Tu más profunda piel

TU MÁS PROFUNDA PIEL

Julio Cortázar

Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacía de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.

Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste “Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.

Dijiste “Me da pena, sabes”, y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.

Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.

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Punto y coma

PUNTO Y COMA

Sedúceme con tus comas, con tus caricias espaciadas, tu aliento respirable y tus atrevimientos continuos; colócame el punto y cima para cambiar las caricias por largos besos y frases susurradas boca a boca. Haz un punto y seguido para deslizarte en mí y contemplar mi desnudez sobre tu cama, ahora interrumpe con guiones para soltar un halago sobre mi cuerpo y su huella en el tuyo – recorrer con la mirada el talle y el hundimiento en la cintura, el ascenso en la cadera, la larga prolongación de las piernas rematadas por un pie que no resistes besar -. Embísteme sin mi rechazo y tortúrame con la altivez de tu deseo arrastrándome muy lejos (al borde del abismo entre paréntesis y sin comas por favor), ahora desenvaina tus puntos suspensivos… – Maldito trío de puntos – ese espacio sin nombre no se alcanza.

Un punto y aparte para calmar el temblor de mi cuerpo y sonreírte al mismo tiempo que me das de beber el vino espumoso en una copa. Borro mis interrogaciones. Toda una antesala para retomar tus comas y regalarme la humedad de tu boca y la suavidad de tu respiración en mis orejas, cuello, nuca, hombros; atacar con puntos y comas nuevamente para buscar con tu dedo un clítoris congestionado, pasar tu lengua entre los labios escondidos y saborear mis secreciones – robármelas entre guiones – y atizar de nuevo en mi centro ardiente ocupándolo, sosteniendo el ascenso ¡Inminente! con signos de exclamación, la eyaculación inevitable… hasta acabar con los puntos suspensivos y vaciarte todo en mí y desplomarte extenuado, aliviado y amoroso en mi cuerpo complacido.

De nuevo un punto y aparte para dormir sobre mi pecho y pone punto final al entrecomillado “acto” que en este caso es un hecho amoroso sin ningún viso de actuación.

Si estoy equivocada, felicito tu dominio de la puntuación.

Punto final.

Mónica Lavín

Mónica Lavín es escritora y periodista mexicana, y es autora de una veintena de libros de cuentos, novelas y ensayos.

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De todo un poco

DE TODO UN POCO

Por Pedro Ordaz (Venezuela)

Hace muchos años, como por los setentas, por allí, había una casa casi vieja, grande y colocó con un cartón eso que dice en mi título. Allí había cosas viejas poco usadas y habían libros, eran unos libros con cartón muy duro de esos de las películas de terror y su lomo era de tela muy bien sellado e irrompible sus hojas eran también algo duras, eran libros de Los Estados Unidos de Venezuela. Mi padre sabía que yo era un enfermizo de las lectura cualquier lectura. Me los compró creo que los más delgado costaban medio y los más gruecesitos un real, pues me llevó como seis, les digo yo había visto esa venta de garage que era muy usual por estos lares, recuerden que teníamos muchos condados por acá.

La cosa era que ningún libro tenía que ver con mis áreas del colegio y yo decía, yo no tengo estás asignaturas, pero mi curiosidad de leer y conocer, me los comí todos, luego me decía; bueno yo puedo hablar con un médico, sacerdote, químico, historiador, en fin.

Con esto conozco de la vida pero cuando lo voy a usar? Pero me sentía contento porque tenía más conocimientos y hasta de música y músicos clásicos. Un día lanzan una rifa para un libro de historia universal y preguntan: Quienes eran Rómulo y Remo? y yo callado con pena para levantar la mano, díganme y nadie de mi liceo sabía, entonces le dije a una compañera mía: yo sé la respuesta, ella me dijo: bueno fila pues, yo me la quedé viendo pero ella sabía lo pendejos que yo era, entonces tomó mi mano y la levanto, el profesor me llamo por mi dos nombres, cuando me acerco y me pregunta le digo la respuesta de cinco líneas, él no era profesor de historias sino de Educ. Artística, casi lo mismo pero estaba allí en el jurado un profesor de historia recién graduado de la UCV muy estricto yo no le tenía miedo como mis compañeros pues decían que no les gustaba leer y la materia era aburrida y vaya que estricto era, sé salía del salón y el que no lo conocía estaba asomado por las ventanas y te llegaba crudito, al pupitre, una vez un compañero dijo: – Qué, también es brujo?

Bueno, en fin, sí me sirvieron de mucho las lecturas. Pude leer la historia de tierra y sus inicios. Uno se deleita mucho los que somos amantes de las lecturas y conocí el legado de los dinosaurios, ahora las iguanas, solo que no son gigantes. Son materias que no están completas en las casas de estudios pero son de nuestro conocimiento y todos debemos tener culo, como me dijo una vez un profesor en la universidad, sé refería a que debíamos sentarnos a leer.

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Restos del carnaval

RESTOS DEL CARNAVAL

Cuento de Clarice Lispector


No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación, me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás. Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir. Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha —yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable— y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga —respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel— decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo, de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto al hecho de que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser tan melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Esta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron enseguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa —pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil—, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, entre serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé a la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Solo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de unos doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.

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José José

JOSÉ JOSÉ

Por Cony Ureña (México)

Confieso que no fui fan de José José (el Príncipe de la Canción), pero reconozco que la primera vez que lo escuché cantar la canción El Triste me estremeció por la letra, el arreglo musical pero sobre todo la interpretación de un jovencito menudo, aparentemente frágil y muy dolido por un amor que le causaba una tristeza tan real que te comunicaba y te inclinaba a consolarlo.

Era la primavera de 1970 cuando las amigas que vivíamos en la casa que auspiciaban monjas, me invitaron a ver por tv la transmisión del final de un festival de la canción latinoamericana. Mis amigas ya habían escuchado a este cantante de La Nave del Olvido pero para mí era una novedad. Me había yo quedado en la década anterior en la que tres cantantes juveniles acaparaban la escena juvenil en México; sin embargo, debo reconocer que con la consagración de José José aquellos ídolos quedaron borrados.

No puedo decir que seguí la carrera de este prodigioso cantante; lo veía solamente en sus actuaciones en la tv, nunca compré un disco de él pero sí me agradaba escuchar sus nuevas interpretaciones porque el timbre de su voz realmente era cautivador.

Al paso del tiempo me sorprendió la noticia de que se casaba con una pseudoactriz, más bien una socialité, que aparentemente no tenía nada en común con este joven. Se rumoraba que ella lo incitaba a beber y consumir drogas. Me apenaba saber que la fama le estaba causando un daño tremendo a este singular cantante cuya voz realmente era privilegiada.

No sé si José José fue el mejor cantante del mundo; muchos mexicanos lo afirman. Para mì su voz estaba muy por encima de cualquier otro intérprete mexicano que conociera.

Supe de su declive como ser humano, atrapado en sus adicciones. Supe de un retorno artístico, todo vestido de blanco, cantando maravillosamente después de un tiempo en que se había perdido.

Separado de su primera esposa se sabía que había encontrado a una compañera afín, con la que procreó hijo e hija pero más adelante se separaron.

No vi ninguna de sus películas pero sí supe de rumores más lastimosos. Se decía que estaba tan sumido en sus adicciones que tenían que drogarlo aún más para cumplir sus presentaciones.

Su popularidad se fue diluyendo y lo escandaloso era precisamente que estaba envuelto en alcohol y drogas, que ya no era contratado, que el séquito de holgazanes que siempre lo habían rodeado lo habían dejado en la ruina, que lo habían estafado en cuanto a las regalías de sus discos y películas, que estaba en bancarrota y fue precisamente que se supo que lo encontraron viviendo dentro de un automóvil que servía también como taxi. Así fue su estrepitosa caída después de haber tenido el mundo a sus pies.

Sus verdaderos amigos lo ayudaron al enviarlo a rehabilitación a una clínica en la frontera USA-Canadá ya que en México había fracasado en anteriores intentos por rehabilitarse.

¡Lo logró! pero no volvió a ser el mismo. Su voz se había deteriorado considerablemente y su cuerpo estaba resintiendo los estragos dejados por los hábitos que había superado.

Un domingo lo vi en un programa muy popular de la tv. Me dio pena escucharlo y ver que difícilmente se sostenía de pie. No, no estaba ebrio, era falta de equilibrio por las enfermedades que lo aquejaban.

Al dìa siguiente, un compañero y yo estábamos comiendo en un restaurante modesto cuando de pronto vimos a José José entrar acompañado de 2-3 señores. Ocuparon una mesa del fondo y a pocos metros vi el rostro del cantante de El Triste y recordé su estremecedora interpretación de tantos años atrás. Se le veía bien a secas y me di cuenta que si bien algunos otros comensales se habían percatado de su presencia, nadie se acercó a saludarlo.

El resto de su historia es del dominio público a través de revistas y programas de espectáculos. Su cuesta abajo, la pérdida por completo de su prodigiosa voz, su vejez prematura, su participación en una telenovela representando a un padre a la antigua, en la que inclusive le costaba mucho hablar.

Ha fallecido, se fue a descansar y estoy segura que en otro plano sus cuerdas vocales renacerán e interpretarán como nadie lo ha hecho alabanzas a Nuestro Creador.

En verdad deseo que este Príncipe de la Canción descanse en paz, que sus deudos hagan honor a este ser maravilloso que a mi parecer por la fama quedó atrapado en las adicciones, que pasó sus últimos tiempos desaparecido, pero que por siempre quedará en los corazones de quienes tuvimos la fortuna de escucharlo en sus mejores tiempos y que aún nos estremecemos con su interpretación de El Triste, mas deseamos que esa tristeza de él característica se convierta en alegría al abrirse para él las puertas del cielo.

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Así te cuento entre telas, listones y encajes

ASÍ TE CUENTO ENTRE TELAS, LISTONES Y ENCAJES

por Cony ureña (México)

Hace algunos años decidí aprender manualidades en una casa de cultura cerca de mi domicilio. Acudí un miércoles en que había clase y vi los trabajos que las alumnas estaban realizando. La maestra me orientó acerca del material necesario para iniciar mi aprendizaje. Además de la amabilidad de la maestra, lo que me indujo a quedarme en ese grupo fue la labor de una de las pupilas, una señora de rostro dulce y serenos modales. Era un trabajo con listón; su belleza me encantó y pensé que quizás algún día podría hacer una labor semejante.

Ingresé al grupo en el que encontré amigas que son un regalo en mi vida. Y sin querer hacer menos a nadie, porque todas ellas son importantes, de estas amigas destacó la amistad hermosa señora que te menciono.

Te confío mi intención de copiar los trabajos de la maravillosa dama y bajo la dirección de la Maestra, he logrado que mis copias sean algo parecido al noble arte de ella.

Tiempo después, el joven Pablo se unió al grupo y recuerdo que mi amiga le hacía bromas sobre las largas vacaciones que de vez en vez Pablo disfruta en Veracruz. Su humor fue siempre fino y amable.

Con su amabilidad característica elogiaba mis trabajos, dándome aliento para continuar aprendiendo y por qué no, aquí entre nos, a seguir copiando lo que ella hacía. No me apena reconocerlo

Poco a poco los seres afines se van acercando. Así supe de la existencia de su hija y era del conocimiento del grupo que ella la había inducido a integrarse al grupo de manualidades, pues ahí se aprende no sólo costura con listón, sino bordado, pintura en tela, decorado de piezas de cerámica, decorado de toallas, camisetas, blusas, trabajos con fieltro y muchas técnicas más, bajo la enseñanza y supervisión de nuestra excelente maestra.

A medida que te adentras en esas disciplinas, aprendes de telas, listones, hilos, agujas, accesorios, fieltro, encajes, cerámica, etc. Y no es únicamente la Maestra la que te enseña, también las alumnas muestran el camino a seguir y bajo la orientación de mi amiga aprendí poco a poco.

En un convivio su hija la acompañó. Así conocí a esa bella joven jovial y distinguida quien conseguía hermosos listones y otros accesorios con los que su mamita realzaba sus trabajos, que eran muchos y muy lindos.

Recuerdo que antes de conocer físicamente a su hija mi amiga me había hablado varias veces de ella y yo le había enviado unas oraciones. Sabía que ambas eran apegadas a Dios. Así que cuando nos encontramos personalmente éramos ya conocidas. Recuerdo también que en un restaurant habíamos coincidido y saludado efusivamente, lo mismo sucedía cuando más adelante nos acompañaba en los convivios dentro o fuera del salón de clase. También así supe que llamaba tía a otra de las compañeras y por algún tiempo pensé que en efecto eran familiares. Pero no era así, sino que el cariño que las tres se prodigaban era el que las inclinaba a haberse convertido de amigas a familiares.

Nuestro mutuo cariño fue en aumento al paso del tiempo y las muestras de afecto fueron bastantes, como el día en que platicando con mi amiga por teléfono le comenté que debía ir al laboratorio a hacerme análisis pero tenía temor porque había estado enferma y no quería conducir mi auto. Al día siguiente mamá e hija vinieron por mí para acompañarme al laboratorio.

La calidez era una de las características de mi amiga, no sólo en su conducta en general, sino porque en época de frío o de lluvias raras fueron las ocasiones en que la vi usar ropa abrigadora; lucía blusas de manga corta y si la saludabas podías sentir la tibieza de sus manos.

También, algo que la distinguía era su forma de dirigirse a la Maestra y a nosotras, sus compañeras. “Maestra preciosa, podría decirme esto o lo otro”. Lo escribo como ejemplo de la forma que era el trato de tan bella persona. Siempre cariñosa, siempre cordial.

En los desayunos que convivimos con el grupo, usualmente estuvimos una cerca de la otra; era cuando platicábamos más a profundidad.

Estando ya en el grupo, sabía que algunas de sus ausencias se debían al cuidado que debía a su esposo quien falleció en algún momento de estos años.

Conversábamos mucho igualmente por teléfono y así supe de su devoción de acudir a Misa todos los domingos, en compañía de su hija. Ella me daba la confianza de comentar sobre temas variados y esa confianza era recíproca. Recuerdo como pasamos horas platicando acerca de nuestras experiencias con Ángeles.

En algún momento fui invitada a su casa, lugar que me encanta por la atmósfera que ahí se respira. Un verdadero hogar en el que ella desplegaba toda su dulzura en las conversaciones que sostuvimos.

Supe de su carrera como enfermera, los distintos trabajos que desempeñó. Fue su verdadera vocación creo porque ese carácter noble, comprensivo y generoso es de una enfermera que cumplió con la hermosa misión que Dios le encomendó.

En una ocasión, al salir de clases caminamos juntas porque trataba de conseguir revistas de tejido para otra gran amiga de Mérida. Me hizo compañía pero como no conseguí en ese momento las revistas, ella me obsequió algunos ejemplares. También en otra oportunidad, me acompañó a comprar una planta que tampoco conseguí. En cambio ella me obsequió una “Cuna de Moisés” con una bonita maceta porque yo quería regalarla a uno de mis sobrinos. Estos gestos suyos parecerá abusivo de mi parte haberlos aceptado, pero mi amiga insistió mucho. Recogí la planta en su casa y mi amiga me invitó primero un café e iniciamos una larguísima conversación que se prolongó a la comida y concluyó hasta que llegó su hija a casa después de trabajar. En esa tarde estuve en el baño de esa casita hermosa, quedé impresionada por su arreglo y pulcritud. No existen palabras para describir la belleza de ese espacio.

El recibir las revistas y la planta fue abuso mío y reconozco que además cometí otro ante la generosidad de este precioso ser y es que ella me ayudó a coser varios vestiditos para cocina, ya sea en forma de secador de manos o para guardar objetos como bolsas de plástico por ejemplo. Bordaba los petitos y las bolsitas y ella los cosía a máquina, reuniendo así la tela bondeada bordada, con los adornos y el forro. Mi abuso sí, pero en verdad no lo sabía y es que su trabajo debía terminar una vez que cosía lo mencionado, al entregármelo yo debería haber cosido a mano el pegado a la toalla. Más tarde me di cuenta de mi abuso y tuve la intención de disculparme con esta querida amiga pero no lo hice.

Nuestro mutuo cariño fue creciendo. Recuerdo el festejo en el salón de clase de su cumpleaños este año que casi termina. Nuestra Maestra obsequió un rico pastel y yo una gelatina. De mi propio cumpleaños aún sonrío porque esta amiga tan querida me felicitó en dos ocasiones previas a la fecha de mi nacimiento. Estaba confundida,, pero siempre aprecié su felicitación.

A principios de septiembre no asistí a clase pero tenía compromiso para ir a comer con otras dos compañeras, así que las esperé afuera de la casa de cultura. Vi a mi amiguita y le entregué un ejemplar de “Sopa de Letras”, revista que sabía a ella le gustaba utilizar para ejercitar su memoria.

En las ocasiones en que una o la otra no asistíamos a clase nos comunicábamos y la conversación se alargaba muchísimo. Todo lo que en esas charlas nos confiábamos, quedaba entre nosotras. Sólo que nunca me contó el porqué de sus ausencias pero no me preocupaba porque siempre la vi sana, fuerte y llena de vida.

Así, vivaz y entusiasta fue en un paseo hermoso que siempre guardaré en mi recuerdo. Fuimos a Chignahuapan y Zacatlán de las Manzanas. Su hija también nos acompañó también en esa divertida excursión. Quedan las fotos que muestran nuestra alegría.

Nunca imaginé que el día en que le entregué “Sopa de Letras” era la última vez en que la vería con vida. Nos enteramos que desde el 18 de septiembre estaba internada y había pocas esperanzas de que sobreviviera. Oramos por su recuperación. Su hija dejaba entrever su desesperación e impotencia para ayudar a su mamita que estuvo en ese hospital alrededor de dos meses y después estuvo un mes más en su casa, siempre cuidada devotamente por su hija.

Mis oraciones y apoyo para su hija quisieron ser acorde con lo que de ellas dos había y he recibido, aunque no creo que alcancen la dimensión de lo que ambas me han concedido.

Tan solo hace poco se ha ido de esta vida. Acudí al funeral al que no hubiera querido asistir. Lloré mucho ante su féretro, la vi arreglada de tal forma que parecía más joven, sus arrugas habían desaparecido de ese rostro bello y sereno con el que enfrentó su travesía hacia el firmamento en donde estoy segura seguirá brillando.

En la Misa de Cuerpo Presente mis las lágrimas no cesaban de fluir. Veía a las demás personas que parecían tristes pero serenas mas no podía contenerme. Estaba apenada pero era algo que salía de mi interior; mi consuelo provino de las palabras del sacerdote que ofició la Misa. Ente los elogios a mi querida amiga, oí algo significativo. El Padre dijo que conoció poco a mi amiga pero pudo darse cuenta de su santidad. ¡Eso es, eso es! Esos gestos nobles, esa generosidad, esa manera de tratar a los demás, su belleza espiritual, su devoción, su entrega a la vida y al servicio de los demás, se llama santidad.

El dar las condolencias a su hermosa hija, ofrecerle mi respaldo, mi apoyo incondicional, envuelto en dolor, como que no es muy confiable, digo yo, pero creo que ella sabe lo sincero de mi ofrecimiento.

Estuve en el primer Rosario por el descanso eterno de esta señora maravillosa. También las lágrimas fluyeron abundantemente durante esa ceremonia. Al salir me preguntaba a mí misma el porqué de tanto llanto y la respuesta es que perdí a un ser que me quería y yo a ella; que ya no la veré ni platicaré con ella físicamente. Es un duelo por el que tengo que atravesar hasta aceptar que si bien no está físicamente entre nosotros, su luz seguirá iluminando el sendero de su hija, de sus familiares, de sus seres más queridos y por qué no, también mi camino.

Los Rosarios completaron los nueve días y en la fecha de Levantamiento de la Cruz, sus familiares y amistades hemos estado en su casa. Le hemos rendido tributo a un ser muy especial, rogando a Dios Su misericordia para el alma noble de Lucecita.

He querido guardar hasta este momento el nombre de mi muy querida Lucecita, diminutivo de María de la Luz, idóneo para ella, no porque su luz haya sido poca, sino porque va con la personalidad que le conocimos; dulce, gentil, afable, generosa. Coincido con su hija en que ahora hay una estrella allá en la lejanía, una luz que en efecto continuará encendida en nuestros corazones. Y de lo mucho que he intentado aprender de ella, queda la fe para enfrentar los sucesos de la vida y recordarla como la amiga maravillosa que tuve la enorme dicha de conocer.

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La noche

LA NOCHE

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893)

Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.

Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.

Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.

Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.

Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.

El caso es que ayer -¿fue ayer?-. Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo…? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.

En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.

Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.

Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.

Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.

Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.

¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.

Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:

-¿Amigo, qué hora es?

-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.

Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer…

«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».

Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.

«¿Dónde estaban los agentes de policía?”, me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.

Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»

Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.

Me decidí a llamar en la primera casa. Toqué el timbre de cobre, que sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé… Nada.

Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.

Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?

Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?

Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj… ya no sonaba… se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.

Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.

¿Corría aún el Sena?

Quise saberlo, encontré la escalera, bajé… No oía la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más… luego la arena… el fango… y el agua… hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría… casi helada… casi detenida… casi muerta.

Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí abajo… yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.

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Cuento de Navidad

CUENTO DE NAVIDAD

Cuenta una leyenda que, en el paí­s que hoy conocemos como Austria, era costumbre que la familia Burkhard (compuesta por un hombre, una mujer y un niño) animase las ferias navideñas recitando poesí­as, cantando baladas de antiguos trovadores, y haciendo malabarismos que divertí­an a todo el mundo. Por supuesto, nunca sobraba dinero para comprar regalos, pero el hombre siempre le decí­a a su hijo:

-¿Tú sabes por qué el saco de Papá Noel nunca termina de vaciarse, con la de niños que hay en el mundo? Pues porque, aunque está lleno de juguetes, a veces también deben entregarse algunas cosas más importantes, que son los llamados “regalos invisibles”. A un hogar dividido, él lleva armoní­a y paz en la noche más santa del año cristiano. Donde falta amor, él deposita una semilla de fe en el corazón de los niños. Donde el futuro parece negro e incierto, él lleva la esperanza. En nuestro caso, cuando Papá Noel nos viene a visitar, al dí­a siguiente todos nos sentimos contentos por continuar vivos y por poder realizar nuestra trabajo, que es el de alegrar a las personas. Que esto nunca se te olvide.

Pasó el tiempo, el niño se transformó en un muchacho, y cierto dí­a la familia pasó por delante de la imponente abadí­a de Melk, que acababa de ser construida.El joven Buckhard queria quedarse alli. Los padres comprendieron y respetaron su deseo. Llamaron a la puerta del convento, que aceptaron al joven Buckhard como novicio.

Llegó la ví­spera de la Navidad y, justamente ese dí­a, se obró en Melk un milagro muy especial: Nuestra Señora, llevando al Niño Jesús en brazos, decidió bajar a la Tierra para visitar el monasterio.

Sin poder disimular su orgullo, todos los religiosos hicieron una gran fila, y cada uno de ellos se iba postrando ante la Virgen, procurando homenajear a la Madre y al Niño.
Al final de la fila, el joven Buckhard aguardaba ansioso. Sus padres eran personas simples, y sólo le habí­an enseñado a lanzar bolas a lo alto para hacer con ellas algunos malabares.

Cuando le tocó el turno, los otros religiosos querí­an poner fin a los homenajes, pues el antiguo malabarista no tení­a nada importante que decir, y podrí­a dañar la imagen del convento. Sin embargo, también él sentí­a en lo más hondo una fuerte necesidad de ofrecerles a Jesús y a la Virgen algo de sí­ mismo.

Avergonzado, sintiendo la mirada recriminatoria de sus hermanos, se sacó algunas naranjas de los bolsillos y comenzó a arrojarlas hacia arriba para atraparlas a continuación, creando un bonito cí­rculo en el aire.

Fue sólo entonces cuando el Niño Jesús empezó a aplaudir de alegrí­a en el regazo de Nuestra Señora. Y fue sólo a este muchacho a quien la Virgen Marí­a le extendió los brazos y le permitió sostener durante un tiempo al Niño, que no dejaba de sonreí­r.

(inspirada en una historia medieval)

Paulo Coelho

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Moños rojos y verdes

MOÑOS ROJOS Y VERDES

Cierro los ojos y aún puedo ver a mi madre decorando la casa para la Navidad. Llegada esa época del año, un halo de luz la envolvía, un entusiasmo casi adolescente la invadía.

Era conmovedor cómo contemplaba las vidrieras adornadas, sus ojos adquirían un brillo que me sorprendía. Parecía una niña frente a la vidriera de una juguetería.

Todo en ella era entusiasmo. Armábamos el arbolito en familia, siempre bajo su supervisión. Yo observaba cómo nos miraba, con ese infinito amor y esa alegría que en cada Navidad me seguían sorprendiendo. Llenaba la casa de moños rojos y verdes, que ella misma confeccionaba y siempre encontraba un rincón nuevo donde colocarlos.

Hasta que todo cambió. Hoy la realidad es muy distinta. Era diciembre, y, para mi madre, el reloj se había detenido, o mejor dicho, se había aletargado.

La contemplaba en su cama de terapia intensiva y no terminaba de entender por qué su cerebro le había jugado esa mala pasada. Un accidente cerebro vascular había pasado como un huracán, y no sabíamos cuánto de ella había quedado.

Los médicos informaron que la operación había sido difícil, pero confiaban en que todo saldría bien. Solo había que esperar que despertara de ese sueño suyo y esa pesadilla mía, tenía miedo, mucho miedo.

Nadie podía decirme a ciencia cierta cuándo despertaría y cómo, nadie podía decirme nada que me consolara y que me diera la seguridad de que se quedaría conmigo.

Ya era diciembre, y el huracán no le había dado tiempo para confeccionar sus amados moños verdes y rojos, y no pude ver en sus ojos ese entusiasmo que no había visto en otros jamás.

Algo debía hacer, además de rezar y no sabía qué. Estaba también yo detenida con ella, y la Navidad se acercaba.

El tiempo de visita era muy corto, casi inexistente, debía irme, la despedí con un beso, salí y comencé a caminar.

Era diciembre, y la vidrieras ofrecían ese maravilloso espectáculo que mi madre adoraba. Todo era dorado, rojo, blanco, verde, luminoso. Había duendes y renos de paño que parecían extrañar la mirada de mi madre.

Miré una y otra vez, y todo me remitía a ella, a sus ojos entusiastas, a sus gestos y a sus manos laboriosas que fabricaban esos moños verdes y rojos.

Tomé una decisión: si bien podía resultar una idea tonta y hasta ridícula, hice algo que creía a ella le iba a gustar.

Compré cintas rojas y verdes, y, con una torpeza propia, agravada por mi tristeza y mis nervios, elaboré los mejores moños que pude.

Adorné toda la casa, pensando en que tal vez ese gesto tan de ella obraría el milagro que yo necesitaba.

Era tiempo de Navidad, y dicen que, en esta época del año, el niño Dios reparte milagros por aquí y por allá.

Cuando terminé de decorar toda la casa, otra idea aún más loca cruzó mi mente.

Armé dos moños más con tanto amor y desesperación que, hasta creo, quedaron bonitos.

Aguardé la hora del segundo parte médico y pedí permiso para colgar los dos moños de su cama.

Me costó mucho convencer al médico de que no se trataba de embellecer la terapia para la época festiva, que era un símbolo, que era mi hora de devolverle todos los moños con los que ella había alegrado mis Navidades.

Finalmente, pude colocar un moño a cada costado de su cama y, sin importarme la cara con la que me miraban las pocas personas que circulaban por la terapia, me dispuse a esperar y seguí rezando.

Mamá despertó y, no solo eso, me reconoció, miró los moños y sonrió.

No puedo afirmar que los moños sean los responsables de su recuperación, seguramente, no es la explicación más lógica, sí, en cambio, la pericia de los médicos que la operaron. No importa lo que yo pueda decir, ni lo que digan los otros. Importa lo que sé, y lo sé porque lo siento: uno de esos milagros que el Niño Dios salpica en Navidad tocó a mi madre…

¿Y los moños? Yo creo que los moños le mostraron al Niño el camino y, sin dudas, marcaron para siempre el mío.

 Liana Castello

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El Reidor

EL REIDOR

Heinrich Böll (Alemania, 1917-1996)

Cuando me preguntan por mi oficio, siento gran confusión. Yo, al que todo el mundo considera un hombre de una gran seguridad, me pongo colorado y tartamudeo.

Envidio a las personas que pueden decir: soy albañil. Envidio a los peluqueros, contables y escritores por la simplicidad de su confesión, pues todos estos oficios se explican por sí mismos y no necesitan aclaraciones prolijas. Pero yo me siento obligado a responder: “Soy reidor.” Tal confesión implica otras preguntas, ya que a la segunda: “¿Puede usted vivir de ello?”, he de contestar con un sincero “Sí”. Vivo de mi risa y vivo bien, pues mi risa -hablando comercialmente de ella- es muy cotizada. Soy un reidor bueno, experto; nadie ríe como yo, nadie domina como yo los matices de mi arte.

Durante mucho tiempo -y para prevenir preguntas enojosas- me he calificado de actor, sin embargo, mis facultades mímicas y vocales son tan nimias que esta calificación no me parecía adecuada a la realidad. Amo la verdad, y la verdad es que soy reidor. No soy payaso ni cómico, no alegro a las gentes, sino que produzco hilaridad: río como un emperador romano o como un bachiller sensible, la risa del siglo XVII me es tan familiar como la del siglo XIX y si es preciso río como se ha hecho a través de todos los siglos, de todas las clases sociales, de todas las edades: lo he aprendido tal como se aprende a poner suelas a los zapatos. La risa de América descansa en mi pecho, la risa de África, risa blanca, roja, amarilla; y por un honorario decente la hago estallar, como mande el director artístico.

Me he hecho imprescindible, río en discos, río en cinta magnetofónica, y los directores de radionovelas me tratan con gran respeto. Río melancólicamente, moderadamente, histéricamente, río como un cobrador de tranvía o como un aprendiz del ramo alimenticio; produzco la risa mañanera, la vespertina, la nocturna y la risa del ocaso, en una palabra: allí donde haya necesidad de reír, allí estoy yo.

Créanme, este oficio es cansado, y lo es tanto más cuanto que -y esta es mi especialidad- domino la risa contagiosa. Por eso soy imprescindible para los cómicos de tercera y cuarta categoría, que con razón tiemblan por el efecto de sus chistes. Casi todas las tardes me siento en los locales de variedades para reír contagiosamente en los momentos débiles del programa, con lo que constituyo una especie de sutil claque. Este trabajo tiene que realizarse con gran exactitud: mi risa cordial y espontánea no ha de sonar demasiado pronto ni tampoco demasiado tarde, sino en el momento preciso. Entonces, según se ha programado, empiezo a soltar carcajadas y todos los asistentes se unen a mis risas, con lo que el chiste se ha salvado.

Después me dirijo, agotado, sigilosamente al camerino, me pongo el abrigo, feliz por haber terminado mi trabajo. En casa me esperan casi siempre telegramas con “Necesitamos urgentemente su risa. Grabación el martes” y, pocas horas más tarde, me acurruco en un expreso con demasiada calefacción y maldigo mi suerte.

Todo el mundo comprenderá que, terminada mi jornada o en vacaciones, tenga pocas ganas de reír: el ordeñador está contento si puede olvidarse de las vacas, el albañil feliz si puede olvidar el mortero y los carpinteros suelen tener en casa puertas que no funcionan o cajones muy difíciles de abrir. A los pasteleros les gustan los pepinillos en vinagre, a los carniceros el mazapán y los panaderos prefieren la carne al pan; a los toreros les encantan las palomas, los boxeadores se ponen pálidos si a sus hijos les sangra la nariz: lo comprendo muy bien, pues yo después del trabajo jamás me río. Soy un hombre superserio y la gente me considera -acaso con razón- pesimista.

En los primeros años de nuestro matrimonio, mi mujer solía decirme: “Ríete”, pero, mientras tanto, se ha dado cuenta de que no puedo satisfacer su deseo. Soy feliz cuando puedo relajar mis cansados músculos faciales, cuando puedo relajar mi cansado ánimo a base de una profunda seriedad. Sí, también la risa de los otros me pone nervioso, porque me recuerda demasiado mi oficio. El nuestro es, pues, un matrimonio tranquilo y pacífico, porque también mi mujer ha olvidado qué es reír. De vez en cuando la pillo con una sonrisa y entonces también yo sonrío. Hablamos sin levantar la voz, pues odio el ruido de las variedades, odio el ruido que puede reinar en los estudios de grabación. La gente que no me conoce me considera poco comunicativo. Tal vez lo sea porque he de abrir demasiado a menudo la boca para reír.

Sigo mi vida con rostro inmutable, solo de vez en cuando me permito una leve sonrisa y a menudo me pregunto si habré reído alguna vez. Creo que no. Mis hermanos pueden decir que siempre he sido un muchacho serio.

Así pues, suelo reír de múltiples formas, pero desconozco mi propia risa.

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A veces dan ganas de pegarles una puteada

A VECES DAN GANAS DE PEGARLES UNA PUTEADA

Por Russo Galeas – Maynor


A veces dan ganas de pegarles una puteada.

Milan Kundera, el autor de La insoportable levedad del ser, al que las autoridades comunistas de la antigua Checoslovaquia retiraron la nacionalidad en 1979, recuperó la ciudadanía checa después de 40 años.

El embajador de República Checa en Francia, Petr Drulak, informó a través de la radio pública checa que entregó a Kundera el certificado que le acredita como ciudadano el pasado 28 de noviembre en su piso de París.

El escritor, que tiene 90 años, se exilió en 1975 en Francia, país del que obtuvo la nacionalidad en 1981 y cuya lengua adoptó desde 1994 para escribir.

El diplomático aseguró que se trató de “un gesto simbólico muy importante” para reparar la injusticia que el anterior régimen comunista cometió con “el mejor escritor checo”.

El Partido Comunista lo había expulsado de sus filas en 1950, y en 1975 huyó de la entonces Checoslovaquia para vivir en Francia. / AFP

“Le pedí disculpas de parte de la República Checa por los ataques de los que había sido objeto durante años. Estaba de buen humor, sólo tomó el documento y dijo gracias. Es un hombre muy cálido”, dijo el embajador.

“Le pedí disculpas de parte de la República Checa por los ataques de los que había sido objeto durante años”, relató el embajador checo en Francia.

Según el diplomático, además de ellos, a la ceremonia solo asistió Vera, la mujer del novelista, y fue un acto sencillo y cordial.

Pese a ser el novelista checo más popular desde Franz Kafka, Kundera mantuvo una difícil relación con su país, incluso después de la caída del régimen comunista y la llegada de la democracia, hasta el punto de adoptar el francés como lengua literaria y negarse a revisar las traducciones al checo de sus obras. Se convirtió en los pasados 30 años en un autor casi invisible, nunca concede entrevistas y apenas se deja ver en público.

Durante el proceso aperturista de la “Primavera de Praga” fue uno de los representantes de la oposición al régimen prosoviético checoslovaco, lo que pagó más tarde con su expulsión del Partido Comunista y la prohibición de publicar.

Kundera se exilió en Francia en 1975 y publicó en checo -en una editorial de Toronto- sus obras más conocidas como El libro de la risa y el olvido, La insoportable levedad del ser y La inmortalidad.

La insoportable levedad del ser, una novela sobre un triángulo amoroso que marcó a varias generaciones con sus reflexiones sobre el eterno retorno y el sentido de la vida, ha sido su mayor éxito comercial, pero solo se publicó en 2006 en República Checa.

Reparación. El embajador checo en Francia le pidió disculpas al novelista de parte de la República Checa por los ataques de los que había sido objeto durante años.

Kundera declinó varias la invitación para viajar a la República Checa, país que no visita desde hace unos 25 años, y tampoco asistió a la entrega del Premio Nacional de Literatura en 2007, lo que algunos consideraron un desplante.

“La insoportable levedad del ser”, una novela sobre un triángulo amoroso que marcó a varias generaciones con sus reflexiones sobre el eterno retorno y el sentido de la vida, ha sido su mayor éxito comercial, pero solo se publicó en 2006 en República Checa.

En 2008, el Instituto checo para el Estudio de los Regímenes Totalitarios (USTRCR) le acusó de delatar en 1950, cuando tenía poco más de 20 años, a un espía que acabó 14 años en prisión.

El escritor rompió entonces su habitual silenció para calificar esas acusaciones de “puras mentiras”. El acta que probaría su trabajo como delator no contaba con su firma.

Fuente EFE y AFP

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La Maldición

LA MALDICIÓN

Por Leonor Aguilar (Argentina)


María era una mujer pobre. La falta de recursos de su hogar paterno y una grave enfermedad neurológica padecida en la infancia había limitado bastante sus posibilidades de estudiar, de tener un futuro mejor.

Su mañana se iniciaba con tareas de limpieza de oficinas en una pequeña empresa. Había logrado un equilibrio, su pareja pagaba los servicios y lo que pudiera aportar a pequeñas mejoras en el hogar y con lo obtenido de su trabajo se alimentaba la familia.  Cuando quedaba algún dinero sobrante, cosa excepcional, lo utilizaba en vestimenta para sus niños.

Odiaba al mundo. Odiaba a todo aquel que pudiera cristalizar sus posibilidades de crecer y les deseaba todos los males del mundo con una envidia palpable. Nada alegraba más su día que ver complicado y preocupado a su jefe, la cara del día a día de todo lo que ella deseaba y no podía alcanzar. Verlo llegar con cara de preocupación era el mejor placer con el que podía empezar a realizar sus tareas de limpieza en las oficinas de la pequeña empresa, si hubiera podido decirle que le deseaba que su vida fuera una permanente mierda, lo haría sin dudar. Y estaba más que convencida de sus dones ocultos, porque coincidía que le deseaba algún mal y ocurría una seguidilla de desgracias que minaban su ánimo en general.

En los últimos tiempos se había concentrado en desearle un paquete de maldiciones. No porque él fuera mala persona, aunque siempre fue respetuoso,  compasivo y permisivo, era un ser a quien veía en el espejo diario de poseer lo que ella no. Verlo llegar perfumado, recién bañado, presentable, le provocaban una irritación y un ataque de envidia permanente que no podía controlar, lo que provocaba deseos de desgracias que surgían de su interior sin casi pensarlo.

Las maldiciones parecían surtir su efecto. El hombre tuvo una seguidilla de problemas familiares, laborales, económicos y personales que se vieron coronados con un accidente que pudo costarle la vida.

Las cosas estaban más que mal para él y eso, sin duda, le parecía bueno. Fingía preocupación preguntando por su estado y una pequeña sonrisa brotaba de su ser. Cuando el jefe se ausentaba para acudir a sus consultas médicas ella podía ir a trabajar a cualquier hora, pasar haciendo limpieza poco profunda, total, como no iba no se iba a dar cuenta y ella lo mismo recibía su paga…

En ese punto y dadas las circunstancias sentía que las cosas estaban bien. La vida era relajada, podía hacer y deshacer bastante a su gusto, hasta que el jefe tomó una decisión que no esperaba: Cerró la empresa, se dedicó a recuperar la salud, despidió e indemnizó  al personal y le deseó la mejor de las suertes en el futuro porque ya no podía continuar sosteniendo ese emprendimiento.

Ha pasado el tiempo. El jefe se levantó de la quiebra y trabaja de sol a sombra sin personal en un nuevo y exitoso proyecto que va creciendo.

¿Y ella? Pues, ella sigue siendo pobre,  a veces piensa que se le fue la mano al desearle tanto mal y mastica las consecuencias que acabaron cayendo sobre su propio bienestar. Está convencidísima de haber sido la causante de las desgracias, pero a veces lamenta no haber podido conseguir otro trabajo donde contemplen sus problemas de horarios.

Aún odia al mundo y a veces encuentra un nuevo destinatario para su triste don.

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