Así te cuento del día de muertos en México

ASÍ TE CUENTO DEL DÍA DE MUERTOS EN MÉXICO

por Cony Ureña (México)

 

 

¡Cómo no se me había ocurrido antes! Nunca te he platicado de una de las más grandes conmemoraciones mexicanas que se estaba perdiendo poco a poco, avasallada por el Halloween, pero que ha renacido gracias a una linda película, otra de la serie de un agente secreto, tú sabes a quién me refiero, y el auge de las “catrinas”, las cuales merecen un capítulo aparte.

En mi familia la conmemoración iniciaba el 31 de octubre. Mi mamá encendía una veladora blanca para iluminar el sendero de su segundo hijo, mi hermanito, fallecido cuando tenía escasos tres meses.

Eso era todo en casa de mis padres, pero muy diferente en casa de mi abuelita paterna quien acostumbraba instalar lo que llamaba Ofrenda que era un altar en sí.  Había una mesa grande, rectangular, tapizada con un mantel color naranja con encajes negros, sobre el cual se colocaban cazuelas con comida, botellas de licor, agua, fruta, calabazas grandes y chicas, dulce de las mismas, así como piezas de pan, muchas velas y veladoras delante de los retratos de los difuntos que a los niños, nos decían los mayores, de octubre 31 al 2 de noviembre, tenían permiso celestial para regresar en espíritu, para degustar precisamente lo que se colocaba en ese altar esplendorosamente arreglado, y realzada su belleza con las flores de zempoalxochitl y también se conocen como “flores de muerto”.

Eran infaltables los adornos de papel picado, los mini esqueletos de juguete y por supuesto las calaveritas de azúcar (cráneos). En el frente de cada una había un nombre, pero no de algún fallecido, sino de un ser vivo, así que cada quien buscaba su calaverita pues ello significaba que quien la colocó estaba deseando que esa persona viviera por muchísimo tiempo.  No sé si esa era una tradición generalizada, o exclusiva de mi familia.

Según sé, esa tradición es precolombina y sobrevivió la era colonial, incluso se enriqueció con las imágenes cristianas que también formaban parte de la Ofrenda pues por “coincidencia” esta conmemoración es en el Día de los Fieles Difuntos y de Todos los Santos, conmemoraciones católicas.

En cuanto las piezas de pan, no eran de cualquier clase sino precisamente “pan de muerto”. Un pan redondo coronado con huesos simulados en forma de X y aderezado con mucha azúcar.

Una vez instalada la Ofrenda, por dos o tres noches se encendían las velas y veladoras y se apagaba la electricidad de la habitación. Se rezaba el Santo Rosario y se solicitaba a Dios el permiso para aquella alma que quisiera venir a la degustación de los manjares en su honor.

Esta habitación adquiría una atmósfera de misticismo y los niños permanecíamos expectantes. En cualquier momento podría aparecer un ser del más allá. Nunca sucedió, claro. Los mayores nos explicaban el porqué sólo ciertas personas tienen la facultad de ver e inclusive hablar con gente que “se nos adelantó” al más allá.

Recuerdo que el 31 de octubre estaba dedicado a los fallecidos niños, el 1 de noviembre a los que se fueron de esta vida por accidentes y el día 2, a absolutamente todos los muertos; tampoco sé si esta costumbre era familiar o general.

Sabíamos que mucha gente permanecía cerca de la Ofrenda la noche para amanecer el día 2, orando por “sus fieles difuntos”. También, que familias enteras acostumbraban asistir al cementerio y pasar la noche junto a la tumba de su difunto, sobre la cual habían instalado un altar como te platico era el de mi abuelita. Hay poblaciones enteras que participaban en ese ritual nocturno, como es Mixquiq en el Valle de México, y Pátzcuaro, en el estado de Michoacán. Tradición que perdura hasta hoy.

Por cierto que en el presente, el 2 de noviembre los cementerios están repletos de visitantes que rinden tributo a sus difuntos adornándoles sus tumbas con flores y algunos familiares llevan serenatas con guitarras e inclusive mariachis.

Para instalar la Ofrenda, grandes  y chicos ayudábamos. Sabíamos que la noche de noviembre 2 se repartiría todo su generoso contenido y seríamos partícipes de un banquete espectacular.

Recuerdo que con mis primos observaba los recipientes de agua; principalmente los transparentes. Nos asombraba ver cómo disminuía su contenido y creíamos que algún espíritu había bebido. Nos compadecíamos de las ánimas, pensando que tenían que esperar hasta fines de octubre para volver a degustar sus platillos favoritos, sus bebidas y esa agua…

Después de los rezos, a las 18.00 horas de noviembre 2, se desmontaba la Ofrenda. Se calentaban los alimentos y la gran familia se sentaba a la mesa a degustar los guisos cocinados en honor a los extintos, quienes era seguro habían regresado al cielo o al purgatorio, dependiendo de cómo había sido su conducta cuando vivieron.

Por tradición, a los niños nos servían leche con chocolate sin endulzar, porque lo acompañábamos con ese delicioso pan de muerto tan azucarado. Nos era entregado a todos los presentes nuestro “itacate”, o sea, una buena provisión de prácticamente todas las frutas y dulces que habían adornado la Ofrenda; sí, incluía ese dulce de calabaza, tan sabroso. Desde luego, nos entregaban a cada quien nuestra respectiva calaverita; era impensable una equivocación, porque como te decía, cada una traía un nombre.

Solo los mayores degustaban los licores, pero en esos ayeres sinceramente yo prefería mi leche con chocolate, o leche sola para degustar el dulce de calabaza o el “pan de muerto”.

Al paso del tiempo, de octubre 31 a noviembre 2, se adicionaron las pequeñas y huecas calabazas naturales o de plástico, a las que se les podía introducir una vela o luz de alguna especie. Daban un aspecto fantasmagórico. Muchos pequeños recibían una buena cantidad de dinero para gastar en lo que quisieran, mismo que provenía de “donativos” de los transeúntes a quienes les causaba gracia la frase, “¿me da mi calaverita?”

Actualmente, los niños y niñas reciben esas calabazas (ahora son sólo de plástico) y durante el día y noche salen a las calles a solicitar un obsequio monetario entre los transeúntes y conductores de vehículos. Muchos van arreglados con maquillaje fantástico y/o también vestidos de fantasmas, brujos, magos, momias, etc.  Así, en las calles y muchos lugares puedes ver chicos y chicas disfrazados de brujas, vampiros, esqueletos andantes, “Dráculas”, “Harry Poters”, el muñeco “Chucky”, etc. Han proliferado los negocios que anuncian el maquillaje especial para quienes piden calaverita o asisten a las fiestas de Halloween, que se popularizaron en los últimos años. La combinación de ambas costumbres me causa gracia.

Puedo contarte que no hace mucho supe que existían las “Catrinas”. Son esqueletos vestidos con ropajes muy elegantes. Las femeninas usan fastuosos vestidos, grandes sombreros o coronas de flores y joyas; los acompañantes masculinos lucen trajes ostentosos.  Como tú sabes, esa tradición principió a fines del siglo XIX como una burla a la alta sociedad de mi país de esos tiempos y ahora es la imagen por excelencia de la muerte, a la mexicana; también la llamamos “la calaca” y a ella se le dedican versos que se publican el 2 de noviembre, en el que se alude a una persona en especial por quien la muerte ha venido a llevar al más allá. Pero, si alguien te dedica una “calaverita” en verso, te das cuenta del aprecio que te tiene. Para mí significa que una persona pensó especialmente en ti para halagarte con un texto corto, con rima, usualmente chusco, que mencione tu nombre y tus costumbres. ¡Tú mismo puedes escribirte una calaverita! y publicarla en tus redes sociales. Los periódicos también publican “calaveritas” dedicadas a políticos y gente famosa. En el radio y televisión también les dedican un espacio. Ni los memes han podido desplazar esta costumbre.

Volviendo a las Catrinas. En la capital mexicana y en varias otras ciudades, hay desfile de Catrinas… son de llamar la atención las de San Miguel de Allende. La procesión de “parcas vivientes” vestidas y maquilladas suntuosamente, se ha popularizado todavía más con la película que ya te mencioné; sí, la del agente secreto, en cuyo argumento apareció el desfile de calaveras gigantes, que no existían pero que ahora forman parte de nuestra cultura.

Muchos dicen que tomamos a broma que algún día estaremos del otro lado de la vida y nos divertimos ahora ante esa realidad que no podemos cambiar. Si algo hay seguro, “no pasaremos de la raya”.

Y qué te digo del Halloween que hasta hace poco estaba a la alza. Con el revivir de nuestras tradiciones, esa costumbre se combina con la mexicana. Así que no hay queja, lo nuestro se ha enriquecido con mega desfiles de Catrinas por ejemplo, con una monumental Ofrenda en el Zócalo (Plaza Mayor, en el corazón del país), con un paseo nocturno en bicicleta en el que los ciclistas van apropiadamente disfrazados; festivales de “pan de muerto”; ferias alusivas y desfiles de cráneos monumentales. Inclusive, cuando se celebra el Gran Premio de México de Fórmula Uno, las edecanes lucen atavíos rememorando a la Catrina.

¡Y por poco se me olvida! Nuestros ancestros creían que las mariposas Monarca que visitan varias regiones de México, eran las ánimas de sus difuntos. Estos maravillosos insectos llegan en la tercera semana de octubre. Anualmente, los hermosos bosques de Oyameles se visten de naranja y negro pues las Monarca invaden los árboles que las cobijan durante el invierno, que del lugar que provienen (Canadá y Estados Unidos) esa estación es infinitamente más cruda que en mi país. Aquí vienen a reproducirse y la nueva generación emprende su viaje al Norte a fines de enero y principios de febrero del año siguiente; pero lo que nos ocupa es que su llegada era un signo muy especial para los antiguos y por ello iniciaron los ritos que te he contado, mismos que prevalecen en su mayoría hasta la fecha.

Bueno, ahora a ti te corresponde contarme cómo has vivido en tu entorno el Día de Todos los Santos y el de Los Fieles Difuntos, lo que te parece la sui generis tradición precolombina muy mexicana y si te animarías a vestir uno de esos hermosos atuendos con los que mis paisanos y yo nos reímos de la muerte.

Glosario:
Cazuela-Recipiente de barro para cocinar y/o presentar comida
Zempoalxochitl o Cempasuchil-Flor parecida al clavel, de color amarillo intenso
Papel picado-Producto artesanal mexicano hecho de papel de China
Mariachi-Conjunto de músicos y cantantes vestidos con traje de gala de la charrería mexicana
Ir de catrín o ser catrín-Vestirse de gala o tener buena posición económica
Ánimas.- Espíritus de los fallecidos

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Por amor al hockey

 

POR AMOR AL HOCKEY

Para jugar un partido de hockey sobre césped tuve que cortar con unas compañeras el pasto de toda la cancha.

He jugado hockey sobre césped por más de veinte años. Por iniciativa de una estudiante de educación física que nos invitó a probar este desafío me inicié en este hermoso deporte. También fuimos el comienzo del hockey en un club pobre, lo único que teníamos era la cancha, camarines y un salón que servía para usos múltiples como charlas técnicas, reuniones del grupo o el tercer tiempo que se comparte con el adversario después de un partido.

Si bien esas instalaciones nos eran ofrecidas generosamente y podíamos hacer y deshacer a gusto con la única condición de arreglar nuestro calendario con los equipos de rugby, con quienes alternábamos los fines de semana en la tarea de ser locales o visitantes, el club carecía de personal. El lado humano de ese club éramos las jugadoras de hockey, los jugadores de rugby, que además eran nuestros amigos y/o novios, y algún dirigente soñador que esperaba que algún día ese lugar creciera y tuviera la vida normal de cualquier otro club. Pero éramos nosotras quienes mantenían camarines y salón en condiciones para recibir a las visitas, también íbamos a las reuniones semanales de delegados, suplicamos a un amigo que haga el curso de árbitros y nos represente para cumplir con todos los requisitos, conseguimos quien nos construya los arcos reglamentarios y  sacábamos dinero de nuestro bolsillo para hacer los pagos ante la Asociación que nos afiliaba.

Cuando la Asociación puso como condición la obligación de divisiones inferiores a todos los clubes para que el deporte tuviera semillero y pudiera crecer en la provincia, nos transformamos también en técnicos que reclutaron niñas de la zona, las pasábamos a buscar, transmitíamos nuestros conocimientos, les hicimos las polleritas para tenerlas uniformadas y toda tarea necesaria para lograr su presentación cada fin de semana. Nos esmeramos bastante. No sólo necesitábamos que ellas existan como equipo para poder presentar el nuestro, también queríamos verlas ganar, que se contagien del gustito de sentir que con esfuerzo y trabajo se puede ser un gran equipo al que los rivales le temen. Todo eso sin descuidar nuestras obligaciones personales,  teníamos en claro que si nuestras calificaciones bajaban en el colegio nuestros padres empezarían a condicionarnos el hockey,  por lo que incontables noches sacrificamos las horas de descanso para estudiar.

Éramos un grupo de jóvenes que amaban apasionadamente lo que hacían y no había sacrificio del que no fuéramos capaces para lograrlo.

Un sábado, día que la asociación tenía destinado a los partidos masculinos de este deporte, habíamos prestado de urgencia las instalaciones a un equipo amigo porque su campo de juego estaba empantanado. Ya que estábamos ahí nos quedamos a ver el encuentro que interrumpió nuestro entrenamiento.

Cuando los dos jueces llegaron los vimos deliberando. No entendíamos cuál era el problema hasta que decidieron la suspensión del partido porque el césped no tenía la altura que consideraban apropiada. Lo peor es que eso era cierto. La primavera había logrado que el césped crezca bastante, y había un rincón al que le decíamos “el de las lechugas” porque crecían malezas con ese aspecto que a veces llegaban a esconder la bocha.

El tema era grave porque al día siguiente, domingo, nos tocaba ser locales. Si el partido se suspendió para unos, también sucedería para nosotras. No pensaba perder los puntos en un papel pero sabía que teníamos menos de veinticuatro horas para solucionar el problema.

Puse manos a la obra con mi hermana y dos compañeras más. De casa traje la pequeña segadora hogareña y todos los cables alargadores posibles, propios, de los vecinos, de los amigos, cada pedacito de cable venía bien para llevar corriente a todos los rincones y  completar la labor.

Hasta medianoche cortamos el césped. Y precisamos un par de horas más para marcar la cancha. Lo hicimos rociando cal viva con un tarro que desocupamos después de hacer de los duraznos que contenía nuestra cena.

La sorpresa se la llevaron los árbitros, casualmente eran los mismos de la tarde anterior, y nuestro propio entrenador de ese año que era algo así como un artefacto decorativo necesario para decir que éramos un equipo. Todos habían hecho planes para ese día pensando que no podría disputarse el encuentro. Evidentemente no nos conocían bien. Nunca imaginaron que seríamos capaces de hacer todo lo posible para cumplir en tiempo y forma con sus requerimientos. Creían el partido sería sólo un trámite de llenar papeles para suspenderlo.

Jugamos, tuve la fortuna de convertir y los puntos ganados sumaron para ese año en que logramos el campeonato ajustadamente. Si hubiéramos resignado el partido no habríamos podido alzar la copa del torneo.

La otra cara del sacrificio se llama premio al esfuerzo y la perseverancia. Quienes estuvimos ese largo día haciendo aquello de lo que no nos creían capaces fuimos quienes saboreamos más el orgullo de la victoria.

Hasta el día de hoy nadie puede entender que once jugadoras,  de las cuales sólo cinco entrenaban con regularidad y carecían de técnico,  lograran destronar al campeón eterno de primera división con una sola arma: el córner corto, porque es lo único que podían tener muy trabajado siendo tan pocas y su juego era sencillamente provocar faltas del adversario dentro del círculo para lograr esa sanción. Menos comprensible fue que el equipo se disolviera después de lograr el campeonato. Eso me llevó a mudarme al club que había perdido el torneo en nuestras manos, no fue fácil pagar el derecho de piso, pero eso es otra  historia.

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Así te platico de un migrante

ASÍ TE PLATICO DE UN MIGRANTE

por Cony Ureña (México)

 

Es sábado; me desperté tarde y después de asearme encendí el televisor para disfrutar un partido de tenis. Hace dos años me interesé en ese deporte ya que vi un juego de quien se convirtió en mi tenista predilecto, quien por cierto ganó esta mañana en semis, convirtiéndose en el jugador favorito para ganar la final.

Terminado ese partido salí para ver a una amiga a almorzar. Nos encontramos en ese lugar al aire libre que tanto nos agrada y saboreamos los deliciosos manjares, acompañados de café capuccino, fruta de la temporada y un excelente servicio. Caro sí, pero nosotras nos pudimos dar ese gusto.

Platicamos de muchos temas, el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, los caprichos de los políticos, el clima y la caravana de migrantes de Centro América que desde la frontera sur de México planea cruzar todo nuestro territorio para llegar a los Estados Unidos de Norteamérica… triste, muy triste tema, así que preferimos hablar de las películas que se han estrenado esta semana y nos pusimos de acuerdo para ir al cine y por qué no, también al teatro. Son lujos que nos podemos dar de vez en cuando.

Terminado nuestro almuerzo, al despedirnos intercambiamos elogios a nuestra vestimenta. Mi amiga llevaba una gabardina azul profundo con algunos adornos en blanco, por mi parte mi pelliza es abrigadora y bonita, eso me dijo ella quien abordó su auto último modelo. Subí al mío y conduje hasta un supermercado donde encontré el salmón que cocinaría para mi comida o cena, también compré melocotones y una maravillosa guanábana.

¿Te parece que estoy presumiendo de mi buena vida? La verdad es que quise hacer una introducción para lo que en realidad deseo contarte.

Conducía por la avenida cercana a mi casa. Vi a un joven que solicitaba limosna a los automovilistas cuando dos policías lo interceptaron.  Paré el auto en cuanto pude y regresé al sitio donde el muchacho hablaba con “la autoridad”. Conforme me acercaba oí que él se defendía de algo que lo acusaban. Me acerqué y dije:

-Buenas tardes oficiales, ¿algún problema con el joven?
-No, solo que le estamos solicitando sus documentos y no tiene con qué identificarse.
-Comprendo, lo que pasa es que este muchacho estuvo trabajando en mi casa y olvidó su documentación. No quiso esperar a que mi esposo regresara para recibir su pago y veo que para regresar a su domicilio está pidiendo limosna; pero eso no es un delito, ¿verdad oficial?
-No, no lo es. Siempre y cuando no moleste a la ciudadanía.

Me dirigí al joven y le pedí me acompañara a mi casa para darle el pago por el trabajo que había hecho. Él dijo, “está bien”. Juntos nos alejamos de los policías y ya lejos de ellos el muchacho me agradeció haberlo rescatado. Esos tipos le estaban pidiendo las pocas monedas que había recabado. Le pregunté si había ya comido y me dijo que no. Lo invité a un lugar modesto para que comiera. Pocas veces he visto a una persona comer con tanto apetito. Una sopa, tortillas, arroz con un huevo, carne de cerdo con salsa verde y frijoles, acompañados con agua de sabor. Lo que en México llamamos “comida corrida”.

Me contó que es hondureño, de Puerto Cortés, cerca de Guatemala. Salió de su país por la delincuencia, porque no hay trabajo -a pesar de que ese puerto pareciera ser próspero-, faltan oportunidades y la mayor parte de los días no hay ni qué comer.

Hace tres meses cruzó sin problemas la frontera e ingresó a México. Trabajó aquí y allá en Chiapas y después estuvo en Tabasco y Veracruz. En este último estado, con el poco dinero que tenía se embarcó en la aventura de querer ir al norte; grave error, no solo perdió su dinero sino que al poco tiempo, en el trayecto fue interceptado el transporte en el que viajaba junto con más migrantes. Las “autoridades” mexicanas les quitaron sus pertenencias… ropa, zapatos, mochilas y dinero.

Estaba en Zacatecas, sin recursos, sin conocer a nadie. Los demás migrantes se desperdigaron cada uno por su cuenta. Él pidió a un trailero que lo trajera a la capital de México. Sabía que hay un lugar llamado Lechería, donde un tren (“La Bestia”) se estaciona una tarde y en su lomo suben todos los migrantes que puedan caber y que desde luego, paguen por el lugar que ocupan.

Así llegó a las inmediaciones de la capital mexicana. El trailero le dijo pidiera limosna para poder abordar un camión de pasajeros rumbo a Lechería, donde dijo él, casualmente vive un paisano suyo que se casó con una mexicana y se estableció en ese lugar. Por dos razones quería llegar a Lechería, una para encontrar a su compatriota y si no lo encontraba, entonces abordaría La Bestia, aunque antes tendría que trabajar para tener el dinero necesario para abordar el tren.

¿Trabajar? Sí, en la carpintería de su amigo.

Quedé confundida por su plática. Soy de lenta reacción y honestamente no concluyo cuáles son sus planes. Aunque estoy segura que no quiere cruzar la frontera México-USA porque no conoce a nadie del otro lado y no entiende el inglés; sabe muy bien que los hondureños, como muchos otros, no son bien recibidos en esa gran nación. Planea quedarse en Monterrey, pero si acaso consiguiera trabajo la capital, se quedaría.  Sabe que por estos días hay compatriotas suyos, principalmente, que están tratando en caravana de migrantes, cruzar mi país para llegar a USA y alcanzar “el sueño americano”, él no, si pudiera se quedaría entre los mexicanos.

Miré que no parece sucio. Sus ropas muy usadas y más su mochila (dijo que se la habían regalado), son más que modestas. Vestido de negro parece aún más delgado. Le falta un diente de enfrente y su caminar es difícil por lo desgastado de sus zapatos tenis.

Una vez que terminó de comer salimos de esa fondita y él dijo que sabía bien dónde abordar el camión que lo llevaría a Lechería. Pensé que yo podía trasladarlo pero no conozco ese rumbo. El Valle de México es enorme y cada quien se acostumbra a los lugares que conoce. Mi auto no cuenta con GPS y usualmente no llevo mi móvil cuando salgo a almorzar con alguna amistad o con mi familia, no quiero estar al pendiente de las llamadas o sonidos del “whats”.

Proporcioné a ese joven un poco de dinero, creo suficiente para que abordara el autobús y tuviera para una comida más, aunque él expresó que normalmente comía una sola vez al día. Dijo que su estómago se había acostumbrado a no pedir comida.

Se despidió de mí y me preguntó mi nombre. Mi apellido es más común en Honduras que en México. Él se llama David Palacios Sagvinon.

Lo vi alejarse, no sin antes darme efusivas gracias por la comida y la ayuda económica.  Lo miré hasta que lágrimas nublaron mis ojos.  Entonces pensé que le hubiera ofrecido mi casa, hubiera hablado con mis vecinas, con mi familia, para ayudar más a ese hombre joven quien a mi modo de ver está buscando un futuro que en su país le ha sido negado.

Lloré por ser de lenta reacción, porque lo dejé marchar con algo en su estómago que le hará pronta digestión y sentirá nuevamente hambre, aunque él lo niegue. Lo vi marcharse a paso dificultoso por los zapatos que no le ayudan, lo vi marcharse sin darle mi número de teléfono por si algo necesita, sin haberlo invitado a mi hogar, por “el qué dirán”. Aunque él me haya dicho que nadie le había ofrecido tanto. No, no fue una ayuda completa y me arrepiento profundamente. Pude haber hecho más y no lo hice.

Por eso empecé a platicarte algo que parecía presunción. Mi mañana comparada con la de David Palacios, un joven quien estoy segura no volveré a ver pero que a Dios le pido que lo proteja, que lo llene de bendiciones, que ilumine su camino.

Él representa a esos tres mil seres humanos, hombres, mujeres y niños, de todas las edades, que salieron en caravana de Honduras; que desean cruzar el territorio mexicano -muchas veces hostil para ellos-, llegar a la frontera con USA donde los espera la guardia fronteriza para… no puedo ni siquiera imaginar lo que les aguarda.

Llegué a casa donde está mi recámara limpia y acogedora, una cocina con un refrigerador con buena comida, una sala de estar agradable, un baño, mis demás muebles, cuarto de lavado, otra habitación con un closet con ropa abrigadora para esta fría y húmeda temporada; tengo un auto para ir donde desee, recursos económicos que me permiten vivir bien y muchos etc. para agradecer a Dios y a la vida por mi salud, por mi familia, por mis amistades. Tengo un pasaporte e identificaciones para cuando hagan falta, tengo, tengo, tengo… pero no tuve la lucidez para ayudar más a un ser humano desprotegido. Deseo que en un futuro, cuando vuelva a encontrar a otro ser en apuros, tenga la suficiente humanidad que hoy me hizo tanta falta.

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El concierto de las sombras

EL CONCIERTO DE LAS SOMBRAS

por Gustavo Enrique Mestre Cubillos (Colombia)

 

 

El bambú, la guadua y la caña brava silban sus levísimas melodías. En la oscuridad ladran los perros y los gatos arañan los tejados, el viento transcurre en do mayor pasando revista a un concierto natural de música sin ningún orden establecido, mientras bajo las sábanas las sombras logran la suavidad de la caricia femenina.

Aparece el silbido cortante y gélido de la noche como la muerte acechando a una nueva alma y entre pensamientos entrecortados  afloran los recuerdos y las sensaciones de la vida inconclusa. La madera y el pavimento crujen como dejando escapar fantasmas invisibles. ¡Huye niño Sancho! ¡Sé libre y no le dejes ni tu huellas en esa tierra de traidores!. Escapa mientras puedas y encuentra en el bosque de nuevo esas melodías que solo se escuchan bajo las sombras de los árboles.

Mientras caminas interpreta cada sonido y cada baile que hace la silueta de tu sombra en la tierra, no te dejes alcanzar ¡sé libre! Y en libertad recuerda que los recuerdos son sólo sombras que aparecen como la música en nuestra cabeza para recordarnos que, bajo las sombras musicales de un creador que inventa juegos macabros con su “mejor” creación sólo para divertirse un poco en su eternidad, seguimos vivos. Sobrevivimos .

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Así te cuento de un joven pianista

 ASÍ TE CUENTO DE UN JOVEN PIANISTA

por Cony Ureña (México)

 

 

¿Recuerdas que alguna vez te platiqué de las tertulias que organiza la señora Verena Gerber?, ¿sí? Bien, la señora Verena es una generosa dama que promueve talentos  poco conocidos mayoritariamente, aunque en el círculo de familiares y amigos de los artistas sean distinguidos con gran aprecio.

Como tú sabes, tengo amistad con un virtuoso pianista de origen español, radicado en México y precisamente a uno de sus conciertos lo acompañé a la casa de la señora Verena quien destina un espacio para sus veladas. He asistido a conciertos desde luego de piano, poesía, teatro, marionetas pero por una u otra causa, me he perdido de algunos eventos, pero la fortuna quiso que el último sábado de septiembre, precisamente el día de los Arcángeles, la tertulia fuera realmente estupenda.

Te confieso que no sabía a quién iba a escuchar, solo que era un joven pianista quien deleitaría con su arte a la audiencia que usualmente acude al llamado de la señora Verena y después del evento disfruta de un ambigú de deliciosa variedad de quesos, ensaladas con sus ricos aderezos, carnes frías, vino y un pan que estoy segura te gustaría muchísimo.

Hasta el inicio del concierto supe que se denominaba Acuarelas -Música de Salón del Porfiriato-*. La presentación del concertista causó asombro porque fue como una entrevista guiada por una joven que hacía preguntas al artista. La frescura, naturalidad y simpatía de las respuestas provocó que él “se echara el público a la bolsa”. Fue una presentación sui generis, adornada con anécdotas de lo sucedido a este joven mientras investigaba la vida y obra de los compositores que homenajeó en esa su singular introducción y que alegró bastante a la concurrencia, preparándola para escuchar interpretaciones desconocidas -al menos para esta tu amiga-.

Vale mucho la pena que te mencione que este joven de 19 años ha recopilado (rescatado) más de 500 partituras de música clásica mexicana de la época afrancesada de aquella sociedad; sí, pero con un toque nacional. Ese volumen ha crecido porque fue hace dos años cuando realizó el inventario y ha continuado investigando para rescatar esa música que tal vez, si no fuera por él, estaría completamente olvidada.

Compositores de la era porfirista como Velino Preza, Luis Jordá, Julio Gilbert, Melquiades Campos, Oscar Braniff, Fernando Soria, Vicente Mañas, Vittorio Dell’Oro fueron quizás escuchados por primera vez desde finales de los 1800 y principios del 1900. Menciono aparte a Ernesto Elorduy quien a mi parecer es más conocido por los públicos actuales. Y hubo una pieza de Alfredo Carrasco llamada “Adiós” que arrancó grandes bravos y vivas por ser acaso la más popular entre los asistentes; así también, nos conmovió la interpretación de una de las obras precisamente de Elorduy, el autor predilecto del concertista.

Cada una de las interpretaciones, maravillosamente ejecutadas, fue introducida mediante una breve pero muy agradable explicación sobre el autor, el motivo, momento y objetivo de la composición.

Me intriga saber si este joven, enamorado de la música mexicana, ha aprendido de memoria esas más de 500 partituras porque la veintena que interpretó -en para mí un memorable y espléndido concierto de dos horas-, lo hizo sin guiarse precisamente por la partitura.

El carisma de este joven también se reflejó en su sonrisa, en su caravana para agradecer los nutridos aplausos de la concurrencia. Te repito, cautivó al público por su sencillez, originalidad, naturalidad y dejó huella esa pasión suya para encontrar en una época antigua ya, un extraordinario tesoro musical.

Está claro para mí que estuvimos bajo el hechizo de un artista de excepción, por su juventud, su talento, forma de ser y su excelente técnica interpretativa.

Tú sabes que no soy conocedora, a mí las artes me impresionan si es que me llegan al fondo del corazón; si no es así, paso de largo. Pero en este caso quiero contribuir con un granito de arena para el reconocimiento de un gran artista que eligió llevar a cabo una misión muy especial y la está realizando de forma por demás brillante y por supuesto, un agradecimiento a la señora Verena por esa labor discreta pero sumamente altruista que beneficia grandemente a virtuosos como Diego Montemayor.

*Porfiriato: Era denominada así por el nombre del dictador Porfirio Díaz quien fue el mandamás de México durante más de 30 años.

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¡CUIDADO!

¡CUIDADO!

Cuento de Jorge Maggi (Argentina)

 

 

 

Me preguntan ¿qué es EL OVEJERISMO? trataré de explicarlo con un cuentito al que llamaré

¡”CUIDADO”!

PRIMERA PARTE

1.- Una persona, generalmente masculina, compra un cachorrito con pedigree de POA. Lo lleva al veterinario, lo desparasita, lo vacuna, lo cuida y lo quiere. Cuando tiene tres meses es destrozón, juguetón, ensucia adentro, etc. El dueño recurre al criador o al veterinario para ver cómo puede solucionar eso. Le recomiendan un adiestrador, se contactan, y a los cuatro meses aproximadamente dueño y cachorro conocen una Agrupación. Todos miran el perrito, que se ve lindo. El tipo sigue viniendo, nadie sabe ni cómo se llama …se refieren a él como …”ahí viene el que tiene el hijo de Astor”, por ejemplo

Ponen el cachorrito en la pista y empiezan las instrucciones : “llamá de allá, llamaaaa¨”, …”escondete” …”parate”…”gritaaaa! …”que no te veeeeaaa”… “y la pelotitaaa! Y le dicen: hacete socio, lo presentamos en la expo…dale. El tipo ni habla, ni opina, solamente salta, o se agacha, o se esconde, o corre como un gil al que le gritan cada vez más, se agota. Llega a su casa los domingos a las 14,30, agotado, muerto, transpirado, pero contento. Le dicen que el cachorrito es bueno y le cuenta a la mujer esas novedades. La mujer (que no sabe lo que le espera) le dice…se enfrían los ravioles .., hace una hora que te estamos esperando. El nene de diez años se interesa, la nena de siete no.

2.- Pasan quince días – Martes a la noche, hace frío. Vuelve el tipo con su cachorrito de “trabajarlo”, porque se acerca la exposición y ahora lo caminan “martes y jueves también”. La mujer, con cara cada vez más larga, piensa que el tipo está loco, pero como el tipo se va con el cachorro, a dónde va a ir …! ¡y llega el día del debut!

3.- El tipo se prepara un equipo “Adidas plus” con gorra al tono y zapatillas… “de fondo, las que prefieren los atletas”, un bolso adecuado con comedero, pelotita, pelotita suplente, pito*, pito suplente, agua (¡2 bidones!), abrillantador, rasqueta y cepillo y temprano se mira al espejo, y hasta hace unas flexiones. Se ve bien. Pero, no se acuerda si tenía que darle de comer al perro más, menos o nada. Llama al entrenador al celular, ¡son las seis de la mañana! Consulta. La respuesta es dura y clara: ¡boludo! ¡no, no tenés que darle nada! Se sorprende, pero se adapta. Y se va para Monte Grande, a donde nunca había ido. Jode la neblina, y el frío. A pesar del GPS se pasa de la 205 y termina en Ezeiza. Hace 133 km para encontrar Monte Grande, llega 9,15. ¿Dónde estaciona? ¡Donde puede! Saca el cachorro a los tirones y así entra en la sede de Monte Grande. ¡Bien! Hay bastante gente, busca al guía, no lo encuentra. Al criador tampoco (está durmiendo en la casa). Se desespera, tiene que ir al baño, pero ¿a quién le deja el cachorro? un kilombito, va con cachorro y todo. Sale del baño y lo moja uno que está bañando un perro con una hidrolavadora gigante y ve al handler que corre apurado con una cachorrita y entra a pista y ¡no le da bola! por micrófono dicen “último llamado para no sé qué…”. Sigue dudando, desconcertado y nervioso. Oh…viene el guía, un poco agitado. ¿Sacaste el número? ¡andá boludo …! ¡es allá, en aquella mesa! El tipo, no sin esfuerzo, consigue el número y el guía viene, se lo pone, le saca el cachorro de la mano y entra a la pista. La última instrucción es … “llama cuando levante la mano”.

4.- Sexta machos en pista. Hay como veinte. Qué hacen, a todos le miran la boca, y anotan. Ehh..! ¿les aprietan los testículos? Empiezan a caminar y el guía no levanta la mano pero parece que se dirige a él cuando grita… ¡”llamaaa! boludo!, ¡”correee boludo! ¡”escondete boludo”…! El tipo se marea, no sabe bien que hacer, pero se “suelta”, llama, grita, corre, salta, toca pito, tropieza, se cae, se levanta, se ensucia, se emociona … ¡y el cachorro salió segundo! Podio, fotos, una copa y una bolsa de alimento (que parece que es para el guía). Contento paga al guía, paga la foto por adelantado (error) y se siente como Maradona cuando el gol a los ingleses. Saca pecho y da una vuelta como sin querer, por afuera de la pista, medio inflado, y encima dos le dicen, ¿saliste segundo? te afanaron, ¡el que ganó es amigo del juez!

5.- El tipo vuelve a la casa, con una copita de diez centímetros, pero una alegría incomparable. Se convierte de inmediato en ídolo de su hijo de diez años, la nena de siete se “apodera” de la copita y la Sra. Sonríe (insisto, no sabe lo que le espera).

SEGUNDA PARTE

6.- Tres días después la copita luce en un lugar preferencial del modular, el tipo faltó tres días al trabajo y se está recuperando de una gripe machaza. Se levanta, se tiene que recuperar porque no puede faltar un día más. ¿Al trabajo? Nooooo…, ¡a la Agrupación!, mañana es jueves.

Y cansado del trabajo, no del todo recuperado de la gripe, emponchado, pero altivo, seguro, casi canchero, el tipo, el jueves 18,30 llega a la Agrupación. Al primero que se le acerca le dice: “este es “Póker”, el hijo de Astor que salió segundo el domingo”. Ah…yo soy Cariotti, jugué dos partidos en la quinta de River, ahora tengo sesenta y vengo a correr un poco. Chau!!!

Finalmente llegan algunos de la Agrupación y el tipo participa de los comentarios, ya es parte, ya NO ES NUEVO. Y pregunta ¿che, cuándo hay otra? Mirá, el sábado 7 en La Plata, dentro de casi tres semanas, nosotros vamos a esa. ¡Qué macana! los sábados trabajo y ¡nooooo! ese día cumple años mi nena!.

7.- ¿Qué hace el tipo? Consigue un reemplazo en el trabajo (a cambio de trabajar tres sábados para “compensar” a quien lo cubre ahora) y convence a la familia que van, compiten y festejan el cumpleaños de la nena en la “República de los Niños”.

Inscripción, entrenamiento, cepillado, lavado y planchado del equipo “ADIDAS para TRIUNFADORES”, un bolso con todo (ni Remo, Sieger alemán, tenía tantas chucherías), toalla, bebedero, comedero, rasqueta, cepillo, pito, chifle, pelotita, bocina, bubucela, agua en bidones (dos por las dudas) y un espíritu ganador que ¡reíte de Vegas! Y toda la familia, a las 6 de la mañana del sábado 7, con cachorro incluido, salen para La Plata. Otra vez mucho frío, neblina, los chicos quieren desayunar en un Mac…, el coche repleto de cosas (del perro y para el perro, la mayoría). Nervios, muchos nervios, pero todo sea por …”Póker”. El predio es bueno, pero muy grande y medio vacío a las 8,30 de la mañana (¡mejor llegar temprano!). Hace frío. El tipo, ya OVEJERISTA, ¡casi un veterano! compra el catálogo y no se encuentra! desesperación, locura, frustración! No está anotado! Y por ahí ve al encargado de inscribir los perros en su Agrupación! ¡Póker” no está anotado! No puede ser, yo lo anoté. Y toda la familia sigue al “anotador”, hasta la mesa donde se dan los números! ¿Y?, el perro pasó a 5ª, cumplió 6 meses hace 7 días! Llega el handler, se entera. No te lo puedo presentar, en quinta, tengo otro, ¡esperá veo si te consigo uno! Y al rato, vuelve con un petiso gordo, y con cara de haber dormido poco y nada. Flaco, a ver, no te preocupes, “vos llamá cuando levanto la mano”.

8.- La segunda presentación: los hechos se precipitan,  quinta machos a pista. “Póker” parecía un poco chico, ¿o los otros serían muy grandes? El petiso medio lo arrastraba, no se notaba que “Póker” y su nuevo handler formaran, digamos, un “equipo”. ¿¿¿Y encima este Juez hace distinto, hace “individuales”??? Y vuelve el “llamá”, enseguida el “llamaaá boludo”. Eran catorce perros, y todo sucedió muy rápido…. Lo llamaron décimo y terminó décimo primero ¿Cómo puede ser? y no viste, ¡acá benefician a los perros de La Plata!
No hubo fotos, ni podios, ni copas, ni bolsa de alimentos. Ni “República de los Niños”. Apenas un almuerzo triste en…Mac….

TERCERA PARTE

9.- “OVEJERITIS” o inflamación del ovejerismo.

¿Y ahora? La copita reculó en el modular y un jarrón medio la tapa. Los nenes siguen en la suya y la mujer piensa (y se equivoca) que el tipo se calmó. El tipo va a la Agrupación medio mustio, con poca gana, pero…ya tiene el virus en la sangre. Y, quedan 2 caminos:
En la Agrupación escucha que en un mes, juzga en Rosario una alemana, Margit van … y que varios de la Agrupación van porque la señora alemana es una garantía, no como los de acá. Inscribe a “Póker”, el guía le da manija para que lo lleve y el tipo muestra su “ovejeritis”. Se va sólo tres días, pero en caravana con otro par de coches de aficionados de la Agrupación. Va con sus equipos deportivos súper y todos las cosas de su “Póker” que ya creció un poco. Pero, ¡macana! ¡salen veintitrés anotados, que llegan de todo el país! Gastos en Hotel, comidas, combustible, inscripción, claro, preparación, y guía y la familia sola en casa. Y “Póker” sale décimo cuarto entre 20 buenos perros presentes. La alemana elogia mucho la categoría. A la gente parece que le satisface su juzgamiento. Uno de la Agrupación sale segundo y vuelve muy contento y el otro con un macho de tercera sale décimo quinto entre veinticuatro y habla de seleccionarlo (¿qué será eso?) y probarlo como reproductor, porque tiene buen pedigree y buen carácter.

10.- “OVEJEROSIS” o la deformación degenerativa irreversible del ovejerismo.

El tipo puede venir puteando, porque lo “cagaron”, porque es todo acomodo, arreglos, la pqlparió! Porque no viste …ganaron todos perros de Rosario …o todos los que presentaron esas dos mujeres que yo no digo que no presentan bien, pero ¡la alemana las acomodó! o viste los perros de los dirigentes, ¡salieron casi todos bien! Ahí se entra en la OVEJEROSIS, el ovejerismo degenerativo, deformado, incurable, que hará al enfermo sufrir muchísimo, lo mismo que a quienes lo rodean, salvo que sean de su misma condición. Y ¡CUIDADO! ¡es contagioso, una enfermedad ¡MUY CONTAGIOSA!

Pero, nuestro tipo, volvió callado y pensando. Y llegó a la casa tranquilo, acarició a su perro, besó a su mujer, acomodó la copita hacia adelante en el modular y como sin querer la lustró un poquito con la manga. El martes fue a la Agrupación, charló tranquilo con todos, paseó y acarició más que antes a “Póker”, averiguó cómo se hace para sacarle las placas de cadera y codo de control y volvió a casa temprano, a cenar con la familia. Y allí les dijo: qué les parece si el domingo vamos a la “República de los Niños”. Y “Póker” movió la cola contento porque sabía que sería de la partida. ¡Su dueño era un buen OVEJERISTA!, ¡era su AMIGO y él era parte de la familia!

Hoy el perro está seleccionado, y, cuando el tiempo lo permite, la familia va a la Agrupación, comparten algunos asados, muchos mates. ¡Están naciendo los primeros cachorritos de “Póker”! Los chicos crecen, estudian, juegan con “Póker” que los quiere mucho. Están pensando por ahí en tener una cría, ¡sería lindo! La copita está siempre lustrada y ¿qué es lo que hay al lado? Ah…sí, es el “Diploma de Selección”. ¡Queda lindo ahí!

Dedicado a los OVEJERISTAS de LEY

Escrito por Jorge Maggi.  Reproducción permitida siempre que se reproduzca completo y citando al autor.

*Pito:  silbato. Instrumento pequeño y hueco que produce un sonido agudo cuando se sopla por él.

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HACERLE VER EL AVIÓN

HACERLE VER EL AVIÓN

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Si a un niño le dices que mire el avión que va pasando, puedes esconder algo rápidamente antes que vuelva a bajar la vista. Por analogía, a ese tipo de engaño se le llama “hacerle ver el avión”

Hace ya muchos años, un hombre que sólo sabía pensar en sí mismo festejaba su cumpleaños. Su novia, brillante alumna universitaria y llena de ocupaciones, entre ellas los exámenes parciales de esas fechas, sintió el golpe de la triste comparación cuando le enrostraron una bella torta hecha por una de las hermanas del agasajado del día. Podría haber contestado que esa persona, tan laboriosa ella, sólo se dedicaba en la vida a ver telenovelas y complacer al hermano por el sólo gusto de criticarle la novia, podría haber callado encogiendo un hombro, podría haberle dicho irónicamente de su alegría por saber que alguien con más tiempos libres ya se había encargado del tema, podría haberse defendido diciendo que entre  estudio, trabajo y deporte el tiempo no es lo que le sobraba, podría haber hecho o dichos tantas cosas…, pero la reacción inmediata fue mentir y a partir de ahí complicarse la vida.

Retándolo a morderse la lengua por menospreciarla contestó:

-¡Yo también te hice una! ¡Era la sorpresa de esta noche para cuando fueras a cenar con nuestro grupo!

Apenas se despidieron pidió a unas amigas que corrieran a comprar una caja de bizcochuelo y lo prepararan, ella llegaría de clases a rellenarlo y decorar. Pero suele suceder que cuando más se precisa que todo ande bien es cuando peor salen las cosas, y la preparación sufrió un exceso de calor, de color y de sabor antes de salir del horno.

Sin tiempo de preparar otro, había que hallar una solución de urgencia.

Cuando el maestro pastelero de la confitería vio a ese pequeño grupo de mujeres preguntando qué relleno tenía cada torta para luego descartarla con un no, no sirve,  y un poco molesto por el desprecio a su trabajo, se arrimó a averiguar cuál era el problema. La carcajada se escuchó desde la calle cuando le expresaron la idea: comprar una torta que fuera sencilla, y “retocar” el decorado, por no decir arruinarlo,  para darle un aspecto creíblemente casero.

El pastelero dio media vuelta, hizo un pase mágico y puso en el mostrador algo diciendo:

– Esto sólo tiene capas de bizcochuelo mojadas en almíbar liviano con un toque de licor, el relleno es de dulce de leche, ninguna crema especial.

– Esa estaría buena… Pero el decorado que trae encima parece una mesa de billar, es demasiado perfecto…

– No se apresuren. ¡También tengo la solución a eso! Deben llevar esta cantidad de chocolate cobertura, lo derriten a baño María y lo vuelcan sobre la capa original. Antes de que se seque le pueden hacer dibujitos con un tenedor y quedará prolijo  con el toque casero que desean.

Han pasado los años, la vida movió las piezas y no todos los personajes de esta historia permanecen en el mismo tablero. Al día de hoy él nunca supo ni entendió el porqué de la risa simultánea y cómplice, con un asomo de burla, de cuatro amigas que compartieron la cena de ese día, cuando llenó de elogios a su novia por lo exquisito de la dichosa torta. Ellas, cuando se reúnen, se divierten recordando el momento.

Primer moraleja de la historia: Si sos un jodido, te arriesgas a que te hagan ver el avión.

Hay otras moralejas, pero han quedado reservadas al pequeño grupo de amigas. De la lectura de este relato cada quien puede sumar la moraleja que desee, todas valen, queda la historia a libre interpretación.

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Aquella estrella

AQUELLA ESTRELLA

por Marvin Galeas /El Salvador)


Llegó noviembre con su viento, cielo limpio, el olor a maleza seca y también llegó Mireya. Finalizaba el año de 1983 y una baladita de Bonnie Tyler arrasaba en las listas de popularidad.

Mireya era una de las asistentes del comandante Leonel González, quien había llegado a la primera reunión del la Comandancia General del FMLN en Morazán. Él era el máximo dirigente de las FPL. Lo acompañaba el comandante Dimas Rodriguez, quien murió en 1989.

También llegó Schafik con un pequeño grupo de ayudantes. Entre los comunistas llegó también Dagoberto Gutiérrez, conocido como comandante Logan, con quien a pesar de las diferencias hice una amistad que perdura hasta hoy.

Llegó Roberto Roca, boina, barba, bigote y su puro. La viva imagen del Che. Lo acompañaba su compañera Elizabeth, una guapa muchacha que me recordaba a Tania. Llegó, el comandante Leo de la Resistencia Nacional. Fermán Cienfuegos no pudo asistir, debido a una difícil situación interna que estaba pasando su organización.

A mí quien me llamaba la atención era Mireya, quien decía luchar por el paraíso en la tierra. Tenía los ojos achinados, el pelo liso, negro y largo. Nariz y boca pequeñas, cejas coquetas, de mediana estatura, curvas pronunciadas y fácil sonrisa. Era de San Salvador y al igual que yo extrañaba el asfalto, los semáforos, el olor a gasolina, el basquetbol colegial, el cine Vieytez y el bolerama Jardín.

Nos caímos bien desde el primer saludo. De pronto para mí platicar con ella, Mireya, era como entrar al café Bella Nápoles, pedir un café, una repostería y hablar de novelas y poesía. Pero descubrimos una vez, que dos de las cosas que más nos gustaba hacer cuando vivíamos en San Salvador, era leer las tiras cómicas de los diarios y ver las caricaturas de Merrie Melodies, que pasaban al mediodía en la tele.

Así que mientras los comandantes planificaban nuevas operaciones militares y la toma del poder, la chinita Mireya y yo nos moríamos de risa recordando a un perro con uniforme de policía llamando, con rostro grave, a todas las patrullas “Calling all cars, Calling all cars”. Otras de nuestras favoritas eran el pequeño Búho, hijo de una ilustre familia de músicos, que cantaba a ritmo de Foxtrot “I love to singa” y las aventuras del Conejo Bugs y su célebre What`s up doc.

Me contaba, ella, Mireya, de los operativos contrainsurgentes de Chalatenango, de la vida en los campamentos y de la Radio Farabundo Martí. Una vez me dijo: “allí, en la radio, hay un chero bien buena onda que se llama Haroldo”, quien resultó ser el poeta Miguel Huezo Mixco, a quien yo conocía desde los tiempos del café Bella Nápoles. Haroldo era productor y locutor de la radio que transmitía desde Chalatenango.

Terminó, a finales de enero del 84, la reunión de la Comandancia General del FMLN en Morazán. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me despedí de la chinita Mireya. Se fueron. Dos meses después hablamos por los radios inalámbricos. Me contó que se había hecho novia de Haroldo, el poeta, y que pese al recrudecimiento de la guerra la estaba pasando bien. Ya no volvimos a hablar nunca más. A mediados del 85 u 86, no recuerdo bien, me dijeron que Haroldo quería decirme algo importante por la radio.

“Cayó la Montaña” me dijo con una voz que yo sentí, en la distancia, como queriendo llorar. La Montaña era el indicativo de la chinita Mireya. No supe qué decir. Moría tanta gente cada día. Pero se me puso triste el momento, gris, melancólico. No son los himnos de guerra los que me recuerdan a la Chinita en estos días, sino canciones como “Eclipse total de corazón”.

El cuerpo de ella, Mireya, debe estar enterrado en algún lugar de Chalatenango. Un día de estos viendo a los hombres del poder, saco italiano, prepotencia elevada al cubo y corbata de seda, recordé a la Chinita y su sonrisa coqueta y se me vino Phil Collins diciendo “Oh think twice, cause it`s another day for you and me in paradise”.

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Yo soy Fontanarrosa

Yo soy Fontanarrosa

Juan Villoro

 

 

 

-Te van a expulsar, pendejo -me dijo Kafka.

Yo llevaba años sin tocar un balón y de pronto enfrentaba el pésimo humor de Kafka y los consejos de Chéjov, que de nada servían.

Chéjov jugaba de medio escudo, no porque tuviera facultades, sino porque quería estar en el centro de la cancha, donde hay más gente para dar consejos. Desde el silbatazo inicial, gritó cosas apasionadas que nadie entendió. Como si hablara en ruso, el muy mamón. Por ahí del minuto 14 hubo una pausa (la pelota se fue a la cancha de al lado, donde un delantero anotó con ella un golazo inútil); mientras, Chéjov me recomendó marcar al extremo izquierdo a dos metros de distancia. Luego dijo:

-Te va a fundir.

Esto ya no era un consejo sino una negra hipótesis. No lo insulté porque yo no estaba en condiciones de discutir.

Jugábamos en un potrero con más hoyos que pasto, no lo digo para disculparme -todo mundo sabe que las condiciones del terreno afectan por igual a los dos equipos- ni porque tenga mucho toque, pero intenté pases finos, de corte europeo, que fueron desfigurados por un hueco. Era como patear pepinos.

Todos deslucían en ese campo, pero el pinche Kafka consideraba que yo jugaba peor. Cuando me preguntaron cuál era mi posición dije que lateral derecho. Siempre jugué de extremo derecho, pero he fumado demasiado y rebajé mi puesto.

Carezco de fuelle y el dribling es una habilidad proletaria que desconozco. Me faltan potencia y picardía. Mi estilo es europeo, pero del tipo portugués. Ni muchas carreras ni muchos desbordes. Pases elegantes, alguna que otra pared, un fútbol de clase que no siempre se aprecia.

Por desgracia, yo parecía un portugués en Angola. Todas las canchas populares de México están en África. Había que oír esos gritos y ver esa tierra agrietada: una contienda inter-tribus donde cada encontronazo hacía que una espiral de polvo subiera al cielo como una plegaria primitiva. ¡Y así querían que marcara al extremo izquierdo!

Cuando conocí al equipo, me impresionó el porte de uno de los centrales, Tolstoi. El tipo parecía La Guerra y la paz. A su lado estaba Ben Okri. Tenía facha de basquetbolista y terribles ojos color carbón.

No sé quién es Okri. Soy escritor pero leo poco porque no quiero influenciarme. Supongo que es un africano. En el fútbol está de moda tener africanos. Además, esa cancha era perfecta para un prófugo de los leones.

Al otro lado, de lateral izquierdo, se movía el inquieto Kawabata. Un zurdo natural que disparaba diagonales imprevistas. Tampoco he leído a Kawabata, pero vi una película supercachonda basada en un texto suyo.

Nuestro 10 era Cortázar. La verdad, era el único con idea de lo que hacía. Tocaba el balón como si hubiera nacido en Argentina. Un crack. Lo malo es que sus pases iban a dar a Joyce, un presuntuoso que se sentía hecho a mano. Cortázar le puso el balón en bandeja y Joyce disparó a las nubes, o al cielo gris donde debería haber nubes. Luego sonrió como si sus errores fueran geniales.

Aunque los demás también se equivocaban, desde el principio se ensañaron conmigo. Por ahí del minuto 28, el extremo izquierdo me rebasó con facilidad, siguió de largo y Tolstoi y Ben Okri le salieron al paso. Los centrales demostraron lo que puede la fuerza bruta ante un jugador habilidoso: lo hicieron sándwich. El árbitro decretó penalti.

Así nos metieron el primer gol. 28 minutos sin gol podía ser visto como una proeza para nuestro equipo, pero Hemingway, que sólo se animaba cuando había un conato de bronca, me vio con esos ojos que en las canchas reglamentarias significan: «nos vemos en los vestidores» y en las canchas donde no hay vestidores significan: «te voy a partir la madre», sin que haya que precisar el escenario.

En la siguiente oportunidad en que el extremo izquierdo se quiso lucir, traté de meterle una zancadilla pero me salió una patada. Vi la tarjeta amarilla. Entonces fue cuando Kafka me dijo que me iban a expulsar por pendejo.

Él era nuestro capitán. Siempre he respetado los códigos del fútbol, pero no me gustaba que un tipo con pelo de roedor (de hámster, para ser exacto) pusiera en entredicho su autoridad haciéndole caso a Chéjov, que me ordenaba como si fuera Johan Cruyff:

-¡Abre la cancha!

¿Sabía él que dos horas antes yo estaba fumando mi quinto cigarro del día? ¿Que la coca y el trago me ayudan a vivir, siempre y cuando eso no implique correr? ¿Que la barriga me pesa como si fuera de otra persona? ¿Que la última vez que visité a mi ex mujer el elevador estaba descompuesto, tuve que subir por la escalera y llegué arriba con una cara tan preocupante que ella se abstuvo de insultarme?

Obviamente no sabía nada. Él era Chéjov, instructor de inferiores. A su lado, Kafka parecía dispuesto a enviarme a una colonia penitenciaria.

Jugaba por mi libertad, como todos los hombres de palabra verdadera, según dice el Subcomandante Marcos. Pero yo enfrentaba un desafío superior: estaba arrestado en la cancha.

Nuestro equipo llevaba nombres de escritores en los dorsales. Eso era especial. Más especial era que mis diez compañeros trabajaban en la policía.

Alguna vez le dije a mi ex esposa (entonces mi novia) que el fútbol significaba un estado de ánimo. He llorado con los goles del Cruz Azul y mi única fractura se debió al fútbol (pateé el refrigerador cuando nos eliminó el Santos). Afición no me falta. Cada vez que atravieso un parque y veo niños jugando, anhelo que se les vaya la pelota para devolvérselas con un toque que considero maestro, aunque le pegue al carrito de algodones de azúcar.

Lo que me molesta es correr. El organismo se degrada con ese desgaste disfrazado de ejercicio. Correr envilece y correr en el trópico o a dos mil metros de altura envilece dos veces. Los mexicanos debemos caminar.

El problema, mi problema, es que ese partido podía ser mi salvación. El fútbol regresaba como el peor estado de ánimo: la angustia del hombre acorralado.

La mañana empezó mal. Abrí el periódico y vi el marcador del narcotráfico: cuatro ejecutados, dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos en Guadalajara, donde estudié la universidad. Las ejecuciones se habían convertido en mi horóscopo. Si las víctimas caían en sitios que tenían que ver conmigo, el día era atroz.

A pesar de las señales en contra, salí a la calle, y no sólo eso: salí con el Mecate. Me pidió que lo acompañara a Ciudad Moctezuma a ver a un mecánico baratísimo.

El coche del Mecate revela que ya consultó a un mecánico baratísimo, pero necesitaba otro, a 15 kilómetros de donde estábamos, para cambiar el claxon que sonaba como si tuviera gripe.

Todo esto resulta indigno de figurar en una historia, pero cuando uno se siente en deuda hace cosas indignas de figurar en una historia. El Mecate enseña Educación Física en una secundaria donde las tres maestras de Español están enamoradas de él. Gracias a eso, recomiendan mis libros juveniles y una vez al año me invitan a un auditorio donde reúnen a mil lectores cautivos. Entonces siento un poder magnífico. Con el Mecate iría a la Patagonia.

Hicimos hora y media de camino. En el desayuno, yo había bebido una cafetera completa. Cuando pasamos junto a la Cabeza de Juárez, me estaba orinando. Apenas pude disfrutar la vista de ese horrendo monumento, el cráneo colosal del Benemérito de las Américas montado sobre un arco que lo hace ver aún más alucinatorio. Aunque no advertí toda la fealdad en su espectacular detalle, la imagen resultó profética.

Entramos a un inmenso conglomerado de casitas de dos pisos donde la planta baja es ocupada por un negocio y la azotea por perros, antenas y tinacos. Cuando llegamos al taller, me pellizcaba la mejilla para que el dolor me distrajera.

Minutos después oriné sobre un montón de piedras. El taller mecánico estaba junto a un sitio donde hacían lápidas para cementerios y figuras de yeso.

Un hombre desesperado puede orinar entre futuras tumbas. Un hombre muy desesperado puede orinar sobre una estatua de Benito Juárez. Fue lo que hice.

Me gusta contar el tiempo en las orinadas largas. Mi récord son dos minutos. Iba en el segundo 98 cuando alguien me tocó la espalda. Me volví y oriné los zapatos un policía.

-Mira nomás, pendejo -el policía señaló sus pies; luego señaló lo que yo había tomado por una piedra-. ¿Ya viste?

-¿Qué?

-¡Measte a Juárez!

Me acuclillé para ver la piedra y comprobé que, en efecto, se trataba de un busto en miniatura del Benemérito de las Américas. A su lado estaban Morelos con su pañuelo en la cabeza, Carranza con sus barbas, Allende con sus patillas. ¿Cómo no los había distinguido?

Cuando me incorporé, un pelotón rodeaba al policía. Me vieron como si mis orines hubieran apagado la flama del Soldado Desconocido.

Los policías estaban ahí para escoger una lápida en memoria de un compañero acribillado. La ocasión era solemne. Eso me lo dijeron después. En ese momento sólo criticaron lo que yo había hecho. Orinar una propiedad privada (ajena) es delito. Mancillar un símbolo patrio es un delito peor.

Los policías de Ciudad Moctezuma llevaban un uniforme algo distinto al de los del D. F. Pero eso los distinguía menos que otro detalle: eran juaristas convencidos. Mi suerte había sido pésima: la cabeza de Juárez es la que más se parece a una piedra redonda.

El celo histórico de los uniformados se confundía con el abuso de autoridad, pero un sexto sentido me indicó que decirlo podía ser nocivo para mi salud.

Me llevaron a la patrulla sin que pudiera despedirme del Mecate. En el camino a la delegación, politizaron mi arresto. Me recordaron que la izquierda mexicana es juarista y que Ciudad Moctezuma está regida por la izquierda. El gobierno federal no le perdonaba a Juárez haber separado la Iglesia del Estado, ni haber sido indio.

-La derecha es discriminatoria -dijo un policía.

-Yo no discrimino a nadie -me defendí.

-¡Te measte en Juárez!

-Fue un accidente.

-No hay accidentes, sólo hay consecuencias -contestó otro policía.

Pensé que era una cita. Luego me pareció discriminatorio suponer que si un policía dice algo raro es una cita. Guardé silencio para no parecer antijuarista.

No fuimos a la delegación porque hubo un 28 y un 04. Eso dijo el radio. La patrulla se desvió primero a una licorería que había sido asaltada y luego a una escuela donde encontraron una mochila con mariguana «que no era de nadie». Vi trabajar a los policías durante hora y media con dedicación. Esto resquebrajó algunos prejuicios que tengo sobre las fuerzas armadas.

La siguiente sorpresa vino cuando me preguntaron a qué me dedicaba.

-Soy escritor.

-¿Le gusta el fútbol? -preguntaron, como si hubiera relación entre las dos cosas.

-El fútbol es un estado de ánimo -dije, para demostrar que soy escritor.

La frase no les interesó. Uno de los policías me escrutó como si buscara mis obras completas en el nacimiento del pelo:

-A ver: ¿quién escribió La vorágine?

Estaba muy nervioso y aún no me acostumbraba a respetar a la policía. Cuando el uniformado dijo «La vorágine» pensé que, en su condición de iletrado, malpronunciaba un título francés, algo así como La vorange. Como no sé francés, no quise ser pedante ni arriesgarme en falso con un autor:

-No sé.

No creyeron que fuera escritor.

El operativo 28 y el 04 retrasaron a la patrulla en su principal meta del día: un partido en cancha grande.

No les daba tiempo de dejarme en una celda y tuve que acompañarlos.

En el trayecto sonó el radio:

-«Houston, tenemos un problema».

Luego siguió una conversación que la estática volvió incomprensible.

-Llevamos un elemento -el policía que iba al volante dijo en su radio.

Fuimos los últimos en llegar al campo. Los demás ya estaban vestidos, con camisetas a rayas azules y negras, como el Inter de Milán.

-Nos falta un jugador -me explicó el policía que me había arrestado.

Fue así como me entregaron la camiseta de Fontanarrosa.

-Para ponértela, tienes que aprender esto -me dieron una tarjeta.

El ayuntamiento izquierdista había lanzado un peculiar programa de promoción de la lectura entre los policías. Les daba uniformes a condición de que portaran nombres de escritores. Para vestir la camiseta, había que saber quién era el autor que la respaldaba. Después del partido se celebraba una velada literaria.

Leí mi tarjeta: «Roberto Fontanarrosa fue un humorista que ayudó a pensar en serio. Dibujó la series de Boogie el aceitoso y El renegau. Hincha del Rosario Central, escribió inmortales cuentos de fútbol. Su libro Una lección de vida resume en su título lo que dejó a sus lectores. Cuando murió, las barras pidieron que el estadio de Rosario llevara su nombre. Se reunía a hablar con los amigos en el Café Egipto. Ahí, una taza no deja de echar humo, por si el Negro regresa».

Hace años escribí una nota un poco displicente sobre Una lección de vida. Quería mostrarme como escritor sofisticado y no me pareció correcto elogiar a un caricaturista. Ahora, la camiseta con su nombre podía congraciarme con los policías. Me la puse como una segunda piel.

El policía que había conducido la patrulla resultó ser Chéjov. Justo cuando pensaba que un buen rendimiento en el partido podría salvarme se acercó a decir:

-Estás arrestado. Vas a jugar, pero arrestado.

¿Puede alguien sobreponerse a semejante presión? Tenía tantas ganas de hacer las cosas bien que las piernas me temblaban.

He omitido un detalle que no me queda más remedio que decir. Cuando los policías me detuvieron, les ofrecí un billete de cincuenta pesos. Me vieron con el rencor de un pueblo especialista en sacrificios humanos. Entonces les ofrecí cien, pensando que había un problema de cotización.

-No aceptamos sobornos: esto no es el D. F.

Había caído en un andurrial donde la norma era inflexible. Cuento esto para que se comprenda mi angustia en la cancha: esos policías no me iban a perdonar así nomás. Todo les parecía grave. Eran fanáticos juaristas que no se corrompían y esperaban que yo frenara al extremo izquierdo.

Me apliqué en la marca, como si me entrenara el dictatorial Lavolpe, pero fui rebasado, metí el pie en un agujero, tropecé con Tolstoi, la pelota me rebotó en la espalda y el enredo se convirtió en un pase para el centro delantero rival: 0-2.

En el segundo tiempo la vista se me nublaba de cansancio pero no me rendí. En algún minuto impreciso recibí un balón elevado, lo maté con el pecho y chuté con efecto. El balón salió como un planeta en miniatura, girando sobre su eje, y fue a dar al rincón donde anidan las arañas. En caso de contar con redes, aquello se hubiera visto como un golazo. El único problema es que esa era mi portería.

Hemingway llegó dispuesto a matarme.

-«Los valientes no asesinan» -cité la frase con que Guillermo Prieto salvó la vida de Benito Juárez.

Debo reconocer que los policías juaristas respetan sus principios: Hemingway me perdonó la vida.

Se podría pensar que el marcador de tres goles en contra, las condiciones del terreno y mi escasa capacidad de respirar en ese aire cuajado de polvo podían desanimarme, pero no fue así. Corrí por mi libertad, me barrí aunque no fuese necesario y fracturé al extremo izquierdo.

El árbitro fue sádico: en vez de sacarme la segunda tarjeta amarilla y luego la roja, me sacó directamente la roja para enfatizar mi torpeza.

Ya dije que en Ciudad Moctezuma hay leyes que se respetan. Cuando un futbolista es expulsado se le suspende dos partidos, aunque se trate de una liga amateur y las porterías no tengan redes. Por mi culpa, el verdadero Fontanarrosa se iba a perder lo que quedaba del campeonato.

Salí de la cancha corriendo, para no retrasar el juego y permitir que mis compañeros anotaran tres goles para empatar. Atrás de mí venía Kafka.

Se dirigió a un maletín de utilero y sacó unas esposas.

Pasé el resto del partido encadenado a un poste.

Ya sin mí, el equipo recibió otros dos goles, pero ellos no reconocieron que les hice falta. Después de los tres pitidos finales, volvieron a verme con ojos de sacrificio mesoamericano.

Por primera vez consideré una suerte que respetaran la ley. Un poquito de impunidad habría bastado para que me asesinaran.

¿Qué podía hacer para calmarlos, recitar la frase famosa de Juárez: «El respeto al derecho ajeno es la paz»? Guardé silencio y eso me ayudó.

Después del partido, el equipo debía asistir a la tertulia literaria. Tampoco ahora había tiempo para llevarme a la delegación.

Los acompañé a un salón de la presidencia municipal. Entramos en uniforme, con caras de policías goleados, más tristes que las de los futbolistas.

Me sentaron entre Kawabata y Okri. En ese momento, ocurrió algo desagradable: Jorge Linares entró al estrado por una puerta lateral.

Los policías aplaudieron su llegada. A continuación, uno por uno se pusieron de pie, dijeron el nombre del escritor que llevaban en la espalda y recitaron su biografía. Cuando me tocó mi turno dije:

-Yo soy Fontanarrosa.

Linares me vio con atención. Nos conocíamos de nuestros inicios literarios. Él es de Colima y recibimos juntos la beca Jóvenes Creadores del Occidente.

A pesar de sus ojeras, los dientes manchados de tabaco, el pelo ralo y la frente arrugada por sus fracasos literarios, Jorge era reconocible. Más difícil resultaba que me ubicara a mí, con la camiseta del Inter, en un equipo de policías de Ciudad Moctezuma.

Recité lo que recordaba de la tarjeta. Jorge sabía de memoria las biografías porque él las había escrito. Me vio con incertidumbre, como si tratara de recordar algo.

Lo que quería recordar era lo siguiente: en 1998 nos peleamos por Fontanarrosa. Me acuerdo bien porque fue el año del Mundial de Francia. Jorge era entonces jefe de redacción de una revista que desprecio pero donde a veces publico porque soy plural. Escribí para ellos la reseña de Una lección de vida. Jorge la rechazó con estos argumentos:

-No te atreves a decir que el autor te gusta porque te parece populachero y tú quieres ser el escritor más fino de Zamora. El epígrafe de Adorno no viene al caso: lo pusiste para lucirte.

El comentario me molestó por veraz. Había leído a Fontanarrosa con gusto y mis reparos eran caprichosos (lo acusé de colonialista por escribir «mejicano» en vez de «mexicano»). Sin embargo, en ese momento pensé que Jorge quería bloquear mi carrera, me odiaba por ser un mejor escritor del Occidente y sólo se interesaba en Fontanarrosa por estar enfermo del fútbol.

Poco después, Jorge dejó el trabajo de jefe de redacción, se fue como corresponsal al Mundial de Francia y comenzó el sostenido hundimiento que ha sido su trayectoria. No volvió a escribir cuentos. Adquirió la deleznable notoriedad de un cronista de fútbol y apareció en programas deportivos donde parecía intelectual porque nadie lo entendía. Mientras él se sometía al declive de alguien que sólo concibe una metáfora si incluye un balón, yo aprovechaba el tiempo de otro modo. No puedo decir que me haya consagrado, pero soy uno de los autores juveniles más leídos de México, especialmente en la escuela del Tomate, y el año pasado recibí la Mazorca de Plata para autores del Occidente. Si ahora Jorge Linares me odia es por envidia.

Después de que recitamos las biografías, él leyó unos textos que hicieron reír mucho a los policías. En la sección de preguntas y respuestas, mis compañeros de equipo revelaron que lo habían leído con admiración, y no sólo a él, sino a otros autores que mencionaron al lado de Zidane y Figo. Al terminar la lectura, rodearon a Jorge para pedirle autógrafos, como si fuera Maradona.

Cuando lo dejaron libre, él se acercó a preguntar:

-¿Qué haces aquí?

-Yo soy Fontanarrosa -repetí, como si no pudiera decir nada más.

-Un grande -dijo él.

-Grandísimo -agregué, con tardía sinceridad.

En ese momento el Mecate entró a la sala. Me había buscado por toda Ciudad Moctezuma y al descubrirme gritó mi nombre como un náufrago que ve una gaviota.

La expresión de Jorge no cambió:

-¿Qué haces aquí? -insistió.

-Me arrestaron -contesté, y le conté mi historia.

Los policías le tenían respeto a Jorge. Nos dejaron hablar, sin interrumpirnos ni acercarse a nosotros. La situación cobró tal rigidez que ni siquiera el Tomate se aproximó. Fue un momento extraño, como cuando los capitanes de los equipos discuten en la cancha y nadie se les acerca. Una pausa dramática en la que dos rivales resuelven algo urgente. Segundos después volverán a odiarse. En ese instante, concentran las miradas del estadio entero y sus compañeros aguardan como estatuas. ¿Hay mayor tensión que la de los enemigos que acuerdan algo? Ese diálogo no califica como una jugada; al contrario: suspende el partido, ocurre fuera del tiempo, en una lógica paralela, inescrutable, que agrega un elemento extraño, que nadie desea pero contra el que no se puede hacer nada, un pacto oscuro y preocupante, el de los adversarios forzados a coincidir. Así nos vieron los demás, o así quise que nos vieran.

Cuando acabamos de hablar, Jorge se dirigió a los policías y me dejaron libre. Ellos lo hubieran obedecido en cualquier cosa. Pude regresar a casa, en el coche del Tomate, al que ahora le sonaba el claxon cuando caíamos en un bache.

¿Qué fue lo que Jorge Linares me dijo en aquel conciliábulo? Contó que había perdido la facultad de escribir historias. No se le ocurría nada. Sólo podía narrar lo sucedido en una cancha de fútbol. Me pidió mi historia a cambio de mi libertad. Acepté porque no me quedaba más remedio:

-«Una lección de vida» -recité.

Jorge me dio un abrazo. Olía a tequila y a jabón barato.

Sentí lástima por él. Luego me irritó no haberme dado cuenta de que lo mío era una historia.

Al despedirse, Jorge se hizo el interesante:

-Un defensa debe dejar que pase la pelota o pase el jugador, pero no a los dos. La literatura es igual: a veces pasa la historia, pero no el autor.

El hijo de puta se quedó con mi cuento. No digo que yo lo hubiera escrito como Borges, pero sí como un mejor escritor del Occidente. Modestia aparte, él tiene el tema, pero no tiene mi voz.

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Como perro y gato

COMO PERRO Y GATO

Por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Leal era el perro de la familia. Un pastor alemán de mediana edad que siempre supo hacer honor al nombre que portaba. Vivía en una casa que lindaba con un depósito de maderas donde los gatos callejeros eran bienvenidos porque evitaban que las ratas hicieran nido en los huecos existentes en el montón de tablas apiladas. Oírlos maullar, pelearse, enfiestarse en las noches primaverales, hacía que Leal los detestara. Trepado en un viejo horno de barro que se apoyaba en la pared medianera, les gruñía y ponía el límite. Nunca podrían pasar o serían cazados. Los gatos lo entendían y mantenían una prudente distancia con el perro.

Una mañana el niño de la casa trajo un gato blanco que había recogido de la calle con las patas quemadas. Ignoraban qué podía haberle sucedido ni de donde había escapado en ese estado, pero sus lesiones eran serias y si las infecciones avanzaban sus miembros estarían en riesgo, también su vida.

El pequeño gato permaneció dentro de una caja donde recibió curaciones, era aseado y alimentado a diario. Durante su extenso tiempo de recuperación Leal se mantuvo a su lado, como esperando que ese pequeño diera alguna muestra de vida más allá de ingerir la leche que se le administraba. Aunque él detestaba a los gatos,  de alguna manera entendía el estado desesperante del minino y lo custodiaba amistosamente.

Cuando por fin el pequeño estuvo en condiciones de salir de su refugio-enfermería, quedaron a la vista las secuelas de lo que le hubiera sucedido. Sólo le quedaban un par de zarpas, y verlo andar daba la sensación de un automóvil con un par de neumáticos desinflados. Pero había salvado la vida y las patas, y para el estado en que llegó eso era mucho más de lo esperado.

Perro y gato se hicieron amigos. Compartían el hogar, jugaban. En las frías noches de invierno el perro se echaba en su almohadón y en el hueco entre sus patas el gato dormía cómodo, calentito y seguro.

Anduvieron juntos siempre, hasta que el llamado del amor llevó al gato a cruzar la medianera hasta el depósito de tablas, pero aunque era un gato con discapacidades que no estaba en condiciones de pelear con otros machos y sin zarpas no la pasaba nada bien, era un gato astuto, sabía llevar a su dama hasta el límite de la pared donde el perro asomaba su hocico en defensa de su amigo alejando a los machos de los tablones. Jamás permitiría que le hagan daño.

Vivieron juntos todo lo que la vida les permitió, muy lejos de lo que siempre pensamos al decir “como perro y gato”. Cada vez que alguien me dijo en la vida que una amistad “no se puede”, el recuerdo de ellos me dio la certeza de que no existe lo imposible.

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En la casa de mis abuelos

EN LA CASA DE MIS ABUELOS

por Russo Dylan Galeas Maynor (Canadá)

 

De la colección de relatos
Letras con tierra de fuego

(Ya hay relatos de esta casa, mejores plumas la han descrito, la han contado. La nostalgia me agita a contar la dicha de ese tiempo feliz. Este es el primer relato de una colección de letras con tierra de fuego.)

Un largo y elevado tejado cubría la casa. Un amplio y claro corredor era el portal de la tienda de los Perla, Perla y Perla. Niña Herminia y Don Juan, mis abuelos.

La casa de mis abuelos era conocida con diferentes sintagmas: La casa de los Perlas,  la tienda de niña Herminia o de Don Juan, la casa, donde guardan el sábado, donde los días cambian de sol a sol no de doce a doce, donde viven los hijos de La niña Raquel, allá donde venden tela, granos y cal o allá donde se habla de política, de comercio y de Dios.

Una casa habitada de mucho y de tanto. Todo era abundante, como la alegría, el amor, la amistad, los clientes, tías y tíos, dependientas, muchacha en quehaceres domésticos, motoristas de camiones, orgullosos de su oficio y habilidad de conducir el Chevrolet  de doce toneladas, el MAN  camión chato que llamábamos porky, el Magirus Deutz y el camioncito  rojo; Máquinas amaestradas por el dominio de Quique Chávez, Rogelio Campos, don Jacobo Beltrán, Chabelón, Julio Díaz, don Felipe y “El Charrasquiado” Julio Delgado.

Los mozos. ¡Ah los mozos! Muchachos fuertes que cargaban y descargaban las carrocerías de los camiones de toneladas de granos básicos, latas de aceite, cascarilla, quintales y quintales de esto y lo otro. Los mozos, muchachos fuertes con cuerpos de pantera o de gato montés, sin más malicia que echarse al lomo a “la china” doscientas libras a chapupa y rapidez.  Ellos hacían  suspirar a las muchachas de la casa. Las jovencitas de cuerpo en belleza reciente, mujeres de piel morena o de rosados pétalos apodaban a los mozos con impulsos de la admiración : “El Muñeco”, “Tuco el Galán”, “Toto el Guapo”,    “la estatua prieta”.
Mozos y muchachas cómplices de la ingenuidad y de las brazas de la juventud.

En la casa de mis abuelos viví gran parte de mi infancia, en sus innumerables cuartos aprendí misterios de la adolescencia, lloré abrazado a una almohada y fui feliz  como un libre gorrión, en el patio del fondo jugué con mi camioncito bombero y mi balastrero, aprendí el aroma del limonero y del café, el brillo del granado, la belleza del geranio, del azahar y del clavel.
Ahí “fojié” libros que me llevaron de los Apeninos a los Andes, páginas que me metieron a un ranchito y a un lucero, allí le di la vuelta al mundo en ochenta días.
Por eso, desde esa casa  donde aprendí a pararme en un pueblo con tierra de fuego, un pueblo llamado Jocoro, desde ahí desabotono mi memoria y sangro mis emociones.

 

 

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Relato para un trece de abril

 

RELATO PARA UN TRECE DE ABRIL

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

El teléfono estalló para quebrar el silencio de la madrugada.  Desde España mi hermano mayor, que estaba haciendo un doctorado en ingeniería en la Universidad de Madrid,  me había elegido para ser depositaria de su secreto. Habían detectado una masa en la cavidad abdominal, los estudios no eran alentadores y programaban cirugía para extraerla. Esa cirugía sucedería cuatro días después de la boda de mi hermana, por lo que me hizo prometer guardar silencio hasta que la feliz  pareja se fuera de luna de miel. Él no quería empañar un momento tan importante en su vida y aún quedarían unos pocos días para hablar con todos en el hueco existente entre la boda y la entrada a un quirófano que pondría sobre la mesa cuál de las dos posibilidades que se barajaban era, una mala pero con alguna esperanza, y la otra que era peor.

Esa noche viajé a pasar Semana Santa con mi familia. A los festejos religiosos se sumaba el cumpleaños número cuatro de mi hija y había organizado un almuerzo con todos mis allegados para compartir en domingo de Pascuas.  Me esforcé en que nadie notara la sombra de preocupación en mi rostro y me mantuve ocupada para no tener tiempo de conversar demasiado.  Sonreía a mi hermana que me contaba detalles de la organización de su boda, asintiendo con la cabeza para no exponer el nudo en la garganta que me impedía hablar. También decoraba una torta de cumpleaños y me encerraba en el baño a llorar tapándome la boca con una toalla para que nadie me oyera. ¿Mis ojos? Si estaban un poco hinchados era sólo por esa alergia estacional que me ataca todos los años….

En aquella época era sumamente creyente y oraba a Dios con toda mi fe por una oportunidad para mi hermano, para que su pequeña hija siguiera teniendo padre, por su joven esposa que no merecía tener que quedarse sola y criar a su hija sin su apoyo, por una madre que no debe enterrar a sus hijos, por todas esas cosas que nunca pensamos que podíamos perder tan pronto…

Acabó el fin de semana y retorné a casa entre abrazos y despedidas hasta el fin de semana próximo, el gran día de los novios felices. Lunes escolar, tareas habituales con uniformes, dos hijos que atender y anécdotas dando vueltas en la cabeza que sabían a silencios camuflados con huevos de Pascua. Un gran desasosiego que cargaba dentro de mi pecho se iba acrecentando con el correr de las horas.

Después de acostar a mis hijos me puse a lavar y encerar pisos, aunque era un horario extraño no era raro en mí, es más fácil poner orden y hacer limpieza cuando nadie te pide ayuda para una tarea, ni hay que decirles que no pisen aún en ese lugar o recoger miguitas donde tenía un piso preparado para encerar. Pero esta vez el motivo era otro: precisaba quemar energías hasta agotarme, no entendía qué era lo que mi mente me estaba advirtiendo, pero de algún modo sabía que venía algo malo, muy malo…

Una taza de café acompañaba el fin de la labor cuando recibí la llamada. No sólo me noquearon con la noticia, también me estaban pidiendo que fuera la mensajera hacia el resto de la familia. Pero ellos no sabían nada de lo previo… ¿Cómo llamarlos a las tres de la mañana para decirles que un hasta la vuelta se convirtió en un nunca más?

No llegó a someterse a la cirugía.  El tumor había vencido de un modo inesperado y le había arrebatado la vida al debilitar  una arteria que se abrió provocando una masiva hemorragia interna. Como una ironía de la vida, y de la muerte, un hombre ateo y lleno de cábalas había fallecido un martes trece. En una semana el panorama había pasado del hallazgo de un bulto a su fallecimiento.

Mi madre tardó mucho tiempo en dejar de reclamar su derecho de haberlo sabido. Y aunque ya no lo diga sé que no deja de sentir que le robé la posibilidad de hablar con él una vez más antes de cargar la cruz del dolor infinito, el peor que se puede sentir, que es perder a un hijo.

Por mi parte me detuve a pensar en esa noche, una de las peores de mi vida. Descubrí que cada vez que le pedí a Dios por alguien acabé enterrándolo a muy breve plazo. Creo que ese fue un punto de quiebre, me distancié de la incongruencia de creer que hay un ser que tiene el poder y el permiso de lastimarnos en nombre de su amor.

Ya no pido, no espero, no confío y no creo.  Cargo la tranquilidad y el peso de haber cumplido con mi palabra empeñada sin medir que eso me valiera masticar  mis angustias en silencio. El tiempo ha calmado un poco el dolor interior que nunca se va, pero he logrado que no me impida disfrutar de todo lo otro bello que sí tengo, y lo hago cada día, en cada momento. He entendido que el pasado se debe mirar por el espejo retrovisor, si me persigue piso un poco el acelerador para que no me sobrepase porque no quiero observarlo desde mi parabrisas, y cuando me es dulce desacelero para contemplarlo desde cualquiera de los espejos sin dejar de saber que está atrás, que soy el resultado de sus circunstancias pero tengo en mis manos el volante y conduzco mi propio destino, soy quien debe ver de qué modo sortear cada bache y quien elige qué caminos tomar cuando se bifurcan.

Aprendí que la vida es un breve hoy, acá, ahora, que nada es blanco ni negro completamente,  que debo saber ser en medio de la interminable sucesión de tonos más o menos grises. Hoy creo firmemente que el sentido de la existencia está en la huella que deja cada uno tras de sí.

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