvidable que arrancaba gritos de sorpresa y carcajadas de la multitud, cautivada por la gracia sin par del diminuto cachorro. De pronto el maestro de ceremonias pidió silencio ―no era otro más que el gordito bigotudo del carruaje, hoy ataviado como todo un mariscal de campo, fusta en mano― y anunció el acto final, el momento más aplaudido de Flombo.

“Flombo El Magnífico ejecutará, en este momento, el acto de mayor peligro que perro alguno haya intentado… ¡El cruce del túnel de fuego!”

Mientras hablaba el maestro de ceremonias los payasos y enanitos acarreaban multitud de anillos de metal forrados con una tela empapada en un líquido que parecía kerosén, colocándolos en el piso de la pista uno tras otro, apenas separados un par de palmos entre sí, en posición vertical, como si se tratase de los anillos de un gusano, en un trayecto retorcido que parecía ocultar algún extraño riesgo. Ya no hubo dudas del peligro que Flombo iba a enfrentar cuando simultáneamente todos los anillos fueron incendiados, formando así el formidable “túnel de fuego”. Tanto calor hizo por un momento que las señoras comenzaron a abanicarse con los pañuelos y los caballeros se soltaron los botones más altos de las camisas. Toda la escena se pintó de escarlata y naranja y una extraña fascinación podía leerse en los ojos del público, esa hipnótica emoción que el fuego ejerce en las personas, mezcla de asombro, de respeto y una pizca de pánico.

Los tambores comenzaron a redoblar, casi con rabia. Mis manecitas estrujaban la manga de mi papá, quien parecía haberse olvidado de mí, absorto como estaba en el ágil paso de Dalina quien en pocos segundos esperaría a Flombo al otro lado del horrendo túnel.

Y ahora… Por favor… Se les pide un silencio total, ni un solo suspiro. Se les suplica guardar silencio porque el más mínimo ruido, la distracción más insignificante podría desconcentrar a Flombo El Magnífico y llevarle a una muerte segura…

Un ahogado grito de espanto salió de casi doscientas gargantas. Dalina estiró ambos brazos hacia adelante y adornando su rostro ya perfecto con una de las sonrisas más bellas que yo haya visto jamás, dijo:

“Flombo… ven aquí”.

Como una flecha recién disparada por un arco tensado al máximo salió Flombo a toda carrera y en un segundo cruzaba limpiamente el primer aro en llamas, solo para aterrizar en el mínimo espacio entre el primero y el siguiente aro, apenas unos centímetros para apoyar las patas y luego coger impulso como si un resorte poderoso le hubiese lanzado, lleno de bríos y coraje a través de la trampa de fuego… No paraba de saltar entre anillo y anillo con asombrosa vitalidad, mientras los bordes de la capa flotaban peligrosamente cerca de las lenguas de las llamas, cada vez más voraces. Nadie en el público respiró durante los siete u ocho segundos que duró la ejecución de la maniobra, solo se alcanzaban escuchar el caracoleo de las garras de Flombo sobre el piso y el ritmo de su jadeo entre salto y salto, a una velocidad pasmosa considerando lo peligroso del trayecto. Y al fin, para algarabía de todos, se ha lanzado Flombo a los brazos de Dalina quien, triunfal alzó al perrito en el aire, pidiendo el justo premio y paga del artista, el aplauso, alimento espiritual que satisface también al hambre del cuerpo, aunque sea por un momento, después de tantas y tantas privaciones a lo largo de su eterno peregrinaje por carreteras y veredas, de pueblo en pueblo, itinerantes reyes de la sonrisa…

La gente aplaudía a Flombo El Magnífico, ovación de pie, cerrada, interminable. Embriagado por el éxito, Flombo corrió al galope por el perímetro de la pista, haciendo maromas y rodando por el piso, saltando después de pura alegría y sin dejar de ladrar ni un instante.

Pero… ¿Quién podría haber predicho que, después de aquel momento de gloria vendrían agonizantes horas de tribulación? ¿Acaso las desgracias, los accidentes no pueden ocurrir en el momento cumbre de la vida, cuando todo el mundo parece girar alrededor del hombre ―o perro― que ha alcanzado la máxima maestría en alguno de los infinitos campos de la creatividad y el arte? Triste infortunio que Flombo, por pura mala suerte, ejecutando su último salto mortal, ha golpeado de lleno el hocico del oso Babalú, quien, imprudente, se había acercado en demasía al héroe de la velada. Quizás esta pequeña colisión hubiese pasado desapercibida si no hubiese Babalú lanzado un gruñido tan hosco y fuerte que Kitanga, la jirafa, tomada por sorpresa, se lanzó al trote por puro instinto. Y esto tampoco hubiese traído consecuencias relevantes si Dalina no hubiese estado tan ocupada lanzando besos y caídas de párpados a la multitud embelesada, que no dejaba de aplaudir. Pobre Kitanga, tan pescuezuda pero a la vez tan estúpida ―qué culpa tenía de su diminuto cerebro, Señor―, ha atropellado en la estampida uno de los anillos ardientes, que ha derrumbado a todos los demás como si se tratase de fichas de dominó, lanzando chispas hacia todas direcciones. Pero aún esta lamentable secuencia de contratiempos hubiese sido un percance irrelevante sino hubiese sido por las pacas de heno seco que estaban destinadas a la comida de la misma Kitanga… El fuego y el heno no saben llevarse bien y cuando se escuchó con claridad el primer grito de “¡incendio!” ya las llamas invadían todo, con una voracidad tal que cuando llegaron los primeros baldes de agua, al final de la cadena humana que comenzaba en la fuente del parque y terminaba en el centro de la pista, poco quedaba ya para rescatar: la lona de la carpa hecha cenizas, chamuscadas las bancas, toda la utilería achicharrada y los animales corriendo por el pueblo en desbandada, mezclándose con el despavorido público que buscaba salir de ese infierno lo más pronto posible, entre gritos y sollozos.

Papá cargó a mi hermanito por la cintura con su brazo derecho y a mí me cogió de cualquier modo de la manga de la camisa. En menos de un minuto que se me antojó eterno, entre lágrimas y plegarias al Creador, pudimos escapar del fuego y encontrarnos al aire libre, donde ya pude respirar sin atosigarme con las brasas ardientes que volaban en derredor, como bandadas de luciérnagas. Mamá no se despegó ni un instante de nosotros y resoplaba, pues su redonda figura y cortas piernas no se adaptaban bien a estas aventuras de sálvese quien pueda.

Dalina había logrado introducir a punta de látigo a los animales en sus jaulas, no sin gran esfuerzo y gracias a la ayuda de más de uno de sus compañeros de oficio. Una vez fue evidente que nadie había sufrido algo más grave que un buen susto y ya vez extinguidos los últimos rescoldos humeantes pudimos percibir la magnitud de la desgracia de los cirqueros: los artistas habían salvado la vida pero no les quedaba nada, sino la ropa que traían puesta durante la función. Un profundo pesar embargaba a los pobres, reducidos sus sueños a humo negro que se alzaba en columna vertical hasta el confín del cielo, pues ni un soplo de brisa rompía con la pesada y negra atmósfera. Entonces, como regalo de un Dios amoroso y compasivo, una fina llovizna descendió desde lo alto, refrescando con sus gotículas los rostros ardientes, mezclándose con las lágrimas que ya surcaban los rostros de todos, niños y grandes, hombres y mujeres.

Todavía estábamos abrazados, los cuatro, muy apretaditos, cuando se escuchó un grito de angustia que quebró el forzado silencio que todos nos sentíamos forzados a respetar.

“¡Flombo! ¿Dónde estás, Flombo?”

Los ojos de todos se clavaron en la jaula de los perritos, todos a salvo menos uno, el de la capa escarlata, a quien no se le veía por ninguna parte. Me marcó para siempre el bello rostro de Dalina, deformado por la pena mientras clamaba por su amado Flombo, su estrella, el sol que alumbraba todos los espectáculos de pueblo en pueblo, el consentido de las multitudes, el sin par Flombo…

De inmediato se organizaron las cuadrillas de búsqueda en donde codo con codo se organizaban artistas y pobladores, todos unidos por una causa común: Encontrar a Flombo y devolverle la vida a Dalina quien sentada sobre el brocal de la fuente, cubierto el rostro con las manos, lloraba con amargura la pérdida del ser que más amaba sobre la tierra.

Durante buen rato las palas se hundieron frenéticamente en los promontorios de cenizas y restos humeantes, escarbando mientras oraban por no encontrar nada, para no perder así la esperanza…

“Papá… ¿Puedo ayudar a buscar a Flombo?”

Papá sonrió como pocas veces, se arrodilló frente a mí, quizás para poder verme de frente y, colocando sus manazas de labrador sobre mis hombros, me contestó.

“Llevaremos a mamá y a tu hermanito a casa… Los hombres, tú y yo, tomaremos las lámparas de gas y saldremos al rescate de Flombo”.

 

***

 

Después de una hora de búsqueda sin resultado, hasta los más optimistas veían decaer sus esperanzas de encontrar a Flombo, quizás irreconocible entre los escombros…

“Papá… Flombo es demasiado listo como para morirse así como así. Yo sé que está escondido, tiene miedo y tiene vergüenza.

Cuando somos niños tenemos el don de entender a esas criaturas, cosa que la gente grande jamás podría, y eso es porque los animalitos y los niños hablamos con el corazón, nuestras palabras son los sentimientos, no las frases vacías que las personas se dicen unas a otras para sentirse más importantes y menos solas en el mundo. Y Flombo se sentía culpable de seguro porque no se perdonaría nunca el accidente. Ya nadie podría llamarle ‘Magnífico’ después de lo ocurrido…”

 

***

 

Tenía frío, él mismo me lo dijo cuando lo encontré, pues su pelo era corto y nunca fue gordo, por lo que Flombo, empapado hasta los huesos y un poco chamuscado de cola y orejas, había buscado el lugar más recóndito de una caverna para no dejarse ver nunca más. Había corrido a ciegas en la negrura hasta chocar contra una roca, perdiendo el sentido por un rato. Al despertar aguzó los ojillos y, habiendo divisado la oscura boca de la cueva, se precipitó en ella para no morir de frío a la intemperie. ¡Ay Flombo! De ahora en adelante tendría que aguzar su instinto, afinar el olfato, practicar el arte de la cacería, pues ya no recibiría las golosinas de las manos de Dalina, el amor de su vida. Gemía de tristeza, profundo pero quedito, para no ser descubierto, gemía al imaginar la furia de todos, la vergüenza de ser encontrado, sólo para ser blanco de las burlas y los odios; ya nadie le tendería los brazos, no podría lamer las manos de sus amigos, no más olisqueos ni juegos con sus camaradas perritos, que le veían, hasta hoy por lo menos, como a un héroe, como al líder que toda manada necesita, especialmente en cautiverio.

Pensó en el niño que se acercó a la jaula esa mañana, pensó en mí. Si hubiese podido llorar habría derramado muchas lágrimas por haberme fallado, por haber decepcionado a todos los niños y a Dalina, especialmente a mí y a Dalina. Se dio cuenta entonces que aún traía puesta la maltrecha capa de escarlata y oro y, sin poderlo remediar, justo cuando la luna descubrió su rostro entre las nubes que comenzaban a retirarse del cielo, lanzó un aullido largo, doloroso, con toda el alma, aunque el padre de la iglesia decía que los animales no tienen alma… Mentira, sabía que Flombo era igual a mí, amaba como yo, sufría por mí y por todos, como yo estaba sufriendo por él… Nadie más escuchó a Flombo pero yo no tuve dudas, era él, estaba vivo, mi corazón lo supo desde el principio.

Me solté de la mano de papá, quien distraído conversaba con uno de los vecinos, que no parecía deseoso de proseguir la búsqueda. Pude guiarme entre la espesura de las matas, empapando mis ropas con el rocío que en las hojas había dejado la lluvia. No había camino en los márgenes del río de aguas revueltas y lodosas pero estaba convencido que el aullido provenía de mi escondite favorito, de donde papá me había sacado a jalones de orejas en más de una ocasión, cuando escapaba para no ser castigado por mis constantes travesuras. Cualquier otro niño habría temblado frente a la entrada de la caverna, imaginando la presencia de toda suerte de criaturas repugnantes, murciélagos, serpientes, escorpiones y otros bichos, a cuál más peligroso. Pero yo sabía que esos territorios me pertenecían y con paso decidido y sin ayuda de lámpara, ya extinguida hacia ratos, me asomé y grité con todas mis fuerzas:

“¡Flombo!”

En un principio solo pude escuchar el eco de mi propia voz, rebotando una y otra vez en las paredes de la cueva. Pero al adentrarme, ayudado por la claridad de un amanecer que ya inundaba el lugar con luces rosa y malva, no tuve más dudas: allí, hecho un ovillo, tiritando, con sus ojillos echando chispas y las orejas enhiestas y puntiagudas, allí, allí estaba Flombo, medio cubierto con su capa, para soportar mejor la humedad.

“Flombo, Flombito, ven conmigo, te buscamos desde hace mucho”.

“Nunca volveré…”

Alzó su hociquito puntiagudo, desafiante, con un orgullo que solo se ve en aquellos resignados a su desgracia.

“Dalina llora, te cree muerto…”

Flombo lamió mis manos, agitaba su cola pero no cesaba de gemir.

“Dile que me viste, huyendo lejos, vivo, pero lleno de vergüenza… No soy digno de recostarme en su regazo otra vez, será mejor que me marche lejos para olvidarme del pasado… Seré un perro cazador, lucharé como mis ancestros, los lobos esteparios, solo contra un mundo que ya me odia…”

“Flombo, Magnífico… todos lloran por ti. Todos están a salvo, nadie está lastimado. En verdad del circo no ha quedado nada, pero todos trabajarán duro para salir adelante… Y van a necesitarte mucho, Flombo, tú eres su estrella, la inspiración de cada uno… Y especialmente la de Dalina”.

Flombo cerró los ojitos y dejó caer su cabeza sobre mis piernas. Yo le acariciaba y le daba agua en el cuenco de mi mano para al mitigar su sed devolverle también los deseos de regresar.

“Niño… ¿Tú crees en mí?”

Tomé su hocico entre mis manos y viéndole a los ojos le dije con toda la convicción que un niño puede tener a sus tiernos ocho años:

“Para mí seguirás siendo siempre el único, El Magnífico”.

 

***

 

“¡Miren, miren todos! ¡Le han encontrado! ¡Oye! ¿No es ese tu hijo, el que trae a Flombo en brazos?”

Pronto la multitud nos rodeó, saltando de alegría por un perrito y un niño que, perdidos en una misma noche, habíanse reencontrado a un mismo tiempo. Agaché mi cabeza frente a papá, esperando la reprimenda por haber soltado su mano… Pero el acarició mi barbilla y acto seguido nos ha alzado en brazos a los dos, dando un grito de júbilo.

“Estoy orgulloso de ti”.

La multitud dio paso entonces a una figura esbelta que a paso rápido se dirigía hacia nosotros. Era Dalina.

“Flombo… Flombito”.

Flombo alzó las orejas y saltó desde mis brazos a los de su amada, quien le apretó contra su pecho mientras el cachorro le lamía el rostro con frenesí.

“Flombito, tonto, ¿por qué huiste? ¿Acaso no sabes que te amo por encima de todas las cosas? Mira aquí están todos tus amigos, felices de verte”.

Nuestro amigo nunca había recibido tantas caricias en tan poco tiempo y supo que en el éxito o la desgracia, en la buenaventura o el fracaso, el amor lo salva todo.

“¿Cómo darte las gracias, niño?”

El gordito bigotón, ahora en camisa arremangada y tirantes a la vista, lleno de fango y ceniza, tenía los ojos arrasados de lágrimas.

“Hay una cosa, señor… regrese cada año con el circo, para ver a Flombo. Estaré esperándolo y cada vez que piense en él lo veré en mi imaginación más bonito, más grande y fuerte… Y seré feliz porque cada mañana lo sentiré un poquito más cerca de mí”.

Un suspiro. Todos miraban al suelo, enanitos, payasos, saltimbanquis, Gargarian, Kapodastrus, Dalina, Rajiv… Las orejas de Flombo cayeron y apoyaba su cabecita en los brazos de su ama.

“Pero hijo… Ya no hay circo… ¿No ves que todo se acabó?”

“Eso no es verdad”.

La voz de mi papá se oyó fuerte y clara y todos voltearon hacia él, con la sorpresa pintada en los rostros.

“No es verdad, porque cada hombre, mujer y niño de este pueblo va a contribuir a recobrar lo perdido”.

Rodó hasta el medio de la plaza un enorme barril de madera e hizo saltar la tapa con una palanqueta.

“Se aceptan donativos para rescatar el legado del famoso circo de los Hermanos Malatesta”.

Horas después, reinaba la alegría en la comarca. Se descorchaban botellas de vino y el aroma de las viandas inundaba el valle, despertando el apetito a todos por igual. Al compás de tambores, violines y acordeones, el pueblo entero danzaba en derredor del barril, colmado hasta los bordes de monedas, géneros, pieles, víveres y toda clase de cosas valiosas, tanto así que otros tres barriles fueron también colmados de regalos, para alegría de los pobres artistas que no podían creer tanta generosidad de una gente más bien humilde y dedicada a las rudas faenas de cultivar la tierra y pastorear ganados.

“Flombo, prométeme que no te olvidarás de mí”.

“Niño… Desde hoy mi corazón estará partido en dos. Antes solo tenía a mi ama, cerca de mí en todo momento… Hoy sufriré porque te dejo a ti la mitad de mi corazón… Pero estoy feliz de haberte conocido”.

 

***

 

Cuando llegué a ser hombre fundé mi propia familia y me he hecho viejo, casi sin quererlo. Enterré a mis padres en este mismo pueblo y lo hice con orgullo porque fueron los mejores del mundo. Hace muchos años que no se tienen noticias de Flombo ni del Circo de los Hermanos Malatesta, quienes nos visitaron una y otra vez, cada año, por diez años. En la última de sus visitas no vi ya a Flombo ni nadie pudo darme noticias de su suerte pues se trataba de un elenco nuevo manejado por un nuevo propietario. Ese día dejé de ser niño y me hice hombre de golpe, lo sé porque no pude nunca más entender el lenguaje de los animales, se me volvieron incomprensibles sus voces, para siempre… Pero nunca, óigase bien, nunca dejé de creer en que lo mejor de los hombres y mujeres aparece en medio de la adversidad, cuando surgen los héroes auténticos, los que hacen renacer la fe cuando todo parece perdido… Aunque ninguno como mi amigo, Flombo el Único… Flombo el Magnífico.

En picada

EN PICADA

hf

 

Sobre el autor

Me llamo Facundo Quiroga. Nací el 11 de noviembre de 1995, en Mendoza, Argentina. Actualmente, estoy estudiando Ingeniería en Recursos Naturales Renovables, pero siempre gusté de usar un poco de mi tiempo libre en escribir relatos, cuentos, poemas e incluso novelas. Participé varias veces en concursos literarios hechos por la Municipalidad de Godoy Cruz y, en el 2011, logré que tres de mis cuentos fuesen publicados  por ésta. Espero que los disfruten tanto como lo hago al escribirlos.

* * *

(Un cuento breve como un sueño)

… De pronto, aparecí en el pasillo de una antigua casa. El piso era de madera y las paredes blancas.

No entendía cómo había llegado allí, pero lo único que sabía era que una figura humana caminaba

hacia mí, desde la oscuridad. Al llegar a mi lado, la débil luz de un candelero iluminó su rostro.

Era una mujer alta, con rostro pálido. Sólo le daban color sus rizos dorados, que caían hasta los

hombros.

-Te estábamos esperando -me explicó en un susurro.

De repente, el piso de madera se partió y yo caí al vacío. Iba tan rápido que en unos segundos me

encontraba a kilómetros del pasillo. Tenía esperanzas de salir con vida, ¿pero cómo?

Junté los brazos como si estuviera abrazando a alguien y, como por arte de magia, apareció un tubo que evitó mi caída. En pocos segundos recuperé la respiración.

Igualmente, la mala suerte continuaba. Mis manos empezaron a sudar, resbalé y comencé a caer nuevamente. Cerré los ojos para esperar mi muerte.

La velocidad disminuyó y bajé a otro pasillo de madera. Caminé para buscar una salida y los tablones empezaron a caerse uno por uno. Las paredes, que eran de mármol, comenzaron a juntarse velozmente. El pasillo desapareció y yo caí con los brazos estirados entre las paredes que iban achicándose. El miedo me recorrió todas las vértebras. Era mi fin.

Sin embargo, por más que siguiera cayendo hasta morir, me solté. Mi cabeza me estaba estallando por la falta de oxígeno. Me pregunté qué era lo que había sucedido, si la mujer de rizos dorados sabría qué me estaba pasando.

Pasé por entre medio de varios tubos oxidados, pero no quise agarrarme de ninguno. Sentí un dolor punzante en el pecho y llegué a un pasillo de hotel. Éste era de paredes negras y los números de las puertas estaban desgastados.

Mi subconsciente me decía que era un hotel fantasma. Sorpresivamente, una puerta se abrió y salió una anciana con una bata sucia y rosada. En sus manos traía una bandeja tapada, pero no logré ver nada porque volví a caer. Y esta vez, choqué fuertemente contra el suelo.

Abrí mis ojos y encontré la notebook frente a mí. Aliviado, me levanté y me dirigí hacia la puerta que se encontraba detrás. Recordé que debía apagar la computadora y me volteé. Noté que mi cuerpo seguía sentado en la silla y yo, mi alma, me había separado de él. ..

Dicen que cuando estás cayendo en un sueño y chocás contra el suelo, es que has muerto en la realidad. ¿Habrá sido lo que me ocurrió a mí?.

 

Facundo Quiroga

Memorias Gitanas

MEMORIAS GITANAS

 

memorias gitanas 1

Era verano, y como cada año, llegaba al pueblo, la magia para los niños y el temor para los adultos, que duraba de uno a tres meses.

Llegaban las húngaras o gitanas  en grandes camiones cargados de muchas cosas. Era toda una experiencia, ver su llegada.  Tardaban mucho en instalar sus tiendas, en medio de los grandes y frondosos árboles de pirul, para tener un poco de fresco y soportar el tremendo calor de junio. No les importaba instalarse bajo la mirada curiosa de los pobladores, ya estaban acostumbrados.

Por temor a ser robados o que se llevaran a sus niños, que es lo que los vecinos decían. Y de lo cual no estaban seguros, pues no había pruebas, preferían tener su amistad, así que les proporcionaban agua que acarreaban en grandes baldes para beber, bañarse y preparear sus alimentos.

Las tiendas eran de colores, adentro alfombras brillantes sobre las que colocaban grandes y hermosos cojines, sobre los que se recostaban para leer sus cartas, coser o simplemente descansar. Para los ojos de una niña, que curiosiaba por abajo de la tela de la tienda, esta imagen  y muchas otras, eran como ver un trocito del cuento de las mil y una noches.

Uno de esos días fue descubierta, se hicieron sus amigas y después le mostraban todo y le platicaban lo que quería saber.

Sus faldas de seda azul turquesa, verde limón, rojo, amarillo oro, rosa mexicano, etc. eran bellísimas y según decían tenían 20 metros de vuelo para poder danzar al ritmo de los instrumentos de cuerdas, tambores y panderos en las diversas espacios libres. También salían por todas las calles a leer la suerte en la palma de la mano. Todo ésto para reunir fondos para seguir su caminar por toda la República.

Ya arreglados para salir a divertir a los pobladores. Los hombres eran musculosos y fuertes, lucían camisas de un solo color, pero brillante, pantalones negros, un pañuelo atado en la cabeza, una arracada en la oreja derecha. Las mujeres jóvenes eran muy hermosas, su maquillaje era exagerado y sus cabelleras eran largas, sobre las que colocaban atado hacia atrás un pequeño pañuelo adornado con pequeñas monedas doradas que coronaban su frente.
La música sonaba fantástica, como salida de un cuento de hadas, pues no era común escucharla en la radio ni en ningún otro lugar.

Era un mundo fascinante y diferente, y al mismo tiempo de temor por todo lo que de ellos se decía. La niña no le decía a su madre, pues le hubiera prohibido ir ahí por temor a que se la llevaran.

Esto marcó a la niña de por vida, pues coincidentemente, en la escuela le pidieron vestirse de gitana y ella indicaba a su madre todo lo que quería, pues lo conocía a la perfección. Quería verse como alguna de ellas. Y fue con la danza húngara número cinco, con la que se presentó, bailando con gran alegría. Que por cierto, ésta pieza sigue siendo su favorita. Estaba tan feliz, que de regreso bailó todo el camino. Al llegar a casa se quita los zapatitos y gran sorpresa, ya no tenían suela.

Los años pasaron, la niña convertida en mujer estaba visitando un pequeño poblado de Turquía, en un callejón obscuro, alejado y solitario, caminaba tranquilamente disfrutando del lugar, de pronto escuchó pasos sobre las baldosas, al mirar atrás iba rápidamente tras ella… una gitana. Ahora era al revés, la mujer la espiaba a ella, su mirada la asustó y la seguía rápidamente. Ambas empezaron a correr, seguramente quería robarle, como le habían dicho. Ella nunca lo creyó y a estas alturas de su vida, lo comprobaba. Sudorosa, asustada y con la respiración entrecortada entró a una tienda de zapatos Otomanos, donde ya la conocían. No dijo nada, solamente se sentó y le ofrecieron el te, como siempre que los visitaba. No quiso dañar la imagen preciosa que guardaba en su memoria, de aquellos seres extraordinarios, pero en la esquina, la esperaba todavía su pasado…

Martha Larios

Mundo Escrito

Mundo Escrito

 

mundoescrito..

 

Existe um pequeno mundo, como uma pequena ilha, especial entre tantas que não o são.
É repleto de seres encantados, luminosos e mágicos, que podem  ouvir pensamentos e sonhos, mas que não são capazes de traduzi-los em palavras que o vento possa espalhar pelos horizontes.
Por isso, esses seres, como deuses, criam Poetas ao seu redor.

Chegam disfarçados de pequenas borboletas, ou barulhentos pássaros coloridos. Ou aproximam-se quase invisíveis, misturados  nos sons de águas mansas ou de mares turbulentos.
Só são vistos por aqueles que  conhecem suas linguagens e gestos, e, principalmente, por aqueles que  também têm  uma pequena luz no coração, que lhes permite iluminar passagens secretas e ouvir além do compreensível.

São eles que  sussurram nos ouvidos dos escribas os poemas e  as histórias que viram nascer nesse mundo que percorrem. São memórias de belezas e terrores, de duelos infindos e  romances improváveis, de viagens fantásticas a mundos etéreos.
E  assim, no papel nascem fadas e príncipes, amantes eternos, lutas por amor e batalhas repletas de glórias.

Quando visito a pequena ilha,  leio sempre vários poemas. E em cada um deles, vejo uma parte minha descrita. Somando-os, conheço-me.
Todos são eu.
Penso nesses seres luminosos, sabendo que escutam todos os meus sonhos, e me acompanham em todos os meus anseios.
Talvez me iluminem sempre.
Então volto refeita, qual Poeta alimentada de emoção…

Soraya Souto

Así te cuento mi historia con un rey

Así te cuento mi historia con un rey

roberto_carlos

Sí, aunque no lo creas, en mi vida ha existido una relación estrecha con un rey. Mis primeros recuerdos provienen de mi primera juventud y en lo nebuloso de mi memoria no distingo si el primer recuerdo es de cuando bailé con un chico Amada Amante, o fue cuando escuché Namoratinha de um amigo meu. De Amada Amante te puedo decir que hasta cierto punto fue un escándalo; ¿cómo un cantante romántico se atrevía a cantarle a su amante? Pero viniendo de un joven cantautor brasileño, se le disculpaba. ¿Ya te acuerdas? Aquello de introducir música de órgano en esta canción, era innovador; ¡se oye tan bello!

Esa voz suave tocaba mi corazón y ahora que me acuerdo, Enamorado de la Novia de un Amigo, la cantaba en portugués y bueno, en esos días la aprendí en ese bello idioma.  También, la canción “Quero me casar contigo”. Creo que nunca las grabó en español.

Por allá de 1972 una amiga me invitó al XV aniversario de la hija de un alcalde del Estado de México y fuimos hasta ese municipio de la periferia de la ciudad de México porque la cumpleañera había pedido como regalo a su papá que su cantante predilecto actuara en su fiesta.  Las mesas estaban colocadas muy cerca del improvisado escenario de un salón de fiestas. No recuerdo cómo se llamaba la festejada pero sí que terminada la cena aparecieron cinco músicos para tocar los acordes de las canciones del joven cantante que se presentó con un atuendo de piel en color negro, su camisa dejaba al descubierto parte de su pecho del que colgaba un deslumbrante medallón; enamoraba su largo cabello oscuro y ondulado, su sonrisa encantadora y su voz de terciopelo.  Admiré su estatura, su esbeltez y ¡sus piernas! Las jóvenes aplaudíamos a más no poder, le lanzábamos piropos y él, sí, él, sonreía, saludaba en español y su acento me parecía atrayente.

Cantó varias canciones y se acercó a la mesa de la festejada. No se cómo pero de pronto lo vi más de cerca mientras le cantaba a la quinceañera de quien ya podrás imaginar su alegría. ¿Cómo llegué a la mesa de honor? Es algo que jamás he podido explicarme.

El ídolo de la canción volvió al escenario pero sus interpretaciones empezaron a ser inaudibles por el griterío de las mujeres que nos encontrábamos ahí; solo gritábamos, porque ninguna nos atrevimos a subir al escenario, aunque puedo jurar que lo hubiéramos hecho si no nos lo hubieran impedido las buenas costumbres que en esos días prevalecían y no teníamos el valor de romper.

Al anunciar su despedida, las mujeres gritamos “no te vayas”; él replicó que le gustaría quedarse en México y no se cómo salió de mi garganta un potente “quédate conmigo”. El me miró y me dedicó la más amplia sonrisa de esa noche.  Tú que me conoces, sabes que nunca he tenido una voz fuerte, más bien hablo bajito … pero el grito de esa ocasión salió de mi alma.

No, no te rías; ya se que ahora suena alocado mi comportamiento, pero recuerda que estaba saliendo de la adolescencia.  Y así como tú, la amiga que me invitó a esa inolvidable velada, me dijo que le sorprendía mi transfiguración, jajajajajaja.  De ser una seriecita, había pasado a ser una fan prácticamente delirante. Creo que esa noche no pude dormir.

Me torné incondicional de ese cantante maravilloso; hasta mucho después supe que en esa época él ya estaba casado y tenía una hija llamada Lulu. Pero lo que me impresionaba eran sus canciones en español como Detalles y La Distancia. Mira, guardo este LP de acetato que es una reliquia.  Escuchaba y escuchaba esas canciones y las escribía para después cantármelas a mí misma.

Ya sabes que los mexicanos creemos que nuestro país es la plataforma de lanzamiento para los artistas extranjeros. Me parece que en el caso de él no es así, este gran cantautor ya era un ícono en su patria, así como en Argentina y Chile. Sus canciones habían traspasado fronteras, además cuando él llegó a México su fama estaba más que cimentada por el programa Jovem Guarda y muchísimos éxitos en radio, televisión, cine, presentaciones personales e incluso había ganado en 1968 el prestigiado Festival de San Remo (Italia). Ahora comprendo y admiro su humildad porque en un principio no se presentó en los magnos escenarios, sino en lugares modestos, lo que fue la base de su grandeza porque pronto se ubicó como el número uno de la llamada Ola Brasileña.

Pasaron algunos años y solo de vez en cuando escuchaba noticias de él o nuevas canciones en español, que nos llegaban con atraso, precisamente por aquello de la traducción. Entre las que con particular cariño recuerdo, están El Gato en la Oscuridad, Propuesta, Cama y Mesa, ¿Qué Será de Ti?, Si el Amor se Va, Cóncavo y Convexo, La Montaña, Amigo, Jesús Cristo, Un Millón de Amigos … que hasta hoy oigo con deleite.

Quedaron atrás los días de él con sus cinco músicos, porque después fueron tantos que formaban una verdadera sinfónica, que un día impresionó a un gran cantante estadounidense. Son muchos los músicos originales que hasta nuestros días lo acompañan, aunque en menor número por el  avance tecnológico, más la adición de un caballero y dos damas coristas.

A fines de los setenta, volví a entusiasmarme con él porque seleccionaron Amigo para cantársela a Juan Pablo II en su primera visita a México. Todos la cantábamos y en mí renacía la sensación de tener “mariposas en el estómago” al recordar lo cerca que había estado de ese cantante, algo que había platicado a mis hermanas quienes por su propia cuenta se convirtieron en fans de él y por ello tengo una sobrina Carla (27 años) y dos sobrinos segundos, Carlitos (9 años) y Roberto (3 meses).

Mas lo fui olvidando hasta hace relativamente pocos años en que anunció su retorno a México, después de una larguísima ausencia. Era indispensable que mis hermanas y yo asistiéramos a su concierto; así que compramos los boletos y me vi sorprendida por el culto, la devoción y fidelidad que mis hermanas le profesaban; me habían superado.

Mi hermana Tere me prestó artículos periodísticos que había recopilado acuciosamente. Por estos me enteré de los matrimonios de mi ídolo, de la sensible pérdida de su última esposa y creo la más amada, María Rita; así como su trastorno conductual que lo obligaba a vestirse de azul y blanco, entre otros “detalles”.  Creo que está dado de alta en el presente porque recién lo vi en la tele vestido con un traje convencional color gris, camisa blanca y corbata de colores. Recibió el mayor reconocimiento a un artista latino y dio las gracias, diciendo que era un honor para él … siempre modesto y lleno de nobleza.  La crema y nata de los artistas latinos lo aplaudieron de pie.

Volviendo a Tere, esta hermanita me platicó el conflicto que ella tuvo con su esposo porque un día les dijo a sus hijos, mostrándoles un periódico, “miren, este es su verdadero padre”.  Más adelante, uno de mis sobrinos se lo dijo a su papá y ya imaginarás la que se armó.

Por fin llegó el día esperado con tanta ansia. Me percaté del tiempo que había pasado porque para grabar el concierto estaba la camioneta de la radiodifusora “El Fonógrafo, música ligada a su recuerdo”; estación dedicada a los éxitos de antaño. Sí, había pasado mucho tiempo.

En el concierto sentí algo que no logro describir. El conservaba su romántica suave voz y las canciones, muchas desconocidas por mí, eran “cantadas” por una audiencia de 10,000 fanáticos que abarrotaban nuestro máximo escenario musical.  Escuché por primera vez Emociones, Desahogo, Mujer Pequeña, Lady Laura,  El Día que me Quieras y desde luego las que me trajeron bellos recuerdos. Y habló con su público en español, con su encantador  acento brasileño que me fascinó desde aquella ya lejana e imborrable noche de principios de los setenta.

Al final, nos arremolinamos ante el gran escenario para recibir una rosa, obsequio de él; volví a verlo relativamente cerca. Había cambiado, tanto como yo misma había cambiado. Lo vi como todo un caballero, vestido impecablemente, con su cabello lacio y su carita con arrugas; pero eso sí, lo vi muy guapo.

Miré los rostros de mis hermanitas, así como las de todas y todos sus fans, llenas de emoción hasta las lágrimas. Estoy segura que como yo, deseaban que el concierto nunca terminara.

Al salir del Auditorio Nacional, las hermanas compramos “souvenirs” creyendo que con estos nos llevábamos un pedacito de nuestro ídolo. Compartimos nuestros sentires y supe, por ejemplo, que una sintió un cosquilleo particular en sus piernas, que la inmovilizó; otra sintió que su corazón latía más de prisa, otra no podía articular palabra, y yo … ¿qué te puedo decir?  También las hermanas discutimos sobre quién lo amaba más y bueno, más o menos, llegamos al acuerdo de que una es la namoratinha, otra es la amante y otra la amiga. Así, nos ilusionamos con la idea de rendirle un tributo a este ser que tanta alegría y romanticismo ha dado a nuestras vidas y … ¡a esperarlo hasta su próxima visita a México! Por fortuna, hemos asistido a todos sus conciertos aquí y últimamente hemos estado acompañadas de la segunda generación de incondicionales de este fascinante artista.

Después del primer concierto se despertó en mí el interés por saber qué había sido de su vida, así que por Internet me inscribí a su página oficial, para estar al tanto de sus actividades artísticas y leí muchos artículos acerca de él. Me enteré que existió una biografía no autorizada y la “bajé”, imprimiendo poco a poco las más de 600 páginas escritas en portugués que leí con gran entusiasmo. Así supe de su niñez, su adolescencia, su inicio azaroso en el mundo artístico, sus primeros éxitos, la historia de sus canciones, el entorno en que las escribió, sus “parcerías”, sus giras, sus triunfos, sus amores, sus matrimonios, sus hijos, sus amistades, su familia y un sinnúmero de etcéteras.

Por ejemplo, de su infancia quedé prendada del niño que cantaba para las visitas escondido detrás de una puerta y después, cuando ganó un concurso radial cuyo premio consistió en una bolsa de “balas” (en ese momento no sabía yo que eran dulces). Conmovida por el accidente que sufrió, lo admiré todavía más porque logró triunfar a pesar de todo. Y así paso a paso, absorbí la tremenda recopilación de lo investigado ¡durante 16 años! por un gran fan.

En 2009, tuve la enorme fortuna de visitar Río de Janeiro y platiqué mucho de él con mi amiga María Claudia, una bellísima carioca quien me comentó que su mamá era también fan.  Conocí a la linda señora Odeneide quien me platicó largamente de nuestro cantante predilecto. Antes de casarse trabajó en una empresa relacionada con la música donde lo conoció y él le mostró mucho interés. Me enseñó una fotografía con él en medio de dos hermosas jóvenes. El miraba a una Odeneide en plenitud de belleza y simpatía. Por casualidad, él vestía un atuendo de piel color negro cuya camisa dejaba ver aquel medallón, tan conocido por mí. De igual forma, lucía esa larga cabellera oscura y ondulada. Así que coincidimos en que ese encuentro fue en la misma época en que yo también lo conocí.

Creo que esa foto quedó gastada de tanto que la miré; observé cada detalle y aún me impresiona la mirada de él hacia Odeneide quien nuevamente lo vió años más tarde en un concierto; ella esperaba ya a María Claudia en su vientre. El cantó con singular sentimiento Te ves tan Linda (esperando un bebé), que públicamente le dedicó a ella.

Mira, tengo un escaneo de esa foto. ¡Observa la mirada de él a Odeneide!

Ah, uno de los más grandes elogios que he recibido es que alguien me dijera que pocas extranjeras saben tanto como yo acerca de él, nombrado mi novio por mi gran amiga y hermana espiritual, Kao, una preciosa mineira. Ambas reímos porque a la vez de novio mío, ¡también es mi cuñado!

Ah, se que muchas personas -si leen mi historia, tendrán muchísimo que agregar-. Comprendo que solo soy una más de sus millones de fans, que sus contemporáneos brasileños y extranjeros, tendrán mucho más que decir y cada uno observará los faltantes en mi relato y habrá quienes recuerden que tal o cual canción de O Rei, ha marcado un momento inolvidable en sus vidas.

Y fue precisamente en Brasil donde confirmé que él sigue siendo O Rei; título que el público le otorgó  desde los años de la Jovem Guarda y que conserva merecida y majestuosamente.  Entre la multitud de detalles que de él retengo en mi memoria, se que él es el cantante de América Latina que más discos ha vendido mundialmente; que a donde quiera que va, dentro y fuera de Brasil, la gente lo admira y lo respeta. Sus CD’s y DVD’s son un verdadero tesoro para quienes nos deleitamos con sus bellas interpretaciones y como puedes ver, aquí tengo este MP3 que contiene ¡300 de sus canciones!

Con frecuencia escucho y/o veo la grabación de sus conciertos; me vuelvo a emocionar profundamente y me siento muy orgullosa de ser su súbdita, no siempre fiel, no siempre tan apegada a él, pero eso sí, muy agradecida porque mi petición para que no se fuera de México se ha cumplido, pues Roberto Carlos se quedó, sí amiga mía, se quedó aquí, dentro del corazón de esta mexicana.

Cony Ureña

Desde mi ventana

Desde mi ventana

 

pasado

Es siempre doloroso recordar lo perdido,…Constatar que jamás nunca lo recuperaremos, nos crea un angustioso estado de desesperación.
Mil y una pregunta se nos hacinan en la cabeza, formando un muro infranqueable  de dudas, por no tener tan sólo una respuesta que nos explique la razón de esa pérdida.
Caminamos como inertes autómatas sin rumbo y desafiando la lógica de lo vivido, nos adentramos en ese túnel tenebroso y oscuro de la soledad.
La soledad nos lastima, nos sumerge en un monologo frió que poco a poco va invadiendo el más recóndito rincón del alma, mientras en nuestras mentes siguen martilleando con insistencia las preguntas sin respuesta.
¿Por qué?,… ¿Quizás nos precipitamos?..¿Cuál fue el desencadenante de aquella decisión que hoy dudamos que fuera la acertada?
Y esa duda que nos corroe el alma y que nos atormenta un día y otro, va minando nuestra existencia, como inflexible castigo.
Soledad y dudas, salpicadas de preguntas…y de nuevo nos invade la rutina de estar vivo y no sentir nada…¡Rutina y soledad!…¡Soledad y rutina que nos envuelve en halo de amargura y tristeza!

¡Si pudiéramos retroceder! ¡Si tuviéramos la oportunidad de volver atrás y recuperar lo vivido!… ¿Y si todo hubiera sido un sueño?
¡Soñar!… ¡Sueños y recuerdos!…Recuerdos y sueños que como imágenes animadas pasan ante los ojos como lluvia de sensaciones dormidas, aletargadas por el tiempo de las ausencias…La soledad impuesta duele aún más.
¡Recuerdos!… Sensaciones adormecidas por la desidia y el abandono, sentimientos olvidados de ese amor hoy moribundo en nuestras vidas y que en el fondo se resiste a morir y busca una oportunidad que al igual que el ave fénix pudiera renacer de sus cenizas.

©Roberto Santamaría

Sueño de una noche de verano

 

Sueño de una noche de verano

 

teat

 

Durante los preparativos de la boda del duque Teseo con Hipólita Reina de la Amazonas, dos parejas de amantes se pierden en el bosque del amor no correspondido: Hermia ama a Lisandro, pero está comprometida con Demetrio, el que a su vez es amado por Elena.

Hermia se presenta ante el duque y este sin mas inconveniente la obliga a cumplir su compromiso con Demetrio de otro modo deberá entregarse a la muerte. Entonces, Lisandro y Hermia deciden huir al bosque. Tras Hermia, Demetrio, tras éste, Elena. Todos se pierden en el bosque donde habitan Titania y Oberón, reyes de las Hadas, los cuales desde hace mucho tiempo están disgustados por un capricho. Oberón decide vengarse hechizando a Titania con el jugo de la flor del amor, que vertido sobre los párpados durmientes, basta para que una persona ame con locura a la primera criatura que vea.

Al mismo tiempo, se encuentran en el bosque un grupo de trabajadores del pueblo de Atenas que ensayan un drama para representar el día de la boda del duque. Puck, el duende preferido del rey Oberón, transforma a uno de ellos en burro, quien al ver que el resto de su compañía huye, decide pedir ayuda. Con sus gritos despierta a la reina Titania, que víctima del encantamiento, se enamora inmediatamente de él. Oberón decide ayudar a las parejas de amantes con el mismo filtro de amor, pero ante las sucesivas “travesuras” de Puck, pone fin a todos los hechizos, conservando sin embargo el de Demetrio, que se enamora finalmente de Elena. Ante el nuevo orden establecido, se representa la obra de los humildes y laboriosos “actores”. Los enamorados son disculpados ante la Ley y las parejas se casan junto a Teseo e Hipólita con la bendición de Titania y Oberón, quien ha recobrado el amor de su reina y ha hecho que todo lo que ellos recuerden sea sólo un sueño de una noche de verano

 

 

 

Venezzia

Venezzia

 

Venezzia

     En ciertas ocasiones el cine nos permite aprender aspectos desconocidos de nuestras historias, que por razones no siempre entendibles, quedan atrapados en el pasado y no son recordados acabadamente por nuestros historiadores. Estas películas, antes que nada, hacen resurgir nuestro interés por el pasado y por héroes desconocidos. Un claro ejemplo de esto es la película que revisaremos éste mes: Venezzia. Ésta producción venezolana estrenada el año pasado está basada en hechos reales, y está enfocada en la relativamente desconocida historia del rol venezolano durante la segunda guerra mundial, suministrando petróleo a los aliados.

En 1942, después del ataque de las fuerzas imperiales japonesas a Pearl Harbor, los Estados Unidos entran en la segunda guerra mundial a combatir contra las fuerzas del Eje: Japón, Alemania, e Italia. El control del petróleo es esencial para ganar la guerra y el ejército norteamericano, antes que nada, quiere proteger el suministro petrolero proveniente desde Venezuela de los ataques y sabotajes alemanes. Para esto envían a Frank Moore (interpretado por Alfonso Herrera), un experto en telecomunicaciones, y que habla perfecto español, al remoto pueblo de Puerto Miranda.

Al llegar a este pueblo, Frank no está convencido de que su tiempo y conocimiento esté siendo usado de la manera más útil. Sin embargo, como buen soldado, cumple sus órdenes a cabalidad. Para desarrollar sus funciones es colocado bajo las órdenes del Capitán Enrique Salvatierra (Rafael Romero) el que le entrega alojamiento en una casa frente al mar. Es así como conoce a Venezzia (interpretada de manera excelente por Ruddy Rodríguez), la hermosa y encantadora esposa de Salvatierra, una mujer que padece de una extraña enfermedad en los ojos y que prácticamente ha vivido toda su vida adulta encerrada en esa casa. Salvatierra pasa mucho tiempo fuera de la casa. Frank, en cambio, dedica casi todo su tiempo a estar en la casa, interceptando señales radiales y poniendo atención para poder escuchar mensajes sospechosos. Sin embargo, parte de este tiempo también se la dedica a Venezzia, a la que llega a conocer bastante bien en muy poco tiempo. Naturalmente surge una atracción mutua entre Frank y Venezzia, una  atracción que intentan controlar e ignorar. Venezzia, a pesar de estar casada con un hombre cruel y frío, no quiere abandonar a su marido por temor a quedarse sola. Frank, por su parte, sabe que está solamente de paso en Venezuela y que después regresará a los Estados Unidos. La decisión que ellos tomen no solo va a tener repercusiones personales, sino que también a niveles militares y operativos, alterando parcialmente el rumbo del conflicto mundial.

Venezzia, dirigida por el debutante Haik Gazarian ha sido hasta la fecha, la producción más costosa del cine venezolano. El guión fue escrito por Jörg Hiller, responsable de la exitosa película colombiana, Soñar no Cuesta Nada, y Valentina Rendón, actriz y escritora del mismo país. En los créditos de producción se encuentra la actriz interpretando a Venezzia, Ruddy Rodríguez y a Edgard Ramírez, dos nombres de peso del cine venezolano. La fuerte inversión en esta cinta está claramente demostrada, con una fotografía esplendorosa y un elenco multinacional, a lo que se agrega un pulido trabajo de edición.

Las falencias de esta cinta pasan por otros detalles, un buen ejemplo de ésto es el doblaje usado para varios personajes que aparecen hablando inglés al comienzo de la película, un trabajo que nos hace recordar las clásicas cintas de spaghetti western de los años 60 y 70. La música empleada, por la mayor parte, es agradable al oírla y se ajusta bien a la historia. Sin embargo, en ciertas ocasiones se torna extremadamente melodramática para escenas que no lo requieren. La historia que se cuenta aquí pudo haber sido desarrollada de forma más extensa, sacándole más provecho a la parte histórica y agregando más detalles de las operaciones militares y de espionaje y/o sabotaje.

A pesar de las falencias ya mencionadas, Venezzia es una película sumamente interesante, con una historia que nos remueve del ocio mental y que nos intriga. Venezzia nos impulsa a aprender más detalles de esta historia, del importante papel que jugó Venezuela en el conflicto mundial y que nos hace recordar a las personas venezolanas que fallecieron durante este conflicto que parecía estar ubicado tan lejos
y que sin embargo llegó a las puertas de Sudamérica. Por estas razones, Venezzia obtiene mi voto a favor y en mi opinión, es un claro ejemplo a seguir  para el resto del cine latinoamericano.

Claudio Bringas

 

 

 

 

Despedida de Paloma Herrera

Despedida de Paloma Herrera

 

PH-

Paloma Herrera se despidió del American Ballet de Nueva York tras más de dos décadas integrando su compañía, con una emotiva interpretación de Giselle y una larga ovación del público que la homenajeó de pie y mientras aplaudía le arrojaba flores al escenario sin cesar.

La bailarina clásica, de 39 años, dueña de unos pies increíbles y una excelencia en sus interpretaciones realizó su última presentación con el Metropolitan Opera House del Lincoln Center de Nueva York como escenario, dejando allí sus huellas como una de las principales figuras latinas de la compañía que integra desde 1991 cuando arribó con apenas 15 años.
Con motivo de su despedida, el Consulado argentino en Nueva York, organizó una recepción en reconocimiento y homenaje a su trayectoria en el mundo del ballet.
Trayectoria

Paloma Herrera llegó con apenas 15 años al American Ballet, tras unos años de formación en Argentina bajo la mirada de Olga Ferri, a la que siempre ha considerado su maestra.

Cuatro años después ya era primera bailarina de una compañía y, tras 20 años en esa categoría y a punto de cumplir los 40, planeó con sumo cuidado y mucha antelación su despedida.

A los 18 años de edad obtuvo su Green Card para los Estados Unidos, siendo la primera vez que un argentino recibe su visa de Profesional de la Danza con la denominación “Extranjero de Extraordinario Talento”.

Fue promovida a primera bailarina (solista) del American Ballet Theatre en 1995 a los 19 años siendo la más joven en lograrlo en toda la historia de esa compañía. Desde 2003, es miembro del Artist Committee (Jurado) para el Premio a la Trayectoria Artística más importante de Estados Unidos, el Kennedy Center Honorees, que se entrega en la National Celebration of the Performing Arts, que es entregado por el presidente en la Casa Blanca, desde 1978.

Herrera participa en los videos del American Theatre Ballet. Fue contratada por la Balanchine Trust Foundation para la película Theme and Variations con Alicia Alonso y es protagonista de los dos últimos ballets – Don Quijote y Coppélia – filmados para la Public Library del Lincoln Center en Nueva York. La BBC realizó un documental sobre su carrera. Además de ser una bailarina sumamente respetada, es una común presencia en la escena social de Nueva York.

Luego de despedirse del American Ballet Theatre, Paloma Herrera hará lo propio en su país y en su teatro con una de las obras más logradas del siglo XX. Modelo ejemplar de danza teatral, Onegin constituirá uno de los momentos culminantes de la temporada, por sus valores artísticos y por ser el conmovedor marco para el adiós de la gran bailarina argentina, que debutará el papel de Tatiana.

Galardones obtenidos

• Elegida entre los 10 bailarines del siglo por la revista cheer & Dance Magazine, la más prestigiosa del medio (1999).
• Líder del milenio por la revista Time y el canal de televisión CNN.
• Premio Gino Tani, de Italia, por unanimidad.
• Premio Konex de Platino (1999) a la Mejor Bailarina de la última década
• Premio María Ruanova (2000).
• Nominada al Premio Benois de la danza en Moscú.
• Nominada al Premio Nijinski del Mónaco Dance Forum, siendo la única bailarina americana seleccionada.
• Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires en el Teatro Colón (octubre de 2001).
• El Premio The Immigrant Achievement, en Nueva York (2001), por su contribución como miembro de la población inmigrante.
• Una de los 30 artistas (el único en Danza) que transformarán las artes en los próximos 30 años por el The New York Times, que le dedicó la tapa de su revista.

Las Sílfides

Las Sílfides (Chopiniana)

 

chopiniana

 

Es un ballet blanco de un acto, sin argumento. Fue estrenado en 1908 en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo como Rêverie Romantique: Ballet sur la musique de Chopin o Chopiniana. Como Les Sylphides, el ballet fue presentado por primera vez el 2 de junio de 1909 en el Théâre du Châtelet de París.

La coreografía original fue hecha por Mikhail Fokine, el coreógrafo ruso que forjaría entre otros el futuro de la danza clásica en los Ballets Rusos de Diaghilev, con música de Federico Chopin, orquestada por Alexander Glazunov y escenografía de Alexandre Benois siguiendo el estilo y las pautas con las que Filipo Taglioni y Bournonville hicieron bailar y volar a las sílfides.

Otra orquestación popular fue realizada por Roy Douglas en 1936. En 1940 el American Ballet Theatre realizó la producción y la estrenó el 11 de enero de ese año en el Center Theatre en el Rockefeller Center.

En occidente, el ballet pasó de una compañía a otra y el propio Fokine lo revisó en varias ocasiones, dándose por buena la última versión, que data de 1941.

Bajo el título de Chopiniana, aún puesto en escena por Fokin, el ballet fue una composición musical ligeramente diferente. Esta versión incluía sólo cinco obras de Chopin:

  1. Polonesa en La mayor, Op. 40, nº 1,
  2. Nocturno en Fa mayor, Op. 15, nº 1,
  3. Mazurka en Do sostenido menor, Op. 50, nº 3,
  4. Valse en Do sostenido menor, Op. 64, nº 2,
  5. Tarantella en La bemol mayor, Op. 43.

La versión final de este ballet, interpretado con el nombre de Les Sylphides agregó más piezas.

  1. Polonesa en A mayor (algunas compañías lo sustituyen con el Preludio en La Mayor)
  2. Nocturno en La bemol mayor (Op. 32, nº 2),
  3. Vals en Sol bemol mayor (Op. 70, nº 1),
  4. Mazurka en Re mayor (Op. 33, nº 2),
  5. Mazurka en Do mayor (Op. 67, nº 3),
  6. Preludio en La mayor (Op. 28, nº 7),
  7. Vals en Do sostenido menor (Op. 64, nº 2),
  8. Gran Vals en Mi bemol mayor (Op. 18, nº 1)

Las Sílfides es frecuentemente confundido con La Sílfide,  otro ballet de nombre similar, que también involucra a la legendaria sílfide o espíritu del bosque. Sin embargo estos dos ballets no tienen relación entre sí.

Las silfides son genios o espíritus que vagan por los aires y habitan en las alturas, ya sea en las montañas o en las copas de altos árboles. Poseen la capacidad de levitar innatamente y pueden volar y moverse libremente, las alas sólo le sirven para darse impulso. Tienen otras muchas habilidades mágicas, como la de hacerse visibles o invisibles a voluntad, y la de invocar elementos del aire

Este ballet, a menudo descrito como una “ensoñación romántica”, fue el primer ballet que fue sólo eso ya que carece de trama. Está situado en un bosque donde las sílfides bailan al claro de luna junto a un poeta. Sobre esta idea Fokin diseñó una coreografía de estilo romántico utilizando una técnica académica evolucionada para aquella época. De este modo Fokin creó un ballet abstracto con la estructura del ballet romántico, y es  ejemplo de la esencia de la danza clásica. Elegante, de movimientos suaves y etéreos, resalta la excelencia en una disciplina de alta exigencia.

Esta obra constituye una representación fiel del ballet romántico,  y es una de las creaciones más significativas de Fokine. Forma parte de los repertorios de las compañías más notables de danza clásica y en los más importantes certámenes de danza clásica.