La Maldición

LA MALDICIÓN

Por Leonor Aguilar (Argentina)


María era una mujer pobre. La falta de recursos de su hogar paterno y una grave enfermedad neurológica padecida en la infancia había limitado bastante sus posibilidades de estudiar, de tener un futuro mejor.

Su mañana se iniciaba con tareas de limpieza de oficinas en una pequeña empresa. Había logrado un equilibrio, su pareja pagaba los servicios y lo que pudiera aportar a pequeñas mejoras en el hogar y con lo obtenido de su trabajo se alimentaba la familia.  Cuando quedaba algún dinero sobrante, cosa excepcional, lo utilizaba en vestimenta para sus niños.

Odiaba al mundo. Odiaba a todo aquel que pudiera cristalizar sus posibilidades de crecer y les deseaba todos los males del mundo con una envidia palpable. Nada alegraba más su día que ver complicado y preocupado a su jefe, la cara del día a día de todo lo que ella deseaba y no podía alcanzar. Verlo llegar con cara de preocupación era el mejor placer con el que podía empezar a realizar sus tareas de limpieza en las oficinas de la pequeña empresa, si hubiera podido decirle que le deseaba que su vida fuera una permanente mierda, lo haría sin dudar. Y estaba más que convencida de sus dones ocultos, porque coincidía que le deseaba algún mal y ocurría una seguidilla de desgracias que minaban su ánimo en general.

En los últimos tiempos se había concentrado en desearle un paquete de maldiciones. No porque él fuera mala persona, aunque siempre fue respetuoso,  compasivo y permisivo, era un ser a quien veía en el espejo diario de poseer lo que ella no. Verlo llegar perfumado, recién bañado, presentable, le provocaban una irritación y un ataque de envidia permanente que no podía controlar, lo que provocaba deseos de desgracias que surgían de su interior sin casi pensarlo.

Las maldiciones parecían surtir su efecto. El hombre tuvo una seguidilla de problemas familiares, laborales, económicos y personales que se vieron coronados con un accidente que pudo costarle la vida.

Las cosas estaban más que mal para él y eso, sin duda, le parecía bueno. Fingía preocupación preguntando por su estado y una pequeña sonrisa brotaba de su ser. Cuando el jefe se ausentaba para acudir a sus consultas médicas ella podía ir a trabajar a cualquier hora, pasar haciendo limpieza poco profunda, total, como no iba no se iba a dar cuenta y ella lo mismo recibía su paga…

En ese punto y dadas las circunstancias sentía que las cosas estaban bien. La vida era relajada, podía hacer y deshacer bastante a su gusto, hasta que el jefe tomó una decisión que no esperaba: Cerró la empresa, se dedicó a recuperar la salud, despidió e indemnizó  al personal y le deseó la mejor de las suertes en el futuro porque ya no podía continuar sosteniendo ese emprendimiento.

Ha pasado el tiempo. El jefe se levantó de la quiebra y trabaja de sol a sombra sin personal en un nuevo y exitoso proyecto que va creciendo.

¿Y ella? Pues, ella sigue siendo pobre,  a veces piensa que se le fue la mano al desearle tanto mal y mastica las consecuencias que acabaron cayendo sobre su propio bienestar. Está convencidísima de haber sido la causante de las desgracias, pero a veces lamenta no haber podido conseguir otro trabajo donde contemplen sus problemas de horarios.

Aún odia al mundo y a veces encuentra un nuevo destinatario para su triste don.

(Visited 8 times, 9 visits today)

Donde el fuego nunca se acaba

DONDE EL FUEGO NUNCA SE ACABA

May Sinclair


No había nadie en el huerto. Enriqueta Leigh salió furtivamente al campo por el portón de hierro sin hacer ruido. Jorge Waring, teniente de Marina, la esperaba allí.

Muchos años después, siempre que Enriqueta pensaba en Jorge Waring, revivía el suave y tibio olor de vino de las flores de saúco, y siempre que olía flores de saúco reveía a Jorge con su bella y noble cara como de artista y sus ojos de azul negro.

Ayer mismo la había pedido en matrimonio, pero el padre de ella la creía demasiado joven, y quería esperar. Ella no tenía diecisiete años todavía, y él tenía veinte, y se creían casi viejos ya.

Ahora se despedían hasta tres meses más tarde, para la vuelta del buque de él. Después de pocas palabras de fe, se estrecharon en un largo abrazo, y el suave y tibio olor de vino de las flores de saúco se mezclaba en sus besos bajo el árbol.

El reloj de la iglesia de la aldea dio las siete, al otro lado de campos de mostaza silvestre. Y en la casa sonó un gong.

Se separaron con otros rápidos y fervientes besos. Él se apuró por el camino a la estación del tren, mientras ella volvía despacio por la senda, luchando con sus lágrimas.

–Volverá en tres meses. Puedo vivir tres meses más –se decía.

Pero no volvió nunca. Su buque se hundió en el Mediterráneo, y Jorge con él.

Pasaron quince años.

Inquieta esperaba Enriqueta Leigh, sentada en la sala de su casita de Maida Vale, donde habitaba solo desde hacía pocos años, después de la muerte de su padre. No alejaba su vista del reloj, esperando las cuatro, la hora que Oscar Wade había fijado. Pero no estaba segura de que él viniera, después de haber sido rechazado el día antes.

Y se preguntaba ella por qué razones lo recibía hoy, cuando el rechazo de ayer parecía definitivo, y había pensado ya que no debía verlo nunca más, y se lo había dicho bien claro.

Se veía a sí misma, erguida en su silla, admirando su propia integridad, mientras él queda de pie, cabizbajo, abochornado, vencido; volvía a oírse repetir que no podía y no debía verlo más, que no se olvidara de su esposa, Muriel, a quién él no debía abandonar por un capricho nuevo.

A lo que había respondido él, irritado y violento:

–No tengo por qué ocuparme de ella. Todo acabó entre nosotros. Seguimos viviendo juntos solo por el qué dirán.

Y ella, con serena dignidad:

–Y por el qué dirán, Oscar, debemos dejar de vernos. Le ruego que se vaya.

–¿De veras lo dice?

–Sí. No nos veremos nunca más. No debemos.

Y él se había ido, cabizbajo, abochornado y vencido, cuadrando sus espaldas para soportar el golpe.

Ella sentía pena por él, había sido dura sin necesidad. Ahora que ella le había trazado su límite, ¿no podrían, quizá, seguir siendo amigos? Hasta ayer no estaba claro ese límite, pero hoy quería pedirle que se olvidara él de lo que había dicho.

Y llegaron las cuatro, las cuatro y media y las cinco. Ya había acabado ella con el té, y renunciado a esperar más, cuando cerca de las seis llegó él como había venido una docena de veces ya, con su paso medido y cauto, con su porte algo arrogante, sus anchas espaldas alzándose en ritmo. Era hombre de unos cuarenta años, alto y robusto, de cuello corto y ancha cara cuadrada y rósea, en la que parecían chicos sus rasgos, por lo finitos y bellos. El corto bigote, pardo rojizo, erizaba su labio, que avanzaba, sensual. Sus ojillos brillaban, pardos rojizos, ansiosos y animales.

Cuando no estaba él cerca, Enriqueta gustaba de pensar en él; pero siempre recibía un choque al verlo, tan diferente, en lo físico al menos, de su ideal, que seguía siendo su Jorge Waring.

Se sentó frente a ella, en un silencio molesto, que rompió al fin:

–Buen; usted me dijo que podía venir, Enriqueta.

Parecía echar sobre ella toda la responsabilidad.

–¡Oh, sí; ya lo he perdonado, Oscar!

Y él dijo que mejor era demostrárselo cenando con él, a lo que ella no supo negarse, y, simplemente, fueron a un restaurante en Soho.

Oscar comía como gourmet, dando a cada plato su importancia, y ella gustaba de su liberalidad ostentosa sin la menor mezquindad.

Al fin terminó la cena. El silencio embarazoso de él, su cara encendida le decían lo que estaba pensando. Pero, de vuelta, juntos, él la había dejado en la puerta del jardín. Lo había pensado mejor.

Ella no estaba segura de si se alegraba o no por ello. Había tenido su momento de exaltación virtuosa, pero no hubo alegría en las semanas siguientes. Había querido dejarlo porque no se sentía atraída, y ahora, después de haber renunciado, por eso mismo lo buscaba.

Cenaron juntos otra y otra vez, hasta que ella se conoció el restaurante de memoria: las blancas paredes con paneles de marcos dorados; las blandas alfombras turcas, azul y punzó; los almohadones de terciopelo carmesí que se prendían a su saya; los destellos de la platería y cristalería en las innúmeras mesitas; y las fachas de todos colores, rasgos y expresiones de los clientes; y las luces en su pantallitas rojas, que teñían el aire denso de tabaco perfumado, como el vino tiñe al agua; y la cara encendida de Oscar, que se encendía más y más con la cena. Siempre, cuando él se echaba atrás con su silla y pensaba, y cuando alzaba los párpados y la miraba fijo, cavilando, ella sabía qué era, aunque no en qué acabaría.

Recordaba a Jorge Waring y toda su propia vida desencantada, sin ilusiones ya. No lo había elegido a Oscar, y en verdad, no lo había estimado antes, pero ahora que él se había impuesto a ella no podía dejarlo ir. Desde que Jorge había muerto, ningún hombre la había amado, ninguno la amaría ya. Y había sentido pena por él, pensando cómo se había retirado, vencido y avergonzado.

Estuvo cierta del final antes que él. Solo que no sabía cómo y cuándo. Eso lo sabía él.

De tiempo en tiempo repitieron las furtivas entrevistas allí, en casa de ella.

Oscar se declaraba estar en el colmo de la dicha. Pero Enriqueta no estaba del todo segura; eso era el amor, lo que nunca había tenido, lo deseado y soñado con ardor. Siempre esperaba algo más, y más allá, algún éxtasis, celeste, supremo, que siempre se anunciaba y nunca llegaba. Algo había en él que la repelía; pero por ser él, no quería admitir que le hallaba un cierto dejo de vulgaridad.

Para justificarse, pensaba en todas sus buenas cualidades, en su generosidad, su fuerza de carácter, su dignidad, su éxito como ingeniero.

Lo hacía hablar de negocios, de su oficina, de su fábrica y máquinas: se hacía prestar los mismos libros que él leía, pero siempre que ella empezaba a hablar, tratando de comprenderlo y acercársele, él no la dejaba, le hacía ver que se salía de su esfera, que toda la conversación que un hombre necesita la tiene con sus amigos los hombres.

En la primera ocasión y pretexto que hubo en asuntos de él, fueron a París por separado.

Por tres días Oscar estuvo loco por ella, y ella por él.

A los seis empezó la reacción. Al final del décimo día, volviendo de Montmartre, estalló ella en un ataque de llanto, y contestó al azar cuando él le inquirió la causa, que el hotel Saint-Pierre era horrible, que le daba en los nervios y no lo soportaba más. Oscar, con indulgencia, explicó su estado como fatiga subsiguiente a la continua agitación de esos días.

Ella trató con energía de creer que su abatimiento creciente venía de que su amor era mucho más puro y espiritual que el de él; pero sabía perfectamente que había llorado de puro aburrimiento.

Estaba enamorada de él, y él la aburría hasta desesperarla; y con Oscar sucedía más o menos lo mismo. Al final de la segunda semana ella empezó a dudar de si alguna vez, en algún momento, lo había podido amar realmente.

Pero la pasión retornó por corto tiempo en Londres.

En cambio, se les fue despertando el temor al peligro, que en los primeros tiempos del encanto quedaba en segundo término. Luego, al miedo de ser descubiertos, después de una enfermedad de Muriel, la esposa de Oscar, se agregó para Enriqueta el terror de la posibilidad de casarse con él, que seguía jurando que sus intenciones eran serias, y que se casaría con ella en cuanto fuera libre.

Esta idea la asustaba a veces en presencia de Oscar, y entonces él la miraba con expresión extraña, como si adivinara, y ella veía claro que él pensaba en lo mismo y del mismo modo.

Así que la vida de Muriel se hizo preciosa para ambos, después de su enfermedad: era lo que les impedía una unión definitiva. Pero un buen día, después de unas aclaraciones y reproches mutuos, que ambos se sabían desde mucho antes, vino la ruptura y la iniciativa fue de él.

Tres años después fue Oscar quien se fue del todo ya, en un ataque de apoplejía, y su muerte fue un inmenso alivio para ella. Sin embargo, en los primeros momentos se decía que así estaría más cerca de él que nunca, olvidando cuán poco había querido estarlo en vida. Y antes de mucho se persuadió de que nunca habían estado realmente juntos. Le parecía cada vez más increíble que ella hubiera podido ligarse a un hombre como Oscar Wade.

Y a los cincuenta y dos años, amiga y ayudante del vicario de Santa María Virgen en Maida Vale, diácona de su parroquia, con capa y velo, cruz y rosario, y devota sonrisa, secretaria del Hogar de Jóvenes Caídas, le llegó la culminación de sus largos años de vida religiosa y filantrópica, en la hora de su muerte. Al confesarse por última vez, su mente retrocedió al pasado y encontrose otra vez con Oscar Wade. Caviló algo si debía hablar de él, pero se dio cuenta de que no podría, y de que no era necesario: por veinte años había estado él fuera de su vida y de su mente.

Murió con su mano en la mano del vicario, el que la oyó murmurar:

–Esto es la muerte. Creía que sería horrible, y no. Es la dicha; la mayor dicha.

La agonía le arranchó la mano del vicario, y enseguida terminó todo.

Por algunas horas se detuvo ella vacilante en su cuarto, y remirando todo lo tan familiar, lo veía algo extraño y antipático ahora.

El crucifijo y las velas encendidas le recordaban alguna tremenda experiencia, cuyos detalles no alcanzaba a definir; pero que parecían tener una relación con el cuerpo cubierto que hacía en la cama, que ella no asociaba a su persona.

Cuando la enfermera vino y lo descubrió, vio Enriqueta el cadáver de una mujer de edad mediana, y su propio cuerpo vivo era el de una joven de unos treinta y dos años. Su frente no tenía pasado ni futuro, y ningún recuerdo coherente o definido, ninguna idea de lo que iba a ocurrirle. Luego, de repente, el cuarto empezó a dividirse ante su vista, a partirse en zonas y hacer de piso, muebles y cielo raso, que se dislocaban y proyectaban hacia planos diversos, se inclinaban en todo sentido, se cruzaban, se cubrían con una mezcla transparente, de perspectivas distintas, como reflejos de exterior en vidrios de interior.

La cama y el cuerpo se deslizaron hacia cualquier parte, hasta perderse de vista. Ella estaba de pie al lado de la puerta, que aún quedaba firme: la abrió y se encontró en una calle, fuera de un edificio grisáceo, con gran torre de alta aguja de pizarra, que reconoció con un choque palpable de su mente: era la iglesia de Santa María Virgen, de Maida Vale, su iglesia, de la que podía oír ahora el zumbido del órgano. Abrió la puerta y entró. Ahora volvía a tiempo y espacio definidos, y recuperaba todos los detalles de la iglesia, en cierto modo permanentes y reales, ajustados a la imagen que tomaba posesión de ella. Sabía para qué había ido allí.

El servicio religioso había terminado, el coro se había retirado, y el sacristán apagaba las velas del altar. Ella caminó por la nave central hasta un asiento conocido, cerca del púlpito, y se arrodilló. La puerta de la sacristía se abrió y el reverendo vicario salió de allí en su sotana negra, pasó muy cerca de ella y se detuvo, esperándola: tenía algo que decirle. Ella se levantó y se acercó a él, que no se movió, y parecía seguir esperando, aunque ella se le acercó luego más que nunca, hasta confundir sus rasgos. Entonces se apartó para ver mejor, y se encontró con que miraba la cara de Oscar Wade, que se estaba quieto, horriblemente quieto, cortándole el paso.

Ella retrocedió, y las anchas espaldas la siguieron, inclinándose a ella, y sus ojos la envolvían. Abrió ella la boca para gritar, pero no salió sonido alguno; quería huir, pero temía que él se moviera con ella; así quedó, mientras las luces de las naves literales se apagaban una por una, hasta la última. Ahora debía irse, si no, quedaría encerrada con él en esa espantosa oscuridad. Al final consiguió moverse, llegar a tientas, como arrastrándose, cerca de un altar. Cuando miró atrás, Oscar Wade había desparecido.

Entonces recordó que él había muerto. Lo que había visto no era Oscar, pues, sino su fantasma. Había muerto hacía diecisiete años. Ahora se sentía libre de él para siempre.

Salió al atrio de la iglesia, pero no recordaba ya la calle que veía. La acera de su lado era una larga galería cubierta, que limitaban altos pilares de un lado, y brillantes vidrieras de lujosos negocios del otro; iba por los pórticos de la calle Rívoli, en París. Allí estaba el pórtico del hotel Saint-Pierre. Pasó la puerta giratoria de cristales, pasó el vestíbulo gris, de aire denso, que ya conocía bien. Fue derecho a la gran escalera de alfombra gris, subió los innumerables peldaños en espiral alrededor de la jaula que encerraba al ascensor, hasta un conocido rellano, y un largo corredor gris, que alumbraba una opaca ventana al final.

Y entonces, el horror del lugar la asaltó, y como no tenía ningún recuerdo ya de su iglesia y de su Hogar de Jóvenes, no se daba cuenta de que retrocedía en el tiempo. Ahora todo el tiempo y todo el espacio eran lo presente allí.

Recordaba que debía torcer a la izquierda, donde el corredor llegaba a la ventana, y luego ir hasta el final de todos los corredores; pero temía algo que había allí, no sabía bien qué. Tomando por la derecha podría escaparse, lo sabía; pero el corredor terminaba en un muro liso; tuvo que volver a la izquierda, por un laberinto de corredores hasta un pasaje oscuro, secreto y abominable, con paredes manchadas y una puerta de madera torcida al final, con una raya de luz encima. Podía ver ya el número de esa puerta: 107.

Algo había pasado allí, alguna vez, y si ella entraba se repetiría lo mismo. Sintió que Oscar Wade estaba en el cuarto, esperándola tras la puerta cerrada; oyó sus pasos mesurados desde la ventana hasta la puerta.

Ella se volvió horrorizada y corrió, con las rodillas que se le doblaban, hundiéndose, a lo lejos, por larguísimos corredores grises, escaleras abajo, ciega y veloz como animal perseguido, oyendo los pies de él que la seguía hasta que la puerta giratoria de cristales la recibió y la empujó a la calle.

Lo más extraño de su estado era que no tenía tiempo. Muy vagamente recordaba que una vez había habido algo que llamaban tiempo, pero ella ya no sabía qué era. Se daba cuenta de lo que ocurría o estaba por ocurrir, y lo situaba por el lugar que ocupaba, y medía su duración por el espacio que cruzaba mientras ello ocurría. Así que ahora pensaba: “Si pudiera ir hacia atrás hasta el lugar en que eso no había pasado aún. Más atrás aún”.

Ahora iba por un camino blanco, entre campos y colonias envueltas en leve niebla. Llegó al puente de dorso alzado; cruzó el río y vio la vieja casa gris que sobrepasaba el alto muro del jardín. Entró por el gran portón de hierro y se halló en una gran sala de cielo raso bajo, ante la gran cama de su padre. Un cadáver estaba en ella, bajo una sábana blanca, y era el de su padre, que se modelaba claramente. Levantó entonces la sábana, y la cara que vio fue la de Oscar Wade, quieta y suave, con la inocencia del sueño y de la muerte. Con la vista clavada en esa cara, ella, fascinada, con una alegría fría y despiadada: Oscar estaba muerto sin duda ninguna ya. Pero la cara muerta le daba miedo al fin e iba a cubrirla, cuando notó un leve movimiento en el cuerpo. Aterrorizada alzó la sábana y la estiró con toda su fuerza, pero las otras manos empezaron a luchar convulsivas, aparecieron los anchos dedos por los bordes, con más fuerza que los de ella, y de un tirón apartaron la sábana del todo, mostrando los ojos que se abrían, y la boca que se abría, y toda la cara que la miraba con agonía y horror; y luego se irguió el cuerpo y se sentó, con sus ojos clavados en los de ella, y ambos se inmovilizaron un momento, contenidos por mutuo miedo.

De repente se recobró ella, se volvió y corrió fuera del salón, fuera de la casa. Se detuvo en el portón, indecisa hacia dónde huir. Por un lado, el puente y el camino la llevarían a la calle Rívoli y a los lóbregos corredores del hotel; por el otro lado, el camino cruzaba la aldea de su niñez.

¡Ah si pudiera huir más lejos, hacia atrás, fuera del alcance de Oscar, estaría al fin segura! Al lado de su padre, en su lecho de muerte, había sido más joven; pero no lo bastante. Tendría que volver a lugares donde fuera más joven aún, y sabía dónde hallarlos. Cruzó por la aldea, corriendo, pasando el almacén, y la fonda y el correo, y la iglesia, y el cementerio, hasta el portón sur del parque de su niñez.

Todo eso parecía más y más insustancial, se retiraba tras una capa de aire que brillaba sobre ello como vidrio. El paisaje se rajaba, se dislocaba, y flotaba a la deriva, le pasaba cerca, en viaje hacia lo lejos, desvaneciéndose, y en vez del camino real y de los muros del parque, vio una calle de Londres, con sucias fachadas, claras, y en vez del portón sur del parque, la puerta giratoria del restaurante en Soho, la que giró a su paso y la empujó al comedor que se le impuso con la solidez y precisión de su realidad, lleno de conocidos detalles: las blancas paredes con paneles de marcos dorados, las blandas alfombras turcas, las fachas de los clientes, moviéndose como máquinas, y las luces de pantallitas rojas. Un impulso irresistible la llevó hasta una mesa en un rincón, donde un hombre estaba solo, con su servilleta tapándole el pecho y la mitad de la cara. Se puso ella a mirar, dudosa, la parte superior de esa cara. Cuando la servilleta cayó, era Oscar Wade. Sin poder resistir, se le sentó al lado; él se reclinó tan cerca que ella sintió el calor de su cara encendida y el olor del vino, mientras él le murmuraba:

–Ya sabía que vendrías.

Comieron y bebieron en silencio.

–Es inútil que me huyas así –dijo él.

–Pero todo eso terminó –dijo ella.

–Allí, sí; aquí, no.

–Terminó para siempre.

–No. Debemos empezar otra vez. Y seguir, y seguir.

–¡Ah, no! Cualquier cosa menos eso.

–No hay otra cosa.

–No, no podemos. ¿No recuerdas cómo nos aburríamos?

–¿Que recuerde? ¿Te figuras que yo te tocaría si pudiera evitarlo?… Para eso estamos aquí. Debemos: hay que hacerlo.

–No, no. Me voy ahora mismo.

–No puedes –dijo él–. La puerta está con llave.

–Oscar, ¿por qué la cerraste?

–Siempre fui así. ¿No recuerdas?

Ella volvió a la puerta, y no pudiendo abrirla, la sacudió, la golpeó, frenética.

–Es inútil, Enriqueta. Si ahora consigues salir, tendrás que volver. Lo dilatarás una hora o dos, pero ¿qué es eso en la inmortalidad?

–Habrá tiempo para hablar de la inmortalidad cuando hayamos muerto. ¡Ah!…

Eso pasó. Ella se había ido muy lejos, hacia atrás, en el tiempo, muy atrás, donde Oscar no había estado nunca, y no sabría hallarla, al parque de su niñez. En cuanto pasó el portón sur, su memoria se hizo joven y limpia: flexible y liviana, se deslizaba de prisa sobre el césped, y en sus labios y en todo su cuerpo sentía la dulce agitación de su juventud. El olor de las flores de saúco llegó hasta ella a través del parterre, Jorge Waring estaba esperándola bajo el saúco, y lo había visto. Pero de cerca, el hombre que la esperaba era Oscar Wade.

–Te dije que era inútil querer escapar, Enriqueta. Todos los caminos te retornan a mí. En cada vuelta me encontrarás. Estoy en todos tus recuerdos.

–Mis recuerdos son inocentes. ¿Cómo pudiste tomar el lugar de mi padre y de Jorge Waring? ¿Tú?

–Porque los reemplacé.

–Nunca. Mi cariño por ellos era inocente.

–Tu amor por mí era parte de eso. Crees que lo pasado afecta lo futuro. ¿No se te ocurrió nunca pensar que lo futuro pueda afectar lo pasado?

–Me iré lejos, muy lejos –dijo ella.

–Y esta vez iré contigo –dijo él.

El saúco, el parque y el portón flotaron lejos de ella y se perdieron de vista. Ella iba sola hacia la aldea, pero se daba cuenta de que Oscar Wade la acompañaba detrás de los árboles, al lado del camino, paso a paso, como ella, árbol a árbol. Pronto sintió que pisaba un pavimento gris, y una fila de pilares grises a su derecha y de vidrieras a su izquierda la llevaban, al lado de Oscar Wade, por la calle Rívoli. Ambos tenían los brazos caídos y flojos, y sus cabezas divergían, agachadas.

–Alguna vez ha de acabar esto –dijo ella–. La vida no es eterna: moriremos al fin.

–¿Moriremos? Hemos muerto ya. ¿No sabes qué es esto y dónde estamos? Esta es la muerte, Enriqueta. Somos muertos. Estamos en el infierno.

–Sí. No puede haber nada peor que esto.

–Esto no es lo peor. No estamos plenamente muertos aún, mientras tengamos fuerzas para volvernos y huirnos, mientras podamos ocultarnos en el recuerdo. Pero pronto habremos llegado al más lejano recuerdo, y ya no habrá nada más allá, y no habrá otro recuerdo que este.

–Pero ¿por qué?, ¿por qué? –gritó ella.

–Porque eso es lo único que nos queda.

Ella iba por un jardín entre plantas más altas que ella. Tiró de unos tallos y no podía romperlos. Era una criatura.

Se dijo que ahora estaría segura. Tan lejos había retrocedido que había llegado a ser niña otra vez. Ser inocente sin ningún recuerdo, con la mente en blanco, era estar segura al fin.

Llegó a un jardín de brillante césped, con un estanque circular rodeado de rocalla y flores blancas, amarillas y purpúreas. Peces de oro nadaban en el agua verde oliva. El más viejo, de escamas blancas, se acercaba primero, alzando su hocico, echando burbujas.

Al fondo del jardín había un seto de alheñas cortado por un amplio pasaje. Ella sabía a quién hallaría más allá, en el huerto: su madre, que la alzaría en brazos para que jugara con las duras bolas rojas que eran las manzanas colgando de su árbol. Había ido ya hasta su más lejano recuerdo, no había nada más atrás. En la pared del huerto tenía que haber un portón de hierro que daba a un campo. Pero algo era diferente allí, algo que la asustó. Era una puerta gris en vez del portón de hierro. La empujó y entró al último corredor del hotel Saint-Pierre.

(Visited 7 times, 7 visits today)

Así te cuento de “Cayetano”

 ASÍ TE CUENTO DE “CAYETANO”

por Cony Ureña (México)




¿Cómo? ¿No recuerdas que a mediados del año pasado se difundió la historia de Cayetano?  En las redes sociales y por televisión hubo un vÍdeo en el que se apreciaba a un perro corriendo tras un automóvil que circulaba lentamente por un transitado eje vial, conducía una mujer con visera, de esas que no cubren la coronilla.

Recordarás que ese vídeo, transmitido por los tele noticieros, levantó una enorme cantidad de comentarios pues su creador afirmaba que la mujer había bajado a su perro del auto para abandonarlo.

El hombre que filmó el suceso, siguió a la mujer en cuestión, provocó que se detuviera, le avisó que su perro la venía siguiendo, que era una vida la que estaba abandonando, etc.  Inaudible la respuesta de la dama quien al parecer aseguró que el can no era suyo, que no lo estaba abandonando pero que sí se dio cuenta de que la venía siguiendo, por eso manejaba despacio.

A esa altura del vídeo, el perro ya había alcanzado a los dos autos y sentado en el asfalto era testigo de la conversación entre el filmador y su supuesta dueña, quien tan pronto se  “subió” la filmación a la red y se comentó en la TV, fue prácticamente crucificada por la opinión pública que frecuenta YouTube, Twitter, Facebook y por supuesto la TV.

Si el vídeo no mostró más allá de la conversación, ¿por qué causó tanto revuelo y el enojo del auditorio?  Hasta hubo quienes identificaron a la dama en cuestión, la molestaron en su trabajo y fueron a su casa a arrojar tomates y huevos, además de gritarle insultos.

Pero, ¿dónde estaba el perrito?  En el vídeo se pudo apreciar que al parecer la mujer había tenido que regresar a su domicilio con el can ya dentro del auto.

Después de tanto alboroto en las redes sociales, estarás de acuerdo que esto muestra una vez más el poder de convocatoria de estos medios, pues la gente seguía condenando la conducta de la supuesta dueña de Cayetano.  Sí, así se llama el perrito de esta historia … ¿ahora sí lo recuerdas?

Yo me enteré de su nombre, cuando la joven responsable real del bienestar de Cayetano fue entrevistada telefónicamente y al día siguiente apareció en los noticieros matutinos.  Explicó que el can había sido callejero y fue adoptado por la comunidad porque llegó a la privada donde esta muchacha y sus vecinos habitan; que por lo regular iba de casa en casa para comer o para dormir. Sin embargo, esta joven era quien tenía más contacto con la mascota y lo había llevado a vacunar.

Aceptó que Cayetano estaba mal domesticado; por ejemplo, si se encontraba en un patio y abrían el portón hacia la calle, no perdía la ocasión para salir “disparado como bala”.  La joven afirmó que por más que trataba de que Cayetano se asentara en un lugar fijo, al perrito le gustaba más el ir y venir por todas las casas de la privada.

También afirmó una y otra vez que Cayetano estaba vacunado y esterilizado, así como bien cuidado y alimentado.

Las apariciones de la joven en la TV se debieron a que pedía de manera encarecida que dejaran de culpar y molestar a la señora del vídeo, quien a su vez declaró,  por conducto  de la señorita, que esa mañana había salido a caminar en compañía de Cayetano.  Al abordar su automóvil el perro empezó a seguirla, más que nada porque es un perro fiel.

Además, al tercer día del incidente, las autoridades ya se habían llevado a Cayetano y la joven deseaba recuperarlo y hacerse, de una vez por todas, responsable del can, atenderlo y sobre todo domesticarlo.  Todos nos preguntamos cómo fue posible tan pronta reacción de las autoridades. Ah, dices bien:  el poder mediático.

Las televisoras presentaron en vivo a esta joven que habló y se desenvolvió bien ante las cámaras, convincente, preocupada y lastimada porque le quitaron a Cayetano,  bautizado con ese nombre porque procedía de la calle.

Mas no fue solo presentar a la joven y, ¿no te parece el colmo fue que las televisoras también la acompañaron a tramitar su solicitud para que le devolvieran a Cayetano? El trámite se prolongó varios días, pero “los medios” nos mantuvieron al tanto del avance de esas gestiones. Así como las reacciones de las diversas asociaciones protectoras de animales, que contribuyeron a realzar este singular acontecimiento.

Mientras tanto en la red, muchas de las personas que habían subido a su propia página el famoso vídeo, pensaban seriamente en eliminarlo o de plano ya lo habían desaparecido, pero ahora se divertían con la parodia de la filmación original, cuyos actores en este caso eran asimismo una señora (usando visera) y su novio,  quien era bajado  del auto en pleno arroyo vehicular; el hombre corría detrás del carro y lo alcanzaba hasta el momento de la confrontación de la conductora con quien estaba filmando.  

Así que la compasión despertada hacia el perro se convirtió en unas escenas de cómo puede una mujer maltratar a la pareja. Práctica con la que desde luego no concuerdo … ¿acaso, tú sí?

Lo último que se sabe, es que por presión de la “opinión pública” y de las televisoras, Cayetano fue devuelto sano y salvo a la joven que de ahí en adelante deberá responder por las acciones de su mascota.  Quizás contrate al Encantador de Perros, para que le muestre cómo debe tratar a Cayetano, el perro más famoso por lo menos en lo que se refiere al año pasado en la Ciudad de México.

(Visited 5 times, 1 visits today)

Recordando a un amigo

RECORDANDO A UN AMIGO

Por Leonor Aguilar (Argentina)

Su nombre no importa, da igual para quien no lo conocía. Pero ocurre que era mi amigo, conocía sus sueños, sus sentimientos, sus porfías, desvelos y risas. He compartido sus anhelos y proyectos de vida, lo he visto enamorarse, sacar del alma un grito de gol y también pensar en la fecha de un examen. Lo supe vivo, con lo que esa palabra implica y nunca nos detenemos a pensar seriamente en el todo que es capaz de abarcar.

     A diferencia de mi persona era ordenado y meticuloso, programaba sus horas del día con la precisión de un reloj suizo. Tenía la capacidad de poder repartir sus tiempos entre estudios, amor, deporte, amigos, familia y toda obligación diaria, y siempre lo hacía bien. 

   La guitarra, fiel compañera infaltable en los asados y juntadas, nos reunía con la risa de sabernos aullando (cantar es una palabra que nos quedaba grande) una mezcla de folclore, rock nacional y cualquier otra cosa que surgiera improvisada cuando las luces del amanecer nos sorprendían en el abrazo amigo que no conoce de vergüenzas musicales. ¡Qué importaba la melodía si lo más valioso era que afinábamos a la perfección los tonos de una amistad sincera!

  No pudo despedirse, partió a ese pedacito de patria como quien sale de viaje y pretende retomar lo que ha dejado por hacer a su retorno. Partió dejándonos el alma encogida en el abrazo de la incertidumbre, sin más que una imagen sonriente que desde una mesa reflejaba sus anhelos en el porvenir. 

    Fueron meses largos y duros de espera, de radio que anunciaba combates cuerpo a cuerpo en el lejano paraje donde el hambre y el frío de una trinchera húmeda eran su día. No existía el modo de contener la angustia ni la impotencia, imposible conciliar el sueño cuando cerrar los ojos era imaginar luces y silbidos de bombas, estallidos, dolor y muerte.

   Regresó, pero no era el mismo. Me reencontré con un amigo al que desconocía. Curtido por el frío y la realidad habían perdido sentido para él los sueños. Las peores cicatrices no eran las que llevaba en su cuerpo, ése que escondía de la mirada curiosa de los desconocidos, sino aquellas que eran invisibles y cargaba muy adentro como ácido que corroe el corazón. Sólo traía consigo un objeto y un único comentario para él: su anterior dueño ya no lo precisaba. 

   A veces me asustaba esa mirada perdida en recuerdos que callaba. En otras oportunidades era testigo de lágrimas que se agolpaban en sus ojos y su gesto me sugería que por fin empezaría a vomitar sus silencios, pero en un punto detenía bruscamente el arranque, se adueñaba nuevamente de su hermetismo y permanecía mudo y ajeno al mundo que lo rodeaba.  Estaba vivo, pero sólo era la cáscara. Cada día cerraba, y apagaba más, su interior.

   Los meses pasaron estáticamente. El tiempo se había detenido en un punto vedado a todo aquel que se arrimara a su persona. Encerrado en sí mismo contemplaba lejanías, fijaba la vista en un punto con la mirada perdida y una expresión de rechazo. 

   La vida parecía latir para él sólo en deportes de alto riesgo. Y no sé si latía o era una necesidad constante de probarse a sí mismo, de descifrar esa pesada mochila que cargaba en lo íntimo de su ser.

   Encontró el descanso a alta velocidad. Se llevó su silencio, su costado herido, sus cicatrices indelebles y la música que en sus manos jamás volvió a ser.

(Visited 9 times, 2 visits today)

A la gallina que come huevo…

A LA GALLINA QUE COME HUEVO…

por Felipe Guzmán (El Salvador)

Pocas veces en la vida he conocido personas con el talante de Jacinto Cornuto. Mientras fuimos vecinos, fue un aficionado enfermizo a los binoculares (lentes de larga vista), pese a que, precisamente, su amor a estos artefactos le acarreó serios conflictos sociales.

Según él me contó, su afición nació cuando tenía escasamente 8 años, a mediados de los setentas. Fue un tío suyo quien le regaló los primeros binoculares. La alegría de mi amigo Jacinto por tal posesión era desbordante, y no resistió la tentación de llevarlos a la escuela para presumir ante sus compañeros. Me contó Jacinto que uno de sus compañeros, mientras manipulaba el artefacto, lo dejó caer accidentalmente, rompiéndole un cristal. Jacinto, trastornado por la cólera, la emprendió a golpes contra su compañero. Tal fue la golpiza que fue expulsado de la escuela sin más. Así, con este suceso, la terrible manía queda sembrada; y así  arranca su calvario. En lo posible, Jacinto adquiriría cada vez binoculares de mejor calidad y mayor alcance, sin importarle las consecuencias sociales.

Para 1990 un estafador le vendió unos binoculares con defecto de fábrica. Jacinto, enloquecido de furia, buscó al incauto estafador y le propinó una golpiza de tales dimensiones, que terminó con el vendedor en el hospital y con mi amigo en la cárcel.

Para 1998, su esposa de turno (una mujer de cierta belleza, pero aficionada a la mariguana) en una de sus crisis de adicción vendió los binoculares y le hizo creer a Jacinto que algún ladronzuelo había entrado a la casa. Pero mi amigo descubrió el engaño y, como era su costumbre, sin reflexionar, le dio «su merecido». Esto le costó unos días en la cárcel y su matrimonio, que en realidad no era gran cosa. Y así, sucesivamente, mi amigo Jacinto navegó de tumbo en tumbo, a veces ahogándose, a veces despeñándose. Y todo por los malditos inoculares.

Ya para el 216, los nuevos lentes de mi amigo Jacinto eran verdaderamente una maravilla. Lentes de gran alcance: 30X50. Marca Tasco. Equipados con su trípode, estabilizador de movimientos y una pantalla con sistema de grabación. Mi amigo, muy entusiasmado, nos mostró su portentosa adquisición.

— Tasco es de las mejores marcas… y son de largo alcance… y graban todo lo que yo enfoque… podés ver una rata que esté en mi casa desde el volcán.

Y para el día siguiente, Jacinto nos invitó al volcán para apreciar la ciudad desde la cúspide.

El día llegó y nos fuimos, acompañados de otros vecinos: Jorge y Alfonso. Y, en efecto, se apreciaban muy bien pequeños detalles en la ciudad: el parque Simón Bolívar con sus prostitutas matutinas, los nombres de los almacenes, los huelepegas de los contornos del Mercado Central… Y entonces… Jacinto comenzó la búsqueda de su casa… la encontró…

— ¡Miren! Ahí está Picotín (era su perico)… y también Leoncio (era su perro)… hasta los aguacates del palo se ven… ricos son esos aguacates…

Todos, en torno del equipo, apreciábamos en la pantalla las distintas escenas. De repente, Leoncio comenzó a mover alegremente su cola y a caminar hacia el baño. Fue en este punto que vimos a un hombre, refajado con una toalla, salir del baño; detrás de él, una mujer, justamente la mujer de Jacinto.

Y se acabó la diversión. Jacinto guardó su equipo y dio la orden de retirada.

— Vámonos a la M… Las mujeres son unas P… Ya no respetan a los maridos… Al llegar a la casa voy a matar a esa P… Y a Leoncio lo voy a colgar del palo de aguacate.

Y entre refunfuños y gritos subimos al carro. Presintiendo una desgracia, le cedí mi puesto delantero a Jorge; yo tomé asiento en la parte trasera.

La calle del volcán venía bajándola como loco. Justo por la curva del restaurante La Pampa argentina, Jacinto se volvió y nos dijo: «Nunca compren binoculares». Fue una desgracia: Jacinto no se percata que invada el carril contrario, justo cuando bajaba un camión cafetalero. ¡Terrible impacto! Ahí me regocijé de la sabia decisión al ocupar una posición trasera.

Y una vez más, Jacinto en problemas por unos binoculares: fue a parar al hospital.

Jamás volvió Jacinto a la colonia. Alguien lo vio en el Parque de la Familia. Dijo que muestra una terrible cicatriz en la frente; pero, escuchen ustedes: lo vio con unos binoculares en el pecho colgando de su cuello.

A la gallina que come huevo, aunque le corten el pico.

(Visited 8 times, 2 visits today)

El caso de Luciana Sandoval

EL CASO DE LUCIANA SANDOVAL

(cuento salvadoreño)

Por Felipe Guzmán (El Salvador)

I

En 1992, año en el que se firmaron los Acuerdos de Paz, fui asignado como Detective General de la Sección de Homicidios de la Academia Nacional de Seguridad Pública. En los años que desempeñé tal cargo, resolví diversos casos: desde los más sencillos hasta algunos verdaderamente intrincados. Pero de entre todos los que resolví, sin duda el caso de Luciana Sandoval fue el que más me cautivó y marcó mi espíritu investigativo. En parte porque en un principio me pareció un caso sencillo, casi resuelto por sí solo, pero también, y en mayor proporción, porque aún no olvido el rostro de aquella niña de ojos redonditos, negros, llorosos, suplicando por la libertad de su padre.

II

El desarrollo de los sucesos inició casi a la media noche del quince de octubre del 2010. A esa hora sonó el teléfono de emergencias para alertarnos sobre el asesinato de una mujer en una de las residencias de la calle Gabriela Mistral, muy cerca de la calle san Antonio Abad. Acudí al lugar de los hechos haciéndome acompañar de Artemio Canales: el joven detective que me fue asignado como asistente.

La escena del crimen, como casi todos en los que ha habido derramamiento de sangre, era macabro; pero éste era particularmente macabro más allá de ciertos límites, pues la víctima era una mujer asesinada a cuchilladas en la cocina de su casa. La escena del delito mostraba a la mujer boca arriba y con múltiples puñaladas en el abdomen. A escasos centímetros, con un poco de sangre sólo en la punta, se apreciaba un cuchillo. Concluí, por la posición y la escasa sangre, que no era el cuchillo utilizado en el asesinato de aquella infausta mujer. Por el contrario, me pareció que era un cuchillo que, probablemente, utilizó la víctima en un intento desesperado por salvar su vida. En efecto. Realizados los exámenes respectivos, se concluyó que el ADN de la sangre del cuchillo no coincidía con el ADN de la víctima. Además, el cuchillo, como luego se confirmó, era propiedad de la víctima; de manera que la conclusión es sencilla: ella intentó defenderse e hirió a su agresor.

Llegados a este punto, contábamos ya con una buena y certera pista sobre el matador, por lo que proseguía revisar el ADN de los posibles sospechosos.

Al abandonar la escena del crimen mi asistente revisó los entornos. A unos cuantos metros, encontró una camisa manga larga, amarilla, con líneas oscuras y llena de sangre. La llevamos para su análisis.

III

De nuevo en mi oficina, como a las dos de la mañana, le encomendé a mi asistente indagar toda la información posible sobre la víctima. En pocos minutos la información estaba en mis manos: Luciana Sandoval, veintinueve años, enfermera, soltera sin hijos, vivía sola en aquella residencia desde hacía dos años.

Se realizaron los análisis pertinentes en la sangre de la víctima, en la sangre encontrada en el cuchillo y la encontrada en la camisa. El ADN en la camisa y el de la víctima coincidían; de manera que, sin duda alguna, la camisa ensangrentada pertenecía al asesino. En cuanto al ADN de la sangre del cuchillo con el que la víctima se defendió, difería de la otra; así que concluimos inequívocamente que ese ADN era de la sangre del criminal.

Continuando en las averiguaciones apareció el primer sospechoso: Cristino López, de treinta años, ex novio de Luciana, y sobre quien pesaba una orden de alejamiento de la víctima. Según constaba en el informe, Cristino López convivió maritalmente con la occisa durante algún tiempo, durante el cual ella fue víctima de maltratos. Cansada de sus abusos, acudió a los tribunales. Cristino pasó en prisión algún tiempo, pero fue dejado en libertad, sometiéndose a la restricción mencionada.

No había tiempo para perder. Ordené la captura del sospechoso. Lo llevaron a la delegación policial cerca de las cinco de la madrugada. En cuanto lo tuve frente a mí, una corazonada me dijo que él era el culpable. Sin embargo, el sujeto se mostraba muy tranquilo, dueño de una serenidad desconcertante y una petulancia desafiante.

— ¿Puedo saber por qué me traen? -preguntó mirándome directamente a los ojos y con aquella serenidad desconcertante.

— ¿Conoció a Luciana Sandoval? -pregunté mirándole inquisitivamente, pues una casi imperceptible sonrisa no se apartaba de su semblante.

— La conocí… Y muy bien… Sé que fue asesinada; pero no veo qué tiene que ver eso conmigo.

— Por el momento usted es el único sospechoso… Así que le tomaremos una muestra de sangre -dije, y ordené que le quitaran las esposas. Cristino mostró sus brazos, casi con movimientos desafiantes.

— Aquí están mis brazos, señor detective; tome toda la sangre que desee… Tengo torrentes en mis venas.

Una vez que la sangre fue llevada al laboratorio, ordené una inspección física del detenido; pues según nuestras pesquisas, la víctima trató de defenderse con un cuchillo y, al parecer, hirió a su atacante en alguna parte de su cuerpo.

Artemio volvió con un pequeño informe.

— Señor -me dijo-, el sospechoso no presenta heridas en el cuerpo; con seguridad no fue él quien cometió el crimen.

Las conclusiones de mi asistente no dejaron de perturbarme levemente; pero cabía la posibilidad de agresores múltiples, así que no ordenaría su libertad sin antes interrogarlo con mayor profundidad. Por el momento, decidí esperar el resultado del ADN. El resultado del examen fue contundente: el ADN de su sangre no coincidía con el ADN de la sangre encontrada en el cuchillo.

Fue frustrante. No tuve más remedio que dejar en libertad al sospechoso. Aún recuerdo sus palabras cuando abandonaba la delegación.

— Cuando desee más sangre sólo avíseme, señor detective. Tengo torrentes.

Lo vi alejarse relajadamente, con una burla funesta montada en su espalda. Y aquella corazonada, que al parecer estaba fallando, volvió a anidar en mi espíritu y a gritarme que estaba dejando en libertad a un asesino. «Quizás ya no debo fijarme en mis corazonadas», pensé. Con una carga de frustración jugándome en el rostro, continué las averiguaciones. El siguiente paso era comparar el ADN del cuchillo con los del banco de ADN de diversas personas que han cometido algún tipo de delito.

Y ahí encontramos al posible asesino. El ADN coincidió con el de Antonio García Castro; un señor de casi cincuenta años. García Castro fue apresado hacía algunos años por un delito menor. De inmediato ordené su captura.

IV

García Castro llegó a la delegación asustado, con una mirada suplicante y vibrátil. Su aspecto no era el de un asesino; era el de un hombre perturbado; así que de inmediato tuve la sensación que aquél no era el hombre buscado. Sin embargo, ahí estaba la prueba contundente: su ADN.

Cuando se es un detective principiante, la razón es el hilo conductor: el análisis racional es el sustento para llegar a resultados concluyentes. Sin embargo, andando el tiempo, y cuando se han acumulado una infinita cantidad de casos, la razón procedimental va perdiendo vigor y hundiéndose en una nube aletargante para darle paso a eso que la gente llama «corazonada»; en otras palabras: el olfato detectivesco. Justo una corazonada me sacudió el espíritu en aquella ocasión.

— ¡¡Soy inocente!! -exclamó García Castro.

— ¿Inocente de qué? -le pregunté-. Aún no se le acusa de nada.

— ¡¡Soy inocente!! ¡¡Soy inocente!! Sea lo que sea, soy inocente.

Posteriormente se le explicó la razón de su detención. El señor García se desplomó, y su rostro mostró las claras marcas de la angustia.

— ¡¡No he matado a nadie!! -exclamaba.

— Su sangre coincide con la del asesino -le expliqué.

— Aunque coincida, ¡soy inocente aunque coincida!

Como era menester, se le realizó la inspección física correspondiente. De acuerdo con el oficio forense, García Castro tenía una cortadura entre los dedos medio y anular de la mano izquierda; pero el mismo informe certificaba que aquella herida llevaba, al menos, más de quince horas, lo cual no coincidía con el tiempo transcurrido desde el asesinato.

Posteriormente, como a las tres de la tarde, llegó a la comisaría una mujer de unos cuarenta años, caminaba con lentitud, se cubría la cabeza e iba arropada con una especie de sábana gruesa y oscura. Se hacía acompañar de una niña de unos diez años. Sus ojitos eran redonditos, negros y llorosos. La mujer pidió hablar conmigo.

— Soy la esposa de Antonio García Castro, detenido aquí -me explicaba con una toz leve y con evidentes muestras de cansancio-… Mi esposo es inocente… Se lo juro por Dios -en ese momento la niña se pegó al cuerpo de su madre (pues con seguridad era su madre) y me miró con lágrimas en sus ojos.

— ¡Mi papito no ha hecho nada! -me dijo, y de inmediato su llanto se volvió sonoro, suplicante.

— ¡Le juro que es inocente!… El no salió durante toda la noche… Se lo juro por mi hija… El no sale… pasa todo el tiempo cuidándome… Yo estoy enferma, señor detective; muy enferma.

— ¡¡Deje libre a mi papito, señor; se lo suplico!! ¡¡Mi papito no es malo!!

Una asfixiante corriente de ternura se me metió por las venas, y no pude evitar dejarme atrapar por una ola de misericordia hacia aquella niña y aquella mujer enferma. Debí hacer un esfuerzo para hablarles con la naturalidad propia de un detective a aquellas suplicantes.

— Creo que se equivoca, señora. La sangre del asesino coincide con la sangre de su esposo… Lo lamento pero así están las cosas -le expliqué esforzándome por mostrarme implacable. Me dispuse a abandonar el sitio, pues un quebranto emocional amenazaba con dislocar mi espíritu de justiciero. Pero la escena era conmovedora: madre e hija se abrazaron y lloraron. En ese instante deseé que hubiera una posibilidad de inocencia, pero no la encontraba. Instintivamente, decidí interrogar a la angustiada mujer.

— Dígame, señora, ¿qué hizo su marido ayer durante todo el día y toda la noche?

— No salió de casa durante la noche. Sólo durante el día salió un par de horas… Fue al Seguro Social, pero regresó pronto.

— ¿A qué fue al Seguro? -inquirí.

— Yo estoy muy enferma y me van a operar muy pronto, así que mi esposo fue a donar sangre.

Sus últimas palabras me brindaron el alivio necesario para liberarme del estado emocional en que me hallaba sumergido al presenciar la conmovedora escena de la madre y la hija abrazándose angustiadamente. Aquella corazonada tomaba nueva vida, rehusándose a morir. Solicité el informe sobre Cristino López y busqué su ocupación actual. Revisado el informe, ordené jubilosamente que liberaran a García Castro.

V

Artemio fue el más sorprendido por mi decisión. Cuando le ordené que liberara a García Castro se quedó quieto, mirándome fijamente, mostrando con su actitud su desacuerdo con la orden recibida. Debí insistir enérgicamente.

— ¡Dije que liberen a García Castro!

Continuó unos segundos más en actitud pétrea, pero luego se dispuso a liberar al reo.

— ¡Sí, señor!

García Castro fue dejado en libertad, pero mi asistente Artemio no terminaba de convencerse; así que hizo un intento por disuadirme.

— ¡Señor!… No olvide que el ADN coincide…

— Limítese a obedecer, señor Canales.

— El ADN, señor… es una prueba contundente… coincide… coincide.

Di media vuelta y quedé frente a él. Artemio calló. A mi lado estaba su saco negro. Lo tomé y se lo lancé. La cachó casi sin mover el brazo, luego siguió inmóvil durante un par de segundos.

— ¡Vamos! Haremos una visita al Seguro Social… Hoy aprenderá algo nuevo, señor Canales.

VI

Al llegar al Seguro Social averigüé el turno laboral que había tenido Cristino López el día del crimen: el día de ayer. Inspeccioné también el listado de las personas que ese día habían donado sangre. En el listado aparecía García Castro. Una vez hechas estas averiguaciones, pedí que me mostraran el destino que tenía la sangre una vez extraída del donante. El médico de turno me lo explicó todo amablemente.

— La sangre es recolectada en una de estas bolsas -y me mostró una que estaba ahí cerca-. Luego pasa a análisis.

— ¿La persona que extrae la sangre se encarga también de su análisis? -pregunté.

— No -respondió el médico-. Del análisis se encargan otras personas. Una vez analizada pasa al banco de sangre según el tipo.

— ¿Quiénes tienen acceso al banco de sangre? -inquirí.

— Sólo las personas autorizadas… Tratamos de evitar que personas ajenas entren a la zona, pues se corre el riesgo de que la sangre se contamine.

Una vez que abandoné el Seguro, acudí a la casa de García Castro, pues necesitaba hacerle unas preguntas.

VII

Llegamos a la casa de García Castro. Él en persona abrió la puerta. La niña estaba ahí: a un lado de su madre enferma. Al verme, no pudo evitar una mueca de tristeza en su rostro. Se abalanzó sobre mí.

— ¡Señor, no se lo lleve!

Le abrí mis brazos tiernamente. Ella no pudo evitar que una cascadita de lágrimas brotara de sus ojitos negros y redonditos.

— No te preocupés, hijita. Nadie se llevará a tu padre. Tu padre es inocente -la abracé con fuerza, y pude sentir que su espíritu se tranquilizaba. Luego de esta conmovedora escena, me encerré con García Castro para hacerle las preguntas pensadas.

— Quiero, señor García, que haga memoria y me responda lo más certeramente posible lo que ocurrió en la sala de donación de sangre. Haga memoria y trate de recordar si ocurrió algo que usted considere anormal… No omita ningún detalle por insignificante que le parezca… dígame antes si esa era la primera vez que usted donaba sangre.

— No. Ya antes lo había hecho.

— Muy bien… Compare su primera vez con esta otra vez y dígame si notó algo extraño… algo poco común… algo que el enfermero le haya dicho…

— No recuerdo nada extraño… Nada… Me acosté en la cama de donantes y el enfermero procedió a sacarme la sangre.

— Eso fue todo… Nada extraño…

— Nada… Bueno, aparte de que tuvo que cambiar la bolsa recolectora, no recuerdo nada más.

— ¿Cambió la bolsa recolectora? -pregunté  a García.

— Sí. Me dijo que la bolsa salió mala, que estaba rota. Así que puso una buena. Todo esto lo observé claramente, pues estaba con mis ojos puestos en el proceso. Quitó la bolsa, sacó una nueva y continuó sacando sangre.

— ¿Pero la primera bolsa recibió algo de sangre?

— Claro, pero muy poca.

— Es todo, señor García. Cuídese.

Luego de este interrogatorio, me quedó muy clara la artimaña utilizada por el asesino para que se culpara a un inocente. Pero si deseaba llevar al asesino ante la justicia era menester presentar pruebas contundentes; aún era necesario averiguar quién era el propietario de la camisa ensangrentada que mi asistente encontró en uno de los basureros del entorno.

En cuanto llegamos a la oficina, le pedí a Canales que averiguara el número de serie de la camisa, el nombre del almacén en el que había sido comprada y quién era el comprador. Antes del mediodía tuvimos toda la información requerida.

VIII

Fue a las siete de la noche que ordené la recaptura de Cristino López. Una hora después lo tuve frente a mí. Una vez más se mostró desafiante, con aquella mueca burlona dibujada en su semblante. Ordené que le quitaran las esposas para interrogarlo.

—  ¿Otra vez, señor detective? Si necesita mi sangre, aquí tengo torrentes -y mostró sus brazos.

— No. No quiero su sangre… ¡apesta! Al contrario: quiero devolverle algo que es suyo.

— Bueno, no es el día de la amistad, pero aceptaré lo que quiera regalarme -respondió en el mismo tono desafiante.

Hice una señal y mi asistente me entregó la bolsa que contenía la camisa ensangrentada. La coloqué sobre el escritorio.

— Esta camisa es suya… ¿No es así? -dije.

— No sé de qué está hablando.

— Le refrescaré la memoria… La compró usted, con su tarjeta de crédito, en el almacén SIMAN, el día tres de mayo de este año… La sangre que usted ve es sangre de la víctima: de Luciana Sandoval -aquella mueca burlona se borró de golpe del semblante de Cristino-. ¿Qué le ocurre, señor López? ¿Parece que ha visto usted al mismísimo demonio?

— Esa camisa no es mía… Y aunque fuera mía, esa prueba no bastará. Esa camisa pudo habérmela robado alguien. Necesitará más pruebas.

— Señor López, yo no soy adivino, pero intentaré narrar los sucesos de ayer… Usted, entre otras funciones, se encarga de recolectar sangre de donantes en el Seguro Social. Pues bien, ayer, como a las tres de la tarde, recolectó sangre del señor Antonio García Castro, el único donante de sexo masculino que se presentó. Con el pretexto de que la bolsa recolectora estaba en mal estado, la cambió por una nueva; pero en la primera bolsa ya había entrado un poco de sangre. Llegada la noche, se fue a casa de su ex novia, llevando la sangre en la bolsa. Como usted vivió un tiempo con la occisa, poseía llave del apartamento; así que entró sin obstáculos, pero con mucho sigilo… Ya en el interior, la asesinó con un cuchillo que aún no aparece. Para conseguir matarla, forcejeó con ella, así que su camisa se llenó de sangre. Una vez sin vida, buscó un cuchillo en la cocina y lo llenó en la punta con sangre de la bolsa y lo dejó a cierta distancia, de manera que diera la impresión que la víctima intentó defenderse. Con esto pretendía que al examinar el ADN de esa sangre, usted quedara fuera de toda sospecha. Para no llamar la atención, al salir del apartamento se quitó la camisa y la arrojó en uno de los basureros de la zona. Para su desgracia, mi asistente encontró la camisa y, como ve, ya averiguamos que era de su propiedad.

— ¡Están locos! ¡Soy inocente! ¡No me encerrarán jamás en una celda! ¡No hay pruebas suficientes!

— Yo no diría eso… Tenemos su camisa ensangrentada; además, el señor García se presentará a declarar en el juzgado.

IX

El proceso judicial contra Cristino López terminó satisfactoriamente: fue condenado a treinta años de prisión. Junto a este hecho satisfactorio ocurrió otro: la operación quirúrgica realizada a la esposa de García Castro fue todo un éxito, y aquella niña de ojitos negros y redonditos es ahora una niña feliz.

                                                             Felipe Guzmán, 07 de mayo de 2014

Felipe Guzmán: escritor salvadoreño ganador de varios premios de juegos florales  nacionales e internacionales, cuenta con muchas creaciones literarias y pedagógicas publicadas.

(Visited 54 times, 19 visits today)

Delirios

DELIRIOS

Por Gustavo Enrique Mestre Cubillos (Colombia)

Ella llegó para con su vigilia ahuyentar los monstruos que en mis sueños se habían engendrado, luego marchó con un poco de mi dolor a cuesta, dejándome conservar el espíritu de mi desdicha. A veces siento que me reconforta y me consuela verla inconmensurablemente lejana en distancia y lejana en el tiempo, gloriosamente desvinculada de los que fue nuestra época e intemporalmente ajena a mis delirios, esperanzas y certezas.

¿Dónde dejó ella ese gesto de enamoramiento? ¿Por qué al marchar no me libero de nuestras viejas y múltiples obsesiones y del roce de nuestros cuerpos?. Aquí dentro de mi el deseo persiste, quizás herrado. Le guarda fidelidad como el superfluo adiós que no nos dimos, como el superfluo adiós que en medio de nuestra distancia ha quedado, haciendo eco en nuestra diferencia idiomática. 

Sé feliz querida mía, vuela en este mundo o en el de más allá a conforme ahora en mi mente vuelan estas letras hacia el papel, conoce lo mágico de lo que pudo ser y no fue, conoce de mi llanto y no pares, ríete de él. Yo sólo seguiré aquí, sin ti, sin nuestro Dios, sin fe.

(Visited 30 times, 14 visits today)

Querida Kira

QUERIDA KIRA

por Leonor Aguilar (Argentina)

Querida Kira:
En el camino de aprender en el ovejerismo hemos cometido errores y aciertos. Sos el ejemplo cabal de esa suma.

Imposible olvidar la noche en que llegaste al mundo. Hacía mucho frío y habíamos elegido desacertadamente el  lugar para el parto lo que me hizo tomar de urgencia la decisión de cargar a tu madre en mi auto y traerla a casa. Como el dicho, saltando y cabeceando, apenas acomodé a Ivy en un cuarto calefaccionado nacieron cuatro inmensos cachorros. Fue la primera camada que vio la luz en mi hogar.

Hermosa desde el nacimiento siempre depositamos esperanzas en vos. Y nunca defraudabas. Llevarte a competir era un podio seguro y muchos de los trofeos que adornan nuestra vitrina fueron tu logro.  

Faltando poco para tu cumpleaños número dos cometimos el primer gran error. Había terminado el año competitivo, para la segunda mitad del año próximo debías estar seleccionada y no sabíamos hacerlo por lo que buscamos ayuda. Ese verano quedaste en Buenos Aires en manos de quien nos había preparado exitosamente otros perros. Te juro que te eché de menos.

En Marzo, al inicio de la temporada de competencias, te reencontramos. No te reconocí a tu llegada. Absolutamente arruinada, delgada, temerosa, estabas lejos de ser el animal que habíamos depositado en perfecto estado de salud. Y después, otro adiestrador que intentó trabajar con vos nos golpeó con brutal honestidad diciéndonos: este animal ha sido castigado. Tengan cuidado, muerde por temor y no busca la manga sino el cuello y yo no sé solucionar el problema.

El año pasó para vos lejos de las pistas, me dediqué a recuperar tu salud física y la confianza. Ahora más que nunca necesitaba trabajarte para selección y no por competir sino por  volverte a tu equilibrio.  Para vivir en una casa debías ser un perro confiable. Para quien no conoce, rendir una selección es mucho más que cumplir una rutina de adiestramiento y ataque, significa lograr un perro absolutamente equilibrado  que acata órdenes, que carece de temor ante un agresor, que puede demostrar que es animal de compañía y protección. Y esa preparación realmente no sabíamos hacerla nosotros.

En ese punto cometimos el segundo gran error.  En la vecina provincia, ahora mucho más cerca, buscamos ayuda de otro adiestrador.  Sabíamos de tus avances por el resto de los ovejeristas que te veían trabajar en el predio que poseen, estábamos más tranquilos y cada tanto podíamos verte.

Llegó la fecha donde San Juan era el anfitrión en las competencias. Entre charla y charla en los ratos libres nadie supo contarnos de vos, llevaban más de un mes sin verte. Por dentro se me encendió una luz de alarma y le pedí insistentemente a mi hermano que fuera sin dar aviso previo donde estabas. Sentía que algo te había sucedido y mis grandes temores eran dos posibilidades: que hubieras muerto o que estuvieras perdida. Al día siguiente viajó y te trajo a mis manos con una tercera posibilidad en la que jamás pensé: venías preñada. Se supone que accidentalmente el macho de ese criadero te había servido, pero he oído tres historias distintas de la misma persona, el titular del criadero, sobre el momento en que sucedió, por lo que creo que fue nada accidental. Como si eso fuera poco era obvio que no habían pasado quince días del servicio como juraba, tu panza me decía que no faltaba mucho.

Perdón Kira, jamás debí dejarte en manos ajenas.  Preñada, delgada, con vómitos y diarrea, temí por tu vida a la hora de parir. No sé qué te daban de comer, pero evidentemente era marca ACME y no te tuvieron compasión ni por tu estado. El veterinario me dio una batería de vitaminas y medicamentos para que llegaras lo mejor posible al parto. El tiempo apremiaba  y no había garantías de cómo saldrían las cosas. Anhelaba que no precises una cesárea porque no estabas en condiciones de superar una anestesia.

Una semana después nacieron once cachorritos muy pequeños y débiles. Tu notable desnutrición no pudo sustentar correctamente la preñez y sobrevivieron a sus primeras horas sólo seis. Madraza, no querías alejarte de ellos y atendiste con dedicación a los que quedaron, pero por tu salud  ayudé a alimentarlos. Un poco de teta y otro tanto de mamadera les vino bien a todos para salir adelante.

 Al destete estabas totalmente bien, en buen peso, en nuestras manos, con todo el cariño que merecías y parecías entender que esto era definitivo. Emprendimos con éxito la tarea de trabajar personalmente el adiestramiento con premios por cada uno de tus logros. El primer paso estaba dado pero llegar a morder la manga era el imposible. 

No había caso, le temías al figurante. Hasta que un día la adiestradora que nos asesoraba sugirió que si confiabas  en mi hermano podía suceder que te animaras con él. Lo hizo vestirse con la protección, yo te entregaba y él te recibiría en la manga. Fue un cambio gigante.

Creo que ese fue el click que precisabas. El resto fue ir corrigiendo detalles y hacer el traspaso a figurantes distintos. En la medida que sumábamos trabajo recuperaste la alegría de ser, el equilibrio, la confianza, el carácter. 

Rendiste tu selección. Competiste un año más superando exitosamente todas las pruebas de valor y te retiramos de las pistas con una vuelta de despedida entre aplausos. Más que el trofeo, me alegró saberte de nuevo como el animal feliz que debías ser. Lo logramos, pero el precio que pagaste nunca debió suceder. Al día de hoy quienes te han seguido trabajan mucho, con asesoramiento de terceros pero siempre en nuestras manos. Lo aprendimos con vos y de veras lo lamento.

Ha pasado el tiempo. Con nueve años las canas que han empezado a aparecerte hablan de tu edad. Cuando tu madre murió ocupaste su lugar y mi madre opina que sos una duquesa. Te gusta estar con la gente, te fascina que te acaricie un buen rato y te alegra en forma superlativa la llegada de mi hermano, basta con oír que se detiene en la entrada el motor que conoces muy bien para que lo esperes detrás de la puerta.  Sé que sos feliz, lo veo cada vez que paso por allá y vienes a mi encuentro.  Eso no quita la culpa que siento por dentro, nuestros errores te hicieron pasar malos momentos y pusieron tu vida en peligro, pero sos tan noble que no conoces el rencor.

 Por todo el tiempo que te quede me hará bien saberte bien, y no me cabe duda que viviendo con mi madre estás en el Edén que mereces.

(Visited 43 times, 14 visits today)

El amor de un Hada

EL AMOR DE UN HADA

No hace mucho tiempo un hada llamada Anfimia fue destinada por Titania (la Reina de las Hadas) a cuidar el Jardín de un viejo hombrecillo que tenia de sobrino a un muchacho guapo, de negros cabellos y muy nostálgico. Su nombre era Damián, y salía todas las tardes con su libro bajo el brazo, hasta avanzadas horas en las noches.

En unos de esos momentos el joven alzó la vista para observar los colores que le entregaba el ocaso y al mirar hacia el rosal vio a una bella joven que resplandecía extrañamente por una luz alrededor de su cuerpo, esta trataba de ocultarse entre las ramas para no ser vista.

– ¿Quién eres? –Preguntó el joven …

 Ella sorprendida de que la pudiera ver le contestó:

-Mi nombre es Anfimia …

-Y dime Anfimia ¿Qué estabas haciendo escondida en el jardín de mi tío?

 Anfimia no sabía que decir, no podía cree que un simple mortal como aquel pudiera tener tan singular belleza.

–  Soy un hada y eh sido destinada a proteger el jardín de tu tío …

 Damián sonrió incrédulo, le parecía extraño que ella se escondiese entre los rosales, y con lo que ella le decía mas le costaba creer. De pronto en un giro que hizo la joven, vió unas luces que nacian de sus espaldas. Ella sonriente le dijo:

– Ahora ves que no te miento.

-¿Me puedes leer la mente?-dijo el joven sorprendido

-Tan solo percibirlo –le dijo sonriendo.

Así pasaban todas las tardes riendo y conversando, caminando y jugando. Hasta que de pronto Anfimia fue llamada por Titania (la reina de las hadas), tenía algo muy serio que hablarle…   

“Elfos, Gnomos y Duendes te han visto compartiendo con un humano, sobrino del dueño del Jardín del cual te destiné a cuidar, pero hay otra cosa que me preocupa: ¿estas enamorada de este mortal?”

Anfimia, conciente que no podía mentir, le dijo:

-Sí madre mía, es cierto, más cuando me di cuenta de mis sentimientos fue demasiado tarde, y ahora ya no los puedo cambiar.

“Hija mia por más que yo te quiera, esto no lo puedo permitir, tu  sabes que nosotras no nos podemos enamorar de algún mortal y si esto llegase a suceder el castigo ya está escrito…”

Así Anfimia fue destinada a ser un rayo de luna que tan solo podía acariciar a su amor cuando éste salía llamándola:

– Mi hermosa Anfimia, que te ha pasado, solo me has dejado. Algo extraño me sucede, que durante el día todo está desolado, pero al llegar la noche con la luz de la luna te siento a mi lado.

Y así buscándola entre los rosales de su tío y clavándose en el pecho cada una de las espinas de las rosas repetía su llamado.

  Titania viendo el sufrimiento de su hija Anfimia y el gran amor que este joven le tenía, solo pudo permitirles una cosa:

Los enamorados solo se podrían ver con el primer rayo de luna que alumbrase aquel mismo lugar donde por vez primera se inició el amor de estos dos jóvenes amantes.

  Y así cada noche se le ve a este amante en el mismo lugar del jardín, junto al rosal esperando el primer rayo de luna. Para poder llenar su corazón de amor con la primera mirada que ella a lo lejos le entrega.

Autor anónimo

(Visited 8 times, 1 visits today)

El hilo rojo del destino

El hilo rojo del destino

Según una leyenda oriental  aquellas personas que están destinadas a estar juntas tienen un hilo rojo atado a sus dedos, este hilo jamás desaparece, no importa el tiempo que pases en conocer a la persona y tampoco importa el tiempo que han pasado sin verse ni siquiera importa si vive en al otro lado del mundo: el hilo se estirará hasta el infinito pero nunca se romperá.

Este hilo lo llevas contigo desde que naces y te acompañará a lo largo de tu  vida, la mágica leyenda cuenta que el abuelo de la luna sale cada noche a conocer a los recién nacidos, para así atarles un hilo rojo  que decidirá su futuro, un hilo que guiará estas almas para que nunca se pierdan.

Esta es la leyenda :

“Hace mucho, mucho tiempo, un emperador se enteró de que en una de las provincias de su reino vivía una bruja muy poderosa, quien tenía la capacidad de poder ver el hilo rojo del destino y la mandó traer ante su presencia. Cuando la bruja llegó, el emperador le ordenó que buscara el otro extremo del hilo que llevaba atado al meñique y lo llevara ante la que sería su esposa. La bruja accedió a esta petición y comenzó a seguir y seguir el hilo. Esta búsqueda los llevó hasta un mercado, en donde una pobre campesina con una bebé en los brazos ofrecía sus productos. Al llegar hasta donde estaba esta campesina, se detuvo frente a ella y la invitó a ponerse de pie. Hizo que el joven emperador se acercara y le dijo: «Aquí termina tu hilo», pero al escuchar esto el emperador enfureció, creyendo que era una burla de la bruja, empujó a la campesina que aún llevaba a su pequeña bebé en brazos y la hizo caer, haciendo que la bebé se hiciera una gran herida en la frente, ordenó a sus guardias que detuvieran a la bruja y le cortaran la cabeza.

Muchos años después, llegó el momento en que este emperador debía casarse y su corte le recomendó que lo mejor era que desposara a la hija de un general muy poderoso. Aceptó y llegó el día de la boda. Y en el momento de ver por primera vez la cara de su esposa, la cual entró al templo con un hermoso vestido y un velo que la cubría totalmente… Al levantárselo, vio que ese hermoso rostro tenía una cicatriz muy peculiar en la frente.”

(Visited 12 times, 1 visits today)