¡CUIDADO!

¡CUIDADO!

Cuento de Jorge Maggi (Argentina)

 

 

 

Me preguntan ¿qué es EL OVEJERISMO? trataré de explicarlo con un cuentito al que llamaré

¡”CUIDADO”!

PRIMERA PARTE

1.- Una persona, generalmente masculina, compra un cachorrito con pedigree de POA. Lo lleva al veterinario, lo desparasita, lo vacuna, lo cuida y lo quiere. Cuando tiene tres meses es destrozón, juguetón, ensucia adentro, etc. El dueño recurre al criador o al veterinario para ver cómo puede solucionar eso. Le recomiendan un adiestrador, se contactan, y a los cuatro meses aproximadamente dueño y cachorro conocen una Agrupación. Todos miran el perrito, que se ve lindo. El tipo sigue viniendo, nadie sabe ni cómo se llama …se refieren a él como …”ahí viene el que tiene el hijo de Astor”, por ejemplo

Ponen el cachorrito en la pista y empiezan las instrucciones : “llamá de allá, llamaaaa¨”, …”escondete” …”parate”…”gritaaaa! …”que no te veeeeaaa”… “y la pelotitaaa! Y le dicen: hacete socio, lo presentamos en la expo…dale. El tipo ni habla, ni opina, solamente salta, o se agacha, o se esconde, o corre como un gil al que le gritan cada vez más, se agota. Llega a su casa los domingos a las 14,30, agotado, muerto, transpirado, pero contento. Le dicen que el cachorrito es bueno y le cuenta a la mujer esas novedades. La mujer (que no sabe lo que le espera) le dice…se enfrían los ravioles .., hace una hora que te estamos esperando. El nene de diez años se interesa, la nena de siete no.

2.- Pasan quince días – Martes a la noche, hace frío. Vuelve el tipo con su cachorrito de “trabajarlo”, porque se acerca la exposición y ahora lo caminan “martes y jueves también”. La mujer, con cara cada vez más larga, piensa que el tipo está loco, pero como el tipo se va con el cachorro, a dónde va a ir …! ¡y llega el día del debut!

3.- El tipo se prepara un equipo “Adidas plus” con gorra al tono y zapatillas… “de fondo, las que prefieren los atletas”, un bolso adecuado con comedero, pelotita, pelotita suplente, pito*, pito suplente, agua (¡2 bidones!), abrillantador, rasqueta y cepillo y temprano se mira al espejo, y hasta hace unas flexiones. Se ve bien. Pero, no se acuerda si tenía que darle de comer al perro más, menos o nada. Llama al entrenador al celular, ¡son las seis de la mañana! Consulta. La respuesta es dura y clara: ¡boludo! ¡no, no tenés que darle nada! Se sorprende, pero se adapta. Y se va para Monte Grande, a donde nunca había ido. Jode la neblina, y el frío. A pesar del GPS se pasa de la 205 y termina en Ezeiza. Hace 133 km para encontrar Monte Grande, llega 9,15. ¿Dónde estaciona? ¡Donde puede! Saca el cachorro a los tirones y así entra en la sede de Monte Grande. ¡Bien! Hay bastante gente, busca al guía, no lo encuentra. Al criador tampoco (está durmiendo en la casa). Se desespera, tiene que ir al baño, pero ¿a quién le deja el cachorro? un kilombito, va con cachorro y todo. Sale del baño y lo moja uno que está bañando un perro con una hidrolavadora gigante y ve al handler que corre apurado con una cachorrita y entra a pista y ¡no le da bola! por micrófono dicen “último llamado para no sé qué…”. Sigue dudando, desconcertado y nervioso. Oh…viene el guía, un poco agitado. ¿Sacaste el número? ¡andá boludo …! ¡es allá, en aquella mesa! El tipo, no sin esfuerzo, consigue el número y el guía viene, se lo pone, le saca el cachorro de la mano y entra a la pista. La última instrucción es … “llama cuando levante la mano”.

4.- Sexta machos en pista. Hay como veinte. Qué hacen, a todos le miran la boca, y anotan. Ehh..! ¿les aprietan los testículos? Empiezan a caminar y el guía no levanta la mano pero parece que se dirige a él cuando grita… ¡”llamaaa! boludo!, ¡”correee boludo! ¡”escondete boludo”…! El tipo se marea, no sabe bien que hacer, pero se “suelta”, llama, grita, corre, salta, toca pito, tropieza, se cae, se levanta, se ensucia, se emociona … ¡y el cachorro salió segundo! Podio, fotos, una copa y una bolsa de alimento (que parece que es para el guía). Contento paga al guía, paga la foto por adelantado (error) y se siente como Maradona cuando el gol a los ingleses. Saca pecho y da una vuelta como sin querer, por afuera de la pista, medio inflado, y encima dos le dicen, ¿saliste segundo? te afanaron, ¡el que ganó es amigo del juez!

5.- El tipo vuelve a la casa, con una copita de diez centímetros, pero una alegría incomparable. Se convierte de inmediato en ídolo de su hijo de diez años, la nena de siete se “apodera” de la copita y la Sra. Sonríe (insisto, no sabe lo que le espera).

SEGUNDA PARTE

6.- Tres días después la copita luce en un lugar preferencial del modular, el tipo faltó tres días al trabajo y se está recuperando de una gripe machaza. Se levanta, se tiene que recuperar porque no puede faltar un día más. ¿Al trabajo? Nooooo…, ¡a la Agrupación!, mañana es jueves.

Y cansado del trabajo, no del todo recuperado de la gripe, emponchado, pero altivo, seguro, casi canchero, el tipo, el jueves 18,30 llega a la Agrupación. Al primero que se le acerca le dice: “este es “Póker”, el hijo de Astor que salió segundo el domingo”. Ah…yo soy Cariotti, jugué dos partidos en la quinta de River, ahora tengo sesenta y vengo a correr un poco. Chau!!!

Finalmente llegan algunos de la Agrupación y el tipo participa de los comentarios, ya es parte, ya NO ES NUEVO. Y pregunta ¿che, cuándo hay otra? Mirá, el sábado 7 en La Plata, dentro de casi tres semanas, nosotros vamos a esa. ¡Qué macana! los sábados trabajo y ¡nooooo! ese día cumple años mi nena!.

7.- ¿Qué hace el tipo? Consigue un reemplazo en el trabajo (a cambio de trabajar tres sábados para “compensar” a quien lo cubre ahora) y convence a la familia que van, compiten y festejan el cumpleaños de la nena en la “República de los Niños”.

Inscripción, entrenamiento, cepillado, lavado y planchado del equipo “ADIDAS para TRIUNFADORES”, un bolso con todo (ni Remo, Sieger alemán, tenía tantas chucherías), toalla, bebedero, comedero, rasqueta, cepillo, pito, chifle, pelotita, bocina, bubucela, agua en bidones (dos por las dudas) y un espíritu ganador que ¡reíte de Vegas! Y toda la familia, a las 6 de la mañana del sábado 7, con cachorro incluido, salen para La Plata. Otra vez mucho frío, neblina, los chicos quieren desayunar en un Mac…, el coche repleto de cosas (del perro y para el perro, la mayoría). Nervios, muchos nervios, pero todo sea por …”Póker”. El predio es bueno, pero muy grande y medio vacío a las 8,30 de la mañana (¡mejor llegar temprano!). Hace frío. El tipo, ya OVEJERISTA, ¡casi un veterano! compra el catálogo y no se encuentra! desesperación, locura, frustración! No está anotado! Y por ahí ve al encargado de inscribir los perros en su Agrupación! ¡Póker” no está anotado! No puede ser, yo lo anoté. Y toda la familia sigue al “anotador”, hasta la mesa donde se dan los números! ¿Y?, el perro pasó a 5ª, cumplió 6 meses hace 7 días! Llega el handler, se entera. No te lo puedo presentar, en quinta, tengo otro, ¡esperá veo si te consigo uno! Y al rato, vuelve con un petiso gordo, y con cara de haber dormido poco y nada. Flaco, a ver, no te preocupes, “vos llamá cuando levanto la mano”.

8.- La segunda presentación: los hechos se precipitan,  quinta machos a pista. “Póker” parecía un poco chico, ¿o los otros serían muy grandes? El petiso medio lo arrastraba, no se notaba que “Póker” y su nuevo handler formaran, digamos, un “equipo”. ¿¿¿Y encima este Juez hace distinto, hace “individuales”??? Y vuelve el “llamá”, enseguida el “llamaaá boludo”. Eran catorce perros, y todo sucedió muy rápido…. Lo llamaron décimo y terminó décimo primero ¿Cómo puede ser? y no viste, ¡acá benefician a los perros de La Plata!
No hubo fotos, ni podios, ni copas, ni bolsa de alimentos. Ni “República de los Niños”. Apenas un almuerzo triste en…Mac….

TERCERA PARTE

9.- “OVEJERITIS” o inflamación del ovejerismo.

¿Y ahora? La copita reculó en el modular y un jarrón medio la tapa. Los nenes siguen en la suya y la mujer piensa (y se equivoca) que el tipo se calmó. El tipo va a la Agrupación medio mustio, con poca gana, pero…ya tiene el virus en la sangre. Y, quedan 2 caminos:
En la Agrupación escucha que en un mes, juzga en Rosario una alemana, Margit van … y que varios de la Agrupación van porque la señora alemana es una garantía, no como los de acá. Inscribe a “Póker”, el guía le da manija para que lo lleve y el tipo muestra su “ovejeritis”. Se va sólo tres días, pero en caravana con otro par de coches de aficionados de la Agrupación. Va con sus equipos deportivos súper y todos las cosas de su “Póker” que ya creció un poco. Pero, ¡macana! ¡salen veintitrés anotados, que llegan de todo el país! Gastos en Hotel, comidas, combustible, inscripción, claro, preparación, y guía y la familia sola en casa. Y “Póker” sale décimo cuarto entre 20 buenos perros presentes. La alemana elogia mucho la categoría. A la gente parece que le satisface su juzgamiento. Uno de la Agrupación sale segundo y vuelve muy contento y el otro con un macho de tercera sale décimo quinto entre veinticuatro y habla de seleccionarlo (¿qué será eso?) y probarlo como reproductor, porque tiene buen pedigree y buen carácter.

10.- “OVEJEROSIS” o la deformación degenerativa irreversible del ovejerismo.

El tipo puede venir puteando, porque lo “cagaron”, porque es todo acomodo, arreglos, la pqlparió! Porque no viste …ganaron todos perros de Rosario …o todos los que presentaron esas dos mujeres que yo no digo que no presentan bien, pero ¡la alemana las acomodó! o viste los perros de los dirigentes, ¡salieron casi todos bien! Ahí se entra en la OVEJEROSIS, el ovejerismo degenerativo, deformado, incurable, que hará al enfermo sufrir muchísimo, lo mismo que a quienes lo rodean, salvo que sean de su misma condición. Y ¡CUIDADO! ¡es contagioso, una enfermedad ¡MUY CONTAGIOSA!

Pero, nuestro tipo, volvió callado y pensando. Y llegó a la casa tranquilo, acarició a su perro, besó a su mujer, acomodó la copita hacia adelante en el modular y como sin querer la lustró un poquito con la manga. El martes fue a la Agrupación, charló tranquilo con todos, paseó y acarició más que antes a “Póker”, averiguó cómo se hace para sacarle las placas de cadera y codo de control y volvió a casa temprano, a cenar con la familia. Y allí les dijo: qué les parece si el domingo vamos a la “República de los Niños”. Y “Póker” movió la cola contento porque sabía que sería de la partida. ¡Su dueño era un buen OVEJERISTA!, ¡era su AMIGO y él era parte de la familia!

Hoy el perro está seleccionado, y, cuando el tiempo lo permite, la familia va a la Agrupación, comparten algunos asados, muchos mates. ¡Están naciendo los primeros cachorritos de “Póker”! Los chicos crecen, estudian, juegan con “Póker” que los quiere mucho. Están pensando por ahí en tener una cría, ¡sería lindo! La copita está siempre lustrada y ¿qué es lo que hay al lado? Ah…sí, es el “Diploma de Selección”. ¡Queda lindo ahí!

Dedicado a los OVEJERISTAS de LEY

Escrito por Jorge Maggi.  Reproducción permitida siempre que se reproduzca completo y citando al autor.

*Pito:  silbato. Instrumento pequeño y hueco que produce un sonido agudo cuando se sopla por él.

(Visited 8 times, 8 visits today)

HACERLE VER EL AVIÓN

HACERLE VER EL AVIÓN

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Si a un niño le dices que mire el avión que va pasando, puedes esconder algo rápidamente antes que vuelva a bajar la vista. Por analogía, a ese tipo de engaño se le llama “hacerle ver el avión”

Hace ya muchos años, un hombre que sólo sabía pensar en sí mismo festejaba su cumpleaños. Su novia, brillante alumna universitaria y llena de ocupaciones, entre ellas los exámenes parciales de esas fechas, sintió el golpe de la triste comparación cuando le enrostraron una bella torta hecha por una de las hermanas del agasajado del día. Podría haber contestado que esa persona, tan laboriosa ella, sólo se dedicaba en la vida a ver telenovelas y complacer al hermano por el sólo gusto de criticarle la novia, podría haber callado encogiendo un hombro, podría haberle dicho irónicamente de su alegría por saber que alguien con más tiempos libres ya se había encargado del tema, podría haberse defendido diciendo que entre  estudio, trabajo y deporte el tiempo no es lo que le sobraba, podría haber hecho o dichos tantas cosas…, pero la reacción inmediata fue mentir y a partir de ahí complicarse la vida.

Retándolo a morderse la lengua por menospreciarla contestó:

-¡Yo también te hice una! ¡Era la sorpresa de esta noche para cuando fueras a cenar con nuestro grupo!

Apenas se despidieron pidió a unas amigas que corrieran a comprar una caja de bizcochuelo y lo prepararan, ella llegaría de clases a rellenarlo y decorar. Pero suele suceder que cuando más se precisa que todo ande bien es cuando peor salen las cosas, y la preparación sufrió un exceso de calor, de color y de sabor antes de salir del horno.

Sin tiempo de preparar otro, había que hallar una solución de urgencia.

Cuando el maestro pastelero de la confitería vio a ese pequeño grupo de mujeres preguntando qué relleno tenía cada torta para luego descartarla con un no, no sirve,  y un poco molesto por el desprecio a su trabajo, se arrimó a averiguar cuál era el problema. La carcajada se escuchó desde la calle cuando le expresaron la idea: comprar una torta que fuera sencilla, y “retocar” el decorado, por no decir arruinarlo,  para darle un aspecto creíblemente casero.

El pastelero dio media vuelta, hizo un pase mágico y puso en el mostrador algo diciendo:

– Esto sólo tiene capas de bizcochuelo mojadas en almíbar liviano con un toque de licor, el relleno es de dulce de leche, ninguna crema especial.

– Esa estaría buena… Pero el decorado que trae encima parece una mesa de billar, es demasiado perfecto…

– No se apresuren. ¡También tengo la solución a eso! Deben llevar esta cantidad de chocolate cobertura, lo derriten a baño María y lo vuelcan sobre la capa original. Antes de que se seque le pueden hacer dibujitos con un tenedor y quedará prolijo  con el toque casero que desean.

Han pasado los años, la vida movió las piezas y no todos los personajes de esta historia permanecen en el mismo tablero. Al día de hoy él nunca supo ni entendió el porqué de la risa simultánea y cómplice, con un asomo de burla, de cuatro amigas que compartieron la cena de ese día, cuando llenó de elogios a su novia por lo exquisito de la dichosa torta. Ellas, cuando se reúnen, se divierten recordando el momento.

Primer moraleja de la historia: Si sos un jodido, te arriesgas a que te hagan ver el avión.

Hay otras moralejas, pero han quedado reservadas al pequeño grupo de amigas. De la lectura de este relato cada quien puede sumar la moraleja que desee, todas valen, queda la historia a libre interpretación.

(Visited 17 times, 17 visits today)

Aquella estrella

AQUELLA ESTRELLA

por Marvin Galeas /El Salvador)


Llegó noviembre con su viento, cielo limpio, el olor a maleza seca y también llegó Mireya. Finalizaba el año de 1983 y una baladita de Bonnie Tyler arrasaba en las listas de popularidad.

Mireya era una de las asistentes del comandante Leonel González, quien había llegado a la primera reunión del la Comandancia General del FMLN en Morazán. Él era el máximo dirigente de las FPL. Lo acompañaba el comandante Dimas Rodriguez, quien murió en 1989.

También llegó Schafik con un pequeño grupo de ayudantes. Entre los comunistas llegó también Dagoberto Gutiérrez, conocido como comandante Logan, con quien a pesar de las diferencias hice una amistad que perdura hasta hoy.

Llegó Roberto Roca, boina, barba, bigote y su puro. La viva imagen del Che. Lo acompañaba su compañera Elizabeth, una guapa muchacha que me recordaba a Tania. Llegó, el comandante Leo de la Resistencia Nacional. Fermán Cienfuegos no pudo asistir, debido a una difícil situación interna que estaba pasando su organización.

A mí quien me llamaba la atención era Mireya, quien decía luchar por el paraíso en la tierra. Tenía los ojos achinados, el pelo liso, negro y largo. Nariz y boca pequeñas, cejas coquetas, de mediana estatura, curvas pronunciadas y fácil sonrisa. Era de San Salvador y al igual que yo extrañaba el asfalto, los semáforos, el olor a gasolina, el basquetbol colegial, el cine Vieytez y el bolerama Jardín.

Nos caímos bien desde el primer saludo. De pronto para mí platicar con ella, Mireya, era como entrar al café Bella Nápoles, pedir un café, una repostería y hablar de novelas y poesía. Pero descubrimos una vez, que dos de las cosas que más nos gustaba hacer cuando vivíamos en San Salvador, era leer las tiras cómicas de los diarios y ver las caricaturas de Merrie Melodies, que pasaban al mediodía en la tele.

Así que mientras los comandantes planificaban nuevas operaciones militares y la toma del poder, la chinita Mireya y yo nos moríamos de risa recordando a un perro con uniforme de policía llamando, con rostro grave, a todas las patrullas “Calling all cars, Calling all cars”. Otras de nuestras favoritas eran el pequeño Búho, hijo de una ilustre familia de músicos, que cantaba a ritmo de Foxtrot “I love to singa” y las aventuras del Conejo Bugs y su célebre What`s up doc.

Me contaba, ella, Mireya, de los operativos contrainsurgentes de Chalatenango, de la vida en los campamentos y de la Radio Farabundo Martí. Una vez me dijo: “allí, en la radio, hay un chero bien buena onda que se llama Haroldo”, quien resultó ser el poeta Miguel Huezo Mixco, a quien yo conocía desde los tiempos del café Bella Nápoles. Haroldo era productor y locutor de la radio que transmitía desde Chalatenango.

Terminó, a finales de enero del 84, la reunión de la Comandancia General del FMLN en Morazán. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me despedí de la chinita Mireya. Se fueron. Dos meses después hablamos por los radios inalámbricos. Me contó que se había hecho novia de Haroldo, el poeta, y que pese al recrudecimiento de la guerra la estaba pasando bien. Ya no volvimos a hablar nunca más. A mediados del 85 u 86, no recuerdo bien, me dijeron que Haroldo quería decirme algo importante por la radio.

“Cayó la Montaña” me dijo con una voz que yo sentí, en la distancia, como queriendo llorar. La Montaña era el indicativo de la chinita Mireya. No supe qué decir. Moría tanta gente cada día. Pero se me puso triste el momento, gris, melancólico. No son los himnos de guerra los que me recuerdan a la Chinita en estos días, sino canciones como “Eclipse total de corazón”.

El cuerpo de ella, Mireya, debe estar enterrado en algún lugar de Chalatenango. Un día de estos viendo a los hombres del poder, saco italiano, prepotencia elevada al cubo y corbata de seda, recordé a la Chinita y su sonrisa coqueta y se me vino Phil Collins diciendo “Oh think twice, cause it`s another day for you and me in paradise”.

(Visited 12 times, 11 visits today)

Yo soy Fontanarrosa

Yo soy Fontanarrosa

Juan Villoro

 

 

 

-Te van a expulsar, pendejo -me dijo Kafka.

Yo llevaba años sin tocar un balón y de pronto enfrentaba el pésimo humor de Kafka y los consejos de Chéjov, que de nada servían.

Chéjov jugaba de medio escudo, no porque tuviera facultades, sino porque quería estar en el centro de la cancha, donde hay más gente para dar consejos. Desde el silbatazo inicial, gritó cosas apasionadas que nadie entendió. Como si hablara en ruso, el muy mamón. Por ahí del minuto 14 hubo una pausa (la pelota se fue a la cancha de al lado, donde un delantero anotó con ella un golazo inútil); mientras, Chéjov me recomendó marcar al extremo izquierdo a dos metros de distancia. Luego dijo:

-Te va a fundir.

Esto ya no era un consejo sino una negra hipótesis. No lo insulté porque yo no estaba en condiciones de discutir.

Jugábamos en un potrero con más hoyos que pasto, no lo digo para disculparme -todo mundo sabe que las condiciones del terreno afectan por igual a los dos equipos- ni porque tenga mucho toque, pero intenté pases finos, de corte europeo, que fueron desfigurados por un hueco. Era como patear pepinos.

Todos deslucían en ese campo, pero el pinche Kafka consideraba que yo jugaba peor. Cuando me preguntaron cuál era mi posición dije que lateral derecho. Siempre jugué de extremo derecho, pero he fumado demasiado y rebajé mi puesto.

Carezco de fuelle y el dribling es una habilidad proletaria que desconozco. Me faltan potencia y picardía. Mi estilo es europeo, pero del tipo portugués. Ni muchas carreras ni muchos desbordes. Pases elegantes, alguna que otra pared, un fútbol de clase que no siempre se aprecia.

Por desgracia, yo parecía un portugués en Angola. Todas las canchas populares de México están en África. Había que oír esos gritos y ver esa tierra agrietada: una contienda inter-tribus donde cada encontronazo hacía que una espiral de polvo subiera al cielo como una plegaria primitiva. ¡Y así querían que marcara al extremo izquierdo!

Cuando conocí al equipo, me impresionó el porte de uno de los centrales, Tolstoi. El tipo parecía La Guerra y la paz. A su lado estaba Ben Okri. Tenía facha de basquetbolista y terribles ojos color carbón.

No sé quién es Okri. Soy escritor pero leo poco porque no quiero influenciarme. Supongo que es un africano. En el fútbol está de moda tener africanos. Además, esa cancha era perfecta para un prófugo de los leones.

Al otro lado, de lateral izquierdo, se movía el inquieto Kawabata. Un zurdo natural que disparaba diagonales imprevistas. Tampoco he leído a Kawabata, pero vi una película supercachonda basada en un texto suyo.

Nuestro 10 era Cortázar. La verdad, era el único con idea de lo que hacía. Tocaba el balón como si hubiera nacido en Argentina. Un crack. Lo malo es que sus pases iban a dar a Joyce, un presuntuoso que se sentía hecho a mano. Cortázar le puso el balón en bandeja y Joyce disparó a las nubes, o al cielo gris donde debería haber nubes. Luego sonrió como si sus errores fueran geniales.

Aunque los demás también se equivocaban, desde el principio se ensañaron conmigo. Por ahí del minuto 28, el extremo izquierdo me rebasó con facilidad, siguió de largo y Tolstoi y Ben Okri le salieron al paso. Los centrales demostraron lo que puede la fuerza bruta ante un jugador habilidoso: lo hicieron sándwich. El árbitro decretó penalti.

Así nos metieron el primer gol. 28 minutos sin gol podía ser visto como una proeza para nuestro equipo, pero Hemingway, que sólo se animaba cuando había un conato de bronca, me vio con esos ojos que en las canchas reglamentarias significan: «nos vemos en los vestidores» y en las canchas donde no hay vestidores significan: «te voy a partir la madre», sin que haya que precisar el escenario.

En la siguiente oportunidad en que el extremo izquierdo se quiso lucir, traté de meterle una zancadilla pero me salió una patada. Vi la tarjeta amarilla. Entonces fue cuando Kafka me dijo que me iban a expulsar por pendejo.

Él era nuestro capitán. Siempre he respetado los códigos del fútbol, pero no me gustaba que un tipo con pelo de roedor (de hámster, para ser exacto) pusiera en entredicho su autoridad haciéndole caso a Chéjov, que me ordenaba como si fuera Johan Cruyff:

-¡Abre la cancha!

¿Sabía él que dos horas antes yo estaba fumando mi quinto cigarro del día? ¿Que la coca y el trago me ayudan a vivir, siempre y cuando eso no implique correr? ¿Que la barriga me pesa como si fuera de otra persona? ¿Que la última vez que visité a mi ex mujer el elevador estaba descompuesto, tuve que subir por la escalera y llegué arriba con una cara tan preocupante que ella se abstuvo de insultarme?

Obviamente no sabía nada. Él era Chéjov, instructor de inferiores. A su lado, Kafka parecía dispuesto a enviarme a una colonia penitenciaria.

Jugaba por mi libertad, como todos los hombres de palabra verdadera, según dice el Subcomandante Marcos. Pero yo enfrentaba un desafío superior: estaba arrestado en la cancha.

Nuestro equipo llevaba nombres de escritores en los dorsales. Eso era especial. Más especial era que mis diez compañeros trabajaban en la policía.

Alguna vez le dije a mi ex esposa (entonces mi novia) que el fútbol significaba un estado de ánimo. He llorado con los goles del Cruz Azul y mi única fractura se debió al fútbol (pateé el refrigerador cuando nos eliminó el Santos). Afición no me falta. Cada vez que atravieso un parque y veo niños jugando, anhelo que se les vaya la pelota para devolvérselas con un toque que considero maestro, aunque le pegue al carrito de algodones de azúcar.

Lo que me molesta es correr. El organismo se degrada con ese desgaste disfrazado de ejercicio. Correr envilece y correr en el trópico o a dos mil metros de altura envilece dos veces. Los mexicanos debemos caminar.

El problema, mi problema, es que ese partido podía ser mi salvación. El fútbol regresaba como el peor estado de ánimo: la angustia del hombre acorralado.

La mañana empezó mal. Abrí el periódico y vi el marcador del narcotráfico: cuatro ejecutados, dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos en Guadalajara, donde estudié la universidad. Las ejecuciones se habían convertido en mi horóscopo. Si las víctimas caían en sitios que tenían que ver conmigo, el día era atroz.

A pesar de las señales en contra, salí a la calle, y no sólo eso: salí con el Mecate. Me pidió que lo acompañara a Ciudad Moctezuma a ver a un mecánico baratísimo.

El coche del Mecate revela que ya consultó a un mecánico baratísimo, pero necesitaba otro, a 15 kilómetros de donde estábamos, para cambiar el claxon que sonaba como si tuviera gripe.

Todo esto resulta indigno de figurar en una historia, pero cuando uno se siente en deuda hace cosas indignas de figurar en una historia. El Mecate enseña Educación Física en una secundaria donde las tres maestras de Español están enamoradas de él. Gracias a eso, recomiendan mis libros juveniles y una vez al año me invitan a un auditorio donde reúnen a mil lectores cautivos. Entonces siento un poder magnífico. Con el Mecate iría a la Patagonia.

Hicimos hora y media de camino. En el desayuno, yo había bebido una cafetera completa. Cuando pasamos junto a la Cabeza de Juárez, me estaba orinando. Apenas pude disfrutar la vista de ese horrendo monumento, el cráneo colosal del Benemérito de las Américas montado sobre un arco que lo hace ver aún más alucinatorio. Aunque no advertí toda la fealdad en su espectacular detalle, la imagen resultó profética.

Entramos a un inmenso conglomerado de casitas de dos pisos donde la planta baja es ocupada por un negocio y la azotea por perros, antenas y tinacos. Cuando llegamos al taller, me pellizcaba la mejilla para que el dolor me distrajera.

Minutos después oriné sobre un montón de piedras. El taller mecánico estaba junto a un sitio donde hacían lápidas para cementerios y figuras de yeso.

Un hombre desesperado puede orinar entre futuras tumbas. Un hombre muy desesperado puede orinar sobre una estatua de Benito Juárez. Fue lo que hice.

Me gusta contar el tiempo en las orinadas largas. Mi récord son dos minutos. Iba en el segundo 98 cuando alguien me tocó la espalda. Me volví y oriné los zapatos un policía.

-Mira nomás, pendejo -el policía señaló sus pies; luego señaló lo que yo había tomado por una piedra-. ¿Ya viste?

-¿Qué?

-¡Measte a Juárez!

Me acuclillé para ver la piedra y comprobé que, en efecto, se trataba de un busto en miniatura del Benemérito de las Américas. A su lado estaban Morelos con su pañuelo en la cabeza, Carranza con sus barbas, Allende con sus patillas. ¿Cómo no los había distinguido?

Cuando me incorporé, un pelotón rodeaba al policía. Me vieron como si mis orines hubieran apagado la flama del Soldado Desconocido.

Los policías estaban ahí para escoger una lápida en memoria de un compañero acribillado. La ocasión era solemne. Eso me lo dijeron después. En ese momento sólo criticaron lo que yo había hecho. Orinar una propiedad privada (ajena) es delito. Mancillar un símbolo patrio es un delito peor.

Los policías de Ciudad Moctezuma llevaban un uniforme algo distinto al de los del D. F. Pero eso los distinguía menos que otro detalle: eran juaristas convencidos. Mi suerte había sido pésima: la cabeza de Juárez es la que más se parece a una piedra redonda.

El celo histórico de los uniformados se confundía con el abuso de autoridad, pero un sexto sentido me indicó que decirlo podía ser nocivo para mi salud.

Me llevaron a la patrulla sin que pudiera despedirme del Mecate. En el camino a la delegación, politizaron mi arresto. Me recordaron que la izquierda mexicana es juarista y que Ciudad Moctezuma está regida por la izquierda. El gobierno federal no le perdonaba a Juárez haber separado la Iglesia del Estado, ni haber sido indio.

-La derecha es discriminatoria -dijo un policía.

-Yo no discrimino a nadie -me defendí.

-¡Te measte en Juárez!

-Fue un accidente.

-No hay accidentes, sólo hay consecuencias -contestó otro policía.

Pensé que era una cita. Luego me pareció discriminatorio suponer que si un policía dice algo raro es una cita. Guardé silencio para no parecer antijuarista.

No fuimos a la delegación porque hubo un 28 y un 04. Eso dijo el radio. La patrulla se desvió primero a una licorería que había sido asaltada y luego a una escuela donde encontraron una mochila con mariguana «que no era de nadie». Vi trabajar a los policías durante hora y media con dedicación. Esto resquebrajó algunos prejuicios que tengo sobre las fuerzas armadas.

La siguiente sorpresa vino cuando me preguntaron a qué me dedicaba.

-Soy escritor.

-¿Le gusta el fútbol? -preguntaron, como si hubiera relación entre las dos cosas.

-El fútbol es un estado de ánimo -dije, para demostrar que soy escritor.

La frase no les interesó. Uno de los policías me escrutó como si buscara mis obras completas en el nacimiento del pelo:

-A ver: ¿quién escribió La vorágine?

Estaba muy nervioso y aún no me acostumbraba a respetar a la policía. Cuando el uniformado dijo «La vorágine» pensé que, en su condición de iletrado, malpronunciaba un título francés, algo así como La vorange. Como no sé francés, no quise ser pedante ni arriesgarme en falso con un autor:

-No sé.

No creyeron que fuera escritor.

El operativo 28 y el 04 retrasaron a la patrulla en su principal meta del día: un partido en cancha grande.

No les daba tiempo de dejarme en una celda y tuve que acompañarlos.

En el trayecto sonó el radio:

-«Houston, tenemos un problema».

Luego siguió una conversación que la estática volvió incomprensible.

-Llevamos un elemento -el policía que iba al volante dijo en su radio.

Fuimos los últimos en llegar al campo. Los demás ya estaban vestidos, con camisetas a rayas azules y negras, como el Inter de Milán.

-Nos falta un jugador -me explicó el policía que me había arrestado.

Fue así como me entregaron la camiseta de Fontanarrosa.

-Para ponértela, tienes que aprender esto -me dieron una tarjeta.

El ayuntamiento izquierdista había lanzado un peculiar programa de promoción de la lectura entre los policías. Les daba uniformes a condición de que portaran nombres de escritores. Para vestir la camiseta, había que saber quién era el autor que la respaldaba. Después del partido se celebraba una velada literaria.

Leí mi tarjeta: «Roberto Fontanarrosa fue un humorista que ayudó a pensar en serio. Dibujó la series de Boogie el aceitoso y El renegau. Hincha del Rosario Central, escribió inmortales cuentos de fútbol. Su libro Una lección de vida resume en su título lo que dejó a sus lectores. Cuando murió, las barras pidieron que el estadio de Rosario llevara su nombre. Se reunía a hablar con los amigos en el Café Egipto. Ahí, una taza no deja de echar humo, por si el Negro regresa».

Hace años escribí una nota un poco displicente sobre Una lección de vida. Quería mostrarme como escritor sofisticado y no me pareció correcto elogiar a un caricaturista. Ahora, la camiseta con su nombre podía congraciarme con los policías. Me la puse como una segunda piel.

El policía que había conducido la patrulla resultó ser Chéjov. Justo cuando pensaba que un buen rendimiento en el partido podría salvarme se acercó a decir:

-Estás arrestado. Vas a jugar, pero arrestado.

¿Puede alguien sobreponerse a semejante presión? Tenía tantas ganas de hacer las cosas bien que las piernas me temblaban.

He omitido un detalle que no me queda más remedio que decir. Cuando los policías me detuvieron, les ofrecí un billete de cincuenta pesos. Me vieron con el rencor de un pueblo especialista en sacrificios humanos. Entonces les ofrecí cien, pensando que había un problema de cotización.

-No aceptamos sobornos: esto no es el D. F.

Había caído en un andurrial donde la norma era inflexible. Cuento esto para que se comprenda mi angustia en la cancha: esos policías no me iban a perdonar así nomás. Todo les parecía grave. Eran fanáticos juaristas que no se corrompían y esperaban que yo frenara al extremo izquierdo.

Me apliqué en la marca, como si me entrenara el dictatorial Lavolpe, pero fui rebasado, metí el pie en un agujero, tropecé con Tolstoi, la pelota me rebotó en la espalda y el enredo se convirtió en un pase para el centro delantero rival: 0-2.

En el segundo tiempo la vista se me nublaba de cansancio pero no me rendí. En algún minuto impreciso recibí un balón elevado, lo maté con el pecho y chuté con efecto. El balón salió como un planeta en miniatura, girando sobre su eje, y fue a dar al rincón donde anidan las arañas. En caso de contar con redes, aquello se hubiera visto como un golazo. El único problema es que esa era mi portería.

Hemingway llegó dispuesto a matarme.

-«Los valientes no asesinan» -cité la frase con que Guillermo Prieto salvó la vida de Benito Juárez.

Debo reconocer que los policías juaristas respetan sus principios: Hemingway me perdonó la vida.

Se podría pensar que el marcador de tres goles en contra, las condiciones del terreno y mi escasa capacidad de respirar en ese aire cuajado de polvo podían desanimarme, pero no fue así. Corrí por mi libertad, me barrí aunque no fuese necesario y fracturé al extremo izquierdo.

El árbitro fue sádico: en vez de sacarme la segunda tarjeta amarilla y luego la roja, me sacó directamente la roja para enfatizar mi torpeza.

Ya dije que en Ciudad Moctezuma hay leyes que se respetan. Cuando un futbolista es expulsado se le suspende dos partidos, aunque se trate de una liga amateur y las porterías no tengan redes. Por mi culpa, el verdadero Fontanarrosa se iba a perder lo que quedaba del campeonato.

Salí de la cancha corriendo, para no retrasar el juego y permitir que mis compañeros anotaran tres goles para empatar. Atrás de mí venía Kafka.

Se dirigió a un maletín de utilero y sacó unas esposas.

Pasé el resto del partido encadenado a un poste.

Ya sin mí, el equipo recibió otros dos goles, pero ellos no reconocieron que les hice falta. Después de los tres pitidos finales, volvieron a verme con ojos de sacrificio mesoamericano.

Por primera vez consideré una suerte que respetaran la ley. Un poquito de impunidad habría bastado para que me asesinaran.

¿Qué podía hacer para calmarlos, recitar la frase famosa de Juárez: «El respeto al derecho ajeno es la paz»? Guardé silencio y eso me ayudó.

Después del partido, el equipo debía asistir a la tertulia literaria. Tampoco ahora había tiempo para llevarme a la delegación.

Los acompañé a un salón de la presidencia municipal. Entramos en uniforme, con caras de policías goleados, más tristes que las de los futbolistas.

Me sentaron entre Kawabata y Okri. En ese momento, ocurrió algo desagradable: Jorge Linares entró al estrado por una puerta lateral.

Los policías aplaudieron su llegada. A continuación, uno por uno se pusieron de pie, dijeron el nombre del escritor que llevaban en la espalda y recitaron su biografía. Cuando me tocó mi turno dije:

-Yo soy Fontanarrosa.

Linares me vio con atención. Nos conocíamos de nuestros inicios literarios. Él es de Colima y recibimos juntos la beca Jóvenes Creadores del Occidente.

A pesar de sus ojeras, los dientes manchados de tabaco, el pelo ralo y la frente arrugada por sus fracasos literarios, Jorge era reconocible. Más difícil resultaba que me ubicara a mí, con la camiseta del Inter, en un equipo de policías de Ciudad Moctezuma.

Recité lo que recordaba de la tarjeta. Jorge sabía de memoria las biografías porque él las había escrito. Me vio con incertidumbre, como si tratara de recordar algo.

Lo que quería recordar era lo siguiente: en 1998 nos peleamos por Fontanarrosa. Me acuerdo bien porque fue el año del Mundial de Francia. Jorge era entonces jefe de redacción de una revista que desprecio pero donde a veces publico porque soy plural. Escribí para ellos la reseña de Una lección de vida. Jorge la rechazó con estos argumentos:

-No te atreves a decir que el autor te gusta porque te parece populachero y tú quieres ser el escritor más fino de Zamora. El epígrafe de Adorno no viene al caso: lo pusiste para lucirte.

El comentario me molestó por veraz. Había leído a Fontanarrosa con gusto y mis reparos eran caprichosos (lo acusé de colonialista por escribir «mejicano» en vez de «mexicano»). Sin embargo, en ese momento pensé que Jorge quería bloquear mi carrera, me odiaba por ser un mejor escritor del Occidente y sólo se interesaba en Fontanarrosa por estar enfermo del fútbol.

Poco después, Jorge dejó el trabajo de jefe de redacción, se fue como corresponsal al Mundial de Francia y comenzó el sostenido hundimiento que ha sido su trayectoria. No volvió a escribir cuentos. Adquirió la deleznable notoriedad de un cronista de fútbol y apareció en programas deportivos donde parecía intelectual porque nadie lo entendía. Mientras él se sometía al declive de alguien que sólo concibe una metáfora si incluye un balón, yo aprovechaba el tiempo de otro modo. No puedo decir que me haya consagrado, pero soy uno de los autores juveniles más leídos de México, especialmente en la escuela del Tomate, y el año pasado recibí la Mazorca de Plata para autores del Occidente. Si ahora Jorge Linares me odia es por envidia.

Después de que recitamos las biografías, él leyó unos textos que hicieron reír mucho a los policías. En la sección de preguntas y respuestas, mis compañeros de equipo revelaron que lo habían leído con admiración, y no sólo a él, sino a otros autores que mencionaron al lado de Zidane y Figo. Al terminar la lectura, rodearon a Jorge para pedirle autógrafos, como si fuera Maradona.

Cuando lo dejaron libre, él se acercó a preguntar:

-¿Qué haces aquí?

-Yo soy Fontanarrosa -repetí, como si no pudiera decir nada más.

-Un grande -dijo él.

-Grandísimo -agregué, con tardía sinceridad.

En ese momento el Mecate entró a la sala. Me había buscado por toda Ciudad Moctezuma y al descubrirme gritó mi nombre como un náufrago que ve una gaviota.

La expresión de Jorge no cambió:

-¿Qué haces aquí? -insistió.

-Me arrestaron -contesté, y le conté mi historia.

Los policías le tenían respeto a Jorge. Nos dejaron hablar, sin interrumpirnos ni acercarse a nosotros. La situación cobró tal rigidez que ni siquiera el Tomate se aproximó. Fue un momento extraño, como cuando los capitanes de los equipos discuten en la cancha y nadie se les acerca. Una pausa dramática en la que dos rivales resuelven algo urgente. Segundos después volverán a odiarse. En ese instante, concentran las miradas del estadio entero y sus compañeros aguardan como estatuas. ¿Hay mayor tensión que la de los enemigos que acuerdan algo? Ese diálogo no califica como una jugada; al contrario: suspende el partido, ocurre fuera del tiempo, en una lógica paralela, inescrutable, que agrega un elemento extraño, que nadie desea pero contra el que no se puede hacer nada, un pacto oscuro y preocupante, el de los adversarios forzados a coincidir. Así nos vieron los demás, o así quise que nos vieran.

Cuando acabamos de hablar, Jorge se dirigió a los policías y me dejaron libre. Ellos lo hubieran obedecido en cualquier cosa. Pude regresar a casa, en el coche del Tomate, al que ahora le sonaba el claxon cuando caíamos en un bache.

¿Qué fue lo que Jorge Linares me dijo en aquel conciliábulo? Contó que había perdido la facultad de escribir historias. No se le ocurría nada. Sólo podía narrar lo sucedido en una cancha de fútbol. Me pidió mi historia a cambio de mi libertad. Acepté porque no me quedaba más remedio:

-«Una lección de vida» -recité.

Jorge me dio un abrazo. Olía a tequila y a jabón barato.

Sentí lástima por él. Luego me irritó no haberme dado cuenta de que lo mío era una historia.

Al despedirse, Jorge se hizo el interesante:

-Un defensa debe dejar que pase la pelota o pase el jugador, pero no a los dos. La literatura es igual: a veces pasa la historia, pero no el autor.

El hijo de puta se quedó con mi cuento. No digo que yo lo hubiera escrito como Borges, pero sí como un mejor escritor del Occidente. Modestia aparte, él tiene el tema, pero no tiene mi voz.

(Visited 11 times, 9 visits today)

Como perro y gato

COMO PERRO Y GATO

Por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Leal era el perro de la familia. Un pastor alemán de mediana edad que siempre supo hacer honor al nombre que portaba. Vivía en una casa que lindaba con un depósito de maderas donde los gatos callejeros eran bienvenidos porque evitaban que las ratas hicieran nido en los huecos existentes en el montón de tablas apiladas. Oírlos maullar, pelearse, enfiestarse en las noches primaverales, hacía que Leal los detestara. Trepado en un viejo horno de barro que se apoyaba en la pared medianera, les gruñía y ponía el límite. Nunca podrían pasar o serían cazados. Los gatos lo entendían y mantenían una prudente distancia con el perro.

Una mañana el niño de la casa trajo un gato blanco que había recogido de la calle con las patas quemadas. Ignoraban qué podía haberle sucedido ni de donde había escapado en ese estado, pero sus lesiones eran serias y si las infecciones avanzaban sus miembros estarían en riesgo, también su vida.

El pequeño gato permaneció dentro de una caja donde recibió curaciones, era aseado y alimentado a diario. Durante su extenso tiempo de recuperación Leal se mantuvo a su lado, como esperando que ese pequeño diera alguna muestra de vida más allá de ingerir la leche que se le administraba. Aunque él detestaba a los gatos,  de alguna manera entendía el estado desesperante del minino y lo custodiaba amistosamente.

Cuando por fin el pequeño estuvo en condiciones de salir de su refugio-enfermería, quedaron a la vista las secuelas de lo que le hubiera sucedido. Sólo le quedaban un par de zarpas, y verlo andar daba la sensación de un automóvil con un par de neumáticos desinflados. Pero había salvado la vida y las patas, y para el estado en que llegó eso era mucho más de lo esperado.

Perro y gato se hicieron amigos. Compartían el hogar, jugaban. En las frías noches de invierno el perro se echaba en su almohadón y en el hueco entre sus patas el gato dormía cómodo, calentito y seguro.

Anduvieron juntos siempre, hasta que el llamado del amor llevó al gato a cruzar la medianera hasta el depósito de tablas, pero aunque era un gato con discapacidades que no estaba en condiciones de pelear con otros machos y sin zarpas no la pasaba nada bien, era un gato astuto, sabía llevar a su dama hasta el límite de la pared donde el perro asomaba su hocico en defensa de su amigo alejando a los machos de los tablones. Jamás permitiría que le hagan daño.

Vivieron juntos todo lo que la vida les permitió, muy lejos de lo que siempre pensamos al decir “como perro y gato”. Cada vez que alguien me dijo en la vida que una amistad “no se puede”, el recuerdo de ellos me dio la certeza de que no existe lo imposible.

(Visited 12 times, 11 visits today)

En la casa de mis abuelos

EN LA CASA DE MIS ABUELOS

por Russo Dylan Galeas Maynor (Canadá)

 

De la colección de relatos
Letras con tierra de fuego

(Ya hay relatos de esta casa, mejores plumas la han descrito, la han contado. La nostalgia me agita a contar la dicha de ese tiempo feliz. Este es el primer relato de una colección de letras con tierra de fuego.)

Un largo y elevado tejado cubría la casa. Un amplio y claro corredor era el portal de la tienda de los Perla, Perla y Perla. Niña Herminia y Don Juan, mis abuelos.

La casa de mis abuelos era conocida con diferentes sintagmas: La casa de los Perlas,  la tienda de niña Herminia o de Don Juan, la casa, donde guardan el sábado, donde los días cambian de sol a sol no de doce a doce, donde viven los hijos de La niña Raquel, allá donde venden tela, granos y cal o allá donde se habla de política, de comercio y de Dios.

Una casa habitada de mucho y de tanto. Todo era abundante, como la alegría, el amor, la amistad, los clientes, tías y tíos, dependientas, muchacha en quehaceres domésticos, motoristas de camiones, orgullosos de su oficio y habilidad de conducir el Chevrolet  de doce toneladas, el MAN  camión chato que llamábamos porky, el Magirus Deutz y el camioncito  rojo; Máquinas amaestradas por el dominio de Quique Chávez, Rogelio Campos, don Jacobo Beltrán, Chabelón, Julio Díaz, don Felipe y “El Charrasquiado” Julio Delgado.

Los mozos. ¡Ah los mozos! Muchachos fuertes que cargaban y descargaban las carrocerías de los camiones de toneladas de granos básicos, latas de aceite, cascarilla, quintales y quintales de esto y lo otro. Los mozos, muchachos fuertes con cuerpos de pantera o de gato montés, sin más malicia que echarse al lomo a “la china” doscientas libras a chapupa y rapidez.  Ellos hacían  suspirar a las muchachas de la casa. Las jovencitas de cuerpo en belleza reciente, mujeres de piel morena o de rosados pétalos apodaban a los mozos con impulsos de la admiración : “El Muñeco”, “Tuco el Galán”, “Toto el Guapo”,    “la estatua prieta”.
Mozos y muchachas cómplices de la ingenuidad y de las brazas de la juventud.

En la casa de mis abuelos viví gran parte de mi infancia, en sus innumerables cuartos aprendí misterios de la adolescencia, lloré abrazado a una almohada y fui feliz  como un libre gorrión, en el patio del fondo jugué con mi camioncito bombero y mi balastrero, aprendí el aroma del limonero y del café, el brillo del granado, la belleza del geranio, del azahar y del clavel.
Ahí “fojié” libros que me llevaron de los Apeninos a los Andes, páginas que me metieron a un ranchito y a un lucero, allí le di la vuelta al mundo en ochenta días.
Por eso, desde esa casa  donde aprendí a pararme en un pueblo con tierra de fuego, un pueblo llamado Jocoro, desde ahí desabotono mi memoria y sangro mis emociones.

 

 

(Visited 60 times, 10 visits today)

Relato para un trece de abril

 

RELATO PARA UN TRECE DE ABRIL

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

El teléfono estalló para quebrar el silencio de la madrugada.  Desde España mi hermano mayor, que estaba haciendo un doctorado en ingeniería en la Universidad de Madrid,  me había elegido para ser depositaria de su secreto. Habían detectado una masa en la cavidad abdominal, los estudios no eran alentadores y programaban cirugía para extraerla. Esa cirugía sucedería cuatro días después de la boda de mi hermana, por lo que me hizo prometer guardar silencio hasta que la feliz  pareja se fuera de luna de miel. Él no quería empañar un momento tan importante en su vida y aún quedarían unos pocos días para hablar con todos en el hueco existente entre la boda y la entrada a un quirófano que pondría sobre la mesa cuál de las dos posibilidades que se barajaban era, una mala pero con alguna esperanza, y la otra que era peor.

Esa noche viajé a pasar Semana Santa con mi familia. A los festejos religiosos se sumaba el cumpleaños número cuatro de mi hija y había organizado un almuerzo con todos mis allegados para compartir en domingo de Pascuas.  Me esforcé en que nadie notara la sombra de preocupación en mi rostro y me mantuve ocupada para no tener tiempo de conversar demasiado.  Sonreía a mi hermana que me contaba detalles de la organización de su boda, asintiendo con la cabeza para no exponer el nudo en la garganta que me impedía hablar. También decoraba una torta de cumpleaños y me encerraba en el baño a llorar tapándome la boca con una toalla para que nadie me oyera. ¿Mis ojos? Si estaban un poco hinchados era sólo por esa alergia estacional que me ataca todos los años….

En aquella época era sumamente creyente y oraba a Dios con toda mi fe por una oportunidad para mi hermano, para que su pequeña hija siguiera teniendo padre, por su joven esposa que no merecía tener que quedarse sola y criar a su hija sin su apoyo, por una madre que no debe enterrar a sus hijos, por todas esas cosas que nunca pensamos que podíamos perder tan pronto…

Acabó el fin de semana y retorné a casa entre abrazos y despedidas hasta el fin de semana próximo, el gran día de los novios felices. Lunes escolar, tareas habituales con uniformes, dos hijos que atender y anécdotas dando vueltas en la cabeza que sabían a silencios camuflados con huevos de Pascua. Un gran desasosiego que cargaba dentro de mi pecho se iba acrecentando con el correr de las horas.

Después de acostar a mis hijos me puse a lavar y encerar pisos, aunque era un horario extraño no era raro en mí, es más fácil poner orden y hacer limpieza cuando nadie te pide ayuda para una tarea, ni hay que decirles que no pisen aún en ese lugar o recoger miguitas donde tenía un piso preparado para encerar. Pero esta vez el motivo era otro: precisaba quemar energías hasta agotarme, no entendía qué era lo que mi mente me estaba advirtiendo, pero de algún modo sabía que venía algo malo, muy malo…

Una taza de café acompañaba el fin de la labor cuando recibí la llamada. No sólo me noquearon con la noticia, también me estaban pidiendo que fuera la mensajera hacia el resto de la familia. Pero ellos no sabían nada de lo previo… ¿Cómo llamarlos a las tres de la mañana para decirles que un hasta la vuelta se convirtió en un nunca más?

No llegó a someterse a la cirugía.  El tumor había vencido de un modo inesperado y le había arrebatado la vida al debilitar  una arteria que se abrió provocando una masiva hemorragia interna. Como una ironía de la vida, y de la muerte, un hombre ateo y lleno de cábalas había fallecido un martes trece. En una semana el panorama había pasado del hallazgo de un bulto a su fallecimiento.

Mi madre tardó mucho tiempo en dejar de reclamar su derecho de haberlo sabido. Y aunque ya no lo diga sé que no deja de sentir que le robé la posibilidad de hablar con él una vez más antes de cargar la cruz del dolor infinito, el peor que se puede sentir, que es perder a un hijo.

Por mi parte me detuve a pensar en esa noche, una de las peores de mi vida. Descubrí que cada vez que le pedí a Dios por alguien acabé enterrándolo a muy breve plazo. Creo que ese fue un punto de quiebre, me distancié de la incongruencia de creer que hay un ser que tiene el poder y el permiso de lastimarnos en nombre de su amor.

Ya no pido, no espero, no confío y no creo.  Cargo la tranquilidad y el peso de haber cumplido con mi palabra empeñada sin medir que eso me valiera masticar  mis angustias en silencio. El tiempo ha calmado un poco el dolor interior que nunca se va, pero he logrado que no me impida disfrutar de todo lo otro bello que sí tengo, y lo hago cada día, en cada momento. He entendido que el pasado se debe mirar por el espejo retrovisor, si me persigue piso un poco el acelerador para que no me sobrepase porque no quiero observarlo desde mi parabrisas, y cuando me es dulce desacelero para contemplarlo desde cualquiera de los espejos sin dejar de saber que está atrás, que soy el resultado de sus circunstancias pero tengo en mis manos el volante y conduzco mi propio destino, soy quien debe ver de qué modo sortear cada bache y quien elige qué caminos tomar cuando se bifurcan.

Aprendí que la vida es un breve hoy, acá, ahora, que nada es blanco ni negro completamente,  que debo saber ser en medio de la interminable sucesión de tonos más o menos grises. Hoy creo firmemente que el sentido de la existencia está en la huella que deja cada uno tras de sí.

(Visited 26 times, 11 visits today)

Morir de amor

MORIR DE AMOR

por Martha Larios (México)

 

 

Por qué debería estar triste?
He perdido a gente que no me amaba,
Pero ellos perdieron a alguien que los amaba
Mario Benedetti

 

Todavía era invierno, principios de febrero, ya era avanzada la mañana, afuera el viento soplaba frío, y contrariamente a su actitud siempre positiva ante la vida, Maribel, se encontraba sin ánimos de levantarse, ni de comer, no quería hacer nada. Se sentía tremendamente triste, lloraba cubriéndose la cara, con la sábana. Afortunadamente no había nadie en casa y podía dar rienda suelta a la emoción que la embargaba, pues esa historia era solo de ella.

Había pasado más de una semana y todavía recordaba perfectamente las palabras que Emilio le había dicho para no continuar su relación. Le parecía increible que después de casi nueve años, fuera tan fácil para El, decirle éso, mientras ella sentía que se desmoronaba y que lo que escuchaba no era verdad, era una pesadilla.

Ella había aceptado todas las reglas puestas por él, para que no hubiera ningún problema. Lo único que había hecho era amarlo sin condiciones de ninguna especie, no pedía ni exigía nada. Solo sucedió que por primera vez, había manifestado su inconformidad por algo que no le agradó. Y ahora se preguntaba, solo eso era suficiente para terminar o solo era un pretexto? Acaso no era una injusticia? No esperaba nada, pero tampoco ésto.

El tal vez la veía solamente como alguien con quien hablar y compartir algunos momentos especiales. Y para ella, era la vida misma.

Continuaba llorando y analizando por qué su vida siempre había sido tan solitaria y carente de un amor verdadero? Acaso era cursilería pensar en ello ahora, en el ocaso de su vida? Tal vez para alguien más si, pero no para ella que había amado y vivido intensamente cada instante de su existencia, tratando de no hacer daño a nadie.

Así pasó el día entre pensamientos, sentimientos y emociones, hasta que la obscuridad cubrió la habitación, solo un rayo de luna entraba por su ventana, y seguía sin llegar a ninguna conclusión que le diera respuesta a todas las preguntas que se atropellaban en su mente. Entre esas cosas, vino a su mente la letra de la poesía hecha canción “La niña de Guatemala”, la que se murió de amor por Martí, y pensó si eso era posible?.  Ella ya estaba cansada de la vida, por decepciones de todo tipo y pensó que tal vez sí.

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda…

Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
obispos y embajadores;
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores…

Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor.

Como de bronce candente,
al beso de despedida,
era su frente -¡la frente
que más he amado en mi vida!…

Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador;
nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor.

Recordó que dicen que el corazón no duele, pero ella sentía un intenso dolor en el lado izquierdo del pecho. Concluyó que sí afecta ese órgano humano tan relacionado con ese maravilloso sentimiento llamado amor, que puede elevarnos hasta los confines luminosos del universo o dejarnos caer hasta las profundidades obscuras de la tierra.

Pasó el tiempo sin que se diera cuenta. Varios días después, alguien de su familia se preocupó, porque no contestaba llamadas en el teléfono fijo ni en el celular. Fue a buscarla y no abrió, decidió llevar a un cerrajero y ahí estaba inerte sobre su cama, con un rictus de tristeza en su semblante, y abrazando un marco con la foto de su último y gran amor.

(Visited 13 times, 7 visits today)

Así te cuento de confusiones gatunas

ASÍ TE CUENTO DE CONFUSIONES GATUNAS

por Cony Ureña (México)

 

 

LA PRIMERA CONFUSIÓN

¡Hola! Soy ese que Ella llama Felix el gato blanco y negro que ronda su edificio casi todo el día. A veces me ven otras personas y quieren ahuyentarme, en otras ocasiones me acarician y yo lo permito y les correspondo. Algunas mañanas me dan croquetas que no como, a menos que haya pasado varias horas sin el otro alimento, esa comida que me da la señora que cada día se asoma por la ventana y me lanza hacia el jardín un atún muy sabroso. Por eso llego al amanecer, busco un lugar menos frío debajo de un automóvil y ahí espero hasta escuchar que Ella abre su ventana.

¿Cómo sé su nombre? ¿Recuerdas al gato grande color amarillo que Ella alimentaba?  Ese gato era amigo de mi papá, el señorial gato llamado Vaquita; ese amigo platicó que la señora lo llamaba Güero y él la nombraba “Ella”. Antes de desaparecer, Güero le contó a mi papá que la comida que le daban era lo más sabroso que un gato puede disfrutar. Mi papá, de vez en cuando recibía una pequeña ración que le obsequiaba Ella y bueno, cuando me quedé solo, sin mi padre, me acerqué a ese balcón y empecé a recibir ese preciado alimento.

Sí, soy hijo del Vaquita. Una familia me adoptó y vivía en un apartamento. Me llevaron a operar para que no tuviera hijos y me pusieron un collar que decía “Crayola”, pero no sabía si ese era mi nombre, porque siempre escuchaba “bájate de ahí”, “no arañes, no maltrates”, “vete de aquí”. Y me fui; sí, me fui a buscarla a Ella, de quien mi papá me platicó antes de esfumarse y me pidió cuidar.

Cuando la encontré, Ella me trató como si me conociera de mucho tiempo atrás. Al principio creía que yo era hembra y trató de subirme a su auto para llevarme a operar… ¡no!, ya pasé por una cirugía y me parece que es suficiente. Así que cuando Ella está cerca de su auto, permanezco a prudente distancia.

Muchas veces se sienta a jugar conmigo en las afueras del edificio donde vive, a veces me carga y ha querido llevarme a su casa; no se lo puedo permitir; ya tuve una casa y no fui feliz, así que prefiero vivir al aire libre. Además, con Ella vive Güerita, una gata chica, delgadita, de cara bonita pero que se cree una princesa y es porque Ella comparte el alimento de Güerita conmigo.  Varias mañanas, cuando esa minina se pasea por el jardín que rodea el edificio, la correteo, la asusto tanto que maulla muy fuerte y Ella sale para ver qué sucede. Si logra verme, me llama la atención; pero nunca me castiga.

Porque como bien, estoy fuerte y resisto el frío y la lluvia.  Me cobijo debajo de los autos y cuando llueve mucho, me escondo entre las llantas y la carrocería; ahí duermo calientito.

Un día llegó un gato completamente negro que daba lástima. Me pidió permiso para solicitarle comida a Ella. Tuve compasión de ese pobre que venía de haber peleado con otros gatos y seguramente había perdido la batalla porque estaba herido.  Ella lo alimentó y ahora es un gato fuerte y sano como yo, con su pelaje brillante como el mío y ya no me pide permiso para alimentarse, yo tengo que dejar que primero coma él y después yo, o me arrebata mi ración. No es justo.

Ella me dice Felix y me silva desde su balcón. Todas las mañanas me pregunta cómo estoy y yo no le contesto, lo importante es que me lance el alimento que casi toda la noche he estado esperando.

Y, ¿sabes algo?, a veces me descontrolo pensando si es Ella la misma que asoma por el balcón o la que sale del edificio y viaja en un auto azul profundo.  No sé si es la misma que juega conmigo o la que me llama con un silbido.

A quien sí conozco muy bien es a una joven que sale a pasear a su perrito, casi siempre la acompaña un muchacho. A esa chica la he seguido a su apartamento, no importa que me dé solo croquetas, la sigo porque tiene una mascota que me gusta.

Hay otra chica más joven que tiene un gato dentro de su casa. Ella también me da croquetas, pero rara vez las como. Casi siempre las consumen los pájaros, esos grandes pájaros negros o las palomas. Yo no.

Algunas veces Ella me ha preguntado por qué tengo la cara triste, me dice que debo ser feliz y por eso me llama Felix; pero la expresión de tristeza es característica de los que no tienen hogar; quién sabe por qué, pero así es. Cierto es que yo abandoné la que era mi casa, que no he aceptado el hogar que Ella me ha ofrecido, prefiero mi libertad, pero lo entristecido debe venir de más arriba, de lo invisible; pero te confío que después de comer ese rico atún, mi cara ya no está triste.

A veces me duele que algunos vecinos de Ella me corran, que ordenen a sus canes que me ataquen. Dicen que yo no sé jugar con perros y es cierto, las dos razas no somos muy compatibles y atacando yo, me estoy defendiendo. Ha habido quejas de que soy agresivo con los canes; es cierto, y no me arrepiento porque he espantado a canes enormes que ya no me han vuelto a molestar.

Pero con quienes me alimentan o me acarician no soy agresivo. Como te dije, juego con Ella y le permito que me cargue. Jugueteo también con la muchacha que me gusta y con su compañero; además, soy amigo del gato negro.

Han venido otros gatos a querer comer del alimento que Ella nos da al felino negro y a mí, pero se han ido sin recibir nada. No creo que sea por falta de generosidad de Ella, sino porque ¡imagina cuántos gatos vendrían a comer!

Dicen que los gatos somos desagradecidos, pero no es así. A cambio del rico alimento que Ella me da, cuido su automóvil, vigilo su casa y aunque no lo creas, estoy a cargo de la seguridad de todo el edificio, del estacionamiento, del jardín y de todos los habitantes.

He cazado palomas, algo mal visto por los humanos, pero cuando hay demasiadas palomas alguien debe bajar su número.  No ataco a los pajaritos, ellos pueden estar seguros de que pueden venir a mi territorio a bañarse en los charcos después de la lluvia y que tranquilamente pueden comer insectos en el jardín.  Algunas veces han venido colibríes y se han detenido a alimentarse en el balcón de Ella, yo no los he molestado.

Pero hay algo que no me gusta, a veces Ella se va de viaje. Me doy cuenta porque sale de su casa con equipaje, entonces sé que van a pasar varios días en los que tendré que comer croquetas. Entonces me entra el celo en contra Güerita, esa gata se queda dentro del apartamento con toda seguridad con mucho alimento para estar bien los días de ausencia de Ella.

He tratado de entrar a la casa de Ella, hay una ventana que a veces está abierta y por ahí sale y entra Güerita. Una vez perseguí a esa felina y estuve a punto de entrar al apartamento. Oh sorpresa, Ella estaba cocinando y nos encontramos cara a cara, así que me fui rápidamente.

Algunas noches el gato negro ha entrado al apartamento de Ella, ha comido del alimento de Güerita y ha despertado a la gata y a Ella.  El Negrito, como Ella lo llama, ha salido rapidito no sin antes pedir más comida.

También, muchas noches encontramos alimento afuera del apartamento. Ella nos deja atún y a veces leche.  Los recipientes son vaciados de inmediato.

Algo que me apena, pero no lo puedo evitar porque está en nuestra naturaleza, es que “marcamos” nuestro territorio.  La vecina de junto a Ella se ha quejado, a pesar de que mi benefactora desinfecte. ¿Qué podemos hacer?

También hay quejas porque estoy merodeando dentro y fuera del edificio, no saben que lo estoy vigilando, para que no se acerquen roedores ni ladrones.

De eso ya me había platicado mi papá; muchos humanos no se percatan de la ayuda que los felinos les proporcionamos. Por ejemplo, limpiamos el ambiente de malas vibraciones, custodiamos las propiedades y a las personas.  Ella puede tener la seguridad de que su casa estará protegida tanto si está dentro como cuando sale a sus actividades. También su carro estará resguardado, mientras haya guardianes como yo y como Negrito.

Veo tu rostro incrédulo, pero haz la prueba y vas a comprobar lo que te digo.

Antes de que Ella cuidara a Güero, mi papá me platicó que roedores muy grandes se paseaban en los alrededores del estacionamiento de este conjunto de cinco edificios. Eso ya no existe y no es para que le agradezcan a Güero o a mí, es solo un comentario.

¿Qué cómo me mantengo limpio y sano?  Nunca me verán lastimado, porque no peleo con los otros gatos. Así como no peleé con Negrito, lo dejo que coma primero y después yo, así me comporto con los otros y me respetan por ser pacífico.

Soy un felino joven y fuerte; así quiero conservarme con la ayuda de Ella. No tengo mayor ambición que el cuidarla y parece ser que Ella así lo comprende. ¿Que si me gustaría tener una familia?  Ya la tengo, Ella es mi familia y la pareja que ya te dije; no incluyo a Güerita, aunque te confío que varias veces la he visitado a cuando está en el otro balcón. Esas visitas reforzaron la creencia de Ella de que soy macho.

SE ACLARA LA CONFUSIÓN

Un día, el compañero de la joven que te platiqué, estaba jugando conmigo en el estacionamiento. Tenía sueño y me recosté en la mochila de él. Dormitaba cuando Ella se acercó. Me hice el dormido para que no se encelara porque yo estaba con alguien más. El joven le platicó que soy hembra y entonces recordé… sí, yo nací femenina pero me esterilizaron, algo bueno para mí y para mi especie, así no traemos al mundo bebes no deseados. También recordé que mi antigua familia me daba buena comida, pero ya te conté por qué escapé; además, tenía la curiosidad de saborear aquel alimento del que Güero hablaba con mi papá; tenía el deseo de conocer a Ella y saber cómo me trataría. Los primeros días subía yo a su balcón donde Ella me dejaba comida y sí, la conquisté con mi coquetería, saliendo a su encuentro, rozando su ropa para impregnarle mi olor y atrapar su aroma; por eso Ella creyó que yo era gata y no se equivocó, pero como no entré en celo y he crecido más fuerte que Güerita, empezó a creerme macho.

HABLA NEGRITO

¡Hola! Soy un felino macho que siempre ha vivido en la calle. Mi color no me favorece. Mucha gente me rehúye y he oído que les causo mala suerte.  Los humanos han olvidado que en la antigüedad adoraban gatos de todos los colores, que había una estrecha comunicación entre ellos y nosotros; nuestro mutuo lenguaje era mental. Los gatos no hemos olvidado y entendemos el idioma humano, que no les hagamos caso, es otra cuestión.

Llegué al estacionamiento de Ella por los comentarios del Vaquita y del Güero. Los conocí a los dos, pero me tenían advertido. Si me acercaba a Ella para pedir comida, me darían una tunda.  Así que fue hasta que ambos desaparecieron que me acerqué con cautela para recibir ese rico alimento y a veces trozos crudos de pollo. Ella se compadeció de mí porque las primeras veces que me vio estaba muy maltratado, una de mis orejas estaba infectada, mi mejilla izquierda herida, pero no me dejé tocar, solo consumí ese atún que en verdad es delicioso.

Como ese territorio ya estaba ocupado, tuve que convencer a su encargada, esa gata blanca con negro que parece macho porque tiene patas fuertes, cara de gato y sí, parece más macho que hembra. Pero si te fijas bien, es coqueta, zalamera, siempre se está acicalando, toda su conducta es femenina y es muy confiada y confiable.

Bueno, no creas que voy diariamente a comer con Ella. Solo de vez en cuando para no quitarle su alimento a Felix, aunque sería mejor llamarla Felicidad o Alegría, porque siempre está contenta. Con esa minina tengo comunicación estrecha, no necesito verla ni hablarle, nuestros pensamientos están unidos, por eso sé lo que ha pasado, pero prefiero que sea la propia felina quien te lo cuente, así como te contó la primera parte.

HABLA FELICIDAD o ALEGRÍA

Han pasado varias semanas desde que Ella supo que soy hembra, pero su trato hacia mí no ha cambiado. He estado frente a su balcón diariamente y a todas horas, esperando que se asome, me vea y me lance esos trozos de atún que tanto me gustan. Sé que le ha agradado mirarme cuando me “baño” después de comer, le alegra mucho ver que juego correteando mi propia cola, que atiendo a su silbido, que la sigo cuando sale hacia su auto y la espero cuando regresa, reconozco el sonido de su carro. Casi siempre me pregunta cómo estoy y por qué parezco triste; pero tan pronto me da de comer siento alegría y me agradan mucho sus caricias, por lo que le ofrezco las mías y mis ronroneos, me encantan sus mimos y siempre le pido que me acaricie más.

Otras veces me ha oído maullar en el patio de su edificio, estoy llamando al gato de la muchacha que ya te platiqué. Ahora que he recordado que soy hembra, me he dado cuenta porqué quiero jugar con ese minino y porqué asusto a Güerita. Con el gato, es porque él es macho y yo soy hembra y con la gata, bueno, es pura rivalidad.

Un miércoles estuvimos Ella y yo jugando por largo tiempo. Me dio trozos de pollo e intercambiamos ternuritas. Así fue ese mediodía, primero los jugueteos y cuando ella se marchó, entonces comí.

Sabes, esa tarde alguien derramó sobre mi cabeza un líquido pegajoso y sentí malestares. Era un día soleado pero yo tenía frío, la noche anterior hubo una tormenta y me mojé, a lo que atribuí mis molestias. Me sentía desganada y me costó mucho trabajo limpiarme ese líquido.

El jueves no me acerqué al balcón y sé que Ella se sorprendió al no verme, pero como no era raro que faltara uno que otro día, no se preocupó tanto.

El muchacho que te cuento me buscó debajo de los autos y me encontró debilitada. Ella y su compañera me cuidaron, me ofrecieron croquetas y agua. Comentaron que tenía yo gripe por mis ojos y nariz llorosos. Creyeron que yo mismo me había ensuciado la cabeza con mucosidad.

Esa noche fue espantosa. Una secreción me escurría por la nariz y al tratar de limpiarme se me infectaron los ojos. Como llovía, no me animé a salir de debajo de una camioneta enorme para buscar la comida que Ella me deja cerca de su puerta, así que tuve que esperar a que amaneciera; tiritaba de frío.

Amaneció con mejor clima ese viernes cuando Ella me encontró echada asoleándome un poquito. No podía ver ni oler, pero pude sentir su presencia y oír su voz que trataba de consolar mi sufrimiento. Se fue por unos minutos que me parecieron horas. Me dio agua y con pañuelos húmedos limpió mis ojos y pude volver a ver, me cargó y acarició mi cuerpo debilitado apretujado a su pecho; nuestros corazones se reconocieron, palpitaban rápido y fuertemente.

Ella quiso subirme a su auto pero no se lo permití. Me dijo que volvería para llevarme con quien podría curarme, pero me escondí.  Así somos los gatos, no nos gusta que nos vean sufrir y mucho menos ir al doctor.  Ella creyó que más tarde volvería a verme, pero ya no me encontró.

Fue la pareja de jóvenes que me hallaron de nuevo y me cuidaron, me dieron más agua y croquetas. No fue desprecio, pero no comí. No tenía fuerzas, solo quería alejarme también de ellos, así que me fui y me escondí en el motor de una camioneta, necesitaba calor.

Donde me encuentro, recibo noticias de Negrito. Él sabe que los muchachos y Ella me han buscado, que están muy preocupados por mí. Sé también que Ella ha llorado mi ausencia, que ha pedido a Dios por mí y desea que yo vuelva, pero estoy tan lejos y confundida que no sé si desde este lugar decida y pueda hallar el camino de regreso.

HABLA “ELLA”

Por casi tres semanas no supe de esa preciosa gatita blanco con negro. La echaba de menos porque no conocía una callejerita tan amorosa y alegre, a pesar de su carita triste. Los amigos que también cuidaban de ella me dijeron que su dueña la encontró desfalleciente. Resulta que esa persona ya era conocida mía, así que la visité para tener noticias. Me comentó que en efecto, encontró a nuestra felina en mal estado, que la estuvo hidratando por goteo y la alimentó. Creo que en ese trance perdió alguna de sus siete vidas. Como esta señora no puede tenerla en apartamento, su hija (su humana original) ha re-adoptado a Crayola y se la llevó muy lejos, a una casa donde puede jugar en un jardín.

Siento consuelo,  aunque  lamento no seguir viéndola, pero por siempre agradeceré a la persona que la salvó, a quien actualmente la cuida y sobre todo a Dios que me dio permiso de conocer a “Felix” o “Crayola” o “Felicidad” o “Alegría”; como quieras tú llamarla.
***
Han pasado tres meses. Todas las noches dejo comida para Negrito, el plato amanece vacío. Cuando olvido cerrar la ventana de la cocina, ha entrado ese gato que parece pantera en miniatura, pidiendo más alimento y no me muestra ningún temor.

De vez en cuando he visto a quien rescató a Crayola; al preguntarle por mi querida felina me ha platicado que está feliz. Vive en una casa rodeada de jardines y convive armoniosamente con otro gato. Esa gatita se ha adueñado de la casa donde ahora vive y yo, aunque cada mañana -al abrir mi ventana- quisiera encontrarla, todo el tiempo doy gracias a Dios por haberle brindado un buen hogar donde deseo sea dichosa por largo tiempo.

(Visited 13 times, 6 visits today)