Encontrei o Poeta

Encontrei o Poeta

por Soraya Souto (Brasil)

 

 

Ontem, caminhando pela praia, encontrei o Poeta.
Ele vinha devagar, deixando que vento agitasse seus cabelos e a areia brincasse com seus pés descalços.
Não sorriu, mas aceitou minha mão e seguimos juntos, dedos entrelaçados, caminhando lado a lado, dividindo aquele fim de tarde de céu rubro e brisa fresca.
Meu coração batia acelerado, pressentindo toda a agitação interior que ele trazia consigo.
Quando as estrelas chegaram, deitamo-nos na areia úmida para admirá-las. Acima do som do mar, ouvi a sua voz:
_ Já não consigo escrever sobre as estrelas, nem as decifrar, por isso não consigo acrescentar nada às noites escuras e solitárias. Passo os dias à espera delas, mas quando a noite chega apenas a angústia toma o meu coração. São tantas, e tão diferentes entre si, que minha escrita já não consegue dar-lhes voz.
_ Então vamos ficar aqui – respondi – sob esse céu, saciados apenas com a visão que elas oferecem.
Ali, no silencio, senti que as ondas chegavam, tocando de leve nossos pés. Seu riso fraco chegou aos meus ouvidos.
_ Quando eu era criança- disse –  fitava o céu à espera que uma estrela cadente cruzasse e realizasse meus pedidos. Fiz tantos, e grande parte realmente se concretizou.
_ Acredita então nas estrelas, Poeta?
Ele não respondeu de imediato, e quando falou tinha os olhos brilhantes e vidrados.
_Acredito nas estrelas e nos sonhos que elas guardam. Na esperança que os corações têm de atingi-las, e também na infinita distância de onde me observam.
Um tremor percorreu sua mão. Apertei mais forte seus dedos, lembrando-lhe que estávamos juntos, e eu sempre o apoiaria. O Poeta nunca me pareceu tão frágil, por isso tentei encontrar as palavras certas para aquela conversa.
_E por que precisa tanto delas?
_Para descrever a luz quando o mar se aproxima, e o reflexo que faz brilhar a areia da praia. Sem elas não se vê o arrepiar na pele, provocado pela brisa, ou o amor refletido no olhar do amante que espera. Sem elas meus versos ficam presos à terra, sem sonhos nem voos.
Virei-me para fitá-lo, e percebi as lágrimas que corriam pelo rosto tenso. Me ocorreu que elas também vinham em ondas, como aquele mar.
Senti um frio percorrer minha pele até à garganta, impedindo minha voz. Me faltaram palavras perante aquela dor.
Alí perto soaram acordes de um violão, e minutos depois uma voz iniciou uma canção. Era uma balada de amor, vinda de uma das casas ao longo da praia, e por alguns momentos ficamos ambos a ouvi-la, quietos e pensativos.
Ao final, ele voltou a falar.
_ Até mesmo a música precisa das mensagens das estrelas, percebe? Sem a poesia os corações padecem e se tornam infecundos…
Era possível perceber as aflições do espírito que faziam com que ele respirasse forte, como um gemido surdo.
Foi então que nossos dedos se soltaram, e o Poeta se levantou.
Não disse adeus, apenas me fitou com a ternura com que os poetas trazem nos olhos, e partiu sem olhar para trás.
Vi seu vulto afastar-se e lamentei a solidão que agora nós dois sentíamos, mas que não podíamos evitar. Ele tinha uma angústia dolorosa, difícil de descrever e, incapaz de suportá-la, perdoei sua partida.
Ao vê-lo já longe, pensei no preço que pagamos por não sermos apenas um, mas sim todos os que somos capazes de viver e interpretar. Uma eterna luta que atormenta aqueles que leem as estrelas ou escutam as ondas do mar.
As suas palavras marcaram meu coração com a mesma força, e da mesma forma com que a poesia sempre costuma fazer, em noites como aquela.

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A seguir soñando…

A seguir soñando…

 

 

por Sandra Sierra Gasca (México)

Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando: soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojala ya no tuviera necesidad de soñarlas.

Soñar a mis HIJOS, grandes, sanos, felices, volando con sus alas, sin olvidar nunca el nido.

Soñar con el amor con amar y ser amado dando todo sin medirlo, recibiendo todo sin pedirlo

Soñar con la paz en el mundo,en mi país….en mí misma y quien sabe cual es más fácil de alcanzar.

Soñar que mis cabellos que relean y se blanquean no impidan que mi mente y mi corazón sigan jóvenes y se animen a la aventura, sigan niños y conserven la capacidad de jugar.

Soñar que tendré la fuerza,la voluntad y el coraje para ayudar a concretar mis sueños en lugar de pedir por milagros que no merecería.

Soñar que cuando llegue al final podré decir que viví soñando y que mi vida fue un sueño soñando en una larga y plácida noche de eternidad…

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UN CANTO EN LA NOCHE –

UN CANTO EN LA NOCHE

por Martha Larios (México)

 

 

Y cuando llegue el día del último viaje, 
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, 
me encontraréis a bordo ligero de equipaje, 
casi desnudo, como los hijos de la mar
Antonio Machado

 

Era la tarde del 2 de noviembre, Día de Muertos, gran celebración Mexicana. Como cada año, el grupo cultural se apresuraba a preparar el escenario, que en esa ocasión sería un zompantli, que es una especie de pared, hecha de cráneos humanos de varios tamaños y formas, de papel maché o reciclado pintados de blanco con un marco de flores de cempoalxochitl, como en nuestros ancestros hacían antes de la invasión española.

Eran varios amigos de diversas edades, que con tiempo se organizaban para realizar un evento a a los seres queridos que se han ido, tanto de ellos, como de los que a pesar del frío se venían para acompañar y disfrutar de una noche mágica.

Era un foro abierto al arte, así que siempre, había sorpresas inesperadas, pues no había un programa establecido, solo el inicio, que consistía en dar la bienvenida a las almas tocando instrumentos prehispánicos, como flautas de barro, huehuetl (tambor de madera y piel de algún animal), teponaztli (instrumento horizontal de madera hueca con dos lenguetas decorado con figuras de animales que solo produce dos sonidos muy agradables, al tocarse con baquetas de madera,  o simplemente haciendo sonar un gran manojo de ayoyotl (semillas) o capullos de mariposa, llamados actualmente huesos de fraile, contra los rieles de la vía del ferrocarril y en voz alta, se invitaba a las almas de los seres queridos de los presentes a asistir a la fiesta dedicada a ellos.

Todos, llevábamos algo para la ofrenda de esa noche, sal, agua, frutas, velas, papel picado, flores de cempoalxochitl, delicioso pan de muerto de sabores como canela, guayaba, naranja, etc., tamales, dulce de camote morado elaborado con diversas frutas, platillos y postres que solo se preparan para estas fechas.

Como mencioné antes, nunca se sabría qué habría a continuación, pues se convocaba a poetas, cuenta-cuentos, bailarines, danzantes, músicos, a quien quisiera pasar al escenario. Acudían personas de todas las edades, con gran entusiasmo a participar de la fiesta. Solo tenían que llegar y anotarse y era tan apreciado y exitoso, que empezaba desde la tarde y terminaba al amanecer. Esa noche habría una gran sorpresa, pues ni los organizadores sabían.

Se realizó con misticismo y alegría. Todo fue un éxito, como normalmente sucedía. Estábamos a punto de irnos, cuando llegó un joven, preguntando si podía ocupar el escenario,  diciendo que cantaría, y desde luego se le autorizó inmediatamente, faltaba muy poco para que terminar, además no podíamos verlo pues estaba muy obscuro. Eran las dos de la mañana, y los organizadores pensamos que sería magnífico como cierre. Pues solo faltaba usar la mojiganga, que es una figura grande de de cartonería, y dentro de ella va una persona para moverla, que desde luego para esta celebración es la famosa Catrina. Y compartir la ofrenda con los asistentes.

Al acercarse a la luz, el joven nos impresionó, era extremadamente delgado, más alto que la estatura promedio de la zona, media aproximadamente 1.90 mts., cara afilada, manos largas como de pianista, blancos como la cera, ojos hundidos, podría decir que eran obscuros como la noche y no se les veía fin.  Su vestimenta era muy peculiar, la cabeza no parecía tener cabello y estaba cubierta por una especie de pañoleta de manta de cielo negra anudada en la nuca y colgaba de lado hasta casi la cintura. Usaba una camisa de corte extraño y único, una falda-pantalón cruzada al frente y botas altas para montar, todo en negro, lo que hacía que se viera muy elegante y plásticamente perfecto.

Con gran seguridad, subió al improvisado escenario y se empezó a escuchar un sonido tremendamente fuerte, intenso y cascado, resonaba en la noche la inconfundible voz de Lucha Reyes, la cantante Mexicana, quien había muerto en 1944. Una sola canción fue suficiente para dejarnos a todos impactados y con la boca abierta. Apenas podíamos creerlo.

En ese momento, por una extraña razón y sin ninguna explicación lógica, vino a mi mente el poema de Octavio Paz  “Óyeme como quien oye llover, ni atenta ni distraída, pasos leves, llovizna, agua que es aire, aire que es tiempo, el día no acaba de irse, la noche no llega todavía, figuraciones de la niebla al doblar la esquina, figuraciones del tiempo en el recodo de esta pausa, óyeme como quien oye llover, sin oírme, oyendo lo que digo con los ojos abiertos hacia adentro, dormida con los cinco sentidos despiertos, llueve, pasos leves, rumor de sílabas, aire y agua, palabras que no pesan: lo que fuimos y somos, los días y los años, este instante, tiempo sin peso, pesadumbre enorme, óyeme como quien oye llover, relumbra el asfalto húmedo, el vaho se levanta y camina, la noche se abre y me mira, eres tú y tu talle de vaho, tú y tu cara de noche, tú y tu pelo, lento relámpago, cruzas la calle y entras en mi frente, pasos de agua sobre mis párpados, óyeme como quien oye llover, el asfalto relumbra, tú cruzas la calle, es la niebla errante en la noche, es la noche dormida en tu cama, es el oleaje de tu respiración, tus dedos de agua mojan mi frente, tus dedos de llama queman mis ojos, tus dedos de aire abren los párpados del tiempo, manar de apariciones y resurrecciones, óyeme como quien oye llover, pasan los años, regresan los instantes, ¿oyes tus pasos en el cuarto vecino? no aquí ni allá: los oyes en otro tiempo que es ahora mismo, oye los pasos del tiempo inventor de lugares sin peso ni sitio, oye la lluvia correr por la terraza, la noche ya es más noche en la arboleda, en los follajes ha anidado el rayo, vago jardín a la deriva -entra, tu sombra cubre esta página-”

El extraño personaje, bajó y se fue rápidamente, sin decir nada, y sin esperar el aplauso, el cual se quedó congelado en medio de esa noche, de lluvia, frío y obscuridad.

Nunca supimos quien fue, estábamos tan impresionados que nadie se movió, ni lo siguió para preguntar.

Poco a poco y en silencio, todo mundo empezó a irse, ya no hubo fin de fiesta como se acostumbraba, y seguramente ese recuerdo quedó para siempre en nuestra mente. Y la pregunta flotaba en el aire enrarecido, ¿Acaso fue un vistazo rápido al más allá?

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ASÍ TE CUENTO DEL MINUTO QUE CAMBIÓ TODO

ASÍ TE CUENTO DEL MINUTO QUE CAMBIÓ TODO 

por Cony Ureña (México)

 

 

Soy poco idónea para platicarte de los terremotos que han asolado mi querido México. Aparte del enorme susto, tuve la fortuna de no haber sufrido en carne propia ninguna desgracia este pasado mes de septiembre.

Al ser desalojados por motivos de seguridad, del edificio donde trabajo los empleados salimos a la calle sin darnos cuenta aún que había sido no solo un gran susto para la población, sino que nos esperaban las noticias aterradoras sobre edificios colapsados, gente atrapada entre escombros, construcciones dañadas y más etcéteras. Nos preparamos para lidiar con el tránsito. La mayoría pensaba solo en algo: llegar a casa lo antes posible, para cerciorarnos que habían resultado también ilesos nuestros familiares y nuestras propiedades. Imposible comunicarnos directamente con los móviles, la red estaba saturada; así, el famoso whatsapp sirvió para darnos un poco de tranquilidad.

Por la mañana de ese 19 de septiembre, el tránsito había estado -como era costumbre-, complicado. No sabes cuánto me eran antipáticos los motociclistas que sin previo aviso cruzan frente de tu auto para maniobrar; no siguen una línea recta, circulan entre los vehículos y para mí eran una gran molestia, lo mismo que los ciclistas.

Pero alrededor de las 13:30 horas, algo había cambiado. Los caros restaurantes y tiendas de lujo de la zona donde laboro, tenían ya letreros llamativos: “Gratis, sopa o un guisado para quien lo necesite”; “Puedes cargar con nosotros la pila de tu móvil”, “Está abierto nuestro WiFi para ti”. ¡Vaya! Algunas personas lloraban en las calles y eran consoladas por desconocidos. Los automovilistas no hacían sonar sus claxons ante el terrible congestionamiento vial, sino conducían lentamente, aunque con seguridad estaban ansiosos por avanzar. Noté que muchos conductores ofrecían a peatones llevarlos… algo completamente inusual entre nosotros.

Digo que no soy quien para narrar los acontecimientos de aquel martes, porque no vi ni he visto edificaciones derrumbadas, solo he seguido las noticias del gran desastre que causó un terremoto trepidatorio de 7.1 grados Richter, con epicentro más o menos cerca de la capital mexicana, que ha destruido las viviendas de la gente más humilde en los estados vecinos y ha dejado desamparadas a innumerables personas de clase media que hasta hace poco vivían en departamentos de acuerdo a su estatus social.

Siguiendo el trayecto hacia mi casa, me di cuenta que ningún vehículo se atravesaba en mi camino, a pesar del intenso tráfico. Quizás todos manejábamos como autómatas o tal vez habíamos cambiado un poco, al dejar pasar primero ahora a los motociclistas y ciclistas que acudían a la zona más devastada para ayudar. Ahora todos abríamos paso para que circularan las ambulancias, las patrullas, los paramédicos… no es que no lo hiciéramos antes, pero sí, algo había cambiado. Aquello de que en los cruces de calles y avenidas, cuando el tránsito está “embotellado”, pasemos uno de un lado, otro del lado opuesto… así, uno y uno, ahora se respetaba, mientras por la radio escuchaba con azoro que muchas construcciones habían caído o estaban por caer, que había cientos de seres atrapados.

Pero fue hasta que llegué a casa me di cuenta de la magnitud de la desgracia que cayó sobre gente inocente. En la televisión, miré cómo cientos de jóvenes, sin que nadie los alentara, estaban ya “manos a la obra” como rescatistas profesionales, mientras llegaba el ejército, la marina, los llamados topos, los hermosos canes que señalan dónde hay vida o un cuerpo que recuperar.

En mi casa -que por fortuna no sufrió daño alguno-, me di a la tarea de confirmar que mis familiares, vecinos y amistades estaban bien; así que el recuento de lo lamentable, no fue para mí, directamente.

Hasta hace poco, al encontrar a una querida amiga, al verla con un collarín y huellas de golpes en la cara, supe de viva voz que estaba en uno de los edificios más horriblemente derrumbados, que había tratado de huir hacia la calle pero estando a punto de salir el edificio se vino abajo y fue golpeada con brutalidad por los muros que le cayeron encima. No fue la única en dicho lugar que quedó atrapada; gritó, junto con varias otras personas, pidiendo ayuda que llegó muy pronto, quizás de peatones que pasaban por ahí o vecinos que arrancaron de la muerte a muchos semejantes, entre ellos mi amiga.

Con las horas y los días, surgieron muchísimos héroes anónimos, aquellos que ofrecieron agua y comida a quien lo necesitó; quienes ofrecieron sus hogares a los que perdieron todo, quienes con sus propias manos removieron los escombros, quienes participaron en rescates a cambio de la satisfacción propia de haber ayudado.

Empezó a llegar la ayuda nacional e internacional, delegaciones de rescatistas (a quienes viviremos agradecidos eternamente), con toneladas de ayuda para los necesitados, sus maravillosas herramientas, su tecnología de punta y sus inolvidables canes. Todos trabajaron junto a los mexicanos capacitados o voluntarios sin experiencia que se organizaron con la sola finalidad de ayudar.

Por medio de las redes sociales fui siendo testigo de hechos que todavía me hacen un nudo en la garganta al ver levantarse a la juventud tan criticada por su lenguaje, por sus actitudes, por su indiferencia pero que ahora estaban luchando hombro con hombro para rescatar, para limpiar escombros, para trasladar ayuda, para consolar.

Surgió otro tipo de sociedad mexicana. Esa que no es indiferente al dolor ajeno, que se inclina a ayudar a esas personas que están sufriendo física y moralmente. Eso sí lo he visto con mis propios ojos.

Reconozco que la electricidad, agua y telefonía se restablecieron inmediatamente en la mayor parte de la Ciudad de México y sobre todo aprecio que el Presidente haya salido de inmediato a enviar un mensaje de solidaridad del gobierno hacia la ciudadanía, que se haya presentado en los lugares de mayores desastres, que haya aceptado la ayuda internacional; en fin, que haya dado la cara. Sucedió que en el terremoto de 1985, el presidente de aquel entonces “salió a los medios” una semana después y rechazó el auxilio de naciones amigas.

Sí, reconozco muchas cosas, entre las cuales está mi mayor respeto y admiración al Ejército, la Marina, los Topos* y los héroes anónimos que tanto han ayudado, aunque critico agriamente que en Oaxaca y Chiapas, estados muy lastimados por el terremoto del que te cuento y otro anterior sumamente devastadores, a la gente que perdió su casa les esté dando el gobierno 120 mil pesos mexicanos para la reconstrucción… esa cantidad no es nada, no compra los materiales que se requieren; en una palabra, es insuficiente.

Creo que si va a haber una verdadera reconstrucción, se debe copiar el modelo japonés. El gobierno debe tomar físicamente en sus manos el restablecimiento de las viviendas y no dar lo que me parece una limosna, a personas sin hogar por causa de los terremotos.

No sé si en la capital sucederá lo mismo que te cuento; aquí han surgido voces como aquello de no dar a los partidos políticos los más de 7 mil millones de pesos para la campaña presidencial y de renovación de los congresistas del próximo año. El descontento social ya existía en este sentido, pero se ha venido agudizando hasta arrinconar a los partidos a renunciar a cierto porcentaje, que se destinará a la reconstrucción.

Ignoro si los capitalinos, volvamos a ser lo que fuimos antes del 19 de septiembre. No sé si volvamos a cubrirnos de indiferencia, de dejadez, de criticar pero sin hacer nada, no lo sé. Quisiera que no fuera así, que sigamos teniendo compasión por nuestros semejantes, que continuemos participando -cada quien desde su comunidad-, para que nuestra capital sea más humana, más amigable, más habitable y ese ejemplo se extienda a toda la nación, porque la reconstrucción tomará mucho tiempo y si bien ahora la ciudadanía ha donado toneladas de alimentos, rezo para que no decaiga el ánimo y sigamos ayudando a los necesitados.

Que no nos dejemos llevar por los falsos rumores de que un nuevo y terrible desastre nos espera. Que hagamos cumplir la promesa de reducir el número de diputados y senadores (628), que no permitamos que las campañas políticas nos llenen de basura electoral. Que exijamos que se construyan nuevas y mejores viviendas para los damnificados, que pidamos rendición de cuentas. Y tantos etcéteras que cada ciudadano puede plantear.

Además, que no nos atormentemos con la pregunta, “¿por qué a México tantos huracanes y dos terremotos?”. Creo que cuando nos hemos asombrado con la riqueza de nuestras tierras, la abundancia de sus ríos, lagunas, manantiales; maravillosos litorales, paraísos conocidos y por conocer, bellísimas ciudades modernas y coloniales, vestigios prehispánicos asombrosos, pueblos mágicos, majestuosas montañas, playas de ensueño, bosques y selva exuberantes, bio-diversidad y recursos naturales extraordinarios y más, mucho más, no nos hicimos esa pregunta, “¿por qué a México le correspondió tanta riqueza?”, sino que solo nos sentimos bendecidos. Hoy estamos viviendo el reverso de la moneda, pero esa misma moneda está en nuestras manos.

Ah, me preguntas sobre el minuto que te cuento; me refiero a la duración de los terremotos de septiembre. Aunque creo que no llegaron cada uno a los 60 segundos y si bien nuestro futuro cambió en esos instantes y parece incierto, me lleno de esperanza al saber, y sobre todo testificar, que la fuerza de mi país está en su gente.

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LOS VIENTOS DEL AYER

LOS VIENTOS DEL AYER

por Martha Larios (México)

 

 

Yo tengo en el hogar un soberano
único a quien venera el alma mía;
es su corona de cabello cano,
la honra es su ley y la virtud su guía
Juan de Dios Peza

 

Era una calurosa tarde de junio, Víctor se encontraba recostado sobre el verde pasto, en un campo repleto de nopales y pirules, cerca se encontraban correteando algunas gallinas, los perros ladrando, los pajarillos cantando, el cielo inmensamente azul con una que otra nube que lentamente se movían y parecían danzar y alejarse llevadas por el leve viento que limpio pasaba por su cara, acaricándolo.

Ama este lugar con el que tanto soñó cuando vivía en la gran ciudad, una de las más pobladas del mundo. Le había hartado el ruido de la gente, que todo el tiempo van y vienen rápidamente, como si la vida se fuera ya, pero sin ser disfrutada, los automóviles con su constante movimiento y sonidos de claxon, la tremenda contaminación que sientes que te asfixia.

Por fin, ahora que su cuerpo se encuentra cansado y un tanto enfermo, pero todavía activo en todo ésto que le hace sentirse útil, feliz y vivo, puede disfrutar la maravillosa tranquilidad de la provincia. Se siente feliz, satisfecho, pleno y en paz, ha logrado sus metas y aun tiene ilusiones y sueños.

Es el preciso y excelente momento para reflexionar, pero sobretodo recordar. El viento parece traer de regreso imágenes tal vez olvidadas en un rincón de su interno, donde están latentes, pero no querían salir a la luz. Ahora en su soledad y tranquilidad, se permite hacerlo y llora para sanar su alma y reconciliar su ser, su yo interior.

Tenía tres años cuando sus padres se separaron, nunca supo la razón. Eran dos hijos, él y Daniel. En ese momento los pequeños no comprendían que sucedía pero de pronto se vieron separados, su hermano con mamá y él con papá. Ahora lo piensa, acaso éramos objetos? No fuimos vistos como personas que piensan, deciden y sienten.

Tenía ocho años y su vida ya era bastante tormentosa y extraña pues cada cierto tiempo, cambiaba de madre. Por fin, después de mucho tiempo tuvo una definitiva, al parecer, la peor de todas, era prostituta, ésto lo descubrió cuando era joven y ya podía analizar el comportamiento de los adultos. Además, la mujer tenía hijos y otra característica, era maltratadora, daba de comer lo mejor a sus hijos y a Víctor lo que sobraba en los platos o tortillas que caían al piso. Para un niño con hambre, cualquier cosa sabía bien, especialmente después de trabajar, pues era explotado por ella.

Cuando tenía quince años mataron a su padre. Una bala atravesó su espalda. Y decidió que era el momento de huir, y así lo hizo, porque de otra manera, tal vez hubiera decidido vengarse, y su vida ahora no sería lo satisfactoria que le parecía.

Su padre tenía hermanas, sin embargo nadie se preocupó por él. Su madre nunca lo buscó, a pesar de saber la noticia. Ahora estaba solo en el mundo. Decidió partir hacia la gran ciudad de México, sin conocer nada ni nadie. Soñaba con entrar a la escuela militar, lo cual debido a su situación, era imposible.

Consiguió trabajos diversos, donde aprendió de todo, y desde luego, todo ésto después le fue útil para sobrevivir.

Un buen día, no supo como llegó a buscarlo su madre para darle un poco de dinero obtenido de una propiedad que su padre había dejado. Con éso, decidió alquilar un pequeño espacio, compró una máquina para hacer tortillas de maíz, dormía ahí, en el piso, no tenía nada pero decidió emprender su negocio propio. A diario comía una lata de sardina, siempre lo mismo, por muchísimo tiempo. Aun así, no se quejaba, en la vida había aprendido que gracias a Dios, tenía que comer.

Muy cerca del lugar, trabajaba una hermosa chica de otro Estado, fue a cambiar un billete y se hicieron amigos, después novios y se casaron, tuvieron sus hijos y poco a poco se fue haciendo de propiedades y sus hijos profesionistas exitosos y afortunadamente siguen juntos.

Ahora, después de tantos años, podía respirar la libertad, la satisfacción y el orgullo de lo logrado.

Las nubes seguían su curso lento hacia otros horizontes, igual que su vida se había ido en estos recuerdos y pensó “que bien me siento de no tener rencores ni resentimientos a nada ni a nadie, a fin de cuentas, la vida es así” y pensando de esta manera podré irme en paz cuando mi corazón deje de latir.

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Querida Samy

Querida Samy

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Samantha Soleil The Star White: Mucho nombre para un personaje tan pequeño. Eras una pelotita blanca que de adulta llegó a pesar sólo tres kilos. Pero en ese envase tan chiquito había un corazón grande con un amor infinito, y es lo que siempre tuvimos en tu compañía.

Llegaste a casa una noche. Aun asustada por el viaje en avión, dos ojitos temerosos nos estudiaban asomados  desde su escondite entre dos sillones. Tardaste en estar en brazos de mi hija de seis años lo que demoró en verte, y creo que desde ese día no hubo momento en que quisieras desprenderte de ella.

Parecía gustarte que te pasee en el changuito de sus muñecas, te peine y  te ponga moños en el pelo, porque después de tu sesión de coquetería seguías a su lado aun teniendo la posibilidad de cambiarte de sitio. Sabías cuando ella te iba a dejar por un rato y tironeabas de sus medias para que no se vista.  Ante lo irremediable de que debiera dejarte para ir a la escuela, la acompañabas en el auto para después volver a casa conmigo. ¡Te encantaba la ventanilla abierta para ladrarle a cuanto perro veías por el camino! Creo que nunca tuviste una idea cabal de tu tamaño, porque si cualquiera de esos te pescaba no la hubieras pasado nada bien.

Con vos todo parecía ser un juego. Si caía una arveja era entretenimiento asegurado. Era la pelotita acorde a tu tamaño, y no dejabas pasar la oportunidad de jugar con ella. La alzabas, la sacudías, la volvías a tirar, y así por largo rato hasta que otra cosa llamara tu atención.

Toda alegría la manifestabas dando lengüetazos de felicidad. Era gracioso, porque llegar y alzarte implicaba que había que pasar por tus demostraciones de afecto. Pero si te ofendías dabas vuelta la cara dando cuenta de tu malestar, cosa que sucedía cuando mi hija viajaba a concursos de danza y quedabas al cuidado de alguien de absoluta confianza por algunos días. Bastaba que vieras que preparaban valijas para que te metas dentro de ella como diciendo ¡llévenme! Y aunque no lo supieras, en el viaje de regreso pensábamos cuánto tardarías en perdonar lo que sentías un abandono, porque mezclabas la alegría de oír nuestras voces y sacudir la cola feliz, a que pasaras a los brazos, recordaras que estabas ofendida y te negaras a mirarnos y saludar.

La maternidad sacó a relucir detalles que desconocíamos. Cuando la otra perra de la casa, ovejero alemán, quiso ver qué era lo que tenías escondido en la canasta bajo un montón de trapos con los que ocultabas la miniatura que guardabas celosamente,  te paraste frente a ella y sacando pecho gruñiste para advertirle que no se acerque. Yo había corrido a separarlas, pero tu determinación hizo que comprendiera que debía respetar esa distancia.

Los nueve años te encontraron perdiendo la visión. La mitad de tu vida fuiste ciega, y sin embargo te adaptaste a tu situación. Sólo debíamos dejar cada silla en su lugar porque manejabas los espacios de memoria y el olfato era tu gran aliado. Siempre sabías donde estaba tu compañera y no te costaba nada conseguir que te tenga en sus brazos donde te sentías protegida.

Podría decir que fuiste una pieza importante en la obtención del título universitario de mi hija. Empezaban juntas la mañana muy temprano, y podías permanecer en el almohadón de tu banquito a su lado todas las horas que precisara para estudiar.

Una mañana las observaba juntas y por primera vez tuve temor de tu suerte. La habías acompañado durante su  escuela primaria, la secundaria y ahora con sus estudios superiores. Ya eras una perrita muy adulta y habían empezado a aparecer los problemas de salud propios de la vejez. Sabía que en algún momento nos ibas a dejar, pero siempre deseamos que ese momento sea lo más lejano posible y nos resistimos a pensarlo como algo que inevitablemente va a suceder. Internamente anhelaba que lograras llegar con vida al final de su carrera, que ese dúo no se separara, iba a ser muy duro perderte.

Ese temor se volvió una realidad cuando un decaimiento llevó a la consulta del profesional, donde una ecografía confirmó una piómetra. El único modo de salvarte la vida era una cirugía de urgencia,  y no estaba segura de que pudieras salir adelante. El conjunto que se daba no era bueno. La infección, más una insuficiencia renal y un soplo cardíaco, sumados a tus catorce años, hacían difícil tu supervivencia. Aun así decidimos darte la oportunidad. No puedo olvidar nuestras lágrimas cuando te depositamos en las manos del veterinario que me decía, Leo, vos sabés cómo es esto… Sí,  lo sabía, trabajar en una veterinaria me permitía entender todos los riesgos. Para quitarle presión de encima no quise presenciar la cirugía y le aclaré que no lo culparía si fallecías en la camilla, que tenía en claro que era una alta posibilidad dada la gravedad de tu dolencia y la edad que jugaba en contra. Pero si no operaban morirías en un par de días, sufriendo además, y merecías que lo intentemos.  Es increíble cómo la felicidad puede ser un pequeño bulto envuelto en su manta volviendo a casa después de superar su  peor momento en la vida.

Te recuperaste totalmente. Volviste a ser la misma Samy de antes, la que paseaba en brazos, la que se sentaba a acompañar por largas horas de estudio.  De alguna manera entendiste su felicidad al lograr un título universitario, porque estabas más alegre que de costumbre cuando regresó a casa después de dar su tesis. Y después de ese momento al que yo temía que no llegarías, la acompañaste un par de años más. Era como sentir que vivirías por siempre y eso reconfortaba el alma.

La muerte te encontró durmiendo. Sin sufrir, sin dolor, sin aviso previo que nos preparara afectivamente, sencillamente se apagó tu cuerpito cansado por el paso de los años. Recordarte me causa una mezcla de dolor por tu partida y alegría de haberte tenido. Espero que hayas sido tan feliz como lo fuimos nosotros con vos. Descansas bajo el jazmín celeste, ése por donde te gustaba pasear en el fondo de casa y traías las flores enredadas en tu pelo. No tengo dudas de que llegaste a vivir tantos años gracias a tu cumpa que te cuidó toda la vida, que supo ser responsable de su compañera, que nunca te consideró una carga y puso todo de sí para hacerte liviana tu ceguera y tu vejez.

Descansa en paz, pequeña Samy.  Te lo has ganado. Gracias por habernos regalado dieciocho años de inmenso amor

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ECLIPSE

 

ECLIPSE

por Martha Larios (México)

 

 

Un sol que hoy muy intranquilo esperaba
A su amada la luna, en un eclipse
Que él añoraba
Ambos comenzabas a vivir el amor
Cuando ella segundo a segundo
Se posaba sobre su luz.
Nano Veliz

 

 

Es una tarde de agosto, con variaciones a cada momento, como una hermosa sinfonía, creada por la naturaleza, sopla el viento, el sol en todo su esplendor y calor, de pronto se nubla, hace un poco de frío, en fin, como si todos los cambios de clima estuvieran presentes para conjuntarse en el espectáculo maravilloso que hoy se da en este planeta tierra. Entre la población de todo el mundo, existen cientos de mitos, fantasías, temores, emociones, todo provocado por un eclipse.

Después de observarlo, me siento ante el teclado disfrutando de un delicioso vino tinto y reflexionando sobre ello… decido escribir.

Que fenómeno excepcionalmente bello y con tantas historias, fantasías y mitología antiguas, como estas:
En la India la luna era un copa que contenía amrita, el elixir de la inmortalidad que bebían los dioses. Suria, Dios sol nunca pudo estar con su esposa, debido a su calor.
En China los eclipses se producían cuando un dragón celestial se comía al sol o la luna. Para ahuyentarlo, la gente salía a las calles y gritaba amenazándolo con instrumentos de labranza para que dejara en paz a los astros.
Los coreanos creían que los eclipses eran intentos del rey de la oscuridad Ganas Nara por robar el sol o la luna. Era malo y enviaba a sus perros para que se llevaran los astros, pero éstos se quemaban al cogerlos con la boca y los volvían a dejar donde estaban.
En Egipto al ver un eclipse consideraban que era una confrontación entre Set y Horus, Set arrancaba uno de los ojos de Horus durante la pelea, que eran el sol o la luna y se lo tragaba. La devolución de la luz provenía de la intervención divina de Ra que deshacía el mal con su poder supremo y devolvía los ojos a Horus.
Los esquimales creen que los eclipses se deben a enfermedades del sol o la luna, por lo que evitan salir al exterior durante un eclipse para evitar contagiarse del mal que perturba los astros.
Los aztecas, en México, ya sabían que los eclipses de luna eran producidos por la sombra de la tierra, aun así los representaban como un dragón que se devoraba la luna.

No describiré mis emociones en este momento, porque cada uno vive su propia experiencia en cualquier fenómeno fuera de lo normal. Solo dire que es el segundo eclipse que tengo oportunidad de presenciar. En 1991 cuando mi país y otros tantos se obscurecieron en su totalidad, ahora 2017 fue parcial en México

Justo en este momento, recibo un mensaje de una amiga, en el que se narra una linda historia, hecho poesía de Julio César, que hace una descripción de lo que es el eclipse y la comparto.

“El día que Dios creó el Universo hizo aparecer al sol y la luna, cada uno con su propio brillo, y desde que se encontraron por primera vez, se enamoraron perdidamente y a partir de ahí vivieron un gran amor.
Quedó decidido también que el sol iluminaría el día y la luna la noche, y estarían separados. Les invadió una gran tristeza y cuando se dieron cuenta de que nunca más se estarían juntos, la luna se fue quedando cada vez más angustiada y se fue tornando solitaria.
El Sol había ganado el título de astro rey, pero tampoco le hizo feliz. El sol, al verla sufrir tanto, resolvió hacer un pedido especial a Dios, ayudar a luna porque no soportaba la soledad. Accedió y creó las estrellas para acompañarla, que cuando se siente triste, ellas la consuelan.
Viven separados, sol finge que es feliz y luna no puede disimular su tristeza. Siguen su destino. El… fuerte, ella con las estrellas, pero débil. Los hombres han intentado conquistarla y han llegado a ella, pero siempre regresan solos.
Dios decidió que ningún amor en este mundo fuese imposible y creó el eclipse. Sol y luna esperan ese instante, ese raro momento que les fue concedido y que sucede muy raramente.
Cuando mires al cielo y el sol cubre la luna es porque se encuentran y se aman. Se aconseja no mirar directamente, porque el brillo de su éxtasis es tan intenso, que tus ojos pueden cegarse al ver tanto amor”.

El fenómeno sucedido hoy y la historia leída me hace reflexionar cuantas parejas estarán como ellos? Como Penélope tejiendo esperando el regreso de su amado Odiseo, Quijote soñando con Dulcinea, La niña de Guatemala muriendo por Martí, en México Iztacihuatl esperando a Popocatepetl, y miles de estas historias.  Por diversas razones alrededor del mundo, hombres y mujeres esperando a su gran amor, que se fue a la guerra, está en otro país, su amor no fue posible por circunstancias ajenas a ellos, porque se reencontraron demasiado tarde y cada uno había tomado otro camino, son tantas las razones por las que en este mundo existen parejas eclipses o simplemente soles y lunas que siguen amando y esperando.

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Querida Ivy

Querida Ivy

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Los que no te conocieron tanto puede que te recuerden por tu paso por las pistas, por los trofeos que nos regalaste, por tu lucimiento a la hora de rendir ataque, porque verte saltar a morder la manga y volar era un lujo, o quizás te recuerden por haber sido una de las tres hembras con que iniciamos el criadero, por haber sido la madre de un campeón argentino, de un subsieger, o porque dejaste una progenie de excelente calidad.

Yo prefiero hacerlo de otro modo.  ¿Te acordás aquella noche de invierno en que me di una vuelta por el criadero? Era un viernes, se suponía que ibas a parir el domingo y te encontré haciendo nido en un lugar que habíamos preparado con desacierto. El viento había cambiado y entraba inclemente en ese sitio. Era tanto el frío que apenas te vi supe que morirían tus hijos si nacían esa noche. Cuando te quise dejar un momento para  cambiarte a un lugar mejor tomaste la manga de mi abrigo como diciendo ¡no me dejes! No te hubiera abandonado a tu suerte, pero tu pedido me llevó a tomar rápidamente mi decisión. Sentada en el asiento del acompañante, con cinturón de seguridad puesto y rogándote que pudieras esperar unos minutos más, apenas llegaste a casa comenzaron a nacer  tus cuatro pequeños al abrigo de un cuarto calefaccionado.

Me gusta recordarte cuando compartías helados con tu amigo. Un poco para él, otro para vos, de nuevo él… y cuando apenas quedaba el barquillo lo robabas porque tenías en claro que era tuyo. ¿Sabías que ese niño jamás pidió un helado de chocolate porque te iba a hacer mal?

Me saca una sonrisa el recuerdo de tu picardía a la hora de dormir. Tendida en tu colchón en el suelo esperabas que todas las luces se apagaran para treparte a la cama de tu amigo, y la compartían hasta que sonaba el despertador de su madre, lo que hacía que velozmente volvieras a ubicarte en tu colchón y aparentar que aun dormías, como para que nunca te impidieran pasar las noches con él.

La última vez que criaste fueron once pequeños. Yo tenía mis dudas de que pudieras sacar a todos adelante y me diste una lección. Cuando volví de almorzar encontré a cinco fuera de la paridera. Los acomodé nuevamente en su lugar e inmediatamente los sacaste, me miraste fijamente como diciendo no los toques, y ahí me di cuenta que era tu voluntad haberlos separado. Los más débiles comían primero y luego te cambiabas de lugar para alimentar al resto. Instintivamente sabías que era el modo de que todos pudieran mamar y yo no debía intervenir más que en dejarte agua y alimento siempre a mano.

Cuando el padre de tu amigo te dejó definitivamente en mis manos me partió el alma pensar en tu futuro sin tu compañero humano. Ya no podrías volver con él y te prometí que te iba a buscar el mejor sitio posible. Estuve a punto de llevarte conmigo, pero encontré un hogar mejor. Cuidaste de mi madre desde el día en que llegaste a su casa. El modo de saber por dónde andaba ella era ver de dónde venías al oírme entrar, porque siempre estuviste a su lado. Sé que has sido feliz con ella, que fuiste mimada y consentida, que todas tus necesidades fueron satisfechas y siento que cumplí la promesa que te hice.

Respondiste con agradecimiento y nobleza. Hasta el último momento lo hiciste. Aquella noche, hace apenas unos meses, estabas muy enferma. No sé de dónde sacaste fortaleza para limpiar a lengüetazos mis lágrimas cuando nos dimos un abrazo apretado y largo sabiendo que era un adiós.

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LIBRERÍA DE VIEJO

LIBRERÍA DE VIEJO

por Martha Larios (México)

 

En estos tiempos de desmaterialización de la experiencia,
de extrema virtualidad y de agorafobia,
el libro viejo parece una especie en vía de extinción,
y el lector nómada, un dinosaurio.
Carta al libro viejo, Alberto Bejarano

 

Era una mañana de agosto, salí del pueblo hacia la ciudad de México para hacer varias diligencias. Entre algunas otras fui a imprimir algunas fotografías, tardarían tres horas aproximadamente en hacer el trabajo. Como ya había terminado todo lo demás. Decidí ir a tomar algo en un lugar antiguo, donde se respiraba no solamente el característico aroma del café y deliciosos pastelillos, sino los años y personas que habían pasado por ahí, y lo demostraban las fotografías amarillentas en blanco y negro.

Sobraba una hora, así que decidí continuar oliendo el tiempo, y entré a una librería de viejo, donde ahora respiraba el aroma del papel color sepia, el polvo, la madera de cedro del mobiliario. Todo éso me hizo recordar cosas agradables. Pues siempre que estamos abiertos a usar nuestros sentidos, de los que muchas veces por la prisa de vivir, nos olvidamos que existen, los aromas llegan con aires de recuerdo.

Había una gran mesa con ofertas desde diez, veinte, treinta, cincuenta pesos, no más. Como siempre, a pesar de mi edad, pero con esos ojos de niña inquieta que me permiten ver y descubrir. Observé y no lo podía creer, ahí en veinte pesos estaba un libro que mi primer jefe había escrito, y yo había mecanografiado todos los borradores cuando trabajaba como secretaria en español, solamente tenía diecisiete años. Lo había repetido muchísimas veces en la máquina de escribir, para corregir y volver a corregir hasta que fuera posible enviar a la imprenta.

La colección de esos libros formó parte de mi biblioteca particular muchísimos años. Cambié de empleo como secretaria bilingue a otra institución. Después, cuando tuve que dejar mi pueblo para trabajar en otro Estado de la República Mexicana, los obsequié a alguien que no recuerdo, pues regalé todos los que tenía a diferentes personas y a algunas bibliotecas públicas. De hecho, alguien me envió un lindo email que decía “Gracias por inundar de conocimiento y sabiduría este lugar”, con eso me sentí más que satisfecha. Quería decir que mis libros habían quedado en buenas manos.

Volviendo a mi relato, y debido al cariñoso recuerdo de haber colaborado en la elaboración de ese libro, quise recuperarlo, y dije a la persona que atiende, con gran seguridad y júbilo, me llevo ese libro. Cuesta veinte pesos? Si claro, ahora se lo doy. Lo pago y lo abro.

En la primera hoja dice Martha y reconozco mi letra. Apenas puedo creerlo!! Como es posible que entre cientos de librerías en esa zona y entre millones de libros viejos, estaba precisamente el mío. Empecé a reir, y me sentía feliz, muy feliz. Eran muchos sentimientos encontrados, como la alegría, curiosidad y sorpresa.

También un día antes, mi muy querida amiga Rosy, me envió una fotografía preguntándome, eres tu la que aparece ahí? Digo… Si claro y ella contesta muy sorprendida. Mira, yo no recordaba que fuimos juntas a clases de inglés y tu tampoco, y ahora que localicé la fotografía, estuvimos juntas en ese tiempo, nuestros destinos ya estaban entrelazados hace mucho tiempo. Nos reimos tanto!!

Y entonces, muchas preguntas, vienen a mi mente. Quién lo llevó a vender ahí?, Qué significa ésto? Por qué llegaron juntos estos dos eventos llevados a cabo en el mismo lugar?.

Es curioso como la rueda de la fortuna de la vida no solamente nos hace reencontrarnos con seres humanos, sino también con objetos que conforman nuestro pasado y nos traen recuerdos hermosos al presente.

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Se ha detenido el tiempo

 

Se ha detenido el tiempo

colaboración de Pedro Ordaz (Venezuela)

 

De forma tan conservadora, los recuerdos, son herederos. La cierta historia que dedicada está a saber contribuir y respetar los bienes, que vienen dejando nuestros abuelos como decimos, legados, convida a un pueblito llamado Brisas de la Montaña, en él puedes observar como se ha detenido el tiempo, con cultura de respeto, sus casas se mantienen, bien adornaditas a gusto del parroquiano, no son indiferentes, quienes allí viven.

Puedes ver como se mantienen carruajes de hermosos caballos que hoy aún son un lujo, pero conservados están, muchos con historia, pues este pueblo data desde el siglo XVIII, y estas personas mantienen objetos que han venido quedando allí, y aún mantienen sus tradiciones. Si a Doña Lola conoces, una ancianita que te distrae contando sus historias, ella debajo del árbol siempre sentada está, un frondoso árbol muy antiguo del cual ella forma parte, y allí podrás deleitarte, escuchando los anécdotas vividos alrededor del milenario árbol, como las reuniones y los enamoramientos, que allí nacieron de los chicos de su época, todo forma parte del sentir y compartir, con esta gente de un pueblo que pareciera quedó en el tiempo, detenido, pero que su gente, aún mantiene como para recuerdo de siempre.

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ASÍ TE CUENTO DEL MAESTRO JOSÉ LUIS CUEVAS

ASÍ TE CUENTO DEL MAESTRO JOSÉ LUIS CUEVAS

por Cony Ureña (México)

 

 

Me parece que casi nadie se da cuenta de la importancia en su vida de ciertas personas, hasta que ya no están. Algo así me sucede con el fallecimiento de un dibujante, pintor, escultor, columnista, escritor; en una palabra, creador.

En los años 70 yo era una jovencita deslumbrada por la Zona Rosa de la capital mexicana. Un área ubicada en las calles de la colonia Juárez, que llevan los nombres de ciudades europeas, donde proliferaron restaurantes y cafeterías, centros de reunión de los famosos intelectuales de aquel entonces, entre los que destacaba José Luis Cuevas, a quien se le atribuye el nombre de dicho espacio.

Sabía quien era ese personaje, pues había recién creado su “mural efímero”, en oposición a los muralistas mexicanos. Sobresalía también por sus dibujos que sinceramente no entendía en esos ayeres; opinión compartida con mis amistades y críticos de aquel que llamaban, “el niño terrible” de la cultura mexicana.

Al paso del tiempo, supe de su internacionalización y de vez en cuando leía su columna en un diario, misma que me parecía chocante porque hablaba de sus romances pasajeros con diversas mujeres quienes siempre poseían un cuerpo espectacular, según él escribía. Cuevas fue admirador de las rumberas, actrices y vedettes famosas de esos días; se jactaba de haberlas conquistado, aunque él estaba casado.

Fue en 1986 cuando mi galán de aquel tiempo me llamó por teléfono para “presentarme” con su amigo José Luis. Ambos habían coincidido en una taberna y habían simpatizado enormemente. Saludé al amigo de mi novio y le escuché decir que nos invitaba a su casa el próximo domingo, día en que para mi sorpresa llegamos al domicilio de Cuevas.

Mi novio era extranjero y no conocía la relevancia de su nuevo amigo, quien para esas fechas era ya un ícono de las artes plásticas; famoso a más no poder en el ámbito mexicano. Se decía de él que era un ser presuntuoso.

Sin embargo, el Maestro Cuevas nos recibió en su hogar como si nos conociera de toda la vida. Su amable esposa Bertha (qepd) lo llamaba “Gato” y él, recostado en la alfombra, reía mucho al mencionar lo gracioso que le parecía que mi enamorado no supiera quién era él.  Asimismo, nos platicó varias anécdotas de su vida profesional y se ha quedado en mi memoria su relato. Leía las reseñas de sus exposiciones y ponía mucha atención sobre las que lo criticaban desde tímida hasta lapidariamente. Dijo que esas críticas siempre le quitaban el sueño y aunque su exposiciones siempre fueron exitosas, tanto en México como en USA, las críticas lo devastaban.

En aquella tarde de domingo lo escuché decir que ante todo él era dibujante y por la confianza que emanaba, me atreví a pedirle un dibujo para la portada del libro de un amigo; Cuevas pidió leer la obra y así inspirarse para la cubierta.

Cuando hablé con mi amigo escritor, apenas podía creer que Cuevas ilustraría su trabajo. En verdad que fue un acto de generosidad el que un artista como Cuevas accediera a mi pedido.

Pero ese hecho no terminó bien.  Cuevas prestó su dibujo, no lo obsequió. Mi recomendado no lo devolvió, a pesar de la insistencia mía y la del gran artista, quien terminó por cansarse.

Por ese hecho, rompí mi amistad con ese escritor, cuyo libro sobre psicoanálisis, a mi parecer, fue valioso solo por su portada.

Tal vez fue coincidencia pero sucedió que  mi novio y yo nunca volvimos a ser invitados a la casa de Cuevas.

Mucho tiempo después, supe por las noticias que su esposa Bertha falleció repentinamente, hecho que a Cuevas le afectó bastante.  Su refugio fue el arte y uno de los múltiples frutos que cosechó es el museo que se abrió en su honor, donde -además de sus dibujos- dio a conocer su faceta de escultor.

Más adelante, Cuevas volvió a casarse con una dama que no fue del agrado de las hijas que procreó con Bertha. Hubo un claro distanciamiento hasta el momento en que el genial maestro estuvo muy enfermo. Sus hijas argumentaron públicamente que estaba secuestrado por su segunda esposa; algo que él negó mediante una entrevista televisiva.

Con su fallecimiento, las noticias sobre Cuevas y mis recuerdos han resurgido en mi mente. Quiero agradecer a la vida el privilegio de haber pasado una tarde escuchando la charla tan agradable del gran Maestro José Luis Cuevas y con ello haber entendido por fin el porqué de su totalmente fuera de lo común obra, que desde ese día quedó grabada en mi corazón.

 

 

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