Aquella estrella

AQUELLA ESTRELLA

por Marvin Galeas /El Salvador)


Llegó noviembre con su viento, cielo limpio, el olor a maleza seca y también llegó Mireya. Finalizaba el año de 1983 y una baladita de Bonnie Tyler arrasaba en las listas de popularidad.

Mireya era una de las asistentes del comandante Leonel González, quien había llegado a la primera reunión del la Comandancia General del FMLN en Morazán. Él era el máximo dirigente de las FPL. Lo acompañaba el comandante Dimas Rodriguez, quien murió en 1989.

También llegó Schafik con un pequeño grupo de ayudantes. Entre los comunistas llegó también Dagoberto Gutiérrez, conocido como comandante Logan, con quien a pesar de las diferencias hice una amistad que perdura hasta hoy.

Llegó Roberto Roca, boina, barba, bigote y su puro. La viva imagen del Che. Lo acompañaba su compañera Elizabeth, una guapa muchacha que me recordaba a Tania. Llegó, el comandante Leo de la Resistencia Nacional. Fermán Cienfuegos no pudo asistir, debido a una difícil situación interna que estaba pasando su organización.

A mí quien me llamaba la atención era Mireya, quien decía luchar por el paraíso en la tierra. Tenía los ojos achinados, el pelo liso, negro y largo. Nariz y boca pequeñas, cejas coquetas, de mediana estatura, curvas pronunciadas y fácil sonrisa. Era de San Salvador y al igual que yo extrañaba el asfalto, los semáforos, el olor a gasolina, el basquetbol colegial, el cine Vieytez y el bolerama Jardín.

Nos caímos bien desde el primer saludo. De pronto para mí platicar con ella, Mireya, era como entrar al café Bella Nápoles, pedir un café, una repostería y hablar de novelas y poesía. Pero descubrimos una vez, que dos de las cosas que más nos gustaba hacer cuando vivíamos en San Salvador, era leer las tiras cómicas de los diarios y ver las caricaturas de Merrie Melodies, que pasaban al mediodía en la tele.

Así que mientras los comandantes planificaban nuevas operaciones militares y la toma del poder, la chinita Mireya y yo nos moríamos de risa recordando a un perro con uniforme de policía llamando, con rostro grave, a todas las patrullas “Calling all cars, Calling all cars”. Otras de nuestras favoritas eran el pequeño Búho, hijo de una ilustre familia de músicos, que cantaba a ritmo de Foxtrot “I love to singa” y las aventuras del Conejo Bugs y su célebre What`s up doc.

Me contaba, ella, Mireya, de los operativos contrainsurgentes de Chalatenango, de la vida en los campamentos y de la Radio Farabundo Martí. Una vez me dijo: “allí, en la radio, hay un chero bien buena onda que se llama Haroldo”, quien resultó ser el poeta Miguel Huezo Mixco, a quien yo conocía desde los tiempos del café Bella Nápoles. Haroldo era productor y locutor de la radio que transmitía desde Chalatenango.

Terminó, a finales de enero del 84, la reunión de la Comandancia General del FMLN en Morazán. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me despedí de la chinita Mireya. Se fueron. Dos meses después hablamos por los radios inalámbricos. Me contó que se había hecho novia de Haroldo, el poeta, y que pese al recrudecimiento de la guerra la estaba pasando bien. Ya no volvimos a hablar nunca más. A mediados del 85 u 86, no recuerdo bien, me dijeron que Haroldo quería decirme algo importante por la radio.

“Cayó la Montaña” me dijo con una voz que yo sentí, en la distancia, como queriendo llorar. La Montaña era el indicativo de la chinita Mireya. No supe qué decir. Moría tanta gente cada día. Pero se me puso triste el momento, gris, melancólico. No son los himnos de guerra los que me recuerdan a la Chinita en estos días, sino canciones como “Eclipse total de corazón”.

El cuerpo de ella, Mireya, debe estar enterrado en algún lugar de Chalatenango. Un día de estos viendo a los hombres del poder, saco italiano, prepotencia elevada al cubo y corbata de seda, recordé a la Chinita y su sonrisa coqueta y se me vino Phil Collins diciendo “Oh think twice, cause it`s another day for you and me in paradise”.

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Yo soy Fontanarrosa

Yo soy Fontanarrosa

Juan Villoro

 

 

 

-Te van a expulsar, pendejo -me dijo Kafka.

Yo llevaba años sin tocar un balón y de pronto enfrentaba el pésimo humor de Kafka y los consejos de Chéjov, que de nada servían.

Chéjov jugaba de medio escudo, no porque tuviera facultades, sino porque quería estar en el centro de la cancha, donde hay más gente para dar consejos. Desde el silbatazo inicial, gritó cosas apasionadas que nadie entendió. Como si hablara en ruso, el muy mamón. Por ahí del minuto 14 hubo una pausa (la pelota se fue a la cancha de al lado, donde un delantero anotó con ella un golazo inútil); mientras, Chéjov me recomendó marcar al extremo izquierdo a dos metros de distancia. Luego dijo:

-Te va a fundir.

Esto ya no era un consejo sino una negra hipótesis. No lo insulté porque yo no estaba en condiciones de discutir.

Jugábamos en un potrero con más hoyos que pasto, no lo digo para disculparme -todo mundo sabe que las condiciones del terreno afectan por igual a los dos equipos- ni porque tenga mucho toque, pero intenté pases finos, de corte europeo, que fueron desfigurados por un hueco. Era como patear pepinos.

Todos deslucían en ese campo, pero el pinche Kafka consideraba que yo jugaba peor. Cuando me preguntaron cuál era mi posición dije que lateral derecho. Siempre jugué de extremo derecho, pero he fumado demasiado y rebajé mi puesto.

Carezco de fuelle y el dribling es una habilidad proletaria que desconozco. Me faltan potencia y picardía. Mi estilo es europeo, pero del tipo portugués. Ni muchas carreras ni muchos desbordes. Pases elegantes, alguna que otra pared, un fútbol de clase que no siempre se aprecia.

Por desgracia, yo parecía un portugués en Angola. Todas las canchas populares de México están en África. Había que oír esos gritos y ver esa tierra agrietada: una contienda inter-tribus donde cada encontronazo hacía que una espiral de polvo subiera al cielo como una plegaria primitiva. ¡Y así querían que marcara al extremo izquierdo!

Cuando conocí al equipo, me impresionó el porte de uno de los centrales, Tolstoi. El tipo parecía La Guerra y la paz. A su lado estaba Ben Okri. Tenía facha de basquetbolista y terribles ojos color carbón.

No sé quién es Okri. Soy escritor pero leo poco porque no quiero influenciarme. Supongo que es un africano. En el fútbol está de moda tener africanos. Además, esa cancha era perfecta para un prófugo de los leones.

Al otro lado, de lateral izquierdo, se movía el inquieto Kawabata. Un zurdo natural que disparaba diagonales imprevistas. Tampoco he leído a Kawabata, pero vi una película supercachonda basada en un texto suyo.

Nuestro 10 era Cortázar. La verdad, era el único con idea de lo que hacía. Tocaba el balón como si hubiera nacido en Argentina. Un crack. Lo malo es que sus pases iban a dar a Joyce, un presuntuoso que se sentía hecho a mano. Cortázar le puso el balón en bandeja y Joyce disparó a las nubes, o al cielo gris donde debería haber nubes. Luego sonrió como si sus errores fueran geniales.

Aunque los demás también se equivocaban, desde el principio se ensañaron conmigo. Por ahí del minuto 28, el extremo izquierdo me rebasó con facilidad, siguió de largo y Tolstoi y Ben Okri le salieron al paso. Los centrales demostraron lo que puede la fuerza bruta ante un jugador habilidoso: lo hicieron sándwich. El árbitro decretó penalti.

Así nos metieron el primer gol. 28 minutos sin gol podía ser visto como una proeza para nuestro equipo, pero Hemingway, que sólo se animaba cuando había un conato de bronca, me vio con esos ojos que en las canchas reglamentarias significan: «nos vemos en los vestidores» y en las canchas donde no hay vestidores significan: «te voy a partir la madre», sin que haya que precisar el escenario.

En la siguiente oportunidad en que el extremo izquierdo se quiso lucir, traté de meterle una zancadilla pero me salió una patada. Vi la tarjeta amarilla. Entonces fue cuando Kafka me dijo que me iban a expulsar por pendejo.

Él era nuestro capitán. Siempre he respetado los códigos del fútbol, pero no me gustaba que un tipo con pelo de roedor (de hámster, para ser exacto) pusiera en entredicho su autoridad haciéndole caso a Chéjov, que me ordenaba como si fuera Johan Cruyff:

-¡Abre la cancha!

¿Sabía él que dos horas antes yo estaba fumando mi quinto cigarro del día? ¿Que la coca y el trago me ayudan a vivir, siempre y cuando eso no implique correr? ¿Que la barriga me pesa como si fuera de otra persona? ¿Que la última vez que visité a mi ex mujer el elevador estaba descompuesto, tuve que subir por la escalera y llegué arriba con una cara tan preocupante que ella se abstuvo de insultarme?

Obviamente no sabía nada. Él era Chéjov, instructor de inferiores. A su lado, Kafka parecía dispuesto a enviarme a una colonia penitenciaria.

Jugaba por mi libertad, como todos los hombres de palabra verdadera, según dice el Subcomandante Marcos. Pero yo enfrentaba un desafío superior: estaba arrestado en la cancha.

Nuestro equipo llevaba nombres de escritores en los dorsales. Eso era especial. Más especial era que mis diez compañeros trabajaban en la policía.

Alguna vez le dije a mi ex esposa (entonces mi novia) que el fútbol significaba un estado de ánimo. He llorado con los goles del Cruz Azul y mi única fractura se debió al fútbol (pateé el refrigerador cuando nos eliminó el Santos). Afición no me falta. Cada vez que atravieso un parque y veo niños jugando, anhelo que se les vaya la pelota para devolvérselas con un toque que considero maestro, aunque le pegue al carrito de algodones de azúcar.

Lo que me molesta es correr. El organismo se degrada con ese desgaste disfrazado de ejercicio. Correr envilece y correr en el trópico o a dos mil metros de altura envilece dos veces. Los mexicanos debemos caminar.

El problema, mi problema, es que ese partido podía ser mi salvación. El fútbol regresaba como el peor estado de ánimo: la angustia del hombre acorralado.

La mañana empezó mal. Abrí el periódico y vi el marcador del narcotráfico: cuatro ejecutados, dos en Zamora, mi ciudad natal, y dos en Guadalajara, donde estudié la universidad. Las ejecuciones se habían convertido en mi horóscopo. Si las víctimas caían en sitios que tenían que ver conmigo, el día era atroz.

A pesar de las señales en contra, salí a la calle, y no sólo eso: salí con el Mecate. Me pidió que lo acompañara a Ciudad Moctezuma a ver a un mecánico baratísimo.

El coche del Mecate revela que ya consultó a un mecánico baratísimo, pero necesitaba otro, a 15 kilómetros de donde estábamos, para cambiar el claxon que sonaba como si tuviera gripe.

Todo esto resulta indigno de figurar en una historia, pero cuando uno se siente en deuda hace cosas indignas de figurar en una historia. El Mecate enseña Educación Física en una secundaria donde las tres maestras de Español están enamoradas de él. Gracias a eso, recomiendan mis libros juveniles y una vez al año me invitan a un auditorio donde reúnen a mil lectores cautivos. Entonces siento un poder magnífico. Con el Mecate iría a la Patagonia.

Hicimos hora y media de camino. En el desayuno, yo había bebido una cafetera completa. Cuando pasamos junto a la Cabeza de Juárez, me estaba orinando. Apenas pude disfrutar la vista de ese horrendo monumento, el cráneo colosal del Benemérito de las Américas montado sobre un arco que lo hace ver aún más alucinatorio. Aunque no advertí toda la fealdad en su espectacular detalle, la imagen resultó profética.

Entramos a un inmenso conglomerado de casitas de dos pisos donde la planta baja es ocupada por un negocio y la azotea por perros, antenas y tinacos. Cuando llegamos al taller, me pellizcaba la mejilla para que el dolor me distrajera.

Minutos después oriné sobre un montón de piedras. El taller mecánico estaba junto a un sitio donde hacían lápidas para cementerios y figuras de yeso.

Un hombre desesperado puede orinar entre futuras tumbas. Un hombre muy desesperado puede orinar sobre una estatua de Benito Juárez. Fue lo que hice.

Me gusta contar el tiempo en las orinadas largas. Mi récord son dos minutos. Iba en el segundo 98 cuando alguien me tocó la espalda. Me volví y oriné los zapatos un policía.

-Mira nomás, pendejo -el policía señaló sus pies; luego señaló lo que yo había tomado por una piedra-. ¿Ya viste?

-¿Qué?

-¡Measte a Juárez!

Me acuclillé para ver la piedra y comprobé que, en efecto, se trataba de un busto en miniatura del Benemérito de las Américas. A su lado estaban Morelos con su pañuelo en la cabeza, Carranza con sus barbas, Allende con sus patillas. ¿Cómo no los había distinguido?

Cuando me incorporé, un pelotón rodeaba al policía. Me vieron como si mis orines hubieran apagado la flama del Soldado Desconocido.

Los policías estaban ahí para escoger una lápida en memoria de un compañero acribillado. La ocasión era solemne. Eso me lo dijeron después. En ese momento sólo criticaron lo que yo había hecho. Orinar una propiedad privada (ajena) es delito. Mancillar un símbolo patrio es un delito peor.

Los policías de Ciudad Moctezuma llevaban un uniforme algo distinto al de los del D. F. Pero eso los distinguía menos que otro detalle: eran juaristas convencidos. Mi suerte había sido pésima: la cabeza de Juárez es la que más se parece a una piedra redonda.

El celo histórico de los uniformados se confundía con el abuso de autoridad, pero un sexto sentido me indicó que decirlo podía ser nocivo para mi salud.

Me llevaron a la patrulla sin que pudiera despedirme del Mecate. En el camino a la delegación, politizaron mi arresto. Me recordaron que la izquierda mexicana es juarista y que Ciudad Moctezuma está regida por la izquierda. El gobierno federal no le perdonaba a Juárez haber separado la Iglesia del Estado, ni haber sido indio.

-La derecha es discriminatoria -dijo un policía.

-Yo no discrimino a nadie -me defendí.

-¡Te measte en Juárez!

-Fue un accidente.

-No hay accidentes, sólo hay consecuencias -contestó otro policía.

Pensé que era una cita. Luego me pareció discriminatorio suponer que si un policía dice algo raro es una cita. Guardé silencio para no parecer antijuarista.

No fuimos a la delegación porque hubo un 28 y un 04. Eso dijo el radio. La patrulla se desvió primero a una licorería que había sido asaltada y luego a una escuela donde encontraron una mochila con mariguana «que no era de nadie». Vi trabajar a los policías durante hora y media con dedicación. Esto resquebrajó algunos prejuicios que tengo sobre las fuerzas armadas.

La siguiente sorpresa vino cuando me preguntaron a qué me dedicaba.

-Soy escritor.

-¿Le gusta el fútbol? -preguntaron, como si hubiera relación entre las dos cosas.

-El fútbol es un estado de ánimo -dije, para demostrar que soy escritor.

La frase no les interesó. Uno de los policías me escrutó como si buscara mis obras completas en el nacimiento del pelo:

-A ver: ¿quién escribió La vorágine?

Estaba muy nervioso y aún no me acostumbraba a respetar a la policía. Cuando el uniformado dijo «La vorágine» pensé que, en su condición de iletrado, malpronunciaba un título francés, algo así como La vorange. Como no sé francés, no quise ser pedante ni arriesgarme en falso con un autor:

-No sé.

No creyeron que fuera escritor.

El operativo 28 y el 04 retrasaron a la patrulla en su principal meta del día: un partido en cancha grande.

No les daba tiempo de dejarme en una celda y tuve que acompañarlos.

En el trayecto sonó el radio:

-«Houston, tenemos un problema».

Luego siguió una conversación que la estática volvió incomprensible.

-Llevamos un elemento -el policía que iba al volante dijo en su radio.

Fuimos los últimos en llegar al campo. Los demás ya estaban vestidos, con camisetas a rayas azules y negras, como el Inter de Milán.

-Nos falta un jugador -me explicó el policía que me había arrestado.

Fue así como me entregaron la camiseta de Fontanarrosa.

-Para ponértela, tienes que aprender esto -me dieron una tarjeta.

El ayuntamiento izquierdista había lanzado un peculiar programa de promoción de la lectura entre los policías. Les daba uniformes a condición de que portaran nombres de escritores. Para vestir la camiseta, había que saber quién era el autor que la respaldaba. Después del partido se celebraba una velada literaria.

Leí mi tarjeta: «Roberto Fontanarrosa fue un humorista que ayudó a pensar en serio. Dibujó la series de Boogie el aceitoso y El renegau. Hincha del Rosario Central, escribió inmortales cuentos de fútbol. Su libro Una lección de vida resume en su título lo que dejó a sus lectores. Cuando murió, las barras pidieron que el estadio de Rosario llevara su nombre. Se reunía a hablar con los amigos en el Café Egipto. Ahí, una taza no deja de echar humo, por si el Negro regresa».

Hace años escribí una nota un poco displicente sobre Una lección de vida. Quería mostrarme como escritor sofisticado y no me pareció correcto elogiar a un caricaturista. Ahora, la camiseta con su nombre podía congraciarme con los policías. Me la puse como una segunda piel.

El policía que había conducido la patrulla resultó ser Chéjov. Justo cuando pensaba que un buen rendimiento en el partido podría salvarme se acercó a decir:

-Estás arrestado. Vas a jugar, pero arrestado.

¿Puede alguien sobreponerse a semejante presión? Tenía tantas ganas de hacer las cosas bien que las piernas me temblaban.

He omitido un detalle que no me queda más remedio que decir. Cuando los policías me detuvieron, les ofrecí un billete de cincuenta pesos. Me vieron con el rencor de un pueblo especialista en sacrificios humanos. Entonces les ofrecí cien, pensando que había un problema de cotización.

-No aceptamos sobornos: esto no es el D. F.

Había caído en un andurrial donde la norma era inflexible. Cuento esto para que se comprenda mi angustia en la cancha: esos policías no me iban a perdonar así nomás. Todo les parecía grave. Eran fanáticos juaristas que no se corrompían y esperaban que yo frenara al extremo izquierdo.

Me apliqué en la marca, como si me entrenara el dictatorial Lavolpe, pero fui rebasado, metí el pie en un agujero, tropecé con Tolstoi, la pelota me rebotó en la espalda y el enredo se convirtió en un pase para el centro delantero rival: 0-2.

En el segundo tiempo la vista se me nublaba de cansancio pero no me rendí. En algún minuto impreciso recibí un balón elevado, lo maté con el pecho y chuté con efecto. El balón salió como un planeta en miniatura, girando sobre su eje, y fue a dar al rincón donde anidan las arañas. En caso de contar con redes, aquello se hubiera visto como un golazo. El único problema es que esa era mi portería.

Hemingway llegó dispuesto a matarme.

-«Los valientes no asesinan» -cité la frase con que Guillermo Prieto salvó la vida de Benito Juárez.

Debo reconocer que los policías juaristas respetan sus principios: Hemingway me perdonó la vida.

Se podría pensar que el marcador de tres goles en contra, las condiciones del terreno y mi escasa capacidad de respirar en ese aire cuajado de polvo podían desanimarme, pero no fue así. Corrí por mi libertad, me barrí aunque no fuese necesario y fracturé al extremo izquierdo.

El árbitro fue sádico: en vez de sacarme la segunda tarjeta amarilla y luego la roja, me sacó directamente la roja para enfatizar mi torpeza.

Ya dije que en Ciudad Moctezuma hay leyes que se respetan. Cuando un futbolista es expulsado se le suspende dos partidos, aunque se trate de una liga amateur y las porterías no tengan redes. Por mi culpa, el verdadero Fontanarrosa se iba a perder lo que quedaba del campeonato.

Salí de la cancha corriendo, para no retrasar el juego y permitir que mis compañeros anotaran tres goles para empatar. Atrás de mí venía Kafka.

Se dirigió a un maletín de utilero y sacó unas esposas.

Pasé el resto del partido encadenado a un poste.

Ya sin mí, el equipo recibió otros dos goles, pero ellos no reconocieron que les hice falta. Después de los tres pitidos finales, volvieron a verme con ojos de sacrificio mesoamericano.

Por primera vez consideré una suerte que respetaran la ley. Un poquito de impunidad habría bastado para que me asesinaran.

¿Qué podía hacer para calmarlos, recitar la frase famosa de Juárez: «El respeto al derecho ajeno es la paz»? Guardé silencio y eso me ayudó.

Después del partido, el equipo debía asistir a la tertulia literaria. Tampoco ahora había tiempo para llevarme a la delegación.

Los acompañé a un salón de la presidencia municipal. Entramos en uniforme, con caras de policías goleados, más tristes que las de los futbolistas.

Me sentaron entre Kawabata y Okri. En ese momento, ocurrió algo desagradable: Jorge Linares entró al estrado por una puerta lateral.

Los policías aplaudieron su llegada. A continuación, uno por uno se pusieron de pie, dijeron el nombre del escritor que llevaban en la espalda y recitaron su biografía. Cuando me tocó mi turno dije:

-Yo soy Fontanarrosa.

Linares me vio con atención. Nos conocíamos de nuestros inicios literarios. Él es de Colima y recibimos juntos la beca Jóvenes Creadores del Occidente.

A pesar de sus ojeras, los dientes manchados de tabaco, el pelo ralo y la frente arrugada por sus fracasos literarios, Jorge era reconocible. Más difícil resultaba que me ubicara a mí, con la camiseta del Inter, en un equipo de policías de Ciudad Moctezuma.

Recité lo que recordaba de la tarjeta. Jorge sabía de memoria las biografías porque él las había escrito. Me vio con incertidumbre, como si tratara de recordar algo.

Lo que quería recordar era lo siguiente: en 1998 nos peleamos por Fontanarrosa. Me acuerdo bien porque fue el año del Mundial de Francia. Jorge era entonces jefe de redacción de una revista que desprecio pero donde a veces publico porque soy plural. Escribí para ellos la reseña de Una lección de vida. Jorge la rechazó con estos argumentos:

-No te atreves a decir que el autor te gusta porque te parece populachero y tú quieres ser el escritor más fino de Zamora. El epígrafe de Adorno no viene al caso: lo pusiste para lucirte.

El comentario me molestó por veraz. Había leído a Fontanarrosa con gusto y mis reparos eran caprichosos (lo acusé de colonialista por escribir «mejicano» en vez de «mexicano»). Sin embargo, en ese momento pensé que Jorge quería bloquear mi carrera, me odiaba por ser un mejor escritor del Occidente y sólo se interesaba en Fontanarrosa por estar enfermo del fútbol.

Poco después, Jorge dejó el trabajo de jefe de redacción, se fue como corresponsal al Mundial de Francia y comenzó el sostenido hundimiento que ha sido su trayectoria. No volvió a escribir cuentos. Adquirió la deleznable notoriedad de un cronista de fútbol y apareció en programas deportivos donde parecía intelectual porque nadie lo entendía. Mientras él se sometía al declive de alguien que sólo concibe una metáfora si incluye un balón, yo aprovechaba el tiempo de otro modo. No puedo decir que me haya consagrado, pero soy uno de los autores juveniles más leídos de México, especialmente en la escuela del Tomate, y el año pasado recibí la Mazorca de Plata para autores del Occidente. Si ahora Jorge Linares me odia es por envidia.

Después de que recitamos las biografías, él leyó unos textos que hicieron reír mucho a los policías. En la sección de preguntas y respuestas, mis compañeros de equipo revelaron que lo habían leído con admiración, y no sólo a él, sino a otros autores que mencionaron al lado de Zidane y Figo. Al terminar la lectura, rodearon a Jorge para pedirle autógrafos, como si fuera Maradona.

Cuando lo dejaron libre, él se acercó a preguntar:

-¿Qué haces aquí?

-Yo soy Fontanarrosa -repetí, como si no pudiera decir nada más.

-Un grande -dijo él.

-Grandísimo -agregué, con tardía sinceridad.

En ese momento el Mecate entró a la sala. Me había buscado por toda Ciudad Moctezuma y al descubrirme gritó mi nombre como un náufrago que ve una gaviota.

La expresión de Jorge no cambió:

-¿Qué haces aquí? -insistió.

-Me arrestaron -contesté, y le conté mi historia.

Los policías le tenían respeto a Jorge. Nos dejaron hablar, sin interrumpirnos ni acercarse a nosotros. La situación cobró tal rigidez que ni siquiera el Tomate se aproximó. Fue un momento extraño, como cuando los capitanes de los equipos discuten en la cancha y nadie se les acerca. Una pausa dramática en la que dos rivales resuelven algo urgente. Segundos después volverán a odiarse. En ese instante, concentran las miradas del estadio entero y sus compañeros aguardan como estatuas. ¿Hay mayor tensión que la de los enemigos que acuerdan algo? Ese diálogo no califica como una jugada; al contrario: suspende el partido, ocurre fuera del tiempo, en una lógica paralela, inescrutable, que agrega un elemento extraño, que nadie desea pero contra el que no se puede hacer nada, un pacto oscuro y preocupante, el de los adversarios forzados a coincidir. Así nos vieron los demás, o así quise que nos vieran.

Cuando acabamos de hablar, Jorge se dirigió a los policías y me dejaron libre. Ellos lo hubieran obedecido en cualquier cosa. Pude regresar a casa, en el coche del Tomate, al que ahora le sonaba el claxon cuando caíamos en un bache.

¿Qué fue lo que Jorge Linares me dijo en aquel conciliábulo? Contó que había perdido la facultad de escribir historias. No se le ocurría nada. Sólo podía narrar lo sucedido en una cancha de fútbol. Me pidió mi historia a cambio de mi libertad. Acepté porque no me quedaba más remedio:

-«Una lección de vida» -recité.

Jorge me dio un abrazo. Olía a tequila y a jabón barato.

Sentí lástima por él. Luego me irritó no haberme dado cuenta de que lo mío era una historia.

Al despedirse, Jorge se hizo el interesante:

-Un defensa debe dejar que pase la pelota o pase el jugador, pero no a los dos. La literatura es igual: a veces pasa la historia, pero no el autor.

El hijo de puta se quedó con mi cuento. No digo que yo lo hubiera escrito como Borges, pero sí como un mejor escritor del Occidente. Modestia aparte, él tiene el tema, pero no tiene mi voz.

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Como perro y gato

COMO PERRO Y GATO

Por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Leal era el perro de la familia. Un pastor alemán de mediana edad que siempre supo hacer honor al nombre que portaba. Vivía en una casa que lindaba con un depósito de maderas donde los gatos callejeros eran bienvenidos porque evitaban que las ratas hicieran nido en los huecos existentes en el montón de tablas apiladas. Oírlos maullar, pelearse, enfiestarse en las noches primaverales, hacía que Leal los detestara. Trepado en un viejo horno de barro que se apoyaba en la pared medianera, les gruñía y ponía el límite. Nunca podrían pasar o serían cazados. Los gatos lo entendían y mantenían una prudente distancia con el perro.

Una mañana el niño de la casa trajo un gato blanco que había recogido de la calle con las patas quemadas. Ignoraban qué podía haberle sucedido ni de donde había escapado en ese estado, pero sus lesiones eran serias y si las infecciones avanzaban sus miembros estarían en riesgo, también su vida.

El pequeño gato permaneció dentro de una caja donde recibió curaciones, era aseado y alimentado a diario. Durante su extenso tiempo de recuperación Leal se mantuvo a su lado, como esperando que ese pequeño diera alguna muestra de vida más allá de ingerir la leche que se le administraba. Aunque él detestaba a los gatos,  de alguna manera entendía el estado desesperante del minino y lo custodiaba amistosamente.

Cuando por fin el pequeño estuvo en condiciones de salir de su refugio-enfermería, quedaron a la vista las secuelas de lo que le hubiera sucedido. Sólo le quedaban un par de zarpas, y verlo andar daba la sensación de un automóvil con un par de neumáticos desinflados. Pero había salvado la vida y las patas, y para el estado en que llegó eso era mucho más de lo esperado.

Perro y gato se hicieron amigos. Compartían el hogar, jugaban. En las frías noches de invierno el perro se echaba en su almohadón y en el hueco entre sus patas el gato dormía cómodo, calentito y seguro.

Anduvieron juntos siempre, hasta que el llamado del amor llevó al gato a cruzar la medianera hasta el depósito de tablas, pero aunque era un gato con discapacidades que no estaba en condiciones de pelear con otros machos y sin zarpas no la pasaba nada bien, era un gato astuto, sabía llevar a su dama hasta el límite de la pared donde el perro asomaba su hocico en defensa de su amigo alejando a los machos de los tablones. Jamás permitiría que le hagan daño.

Vivieron juntos todo lo que la vida les permitió, muy lejos de lo que siempre pensamos al decir “como perro y gato”. Cada vez que alguien me dijo en la vida que una amistad “no se puede”, el recuerdo de ellos me dio la certeza de que no existe lo imposible.

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En la casa de mis abuelos

EN LA CASA DE MIS ABUELOS

por Russo Dylan Galeas Maynor (Canadá)

 

De la colección de relatos
Letras con tierra de fuego

(Ya hay relatos de esta casa, mejores plumas la han descrito, la han contado. La nostalgia me agita a contar la dicha de ese tiempo feliz. Este es el primer relato de una colección de letras con tierra de fuego.)

Un largo y elevado tejado cubría la casa. Un amplio y claro corredor era el portal de la tienda de los Perla, Perla y Perla. Niña Herminia y Don Juan, mis abuelos.

La casa de mis abuelos era conocida con diferentes sintagmas: La casa de los Perlas,  la tienda de niña Herminia o de Don Juan, la casa, donde guardan el sábado, donde los días cambian de sol a sol no de doce a doce, donde viven los hijos de La niña Raquel, allá donde venden tela, granos y cal o allá donde se habla de política, de comercio y de Dios.

Una casa habitada de mucho y de tanto. Todo era abundante, como la alegría, el amor, la amistad, los clientes, tías y tíos, dependientas, muchacha en quehaceres domésticos, motoristas de camiones, orgullosos de su oficio y habilidad de conducir el Chevrolet  de doce toneladas, el MAN  camión chato que llamábamos porky, el Magirus Deutz y el camioncito  rojo; Máquinas amaestradas por el dominio de Quique Chávez, Rogelio Campos, don Jacobo Beltrán, Chabelón, Julio Díaz, don Felipe y “El Charrasquiado” Julio Delgado.

Los mozos. ¡Ah los mozos! Muchachos fuertes que cargaban y descargaban las carrocerías de los camiones de toneladas de granos básicos, latas de aceite, cascarilla, quintales y quintales de esto y lo otro. Los mozos, muchachos fuertes con cuerpos de pantera o de gato montés, sin más malicia que echarse al lomo a “la china” doscientas libras a chapupa y rapidez.  Ellos hacían  suspirar a las muchachas de la casa. Las jovencitas de cuerpo en belleza reciente, mujeres de piel morena o de rosados pétalos apodaban a los mozos con impulsos de la admiración : “El Muñeco”, “Tuco el Galán”, “Toto el Guapo”,    “la estatua prieta”.
Mozos y muchachas cómplices de la ingenuidad y de las brazas de la juventud.

En la casa de mis abuelos viví gran parte de mi infancia, en sus innumerables cuartos aprendí misterios de la adolescencia, lloré abrazado a una almohada y fui feliz  como un libre gorrión, en el patio del fondo jugué con mi camioncito bombero y mi balastrero, aprendí el aroma del limonero y del café, el brillo del granado, la belleza del geranio, del azahar y del clavel.
Ahí “fojié” libros que me llevaron de los Apeninos a los Andes, páginas que me metieron a un ranchito y a un lucero, allí le di la vuelta al mundo en ochenta días.
Por eso, desde esa casa  donde aprendí a pararme en un pueblo con tierra de fuego, un pueblo llamado Jocoro, desde ahí desabotono mi memoria y sangro mis emociones.

 

 

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Relato para un trece de abril

 

RELATO PARA UN TRECE DE ABRIL

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

El teléfono estalló para quebrar el silencio de la madrugada.  Desde España mi hermano mayor, que estaba haciendo un doctorado en ingeniería en la Universidad de Madrid,  me había elegido para ser depositaria de su secreto. Habían detectado una masa en la cavidad abdominal, los estudios no eran alentadores y programaban cirugía para extraerla. Esa cirugía sucedería cuatro días después de la boda de mi hermana, por lo que me hizo prometer guardar silencio hasta que la feliz  pareja se fuera de luna de miel. Él no quería empañar un momento tan importante en su vida y aún quedarían unos pocos días para hablar con todos en el hueco existente entre la boda y la entrada a un quirófano que pondría sobre la mesa cuál de las dos posibilidades que se barajaban era, una mala pero con alguna esperanza, y la otra que era peor.

Esa noche viajé a pasar Semana Santa con mi familia. A los festejos religiosos se sumaba el cumpleaños número cuatro de mi hija y había organizado un almuerzo con todos mis allegados para compartir en domingo de Pascuas.  Me esforcé en que nadie notara la sombra de preocupación en mi rostro y me mantuve ocupada para no tener tiempo de conversar demasiado.  Sonreía a mi hermana que me contaba detalles de la organización de su boda, asintiendo con la cabeza para no exponer el nudo en la garganta que me impedía hablar. También decoraba una torta de cumpleaños y me encerraba en el baño a llorar tapándome la boca con una toalla para que nadie me oyera. ¿Mis ojos? Si estaban un poco hinchados era sólo por esa alergia estacional que me ataca todos los años….

En aquella época era sumamente creyente y oraba a Dios con toda mi fe por una oportunidad para mi hermano, para que su pequeña hija siguiera teniendo padre, por su joven esposa que no merecía tener que quedarse sola y criar a su hija sin su apoyo, por una madre que no debe enterrar a sus hijos, por todas esas cosas que nunca pensamos que podíamos perder tan pronto…

Acabó el fin de semana y retorné a casa entre abrazos y despedidas hasta el fin de semana próximo, el gran día de los novios felices. Lunes escolar, tareas habituales con uniformes, dos hijos que atender y anécdotas dando vueltas en la cabeza que sabían a silencios camuflados con huevos de Pascua. Un gran desasosiego que cargaba dentro de mi pecho se iba acrecentando con el correr de las horas.

Después de acostar a mis hijos me puse a lavar y encerar pisos, aunque era un horario extraño no era raro en mí, es más fácil poner orden y hacer limpieza cuando nadie te pide ayuda para una tarea, ni hay que decirles que no pisen aún en ese lugar o recoger miguitas donde tenía un piso preparado para encerar. Pero esta vez el motivo era otro: precisaba quemar energías hasta agotarme, no entendía qué era lo que mi mente me estaba advirtiendo, pero de algún modo sabía que venía algo malo, muy malo…

Una taza de café acompañaba el fin de la labor cuando recibí la llamada. No sólo me noquearon con la noticia, también me estaban pidiendo que fuera la mensajera hacia el resto de la familia. Pero ellos no sabían nada de lo previo… ¿Cómo llamarlos a las tres de la mañana para decirles que un hasta la vuelta se convirtió en un nunca más?

No llegó a someterse a la cirugía.  El tumor había vencido de un modo inesperado y le había arrebatado la vida al debilitar  una arteria que se abrió provocando una masiva hemorragia interna. Como una ironía de la vida, y de la muerte, un hombre ateo y lleno de cábalas había fallecido un martes trece. En una semana el panorama había pasado del hallazgo de un bulto a su fallecimiento.

Mi madre tardó mucho tiempo en dejar de reclamar su derecho de haberlo sabido. Y aunque ya no lo diga sé que no deja de sentir que le robé la posibilidad de hablar con él una vez más antes de cargar la cruz del dolor infinito, el peor que se puede sentir, que es perder a un hijo.

Por mi parte me detuve a pensar en esa noche, una de las peores de mi vida. Descubrí que cada vez que le pedí a Dios por alguien acabé enterrándolo a muy breve plazo. Creo que ese fue un punto de quiebre, me distancié de la incongruencia de creer que hay un ser que tiene el poder y el permiso de lastimarnos en nombre de su amor.

Ya no pido, no espero, no confío y no creo.  Cargo la tranquilidad y el peso de haber cumplido con mi palabra empeñada sin medir que eso me valiera masticar  mis angustias en silencio. El tiempo ha calmado un poco el dolor interior que nunca se va, pero he logrado que no me impida disfrutar de todo lo otro bello que sí tengo, y lo hago cada día, en cada momento. He entendido que el pasado se debe mirar por el espejo retrovisor, si me persigue piso un poco el acelerador para que no me sobrepase porque no quiero observarlo desde mi parabrisas, y cuando me es dulce desacelero para contemplarlo desde cualquiera de los espejos sin dejar de saber que está atrás, que soy el resultado de sus circunstancias pero tengo en mis manos el volante y conduzco mi propio destino, soy quien debe ver de qué modo sortear cada bache y quien elige qué caminos tomar cuando se bifurcan.

Aprendí que la vida es un breve hoy, acá, ahora, que nada es blanco ni negro completamente,  que debo saber ser en medio de la interminable sucesión de tonos más o menos grises. Hoy creo firmemente que el sentido de la existencia está en la huella que deja cada uno tras de sí.

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Morir de amor

MORIR DE AMOR

por Martha Larios (México)

 

 

Por qué debería estar triste?
He perdido a gente que no me amaba,
Pero ellos perdieron a alguien que los amaba
Mario Benedetti

 

Todavía era invierno, principios de febrero, ya era avanzada la mañana, afuera el viento soplaba frío, y contrariamente a su actitud siempre positiva ante la vida, Maribel, se encontraba sin ánimos de levantarse, ni de comer, no quería hacer nada. Se sentía tremendamente triste, lloraba cubriéndose la cara, con la sábana. Afortunadamente no había nadie en casa y podía dar rienda suelta a la emoción que la embargaba, pues esa historia era solo de ella.

Había pasado más de una semana y todavía recordaba perfectamente las palabras que Emilio le había dicho para no continuar su relación. Le parecía increible que después de casi nueve años, fuera tan fácil para El, decirle éso, mientras ella sentía que se desmoronaba y que lo que escuchaba no era verdad, era una pesadilla.

Ella había aceptado todas las reglas puestas por él, para que no hubiera ningún problema. Lo único que había hecho era amarlo sin condiciones de ninguna especie, no pedía ni exigía nada. Solo sucedió que por primera vez, había manifestado su inconformidad por algo que no le agradó. Y ahora se preguntaba, solo eso era suficiente para terminar o solo era un pretexto? Acaso no era una injusticia? No esperaba nada, pero tampoco ésto.

El tal vez la veía solamente como alguien con quien hablar y compartir algunos momentos especiales. Y para ella, era la vida misma.

Continuaba llorando y analizando por qué su vida siempre había sido tan solitaria y carente de un amor verdadero? Acaso era cursilería pensar en ello ahora, en el ocaso de su vida? Tal vez para alguien más si, pero no para ella que había amado y vivido intensamente cada instante de su existencia, tratando de no hacer daño a nadie.

Así pasó el día entre pensamientos, sentimientos y emociones, hasta que la obscuridad cubrió la habitación, solo un rayo de luna entraba por su ventana, y seguía sin llegar a ninguna conclusión que le diera respuesta a todas las preguntas que se atropellaban en su mente. Entre esas cosas, vino a su mente la letra de la poesía hecha canción “La niña de Guatemala”, la que se murió de amor por Martí, y pensó si eso era posible?.  Ella ya estaba cansada de la vida, por decepciones de todo tipo y pensó que tal vez sí.

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda…

Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
obispos y embajadores;
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores…

Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor.

Como de bronce candente,
al beso de despedida,
era su frente -¡la frente
que más he amado en mi vida!…

Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador;
nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor.

Recordó que dicen que el corazón no duele, pero ella sentía un intenso dolor en el lado izquierdo del pecho. Concluyó que sí afecta ese órgano humano tan relacionado con ese maravilloso sentimiento llamado amor, que puede elevarnos hasta los confines luminosos del universo o dejarnos caer hasta las profundidades obscuras de la tierra.

Pasó el tiempo sin que se diera cuenta. Varios días después, alguien de su familia se preocupó, porque no contestaba llamadas en el teléfono fijo ni en el celular. Fue a buscarla y no abrió, decidió llevar a un cerrajero y ahí estaba inerte sobre su cama, con un rictus de tristeza en su semblante, y abrazando un marco con la foto de su último y gran amor.

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Así te cuento de confusiones gatunas

ASÍ TE CUENTO DE CONFUSIONES GATUNAS

por Cony Ureña (México)

 

 

LA PRIMERA CONFUSIÓN

¡Hola! Soy ese que Ella llama Felix el gato blanco y negro que ronda su edificio casi todo el día. A veces me ven otras personas y quieren ahuyentarme, en otras ocasiones me acarician y yo lo permito y les correspondo. Algunas mañanas me dan croquetas que no como, a menos que haya pasado varias horas sin el otro alimento, esa comida que me da la señora que cada día se asoma por la ventana y me lanza hacia el jardín un atún muy sabroso. Por eso llego al amanecer, busco un lugar menos frío debajo de un automóvil y ahí espero hasta escuchar que Ella abre su ventana.

¿Cómo sé su nombre? ¿Recuerdas al gato grande color amarillo que Ella alimentaba?  Ese gato era amigo de mi papá, el señorial gato llamado Vaquita; ese amigo platicó que la señora lo llamaba Güero y él la nombraba “Ella”. Antes de desaparecer, Güero le contó a mi papá que la comida que le daban era lo más sabroso que un gato puede disfrutar. Mi papá, de vez en cuando recibía una pequeña ración que le obsequiaba Ella y bueno, cuando me quedé solo, sin mi padre, me acerqué a ese balcón y empecé a recibir ese preciado alimento.

Sí, soy hijo del Vaquita. Una familia me adoptó y vivía en un apartamento. Me llevaron a operar para que no tuviera hijos y me pusieron un collar que decía “Crayola”, pero no sabía si ese era mi nombre, porque siempre escuchaba “bájate de ahí”, “no arañes, no maltrates”, “vete de aquí”. Y me fui; sí, me fui a buscarla a Ella, de quien mi papá me platicó antes de esfumarse y me pidió cuidar.

Cuando la encontré, Ella me trató como si me conociera de mucho tiempo atrás. Al principio creía que yo era hembra y trató de subirme a su auto para llevarme a operar… ¡no!, ya pasé por una cirugía y me parece que es suficiente. Así que cuando Ella está cerca de su auto, permanezco a prudente distancia.

Muchas veces se sienta a jugar conmigo en las afueras del edificio donde vive, a veces me carga y ha querido llevarme a su casa; no se lo puedo permitir; ya tuve una casa y no fui feliz, así que prefiero vivir al aire libre. Además, con Ella vive Güerita, una gata chica, delgadita, de cara bonita pero que se cree una princesa y es porque Ella comparte el alimento de Güerita conmigo.  Varias mañanas, cuando esa minina se pasea por el jardín que rodea el edificio, la correteo, la asusto tanto que maulla muy fuerte y Ella sale para ver qué sucede. Si logra verme, me llama la atención; pero nunca me castiga.

Porque como bien, estoy fuerte y resisto el frío y la lluvia.  Me cobijo debajo de los autos y cuando llueve mucho, me escondo entre las llantas y la carrocería; ahí duermo calientito.

Un día llegó un gato completamente negro que daba lástima. Me pidió permiso para solicitarle comida a Ella. Tuve compasión de ese pobre que venía de haber peleado con otros gatos y seguramente había perdido la batalla porque estaba herido.  Ella lo alimentó y ahora es un gato fuerte y sano como yo, con su pelaje brillante como el mío y ya no me pide permiso para alimentarse, yo tengo que dejar que primero coma él y después yo, o me arrebata mi ración. No es justo.

Ella me dice Felix y me silva desde su balcón. Todas las mañanas me pregunta cómo estoy y yo no le contesto, lo importante es que me lance el alimento que casi toda la noche he estado esperando.

Y, ¿sabes algo?, a veces me descontrolo pensando si es Ella la misma que asoma por el balcón o la que sale del edificio y viaja en un auto azul profundo.  No sé si es la misma que juega conmigo o la que me llama con un silbido.

A quien sí conozco muy bien es a una joven que sale a pasear a su perrito, casi siempre la acompaña un muchacho. A esa chica la he seguido a su apartamento, no importa que me dé solo croquetas, la sigo porque tiene una mascota que me gusta.

Hay otra chica más joven que tiene un gato dentro de su casa. Ella también me da croquetas, pero rara vez las como. Casi siempre las consumen los pájaros, esos grandes pájaros negros o las palomas. Yo no.

Algunas veces Ella me ha preguntado por qué tengo la cara triste, me dice que debo ser feliz y por eso me llama Felix; pero la expresión de tristeza es característica de los que no tienen hogar; quién sabe por qué, pero así es. Cierto es que yo abandoné la que era mi casa, que no he aceptado el hogar que Ella me ha ofrecido, prefiero mi libertad, pero lo entristecido debe venir de más arriba, de lo invisible; pero te confío que después de comer ese rico atún, mi cara ya no está triste.

A veces me duele que algunos vecinos de Ella me corran, que ordenen a sus canes que me ataquen. Dicen que yo no sé jugar con perros y es cierto, las dos razas no somos muy compatibles y atacando yo, me estoy defendiendo. Ha habido quejas de que soy agresivo con los canes; es cierto, y no me arrepiento porque he espantado a canes enormes que ya no me han vuelto a molestar.

Pero con quienes me alimentan o me acarician no soy agresivo. Como te dije, juego con Ella y le permito que me cargue. Jugueteo también con la muchacha que me gusta y con su compañero; además, soy amigo del gato negro.

Han venido otros gatos a querer comer del alimento que Ella nos da al felino negro y a mí, pero se han ido sin recibir nada. No creo que sea por falta de generosidad de Ella, sino porque ¡imagina cuántos gatos vendrían a comer!

Dicen que los gatos somos desagradecidos, pero no es así. A cambio del rico alimento que Ella me da, cuido su automóvil, vigilo su casa y aunque no lo creas, estoy a cargo de la seguridad de todo el edificio, del estacionamiento, del jardín y de todos los habitantes.

He cazado palomas, algo mal visto por los humanos, pero cuando hay demasiadas palomas alguien debe bajar su número.  No ataco a los pajaritos, ellos pueden estar seguros de que pueden venir a mi territorio a bañarse en los charcos después de la lluvia y que tranquilamente pueden comer insectos en el jardín.  Algunas veces han venido colibríes y se han detenido a alimentarse en el balcón de Ella, yo no los he molestado.

Pero hay algo que no me gusta, a veces Ella se va de viaje. Me doy cuenta porque sale de su casa con equipaje, entonces sé que van a pasar varios días en los que tendré que comer croquetas. Entonces me entra el celo en contra Güerita, esa gata se queda dentro del apartamento con toda seguridad con mucho alimento para estar bien los días de ausencia de Ella.

He tratado de entrar a la casa de Ella, hay una ventana que a veces está abierta y por ahí sale y entra Güerita. Una vez perseguí a esa felina y estuve a punto de entrar al apartamento. Oh sorpresa, Ella estaba cocinando y nos encontramos cara a cara, así que me fui rápidamente.

Algunas noches el gato negro ha entrado al apartamento de Ella, ha comido del alimento de Güerita y ha despertado a la gata y a Ella.  El Negrito, como Ella lo llama, ha salido rapidito no sin antes pedir más comida.

También, muchas noches encontramos alimento afuera del apartamento. Ella nos deja atún y a veces leche.  Los recipientes son vaciados de inmediato.

Algo que me apena, pero no lo puedo evitar porque está en nuestra naturaleza, es que “marcamos” nuestro territorio.  La vecina de junto a Ella se ha quejado, a pesar de que mi benefactora desinfecte. ¿Qué podemos hacer?

También hay quejas porque estoy merodeando dentro y fuera del edificio, no saben que lo estoy vigilando, para que no se acerquen roedores ni ladrones.

De eso ya me había platicado mi papá; muchos humanos no se percatan de la ayuda que los felinos les proporcionamos. Por ejemplo, limpiamos el ambiente de malas vibraciones, custodiamos las propiedades y a las personas.  Ella puede tener la seguridad de que su casa estará protegida tanto si está dentro como cuando sale a sus actividades. También su carro estará resguardado, mientras haya guardianes como yo y como Negrito.

Veo tu rostro incrédulo, pero haz la prueba y vas a comprobar lo que te digo.

Antes de que Ella cuidara a Güero, mi papá me platicó que roedores muy grandes se paseaban en los alrededores del estacionamiento de este conjunto de cinco edificios. Eso ya no existe y no es para que le agradezcan a Güero o a mí, es solo un comentario.

¿Qué cómo me mantengo limpio y sano?  Nunca me verán lastimado, porque no peleo con los otros gatos. Así como no peleé con Negrito, lo dejo que coma primero y después yo, así me comporto con los otros y me respetan por ser pacífico.

Soy un felino joven y fuerte; así quiero conservarme con la ayuda de Ella. No tengo mayor ambición que el cuidarla y parece ser que Ella así lo comprende. ¿Que si me gustaría tener una familia?  Ya la tengo, Ella es mi familia y la pareja que ya te dije; no incluyo a Güerita, aunque te confío que varias veces la he visitado a cuando está en el otro balcón. Esas visitas reforzaron la creencia de Ella de que soy macho.

SE ACLARA LA CONFUSIÓN

Un día, el compañero de la joven que te platiqué, estaba jugando conmigo en el estacionamiento. Tenía sueño y me recosté en la mochila de él. Dormitaba cuando Ella se acercó. Me hice el dormido para que no se encelara porque yo estaba con alguien más. El joven le platicó que soy hembra y entonces recordé… sí, yo nací femenina pero me esterilizaron, algo bueno para mí y para mi especie, así no traemos al mundo bebes no deseados. También recordé que mi antigua familia me daba buena comida, pero ya te conté por qué escapé; además, tenía la curiosidad de saborear aquel alimento del que Güero hablaba con mi papá; tenía el deseo de conocer a Ella y saber cómo me trataría. Los primeros días subía yo a su balcón donde Ella me dejaba comida y sí, la conquisté con mi coquetería, saliendo a su encuentro, rozando su ropa para impregnarle mi olor y atrapar su aroma; por eso Ella creyó que yo era gata y no se equivocó, pero como no entré en celo y he crecido más fuerte que Güerita, empezó a creerme macho.

HABLA NEGRITO

¡Hola! Soy un felino macho que siempre ha vivido en la calle. Mi color no me favorece. Mucha gente me rehúye y he oído que les causo mala suerte.  Los humanos han olvidado que en la antigüedad adoraban gatos de todos los colores, que había una estrecha comunicación entre ellos y nosotros; nuestro mutuo lenguaje era mental. Los gatos no hemos olvidado y entendemos el idioma humano, que no les hagamos caso, es otra cuestión.

Llegué al estacionamiento de Ella por los comentarios del Vaquita y del Güero. Los conocí a los dos, pero me tenían advertido. Si me acercaba a Ella para pedir comida, me darían una tunda.  Así que fue hasta que ambos desaparecieron que me acerqué con cautela para recibir ese rico alimento y a veces trozos crudos de pollo. Ella se compadeció de mí porque las primeras veces que me vio estaba muy maltratado, una de mis orejas estaba infectada, mi mejilla izquierda herida, pero no me dejé tocar, solo consumí ese atún que en verdad es delicioso.

Como ese territorio ya estaba ocupado, tuve que convencer a su encargada, esa gata blanca con negro que parece macho porque tiene patas fuertes, cara de gato y sí, parece más macho que hembra. Pero si te fijas bien, es coqueta, zalamera, siempre se está acicalando, toda su conducta es femenina y es muy confiada y confiable.

Bueno, no creas que voy diariamente a comer con Ella. Solo de vez en cuando para no quitarle su alimento a Felix, aunque sería mejor llamarla Felicidad o Alegría, porque siempre está contenta. Con esa minina tengo comunicación estrecha, no necesito verla ni hablarle, nuestros pensamientos están unidos, por eso sé lo que ha pasado, pero prefiero que sea la propia felina quien te lo cuente, así como te contó la primera parte.

HABLA FELICIDAD o ALEGRÍA

Han pasado varias semanas desde que Ella supo que soy hembra, pero su trato hacia mí no ha cambiado. He estado frente a su balcón diariamente y a todas horas, esperando que se asome, me vea y me lance esos trozos de atún que tanto me gustan. Sé que le ha agradado mirarme cuando me “baño” después de comer, le alegra mucho ver que juego correteando mi propia cola, que atiendo a su silbido, que la sigo cuando sale hacia su auto y la espero cuando regresa, reconozco el sonido de su carro. Casi siempre me pregunta cómo estoy y por qué parezco triste; pero tan pronto me da de comer siento alegría y me agradan mucho sus caricias, por lo que le ofrezco las mías y mis ronroneos, me encantan sus mimos y siempre le pido que me acaricie más.

Otras veces me ha oído maullar en el patio de su edificio, estoy llamando al gato de la muchacha que ya te platiqué. Ahora que he recordado que soy hembra, me he dado cuenta porqué quiero jugar con ese minino y porqué asusto a Güerita. Con el gato, es porque él es macho y yo soy hembra y con la gata, bueno, es pura rivalidad.

Un miércoles estuvimos Ella y yo jugando por largo tiempo. Me dio trozos de pollo e intercambiamos ternuritas. Así fue ese mediodía, primero los jugueteos y cuando ella se marchó, entonces comí.

Sabes, esa tarde alguien derramó sobre mi cabeza un líquido pegajoso y sentí malestares. Era un día soleado pero yo tenía frío, la noche anterior hubo una tormenta y me mojé, a lo que atribuí mis molestias. Me sentía desganada y me costó mucho trabajo limpiarme ese líquido.

El jueves no me acerqué al balcón y sé que Ella se sorprendió al no verme, pero como no era raro que faltara uno que otro día, no se preocupó tanto.

El muchacho que te cuento me buscó debajo de los autos y me encontró debilitada. Ella y su compañera me cuidaron, me ofrecieron croquetas y agua. Comentaron que tenía yo gripe por mis ojos y nariz llorosos. Creyeron que yo mismo me había ensuciado la cabeza con mucosidad.

Esa noche fue espantosa. Una secreción me escurría por la nariz y al tratar de limpiarme se me infectaron los ojos. Como llovía, no me animé a salir de debajo de una camioneta enorme para buscar la comida que Ella me deja cerca de su puerta, así que tuve que esperar a que amaneciera; tiritaba de frío.

Amaneció con mejor clima ese viernes cuando Ella me encontró echada asoleándome un poquito. No podía ver ni oler, pero pude sentir su presencia y oír su voz que trataba de consolar mi sufrimiento. Se fue por unos minutos que me parecieron horas. Me dio agua y con pañuelos húmedos limpió mis ojos y pude volver a ver, me cargó y acarició mi cuerpo debilitado apretujado a su pecho; nuestros corazones se reconocieron, palpitaban rápido y fuertemente.

Ella quiso subirme a su auto pero no se lo permití. Me dijo que volvería para llevarme con quien podría curarme, pero me escondí.  Así somos los gatos, no nos gusta que nos vean sufrir y mucho menos ir al doctor.  Ella creyó que más tarde volvería a verme, pero ya no me encontró.

Fue la pareja de jóvenes que me hallaron de nuevo y me cuidaron, me dieron más agua y croquetas. No fue desprecio, pero no comí. No tenía fuerzas, solo quería alejarme también de ellos, así que me fui y me escondí en el motor de una camioneta, necesitaba calor.

Donde me encuentro, recibo noticias de Negrito. Él sabe que los muchachos y Ella me han buscado, que están muy preocupados por mí. Sé también que Ella ha llorado mi ausencia, que ha pedido a Dios por mí y desea que yo vuelva, pero estoy tan lejos y confundida que no sé si desde este lugar decida y pueda hallar el camino de regreso.

HABLA “ELLA”

Por casi tres semanas no supe de esa preciosa gatita blanco con negro. La echaba de menos porque no conocía una callejerita tan amorosa y alegre, a pesar de su carita triste. Los amigos que también cuidaban de ella me dijeron que su dueña la encontró desfalleciente. Resulta que esa persona ya era conocida mía, así que la visité para tener noticias. Me comentó que en efecto, encontró a nuestra felina en mal estado, que la estuvo hidratando por goteo y la alimentó. Creo que en ese trance perdió alguna de sus siete vidas. Como esta señora no puede tenerla en apartamento, su hija (su humana original) ha re-adoptado a Crayola y se la llevó muy lejos, a una casa donde puede jugar en un jardín.

Siento consuelo,  aunque  lamento no seguir viéndola, pero por siempre agradeceré a la persona que la salvó, a quien actualmente la cuida y sobre todo a Dios que me dio permiso de conocer a “Felix” o “Crayola” o “Felicidad” o “Alegría”; como quieras tú llamarla.
***
Han pasado tres meses. Todas las noches dejo comida para Negrito, el plato amanece vacío. Cuando olvido cerrar la ventana de la cocina, ha entrado ese gato que parece pantera en miniatura, pidiendo más alimento y no me muestra ningún temor.

De vez en cuando he visto a quien rescató a Crayola; al preguntarle por mi querida felina me ha platicado que está feliz. Vive en una casa rodeada de jardines y convive armoniosamente con otro gato. Esa gatita se ha adueñado de la casa donde ahora vive y yo, aunque cada mañana -al abrir mi ventana- quisiera encontrarla, todo el tiempo doy gracias a Dios por haberle brindado un buen hogar donde deseo sea dichosa por largo tiempo.

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Pozo de tiempo

POZO DE TIEMPO

por Leonor Aguilar (Argentina)

Nos comunicamos pasadas las cinco de la tarde, (la hora es muy importante). Estaba cargando sus cosas para emprender el regreso. De fondo se oían las voces del resto del grupo y los saludos despidiéndose hasta la próxima cita mensual de ovejeristas.

Siempre me inquieta que viajen de noche. El lado bueno es que al cargar atrás del auto un carro de buen tamaño preparado para trasladar cómodamente a los perros no se puede conducir rápido porque se pierde estabilidad al aumentar la velocidad.

Saqué cuentas, había empleado catorce horas en el viaje de ida, yo iba a estar escuchando ladridos de perros felices alrededor de las siete de la mañana si no había paradas para descansar.

Pasada la una el sueño y el cansancio venían ganando la partida. Me llamó avisando que para no hacer locuras se detendría en un pueblito para dormir un rato. Y durmió profundamente sin saber por cuánto tiempo, porque al despertar miró la hora y descubrió que el reloj no había cambiado respecto del instante en que decidió detenerse.

Emprendió nuevamente la marcha. A poco andar vio luces de un pueblo que conocía muy bien. Estaba en Media Agua, a sólo cuarenta minutos de llegar y a las dos de la mañana estaba en casa.

Quienes iniciaron el viaje de retorno con el mismo destino llegaron a la hora esperada, y ninguno lo había visto pasar aunque había salido poco después. Yo sólo puedo dar certeza de la hora previa a la salida y la hora de llegada. Si la velocidad es la relación que existe entre espacio y tiempo, tengo la excepción a esa regla. Hay cinco horas que de modo inexplicable se saltaron en algún pozo de tiempo para las que no tengo respuestas.

Él no habla de esto, aún no acaba de entenderlo. Su único comentario cuando pregunté por el horario tan extraño de llegada fue:

-Vos sabés que yo no creo en Dios ni en otras cosas, pero ahí afuera hay algo, no sé qué, pero hay algo…

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El gran encuentro

EL GRAN ENCUENTRO

por Martha Larios (México)

 

 

¿Qué importa que este dolor
seque el mar, y nuble el cielo?
El verso, dulce consuelo,
nace alado del dolor
José Martí

 

Un día frío y nublado de enero iba yo, bien vestida, abrigada, muy sonriente y feliz caminando por una callejuela polvosa y gris, cuando cerca de mi, ví a otra mujer, aproximadamente de mi edad, pero encorvada, con la cabeza gacha, cabello escurrido, vestía andrajos, parecía tener frío y me causó un tremendo escalofrío.

Al escuchar mis pasos, volteó, me miró intensamente con sus hermosos ojos que reflejaban una gran tristeza. Esto completó la imagen del dolor.

Me acerqué y le ofrecí un chal de alegres colores, que siempre llevo en la bolsa, por si se ofrece.

A pesar del intenso frío, no lo aceptó y con una lúgubre sonrisa me dió las gracias.   Me causaba incertidumbre por lo que decidí preguntarle si tenía hambre, me contestó que sí.

En una hora más tenía yo una cita con otra persona, así que había tiempo para charlar con ella.

Había cerca un pequeño restaurante, así que decidí invitarla a tomar algo y aceptó, ésto me alegró mucho. Caminamos juntas en silencio. Tomamos asiento y pedí chocolate caliente y pan recién horneado para ambas.

Ella parecía tener hambre, pero no comía, por más que insistí sonriendo. Solo me miraba con insistencia. De pronto me dijo, no tengo hambre de comida. Tengo hambre de lo que tu eres. Ya me cansa ser ésto, un guiñapo, trapo viejo, pena, aflicción, pesadumbre, desánimo, desconsuelo, depresión, tormento, intranquilidad, preocupación, soledad, llanto, preocupación, enfermedad, dolor, somnolencia, pesadilla, desconsuelo, obscuridad, desamor, decepción, desesperación, en concreto,  muerte en vida.

Sus palabras me sorprendieron muchísimo. Me quedé callada observándola y continuó:

Agradezco mucho que te des tiempo para mi, pero no puedes hacer nada, pues yo existo porque el ser humano me alimenta, igual que a tí. Y la mayoría de las veces lo hacen por cosas que no valen la pena.

Pronto nos volveremos a encontrar en el camino, pues ésta es la existencia humana. Mucho gusto hermosa Alegría que naces desde el interior… mi nombre es Tristeza y partió, como diría el poeta mexicano Sabines, y se fue llorando la hermosa vida.

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Papá Noel y los niños de la calle

PAPÁ NOEL Y LOS NIÑOS DE LA CALLE

por Jorge Sierra (México) en español y portugués

 

 

El día primero de Enero del año dos mil diecisiete, recibí enorme sorpresa al mirar frente a mi puerta, a un hombre regordete y muy barbudo, que llegó en bello carruaje tirado por algunos renos que, inquietos mas muy contentos, trajeron a Santa Klaus.

Pensé que todo era un sueño, más esto era realidad ya que él me extendió la mano y me dijo… como estás mi buen tío. jas. y me continuó diciendo que él se encontraba agotado pues venía de trabajar, ya que hubo muchos juguetes que entregó esta Navidad.

Lo hice pasar a mi hogar y lo invité a reposar en un cómodo sillón donde suelo descansar, luego, lo invité a tomar una copita de vino y un vaso de xtabentún, que es un elixir bendito oriundo de esta región.
Mientras él se deleitaba me preguntaron mis nietos Beto, Jesús y Jorgito, si podían darle a los renos agua maíz y su alfalfa, y les dije por supuesto, vean no les falte nada.

Papá Noel fue quien dio inicio a la plática, que resultó muy amena y en una forma somera el me dijo haber estado con mi amigo Henrique Mendes en un bar de Portugal, el cual le dio señales de un señor de Yucatán al que, en Poetas Trabajando lo llaman el tío Jas.

-Esa persona soy yo – le contesté muy sonriente – y no sé, el por qué el honor de tenerlo aquí presente… – Él muy alegremente continuó diciendo así:
-Quise estar aquí contigo y ahora sabrás la razón por la cual este barbudo de ti quiere un gran favor. Escucha bien tío Jas… Te puedo llamar así?
-Claro que sí mi buen Santa. Eso me hace muy feliz.
-Pues bien… Quiero que informes al mundo que el año dos mil diez y siete Papá Noel “Santa Klaus” lo declara ”Año internacional de los niños y las niñas de la calle”, motivo por el cual desde hoy primero de enero yo, en forma particular y
ayudado por mis duendes y mis renos, visitaré todos los Países del Mundo donde existan niños y niñas con problemas en las calles.

Justo dos horas después se levantó del sillón y me dijo:
-tío Jas, gracias por haberme permitido tener esta pequeña charla y prometo que en tres meses estaré de nuevo en este, tu cálido hogar, y hablaremos de este asunto del cual hoy quiero empezar.

Con enorme precisión a los tres meses volvió y me dijo con voz suave que no se podía aguantar, haber visto a tanto niño que en el desamparo está.
-tío Jas… Deseo seas tú, quien le cuente a la humanidad lo que en mi recorrido, con gran tristeza observé. Y te puedo asegurar que esto es una realidad.

Le dije para no preocuparse, que le haría ese favor y publicaría con gusto lo que iba a relatarme.

-Tío Jas., empezaré por decirte que en todo mi recorrido mi sorpresa fue tremenda, pues vi como muchos niños viven en condiciones paupérrimas. Y lo más triste del caso es que esto ya es un problema. Según mis observaciones, tío Jas, en la tierra existen ciento veinte millones de niños y niñas de la calle divididos de la siguiente manera:
Treinta millones se encuentran en Africa, hay otros treinta millones en Asia y los sesenta millones restantes se localizan en América.

Santa quedó en silencio por un ratito dramático. Después dijo más.

-Quiero que sepas, tío Jas, que los niños de la calle, como suelen llamarles, son aquellos menores que viven (o sobreviven) en las calles y que muchas veces crecen en vertederos públicos, estaciones de tren, bajo los puentes de grandes ciudades, en mercados, en parques e incluso en los basureros. Y esto es debido, en la gran mayoría de los casos, a conflictos que tienen con sus familias y ya se niegan regresar a sus hogares, aunque también pude observar que un 70% de ellos viven en sus casas. mas son sometidos a trabajos forzados.

Santa estaba visiblemente emocionado mientras seguía hablando

-En América Latina, tío Jas, hay una cifra de casi cuarenta millones, los cuales son víctimas del hambre, la prostitución, los malos tratos, las drogas, las detenciones y la muerte violenta. Todos ellos, lejos de disfrutar el derecho a una
vida adecuada para su desarrollo físico, mental y espiritual, son obligados a valerse por ellos mismos antes de adquirir una identidad personal o madurar, y debido a que no cuentan con la estabilidad necesaria para lograr confianza en sí
mismos, ni con las aptitudes, ni la educación requerida para hacer frente a los rigores que les impone la vida, corren el grave peligro que los conlleve a enormes fracasos.

Mientras Santa hablaba, yo concordaba con la cabeza.

-Y desde allí tio Jas, es que los niños empiezan a construir un proyecto de vida misma. Es desde allí que un niño sufre o goza, ama o odia, se violenta o se acompaña. Es desde allí que ellos empiezan a construir un proyecto de vida, mediado este por el dolor, la esperanza y el hambre, el frío, la intolerancia, la inexistencia de los derechos. Fue en los últimos veinte años que la cantidad de estos niños que habitan en la calle ha aumentado considerablemente en todo el mundo, pero la zona más afectada es Latinoamérica donde viven la mitad de estos niños. Pero hago énfasis en un detalle: quiero que sepas que este fenómeno es exclusivamente urbano, dado que las áreas rurales tienden a tener familias más conservadoras.

También pude observar que los varones son los más propensos a este fenómeno, por ejemplo en Perú el 80% de estos niños son hombres y empiezan a vivir en la calle entre los siete y ocho años. Las causas pueden ser múltiples, pero todas tienen origen en el gran problema social de la pobreza y marginalidad.

En todos los Países las principales cusas son:
Primero… Las emigraciones campesinas.
Segundo… La violencia intrafamiliar.
Tercero… La prostitución.
Cuarto… Las drogas y alcoholismo; este cáncer, tio Jas, hace que a los niños y niñas los induzcan al brutal consumo de estos enervantes y por consiguiente a abandonar el hogar. Una parte de estos niños y niñas, vive día y noche en la calle en condiciones infrahumanas, por ejemplo, sin la vestimenta adecuada, (en muchos casos descalzos ) sin atención médica, sin educación escolar y para sobrevivir, se dedican a las ventas, a limpiar zapatos, a recoger los desperdicios de basuras, a pedir limosna e incluso a robar.

Casi todos ellos toman contacto con las drogas más baratas y se unen a otros niños donde forman grupos o bandas que sustituyen a la familia. Viven con temor a los cuerpos policíacos y a los criminales, quienes los maltratan, les roban e incluso suelen violarlos. Y por si esto fuese poco se ha detectado una tendencia en el Mundo, que va creciendo en el consumo de drogas en niños muy pequeños, algunos de cuatro a cinco años de edad, donde al 90% de ellos sus mismos padres se las dan.

Emocionado, Santa seguía hablando.

-Tío Jas, mire con mucha frecuencia cómo en Argentina, los vendedores de droga pulverizan los bombillos y los mezclan con las drogas, causando un daño enorme a los jóvenes y niños de la calle donde cerca de de un millón y medio de ellos se encuentran deambulando.

Otro dato de importancia es sobre Brasil. Uno de cada diez niños de la calle del Mundo vive en ese País.

En Bolivia, los niños llamados invisibles se drogan ante quien sea y nadie se inmuta.

En México son más de cuatro millones de niños que viven en en la calle y esto se ha alargado ya por tres generaciones. Y para no alargarte más el cuento, tío Jas, quiero que el mundo se entere de que este mal y enorme cáncer, en forma muy alarmante, está invadiendo a muchos Países de la Tierra.

Pero quiero que todos sepan que me lleve una gran sorpresa, al enterarme que existen organizaciones que están trabajando en pro del bienestar de todos estos niños, aunque también debo aclarar que por falta de recursos financieros estas
avanzan muy lentamente. Más despacio de lo que crece el problema…

Bueno Jas, ahora dile a tus amigos de Poetas Trabajando que Papá Noel ” Santa Klaus ” los invita a convocar, a los habitantes del planeta, a que se unan a la lucha por ver a un niño o niña de la calle sonreír y ser feliz . Y diles que esto solamente se puede lograr si decidimos hacerlo todos.

Unamos nuestros corazones y que en esta noche buena brindemos amor y cariño, esperanza y mucho más a cada uno de los niños que en la calle vive ya y que mucho necesita, una cobija , un pan, un juguete, unos centavos y un tierno
abrazo al final. Hay que brindarles confianza, ya no los miremos mal, no los tratemos con odio y hay que enseñarlos a amar.

Y no deseo que olviden que quizá no en todos ellos se encontrará una sonrisa amplia, pero quizá una caricia tu la puedas recibir y eso tiene un gran valor que cargarás en la vida, ya que todos sonríen con los pequeños gestos, agradecen la presencia ante tanta ausencia, son los que sobreviven a la indiferencia, son los nacidos que llaman a nuestras conciencias.

Jas, pídele a esa gran familia de Poetas Trabajando, que cada uno de ellos suba este cuento a su página de facebook y pida a sus amistades, lo copien, lo publiquen y lo compartan y pidan a quienes lo lean que divulguen este cuento ya que con la actual tecnología nuestro mensaje será visto por millones de gentes en el mundo y de esta manera habrán muchos que apadrinarán a estos niños y niñas de la calle.

-Por último tío Jas, deseo pedirte les dediques uno de esos poemas de tu autoría a todos estos niños y niñas que este año festejamos.

-Pero por supuesto que si mi buen Santa! – contesté.

-tío Jas, me despido momentáneamente de ti y de toda tu familia, y deseo que tus lectores pasen una feliz Navidad y un bendecido año Nuevo y por lo que a ustedes respecta mis niños – les dijo a mis nietos e nietas – no olviden portarse
bien y si aún no han mandado sus cartitas háganlo en este momento.

Y en un abrir y cerrar de ojos, su trineo comandado por Rodolfo, el reno, se acercó hasta Santa Klaus trepándose este de inmediato y con su inconfundible sonrisa. También de inmediato se empezaron a elevar en tanto solo se escuchaba el alegre HO HO HO que todos nosotros conocemos.

De esa misión de escribir un poema, aquí me encargo ahora, amigos. Todo más que Santa ha dicho ya lo dije yo aquí. Aquí va, y Feliz Navidad a todos los habitantes del mundo.

NIÑOS Y NIÑAS DE LA CALLE.

Son ciento veinte millones
de criaturas en la calle
que en pésimas condiciones
viven en los arrabales.

Muchos son por rebeldía
otros por pobreza extrema,
lo cual en el Mundo es tema
por que aumentan día con día.

Son niños:
que en precarias condiciones
abandonan el hogar,
por maltrato o violaciones,
o por otras situaciones,
que al menor no han de gustar.

Niños que son presa fácil
de inducirlos hacia el mal
cayendo en forma fatal
en las mafias criminales.

Que sin medir consecuencias
los enseñan delinquir
sin importarles si quiera,
si viven o han de morir.

Santa Klaus convoca a todos
y nos pide con amor
que apadrinemos a un niño
de la calle, por favor.

 

  •  *  *  *

En portugués. Traducción de Henrique Mendes

 

No primeiro dia de Janeiro do ano de 2017, tive uma enorme surpresa ao ver em frente á minha porta a um homem gordito y barbudo, que chegou numa bela carruagem puxada por algumas renas que, inquietos mas contentes, trouxeram o Pai Natal.

Pensei que tudo era um sonho, mas era realidade, já que ele me estendeu a mão e me disse:”-Como estás, meu bom Tio Jas? ” e continuou a dizer-me que se encontrava esgotado pois vinha de trabalhar, e eram muitos os brinquedos que já entregara este Natal.

Fiz com que entrasse na minha casa e convidei-o a repousar numa comoda poltrona onde costumo descansar e também a tomar um copinho de vinho ou um pouco de xtabentún, que é um elixir bendito oriundo desta região.

Enquanto ele se deleitava, os meus netos, Beto, Jesus e Jorgito, vieram perguntar-me se podiam tratar das renas, dando-lhe agua, milho e alfafa, e eu respondi-lhes que sim, que fizessem com que não lhes faltasse nada.

E foi o Pai Natal que deu inicio à conversa, que resultou muito amena, e de uma forme breve, disse-me que tinha estado com o meu amigo Henrique Mendes num barzinho em Portugal, e que ele lhe tinha falado de um senhor do Yucatão ao cual, em
Poetastrabajando.com, dão o nome de Tio Jas.

-Essa pessoa sou eu! – contestei muito sorridente – Mas confesso que não sei qual a razão desta honra, de tê-lo aqui presente…

“-Quis encontrar-me contigo, y já vais saber a razão pela cual este barbudo quer pedir-te um grande favor. Escuta bem, Tio Jas … posso chamar-te assim?”

-Claro que sim, Pai Natal. Isso faz-me muito feliz.

“-Pois bem, quero que informes o mundo que, neste ano de 2017, eu o proclamo ” Ano Internacional dos Meninos e Meninas de Rua”. E que, por essa razão, desde 1 de Janeiro que, de forma particular e ajudado pelas minhas renas e duendes, tenho visitado todos os paises do mundo onde existem meninos e meninas com problemas, vivendo nas ruas.”

Exactamente duas horas depois, levantou-se da minha poltrona e disse-me:

“-Tio Jas, obrigado por esta pequena conversa y prometo-te que dentro de três meses terei terminado de visitar todos os países e voltaremos a conversar sobre este tema, que hoje estou apenas começando.

E realmente, três meses depois, com grande precisão, ele voltou e disse-me com sua voz suave, que estava indignado con tudo o que tinha visto pelo mundo fora. Desejo que sejas tu a contar à humanidade o que eu, nas visitas que fiz, observei com grande tristeza. E posso garantir-te que tudo o que te disser será a mais perfeita verdade.”

Claro que eu lhe disse para não se preocupar, e que sim, que lhe faria esse favor e publicaria com gosto o que ia relatar-me.

“-Então, Tio Jas, começarei por dizer-te que a minha surpresa foi enorme, pois vi crianças a viverem em condições paupérrimas. E o mais triste de tudo é que isto já é um problema.
Segundo as minhas observações, Jas, existem no planeta cento e vinte milhões de meninos y meninas de rua, divididos da seguinte maneira: Trinta millões situam-se em Africa , há outros trinta na Ásia, e os sessenta restantes estão na América.”
Perante o meu silêncio, ele fez uma pequena pausa dramática. Depois disse mais.

“-Quero que saibas, Jas, que os meninos de rua , como costumam chamar-lhes, são aqueles menores que vivem ( ou sobrevivem ) nas ruas y que muitas vezes crescem junto de esgotos públicos, estacões de comboio, debaixo das pontes das grandes cidades, nos mercados, nos parques e, inclusivamente, em lixeiras. E isto deve-se na grande maioria dos casos, a conflitos que têm com as suas familias e que os fazem negar-se a voltar aos seus lares. Se bem que também pude observar que cerca de 70 % deles vivem nas suas casas, mas são submetidos a trabalhos forçados.”

O Pai Natal estava visívelmente emocionado, mas continuava.

“-Na America Latina, Tio Jas, são quase quarenta milhões, os quais são vítimas da fome, prostituição, maus tratos, drogas, prisão e morte violenta. Todos eles, longe de desfrutarem o direito a uma vida adequada para o seu desenvolvimento físico, mental e espiritual, são o brigados a valer-se a si mesmos antes de adquirirem uma identidade pessoal ou de amadurecerem. E por não contarem com a estabilidade necessária a ganharem confiança em si mesmos, nem com as aptidões, nem com a educação necessária para fazer frente aos rigores que a vida lhes impõe, correm o grave perigo de que tudo isso os condicione a
enormes fracassos.”

Enquanto o Pai Natal falava, eu ia concordando com a cabeça.

“-E é desde que os meninoscomeçam a construir um projecto de vida. É alí que um menino sofre ou se diverte, ama ou odeia, se violenta ou se acompanha. É desde ali que eles começam a construir um projecto de vida mediado pel dor, a esperança e a fome, o frio, a intolerância, a inexistência dos direitos… E foi durante os últimos vinte anos que a quantidade destes meninos, que vivem na rua, foi aumentando considerávelmente no mundo todo, mas a zona mais afectada é a América Latina, onde vive a metade deles. No entanto, faço enfase num detalhe: quero que saibas e digas a todos que este é um fenómeno exclusivamente urbano, já que nas áreas rurais tendem a ter famílias mais conservadoras.”

-Humm… Nunca tinha pensado nisso, confesso. – disse eu.

“-E também pude observar que os varões são os mais propensos a este fenómeno. Por exemplo, no Perú 80% destes meninos são do sexo masculino e começam a viver na rua entre os sete e os oito anos de idade. As causas podem ser múltiplas, mas todas têm
origem no grande problema social da pobreza e da marginalidade. Em todos os países, as principais causas são, primeiro, as emigraçoes campesinas.
Segundo, a violencia intra-familiar.
Terceiro, a prostituição.
Quarto, as drogas e o alcoolismo. Este cancro, TioJas, faz com que os meninos e meninas de rua tenham um consumo brutal destas substâncias e isso acabe por fazê-los abandonar o lar. Uma grande parte deles vive dia e noita na rua, em
condições infra-humanas, por exemplo sem a roupa adequada, e em muitos casos descalços, sem atenção médica, sem educação escolar. E para sobreviverem, dedicam-se às vendas, a limpar sapatos, a recolher sobras e lixos, a pedir esmola e também a roubar.

Quase todos eles tomam contacto com as drogas mais baratas e unem-se a outros meninos, formando grupos que substituem a família. Vivem com medo da polícia e dos criminosos, que os maltratam, os roubam, e que chegam a violá-los. E ainda, Tio Jas, como se isto fosse pouco, percebi que há no mundo uma tendencia de crescimento do consumo de drogas por meninos muito pequenos, alguns entre os quatro e os cinco anos de idade, quase 90% delas fornecidas por seus próprios pais.”

Muito emocionado, o Pai Natal continuava falando.

“-Jas, vi com muita frequência em países como a Argentina, os vendedores de droga pulverizarem as cuias, ou sifões de beber o mate, misturando neles drogas. Isso causa um estrago enorme nos meninos de rua, que já são mais de um milhão e meio deambulando.

Outro dado de importância é sobre o Brasil. Um de cada dez meninos de rua vive nesse País. Na Bolívia, os meninos chamados invisíveis drogam-se perante seja quem for e ninguém lhes presta atenção.

No México são mais de quatro millões de meninos vivendo nas ruas, e isto já dura há tres gerações. E para não tornar muito longo o teu conto, Tio Jas, quero que o mundo se inteire que este mal, e enorme cancro social, de forma alarmante, está invadindo a muitos países da Terra, no entanto, quero que todos saiban que tive uma grande surpresa ao ver que há também organizações que trabalhan para levarem o bem-estar social a todas estas crianças, apesar de avançarem muito lentamente por falta de recursos financeiros. Muito mais lentamente do que cresce o problema…”

O Pai Natal fez uma pausa. Depois acrescentou:

“-Agora diz-lhes, aos teus amigos de Poetastrabajando, que o Pai Natal os convida a convocarem os habitantes do planeta para que se unam a essa luta para tornar feliz e sorridente um menino de rua. E diz-lhes que isso só se pode conseguir se nos unirmos todos.

Unamos nossos corações y que nesta noite de Natal que se aproxima, possamos todos brindar amor e carinho, esperança e muito mais a cada um dos meninos que vive na rua e que muito necessitam de uma merenda, um pão, uns centavos, um brinquedo, e sempre um abraço no final. Precisamos dar-lhes confiança, não olhar para eles de lado, nem tratálos com ódio. Há que ensiná-los a amar.

E não quero que se esqueçam que talvez não vá ser em todos eles que encontarão um sorriso amplo. Mas talvez possam receber uma carícia, e isso tem um enorme valor que carregarão a vida toda. Pensem que todos sorriem com os pequenos gestos, e agradecem a presença, ante tanta ausência. Esses são os que sobrevivem à indiferença, são os que apelam às nossas consciencias.

E pede-lhes, a essa grande família do Poetastrabajando, que cada um deles suba este conto á sua propria página de Facebook e que peça a suas amizades que o copiem, o publiquem e o compartilhem. Com a tecnologia actual serão milhões a lê-lo, no final.
E de esta forma muitos apadrinharão os meninos de rua.

Por último, Tio Jas, gostaria de pedir-te que dedicasses um desses poemas da tua autoria a esses meninos e meninas que este ano festejamos e tentamos ajudar.”

-Ah! Claro que sim! Terei muito prazer! – respondi.

– Mi amigo Jas, despeço-me momentaneamente de ti e de toda a tua família, e desejo que os teus leitores passem um feliz Natal y tenham um ano novo bentito. O no que respeita a vocês, meninos – disse ele a meus netos e netas – não se esqueçam de se portarem bem sempre. E se ainda não me escreveram as vossas cartinhas, podem fazê-lo neste momento”

E, num abrir e fechar de olhos, a sua carruagem comandada por Rodolfo, a rena chefe, transformou-se num trenó que deslizava sem tocar no chão, e aproximou-se dele, que subiu de imediato, sempre ostentando o seu sorriso inconfundível. E no instante seguinte começaram a elevar-se nos ares enquanto se escutava o alegre “OH OH OH” que todos conhecemos.

Dessa missão, de escrever um poema, aqui me encarrego agora, amigos. Tudo o mais que o Pai Natal disse, já o disse eu aquí.
Eis o poema, e Feliz Natal a todos:

Meninos​ ​e​ ​meninas​ ​de​ ​rua.
São cento e vinte milhões
de criaturas na rua
que em péssimas condições
vivem nos arrabaldes.

Muitos o fazem só por rebeldia
outros por pobreza extrema
a qual no mundo é um tema
de que cresce o número dia a dia-

São meninos:
que em precárias condições
abandonam o seu lar
por maltrato ou violações
que um menor não pode gostar

Meninos que são presa fácil
de serem induzidos ao mal
caindo de forma quase fatal
em alguma mafia criminal

Que sem medir a frequência
os ensinam a delinquir,
sem importar-lhes a consequência
de terem que viver a fugir

O Pai Natal pede que tenhamos tino
e nos pede com amor
que apadrinhemos um menino
de rua, por favor.

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Tive muita sorte

TIVE MUITA SORTE!

por Henrique Mendes (Portugal)

Cuento en portugués y en español

 

 

Eu tive muita sorte. Já tinha desistido de continuar viagem, por causa da neve, e estava fazendo manobras na estrada muito estreita, tentando virar para retomar o caminho de casa, quando o meu carro se avariou.

Tentei resolver o problema e improvisar alguma coisa para seguir viagem, mas nada resultou. Fiquei ali parado, longe de tudo, numa estrada mais que secundária onde ninguém passava, sem poder fazer muito mais do que ver a neve caír.

Sem o motor funcionar não tinha forma de me aquecer, e com aquele vento terrível assobiando nas árvores geladas também não tinha forma de acender uma fogueira, mesmo que tivesse um isqueiro ou fósforos, coisas que não tinha.

Fechei-me dentro do carro, sabendo que na bagagem não tinha roupas mais quentes, nem um cobertor que pudesse valer-me, mas pelo menos estava resguardado do vento. O vidro dianteiro já começava a estar coberto pela neve, e lá num cantinho remoto do meu espírito começava a esboçar-se a ideia de que minha vida estava em perigo.

Foi então que me pareceu ver ao longe, por entre a neve que caía sobre o vidro, uma luz que se movimentava, e pouco depois surgiu realmente um carro que se foi aproximando devagar. Era um velho táxi, grande e muito antigo.

O condutor era um velhote simpático de barba muito branca, que se ofereceu para me levar mesmo não estando de serviço. Ia a caminho da cidade para onde eu tinha desistido de ir, o que me servia perfeitamente. De lá eu  mandaria rebocar o meu carro, no dia seguinte.

Perguntei se ele achava que conseguiriamos seguir viagem naquele temporal, e ele riu baixinho, dizendo que estava habituado a dirigir na neve e que o velho carro era de confiança. Só que eu teria de ir sentado no banco de trás, como era costume nos táxis daquela região. Ao lado do condutor, o assento ficava ocupado por um suporte que continha mapas e outras coisas necessárias á profissão.

E foi assim que seguimos viagem. Ofereceu-me um café, que trazia numa grande garrafa térmica, e, percebendo que eu estava com fome insistiu que eu comesse antes uma sopa que trazia também, numa outra garrafa térmica.

-É comida muito simples!- desculpou-se – Mas na hora certa, basta uma sopinha quente para fazer um homem feliz!

Concordei imediatamente, claro.

-Feliz fico eu em aceitar! – agradeci – E fico muito grato! É uma grande idéia, trazer sopa quente numa viagem destas.

Ele concordou com um movimento de cabeça, com simplicidade.
-A vida boa é feita de boas ideias! Este é um costume nosso, lá no norte. Coisa que se aprende com a prática. Todos os anos é assim, viajo muito na neve e já estou habituado. Sempre trago sopa e café.

-É muita gentileza sua, ajudar-me assim! Eu estava numa situação muito dificil e o senhor nem sequer me conhecia. Podia não ter parado…

-Ah! meu jovem, fico contente por poder ajudar. Todos precisamos ajudar, quando está ao nosso alcance !

-Lá isso é verdade…  E mais ainda nesta época de Natal, não é ?

-Ora aí está ! Sem dúvida que sim ! O Natal é outra grande idéia !!!

-Ideia ? – perguntei, estranhando o que dizia. Olhei para ele ao volante, dirigindo com enorme cuidado, e acenando com a cabeça para sublinhar o que dizia. Com a pouca luz que havia dentro do carro, eu conseguia ver apenas os seus olhos brilhando no retrovisor, por detrás duns pequenos óculos que usava, e a sua barba branca. O resto do seu rosto ficava meio difuso, sem que pudesse vê-lo claramente.

-Sim, uma grande ideia. Uma fantástica ideia, na verdade! – teimou.

-Bom, é uma festa religiosa…

-Claro que é ! – concordou – Mas é muito mais que isso, é uma grande oportunidade! Junta as pessoas para além da religião, não é ? Veja bem,  junta adultos e crianças numa causa comum, criando uma quadra bonita cheia de amor e fartura…

-Concordo. Isso é verdade!

-E existe no mundo todo, não é ? Então é uma época em que as pessoas estão empenhadas em coisas boas,  com pensamentos de paz…

-Também concordo! E é tão linda, a história do Pai Natal, que noutros lados se chama Papai  Noel, Santa Claus, e tantos outros nomes… É uma pena que haja gente preocupada em tentar explicar às crianças que ele não existe !

-Aí está outra grande ideia, o Pai Natal!  Claro que há quem tente explicar às crianças que ele não existe, e estrague com esse excesso de racionalidade aquilo que só a fantasia consegue trazer ao mundo. Que mal faz, se as crianças acreditarem e isso as fizer pensar num mundo melhor ?

-Claro!- disse eu – Vão ter tempo para perceberem naturalmente que se trata de uma fantasia, mas uma boa fantasia, que defende valores morais que são importantes.

– Sim, e também valores económicos fabulosos. No mundo há fabricas que trabalham o ano todo para produzir brinquedos, enfeites de Natal, postais ilustrados com temas de Natal, roupas de Natal…

– Sim…

-Dizem que é um grande negócio, como se isso fosse uma coisa condenável… Mas há muita gente que tem emprego nessas fábricas que fazem coisas para o Natal. Muita gente come, mora, veste-se á conta desse imenso negócio que é o Natal.

-Sem dúvida… Mesmo que não sejam coisas feitas para o Natal, todos os presentes que as pessoas trocam nesta época movimentam a economia dos seus países, e  isso gera bem estar e prosperidade. Isso também é verdade!

-Olhe o meu caso! – disse ele – Estou vindo trabalhar nessa época, apesar do frio e da minha idade, porque há muita gente por todo o lado precisando do meu táxi. Não faz sentido ?

– Faz, sim… Na verdade, eu também estou vindo para a cidade por causa do Natal !- disse eu lentamente, enquanto olhava para os olhos dele no retrovisor, brilhantes e empolgados… A barba brnca também brilhava no escuro. Só o rosto continuava sem ser perfeitamente visível.

Ele riu-se baixinho.

-Está vendo que eu estou certo ? Então o amigo também vem para a cidade por causa do Natal? E o que é que faz, se não é indiscrição ?

-Bem, eu escrevo… Um jornal contratou-me para escrever uma série de crónicas sobre o Natal, e também um conto para mobilizar as pessoas em torno das festas natalinas…

-Que maravilha! – maravilhou-se ele – E já começou a escrever ?

– Não. Ainda não… Só quando estiver já instalado, na cidade.

-Então precisa descansar um pouco! – sentenciou.

Concordei com ele. Encostei-me confortávelmente no assento, saboreando o conforto quente do carro. A sopa quente tinha-me reconstruído por dentro, devolvendo-me a tranquilidade e a sensação de segurança.

Enquanto observava o interior do carro, impecavelmente cuidado, fui-me deixando embalar pelo ruído monótono dos pneus rodando devagar e abrindo caminho na neve que havia no chão.

As músicas de Natal que o rádio tocava baixinho também contribuíram para o meu relaxamento, e aos poucos tudo foi ficando difuso. Senti que ia adormecer, cedendo à fadiga e às emoções daquela viagem.

No meu espírito foram-se impondo alguns simbolos. O deslizar na neve… A música e os guizos de Natal… O imenso presente que me tinha sido dado pelo velhote, oferecendo-me ajuda quando eu mais precisava. A comida pródiga, partilhada… E o conforto… A segurança quente do carro, e a sensação de paz que convidava ao sono…

-Lembra-se daquele conto que eu ia escrever ? – perguntei-lhe ainda.

-Sim, lembro. Um conto de Natal!

-Pois é… Creio que se escreveu sózinho! – disse eu lentamente. Depois adormeci rápidamente, escutando a sua risada baixa e ainda um pouco intrigado com aquela barba branca sem rosto, no espelho retrovisor do carro.

Feliz Natal !

 

  •  *  *  *

 

He tenido mucha suerte. Ya había desistido de continuar el viaje, a causa de la nieve, y estaba haciendo maniobras en la carretera muy estrecha, tratando de girar para retomar el camino a casa, cuando mi coche se rompió.

He intentado resolver el problema e improvisar algo para seguir el viaje, pero nada resultó. Me quedé allí parado, lejos de todo, en una carretera más que secundaria donde nadie pasaba, sin poder hacer mucho más que ver la nieve caer.

Sin el motor que funcione no tenía forma de calentarme, y con aquel viento terrible silbando en los árboles helados tampoco tenía forma de encender una hoguera, aunque tuviera un encendedor o fósforos, cosas que no tenía.

Me encerré dentro del coche, sabiendo que en el equipaje no tenía ropa más caliente, ni una manta de la que pudiera valerme, pero al menos estaba resguardado del viento. El cristal frontal ya empezaba a estar cubierto por la nieve, y allí en un rincón remoto de mi espíritu comenzaba a esbozar la idea de que mi vida estaba en peligro.

Fue entonces que me pareció ver a lo lejos, entre la nieve que caía sobre el cristal, una luz que se movía, y poco después surgió realmente un coche que se fue acercando lentamente. Era un viejo taxi, grande y muy antiguo.

El conductor era un anciano simpático de barba muy blanca, que se ofreció para llevarme incluso no estando de servicio. Yo iba camino a la ciudad hacia donde había desistido de ir, lo que me servía perfectamente. De allí mandaría remolcar mi coche al día siguiente.

Le pregunté si creía que podíamos seguir el viaje con aquel tiempo, y él se rió bajito, diciendo que estaba acostumbrado a conducir en la nieve y que el viejo coche era de confianza. Sólo que tendría que ir sentado en el asiento trasero, como era costumbre en los taxis de aquella región. Al lado del conductor, el asiento quedaba ocupado por un soporte que contenía mapas y otras cosas necesarias para la profesión.

Y así fue como seguimos el viaje. Me ofreció un café, que traía en una gran botella térmica, y, percibiendo que tenía hambre insistió que yo comiera antes una sopa que traía también, en otra botella térmica.

– ¡Es comida muy simple! – se disculpó – Pero a la hora correcta, basta una sopa caliente para hacer a un hombre feliz!

Estuve de acuerdo inmediatamente, claro.

-¡Feliz me quedo de aceptar! – gracias – ¡Y estoy muy agradecido! Es una gran idea, traer sopa caliente en un viaje de estos.

Él accedió con un movimiento de cabeza, con sencillez.
– ¡La vida buena está hecha de buenas ideas! Esta es una costumbre nuestra, allí en el norte. Cosa que se aprende con la práctica. Cada año es así, viajo mucho en la nieve y ya estoy habituado. Siempre traigo sopa y café.

-¡Es muy gentil de su parte ayudarme así! Yo estaba en una situación muy difícil y usted ni siquiera me conocía. Podía no haber hecho nada…

Oh! mi joven, me alegro de poder ayudar. ¡Todos necesitamos ayudar cuando está a nuestro alcance!

-Lo que es verdad … Y más aún en esta época de Navidad, ¿no es así?

-¡Oh ahí está! ¡Sin duda que sí! ¡La Navidad es otra gran idea!

– ¿Qué? – pregunté, extrañando lo que decía. Lo miré al volante, dirigiendo con enorme cuidado, y agitando con la cabeza para subrayar lo que decía. Con la poca luz que había dentro del coche, conseguía ver sólo sus ojos brillando en el retrovisor, detrás de unas pequeñas gafas que usaba, y su barba blanca. El resto de su cara quedaba medio difusa, sin que pudiera verlo claramente.

– ¡Sí, una gran idea. Una fantástica idea, de hecho! – Contestó.

– Bueno, es una fiesta religiosa…

– Por supuesto que lo es! – Contestó otra vez- ¡Pero es mucho más que eso, es una gran oportunidad! La gente se une más allá de la religión, ¿no es así? Mire,  adultos y niños juntos en una causa común, creando una hermosa fiesta llena de amor y abundancia …

-Concuerdo. ¡Eso es verdad!

-Y existe en todo el mundo, ¿no? Así que es un período en que las personas se dedican a cosas buenas, pensamientos de paz …

– También estoy de acuerdo! Y es tan linda, la historia de Pai Natal, que en otros lados se llama Papá Noel, Santa Claus, y tantos otros nombres… ¡Es una pena que haya gente preocupada en tratar de explicar a los niños que Él no existe!

– ¡Ahí está otra gran idea, Papá Noel! – Dijo el viejito. – Por supuesto, hay quien intenta explicar a los niños que él no existe, y estropea con ese exceso de racionalidad aquello que sólo la fantasía logra traer al mundo. ¿Qué mal hace, si los niños creen y eso les hace pensar en un mundo mejor?

-¡Claro! -le dijo yo- van a tener tiempo para percibir naturalmente que se trata de una fantasía, pero una buena fantasía, que defiende valores morales que son importantes.

– Sí, y también valores económicos fabulosos. En el mundo hay fábricas que trabajan todo el año para producir juguetes, adornos de Navidad, tarjetas de felicitación con temas de Navidad, ropa de Navidad …

– Sí …

-Dicen que es una gran cosa, como si esto fuera algo reprobable … Pero hay mucha gente que tiene empleo en esas fábricas que hacen cosas para la Navidad. Mucha gente come, vive, se viste a  cuenta de ese inmenso negocio que es la Navidad.

-Sin duda… Aunque no sean cosas hechas para la Navidad, todos los presentes que las personas intercambian en esta época mueven la economía de sus países, y eso genera bienestar y prosperidad. ¡Eso también es verdad!

-¡Mira mi caso! – dijo – Estoy viniendo a trabajar en esta época, a pesar del frío y de mi edad, porque hay mucha gente por todas partes necesitando mi taxi. ¿No tiene sentido?

– Sí, sí… ¡En realidad, yo también estoy viniendo a la ciudad a causa de la Navidad! – dije lentamente, mientras miraba sus ojos en el retrovisor, brillantes e interesados… La barba blanca también brillaba en la oscuridad. Sólo el rostro seguía sin ser perfectamente visible.

Él se rió bajito.

– ¿Está viendo que estoy en lo cierto? ¿Entonces el amigo también viene a la ciudad debido a la Navidad? ¿Y qué hace, si no es indiscreción?

-Bueno, escribo … Un periódico me contrató para escribir una serie de crónicas sobre la Navidad, y también un cuento para movilizar a las personas en torno a las fiestas navideñas …

-¡Que maravilla! – se maravilló – ¿Y ya empezó a escribir?

– No. Todavía no… Sólo cuando esté ya instalado, en la ciudad.

-¡Quieres descansar un poco! – sentenció.

Concordé con él. Me senté cómodamente en el asiento, saboreando la comodidad caliente del coche. La sopa caliente me había reconstruido por dentro, devolviéndome la tranquilidad y la sensación de seguridad.

Mientras observaba el interior del coche, impecablemente cuidado, me fui dejando embalar por el ruido monótono de los neumáticos rodando lentamente y abriendo camino en la nieve que había en el suelo.

Las canciones de Navidad que la radio tocaba bajito también contribuyeron a mi relajación, y poco a poco todo fue quedando difuso. Sentí que iba a dormirme, cediendo a la fatiga ya las emociones de aquel viaje.

En mi espíritu se fueron imponiendo algunos símbolos. El deslizamiento en la nieve… la música y los guiños de Navidad… El inmenso regalo que me había dado el viejo, ofreciéndome ayuda cuando más necesitaba. La comida deliciosa, compartida y confortable… la seguridad del coche caliente, y la sensación de paz que invitaba al sueño…

– ¿Recuerdas esa historia que yo iba a escribir? – le pregunté todavía.

-Si me acuerdo. ¡Un cuento de Navidad!

-Bueno eso… ¡Creo que se escribió sola! – dije lentamente. Después me dormí rápidamente, escuchando su risa baja y aún un poco intrigado con aquella barba blanca sin rostro, en el espejo retrovisor del coche.

¡Feliz Navidad !

 

 

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Así te cuento de una foto navideña

ASÍ TE CUENTO DE UNA FOTO NAVIDEÑA

por Cony Ureña (México)

 

 

 

¿Recuerdas aquellos días previos a la Navidad en la Alameda Central?, en el corazón de la Ciudad de México, en ese enorme jardín con muchas fuentes, esculturas de grandes maestros y gente, mucha gente, porque para muchos era importante ir a tomarse la fotografía con Santa o con los Reyes Magos.

Como tú sabes, la Alameda Central está a un costado del Palacio de las Bellas Artes, desde donde se admira la Torre Latinoamericana, por mucho tiempo el edificio más alto de la capital mexicana. Aún ahora, si transitas por Avenida Juárez, puedes admirar dicha alameda que rodea el Hemiciclo a don Benito Juárez, un precioso monumento, deslumbrante por su blanquísima arquitectura.

Cuando los primeros hijos de don Manuel y doña Lupita éramos unos chiquillos, nos emocionaba ir a la Alameda y en especial, ¿te acuerdas la ocasión en que teníamos la ilusión de fotografiarnos con los Reyes Magos?  Salimos con papá, abordamos un autobús que en aquellos días iba semi vacío, no como ahora que todo el transporte público va repleto.

Mi mamá nos había arreglado para la ocasión. Mi cabello largo había sido peinado con trenzas. Mis hermanas Yola y Tere lucían cabello corto e iban cobijadas con sus abrigos de terciopelo rojo, bien que lo recuerdo, así como con guantes. Nuestro hermano Víctor iba enfundado en una chamarra* y yo con un abrigo color “beige”, que no cerré bien y en la fotografía parece que le faltara un botón, algo que por mucho tiempo me critiqué.

Nuestra mamá se había quedado en casa con la nueva bebé, Maru. Era la época invernal y no era cuestión de exponer al frío a la pequeña.

Arribamos a la Avenida Juárez y al pisar el territorio de la Alameda, empezamos a admirar los fastuosos arreglos que cada grupo de “Reyes” o “Santas” habían instalado para atraer a sus clientes, en medio de la algarabía de los paseantes que se daban el lujo de la vida al transitar entre esos seres que se habían esmerado tanto en sus vestimentas y escenografías. Se escuchaban villancicos.

Bueno, tú ya conoces cómo viste Santa, pero lo sorprendente para los pequeños fue ver a los “Reyes” vestidos a la rica usanza del Medio Oriente. Para los que apenas comenzábamos a ir a la escuela era muy novedoso ver aquellos espléndidos ropajes, los turbantes, las largas barbas de Melchor y Gaspar y más asombroso ver el color tan oscuro de la piel de Baltazar. Si para mí, la mayor de los hijos era notable, imagino lo que pensaban mis hermanos menores. Hasta ese momento no habíamos visto una persona de la raza negra y eso nos maravillaba; contemplamos con admiración su tez reluciente y esa noche creo que sobresalían más sus blanquísimos dientes y el blanco de sus ojos.

Como te decía, los villancicos amenizaban el recorrido, mientras las imágenes se multiplicaban por docenas. Si este trío de “Reyes” era magnífico, el siguiente era superior. Muchos tríos de Reyes llevaban oro, incienso y mirra en deslumbrantes cofrecillos. Recordando así los regalos a Jesús recién nacido. El camello, caballo y elefante estaban pintados en una tela que servía como fondo.

Mi papá iba preguntando el costo de la fotografía, el cual variaba de acuerdo a la escenografía que habían montado tanto los “Santa” como los “Reyes”, hasta que llegamos con quien se ajustaba a nuestro presupuesto. El elegido tenía un trineo lleno de cajas envueltas lujosamente para regalo, al frente estaban los renos hechos de papel maché, bastante reales; el fondo era un paisaje nevado. Era atrayente subirse al trineo, sostener los fabulosos obsequios y sonreír frente a la cámara profesional. Mis hermanas y hermanos sentados en el trineo y yo de pie junto al vehículo oficial de Santa, un hombre muy pasado de peso, con blanca barba postiza y ojos… no, no eran azules, sino café oscuro, el clásico color de los ojos de los mexicanos.

Hubo tres tomas, pues el trato era que se elegiría la mejor fotografía.  En cada pose, había que sonreír aunque estuviéramos titiritando de frío o nos estuviera distrayendo el gentío.  Pasado esto, mi padre volvió a negociar, argumentando que el “Santa” de junto tenía más arreglos, que ahora le parecía que había sido un error subir a sus hijos a un trineo tan simple, en el que su hija mayor se había tenido que colocar a un costado. Llegaron a un acuerdo y mi papá pagó e informó la dirección donde entregar la singular fotografía.

Sí, mi papá cubrió el costo de la foto y tuvimos que esperar dos semanas antes de que fuera entregada en nuestro domicilio. Así eran las cosas en nuestra niñez, ¿verdad? Existía la confianza entre las personas, ¿cierto? Es imposible pensar que en la actualidad alguien pague a un desconocido por un servicio y espere que aquel cumpla; eran otros tiempos, como decía mi abuelita, quien por cierto comentaba que en su época “los perros eran amarrados con longaniza”.**

Una vez pasado el trámite de la foto, cruzamos la avenida para admirar la fantástica iluminación, hecha con millares de foquitos multicolores, las aceras lucían enormes jardineras engalanadas con la prodigiosa flor mexicana llamada Nochebuena y los aparadores de las grandes joyerías, tiendas, así como librerías que competían entre sí con sus óptimos adornos, para atraer a más posible clientela, incluso las entradas de un cine y de un hotel, lucían francamente esplendorosas.

En las esquinas había mujeres que vendían Castañas, asadas al comal sobre un brasero u hornillo típicamente mexicano. Te confío que en mi niñez nunca probé las castañas, pero sí los buñuelos, los esquites*** y los “hot-cakes” callejeros, que esa noche nos supieron a gloria. Los villancicos seguían escuchándose.

De regreso a casa, con los villancicos metidos en mi cabeza, pensaba que de alguna manera habíamos traicionado a los Reyes Magos; fuimos de esos niños a los que Santa Claus ignoraba en Navidad, pero éramos compensados con espléndidos regalos el 6 de enero del año siguiente cuando a nuestra casa llegaban, sin ser vistos, los siempre generosos Melchor, Gaspar y Baltazar.

 

Glosario:
* Chamarra, abrigo corto.
**Longaniza, especie de chorizo.
***Esquites, golosina de dientes de elote, el fruto del maíz

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Latidos de Navidad

Latidos de Navidad

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

Corría el año 2015. Mi hermano había sufrido un infarto del que había salido vivo gracias a maniobras de resucitación que también preservaron su cerebro. Su corazón, después de haber estado detenido por un tiempo extenso y más allá de las probabilidades, volvió a latir a duras penas.  Ya no había reemplazo de válvulas, medicación ni cosa alguna que pudiera hacerse,  ese corazón nunca más volvería a funcionar ni medianamente bien. Sencillamente, sus posibilidades de vida dependían exclusivamente de un trasplante.

Sólo un treinta por ciento de lo que llamamos corazón funcionaba, eso ocasionaba que ir desde su habitación a cualquier sitio dentro de su hogar agotara sus fuerzas del mismo modo que si hubiera corrido una maratón. En la medida que pasaban los días su salud se iría deteriorando cada vez más, comenzarían a fallar los demás órganos, y si no aparecía con urgencia un corazón compatible, esa cirugía carecería de sentido. Había un momento límite y los plazos se agotaban con velocidad. Por momentos lo sabía bajando los brazos y entregándose al destino, y me ardía en el pecho la cercanía de perderlo. Mi mente se resistía a la idea de repetir la historia con otro  hermano, la muerte nos había golpeado duramente  años antes con el fallecimiento del mayor.

Como es usual en todos estos casos, familiares y amigos hacían cadenas de oración y rezaban por su vida. Los que me conocen saben que yo no soy de esa partida, saben que alguna vez, en un lejano pasado,  creí en el poder de la oración;  también saben que cada vez que deposité mi fe en ese algo a quien llaman Dios,  rápidamente fue a mirar cómo las margaritas crecen desde abajo, por lo que desistieron de invitarme a lo que sabían que no haría. Lo quería vivo. Además, dudo que me hubieran invitado a orar dado que en el pasado mi estadística de rezos y defunciones  no era la deseable.

En este punto aparece un ser, a quien aprecio mucho, pidiendo autorización para poner su caso en la lista de pedidos a la Virgen de Schoenstatt, que parece ser que todos los años obra un milagro para el cumpleaños de Jesús. Por supuesto, nadie diría que no, para los creyentes era una cuestión de fe, y para los que no, sabíamos que de última no le iba a hacer mal, de modo que a las cadenas de oración, grupos, misas, se sumó este pedido por su vida.

La Navidad lo encontró con un corazón nuevo. La cirugía fue un éxito, en la medida que pasaban los días su salud se recuperaba y las complicaciones fueron mermando. Actualmente ha retomado sus actividades laborales, vive en su casa con su familia, pasea a su perro, y salvo la cantidad de medicamentos a los que está atado por el resto de su existencia, tiene a su alcance la posibilidad de llevar una vida muy cercana a lo normal.

Al día de hoy mi madre, mi familia,  mucha gente que conozco y otros que nunca sabré quienes son, han rezado y lo siguen haciendo con sus grupos de oración, agradeciendo por esto que llaman milagro latiendo con fuerza dentro de su pecho.

Por mi parte, quiero agradecer a la familia de un desconocido, a quien he llamado Jesús dada la fecha en que sucedió, por el regalo que hicieron. No deja de ser algo que me perturba que alguien muera para que otro pueda vivir. Y en este caso hubo un alguien que murió y dejó partes de su cuerpo para donar una esperanza de vida. Ese regalo es gigante, y ni siquiera conozco a esa familia, no sé quién era el donante,  qué edad tenía, ni cómo sucedió el accidente que le costó su propia vida.  Muchas veces he pensado en esas personas que supieron hacer un alto para dar tanto, sin saber  quiénes serían los receptores, en un momento de inmenso dolor. No quiero olvidar a nuestros amigos que se presentaron a donar sangre sin conocer a mi hermano, les alcanzaba saber de nuestra necesidad para que pueda realizarse esa cirugía y pusieron su gotita de colaboración.

Hoy puedo decir que sucedió. Pueden llamarle como gusten, milagro, coincidencia, avances de la ciencia. Fueron muchos quienes formaron parte de ese todo para que se concrete. Mi agradecimiento a ellos.

Amigo, si estás leyendo esto y eres creyente, te pido una oración por otro aniversario de una muerte y un nacimiento, por el que porta ese corazón, para que llegue a vivir tanto como para ver a sus hijos adultos y convertidos en hombres de bien,  por el alma del donante y por su familia que dieron lo mejor de sí, y si queda algo, por quienes no poseemos esa fe, pero en el fondo querríamos creer que existe algo más.

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