La noche

LA NOCHE

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893)

Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.

Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.

Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.

Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.

Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.

El caso es que ayer -¿fue ayer?-. Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo…? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.

En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.

Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.

Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.

Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.

Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.

¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.

Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:

-¿Amigo, qué hora es?

-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.

Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer…

«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».

Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.

«¿Dónde estaban los agentes de policía?”, me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.

Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»

Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.

Me decidí a llamar en la primera casa. Toqué el timbre de cobre, que sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé… Nada.

Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.

Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?

Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?

Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj… ya no sonaba… se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.

Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.

¿Corría aún el Sena?

Quise saberlo, encontré la escalera, bajé… No oía la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más… luego la arena… el fango… y el agua… hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría… casi helada… casi detenida… casi muerta.

Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí abajo… yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.

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Leon Uris

LEON URIS

Leon Marcus Uris nació el 3 de Agosto de 1924 en Baltimore, Maryland, en el seno de una familia de inmigrantes judíos llegados desde Europa del este. Poco después del ataque japonés a Pearl Harbor, Uris abandonó la escuela secundaria y se unió a los marines, donde sirvió como operador de radio.

Abandonó el colegio a los 17 años para unirse al Cuerpo de Infantería de Marina de Estados Unidos. Entre los años 1942 y 1945, durante la  II Guerra Mundial, estuvo destinado en el Pacífico Sur; de esta experiencia, nació su primer libro Grito de guerra (1953) en el que llegó a trabajar, de forma incansable, hasta 18 horas al día, y que fue bien acogido tanto por el público como por la crítica.

En el mismo año de su publicación, León Uris viajó a Hollywoos para encargarse de la escritura del guión. Allí escribió un western original que apareció en la pantalla con el título de Duelo de titanes, película dirigida por John Sturges y protagonizada por Burt Lancaster y Kirk Douglas.

En 1956 cubrió como corresponsal los conflictos entre árabes y palestinos y dos años más tarde publicó Éxodo, una larga novela en la que narra la historia del pueblo judío desde principios del siglo XX hasta 1948. La novela fue llevada al cine por Otto Preminger, que modificó parte del argumento, lo que llevó al escritor a declarar públicamente que el director había arruinado su novela.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Uris se instaló en San Francisco, donde trabajaba y escribía artículos para revistas, aunque todo su trabajo fue rechazado hasta 1950, cuando Esquire le compró un artículo. Con el cheque de 300 dólares en el bolsillo, se puso a trabajar en Grito de guerra, una novela basada en sus experiencias como marine.

El espíritu patriota del libro, en contraste con otras novelas de guerra, hcieron de Grito de guerra un éxito comercial. Warner Brothers compró los derechos cinematográficos y Uris se trasladó a Hollywood para escribir el gión de la película que se estrenó en 1955.

A partir de ese momento se dedicó por completo a la literatura, publicando novelas tan conocidas como Exodus, obra traducida a más de diez idiomas y que fue llevada al cine por Otto Preminger en 1960.

El resto de su obra, al igual que Exodus, se centró casi por completo en la historia del pueblo judío en el siglo XX, aunque también trató temas como el nacionalismo irlandés o la I Guerra Mundial.

Tras estos éxitos decide hacer un viaje a Israel; su fruto fue Éxodo, su novela más célebre. A ésta le siguieron, entre otras, Topaz, llevada al cine por Alfred Hitchcok en una película de gran éxito en 1969. Este thriller sobre la Guerra Fría estuvo una semana entera en el número uno de la lista de Best-sellers del periódico New York Times.

Aunque nunca consiguió la graduación escolar, con tan sólo seis años escribió una opereta con motivo del fallecimiento de su perro. Leon Uris estaba destinado a ser lo que fue, un narrador sencillo de grandes historias. Falleció el 21 de Junio de 2003 en su casa de Shelter Island, Nueva York Tenía 78 años y sufría una insuficiencia renal.

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La condición del león

LA CONDICIÓN DEL LEÓN

por Andrés Torres Scott (México)



El león dijo al elefante, al hipopótamo y al rinoceronte:

—Ordenen a las hembras cuidar a los críos y conseguir la comida. Mientras tanto, vayamos de paseo por la sabana y luego vamos a beber a la cantina del chango.

Creía, iluso león, que todos eran de su condición. 

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Ana y una buena noticia

ANA Y UNA BUENA NOTICIA

por Andrés Torres Scott (México)

 

 

–Siéntese, por favor –dijo el médico detrás del escritorio y tomó un folder azul–. Es cáncer de seno, etapa tres. ¿Lo sabía?

–¿Eh? No –titubeó Ana–. Me hicieron una biopsia por una bolita que tengo en…

–Ochenta y seis años. Cinco hijos –dijo el médico mientras leía el expediente clínico–.

Usted no es Julieta Vargas, ¿o sí?

–Soy Ana Lagos.

–Aquí –dijo él y tomó otro folder sobre su escritorio–. Son tantas pacientes.

–Menos mal –dijo ella y suspiró.

–Ana Lagos. Cuarenta y seis años, sin hijos.

–Sí, soy yo.

–Cáncer de seno. Etapa cuatro –dijo el médico–. Curioso, ¿no? Era mejor el otro diagnóstico.

Ana salió del consultorio con el folder azul, dos citas para el día siguiente, una de laboratorio y otra con el oncólogo, seis folletos y un presupuesto que estaba muy por encima de lo que podría gastar.

Caminó al auto. Miró el folleto de hasta arriba, una letras añil le gritaban a la cara: “Ocho señales que avisan de una muerte inminente en un paciente con cáncer”. Iba, muy preocupada, a leer algunas de las señales, pero arrojó el tríptico al bote de basura que estaba a la entrada del estacionamiento. Contempló los otros cinco folletos en su mano, antes de leerlos
también los tiró a la basura. Quiso romper el folder azul, pero no pudo. Lo abrió y leyó su nombre. Además de unas hojas de papel había seis imágenes de un ultrasonido de su seno con su cáncer. Estaban impresas en algún tipo de material
plastificado. Las tiró al basurero y rompió el folder. También lo arrojó.

–Hay mayor incidencia en mujeres solteras. En las que no tienen hijos –dijo el doctor–, que no tienen relaciones sexuales de forma activa.

Ana iba a preguntarle si de haber tenido hijos, habría evitado el cáncer. Pero justo antes de hacerlo le pareció una pregunta necia a la que seguiría una respuesta desatinada. Ana todavía tenía el periodo y sus consabidos espasmos en cada ciclo lunar, pero ya no tendría hijos. No por el cáncer, sino porque desde los veintidós asumió su preferencia hacia a las mujeres y dejó de pensar en penes. Vaya, una nunca deja de pensar en penes, pero dejó de permitirse los de carne y venas. Tenía uno de plástico que compartía con su pareja. Decidió ir a casa y desde ahí hablarle a Sandra para contarle sobre este cáncer de seno.

El portero la vio venir y abrió la puerta unos metros antes. Él la saludo con la mano levantada y una sonrisa sincera. Ana pensó que el tipo vivía contento con un sueldo de mierda y que además llegaba todos los días diez minutos antes de las cinco de la mañana después de viajar una hora en transporte público. Ella le devolvió la sonrisa con intereses. Luego, subió en el
ascensor. Entró a su departamento y bebió agua en la cocina.

Algo no cuadraba en la casa. Ana dejó el vaso de agua y corrió a su recamara. La cama estaba tendida, pero Sandra nunca la tendía. Todos los trastes estaban lavados y no había cosas sobre la mesa de la cocina ni un suéter ni una chaqueta colgadas en el perchero de madera. Todo parecía aséptico, limpio. El lugar emanaba pureza.

Brinco la cama y abrió el buró de la derecha, el del lado de Sandra. Estaba vacío. Solo había una moneda de centavos de euro. Se tocó la nariz con el nudillo del dedo índice de izquierda a derecha. Se puso de pie y se detuvo frente al closet. No tendría qué abrirlo para confirmar lo obvio, pero a pesar de ser un acto necio que sería seguido de una evidencia
patética, lo hizo. Corrió la puerta del closet.

Había solo la mitad de las cosas. Quiso creer que había entrado alguien a robar, pero no, no siguió esa línea. Quizá si le hubiera dicho a Sandra que le habían hecho la biopsia y que hoy iría por el resultado, quizá Sandra por lo menos hubiera esperado a conocer el resultado.

Ana se sentó en la cama y exhaló. Exhaló largo. Se tocó el seno derecho con la mano izquierda, sintió su bolita. Sintió su cáncer, supo que era algo que jamás la dejaría, algo que permanecería con ella hasta el fin, hasta su siempre.

A pesar de apretar el tumor y manipularlo no le dolió. No le dolía en absoluto y eso, sin duda, sería la mejor noticia del día.

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Vida inteligente

VIDA INTELIGENTE

Por Andrés Torres Scott

 

Las dificultades no fueron pocas para aterrizar en el planeta, la atmósfera tenía más oxigeno del esperado y los instrumentos de la nave se afectaron. En lugar de aterrizar en la ciudad de Nueva York, aterrizaron más de 400 kilómetros al noroeste, en los bosques de Québec.

Después de 1,500 ciclos de viaje harían el primer contacto con esta raza alienígena.

Según mostraba la evidencia recopilada, los bípedos terrestres eran capaces de tener un pensamiento complejo y algo similar a la inteligencia.

Srin y Rad ya vestían los trajes que los protegían del carbono. Abrieron la compuerta con temor y emoción y contemplaron un lugar lleno de árboles. De inmediato, comprendieron que el color verde de las plantas era el equivalente al color naranja en su planeta. Esperaban una multitud de construcciones grises y de material reflejante, pero algo debió de haber fallado en sus cálculos.

Unos pasos adelante, estaba un bípedo tirado en el suelo: dos brazos, dos piernas y una cabeza de un octavo del tamaño del cuerpo, cubierta de pelo. Sí, debía ser un humano. Aullaba, quizá de dolor, parecía no poder moverse. Rad se acercó y el bípedo se cubrió la cara con ambos brazos.

—Está lastimado —dijo Srin—. El calor de la nave debió quemarlo.

—Debo curarlo —dijo Rad.

Se inclinó junto al bípedo, sacó un tubo de su cinturón y roció las heridas. El bípedo, al sentir mejoría, tomó los tres largos dedos de Rad, los apretó y lo miró a los ojos a través del visor del casco. Entonces, volvió a aullar.

Rad intentó entablar comunicación con él, pero el programa de traducción de exolenguajes indicó que no se expresaba en una lengua inteligible. Rad le colocó una pulsera antigravitacional para levantarlo e introducirlo a la nave. Adentro, bastaron nueve minutos para curarlo.

Ya sano, el bípedo y los visitantes salieron de la nave. El bípedo levantó una extremidad en son de despedida y se marchó de prisa hacia los árboles.

—Debió ser un error del departamento de biología —dijo Rad.

—Perderemos tres mil ciclos en ir y venir —dijo Srin.

—Alguien volverá en diez mil ciclos solares de este sistema —dijo Rad—. Quizá entonces encuentren vida inteligente.

Ambos abordaron y alistaron el despegue.

A unos metros, debajo de un abeto, el sasquatch miró a la nave elevarse. Debía correr a las cuevas antes de que los humanos se acercaran a averiguar qué era ese objeto en forma de plato que volaba por el bosque.

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Estoy enamorado

Estoy enamorado

por Facundo Quiroga (Argentina)

Una vez, sufrí un tropiezo en el amor. Fue algo nuevo para mí, pocas veces había pasado por ello, mas esta vez fue la más difícil, la que más llegué a sentir.

Hablando con un amigo, él me animaba a seguir adelante, diciéndome que eran etapas, momentos de mala suerte. “-Lo tuyo es cuidar el medio ambiente, no es enamorarte”, fue uno de sus tantos comentarios. Entonces, respondí: “-De todos modos, estoy enamorado”.

“-¡¿De quién estás enamorado?!”, exclamó sorprendido, ya que a él le contaba todo.

“-Estoy enamorado de la vida”, respondí. “-De poder levantarme todos los días, correr la cortina y observar mi jardín. Recorrer mi casa haciendo las tareas diarias o las acciones rutinarias y ver a mi familia que pasa junto a mí y me da el saludo del día. Sentir los lengüetazos de Benito sobre mi rostro mientras su cola se mueve de un lado a otro. Tomar mis cosas, salir en busca del auto y detenerme unos segundos a ver el amanecer. Notar las distintas gamas de naranja, amarillo, rojo, rosado, muchos colores en pocos segundos. Arrancar, pasar por la entrada del barrio y que el guardia te salude con una sonrisa contagiosa. Buscar a una de mis mejores amigas para ir a la facultad y que, apenas se asome por el portón, comience a hacer poses graciosas para empezar el día riendo.

Estoy enamorado de mis amigos, de poder juntarme con ellos en la universidad, a tomar unos mates, salir a bailar, hacer el ridículo sin importar lo que digan los demás. Encantado de esas situaciones que nos hacen olvidar que somos adultos y disfrutar como cuando éramos niños, yendo a un parque de diversiones, revolcándonos en el césped, gritando en el medio del parque y que los demás se den vuelta.

Estoy enamorado de los pequeños gestos, que en el fondo son grandes. De que sepan que no es el mejor momento de tu día, de tu semana o de tu vida y poder sentir el apoyo de los más queridos. Que te saquen a dar una vuelta por el barrio, por la montaña, por la playa, por donde sea, disfrutando de poder estar callados pero sabiendo que podes contar con alguien.

Estoy enamorado de la música que nos acompaña como soundtrack de nuestra vida. En medio de la carretera con alguien a quien quieres mucho se escucha Coldplay, saliendo de ver una película de vuelta a casa canta Rihanna, en momentos de reflexión oímos un lento y en un momento previo a salir se escucha una cumbia, un reggaeton o un cuarteto. Cuando lloramos juega Lana del Rey¸ cuando nos sentimos fuertes Sia y cuando nos sentimos poderosos, algo como Guns N’ Roses.

Estoy enamorado de la naturaleza, de esa obra de arte que Dios y el universo crearon. De poder maravillarse de ella en cada segundo, ver cómo un día nos ofrece una luna luminosa, en otro momento una cordillera nevada y hasta un lago con agua cristalina. Poder observar miles de especies de animales y plantas, todos con diseños originales.

Y por último, estoy enamorado de mí. De poder ser quien soy y saber que cuento con la capacidad de darme cuenta de que estoy enamorado de todo lo que mencioné anteriormente.

Y vos, ¿de qué estás enamorado?”, le pregunté.

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El juglar y los niños

El juglar y los niños

por Andrés Torres Scott  (México)

 

 

—Tienes que llevarte a todos, Ludwig —dijo el alcalde y puso su mano sobre el hombro del joven—. Repasemos lo que harás.

—Es fácil —dijo el juglar—. El domingo, día de San Pedro y San Pablo, vengo a la hora de la misa. Recorro el pueblo tocando el laúd, canto, hago varias rondas y llamo a los niños. Cuando pasen de treinta les diré que comerán pan y tubérculos. Mis hermanas van a ir casa por casa a revisar que todos los niños hayan venido.

—Son ciento treinta y tres y debes llevarte cuando menos cien. NO hables de tubérculos, diles que habrá nabos. Les gusta la sopa de nabo… les gustaba.

—Nabos. Como usted diga, alcalde.

—¿Y la tranca? No olvides poner la tranca en la puerta de la iglesia, que te ayuden tus hermanas.

—Primero ponemos la tranca… pero ¿cómo van a salir ustedes?

—Eso ya será problema nuestro.

—Y, ¿mi dinero?

—Dejaré el oro ahí, en la entrada de la iglesia. La bolsa de cuero estará atrás de la columna izquierda. Yo seré el último el entrar a la iglesia, todo el pueblo estará adentro. Nadie te verá, salvo los niños. Y cuidado te lleves solo a la bolsa y no a los niños.

—Alcalde…

—Sí —dijo el alcalde y se rascó el mentón.

—Hay algo que no me gusta… No sé. Esto no es algo bueno. Tendremos que cruzar el bosque hacia el este y…

—Escúchame bien, Ludwig —dijo el alcalde y cogió a Ludwig por el cuello de la camisa—, nos estamos muriendo de hambre. Hace tres meses que no hay cosechas. De los nabos ya no nos acordamos, ¡zanahorias no hemos visto esta temporada! Usamos el mismo cuero de puerco amarrado con un hilo para hervir agua y hacer sopa desde hace más de un año —dijo el alcalde y soltó a Ludwig.

—Y, ¿no habrá otra forma?

—Mi hijo menor murió el lunes en mis brazos, pesaba tres kilos a los seis años. Mi mujer está loca de dolor, mis otros dos hijos tienen los ojos saltones, huelen mal y parece que los huesos van a reventar su piel.

—Pero, todavía hay algo de trigo.

—Ese trigo solo alimentaría a setenta personas por tres meses. Aquí somos sesenta adultos, con los niños, somos casi doscientos.

—Y, ¿si todos comen menos?

—Pedí hace un mes que los adultos comieran menos, ¿sabes qué hacen los adultos? ¿Lo sabes? Le dan sus raciones a sus hijos. No los culpo, pero los padres ya no tienen fuerzas para labrar. Solo nos quedamos sin reservas de avena y sin cosecha de trigo.

—Pero tiene oro.

—El oro no se come y no hay a quién comprar trigo. No tenemos caballos para traer provisiones, tuvimos que matarlos hace cuatro meses para comerlos y ahorrar alfalfa. En Baja Sajonia nadie vende su trigo.

—Mire, aquí los niños morirán con sus padres. Si me los llevo morirán en el camino. Nos atacaran bestias, demonios, lobos y monstruos del bosque. Algunos niños serán robados por brujas o hadas. Si tomo por la colina del este, cómo usted quiere, tendré que cruzar el bosque y temo hasta por mi vida y la de mis hermanas. No podré cuidar a los chicos. No puedo aceptar. No con su oro.

—Ludwig, ven el 26 de julio con tu laúd y llévate a los niños. No has visto la situación con claridad, algo nubla tu comprensión —dijo el alcalde—. Es irrelevante que los niños mueran con sus padres, eso ya sucede. Los más pequeños morirán primero, pero eso no es lo peor. —El alcalde miró a Ludwig a los ojos con humildad—. Los adultos prefieren alimentar a sus hijos antes que comer. Los adultos morirán primero y después morirán los niños. Imagina a los niños, solos, desesperados, viviendo entre los cadáveres de sus padres. Hazme un favor a mí y a Dios para evitar esta pena —dijo el alcalde y tomó los dedos de la mano derecha de Ludwig entre sus dos manos.

Hubo un silencio en el que Ludwig examinó los ojos del viejo alcalde.

—Así lo haré, señor.

—¿Eso es una flauta? —dijo el alcalde y señaló el instrumento dentro del bolsillo del chaleco de Ludwig.

—Sí, me gusta tocarla.

—Tráela. A los niños de Hamlin les gusta más la flauta que el laúd.

 

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La Habitación

La Habitación

Cuento de Facundo Quiroga (Argentina)

Lucio descendió la escalera de aquel edificio desconocido. No sabía hacia dónde iba, pero algo le decía que debía continuar, la respuesta estaría allí. A medida que descendía, la oscuridad cubría todos los rincones del lugar.

Pasaron unos segundos y llegó al último peldaño. Se detuvo, con el pie en el aire, cuando un escalofrío vibró por su cuerpo. No conocía el lugar, ¿sería correcto seguir?

Sigue, Lucio. Sigue -una voz aterciopelada susurró en su oído. Giró rápidamente y no distinguió a nadie.

Al dejar la escalera detrás de él, sus manos comenzaron a temblar. No comprendía a qué le tenía tanto miedo, quizás era a la soledad, tal vez a aquel lugar desconocido o a lo que se avecinaba.

De pronto, a unos cinco metros, una puerta se abrió lentamente, dejando pasar una tenue luz blanca. Continuó la marcha y, al llegar al umbral de la puerta, se asomó temerosamente.

-¿Hola? ¿Hay alguien aquí?

El silencio reinaba. Lucio decidió entrar, despacio. Al dejar detrás la puerta, notó que en el centro de la habitación una silla de madera, con el respaldo quebrado, se hallaba debajo de una delgada soga que caía del techo. Caminó en aquella dirección y vio que no era una simple soga, sino una horca. Se llevó una mano al pecho y dio unos pasos hasta atrás, donde trastabilló con unas cajas sueltas y cayó al suelo.

Sigue, Lucio. Sigue -repitió la voz, cerca de él.

-¡¿Quién eres?!-gritó desesperado, sacándose el cabello de la frente.- ¡Esto no me causa gracia!

De repente, se escuchó el chirrido de un armario por encima de la columna de cajas y unas bolas de billar cayeron hasta sus pies. Arrastrándose, no apartaba la vista de la silla. Ésta, de improviso, comenzó a mecerse.

-¡Esto no me está causando gracia! ¡Déjame en paz!

Una risa de niña retumbó en la habitación y el hombre, de un salto, se levantó. El sonido siguió repitiéndose varias veces. Lucio observó la entrada del lugar que estaba a unos cincuenta metros. Al volver la vista, había una mujer en la horca. La soga, que pendía de unos pocos hilos, se cortó y el cuerpo se desplomó sobre la silla. El muchacho dio un grito ahogado, mas esperó. El escaso cabello grasoso caía sobre el lado izquierdo de su rostro, por lo que no lograba verla bien. De pronto, la dama giró su cabeza y sus profundas cavidades oculares absorbieron el grito de Lucio. La risa provenía de la boca cosida con hilos dorados de aquella señora. Hundió sus dedos sin uñas en el borde de la silla hasta quebrarlos. Nuevamente rió, se levantó y arrojó el mueble contra las cajas.

-¡Tranquila, juro que no te haré nada!-las lágrimas caían por el rostro del hombre, perdiéndose en su densa barba castaña.- ¡Dime qué necesitas!

La mujer apoyó los dedos en sus labios y los separó poco a poco. La sangre brotaba de forma abrupta, manchando su viejo vestido de novia. Al cortar el último hilo de su boca, escupió sus dientes y se conectó con los ojos de Lucio.

-¡Dímelo, no te haré nada! ¡Lo juro!

Girando su cabeza, la dama emitió un agudo grito y corrió hacia él.  El hombre escapó y cerró la puerta.

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Despertó sobresaltado en su dormitorio, sudado.

-Fue sólo un sueño… ¡y qué sueño!-intentó controlar su respiración.

Miró la hora y eran las diez de la mañana. Saltó de la cama y fue a ducharse, tenía una reunión de trabajo a las once y el despertador no había sonado.

Al llegar a la puerta de la oficina, chocó con Ofelia, quien llegaba tarde.

-Veo que tú también te quedaste dormido, Lucio -comentó mientras giraba el picaporte.-Tienes crema de afeitar en tu nariz, quítatela antes de entrar.

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Al anochecer, llegó a su casa, cenó y se acostó en su sofá, agotado. Prendió el televisor, sin embargo, el sueño se apoderó de él… y regresó al edificio desconocido.

-Es sólo un sueño. Puedes estar tranquilo. Solamente debes caminar -se repetía varias veces mientras avanzaba hacia la puerta.

Al estirar el brazo para entrar, una mano lo detuvo. Soltándose, dio unos pasos al costado y observó a la mujer que lo miraba detenidamente.

Ten cuidado. Los sueños no son simplemente sueños. Están llenos de historias y de vida. No creas que lo que te espera del otro lado proviene de tu imaginación. Lo único que te diré, es que debes escapar de la habitación y, una vez que lo hagas, serás libre. Tu vida depende de ello.

-Pero la señora… está ahí…

La joven llevó su dedo índice a los labios de él y lo calló. Al pestañear, ya no estaba. Observó de reojo el picaporte. El miedo lo había atrapado de nuevo.

Abrió la puerta. El lugar se encontraba idéntico a la vez anterior. Dio unos cortos pasos y se detuvo al escuchar una voz cantando su nombre. Observó su entorno y, al no encontrarla, continuó.

-¡Lucio!-reía la mujer escondida.-No temas, corazón. No te haré nada. ¡Ven conmigo!

El hombre estaba a unos pocos metros de la silla. De pronto, una caja rodó desde lo alto y se detuvo frente a él. La miró detenidamente, se agachó y decidió abrirla. Al hacerlo, notó un pequeño trozo de papel en el fondo, con algo escrito. Al llevarlo a sus ojos, leyó la única palabra hecha con letra de niño: “Corre”. Sintió algo frente a él y levantó la vista. Dio un grito ahogado al dar con las cavidades oculares de la mujer que estaba a cinco centímetros de su rostro.

-¡Fin del juego!-gritó agudamente y se abalanzó sobre él.

Lucio tomó la caja y la partió en su rostro. La señora cayó al suelo, pero en pocos segundos, estaba erguida. El muchacho corrió hacia la entrada, mas ella lo detuvo del pie, haciendo que diera contra el piso.

-¡¿Qué es lo que quieres?!

-Tu vida -contestó en tono seco. Clavó sus dedos quebrados en el brazo de su contrincante. La sangre comenzó a brotar hasta que Lucio la lanzó hacia un lado y, finalmente, escapó.

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Despertó. Un profundo dolor provenía del brazo. Al levantarse la manga, notó cuatro moretones en fila.

-No puede ser… esto no es del sueño. Debo habérmelo hecho con algo.

Miró la hora. Eran las ocho de la mañana. Llegaría tarde de nuevo si no se apuraba.

Al salir de su casa, pasó frente de la de Ofelia, quien también estaba saliendo de forma apresurada.

-¡Lucio! Otra vez los dos sin cumplir el horario, ¡me sorprende!

-Ofelia, no sé qué me ocurre que no escucho el despertador. Mis sueños me están atrapando… no me dejan salir.

-Me ocurre lo mismo. Además, estoy teniendo sueños horribles de los que no puedo despertarme -comentó mientras caminaban. Luego, hizo una pausa y siguió.-Creerás que estoy loca, pero hoy me levanté con unas manchas en mi brazo, luego de soñar que pasaban en mi pesadilla.

-¿De verdad? ¿Cómo fue en él?

-No sé si debería comentártelo. Es aterrador, hace dos días que me encuentro en el mismo lugar donde una desquiciada me persigue y…

-Ella tiene los dedos quebrados y los hunde en ti, ¿no?-finalizó Lucio.

-¡Oh por Dios! ¿Cómo lo sabes?-Ofelia detuvo su marcha y se tapó su boca con ambas manos.

-Porque -el hombre se arremangó y mostró sus moretones.-…yo también sueño con lo mismo. Desde ayer, por eso llegué tarde a la reunión. No entiendo qué es lo que pasa, cuál es el fin de él.

-Yo tampoco lo sé, pero un hombre que se me apareció antes de entrar a la habitación, me dijo que debía cruzarla completamente y escapar para dejar de tener esa pesadilla. Tengo miedo.

Llegaron al edificio y finalizaron la conversación, la cual acordaron en continuar en otro momento.

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Sigue, Lucio. Sigue -susurró la voz, otra vez.

Esta vez, la habitación anterior estaba iluminada por una vela encima de una mesa ratona, en el centro del lugar, que en unos segundos se apagaría. El hombre siguió caminando y, al abrir la puerta, entró una leve brisa que oscureció el sitio. A unos pasos de él, contemplando la sala, había una mujer con pronunciados rulos que caían hasta la mitad de su espalda.

-¿Ofelia?-preguntó el hombre, tomándola del hombro.

Ella dio un grito y saltó hacia un costado. Al observar a su compañero de trabajo, se abalanzó sobre él para abrazarlo. Las lágrimas caían atropelladamente por su rostro, mojando la remera de Lucio.

-Esto es increíble, ¡es el mismo sueño!

-Sí, pero debemos escapar rápido… no hay tiempo.

La risa de niña empezó a escucharse por varios lugares. La puerta detrás de ellos fue cerrándose despacio, mientras que era bloqueada por la señora del vestido desgastado.

-¡Bienvenidos nuevamente! ¡Bienvenidos a su muerte!-exclamó abriendo sus brazos y profiriendo las palabras hacia lo alto. Luego, el silencio inundó el lugar y, de forma apagada, musitó:-corran.

Sin pensarlo dos veces, escaparon de la mujer mientras ella iba bloqueando la entrada con las cajas. De pronto, al llegar a la silla, el cuerpo apareció colgado de la horca y, reiteradamente, se cortó la soga y éste se precipitó en la silla, la cual se quebró y la mujer cayó al suelo. Lucio y Ofelia se abrieron por distintos lados.

-¡Mira Ofelia, la salida!-exclamó al ver una pequeña puerta a varios metros de distancia. Sin embargo, se detuvo al escuchar un grito de su amiga. Al girar, ella peleaba en el suelo con la mujer poseída.

Lucio regresó y pateó a la enloquecida, quien rodó unas cuantas veces hasta que dirigió su rostro hacia ellos. Ofelia se puso de pie, tomó la mano de su compañero y comenzaron a correr. La señora chilló hasta hacerles sangrar los oídos y fue en su búsqueda.

Les faltaban unos treinta metros cuando, al voltearse, notaron que los perseguía con un cuchillo en alto. Al avanzar un poco más, varias cajas se desmoronaron, haciéndolos tropezar. Finalmente, Ofelia logró tomarse del picaporte y lo destrabó. Cuando Lucio se levantó, la poseída lo tomó del pie y lo jaló hacia atrás. El hombre giró y la golpeó en el rostro. Levantándose de forma rápida, siguió corriendo hacia la puerta, donde Ofelia lo esperaba con la mano tendida y, cuando él la fue a tomarla, la señora del vestido desgastado clavó el puñal en la espalda del hombre.

-Cierra la… puerta -suspiró mientras las palabras se perdían en el aire.

Ofelia obedeció y, lo último que vio, fue cómo su amigo era arrastrado hacia la silla. Decidió no trabar el picaporte por si Lucio lograba salir. Al darse vuelta, se encontró en una calle adoquinada desolada, iluminada por faroles que emitían una tenue luz. Ofelia se sentó en el borde, a esperar por su compañero.

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De pronto, despertó agitada. Estaba en su casa, acostada en el piso alfombrado de su pasillo.

-Lucio.

Tomó un abrigo y subió por la calle que dirigía a la casa de él. Llamó a la puerta, mas nadie le atendió. Cruzó la verja que llevaba al jardín y entró por la ventana de la cocina, que estaba un poco abierta. Subió al dormitorio y lo encontró durmiendo de lado hacia la ventana.

-Lucio, soy Ofelia. Despierta -murmuró mientras se acercaba. Al no responder, la mujer lo tomó por el brazo y lo giró. Dio un grito aterrador al notar que su cuello estaba cortado por la marca de una soga y que sus ojos habían desaparecido, dejando ver más allá de sus cavidades oculares.

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LA EMBOSCADA

LA EMBOSCADA

Cuento de Facundo Quiroga (Argentina)

Este cuento obtuvo el 1° puesto en la Categoría A del “XX Concurso Literario Letras Jóvenes 2016” de Godoy Cruz – Mendoza –

¡Felicidades Facundo! ¡Gracias por compartir tus trabajos con LetrA – Z!

            Me hallaba escondido detrás de un boj, algo pelado, mas al ser chiquito, no me notaría. Mi respiración entrecortada me podría delatar, por lo cual tenía miedo, ya que mis piernas estaban exhaustas de tanto correr. Escuchaba cómo mis amigos eran agarrados por el otro bando y eso me generaba un escalofrío. Eso quería decir que podría ser el último y que todo dependía de mí.

El cielo anaranjado comenzaba a apagarse. Tomé aire, me asomé cautelosamente entre las ramas y, al no ver a nadie, salí de mi escondite y me arrastré por la vereda. Al llegar a la acequia, escuché que alguien gritaba que yo era el último para que los “policías” pudieran ganar el juego y, de esa forma, cambiar los roles. Todos los participantes odiábamos ser policías, te cansabas muy rápido. En fin, me escondí debajo del puente, inmerso en la negrura del ambiente. De pronto, oí unos pasos cerca de mí, por lo que respiré hondo y me tapé la nariz, para no emitir sonido alguno. Escuchaba el crujir de las hojas sobre mi cabeza. No podía moverme, cualquier ruido me delataría, por lo que terminaríamos perdiendo el juego y todos se enfadarían conmigo.

Pasaron los minutos más eternos de mi vida, hasta que vi que el policía seguía caminando hacia el otro lado. De repente, un farol de la calle se prendió e iluminó diagonalmente hacia donde yo estaba. “Cristian, ¿no has visto a Facundo? No lo encontramos por ningún lado”, gritó alguien, cerca. Mi enemigo se dio vuelta en dirección hacia donde me encontraba, pero no me vio. Mis manos temblaban y la desesperación recorría mi cuerpo. Parecía que el tiempo se había congelado, intentaba pensar en el escape, pero mi mente no podía trabajar. “Creo que ya lo encontré”, comentó Cristian y corrió calle abajo. Luego, vi pasar a Manuel dando largas zancadas y aproveché para salir.

La “cárcel” se encontraba en la entrada del barrio y yo estaba al final, por lo que debía apurarme para llegar sin que los otros dos, que eran los más rápidos, pudieran agarrarme. Si mal no recuerdo fue el día en que más rápido corrí, ayudándome con los brazos e inclinándome hacia delante. Me dolía la panza de respirar mal, pero no importaba, no debía defraudar a mi equipo. Al estar a media cuadra de la prisión, todos comenzaron a gritar mi nombre desesperados para que los salvara. Esto me delató y los otros se abalanzaron sobre mí. No debía echarme atrás, tenía que aplicar mis técnicas de movimiento de mareo y lograríamos la victoria. Primero me atacaron dos, los esquivé saltando la acequia varias veces, metiéndome entre los autos y agachándome. Ya había pasado una barrera, pero ahora venían tres hacia mí, dejando solamente a un guardia. Si ganaba esta batalla, el resto sería pan comido. Tomé coraje y me enfrenté a ellos. Pude pasar a uno, no obstante cuando iba a pasar al segundo, resbalé con una piedra y caí de costado al suelo, raspándome todo el brazo. A los pocos segundos, me vi rodeado de cinco policías, mientras que a lo lejos aparecían Manuel y Cristian. Intenté levantarme, mi brazo ensangrentado no respondía, por lo que me entregué a los opositores. Cuando me levantaron, vi que detrás de unos troncos junto a la cárcel, Valentina, la más pequeña del equipo, con apenas un metro quince de altura, salía de su escondite y liberaba al grupo. Se escucharon gritos de algarabía mientras que escapaban en distintas direcciones y sonreí. Nuevamente volveríamos a ser “ladrones” hasta la madrugada.

 

Aquel verano pasaba de forma rápida, pero no había momento en que no jugáramos a “La Emboscada”.

Hubo un día en que Julia y Emilia decidieron no participar porque se juntaban con unos chicos a tomar un helado. Resultó raro ya que siempre eran importantes en el equipo. Al día siguiente, tampoco quisieron y se sentaron en la plaza con sus celulares mientras se sacaban fotos. Así fueron las próximas semanas y, poco a poco, el resto del grupo empezó a hacer lo mismo.

El último día de verano, me levanté temprano para aprovecharlo al máximo. Siempre nos juntábamos a las diez de la mañana en la calle principal para elegir quién sería policía cantando “Sandía sandía, tú se-rás un gran po-li-cí-a” y quién asumía el rol de ladrón con “Melón melón, tú se-rás un gran la-drón”. Creí haber llegado primero aunque al pasar los minutos, iniciaron mis sospechas de que nadie vendría. A la hora y media, vi pasar a los chicos y los invité a jugar, pero me dijeron que no, porque era un juego para niños y que debíamos madurar porque empezábamos octavo. Triste, caminé hacia mi casa y, al llegar a mi habitación, me tiré en la cama a convencerme de que ya no habría más… “La Emboscada”.

Y allí fue cuando me di cuenta que durante toda mi niñez no había estado corriendo de mis amigos, los policías, sino que escapaba de lo que vendría, la adolescencia, para ponerle fin a una etapa basada en risas, juegos, libertad y la más pura inocencia.

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El mundo ha cambiado

El mundo ha cambiado

por Andrés Torres Scott (México)

Esta mañana de octubre mientras iba en el Metro leí una noticia que me pareció… ¿cómo decirlo? Extraña. No, esa no es la palabra adecuada, pero vaya, me llamó la atención. Una columnista contó que hace diez años sus padres entraron a su habitación y la bombardearon con preguntas acerca del profesor Eduardo Lester, quien en ese entonces tenía 25 años. Ella no quiso decir nada al principio, pero la presión fue tal que tuvo que confesarlo: eran novios desde que iniciaron las clases en septiembre. Él enseñaba literatura y leía en voz alta algunos pasajes de textos clásicos por unos cinco o diez minutos al iniciar la sesión. Por eso se hicieron novios y cogieron, o como dice ella en su artículo, tuvieron relaciones sexuales varias veces cuando ella tenía 14 años. Ella, joven imberbe, nunca había escuchado que alguien hablara como él en las otras clases ni en su vida. Sí, claro, en secundaria nadie se enamora del maestro de Matemáticas porque recita las ecuaciones cuadráticas en voz alta ni de la miss de Biología que habla de los órganos reproductores sin la menor discreción y le dice pene al pito y vagina a la panocha. Tampoco de la socióloga que impartía Historia Socioeconómica de México, quien al leer un pedazo de la Sucesión Presidencial generó varios dormidos en el salón. Y menos aún de la maestra de Física II, una viejita con lentes de fondo de botella de Coca-Cola y con un peinado de 20 centímetros de altura.

Ni hablar, aún así me extrañó que la chica, la columnista, aceptara que desde los 12 años ya tenía relaciones sexuales con novios de la escuela, menores de edad. Lo que no eximía al depredador —así lo llamó ella—, Eduardo Lester, de su conducta para con ella. Al profesor lo vetaron para dar clases en secundaria en el estado, lo corrieron de la escuela y lo metieron al bote por tres meses. Finalmente, la periodista afirma en su columna que hoy, diez años después, puede ya dormir tranquila y ha superado el abuso sexual que sufrió.

Iba a sonreír cuando terminé de leer, pero no lo hice. Un año antes de conocer a la columnista del diario, Eduardo Lester fue mi maestro de literatura y me enamoré de él. Para diciembre mis padres se divorciaron y me mudé con mamá a otra ciudad en otro estado, a mí jamás se me ocurriría decir que lo que me enseñó el profesor de literatura fue abuso sexual.

¿Cuándo cambió el mundo?

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L’amour

lamourcuento de Facundo Quiroga (Argentina)

Sus labios carnosos, carcomidos, se separaron débilmente para emitir las últimas palabras que la joven quería dar a conocer.

-Nunca te amé como debería haberlo hecho. Tú hiciste todo por mí, sin embargo…-se detuvo debido a la falta de aire y, en un leve suspiro, finalizó la frase.-Te engañé, te engañé todo el tiempo… con tu mejor amigo.

La muchacha cerró sus ojos para siempre mientras las palabras se perdían en el aire y la realidad caía sobre su novio, víctima de la traición. No comprendía si lo que ocurría era de verdad o una pesadilla, quería despertar rápidamente si lo era. Cerró los ojos y, al cabo de unos segundos, percibió el sonido de unas pisadas que se acercaban a la habitación. Giró lentamente sobre el borde de la cama y esperó a ver quién llegaba.

-¡¿Qué ocurrió, Pablo?!-preguntó el visitante sobresaltado.- ¡La asesinaste!

-¡¿Por qué debería haberlo hecho?! ¿Acaso será por lo que me acabo de enterar? ¡Me traicionaron! ¡Eras mi mejor amigo!

El amante de la joven se acercó al cuerpo apartando al hombre bruscamente quien tambaleó con el borde de la cama y, al perder el equilibrio, cayó al suelo.

-¡Mi amor, despierta!-exclamaba desesperadamente mientras le acariciaba el cabello.-Sé que puedes escucharme.-besó su mejilla y luego buscó sus manos debajo de las sábanas mas, al sentir un charco de sangre sobre su estómago, dio un salto hacia atrás y examinó entre la oscuridad para encontrar a quien antes era su mejor amigo.- ¡¿Qué has hecho, infeliz?!

Una brisa de aire caliente entró por el balcón levantando las cortinas de seda que descansaban a cada lado del marco de la puerta. Los sonidos de la ciudad que provenían del exterior eran una perfecta distracción y un buen camuflaje para cualquier ruido extraño que reflejara lo que en verdad ocurría en aquel cuarto del departamento de estilo parisino.

La víctima del juego del amor se acercó al umbral de la puerta y dejó que la luna lo bañara con su intensa luminosidad. Luego, abrió el cajón de la mesa de luz que se encontraba a su lado y buscó entre los papeles un arma, la cual extrajo lentamente para sorprender a su adversario.

-Dime Franco, ¿qué has hecho con Camille? ¿Acaso ella sabía que no sólo traicionabas a tu mejor amigo, sino que también la traicionabas a ella? Cambió su vida, dejó Paris para venir a vivir a Buenos Aires contigo, ¿así es como le pagas? Aprovechas que se fue a visitar a su familia a Francia para llevar esto a cabo… cuando regrese, ¿le mentirás con alguna historia? -al ver que el hombre no contestaba, alzó el arma a la altura de su rostro y tomó un gran suspiro.- ¡Habla o ya mismo te asesinaré!

-Primero dímelo tú, ¿por qué asesinaste a Isabela si acabas de decir que recién te enteras de lo nuestro? No tenías derecho…

-Yo no la asesiné, entré al cuarto y ya estaba agonizando.-el arma le temblaba entre las manos mientras las lágrimas caían por su rostro, perdiéndose entre su abundante barba.-Ella debe haberlo hecho por voluntad propia, ¡sabía que lo que hacía no era un acto de persona de buen obrar! Si hubieses vivido todo lo que yo viví con ella, comprenderías esta situación.

El hombre sin arma largó una carcajada para hacer enfurecer a su contrincante. Se acercó lentamente a Pablo mientras hablaba.

-¿Tú crees que yo estuve menos tiempo con ella que tú? Pues, estás completamente equivocado. Me prefería a mí.-proclamó resaltando las últimas palabras.

De pronto, se escuchó el sonido de una bala que se escapaba de un arma. El amante de la joven cerró los ojos y esperó a que ésta impactara sobre él. Sin embargo, los segundos pasaron y no sintió nada. Al abrirlos, vio que el otro joven retrocedía lentamente con la mano ensangrentada sobre su pecho y llegaba al borde del balcón.

-¡¿Qué hiciste, Franco?! Además de engañarme, ¿pretendes asesinarme?-el muchacho trastabilló con su último paso y todo su cuerpo sobrepasó la baranda del balcón. Franco saltó a sujetarlo por las piernas pero era demasiado tarde. El cuerpo finalmente cayó sobre un auto, activando su alarma y haciendo que los vecinos de la zona salieran a ver qué ocurría.

El amante observaba perplejo la situación, no comprendía qué había ocurrido. Vio desde lo alto cómo el hormiguero de gente se acercaba a la escena del crimen, por lo que dio media vuelta y se detuvo a pensar qué sería lo siguiente que haría. Debía escapar.

De repente, un tocadiscos se activó y comenzó a emitir una canción, la cual identificó al instante.

-“L’amour”.-suspiró, mientras tarareaba la primera estrofa y buscaba a la persona que había activado la música.

“El amor no es para mí, todos esos “por siempre” no son reales, son sólo un juego”. Tú te encargaste de transferir la letra a la realidad. Nunca supiste cuán lejos podría llegar. Vi cómo le temblaban las manos y sabía que pronto iba a apretar el gatillo, no quería acabar con la vida de un inocente pero no tenía opción… no obstante, con quien sí terminaré, es contigo.

Franco quiso responder pero la bala ya había atravesado su pecho y, acto seguido, su cuerpo caía sin vida desde las alturas, impactando sobre el otro cadáver. El último personaje del hecho giró sobre sus altos tacos rojos y salió de la habitación, con un caminar victorioso y el disco de vinilo aun reproduciendo la canción final de una historia de traición y venganza.

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El origen de uno

 El origen de uno

por Andrés Torres Scott (México)

@EsAndresMx  

aatorrescott

Para que yo estuviera aquí dos tuvieron que conocerse. Antes de esos dos, debió haber cuatro, mis abuelos. Antes de esos cuatro tuvo que haber dieciséis y antes de esos dieciséis hubo 32, mis tatarabuelos. Antes de mis tatarabuelos, hubo 64 y antes de ellos, debieron existir 128 y así sucesivamente: 256, 512, 1,024, 2,048, 4,096, 8,192, 16,384, 32,768, 65,536, 131,072… Todos en múltiplos de 4, como si fueran bytes.

Así, 1,048,576 personas se conocieron hace más de cien generaciones o dos mil quinientos años. Todos debieron de tener sexo, que no amarse, para que solo yo estuviera aquí.

Mientras más vayamos al pasado esta cifra aumenta hasta hacerse infinita. Cada vez serán, o mejor dicho, fueron más los involucrados para que tu y yo estemos aquí.

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