Así te cuento de “Cayetano”

 ASÍ TE CUENTO DE “CAYETANO”

por Cony Ureña (México)




¿Cómo? ¿No recuerdas que a mediados del año pasado se difundió la historia de Cayetano?  En las redes sociales y por televisión hubo un vÍdeo en el que se apreciaba a un perro corriendo tras un automóvil que circulaba lentamente por un transitado eje vial, conducía una mujer con visera, de esas que no cubren la coronilla.

Recordarás que ese vídeo, transmitido por los tele noticieros, levantó una enorme cantidad de comentarios pues su creador afirmaba que la mujer había bajado a su perro del auto para abandonarlo.

El hombre que filmó el suceso, siguió a la mujer en cuestión, provocó que se detuviera, le avisó que su perro la venía siguiendo, que era una vida la que estaba abandonando, etc.  Inaudible la respuesta de la dama quien al parecer aseguró que el can no era suyo, que no lo estaba abandonando pero que sí se dio cuenta de que la venía siguiendo, por eso manejaba despacio.

A esa altura del vídeo, el perro ya había alcanzado a los dos autos y sentado en el asfalto era testigo de la conversación entre el filmador y su supuesta dueña, quien tan pronto se  “subió” la filmación a la red y se comentó en la TV, fue prácticamente crucificada por la opinión pública que frecuenta YouTube, Twitter, Facebook y por supuesto la TV.

Si el vídeo no mostró más allá de la conversación, ¿por qué causó tanto revuelo y el enojo del auditorio?  Hasta hubo quienes identificaron a la dama en cuestión, la molestaron en su trabajo y fueron a su casa a arrojar tomates y huevos, además de gritarle insultos.

Pero, ¿dónde estaba el perrito?  En el vídeo se pudo apreciar que al parecer la mujer había tenido que regresar a su domicilio con el can ya dentro del auto.

Después de tanto alboroto en las redes sociales, estarás de acuerdo que esto muestra una vez más el poder de convocatoria de estos medios, pues la gente seguía condenando la conducta de la supuesta dueña de Cayetano.  Sí, así se llama el perrito de esta historia … ¿ahora sí lo recuerdas?

Yo me enteré de su nombre, cuando la joven responsable real del bienestar de Cayetano fue entrevistada telefónicamente y al día siguiente apareció en los noticieros matutinos.  Explicó que el can había sido callejero y fue adoptado por la comunidad porque llegó a la privada donde esta muchacha y sus vecinos habitan; que por lo regular iba de casa en casa para comer o para dormir. Sin embargo, esta joven era quien tenía más contacto con la mascota y lo había llevado a vacunar.

Aceptó que Cayetano estaba mal domesticado; por ejemplo, si se encontraba en un patio y abrían el portón hacia la calle, no perdía la ocasión para salir “disparado como bala”.  La joven afirmó que por más que trataba de que Cayetano se asentara en un lugar fijo, al perrito le gustaba más el ir y venir por todas las casas de la privada.

También afirmó una y otra vez que Cayetano estaba vacunado y esterilizado, así como bien cuidado y alimentado.

Las apariciones de la joven en la TV se debieron a que pedía de manera encarecida que dejaran de culpar y molestar a la señora del vídeo, quien a su vez declaró,  por conducto  de la señorita, que esa mañana había salido a caminar en compañía de Cayetano.  Al abordar su automóvil el perro empezó a seguirla, más que nada porque es un perro fiel.

Además, al tercer día del incidente, las autoridades ya se habían llevado a Cayetano y la joven deseaba recuperarlo y hacerse, de una vez por todas, responsable del can, atenderlo y sobre todo domesticarlo.  Todos nos preguntamos cómo fue posible tan pronta reacción de las autoridades. Ah, dices bien:  el poder mediático.

Las televisoras presentaron en vivo a esta joven que habló y se desenvolvió bien ante las cámaras, convincente, preocupada y lastimada porque le quitaron a Cayetano,  bautizado con ese nombre porque procedía de la calle.

Mas no fue solo presentar a la joven y, ¿no te parece el colmo fue que las televisoras también la acompañaron a tramitar su solicitud para que le devolvieran a Cayetano? El trámite se prolongó varios días, pero “los medios” nos mantuvieron al tanto del avance de esas gestiones. Así como las reacciones de las diversas asociaciones protectoras de animales, que contribuyeron a realzar este singular acontecimiento.

Mientras tanto en la red, muchas de las personas que habían subido a su propia página el famoso vídeo, pensaban seriamente en eliminarlo o de plano ya lo habían desaparecido, pero ahora se divertían con la parodia de la filmación original, cuyos actores en este caso eran asimismo una señora (usando visera) y su novio,  quien era bajado  del auto en pleno arroyo vehicular; el hombre corría detrás del carro y lo alcanzaba hasta el momento de la confrontación de la conductora con quien estaba filmando.  

Así que la compasión despertada hacia el perro se convirtió en unas escenas de cómo puede una mujer maltratar a la pareja. Práctica con la que desde luego no concuerdo … ¿acaso, tú sí?

Lo último que se sabe, es que por presión de la “opinión pública” y de las televisoras, Cayetano fue devuelto sano y salvo a la joven que de ahí en adelante deberá responder por las acciones de su mascota.  Quizás contrate al Encantador de Perros, para que le muestre cómo debe tratar a Cayetano, el perro más famoso por lo menos en lo que se refiere al año pasado en la Ciudad de México.

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Recordando a un amigo

RECORDANDO A UN AMIGO

Por Leonor Aguilar (Argentina)

Su nombre no importa, da igual para quien no lo conocía. Pero ocurre que era mi amigo, conocía sus sueños, sus sentimientos, sus porfías, desvelos y risas. He compartido sus anhelos y proyectos de vida, lo he visto enamorarse, sacar del alma un grito de gol y también pensar en la fecha de un examen. Lo supe vivo, con lo que esa palabra implica y nunca nos detenemos a pensar seriamente en el todo que es capaz de abarcar.

     A diferencia de mi persona era ordenado y meticuloso, programaba sus horas del día con la precisión de un reloj suizo. Tenía la capacidad de poder repartir sus tiempos entre estudios, amor, deporte, amigos, familia y toda obligación diaria, y siempre lo hacía bien. 

   La guitarra, fiel compañera infaltable en los asados y juntadas, nos reunía con la risa de sabernos aullando (cantar es una palabra que nos quedaba grande) una mezcla de folclore, rock nacional y cualquier otra cosa que surgiera improvisada cuando las luces del amanecer nos sorprendían en el abrazo amigo que no conoce de vergüenzas musicales. ¡Qué importaba la melodía si lo más valioso era que afinábamos a la perfección los tonos de una amistad sincera!

  No pudo despedirse, partió a ese pedacito de patria como quien sale de viaje y pretende retomar lo que ha dejado por hacer a su retorno. Partió dejándonos el alma encogida en el abrazo de la incertidumbre, sin más que una imagen sonriente que desde una mesa reflejaba sus anhelos en el porvenir. 

    Fueron meses largos y duros de espera, de radio que anunciaba combates cuerpo a cuerpo en el lejano paraje donde el hambre y el frío de una trinchera húmeda eran su día. No existía el modo de contener la angustia ni la impotencia, imposible conciliar el sueño cuando cerrar los ojos era imaginar luces y silbidos de bombas, estallidos, dolor y muerte.

   Regresó, pero no era el mismo. Me reencontré con un amigo al que desconocía. Curtido por el frío y la realidad habían perdido sentido para él los sueños. Las peores cicatrices no eran las que llevaba en su cuerpo, ése que escondía de la mirada curiosa de los desconocidos, sino aquellas que eran invisibles y cargaba muy adentro como ácido que corroe el corazón. Sólo traía consigo un objeto y un único comentario para él: su anterior dueño ya no lo precisaba. 

   A veces me asustaba esa mirada perdida en recuerdos que callaba. En otras oportunidades era testigo de lágrimas que se agolpaban en sus ojos y su gesto me sugería que por fin empezaría a vomitar sus silencios, pero en un punto detenía bruscamente el arranque, se adueñaba nuevamente de su hermetismo y permanecía mudo y ajeno al mundo que lo rodeaba.  Estaba vivo, pero sólo era la cáscara. Cada día cerraba, y apagaba más, su interior.

   Los meses pasaron estáticamente. El tiempo se había detenido en un punto vedado a todo aquel que se arrimara a su persona. Encerrado en sí mismo contemplaba lejanías, fijaba la vista en un punto con la mirada perdida y una expresión de rechazo. 

   La vida parecía latir para él sólo en deportes de alto riesgo. Y no sé si latía o era una necesidad constante de probarse a sí mismo, de descifrar esa pesada mochila que cargaba en lo íntimo de su ser.

   Encontró el descanso a alta velocidad. Se llevó su silencio, su costado herido, sus cicatrices indelebles y la música que en sus manos jamás volvió a ser.

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A la gallina que come huevo…

A LA GALLINA QUE COME HUEVO…

por Felipe Guzmán (El Salvador)

Pocas veces en la vida he conocido personas con el talante de Jacinto Cornuto. Mientras fuimos vecinos, fue un aficionado enfermizo a los binoculares (lentes de larga vista), pese a que, precisamente, su amor a estos artefactos le acarreó serios conflictos sociales.

Según él me contó, su afición nació cuando tenía escasamente 8 años, a mediados de los setentas. Fue un tío suyo quien le regaló los primeros binoculares. La alegría de mi amigo Jacinto por tal posesión era desbordante, y no resistió la tentación de llevarlos a la escuela para presumir ante sus compañeros. Me contó Jacinto que uno de sus compañeros, mientras manipulaba el artefacto, lo dejó caer accidentalmente, rompiéndole un cristal. Jacinto, trastornado por la cólera, la emprendió a golpes contra su compañero. Tal fue la golpiza que fue expulsado de la escuela sin más. Así, con este suceso, la terrible manía queda sembrada; y así  arranca su calvario. En lo posible, Jacinto adquiriría cada vez binoculares de mejor calidad y mayor alcance, sin importarle las consecuencias sociales.

Para 1990 un estafador le vendió unos binoculares con defecto de fábrica. Jacinto, enloquecido de furia, buscó al incauto estafador y le propinó una golpiza de tales dimensiones, que terminó con el vendedor en el hospital y con mi amigo en la cárcel.

Para 1998, su esposa de turno (una mujer de cierta belleza, pero aficionada a la mariguana) en una de sus crisis de adicción vendió los binoculares y le hizo creer a Jacinto que algún ladronzuelo había entrado a la casa. Pero mi amigo descubrió el engaño y, como era su costumbre, sin reflexionar, le dio «su merecido». Esto le costó unos días en la cárcel y su matrimonio, que en realidad no era gran cosa. Y así, sucesivamente, mi amigo Jacinto navegó de tumbo en tumbo, a veces ahogándose, a veces despeñándose. Y todo por los malditos inoculares.

Ya para el 216, los nuevos lentes de mi amigo Jacinto eran verdaderamente una maravilla. Lentes de gran alcance: 30X50. Marca Tasco. Equipados con su trípode, estabilizador de movimientos y una pantalla con sistema de grabación. Mi amigo, muy entusiasmado, nos mostró su portentosa adquisición.

— Tasco es de las mejores marcas… y son de largo alcance… y graban todo lo que yo enfoque… podés ver una rata que esté en mi casa desde el volcán.

Y para el día siguiente, Jacinto nos invitó al volcán para apreciar la ciudad desde la cúspide.

El día llegó y nos fuimos, acompañados de otros vecinos: Jorge y Alfonso. Y, en efecto, se apreciaban muy bien pequeños detalles en la ciudad: el parque Simón Bolívar con sus prostitutas matutinas, los nombres de los almacenes, los huelepegas de los contornos del Mercado Central… Y entonces… Jacinto comenzó la búsqueda de su casa… la encontró…

— ¡Miren! Ahí está Picotín (era su perico)… y también Leoncio (era su perro)… hasta los aguacates del palo se ven… ricos son esos aguacates…

Todos, en torno del equipo, apreciábamos en la pantalla las distintas escenas. De repente, Leoncio comenzó a mover alegremente su cola y a caminar hacia el baño. Fue en este punto que vimos a un hombre, refajado con una toalla, salir del baño; detrás de él, una mujer, justamente la mujer de Jacinto.

Y se acabó la diversión. Jacinto guardó su equipo y dio la orden de retirada.

— Vámonos a la M… Las mujeres son unas P… Ya no respetan a los maridos… Al llegar a la casa voy a matar a esa P… Y a Leoncio lo voy a colgar del palo de aguacate.

Y entre refunfuños y gritos subimos al carro. Presintiendo una desgracia, le cedí mi puesto delantero a Jorge; yo tomé asiento en la parte trasera.

La calle del volcán venía bajándola como loco. Justo por la curva del restaurante La Pampa argentina, Jacinto se volvió y nos dijo: «Nunca compren binoculares». Fue una desgracia: Jacinto no se percata que invada el carril contrario, justo cuando bajaba un camión cafetalero. ¡Terrible impacto! Ahí me regocijé de la sabia decisión al ocupar una posición trasera.

Y una vez más, Jacinto en problemas por unos binoculares: fue a parar al hospital.

Jamás volvió Jacinto a la colonia. Alguien lo vio en el Parque de la Familia. Dijo que muestra una terrible cicatriz en la frente; pero, escuchen ustedes: lo vio con unos binoculares en el pecho colgando de su cuello.

A la gallina que come huevo, aunque le corten el pico.

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El caso de Luciana Sandoval

EL CASO DE LUCIANA SANDOVAL

(cuento salvadoreño)

Por Felipe Guzmán (El Salvador)

I

En 1992, año en el que se firmaron los Acuerdos de Paz, fui asignado como Detective General de la Sección de Homicidios de la Academia Nacional de Seguridad Pública. En los años que desempeñé tal cargo, resolví diversos casos: desde los más sencillos hasta algunos verdaderamente intrincados. Pero de entre todos los que resolví, sin duda el caso de Luciana Sandoval fue el que más me cautivó y marcó mi espíritu investigativo. En parte porque en un principio me pareció un caso sencillo, casi resuelto por sí solo, pero también, y en mayor proporción, porque aún no olvido el rostro de aquella niña de ojos redonditos, negros, llorosos, suplicando por la libertad de su padre.

II

El desarrollo de los sucesos inició casi a la media noche del quince de octubre del 2010. A esa hora sonó el teléfono de emergencias para alertarnos sobre el asesinato de una mujer en una de las residencias de la calle Gabriela Mistral, muy cerca de la calle san Antonio Abad. Acudí al lugar de los hechos haciéndome acompañar de Artemio Canales: el joven detective que me fue asignado como asistente.

La escena del crimen, como casi todos en los que ha habido derramamiento de sangre, era macabro; pero éste era particularmente macabro más allá de ciertos límites, pues la víctima era una mujer asesinada a cuchilladas en la cocina de su casa. La escena del delito mostraba a la mujer boca arriba y con múltiples puñaladas en el abdomen. A escasos centímetros, con un poco de sangre sólo en la punta, se apreciaba un cuchillo. Concluí, por la posición y la escasa sangre, que no era el cuchillo utilizado en el asesinato de aquella infausta mujer. Por el contrario, me pareció que era un cuchillo que, probablemente, utilizó la víctima en un intento desesperado por salvar su vida. En efecto. Realizados los exámenes respectivos, se concluyó que el ADN de la sangre del cuchillo no coincidía con el ADN de la víctima. Además, el cuchillo, como luego se confirmó, era propiedad de la víctima; de manera que la conclusión es sencilla: ella intentó defenderse e hirió a su agresor.

Llegados a este punto, contábamos ya con una buena y certera pista sobre el matador, por lo que proseguía revisar el ADN de los posibles sospechosos.

Al abandonar la escena del crimen mi asistente revisó los entornos. A unos cuantos metros, encontró una camisa manga larga, amarilla, con líneas oscuras y llena de sangre. La llevamos para su análisis.

III

De nuevo en mi oficina, como a las dos de la mañana, le encomendé a mi asistente indagar toda la información posible sobre la víctima. En pocos minutos la información estaba en mis manos: Luciana Sandoval, veintinueve años, enfermera, soltera sin hijos, vivía sola en aquella residencia desde hacía dos años.

Se realizaron los análisis pertinentes en la sangre de la víctima, en la sangre encontrada en el cuchillo y la encontrada en la camisa. El ADN en la camisa y el de la víctima coincidían; de manera que, sin duda alguna, la camisa ensangrentada pertenecía al asesino. En cuanto al ADN de la sangre del cuchillo con el que la víctima se defendió, difería de la otra; así que concluimos inequívocamente que ese ADN era de la sangre del criminal.

Continuando en las averiguaciones apareció el primer sospechoso: Cristino López, de treinta años, ex novio de Luciana, y sobre quien pesaba una orden de alejamiento de la víctima. Según constaba en el informe, Cristino López convivió maritalmente con la occisa durante algún tiempo, durante el cual ella fue víctima de maltratos. Cansada de sus abusos, acudió a los tribunales. Cristino pasó en prisión algún tiempo, pero fue dejado en libertad, sometiéndose a la restricción mencionada.

No había tiempo para perder. Ordené la captura del sospechoso. Lo llevaron a la delegación policial cerca de las cinco de la madrugada. En cuanto lo tuve frente a mí, una corazonada me dijo que él era el culpable. Sin embargo, el sujeto se mostraba muy tranquilo, dueño de una serenidad desconcertante y una petulancia desafiante.

— ¿Puedo saber por qué me traen? -preguntó mirándome directamente a los ojos y con aquella serenidad desconcertante.

— ¿Conoció a Luciana Sandoval? -pregunté mirándole inquisitivamente, pues una casi imperceptible sonrisa no se apartaba de su semblante.

— La conocí… Y muy bien… Sé que fue asesinada; pero no veo qué tiene que ver eso conmigo.

— Por el momento usted es el único sospechoso… Así que le tomaremos una muestra de sangre -dije, y ordené que le quitaran las esposas. Cristino mostró sus brazos, casi con movimientos desafiantes.

— Aquí están mis brazos, señor detective; tome toda la sangre que desee… Tengo torrentes en mis venas.

Una vez que la sangre fue llevada al laboratorio, ordené una inspección física del detenido; pues según nuestras pesquisas, la víctima trató de defenderse con un cuchillo y, al parecer, hirió a su atacante en alguna parte de su cuerpo.

Artemio volvió con un pequeño informe.

— Señor -me dijo-, el sospechoso no presenta heridas en el cuerpo; con seguridad no fue él quien cometió el crimen.

Las conclusiones de mi asistente no dejaron de perturbarme levemente; pero cabía la posibilidad de agresores múltiples, así que no ordenaría su libertad sin antes interrogarlo con mayor profundidad. Por el momento, decidí esperar el resultado del ADN. El resultado del examen fue contundente: el ADN de su sangre no coincidía con el ADN de la sangre encontrada en el cuchillo.

Fue frustrante. No tuve más remedio que dejar en libertad al sospechoso. Aún recuerdo sus palabras cuando abandonaba la delegación.

— Cuando desee más sangre sólo avíseme, señor detective. Tengo torrentes.

Lo vi alejarse relajadamente, con una burla funesta montada en su espalda. Y aquella corazonada, que al parecer estaba fallando, volvió a anidar en mi espíritu y a gritarme que estaba dejando en libertad a un asesino. «Quizás ya no debo fijarme en mis corazonadas», pensé. Con una carga de frustración jugándome en el rostro, continué las averiguaciones. El siguiente paso era comparar el ADN del cuchillo con los del banco de ADN de diversas personas que han cometido algún tipo de delito.

Y ahí encontramos al posible asesino. El ADN coincidió con el de Antonio García Castro; un señor de casi cincuenta años. García Castro fue apresado hacía algunos años por un delito menor. De inmediato ordené su captura.

IV

García Castro llegó a la delegación asustado, con una mirada suplicante y vibrátil. Su aspecto no era el de un asesino; era el de un hombre perturbado; así que de inmediato tuve la sensación que aquél no era el hombre buscado. Sin embargo, ahí estaba la prueba contundente: su ADN.

Cuando se es un detective principiante, la razón es el hilo conductor: el análisis racional es el sustento para llegar a resultados concluyentes. Sin embargo, andando el tiempo, y cuando se han acumulado una infinita cantidad de casos, la razón procedimental va perdiendo vigor y hundiéndose en una nube aletargante para darle paso a eso que la gente llama «corazonada»; en otras palabras: el olfato detectivesco. Justo una corazonada me sacudió el espíritu en aquella ocasión.

— ¡¡Soy inocente!! -exclamó García Castro.

— ¿Inocente de qué? -le pregunté-. Aún no se le acusa de nada.

— ¡¡Soy inocente!! ¡¡Soy inocente!! Sea lo que sea, soy inocente.

Posteriormente se le explicó la razón de su detención. El señor García se desplomó, y su rostro mostró las claras marcas de la angustia.

— ¡¡No he matado a nadie!! -exclamaba.

— Su sangre coincide con la del asesino -le expliqué.

— Aunque coincida, ¡soy inocente aunque coincida!

Como era menester, se le realizó la inspección física correspondiente. De acuerdo con el oficio forense, García Castro tenía una cortadura entre los dedos medio y anular de la mano izquierda; pero el mismo informe certificaba que aquella herida llevaba, al menos, más de quince horas, lo cual no coincidía con el tiempo transcurrido desde el asesinato.

Posteriormente, como a las tres de la tarde, llegó a la comisaría una mujer de unos cuarenta años, caminaba con lentitud, se cubría la cabeza e iba arropada con una especie de sábana gruesa y oscura. Se hacía acompañar de una niña de unos diez años. Sus ojitos eran redonditos, negros y llorosos. La mujer pidió hablar conmigo.

— Soy la esposa de Antonio García Castro, detenido aquí -me explicaba con una toz leve y con evidentes muestras de cansancio-… Mi esposo es inocente… Se lo juro por Dios -en ese momento la niña se pegó al cuerpo de su madre (pues con seguridad era su madre) y me miró con lágrimas en sus ojos.

— ¡Mi papito no ha hecho nada! -me dijo, y de inmediato su llanto se volvió sonoro, suplicante.

— ¡Le juro que es inocente!… El no salió durante toda la noche… Se lo juro por mi hija… El no sale… pasa todo el tiempo cuidándome… Yo estoy enferma, señor detective; muy enferma.

— ¡¡Deje libre a mi papito, señor; se lo suplico!! ¡¡Mi papito no es malo!!

Una asfixiante corriente de ternura se me metió por las venas, y no pude evitar dejarme atrapar por una ola de misericordia hacia aquella niña y aquella mujer enferma. Debí hacer un esfuerzo para hablarles con la naturalidad propia de un detective a aquellas suplicantes.

— Creo que se equivoca, señora. La sangre del asesino coincide con la sangre de su esposo… Lo lamento pero así están las cosas -le expliqué esforzándome por mostrarme implacable. Me dispuse a abandonar el sitio, pues un quebranto emocional amenazaba con dislocar mi espíritu de justiciero. Pero la escena era conmovedora: madre e hija se abrazaron y lloraron. En ese instante deseé que hubiera una posibilidad de inocencia, pero no la encontraba. Instintivamente, decidí interrogar a la angustiada mujer.

— Dígame, señora, ¿qué hizo su marido ayer durante todo el día y toda la noche?

— No salió de casa durante la noche. Sólo durante el día salió un par de horas… Fue al Seguro Social, pero regresó pronto.

— ¿A qué fue al Seguro? -inquirí.

— Yo estoy muy enferma y me van a operar muy pronto, así que mi esposo fue a donar sangre.

Sus últimas palabras me brindaron el alivio necesario para liberarme del estado emocional en que me hallaba sumergido al presenciar la conmovedora escena de la madre y la hija abrazándose angustiadamente. Aquella corazonada tomaba nueva vida, rehusándose a morir. Solicité el informe sobre Cristino López y busqué su ocupación actual. Revisado el informe, ordené jubilosamente que liberaran a García Castro.

V

Artemio fue el más sorprendido por mi decisión. Cuando le ordené que liberara a García Castro se quedó quieto, mirándome fijamente, mostrando con su actitud su desacuerdo con la orden recibida. Debí insistir enérgicamente.

— ¡Dije que liberen a García Castro!

Continuó unos segundos más en actitud pétrea, pero luego se dispuso a liberar al reo.

— ¡Sí, señor!

García Castro fue dejado en libertad, pero mi asistente Artemio no terminaba de convencerse; así que hizo un intento por disuadirme.

— ¡Señor!… No olvide que el ADN coincide…

— Limítese a obedecer, señor Canales.

— El ADN, señor… es una prueba contundente… coincide… coincide.

Di media vuelta y quedé frente a él. Artemio calló. A mi lado estaba su saco negro. Lo tomé y se lo lancé. La cachó casi sin mover el brazo, luego siguió inmóvil durante un par de segundos.

— ¡Vamos! Haremos una visita al Seguro Social… Hoy aprenderá algo nuevo, señor Canales.

VI

Al llegar al Seguro Social averigüé el turno laboral que había tenido Cristino López el día del crimen: el día de ayer. Inspeccioné también el listado de las personas que ese día habían donado sangre. En el listado aparecía García Castro. Una vez hechas estas averiguaciones, pedí que me mostraran el destino que tenía la sangre una vez extraída del donante. El médico de turno me lo explicó todo amablemente.

— La sangre es recolectada en una de estas bolsas -y me mostró una que estaba ahí cerca-. Luego pasa a análisis.

— ¿La persona que extrae la sangre se encarga también de su análisis? -pregunté.

— No -respondió el médico-. Del análisis se encargan otras personas. Una vez analizada pasa al banco de sangre según el tipo.

— ¿Quiénes tienen acceso al banco de sangre? -inquirí.

— Sólo las personas autorizadas… Tratamos de evitar que personas ajenas entren a la zona, pues se corre el riesgo de que la sangre se contamine.

Una vez que abandoné el Seguro, acudí a la casa de García Castro, pues necesitaba hacerle unas preguntas.

VII

Llegamos a la casa de García Castro. Él en persona abrió la puerta. La niña estaba ahí: a un lado de su madre enferma. Al verme, no pudo evitar una mueca de tristeza en su rostro. Se abalanzó sobre mí.

— ¡Señor, no se lo lleve!

Le abrí mis brazos tiernamente. Ella no pudo evitar que una cascadita de lágrimas brotara de sus ojitos negros y redonditos.

— No te preocupés, hijita. Nadie se llevará a tu padre. Tu padre es inocente -la abracé con fuerza, y pude sentir que su espíritu se tranquilizaba. Luego de esta conmovedora escena, me encerré con García Castro para hacerle las preguntas pensadas.

— Quiero, señor García, que haga memoria y me responda lo más certeramente posible lo que ocurrió en la sala de donación de sangre. Haga memoria y trate de recordar si ocurrió algo que usted considere anormal… No omita ningún detalle por insignificante que le parezca… dígame antes si esa era la primera vez que usted donaba sangre.

— No. Ya antes lo había hecho.

— Muy bien… Compare su primera vez con esta otra vez y dígame si notó algo extraño… algo poco común… algo que el enfermero le haya dicho…

— No recuerdo nada extraño… Nada… Me acosté en la cama de donantes y el enfermero procedió a sacarme la sangre.

— Eso fue todo… Nada extraño…

— Nada… Bueno, aparte de que tuvo que cambiar la bolsa recolectora, no recuerdo nada más.

— ¿Cambió la bolsa recolectora? -pregunté  a García.

— Sí. Me dijo que la bolsa salió mala, que estaba rota. Así que puso una buena. Todo esto lo observé claramente, pues estaba con mis ojos puestos en el proceso. Quitó la bolsa, sacó una nueva y continuó sacando sangre.

— ¿Pero la primera bolsa recibió algo de sangre?

— Claro, pero muy poca.

— Es todo, señor García. Cuídese.

Luego de este interrogatorio, me quedó muy clara la artimaña utilizada por el asesino para que se culpara a un inocente. Pero si deseaba llevar al asesino ante la justicia era menester presentar pruebas contundentes; aún era necesario averiguar quién era el propietario de la camisa ensangrentada que mi asistente encontró en uno de los basureros del entorno.

En cuanto llegamos a la oficina, le pedí a Canales que averiguara el número de serie de la camisa, el nombre del almacén en el que había sido comprada y quién era el comprador. Antes del mediodía tuvimos toda la información requerida.

VIII

Fue a las siete de la noche que ordené la recaptura de Cristino López. Una hora después lo tuve frente a mí. Una vez más se mostró desafiante, con aquella mueca burlona dibujada en su semblante. Ordené que le quitaran las esposas para interrogarlo.

—  ¿Otra vez, señor detective? Si necesita mi sangre, aquí tengo torrentes -y mostró sus brazos.

— No. No quiero su sangre… ¡apesta! Al contrario: quiero devolverle algo que es suyo.

— Bueno, no es el día de la amistad, pero aceptaré lo que quiera regalarme -respondió en el mismo tono desafiante.

Hice una señal y mi asistente me entregó la bolsa que contenía la camisa ensangrentada. La coloqué sobre el escritorio.

— Esta camisa es suya… ¿No es así? -dije.

— No sé de qué está hablando.

— Le refrescaré la memoria… La compró usted, con su tarjeta de crédito, en el almacén SIMAN, el día tres de mayo de este año… La sangre que usted ve es sangre de la víctima: de Luciana Sandoval -aquella mueca burlona se borró de golpe del semblante de Cristino-. ¿Qué le ocurre, señor López? ¿Parece que ha visto usted al mismísimo demonio?

— Esa camisa no es mía… Y aunque fuera mía, esa prueba no bastará. Esa camisa pudo habérmela robado alguien. Necesitará más pruebas.

— Señor López, yo no soy adivino, pero intentaré narrar los sucesos de ayer… Usted, entre otras funciones, se encarga de recolectar sangre de donantes en el Seguro Social. Pues bien, ayer, como a las tres de la tarde, recolectó sangre del señor Antonio García Castro, el único donante de sexo masculino que se presentó. Con el pretexto de que la bolsa recolectora estaba en mal estado, la cambió por una nueva; pero en la primera bolsa ya había entrado un poco de sangre. Llegada la noche, se fue a casa de su ex novia, llevando la sangre en la bolsa. Como usted vivió un tiempo con la occisa, poseía llave del apartamento; así que entró sin obstáculos, pero con mucho sigilo… Ya en el interior, la asesinó con un cuchillo que aún no aparece. Para conseguir matarla, forcejeó con ella, así que su camisa se llenó de sangre. Una vez sin vida, buscó un cuchillo en la cocina y lo llenó en la punta con sangre de la bolsa y lo dejó a cierta distancia, de manera que diera la impresión que la víctima intentó defenderse. Con esto pretendía que al examinar el ADN de esa sangre, usted quedara fuera de toda sospecha. Para no llamar la atención, al salir del apartamento se quitó la camisa y la arrojó en uno de los basureros de la zona. Para su desgracia, mi asistente encontró la camisa y, como ve, ya averiguamos que era de su propiedad.

— ¡Están locos! ¡Soy inocente! ¡No me encerrarán jamás en una celda! ¡No hay pruebas suficientes!

— Yo no diría eso… Tenemos su camisa ensangrentada; además, el señor García se presentará a declarar en el juzgado.

IX

El proceso judicial contra Cristino López terminó satisfactoriamente: fue condenado a treinta años de prisión. Junto a este hecho satisfactorio ocurrió otro: la operación quirúrgica realizada a la esposa de García Castro fue todo un éxito, y aquella niña de ojitos negros y redonditos es ahora una niña feliz.

                                                             Felipe Guzmán, 07 de mayo de 2014

Felipe Guzmán: escritor salvadoreño ganador de varios premios de juegos florales  nacionales e internacionales, cuenta con muchas creaciones literarias y pedagógicas publicadas.

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Delirios

DELIRIOS

Por Gustavo Enrique Mestre Cubillos (Colombia)

Ella llegó para con su vigilia ahuyentar los monstruos que en mis sueños se habían engendrado, luego marchó con un poco de mi dolor a cuesta, dejándome conservar el espíritu de mi desdicha. A veces siento que me reconforta y me consuela verla inconmensurablemente lejana en distancia y lejana en el tiempo, gloriosamente desvinculada de los que fue nuestra época e intemporalmente ajena a mis delirios, esperanzas y certezas.

¿Dónde dejó ella ese gesto de enamoramiento? ¿Por qué al marchar no me libero de nuestras viejas y múltiples obsesiones y del roce de nuestros cuerpos?. Aquí dentro de mi el deseo persiste, quizás herrado. Le guarda fidelidad como el superfluo adiós que no nos dimos, como el superfluo adiós que en medio de nuestra distancia ha quedado, haciendo eco en nuestra diferencia idiomática. 

Sé feliz querida mía, vuela en este mundo o en el de más allá a conforme ahora en mi mente vuelan estas letras hacia el papel, conoce lo mágico de lo que pudo ser y no fue, conoce de mi llanto y no pares, ríete de él. Yo sólo seguiré aquí, sin ti, sin nuestro Dios, sin fe.

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Querida Kira

QUERIDA KIRA

por Leonor Aguilar (Argentina)

Querida Kira:
En el camino de aprender en el ovejerismo hemos cometido errores y aciertos. Sos el ejemplo cabal de esa suma.

Imposible olvidar la noche en que llegaste al mundo. Hacía mucho frío y habíamos elegido desacertadamente el  lugar para el parto lo que me hizo tomar de urgencia la decisión de cargar a tu madre en mi auto y traerla a casa. Como el dicho, saltando y cabeceando, apenas acomodé a Ivy en un cuarto calefaccionado nacieron cuatro inmensos cachorros. Fue la primera camada que vio la luz en mi hogar.

Hermosa desde el nacimiento siempre depositamos esperanzas en vos. Y nunca defraudabas. Llevarte a competir era un podio seguro y muchos de los trofeos que adornan nuestra vitrina fueron tu logro.  

Faltando poco para tu cumpleaños número dos cometimos el primer gran error. Había terminado el año competitivo, para la segunda mitad del año próximo debías estar seleccionada y no sabíamos hacerlo por lo que buscamos ayuda. Ese verano quedaste en Buenos Aires en manos de quien nos había preparado exitosamente otros perros. Te juro que te eché de menos.

En Marzo, al inicio de la temporada de competencias, te reencontramos. No te reconocí a tu llegada. Absolutamente arruinada, delgada, temerosa, estabas lejos de ser el animal que habíamos depositado en perfecto estado de salud. Y después, otro adiestrador que intentó trabajar con vos nos golpeó con brutal honestidad diciéndonos: este animal ha sido castigado. Tengan cuidado, muerde por temor y no busca la manga sino el cuello y yo no sé solucionar el problema.

El año pasó para vos lejos de las pistas, me dediqué a recuperar tu salud física y la confianza. Ahora más que nunca necesitaba trabajarte para selección y no por competir sino por  volverte a tu equilibrio.  Para vivir en una casa debías ser un perro confiable. Para quien no conoce, rendir una selección es mucho más que cumplir una rutina de adiestramiento y ataque, significa lograr un perro absolutamente equilibrado  que acata órdenes, que carece de temor ante un agresor, que puede demostrar que es animal de compañía y protección. Y esa preparación realmente no sabíamos hacerla nosotros.

En ese punto cometimos el segundo gran error.  En la vecina provincia, ahora mucho más cerca, buscamos ayuda de otro adiestrador.  Sabíamos de tus avances por el resto de los ovejeristas que te veían trabajar en el predio que poseen, estábamos más tranquilos y cada tanto podíamos verte.

Llegó la fecha donde San Juan era el anfitrión en las competencias. Entre charla y charla en los ratos libres nadie supo contarnos de vos, llevaban más de un mes sin verte. Por dentro se me encendió una luz de alarma y le pedí insistentemente a mi hermano que fuera sin dar aviso previo donde estabas. Sentía que algo te había sucedido y mis grandes temores eran dos posibilidades: que hubieras muerto o que estuvieras perdida. Al día siguiente viajó y te trajo a mis manos con una tercera posibilidad en la que jamás pensé: venías preñada. Se supone que accidentalmente el macho de ese criadero te había servido, pero he oído tres historias distintas de la misma persona, el titular del criadero, sobre el momento en que sucedió, por lo que creo que fue nada accidental. Como si eso fuera poco era obvio que no habían pasado quince días del servicio como juraba, tu panza me decía que no faltaba mucho.

Perdón Kira, jamás debí dejarte en manos ajenas.  Preñada, delgada, con vómitos y diarrea, temí por tu vida a la hora de parir. No sé qué te daban de comer, pero evidentemente era marca ACME y no te tuvieron compasión ni por tu estado. El veterinario me dio una batería de vitaminas y medicamentos para que llegaras lo mejor posible al parto. El tiempo apremiaba  y no había garantías de cómo saldrían las cosas. Anhelaba que no precises una cesárea porque no estabas en condiciones de superar una anestesia.

Una semana después nacieron once cachorritos muy pequeños y débiles. Tu notable desnutrición no pudo sustentar correctamente la preñez y sobrevivieron a sus primeras horas sólo seis. Madraza, no querías alejarte de ellos y atendiste con dedicación a los que quedaron, pero por tu salud  ayudé a alimentarlos. Un poco de teta y otro tanto de mamadera les vino bien a todos para salir adelante.

 Al destete estabas totalmente bien, en buen peso, en nuestras manos, con todo el cariño que merecías y parecías entender que esto era definitivo. Emprendimos con éxito la tarea de trabajar personalmente el adiestramiento con premios por cada uno de tus logros. El primer paso estaba dado pero llegar a morder la manga era el imposible. 

No había caso, le temías al figurante. Hasta que un día la adiestradora que nos asesoraba sugirió que si confiabas  en mi hermano podía suceder que te animaras con él. Lo hizo vestirse con la protección, yo te entregaba y él te recibiría en la manga. Fue un cambio gigante.

Creo que ese fue el click que precisabas. El resto fue ir corrigiendo detalles y hacer el traspaso a figurantes distintos. En la medida que sumábamos trabajo recuperaste la alegría de ser, el equilibrio, la confianza, el carácter. 

Rendiste tu selección. Competiste un año más superando exitosamente todas las pruebas de valor y te retiramos de las pistas con una vuelta de despedida entre aplausos. Más que el trofeo, me alegró saberte de nuevo como el animal feliz que debías ser. Lo logramos, pero el precio que pagaste nunca debió suceder. Al día de hoy quienes te han seguido trabajan mucho, con asesoramiento de terceros pero siempre en nuestras manos. Lo aprendimos con vos y de veras lo lamento.

Ha pasado el tiempo. Con nueve años las canas que han empezado a aparecerte hablan de tu edad. Cuando tu madre murió ocupaste su lugar y mi madre opina que sos una duquesa. Te gusta estar con la gente, te fascina que te acaricie un buen rato y te alegra en forma superlativa la llegada de mi hermano, basta con oír que se detiene en la entrada el motor que conoces muy bien para que lo esperes detrás de la puerta.  Sé que sos feliz, lo veo cada vez que paso por allá y vienes a mi encuentro.  Eso no quita la culpa que siento por dentro, nuestros errores te hicieron pasar malos momentos y pusieron tu vida en peligro, pero sos tan noble que no conoces el rencor.

 Por todo el tiempo que te quede me hará bien saberte bien, y no me cabe duda que viviendo con mi madre estás en el Edén que mereces.

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El amor de un Hada

EL AMOR DE UN HADA

No hace mucho tiempo un hada llamada Anfimia fue destinada por Titania (la Reina de las Hadas) a cuidar el Jardín de un viejo hombrecillo que tenia de sobrino a un muchacho guapo, de negros cabellos y muy nostálgico. Su nombre era Damián, y salía todas las tardes con su libro bajo el brazo, hasta avanzadas horas en las noches.

En unos de esos momentos el joven alzó la vista para observar los colores que le entregaba el ocaso y al mirar hacia el rosal vio a una bella joven que resplandecía extrañamente por una luz alrededor de su cuerpo, esta trataba de ocultarse entre las ramas para no ser vista.

– ¿Quién eres? –Preguntó el joven …

 Ella sorprendida de que la pudiera ver le contestó:

-Mi nombre es Anfimia …

-Y dime Anfimia ¿Qué estabas haciendo escondida en el jardín de mi tío?

 Anfimia no sabía que decir, no podía cree que un simple mortal como aquel pudiera tener tan singular belleza.

–  Soy un hada y eh sido destinada a proteger el jardín de tu tío …

 Damián sonrió incrédulo, le parecía extraño que ella se escondiese entre los rosales, y con lo que ella le decía mas le costaba creer. De pronto en un giro que hizo la joven, vió unas luces que nacian de sus espaldas. Ella sonriente le dijo:

– Ahora ves que no te miento.

-¿Me puedes leer la mente?-dijo el joven sorprendido

-Tan solo percibirlo –le dijo sonriendo.

Así pasaban todas las tardes riendo y conversando, caminando y jugando. Hasta que de pronto Anfimia fue llamada por Titania (la reina de las hadas), tenía algo muy serio que hablarle…   

“Elfos, Gnomos y Duendes te han visto compartiendo con un humano, sobrino del dueño del Jardín del cual te destiné a cuidar, pero hay otra cosa que me preocupa: ¿estas enamorada de este mortal?”

Anfimia, conciente que no podía mentir, le dijo:

-Sí madre mía, es cierto, más cuando me di cuenta de mis sentimientos fue demasiado tarde, y ahora ya no los puedo cambiar.

“Hija mia por más que yo te quiera, esto no lo puedo permitir, tu  sabes que nosotras no nos podemos enamorar de algún mortal y si esto llegase a suceder el castigo ya está escrito…”

Así Anfimia fue destinada a ser un rayo de luna que tan solo podía acariciar a su amor cuando éste salía llamándola:

– Mi hermosa Anfimia, que te ha pasado, solo me has dejado. Algo extraño me sucede, que durante el día todo está desolado, pero al llegar la noche con la luz de la luna te siento a mi lado.

Y así buscándola entre los rosales de su tío y clavándose en el pecho cada una de las espinas de las rosas repetía su llamado.

  Titania viendo el sufrimiento de su hija Anfimia y el gran amor que este joven le tenía, solo pudo permitirles una cosa:

Los enamorados solo se podrían ver con el primer rayo de luna que alumbrase aquel mismo lugar donde por vez primera se inició el amor de estos dos jóvenes amantes.

  Y así cada noche se le ve a este amante en el mismo lugar del jardín, junto al rosal esperando el primer rayo de luna. Para poder llenar su corazón de amor con la primera mirada que ella a lo lejos le entrega.

Autor anónimo

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El hilo rojo del destino

El hilo rojo del destino

Según una leyenda oriental  aquellas personas que están destinadas a estar juntas tienen un hilo rojo atado a sus dedos, este hilo jamás desaparece, no importa el tiempo que pases en conocer a la persona y tampoco importa el tiempo que han pasado sin verse ni siquiera importa si vive en al otro lado del mundo: el hilo se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá.

Este hilo lo llevas contigo desde que naces y te acompañará a lo largo de tu  vida, la mágica leyenda cuenta que el abuelo de la luna sale cada noche a conocer a los recién nacidos, para así atarles un hilo rojo  que decidirá su futuro, un hilo que guiará estas almas para que nunca se pierdan.

Esta es la leyenda :

“Hace mucho, mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia. Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al meñique y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con una bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: «Aquí termina tu hilo», pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente, ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza.

Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor era que desposara a la hija de un general muy poderoso. Aceptó y llegó el día de la boda. Y en el momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente… Al levantárselo, vio que ese hermoso rostro tenía una cicatriz muy peculiar en la frente.”

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Así te cuento del día de muertos en México

ASÍ TE CUENTO DEL DÍA DE MUERTOS EN MÉXICO

por Cony Ureña (México)

 

 

¡Cómo no se me había ocurrido antes! Nunca te he platicado de una de las más grandes conmemoraciones mexicanas que se estaba perdiendo poco a poco, avasallada por el Halloween, pero que ha renacido gracias a una linda película, otra de la serie de un agente secreto, tú sabes a quién me refiero, y el auge de las “catrinas”, las cuales merecen un capítulo aparte.

En mi familia la conmemoración iniciaba el 31 de octubre. Mi mamá encendía una veladora blanca para iluminar el sendero de su segundo hijo, mi hermanito, fallecido cuando tenía escasos tres meses.

Eso era todo en casa de mis padres, pero muy diferente en casa de mi abuelita paterna quien acostumbraba instalar lo que llamaba Ofrenda que era un altar en sí.  Había una mesa grande, rectangular, tapizada con un mantel color naranja con encajes negros, sobre el cual se colocaban cazuelas con comida, botellas de licor, agua, fruta, calabazas grandes y chicas, dulce de las mismas, así como piezas de pan, muchas velas y veladoras delante de los retratos de los difuntos que a los niños, nos decían los mayores, de octubre 31 al 2 de noviembre, tenían permiso celestial para regresar en espíritu, para degustar precisamente lo que se colocaba en ese altar esplendorosamente arreglado, y realzada su belleza con las flores de zempoalxochitl y también se conocen como “flores de muerto”.

Eran infaltables los adornos de papel picado, los mini esqueletos de juguete y por supuesto las calaveritas de azúcar (cráneos). En el frente de cada una había un nombre, pero no de algún fallecido, sino de un ser vivo, así que cada quien buscaba su calaverita pues ello significaba que quien la colocó estaba deseando que esa persona viviera por muchísimo tiempo.  No sé si esa era una tradición generalizada, o exclusiva de mi familia.

Según sé, esa tradición es precolombina y sobrevivió la era colonial, incluso se enriqueció con las imágenes cristianas que también formaban parte de la Ofrenda pues por “coincidencia” esta conmemoración es en el Día de los Fieles Difuntos y de Todos los Santos, conmemoraciones católicas.

En cuanto las piezas de pan, no eran de cualquier clase sino precisamente “pan de muerto”. Un pan redondo coronado con huesos simulados en forma de X y aderezado con mucha azúcar.

Una vez instalada la Ofrenda, por dos o tres noches se encendían las velas y veladoras y se apagaba la electricidad de la habitación. Se rezaba el Santo Rosario y se solicitaba a Dios el permiso para aquella alma que quisiera venir a la degustación de los manjares en su honor.

Esta habitación adquiría una atmósfera de misticismo y los niños permanecíamos expectantes. En cualquier momento podría aparecer un ser del más allá. Nunca sucedió, claro. Los mayores nos explicaban el porqué sólo ciertas personas tienen la facultad de ver e inclusive hablar con gente que “se nos adelantó” al más allá.

Recuerdo que el 31 de octubre estaba dedicado a los fallecidos niños, el 1 de noviembre a los que se fueron de esta vida por accidentes y el día 2, a absolutamente todos los muertos; tampoco sé si esta costumbre era familiar o general.

Sabíamos que mucha gente permanecía cerca de la Ofrenda la noche para amanecer el día 2, orando por “sus fieles difuntos”. También, que familias enteras acostumbraban asistir al cementerio y pasar la noche junto a la tumba de su difunto, sobre la cual habían instalado un altar como te platico era el de mi abuelita. Hay poblaciones enteras que participaban en ese ritual nocturno, como es Mixquiq en el Valle de México, y Pátzcuaro, en el estado de Michoacán. Tradición que perdura hasta hoy.

Por cierto que en el presente, el 2 de noviembre los cementerios están repletos de visitantes que rinden tributo a sus difuntos adornándoles sus tumbas con flores y algunos familiares llevan serenatas con guitarras e inclusive mariachis.

Para instalar la Ofrenda, grandes  y chicos ayudábamos. Sabíamos que la noche de noviembre 2 se repartiría todo su generoso contenido y seríamos partícipes de un banquete espectacular.

Recuerdo que con mis primos observaba los recipientes de agua; principalmente los transparentes. Nos asombraba ver cómo disminuía su contenido y creíamos que algún espíritu había bebido. Nos compadecíamos de las ánimas, pensando que tenían que esperar hasta fines de octubre para volver a degustar sus platillos favoritos, sus bebidas y esa agua…

Después de los rezos, a las 18.00 horas de noviembre 2, se desmontaba la Ofrenda. Se calentaban los alimentos y la gran familia se sentaba a la mesa a degustar los guisos cocinados en honor a los extintos, quienes era seguro habían regresado al cielo o al purgatorio, dependiendo de cómo había sido su conducta cuando vivieron.

Por tradición, a los niños nos servían leche con chocolate sin endulzar, porque lo acompañábamos con ese delicioso pan de muerto tan azucarado. Nos era entregado a todos los presentes nuestro “itacate”, o sea, una buena provisión de prácticamente todas las frutas y dulces que habían adornado la Ofrenda; sí, incluía ese dulce de calabaza, tan sabroso. Desde luego, nos entregaban a cada quien nuestra respectiva calaverita; era impensable una equivocación, porque como te decía, cada una traía un nombre.

Solo los mayores degustaban los licores, pero en esos ayeres sinceramente yo prefería mi leche con chocolate, o leche sola para degustar el dulce de calabaza o el “pan de muerto”.

Al paso del tiempo, de octubre 31 a noviembre 2, se adicionaron las pequeñas y huecas calabazas naturales o de plástico, a las que se les podía introducir una vela o luz de alguna especie. Daban un aspecto fantasmagórico. Muchos pequeños recibían una buena cantidad de dinero para gastar en lo que quisieran, mismo que provenía de “donativos” de los transeúntes a quienes les causaba gracia la frase, “¿me da mi calaverita?”

Actualmente, los niños y niñas reciben esas calabazas (ahora son sólo de plástico) y durante el día y noche salen a las calles a solicitar un obsequio monetario entre los transeúntes y conductores de vehículos. Muchos van arreglados con maquillaje fantástico y/o también vestidos de fantasmas, brujos, magos, momias, etc.  Así, en las calles y muchos lugares puedes ver chicos y chicas disfrazados de brujas, vampiros, esqueletos andantes, “Dráculas”, “Harry Poters”, el muñeco “Chucky”, etc. Han proliferado los negocios que anuncian el maquillaje especial para quienes piden calaverita o asisten a las fiestas de Halloween, que se popularizaron en los últimos años. La combinación de ambas costumbres me causa gracia.

Puedo contarte que no hace mucho supe que existían las “Catrinas”. Son esqueletos vestidos con ropajes muy elegantes. Las femeninas usan fastuosos vestidos, grandes sombreros o coronas de flores y joyas; los acompañantes masculinos lucen trajes ostentosos.  Como tú sabes, esa tradición principió a fines del siglo XIX como una burla a la alta sociedad de mi país de esos tiempos y ahora es la imagen por excelencia de la muerte, a la mexicana; también la llamamos “la calaca” y a ella se le dedican versos que se publican el 2 de noviembre, en el que se alude a una persona en especial por quien la muerte ha venido a llevar al más allá. Pero, si alguien te dedica una “calaverita” en verso, te das cuenta del aprecio que te tiene. Para mí significa que una persona pensó especialmente en ti para halagarte con un texto corto, con rima, usualmente chusco, que mencione tu nombre y tus costumbres. ¡Tú mismo puedes escribirte una calaverita! y publicarla en tus redes sociales. Los periódicos también publican “calaveritas” dedicadas a políticos y gente famosa. En el radio y televisión también les dedican un espacio. Ni los memes han podido desplazar esta costumbre.

Volviendo a las Catrinas. En la capital mexicana y en varias otras ciudades, hay desfile de Catrinas… son de llamar la atención las de San Miguel de Allende. La procesión de “parcas vivientes” vestidas y maquilladas suntuosamente, se ha popularizado todavía más con la película que ya te mencioné; sí, la del agente secreto, en cuyo argumento apareció el desfile de calaveras gigantes, que no existían pero que ahora forman parte de nuestra cultura.

Muchos dicen que tomamos a broma que algún día estaremos del otro lado de la vida y nos divertimos ahora ante esa realidad que no podemos cambiar. Si algo hay seguro, “no pasaremos de la raya”.

Y qué te digo del Halloween que hasta hace poco estaba a la alza. Con el revivir de nuestras tradiciones, esa costumbre se combina con la mexicana. Así que no hay queja, lo nuestro se ha enriquecido con mega desfiles de Catrinas por ejemplo, con una monumental Ofrenda en el Zócalo (Plaza Mayor, en el corazón del país), con un paseo nocturno en bicicleta en el que los ciclistas van apropiadamente disfrazados; festivales de “pan de muerto”; ferias alusivas y desfiles de cráneos monumentales. Inclusive, cuando se celebra el Gran Premio de México de Fórmula Uno, las edecanes lucen atavíos rememorando a la Catrina.

¡Y por poco se me olvida! Nuestros ancestros creían que las mariposas Monarca que visitan varias regiones de México, eran las ánimas de sus difuntos. Estos maravillosos insectos llegan en la tercera semana de octubre. Anualmente, los hermosos bosques de Oyameles se visten de naranja y negro pues las Monarca invaden los árboles que las cobijan durante el invierno, que del lugar que provienen (Canadá y Estados Unidos) esa estación es infinitamente más cruda que en mi país. Aquí vienen a reproducirse y la nueva generación emprende su viaje al Norte a fines de enero y principios de febrero del año siguiente; pero lo que nos ocupa es que su llegada era un signo muy especial para los antiguos y por ello iniciaron los ritos que te he contado, mismos que prevalecen en su mayoría hasta la fecha.

Bueno, ahora a ti te corresponde contarme cómo has vivido en tu entorno el Día de Todos los Santos y el de Los Fieles Difuntos, lo que te parece la sui generis tradición precolombina muy mexicana y si te animarías a vestir uno de esos hermosos atuendos con los que mis paisanos y yo nos reímos de la muerte.

Glosario:
Cazuela-Recipiente de barro para cocinar y/o presentar comida
Zempoalxochitl o Cempasuchil-Flor parecida al clavel, de color amarillo intenso
Papel picado-Producto artesanal mexicano hecho de papel de China
Mariachi-Conjunto de músicos y cantantes vestidos con traje de gala de la charrería mexicana
Ir de catrín o ser catrín-Vestirse de gala o tener buena posición económica
Ánimas.- Espíritus de los fallecidos

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Por amor al hockey

 

POR AMOR AL HOCKEY

Para jugar un partido de hockey sobre césped tuve que cortar con unas compañeras el pasto de toda la cancha.

He jugado hockey sobre césped por más de veinte años. Por iniciativa de una estudiante de educación física que nos invitó a probar este desafío me inicié en este hermoso deporte. También fuimos el comienzo del hockey en un club pobre, lo único que teníamos era la cancha, camarines y un salón que servía para usos múltiples como charlas técnicas, reuniones del grupo o el tercer tiempo que se comparte con el adversario después de un partido.

Si bien esas instalaciones nos eran ofrecidas generosamente y podíamos hacer y deshacer a gusto con la única condición de arreglar nuestro calendario con los equipos de rugby, con quienes alternábamos los fines de semana en la tarea de ser locales o visitantes, el club carecía de personal. El lado humano de ese club éramos las jugadoras de hockey, los jugadores de rugby, que además eran nuestros amigos y/o novios, y algún dirigente soñador que esperaba que algún día ese lugar creciera y tuviera la vida normal de cualquier otro club. Pero éramos nosotras quienes mantenían camarines y salón en condiciones para recibir a las visitas, también íbamos a las reuniones semanales de delegados, suplicamos a un amigo que haga el curso de árbitros y nos represente para cumplir con todos los requisitos, conseguimos quien nos construya los arcos reglamentarios y  sacábamos dinero de nuestro bolsillo para hacer los pagos ante la Asociación que nos afiliaba.

Cuando la Asociación puso como condición la obligación de divisiones inferiores a todos los clubes para que el deporte tuviera semillero y pudiera crecer en la provincia, nos transformamos también en técnicos que reclutaron niñas de la zona, las pasábamos a buscar, transmitíamos nuestros conocimientos, les hicimos las polleritas para tenerlas uniformadas y toda tarea necesaria para lograr su presentación cada fin de semana. Nos esmeramos bastante. No sólo necesitábamos que ellas existan como equipo para poder presentar el nuestro, también queríamos verlas ganar, que se contagien del gustito de sentir que con esfuerzo y trabajo se puede ser un gran equipo al que los rivales le temen. Todo eso sin descuidar nuestras obligaciones personales,  teníamos en claro que si nuestras calificaciones bajaban en el colegio nuestros padres empezarían a condicionarnos el hockey,  por lo que incontables noches sacrificamos las horas de descanso para estudiar.

Éramos un grupo de jóvenes que amaban apasionadamente lo que hacían y no había sacrificio del que no fuéramos capaces para lograrlo.

Un sábado, día que la asociación tenía destinado a los partidos masculinos de este deporte, habíamos prestado de urgencia las instalaciones a un equipo amigo porque su campo de juego estaba empantanado. Ya que estábamos ahí nos quedamos a ver el encuentro que interrumpió nuestro entrenamiento.

Cuando los dos jueces llegaron los vimos deliberando. No entendíamos cuál era el problema hasta que decidieron la suspensión del partido porque el césped no tenía la altura que consideraban apropiada. Lo peor es que eso era cierto. La primavera había logrado que el césped crezca bastante, y había un rincón al que le decíamos “el de las lechugas” porque crecían malezas con ese aspecto que a veces llegaban a esconder la bocha.

El tema era grave porque al día siguiente, domingo, nos tocaba ser locales. Si el partido se suspendió para unos, también sucedería para nosotras. No pensaba perder los puntos en un papel pero sabía que teníamos menos de veinticuatro horas para solucionar el problema.

Puse manos a la obra con mi hermana y dos compañeras más. De casa traje la pequeña segadora hogareña y todos los cables alargadores posibles, propios, de los vecinos, de los amigos, cada pedacito de cable venía bien para llevar corriente a todos los rincones y  completar la labor.

Hasta medianoche cortamos el césped. Y precisamos un par de horas más para marcar la cancha. Lo hicimos rociando cal viva con un tarro que desocupamos después de hacer de los duraznos que contenía nuestra cena.

La sorpresa se la llevaron los árbitros, casualmente eran los mismos de la tarde anterior, y nuestro propio entrenador de ese año que era algo así como un artefacto decorativo necesario para decir que éramos un equipo. Todos habían hecho planes para ese día pensando que no podría disputarse el encuentro. Evidentemente no nos conocían bien. Nunca imaginaron que seríamos capaces de hacer todo lo posible para cumplir en tiempo y forma con sus requerimientos. Creían el partido sería sólo un trámite de llenar papeles para suspenderlo.

Jugamos, tuve la fortuna de convertir y los puntos ganados sumaron para ese año en que logramos el campeonato ajustadamente. Si hubiéramos resignado el partido no habríamos podido alzar la copa del torneo.

La otra cara del sacrificio se llama premio al esfuerzo y la perseverancia. Quienes estuvimos ese largo día haciendo aquello de lo que no nos creían capaces fuimos quienes saboreamos más el orgullo de la victoria.

Hasta el día de hoy nadie puede entender que once jugadoras,  de las cuales sólo cinco entrenaban con regularidad y carecían de técnico,  lograran destronar al campeón eterno de primera división con una sola arma: el córner corto, porque es lo único que podían tener muy trabajado siendo tan pocas y su juego era sencillamente provocar faltas del adversario dentro del círculo para lograr esa sanción. Menos comprensible fue que el equipo se disolviera después de lograr el campeonato. Eso me llevó a mudarme al club que había perdido el torneo en nuestras manos, no fue fácil pagar el derecho de piso, pero eso es otra  historia.

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