VIDA INTELIGENTE

VIDA INTELIGENTE

Por Andrés Torres Scott

 

Las dificultades no fueron pocas para aterrizar en el planeta, la atmósfera tenía más oxigeno del esperado y los instrumentos de la nave se afectaron. En lugar de aterrizar en la ciudad de Nueva York, aterrizaron más de 400 kilómetros al noroeste, en los bosques de Québec.

Después de 1,500 ciclos de viaje harían el primer contacto con esta raza alienígena.

Según mostraba la evidencia recopilada, los bípedos terrestres eran capaces de tener un pensamiento complejo y algo similar a la inteligencia.

Srin y Rad ya vestían los trajes que los protegían del carbono. Abrieron la compuerta con temor y emoción y contemplaron un lugar lleno de árboles. De inmediato, comprendieron que el color verde de las plantas era el equivalente al color naranja en su planeta. Esperaban una multitud de construcciones grises y de material reflejante, pero algo debió de haber fallado en sus cálculos.

Unos pasos adelante, estaba un bípedo tirado en el suelo: dos brazos, dos piernas y una cabeza de un octavo del tamaño del cuerpo, cubierta de pelo. Sí, debía ser un humano. Aullaba, quizá de dolor, parecía no poder moverse. Rad se acercó y el bípedo se cubrió la cara con ambos brazos.

—Está lastimado —dijo Srin—. El calor de la nave debió quemarlo.

—Debo curarlo —dijo Rad.

Se inclinó junto al bípedo, sacó un tubo de su cinturón y roció las heridas. El bípedo, al sentir mejoría, tomó los tres largos dedos de Rad, los apretó y lo miró a los ojos a través del visor del casco. Entonces, volvió a aullar.

Rad intentó entablar comunicación con él, pero el programa de traducción de exolenguajes indicó que no se expresaba en una lengua inteligible. Rad le colocó una pulsera antigravitacional para levantarlo e introducirlo a la nave. Adentro, bastaron nueve minutos para curarlo.

Ya sano, el bípedo y los visitantes salieron de la nave. El bípedo levantó una extremidad en son de despedida y se marchó de prisa hacia los árboles.

—Debió ser un error del departamento de biología —dijo Rad.

—Perderemos tres mil ciclos en ir y venir —dijo Srin.

—Alguien volverá en diez mil ciclos solares de este sistema —dijo Rad—. Quizá entonces encuentren vida inteligente.

Ambos abordaron y alistaron el despegue.

A unos metros, debajo de un abeto, el sasquatch miró a la nave elevarse. Debía correr a las cuevas antes de que los humanos se acercaran a averiguar qué era ese objeto en forma de plato que volaba por el bosque.

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Estoy enamorado

Estoy enamorado

por Facundo Quiroga (Argentina)

Una vez, sufrí un tropiezo en el amor. Fue algo nuevo para mí, pocas veces había pasado por ello, mas esta vez fue la más difícil, la que más llegué a sentir.

Hablando con un amigo, él me animaba a seguir adelante, diciéndome que eran etapas, momentos de mala suerte. “-Lo tuyo es cuidar el medio ambiente, no es enamorarte”, fue uno de sus tantos comentarios. Entonces, respondí: “-De todos modos, estoy enamorado”.

“-¡¿De quién estás enamorado?!”, exclamó sorprendido, ya que a él le contaba todo.

“-Estoy enamorado de la vida”, respondí. “-De poder levantarme todos los días, correr la cortina y observar mi jardín. Recorrer mi casa haciendo las tareas diarias o las acciones rutinarias y ver a mi familia que pasa junto a mí y me da el saludo del día. Sentir los lengüetazos de Benito sobre mi rostro mientras su cola se mueve de un lado a otro. Tomar mis cosas, salir en busca del auto y detenerme unos segundos a ver el amanecer. Notar las distintas gamas de naranja, amarillo, rojo, rosado, muchos colores en pocos segundos. Arrancar, pasar por la entrada del barrio y que el guardia te salude con una sonrisa contagiosa. Buscar a una de mis mejores amigas para ir a la facultad y que, apenas se asome por el portón, comience a hacer poses graciosas para empezar el día riendo.

Estoy enamorado de mis amigos, de poder juntarme con ellos en la universidad, a tomar unos mates, salir a bailar, hacer el ridículo sin importar lo que digan los demás. Encantado de esas situaciones que nos hacen olvidar que somos adultos y disfrutar como cuando éramos niños, yendo a un parque de diversiones, revolcándonos en el césped, gritando en el medio del parque y que los demás se den vuelta.

Estoy enamorado de los pequeños gestos, que en el fondo son grandes. De que sepan que no es el mejor momento de tu día, de tu semana o de tu vida y poder sentir el apoyo de los más queridos. Que te saquen a dar una vuelta por el barrio, por la montaña, por la playa, por donde sea, disfrutando de poder estar callados pero sabiendo que podes contar con alguien.

Estoy enamorado de la música que nos acompaña como soundtrack de nuestra vida. En medio de la carretera con alguien a quien quieres mucho se escucha Coldplay, saliendo de ver una película de vuelta a casa canta Rihanna, en momentos de reflexión oímos un lento y en un momento previo a salir se escucha una cumbia, un reggaeton o un cuarteto. Cuando lloramos juega Lana del Rey¸ cuando nos sentimos fuertes Sia y cuando nos sentimos poderosos, algo como Guns N’ Roses.

Estoy enamorado de la naturaleza, de esa obra de arte que Dios y el universo crearon. De poder maravillarse de ella en cada segundo, ver cómo un día nos ofrece una luna luminosa, en otro momento una cordillera nevada y hasta un lago con agua cristalina. Poder observar miles de especies de animales y plantas, todos con diseños originales.

Y por último, estoy enamorado de mí. De poder ser quien soy y saber que cuento con la capacidad de darme cuenta de que estoy enamorado de todo lo que mencioné anteriormente.

Y vos, ¿de qué estás enamorado?”, le pregunté.

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El juglar y los niños

El juglar y los niños

por Andrés Torres Scott  (México)

 

 

—Tienes que llevarte a todos, Ludwig —dijo el alcalde y puso su mano sobre el hombro del joven—. Repasemos lo que harás.

—Es fácil —dijo el juglar—. El domingo, día de San Pedro y San Pablo, vengo a la hora de la misa. Recorro el pueblo tocando el laúd, canto, hago varias rondas y llamo a los niños. Cuando pasen de treinta les diré que comerán pan y tubérculos. Mis hermanas van a ir casa por casa a revisar que todos los niños hayan venido.

—Son ciento treinta y tres y debes llevarte cuando menos cien. NO hables de tubérculos, diles que habrá nabos. Les gusta la sopa de nabo… les gustaba.

—Nabos. Como usted diga, alcalde.

—¿Y la tranca? No olvides poner la tranca en la puerta de la iglesia, que te ayuden tus hermanas.

—Primero ponemos la tranca… pero ¿cómo van a salir ustedes?

—Eso ya será problema nuestro.

—Y, ¿mi dinero?

—Dejaré el oro ahí, en la entrada de la iglesia. La bolsa de cuero estará atrás de la columna izquierda. Yo seré el último el entrar a la iglesia, todo el pueblo estará adentro. Nadie te verá, salvo los niños. Y cuidado te lleves solo a la bolsa y no a los niños.

—Alcalde…

—Sí —dijo el alcalde y se rascó el mentón.

—Hay algo que no me gusta… No sé. Esto no es algo bueno. Tendremos que cruzar el bosque hacia el este y…

—Escúchame bien, Ludwig —dijo el alcalde y cogió a Ludwig por el cuello de la camisa—, nos estamos muriendo de hambre. Hace tres meses que no hay cosechas. De los nabos ya no nos acordamos, ¡zanahorias no hemos visto esta temporada! Usamos el mismo cuero de puerco amarrado con un hilo para hervir agua y hacer sopa desde hace más de un año —dijo el alcalde y soltó a Ludwig.

—Y, ¿no habrá otra forma?

—Mi hijo menor murió el lunes en mis brazos, pesaba tres kilos a los seis años. Mi mujer está loca de dolor, mis otros dos hijos tienen los ojos saltones, huelen mal y parece que los huesos van a reventar su piel.

—Pero, todavía hay algo de trigo.

—Ese trigo solo alimentaría a setenta personas por tres meses. Aquí somos sesenta adultos, con los niños, somos casi doscientos.

—Y, ¿si todos comen menos?

—Pedí hace un mes que los adultos comieran menos, ¿sabes qué hacen los adultos? ¿Lo sabes? Le dan sus raciones a sus hijos. No los culpo, pero los padres ya no tienen fuerzas para labrar. Solo nos quedamos sin reservas de avena y sin cosecha de trigo.

—Pero tiene oro.

—El oro no se come y no hay a quién comprar trigo. No tenemos caballos para traer provisiones, tuvimos que matarlos hace cuatro meses para comerlos y ahorrar alfalfa. En Baja Sajonia nadie vende su trigo.

—Mire, aquí los niños morirán con sus padres. Si me los llevo morirán en el camino. Nos atacaran bestias, demonios, lobos y monstruos del bosque. Algunos niños serán robados por brujas o hadas. Si tomo por la colina del este, cómo usted quiere, tendré que cruzar el bosque y temo hasta por mi vida y la de mis hermanas. No podré cuidar a los chicos. No puedo aceptar. No con su oro.

—Ludwig, ven el 26 de julio con tu laúd y llévate a los niños. No has visto la situación con claridad, algo nubla tu comprensión —dijo el alcalde—. Es irrelevante que los niños mueran con sus padres, eso ya sucede. Los más pequeños morirán primero, pero eso no es lo peor. —El alcalde miró a Ludwig a los ojos con humildad—. Los adultos prefieren alimentar a sus hijos antes que comer. Los adultos morirán primero y después morirán los niños. Imagina a los niños, solos, desesperados, viviendo entre los cadáveres de sus padres. Hazme un favor a mí y a Dios para evitar esta pena —dijo el alcalde y tomó los dedos de la mano derecha de Ludwig entre sus dos manos.

Hubo un silencio en el que Ludwig examinó los ojos del viejo alcalde.

—Así lo haré, señor.

—¿Eso es una flauta? —dijo el alcalde y señaló el instrumento dentro del bolsillo del chaleco de Ludwig.

—Sí, me gusta tocarla.

—Tráela. A los niños de Hamlin les gusta más la flauta que el laúd.

 

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La Habitación

La Habitación

Cuento de Facundo Quiroga (Argentina)

Lucio descendió la escalera de aquel edificio desconocido. No sabía hacia dónde iba, pero algo le decía que debía continuar, la respuesta estaría allí. A medida que descendía, la oscuridad cubría todos los rincones del lugar.

Pasaron unos segundos y llegó al último peldaño. Se detuvo, con el pie en el aire, cuando un escalofrío vibró por su cuerpo. No conocía el lugar, ¿sería correcto seguir?

Sigue, Lucio. Sigue -una voz aterciopelada susurró en su oído. Giró rápidamente y no distinguió a nadie.

Al dejar la escalera detrás de él, sus manos comenzaron a temblar. No comprendía a qué le tenía tanto miedo, quizás era a la soledad, tal vez a aquel lugar desconocido o a lo que se avecinaba.

De pronto, a unos cinco metros, una puerta se abrió lentamente, dejando pasar una tenue luz blanca. Continuó la marcha y, al llegar al umbral de la puerta, se asomó temerosamente.

-¿Hola? ¿Hay alguien aquí?

El silencio reinaba. Lucio decidió entrar, despacio. Al dejar detrás la puerta, notó que en el centro de la habitación una silla de madera, con el respaldo quebrado, se hallaba debajo de una delgada soga que caía del techo. Caminó en aquella dirección y vio que no era una simple soga, sino una horca. Se llevó una mano al pecho y dio unos pasos hasta atrás, donde trastabilló con unas cajas sueltas y cayó al suelo.

Sigue, Lucio. Sigue -repitió la voz, cerca de él.

-¡¿Quién eres?!-gritó desesperado, sacándose el cabello de la frente.- ¡Esto no me causa gracia!

De repente, se escuchó el chirrido de un armario por encima de la columna de cajas y unas bolas de billar cayeron hasta sus pies. Arrastrándose, no apartaba la vista de la silla. Ésta, de improviso, comenzó a mecerse.

-¡Esto no me está causando gracia! ¡Déjame en paz!

Una risa de niña retumbó en la habitación y el hombre, de un salto, se levantó. El sonido siguió repitiéndose varias veces. Lucio observó la entrada del lugar que estaba a unos cincuenta metros. Al volver la vista, había una mujer en la horca. La soga, que pendía de unos pocos hilos, se cortó y el cuerpo se desplomó sobre la silla. El muchacho dio un grito ahogado, mas esperó. El escaso cabello grasoso caía sobre el lado izquierdo de su rostro, por lo que no lograba verla bien. De pronto, la dama giró su cabeza y sus profundas cavidades oculares absorbieron el grito de Lucio. La risa provenía de la boca cosida con hilos dorados de aquella señora. Hundió sus dedos sin uñas en el borde de la silla hasta quebrarlos. Nuevamente rió, se levantó y arrojó el mueble contra las cajas.

-¡Tranquila, juro que no te haré nada!-las lágrimas caían por el rostro del hombre, perdiéndose en su densa barba castaña.- ¡Dime qué necesitas!

La mujer apoyó los dedos en sus labios y los separó poco a poco. La sangre brotaba de forma abrupta, manchando su viejo vestido de novia. Al cortar el último hilo de su boca, escupió sus dientes y se conectó con los ojos de Lucio.

-¡Dímelo, no te haré nada! ¡Lo juro!

Girando su cabeza, la dama emitió un agudo grito y corrió hacia él.  El hombre escapó y cerró la puerta.

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Despertó sobresaltado en su dormitorio, sudado.

-Fue sólo un sueño… ¡y qué sueño!-intentó controlar su respiración.

Miró la hora y eran las diez de la mañana. Saltó de la cama y fue a ducharse, tenía una reunión de trabajo a las once y el despertador no había sonado.

Al llegar a la puerta de la oficina, chocó con Ofelia, quien llegaba tarde.

-Veo que tú también te quedaste dormido, Lucio -comentó mientras giraba el picaporte.-Tienes crema de afeitar en tu nariz, quítatela antes de entrar.

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Al anochecer, llegó a su casa, cenó y se acostó en su sofá, agotado. Prendió el televisor, sin embargo, el sueño se apoderó de él… y regresó al edificio desconocido.

-Es sólo un sueño. Puedes estar tranquilo. Solamente debes caminar -se repetía varias veces mientras avanzaba hacia la puerta.

Al estirar el brazo para entrar, una mano lo detuvo. Soltándose, dio unos pasos al costado y observó a la mujer que lo miraba detenidamente.

Ten cuidado. Los sueños no son simplemente sueños. Están llenos de historias y de vida. No creas que lo que te espera del otro lado proviene de tu imaginación. Lo único que te diré, es que debes escapar de la habitación y, una vez que lo hagas, serás libre. Tu vida depende de ello.

-Pero la señora… está ahí…

La joven llevó su dedo índice a los labios de él y lo calló. Al pestañear, ya no estaba. Observó de reojo el picaporte. El miedo lo había atrapado de nuevo.

Abrió la puerta. El lugar se encontraba idéntico a la vez anterior. Dio unos cortos pasos y se detuvo al escuchar una voz cantando su nombre. Observó su entorno y, al no encontrarla, continuó.

-¡Lucio!-reía la mujer escondida.-No temas, corazón. No te haré nada. ¡Ven conmigo!

El hombre estaba a unos pocos metros de la silla. De pronto, una caja rodó desde lo alto y se detuvo frente a él. La miró detenidamente, se agachó y decidió abrirla. Al hacerlo, notó un pequeño trozo de papel en el fondo, con algo escrito. Al llevarlo a sus ojos, leyó la única palabra hecha con letra de niño: “Corre”. Sintió algo frente a él y levantó la vista. Dio un grito ahogado al dar con las cavidades oculares de la mujer que estaba a cinco centímetros de su rostro.

-¡Fin del juego!-gritó agudamente y se abalanzó sobre él.

Lucio tomó la caja y la partió en su rostro. La señora cayó al suelo, pero en pocos segundos, estaba erguida. El muchacho corrió hacia la entrada, mas ella lo detuvo del pie, haciendo que diera contra el piso.

-¡¿Qué es lo que quieres?!

-Tu vida -contestó en tono seco. Clavó sus dedos quebrados en el brazo de su contrincante. La sangre comenzó a brotar hasta que Lucio la lanzó hacia un lado y, finalmente, escapó.

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Despertó. Un profundo dolor provenía del brazo. Al levantarse la manga, notó cuatro moretones en fila.

-No puede ser… esto no es del sueño. Debo habérmelo hecho con algo.

Miró la hora. Eran las ocho de la mañana. Llegaría tarde de nuevo si no se apuraba.

Al salir de su casa, pasó frente de la de Ofelia, quien también estaba saliendo de forma apresurada.

-¡Lucio! Otra vez los dos sin cumplir el horario, ¡me sorprende!

-Ofelia, no sé qué me ocurre que no escucho el despertador. Mis sueños me están atrapando… no me dejan salir.

-Me ocurre lo mismo. Además, estoy teniendo sueños horribles de los que no puedo despertarme -comentó mientras caminaban. Luego, hizo una pausa y siguió.-Creerás que estoy loca, pero hoy me levanté con unas manchas en mi brazo, luego de soñar que pasaban en mi pesadilla.

-¿De verdad? ¿Cómo fue en él?

-No sé si debería comentártelo. Es aterrador, hace dos días que me encuentro en el mismo lugar donde una desquiciada me persigue y…

-Ella tiene los dedos quebrados y los hunde en ti, ¿no?-finalizó Lucio.

-¡Oh por Dios! ¿Cómo lo sabes?-Ofelia detuvo su marcha y se tapó su boca con ambas manos.

-Porque -el hombre se arremangó y mostró sus moretones.-…yo también sueño con lo mismo. Desde ayer, por eso llegué tarde a la reunión. No entiendo qué es lo que pasa, cuál es el fin de él.

-Yo tampoco lo sé, pero un hombre que se me apareció antes de entrar a la habitación, me dijo que debía cruzarla completamente y escapar para dejar de tener esa pesadilla. Tengo miedo.

Llegaron al edificio y finalizaron la conversación, la cual acordaron en continuar en otro momento.

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Sigue, Lucio. Sigue -susurró la voz, otra vez.

Esta vez, la habitación anterior estaba iluminada por una vela encima de una mesa ratona, en el centro del lugar, que en unos segundos se apagaría. El hombre siguió caminando y, al abrir la puerta, entró una leve brisa que oscureció el sitio. A unos pasos de él, contemplando la sala, había una mujer con pronunciados rulos que caían hasta la mitad de su espalda.

-¿Ofelia?-preguntó el hombre, tomándola del hombro.

Ella dio un grito y saltó hacia un costado. Al observar a su compañero de trabajo, se abalanzó sobre él para abrazarlo. Las lágrimas caían atropelladamente por su rostro, mojando la remera de Lucio.

-Esto es increíble, ¡es el mismo sueño!

-Sí, pero debemos escapar rápido… no hay tiempo.

La risa de niña empezó a escucharse por varios lugares. La puerta detrás de ellos fue cerrándose despacio, mientras que era bloqueada por la señora del vestido desgastado.

-¡Bienvenidos nuevamente! ¡Bienvenidos a su muerte!-exclamó abriendo sus brazos y profiriendo las palabras hacia lo alto. Luego, el silencio inundó el lugar y, de forma apagada, musitó:-corran.

Sin pensarlo dos veces, escaparon de la mujer mientras ella iba bloqueando la entrada con las cajas. De pronto, al llegar a la silla, el cuerpo apareció colgado de la horca y, reiteradamente, se cortó la soga y éste se precipitó en la silla, la cual se quebró y la mujer cayó al suelo. Lucio y Ofelia se abrieron por distintos lados.

-¡Mira Ofelia, la salida!-exclamó al ver una pequeña puerta a varios metros de distancia. Sin embargo, se detuvo al escuchar un grito de su amiga. Al girar, ella peleaba en el suelo con la mujer poseída.

Lucio regresó y pateó a la enloquecida, quien rodó unas cuantas veces hasta que dirigió su rostro hacia ellos. Ofelia se puso de pie, tomó la mano de su compañero y comenzaron a correr. La señora chilló hasta hacerles sangrar los oídos y fue en su búsqueda.

Les faltaban unos treinta metros cuando, al voltearse, notaron que los perseguía con un cuchillo en alto. Al avanzar un poco más, varias cajas se desmoronaron, haciéndolos tropezar. Finalmente, Ofelia logró tomarse del picaporte y lo destrabó. Cuando Lucio se levantó, la poseída lo tomó del pie y lo jaló hacia atrás. El hombre giró y la golpeó en el rostro. Levantándose de forma rápida, siguió corriendo hacia la puerta, donde Ofelia lo esperaba con la mano tendida y, cuando él la fue a tomarla, la señora del vestido desgastado clavó el puñal en la espalda del hombre.

-Cierra la… puerta -suspiró mientras las palabras se perdían en el aire.

Ofelia obedeció y, lo último que vio, fue cómo su amigo era arrastrado hacia la silla. Decidió no trabar el picaporte por si Lucio lograba salir. Al darse vuelta, se encontró en una calle adoquinada desolada, iluminada por faroles que emitían una tenue luz. Ofelia se sentó en el borde, a esperar por su compañero.

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De pronto, despertó agitada. Estaba en su casa, acostada en el piso alfombrado de su pasillo.

-Lucio.

Tomó un abrigo y subió por la calle que dirigía a la casa de él. Llamó a la puerta, mas nadie le atendió. Cruzó la verja que llevaba al jardín y entró por la ventana de la cocina, que estaba un poco abierta. Subió al dormitorio y lo encontró durmiendo de lado hacia la ventana.

-Lucio, soy Ofelia. Despierta -murmuró mientras se acercaba. Al no responder, la mujer lo tomó por el brazo y lo giró. Dio un grito aterrador al notar que su cuello estaba cortado por la marca de una soga y que sus ojos habían desaparecido, dejando ver más allá de sus cavidades oculares.

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LA EMBOSCADA

LA EMBOSCADA

Cuento de Facundo Quiroga (Argentina)

Este cuento obtuvo el 1° puesto en la Categoría A del “XX Concurso Literario Letras Jóvenes 2016” de Godoy Cruz – Mendoza –

¡Felicidades Facundo! ¡Gracias por compartir tus trabajos con LetrA – Z!

            Me hallaba escondido detrás de un boj, algo pelado, mas al ser chiquito, no me notaría. Mi respiración entrecortada me podría delatar, por lo cual tenía miedo, ya que mis piernas estaban exhaustas de tanto correr. Escuchaba cómo mis amigos eran agarrados por el otro bando y eso me generaba un escalofrío. Eso quería decir que podría ser el último y que todo dependía de mí.

El cielo anaranjado comenzaba a apagarse. Tomé aire, me asomé cautelosamente entre las ramas y, al no ver a nadie, salí de mi escondite y me arrastré por la vereda. Al llegar a la acequia, escuché que alguien gritaba que yo era el último para que los “policías” pudieran ganar el juego y, de esa forma, cambiar los roles. Todos los participantes odiábamos ser policías, te cansabas muy rápido. En fin, me escondí debajo del puente, inmerso en la negrura del ambiente. De pronto, oí unos pasos cerca de mí, por lo que respiré hondo y me tapé la nariz, para no emitir sonido alguno. Escuchaba el crujir de las hojas sobre mi cabeza. No podía moverme, cualquier ruido me delataría, por lo que terminaríamos perdiendo el juego y todos se enfadarían conmigo.

Pasaron los minutos más eternos de mi vida, hasta que vi que el policía seguía caminando hacia el otro lado. De repente, un farol de la calle se prendió e iluminó diagonalmente hacia donde yo estaba. “Cristian, ¿no has visto a Facundo? No lo encontramos por ningún lado”, gritó alguien, cerca. Mi enemigo se dio vuelta en dirección hacia donde me encontraba, pero no me vio. Mis manos temblaban y la desesperación recorría mi cuerpo. Parecía que el tiempo se había congelado, intentaba pensar en el escape, pero mi mente no podía trabajar. “Creo que ya lo encontré”, comentó Cristian y corrió calle abajo. Luego, vi pasar a Manuel dando largas zancadas y aproveché para salir.

La “cárcel” se encontraba en la entrada del barrio y yo estaba al final, por lo que debía apurarme para llegar sin que los otros dos, que eran los más rápidos, pudieran agarrarme. Si mal no recuerdo fue el día en que más rápido corrí, ayudándome con los brazos e inclinándome hacia delante. Me dolía la panza de respirar mal, pero no importaba, no debía defraudar a mi equipo. Al estar a media cuadra de la prisión, todos comenzaron a gritar mi nombre desesperados para que los salvara. Esto me delató y los otros se abalanzaron sobre mí. No debía echarme atrás, tenía que aplicar mis técnicas de movimiento de mareo y lograríamos la victoria. Primero me atacaron dos, los esquivé saltando la acequia varias veces, metiéndome entre los autos y agachándome. Ya había pasado una barrera, pero ahora venían tres hacia mí, dejando solamente a un guardia. Si ganaba esta batalla, el resto sería pan comido. Tomé coraje y me enfrenté a ellos. Pude pasar a uno, no obstante cuando iba a pasar al segundo, resbalé con una piedra y caí de costado al suelo, raspándome todo el brazo. A los pocos segundos, me vi rodeado de cinco policías, mientras que a lo lejos aparecían Manuel y Cristian. Intenté levantarme, mi brazo ensangrentado no respondía, por lo que me entregué a los opositores. Cuando me levantaron, vi que detrás de unos troncos junto a la cárcel, Valentina, la más pequeña del equipo, con apenas un metro quince de altura, salía de su escondite y liberaba al grupo. Se escucharon gritos de algarabía mientras que escapaban en distintas direcciones y sonreí. Nuevamente volveríamos a ser “ladrones” hasta la madrugada.

 

Aquel verano pasaba de forma rápida, pero no había momento en que no jugáramos a “La Emboscada”.

Hubo un día en que Julia y Emilia decidieron no participar porque se juntaban con unos chicos a tomar un helado. Resultó raro ya que siempre eran importantes en el equipo. Al día siguiente, tampoco quisieron y se sentaron en la plaza con sus celulares mientras se sacaban fotos. Así fueron las próximas semanas y, poco a poco, el resto del grupo empezó a hacer lo mismo.

El último día de verano, me levanté temprano para aprovecharlo al máximo. Siempre nos juntábamos a las diez de la mañana en la calle principal para elegir quién sería policía cantando “Sandía sandía, tú se-rás un gran po-li-cí-a” y quién asumía el rol de ladrón con “Melón melón, tú se-rás un gran la-drón”. Creí haber llegado primero aunque al pasar los minutos, iniciaron mis sospechas de que nadie vendría. A la hora y media, vi pasar a los chicos y los invité a jugar, pero me dijeron que no, porque era un juego para niños y que debíamos madurar porque empezábamos octavo. Triste, caminé hacia mi casa y, al llegar a mi habitación, me tiré en la cama a convencerme de que ya no habría más… “La Emboscada”.

Y allí fue cuando me di cuenta que durante toda mi niñez no había estado corriendo de mis amigos, los policías, sino que escapaba de lo que vendría, la adolescencia, para ponerle fin a una etapa basada en risas, juegos, libertad y la más pura inocencia.

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El mundo ha cambiado

El mundo ha cambiado

por Andrés Torres Scott (México)

Esta mañana de octubre mientras iba en el Metro leí una noticia que me pareció… ¿cómo decirlo? Extraña. No, esa no es la palabra adecuada, pero vaya, me llamó la atención. Una columnista contó que hace diez años sus padres entraron a su habitación y la bombardearon con preguntas acerca del profesor Eduardo Lester, quien en ese entonces tenía 25 años. Ella no quiso decir nada al principio, pero la presión fue tal que tuvo que confesarlo: eran novios desde que iniciaron las clases en septiembre. Él enseñaba literatura y leía en voz alta algunos pasajes de textos clásicos por unos cinco o diez minutos al iniciar la sesión. Por eso se hicieron novios y cogieron, o como dice ella en su artículo, tuvieron relaciones sexuales varias veces cuando ella tenía 14 años. Ella, joven imberbe, nunca había escuchado que alguien hablara como él en las otras clases ni en su vida. Sí, claro, en secundaria nadie se enamora del maestro de Matemáticas porque recita las ecuaciones cuadráticas en voz alta ni de la miss de Biología que habla de los órganos reproductores sin la menor discreción y le dice pene al pito y vagina a la panocha. Tampoco de la socióloga que impartía Historia Socioeconómica de México, quien al leer un pedazo de la Sucesión Presidencial generó varios dormidos en el salón. Y menos aún de la maestra de Física II, una viejita con lentes de fondo de botella de Coca-Cola y con un peinado de 20 centímetros de altura.

Ni hablar, aún así me extrañó que la chica, la columnista, aceptara que desde los 12 años ya tenía relaciones sexuales con novios de la escuela, menores de edad. Lo que no eximía al depredador —así lo llamó ella—, Eduardo Lester, de su conducta para con ella. Al profesor lo vetaron para dar clases en secundaria en el estado, lo corrieron de la escuela y lo metieron al bote por tres meses. Finalmente, la periodista afirma en su columna que hoy, diez años después, puede ya dormir tranquila y ha superado el abuso sexual que sufrió.

Iba a sonreír cuando terminé de leer, pero no lo hice. Un año antes de conocer a la columnista del diario, Eduardo Lester fue mi maestro de literatura y me enamoré de él. Para diciembre mis padres se divorciaron y me mudé con mamá a otra ciudad en otro estado, a mí jamás se me ocurriría decir que lo que me enseñó el profesor de literatura fue abuso sexual.

¿Cuándo cambió el mundo?

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L’amour

lamourcuento de Facundo Quiroga (Argentina)

Sus labios carnosos, carcomidos, se separaron débilmente para emitir las últimas palabras que la joven quería dar a conocer.

-Nunca te amé como debería haberlo hecho. Tú hiciste todo por mí, sin embargo…-se detuvo debido a la falta de aire y, en un leve suspiro, finalizó la frase.-Te engañé, te engañé todo el tiempo… con tu mejor amigo.

La muchacha cerró sus ojos para siempre mientras las palabras se perdían en el aire y la realidad caía sobre su novio, víctima de la traición. No comprendía si lo que ocurría era de verdad o una pesadilla, quería despertar rápidamente si lo era. Cerró los ojos y, al cabo de unos segundos, percibió el sonido de unas pisadas que se acercaban a la habitación. Giró lentamente sobre el borde de la cama y esperó a ver quién llegaba.

-¡¿Qué ocurrió, Pablo?!-preguntó el visitante sobresaltado.- ¡La asesinaste!

-¡¿Por qué debería haberlo hecho?! ¿Acaso será por lo que me acabo de enterar? ¡Me traicionaron! ¡Eras mi mejor amigo!

El amante de la joven se acercó al cuerpo apartando al hombre bruscamente quien tambaleó con el borde de la cama y, al perder el equilibrio, cayó al suelo.

-¡Mi amor, despierta!-exclamaba desesperadamente mientras le acariciaba el cabello.-Sé que puedes escucharme.-besó su mejilla y luego buscó sus manos debajo de las sábanas mas, al sentir un charco de sangre sobre su estómago, dio un salto hacia atrás y examinó entre la oscuridad para encontrar a quien antes era su mejor amigo.- ¡¿Qué has hecho, infeliz?!

Una brisa de aire caliente entró por el balcón levantando las cortinas de seda que descansaban a cada lado del marco de la puerta. Los sonidos de la ciudad que provenían del exterior eran una perfecta distracción y un buen camuflaje para cualquier ruido extraño que reflejara lo que en verdad ocurría en aquel cuarto del departamento de estilo parisino.

La víctima del juego del amor se acercó al umbral de la puerta y dejó que la luna lo bañara con su intensa luminosidad. Luego, abrió el cajón de la mesa de luz que se encontraba a su lado y buscó entre los papeles un arma, la cual extrajo lentamente para sorprender a su adversario.

-Dime Franco, ¿qué has hecho con Camille? ¿Acaso ella sabía que no sólo traicionabas a tu mejor amigo, sino que también la traicionabas a ella? Cambió su vida, dejó Paris para venir a vivir a Buenos Aires contigo, ¿así es como le pagas? Aprovechas que se fue a visitar a su familia a Francia para llevar esto a cabo… cuando regrese, ¿le mentirás con alguna historia? -al ver que el hombre no contestaba, alzó el arma a la altura de su rostro y tomó un gran suspiro.- ¡Habla o ya mismo te asesinaré!

-Primero dímelo tú, ¿por qué asesinaste a Isabela si acabas de decir que recién te enteras de lo nuestro? No tenías derecho…

-Yo no la asesiné, entré al cuarto y ya estaba agonizando.-el arma le temblaba entre las manos mientras las lágrimas caían por su rostro, perdiéndose entre su abundante barba.-Ella debe haberlo hecho por voluntad propia, ¡sabía que lo que hacía no era un acto de persona de buen obrar! Si hubieses vivido todo lo que yo viví con ella, comprenderías esta situación.

El hombre sin arma largó una carcajada para hacer enfurecer a su contrincante. Se acercó lentamente a Pablo mientras hablaba.

-¿Tú crees que yo estuve menos tiempo con ella que tú? Pues, estás completamente equivocado. Me prefería a mí.-proclamó resaltando las últimas palabras.

De pronto, se escuchó el sonido de una bala que se escapaba de un arma. El amante de la joven cerró los ojos y esperó a que ésta impactara sobre él. Sin embargo, los segundos pasaron y no sintió nada. Al abrirlos, vio que el otro joven retrocedía lentamente con la mano ensangrentada sobre su pecho y llegaba al borde del balcón.

-¡¿Qué hiciste, Franco?! Además de engañarme, ¿pretendes asesinarme?-el muchacho trastabilló con su último paso y todo su cuerpo sobrepasó la baranda del balcón. Franco saltó a sujetarlo por las piernas pero era demasiado tarde. El cuerpo finalmente cayó sobre un auto, activando su alarma y haciendo que los vecinos de la zona salieran a ver qué ocurría.

El amante observaba perplejo la situación, no comprendía qué había ocurrido. Vio desde lo alto cómo el hormiguero de gente se acercaba a la escena del crimen, por lo que dio media vuelta y se detuvo a pensar qué sería lo siguiente que haría. Debía escapar.

De repente, un tocadiscos se activó y comenzó a emitir una canción, la cual identificó al instante.

-“L’amour”.-suspiró, mientras tarareaba la primera estrofa y buscaba a la persona que había activado la música.

“El amor no es para mí, todos esos “por siempre” no son reales, son sólo un juego”. Tú te encargaste de transferir la letra a la realidad. Nunca supiste cuán lejos podría llegar. Vi cómo le temblaban las manos y sabía que pronto iba a apretar el gatillo, no quería acabar con la vida de un inocente pero no tenía opción… no obstante, con quien sí terminaré, es contigo.

Franco quiso responder pero la bala ya había atravesado su pecho y, acto seguido, su cuerpo caía sin vida desde las alturas, impactando sobre el otro cadáver. El último personaje del hecho giró sobre sus altos tacos rojos y salió de la habitación, con un caminar victorioso y el disco de vinilo aun reproduciendo la canción final de una historia de traición y venganza.

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El origen de uno

 El origen de uno

por Andrés Torres Scott (México)

@EsAndresMx  

aatorrescott

Para que yo estuviera aquí dos tuvieron que conocerse. Antes de esos dos, debió haber cuatro, mis abuelos. Antes de esos cuatro tuvo que haber dieciséis y antes de esos dieciséis hubo 32, mis tatarabuelos. Antes de mis tatarabuelos, hubo 64 y antes de ellos, debieron existir 128 y así sucesivamente: 256, 512, 1,024, 2,048, 4,096, 8,192, 16,384, 32,768, 65,536, 131,072… Todos en múltiplos de 4, como si fueran bytes.

Así, 1,048,576 personas se conocieron hace más de cien generaciones o dos mil quinientos años. Todos debieron de tener sexo, que no amarse, para que solo yo estuviera aquí.

Mientras más vayamos al pasado esta cifra aumenta hasta hacerse infinita. Cada vez serán, o mejor dicho, fueron más los involucrados para que tu y yo estemos aquí.

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La Orquídea

 

La Orquídea

cuento de Facundo Quiroga (Argentina)

orquidea

 

Podría decirse que era un botánico nervioso, atento a todo lo que lo rodeaba. Analizaba cada centímetro de las hojas, de los tallos, de los pétalos de las flores e incluso, cada vez que debía extraer una planta de la tierra, lo hacía con tal cuidado que no dañaba ni un pelo de su raíz.

Hacía unos años que vivía solo en una cabaña a unos kilómetros del Parque Nacional de Secuoyas, en California, haciendo investigaciones y disfrutando de los distintos paisajes que los cambios de temporada ofrecían.

Fue entonces, un día de primavera, donde los primeros azareros, paraísos, fresnos y demás árboles y arbustos comenzaron a florecer. Salió a caminar, como lo hacía diariamente, al bosque de aquellos gigantes que se alzaban en multitud. Siempre llevaba consigo la cámara fotográfica y su cuaderno de apuntes para el doctorado, que trataba sobre las orquídeas, las plantas más evolucionadas del planeta.

Caupolicán se adentró entre las sequoias y fue observando de forma minuciosa cada rama de ellas que empezaban a aparecer a unos diez metros de altura y algo menos distanciadas en los ejemplares más jóvenes.

Llegó hasta el centro de la reserva, donde se hallaba una laguna cristalina que permitía ver en el fondo distintas rocas cubiertas por algas. Siempre se sentaba cerca de un árbol inclinado que cruzaba diagonalmente el agua, acariciándola con las puntas de sus ramas. Le gustaba ver el reflejo de la sequoia y lo admiraba el hecho de que soportara todo su peso.

Sacó su cuaderno y lo miró rápidamente. Estaba casi completo, le faltaba describir dos especies más de orquídeas, no comunes, y podría presentar su proyecto a finales de mayo. Regresó la libreta al bolso y extrajo la cámara. Capturó varias imágenes del árbol caído, ya que en una sola no cabría por completo, hasta que de pronto la vio a través del aparato… Al final de la sequoia, en su copa, entre unas finas y pequeñas ramas que se estaban desarrollando, se encontraba su nuevo descubrimiento. Tenía tres brillantes pétalos rojos con forma de corazón y uno atrofiado. Dos estambres blancos, con sus anteras doradas, caían como una cascada varios centímetros hasta el ras del agua. Sus hojas coriáceas, blancas con lunares rojos, similares a la forma de una copa, cubrían los sépalos verdes que apenas se distinguían.

-¡Es verdaderamente hermosa, nunca antes vista! ¡Al fin una planta podrá llevar mi nombre!-gritó con algarabía.

Guardó la cámara y corrió a la base de la sequoia. Le costó subirse debido a que tenía unos cinco metros de diámetro, pero una vez arriba, estaba listo para llegar a ella. Los primeros pasos los hizo rápido y sin miedo, hasta que, poco a poco, el tronco se hacía más estrecho. Echó un vistazo detrás de él, ya había avanzado un cuarto del trayecto. Las manos le temblaban del miedo porque nunca había sido un buen equilibrista y tampoco había aprendido a nadar. Respiró hondo y continuó su camino.

A los pocos minutos, ya estaba en el final del recorrido. Se arrodilló para dejar de tambalear y se sujetó fuertemente de las ramas a sus costados. Cerró los ojos unos segundos, para imaginar su nombre publicado en el Código Internacional de la Nomenclatura Botánica y que eso lo alentara a seguir. Al despegar los párpados, centró su vista en aquella flor extravagante y encaró a rescatarla.

Cada vez se hallaba más cerca, por lo que, de modo lento, se puso de pie sobre las ramitas y pisó suavemente cada una de ellas. Al estar a medio metro, se tomó con su mano izquierda de una parte del árbol mientras que estiraba su mano libre hacia la planta. Debía extraerla sin tanto cuidado como hacía con las demás, por la forma incómoda en la que se encontraba.

Sus dedos acariciaron los sedosos pétalos rojos. Luego, con la mano alcanzó la base del pecíolo, mas necesitaba el tallo incluido. De pronto, la rama que lo soportaba crujió y se partió a la mitad, hundiéndose en el agua. Al perder el soporte, arrancó la orquídea y quedó colgado de forma vertical, sólo de una mano. La desesperación lo invadió, observaba cómo el agua acechaba para devorárselo en un abrir y cerrar de ojos. Sintió el peso de la cámara sobre el bolso que colgaba sobre su hombro derecho y en el momento menos esperado, éste cayó a la laguna, llevándose consigo toda la información necesaria para su proyecto final. Dio un grito ahogado, pero no tenía tiempo de lamentarse. El sudor le estaba jugando en contra y pronto acabaría como su morral. Se balanceó con ayuda de sus piernas para llegar a la rama más cercana que se encontraba a un lado de él. Después de tomar valor, se soltó y cayó sobre su objetivo, aunque la mitad de su cuerpo quedó cubierto por el agua. Aún con la planta en alto, en su mano, se arrastró sobre su soporte y, a los pocos segundos, estaba recostado, con la vista al cielo, en el tronco del árbol. Alzó la orquídea a la altura de sus ojos y vio detalladamente cada parte de ella y sus colores, que contrastaban con el celeste y blanco del fondo.

Cerró los ojos y comenzó a escuchar el ruido de los flashes, el barullo de la audiencia y las preguntas de los periodistas. Se olvidó de sus apuntes y de su cámara, ya tendría tiempo para recuperar lo perdido, mas ahora la fama se encargaría de cubrir esas penas.

De repente, un movimiento brusco lo devolvió a la realidad y, al abrir los ojos, notó que ya no tenía más la planta en su mano, y que ésta se alejaba atrapada en el pico de un halcón blanco que circundaba la zona y se depositaba en la cima de una sequoia inalcanzable.

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EL MENDIGO

 

EL MENDIGO

por  Andrés Torres Scott

aatorrescott

—Perdón —dije al abrir la puerta del restaurant pues poco faltó para pegarle con el filo de la puerta a un viejo con pinta de vagabundo que estaba a mi lado a mi lado.
—No se preocupe, joven —me respondió con ese aire de orgullo y paciencia con que los de setenta le dicen “joven” a los cuarentones—. Usted no me vio.
—Insisto, disculpe, no lo vi.
—Está bien —dijo el viejo con una sonrisa que dejó ver pocos y amarillos dientes—, está usted disculpado.
—¿Va a pasar? —pregunté dubitativo. El viejo no parecía tener dinero para comprar ni siquiera un café.
—Sí, creo que sí.
Sujeté la puerta para que él pasara primero. Pensé que el viejo iría solo a los servicios. Tenía una barba larga y canosa, despabilada y mal cuidada, con pelillos por aquí y por allá cerca de los ojos, rasgo de quién no cuida en lo más mínimo su apariencia. Él se sentó en la barra y yo a lavar mis manos.
Tomé una mesa y el viejo me dio lástima, ¡pobre diablo!, de seguro lo corren del lugar si no consume. No me gustaría llegar a los setenta sin tener para un café. Me rompió el alma. En ese momento, la mesera puso la carta frente a mí y me sirvió café sin preguntar.
—Desayuno del día: huevos rancheros, incluyen fruta y café —dijo ella.
—Sí —dije sin más.
—¿Qué fruta quiere? —dijo ella—. Hay melón y papaya.
—Melón.
Yo miraba con curiosidad al viejo. Tenía el pelo largo y canoso, su cabello se veía grasoso, alborotado y sin brillo, como si no lo hubiera lavado en semanas, tal vez meses. Vestía una chamarra color verde oscuro, demasiado gruesa, pues el frío no arreciaba, lo que me hizo pensar que esa debía ser la única chamarra que él poseía. Mejor tener una muy gruesa que una delgada, ¡pobre viejo! Llevaba pantalones deportivos color azul oscuro con algunos hoyitos por aquí y por allá, y unos zapatos negros. Pensé que esos zapatos viejos, grandes, sucios y rayados se los habrían regalado o quizá que los recogió de un bote de basura. De seguro era lo único que tenía para calzarse.
—Aquí —dijo la mesera cuando volvió con mi desayuno—, ¿algo más? .
—¿Conoce al señor de la barra? —pregunté en voz baja.
—Nunca lo he visto —dijo ella y se marchó.
Lo decidí. Cuando pidiera mi cuenta pediría también la del viejo. No porque casi lo golpeo cuando abrí la puerta del local, no. La razón es que me cayó bien, me pareció un tipo amable. Además, debe ser pobre, parece un mendigo. Si yo estuviera viejo y así de jodido me gustaría que alguien pagara mi desayuno. No me ofendería. Al contrario, lo agradecería. Pero me marcharé antes y el viejo no tendrá que agradecerme. No.
Terminé el desayuno y fui al sanitario. En la barra el viejo comía un pan dulce y bebía café. Le sonreí y me devolvió la sonrisa. Cuando volví a mi mesa me crucé con la mesera.
—Oiga —dije—, tráigame mi cuenta y la del viejo de la…
—Ya está listo, señor —dijo la mesera.
—¿Qué cosa?
—Su cuenta está pagada. El señor de la barra la cubrió antes de irse.
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El Extraño

 

El Extraño

cuento de Facundo Quiroga – Argentina –

 

 

Stranger

 

Su imagen se reflejaba en aquel espejo de marco dorado. Los candelabros de oro a cada lado, iluminaban aquella noche estrellada, donde el silencio reinaba. Una fina brisa, de esas típicas noches de verano, llegaba repetitivamente al dormitorio desde la ventana, haciéndose paso entre las cortinas de seda, visitando cada rincón del lugar y marchándose nuevamente.

La joven cepillaba su cabello brillante por encima de su hombro y lo dejaba desenvolverse hasta la altura de su pecho. Su mirada verde esmeralda penetraba en la profundidad del espejo, más allá de donde cualquier persona podía ver. Sus blancas piernas tenían un aspecto tan suave que cualquier hombre caería en la tentación de querer acariciarlas.

Al finalizar su acto de cada día antes de acostarse, se levantó delicadamente de la silla y se envolvió dentro de su bata aterciopelada. Caminó hasta su cama, acariciando apaciblemente la fresca cerámica con las uñas de sus pies y luego dejándolos caer completamente. Al estar en el borde de la cama, dio un leve salto hacia ella y cayó libremente sobre el acolchado de algodón, perfumado con olor a jazmín. Cerró los ojos para relajarse mientras estiraba sus brazos para alcanzar lo inalcanzable.

De pronto, alguien llamó a la puerta de entrada en el piso inferior. El sonido llegó a ella desde la ventana entreabierta. Se levantó extrañada, no esperaba a nadie y mucho menos a las doce de la noche, y se acercó paulatinamente al alfeizar. No había nadie. ¿Acaso había sido su imaginación?

Decidió bajar a ver desde el cerrojo, las cosas extrañas la intrigaban demasiado y no podría descansar con la duda de qué habría sido lo ocurrido. Al echar un vistazo, no vio a nadie y abrió la puerta.

La luna llena iluminaba cada rincón de la calle pero no se avistaba gente por la zona. Cerró la puerta y decidió ir a acostarse, sin darle tanta importancia.

Frente a su casa, detrás de un roble, una silueta encapuchada la observaba. El amor que sentía por aquella mujer impedía que llevara a cabo su misión, llevaba varias noches intentando avanzar mas no lo lograba. Decidió esperar un día más para tomar valor.

 

Al día siguiente, cuando el sol se asomaba detrás del océano, la mujer decidió salir a hacer ejercicio por la costa, como de costumbre. Se sujetó el cabello en una cola de caballo y comenzó a correr por la arena, donde el agua pudiera rodear sus pies cada vez que la alcanzaba.

El hombre encapuchado caminaba con sus pies pálidos y desnudos por la playa, hundiéndolos en la arena mojada. De pronto, alguien lo empujó y cayó en el agua, mientras una ola rompía contra él y lo mojaba completamente.

-¡Disculpa, no lo vi!-exclamó una dulce voz, la cual reconoció perfectamente.

-No hay problema, yo tampoco la oí.-dijo mirando hacia abajo, buscando la manera de no intercambiar miradas.

-Fue mi culpa, insisto. ¡Debería estar prestando más atención! No suelo ser tan atenta a las cosas, debo aprender de ello sino puedo provocar un grave accidente.

-Sí, debes cuidarte. No sabes lo que te puede esperar.-comentó mientras empezaba a caminar hacia otro lado.

-Eres tímido, por lo que veo. Puedes mirarme, no te haré nada.-rió la joven amablemente. Lo tomó por el brazo para detenerlo, pero el hombre lo sacudió y se fue alejando, dando largos pasos. La mujer, extrañada, empezó a caminar en dirección contraria, sin apartar la vista del hombre.

Al pasar unas horas, la mujer regresó a su casa, luego de pasar por el supermercado para hacer las compras. Dentro del auto, juntó las cosas y, al abrir la puerta, ésta chocó contra algo y se escuchó un fuerte golpe. El hombre encapuchado cayó de la bicicleta y rodó sobre el pavimento.

-¡Disculpa, no fue mi intención! No te vi, ¡lo juro! Hoy no es mi día, estoy demasiado distraída.-corrió a socorrerlo, mas el sujeto se levantó rápidamente, tomando la bicicleta y subiéndose a ella.- ¡Oye, espera! ¿Por qué huyes?

El hombre tomó velocidad y, a los pocos segundos, ya era un pequeño punto al final del paisaje.

La noche llegó y la mujer se sentó frente al espejo dorado de su habitación. Aquel día le había resultado extraño. Encontrarse con esa persona dos veces, no haberle podido ver su cara y tampoco entender su reacción, la habían asustado. Cuando abrió el cajón del tocador para sacar el cepillo para el cabello, vio una foto que tenía con su difunto marido. La sacó y comenzó a examinarla. Recordó aquel día, su última foto tomada antes del accidente en el mar. Llevaba un año de su ausencia y aún no lo superaba. Las lágrimas cayeron por su rostro y se escondió detrás de sus manos.

Al pasar unos minutos, decidió acostarse. Al levantarse de la silla se dirigió hacia la ventana para cerrarla. De pronto, dio un respingo al percibir que detrás del árbol, estaba el hombre encapuchado. Buscó disimular que no lo había visto, apagó las luces y fue hacia la puerta de entrada. Al mirar por la cerradura, notó que él cruzaba la calle y se dirigía allí. El corazón de la mujer comenzó a latir aceleradamente y de forma rápida tomó algo para defenderse. De pronto, el reloj marcó las doce y se escuchó que llamaba a la puerta. Velozmente, abrió con un jarro en alto, mas el sujeto la detuvo y lo lanzó contra la pared.

-¡Gritaré si me haces daño! ¡Juro que lo haré y los vecinos escucharán!-exclamó desesperadamente.

El hombre balbuceó y, arrepentido, se dio vuelta para alejarse. La mujer estiró el brazo sobre su capucha y se la quitó. Al notar quién era, dio unos pasos hacia atrás y comenzó a trastabillar.

-Esto es imposible… no puedes ser tú, ¡no puedes ser tú, Lucio!-repitió la mujer, cayendo al suelo.- ¡Esto es un sueño, no puedes ser tú! No… no estás vivo…

-No lo estoy, Desdémona. No estoy vivo, soy la muerte. He venido a buscarte, hace rato debí hacerlo pero no me animé. No puedo dejar de verte vivir plenamente. Mas, debo hacerlo, son órdenes.

El difunto esposo giró su rostro y sus ojos sin vida absorbieron el alma de la mujer.

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