130 – portada

1.
He decidido que durante todo el año
aparcaré mis vicios en el estante.
Seguiré un camino más piadoso y sobrio
y amaré a mis vecinos como a mí mismo,
excepto los dos o tres de siempre
a los que detesto tanto como ellos me odian.


2.
He decidido que jugar a los naipes es malo,
sobre todo con cartas como las que me suelen tocar.
Puede desplumar una cuenta bancaria sana,
así que renuncio a estos placeres terrenales
excepto —y aquí no veo pecado alguno—
cuando otros reclamen ‘mi presencia’.


3.
He decidido que votos como estos, aunque
formulados con ligereza, son difíciles de mantener.
Por tanto los acometeré poco a poco,
no sea que mis recaídas acaben por hundirme.
Un voto al año me sacará del paso
y comenzaré con el Número Dos.


Rudyard Kipling

El buey le dice a la carreta

EL BUEY LE DICE A LA CARRETA

por Oscar Benitez Washington

Cruel verdad es la que nos trae juntos en la vida
trabajo amargo, huraña fuerza y mirada triste
salvaje carga que a fuerza de pezuña entristecida
exhalando penurias en cada paso que resiste.

El pesado yugo, frente atada como lóbrego camino,
el resonar de la rueda, peregrino castigo en cada día
que mi hermano buey y el boyero silba la melodía
entre desaliento y alegrías que va por donde vamos a su destino.

Con todo y carreta siento la pesadumbre fatal
que el ritmo de andar y andar y sufrir
bajo el sol o candor de la luna y compartir
la divina orden del trabajo los tres por igual.

Tan útil por la inspiración primitiva de la rueda
carro fecundo hecho para herir la tierra,
universo de la antigua ciencia es en la tierra
trilogía, boyero, buey, carreta agria rueda.

El boyero me halaga pero también me vuelve sensitivo
cuando me guía con vara larga y punta aguda
contra la ley del sentir y ciñe mi piel desnuda
sufrir es esta forma de vivir y estar vivo.

A paso lerdo, virtud de fuerza bruta y su faetón
primitiva antorcha es el candil carretero,
chispa amarilla de ruda tarea compartida en el timón
no hay carro más sufrido que construye el carpintero.

D.R. Oscar Benítez Washington D.C. 2020

Rubén Darío

RUBÉN DARÍO

Su nombre completo es Félix Rubén García Sarmiento. Su familia paterna era conocida como los Daríos, y por ello adopta apellidarse Darío.

Cursa estudios elementales en León (Nicaragua). De formación humanística, es un lector y escritor precoz. Con 14 años empieza su actividad periodística en varios periódicos nicaragüenses.

A los 15 años viaja a El Salvador y es acogido bajo la protección del presidente de la república Rafael Zaldívar a instancias del poeta guatemalteco Joaquín Méndez Bonet, secretario del presidente. En esta época conoce al poeta salvadoreño Francisco Gavidia, gran conocedor de la poesía francesa, bajo cuyos auspicios intentó por primera vez adaptar el verso alejandrino francés a la métrica castellana, rasgo distintivo tanto de la obra de Rubén Darío como de toda la poesía modernista.

de vuelta en Nicaragua, en 1883, se afinca en Managua donde colabora con diferentes periódicos, y en 1886, con 19 años, decide trasladarse a Chile, en donde pasa tres años trabajando como periodista y colaborando en diarios y revistas como «La Época» y «La Libertad Electoral» (de Santiago) y «El Heraldo»(de Valparaíso). Aquí conoce a Pedro Balmaceda Toro, escritor e hijo del presidente del gobierno de Chile, quien le introduce en los principales círculos literarios, políticos y sociales del país, y le ayuda a publicar su primer libro de poemas «Abrojos» (1887) animándole a presentarse a varios certámenes literarios.

En 1888 publica en Valparaíso el poemario «Azul», considerada como el punto de partida del Modernismo. Esta fama le permite obtener el puesto de corresponsal del diario «La Nación» de Buenos Aires.

En 1892 marcha a Europa, y en Madrid, como miembro de la delegación diplomática de Nicaragua en los actos conmemorativos del Descubrimiento de América, conoce a numerosas personalidades de las letras y la política españolas y en París entra en contacto con los ambientes bohemios de la ciudad.

Entre 1893 y 1896 reside en Buenos Aires, y allí publica dos libros cruciales en su obra: «Los raros» y «Prosas profanas y otros poemas», que supuso la consagración definitiva del Modernismo literario en español.

El periódico argentino «La Nación» le envía como corresponsal a España en 1896, y sus crónicas terminarían recopilándose en un libro, que apareció en 1901, titulado «España Contemporánea. Crónicas y retratos literarios».

En 1903 es nombrado cónsul de Nicaragua en París. En 1905 se desplaza a España como miembro de una comisión nombrada por el gobierno nicaragüense, con el fin de resolver una disputa territorial con Honduras, y ese año publica el tercero de los libros capitales de su obra poética: «Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas»

En 1906 participa, como secretario de la delegación nicaragüense, en la Tercera Conferencia Panamericana que tuvo lugar en Río de Janeiro. Poco después es nombrado ministro residente en Madrid del gobierno nicaragüense de José Santos Zelaya hasta febrero de 1909. Entre 1910 y 1913 pasa por varios países de América Latina y en estos años redacta su autobiografía, que aparece publicada en la revista «Caras y caretas» con el título «La vida de Rubén Darío escrita por él mismo», y la obra «Historia de mis libros», esencial para el conocimiento de su evolución literaria.

En 1914 se instala en Barcelona, donde publica su última obra poética de importancia, «Canto a la Argentina y otros poemas». Al estallar la Primera Guerra Mundial viaja a América y, tras una breve estancia en Guatemala, regresa definitivamente a León (Nicaragua), donde fallece el 7 de enero de 1916

POEMA AÑO NUEVO

A las doce de la noche, por las puertas de la gloria
y al fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre,
sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria,
San Silvestre.

Más hermoso que un rey mago, lleva puesta la tiara,
de que son bellos diamantes sirios, Arturo y Orión;
y el anillo de su diestra hecho cual si fuese para
Salomón.

Sus pies cubren los joyeles de la Osa adamantina,
y su capa raras piedras de una ilustre Visapur;
y colgada sobre el pecho resplandece la divina
Cruz del Sur.

Va el pontífice hacia Oriente; ¿va a encontrar el áureo barco
donde al brillo de la aurora viene en triunfo el rey Enero?
Ya la aljaba de diciembre se fue toda por el arco
del Arquero.

A la orilla del abismo misterioso de lo Eterno
el inmenso Sagitario no se cansa de flechar;
le sustenta el frío Polo, lo corona el blanco Invierno
y le cubre los riñones el vellón azul del mar.

Cada flecha que dispara, cada flecha es una hora;
doce aljabas cada año para él trae el rey Enero;
en la sombra se destaca la figura vencedora
del Arquero.

Alrededor de la figura del gigante se oye el vuelo
misterioso y fugitivo de las almas que se van,
y el ruido con que pasa por la bóveda del cielo
con sus alas membranosas el murciélago Satán.

San Silvestre, bajo el palio de un zodíaco de virtudes,
del celeste Vaticano se detiene en los umbrales
mientras himnos y motetes canta un coro de laúdes
inmortales.

Reza el santo y pontifica y al mirar que viene el barco
donde en triunfo llega enero,
ante Dios bendice al mundo y su brazo abarca el arco
y el Arquero.

De otoño

Yo sé que hay quienes dicen: ¿por qué no canta ahora
con aquella locura armoniosa de antaño?
Ésos no ven la obra profunda de la hora,
la labor del minuto y el prodigio del año.

Yo, pobre árbol, produje, al amor de la brisa,
cuando empecé a crecer, un vago y dulce son.
Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa:
¡dejad al huracán mover mi corazón!

Que el amor no admite cuerdas reflexiones

Señora, el Amor es violento,
y cuando nos transfigura
nos enciende el pensamiento
la locura.

No pidas paz a mis brazos
que a los tuyos tienen presos:
son de guerra mis abrazos
y son de incendio mis besos;
y sería vano intento
el tornar mi mente obscura
si me enciende el pensamiento
la locura.

Clara está la mente mía
de llamas de amor, señora,
como la tienda del día
o el palacio de la aurora.

Y al perfume de tu ungüento
te persigue mi ventura,
y me enciende el pensamiento
la locura.

Mi gozo tu paladar
rico panal conceptúa,
como en el santo Cantar:
Mel et lac sub lingua tua.
La delicia de tu aliento
en tan divino vaso apura,
y me enciende el pensamiento
la locura.

Leda

El cisne en la sombra parece de nieve;
su pico es de ámbar, del alba al trasluz;
el suave crepúsculo que pasa tan breve
las cándidas alas sonrosa de luz.

Y luego, en las ondas del lago azulado,
después que la aurora perdió su arrebol,
las alas tendidas y el cuello enarcado,
el cisne es de plata, bañado de sol.

Tal es, cuando esponja las plumas de seda,
olímpico pájaro herido de amor,
y viola en las linfas sonoras a Leda,
buscando su pico los labios en flor.

Suspira la bella desnuda y vencida,
y en tanto que al aire sus quejas se van,
del fondo verdoso de fronda tupida
chispean turbados los ojos de Pan.

La bailarina de los pies desnudos

Iba, en un paso rítmico y felino
a avances dulces, ágiles o rudos,
con algo de animal y de divino
la bailarina de los pies desnudos.

Su falda era la falda de las rosas,
en sus pechos había dos escudos…
Constelada de casos y de cosas…
La bailarina de los pies desnudos.

Bajaban mil deleites de los senos
hacia la perla hundida del ombligo,
e iniciaban propósitos obscenos
azúcares de fresa y miel de higo.

A un lado de la silla gestatoria
estaban mis bufones y mis mudos…
¡Y era toda Selene y Anactoria
la bailarina de los pies desnudos!

Cuando llegues a amar…

Cuando llegues a amar, si no has amado,
sabrás que en este mundo
es el dolor más grande y más profundo
ser a un tiempo feliz y desgraciado.

Corolario: el amor es un abismo
de luz y sombra, poesía y prosa,
y en donde se hace la más cara cosa
que es reír y llorar a un tiempo mismo.

Lo peor, lo más terrible,
es que vivir sin él es imposible.

Venus

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría. 
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín. 
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía, 
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín. 

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía, 
que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín, 
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría, 
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín. 

«¡Oh, reina rubia! –díjele–, mi alma quiere dejar su crisálida 
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar; 
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida, 

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar». 
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida. 
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

Yo persigo una forma

Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, 
botón de pensamiento que busca ser la rosa; 
se anuncia con un beso que en mis labios se posa 
el abrazo imposible de la Venus de Milo. 

Adornan verdes palmas el blanco peristilo; 
los astros me han predicho la visión de la Diosa; 
y en mi alma reposa la luz como reposa 
el ave de la luna sobre un lago tranquilo. 

Y no hallo sino la palabra que huye, 
la iniciación melódica que de la flauta fluye 
y la barca del sueño que en el espacio boga; 

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente, 
el sollozo continuo del chorro de la fuente 
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

Canto de esperanza

Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
Un soplo milenario trae amagos de peste.
Se asesinan los hombres en el extremo Este.

¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
Se han sabido presagios y prodigios se han visto
y parece inminente el retorno de Cristo.

La tierra está preñada de dolor tan profundo
que el soñador, imperial meditabundo,
sufre con las angustias del corazón del mundo.

Verdugos de ideales afligieron la tierra,
en un pozo de sombra la humanidad se encierra
con los rudos molosos del odio y de la guerra.

¡Oh, Señor Jesucristo! ¡Por qué tardas, qué esperas
para tender tu mano de luz sobre las fieras
y hacer brillar al sol tus divinas banderas!

Surge de pronto y vierte la esencia de la vida
sobre tanta alma loca, triste o empedernida,
que amante de tinieblas tu dulce aurora olvida.

Ven, Señor, para hacer la gloria de Ti mismo;
ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo,
ven a traer amor y paz sobre el abismo.

Y tu caballo blanco, que miró el visionario,
pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón será brasa de tu incensario.

José José

JOSÉ JOSÉ

Por Cony Ureña (México)

Confieso que no fui fan de José José (el Príncipe de la Canción), pero reconozco que la primera vez que lo escuché cantar la canción El Triste me estremeció por la letra, el arreglo musical pero sobre todo la interpretación de un jovencito menudo, aparentemente frágil y muy dolido por un amor que le causaba una tristeza tan real que te comunicaba y te inclinaba a consolarlo.

Era la primavera de 1970 cuando las amigas que vivíamos en la casa que auspiciaban monjas, me invitaron a ver por tv la transmisión del final de un festival de la canción latinoamericana. Mis amigas ya habían escuchado a este cantante de La Nave del Olvido pero para mí era una novedad. Me había yo quedado en la década anterior en la que tres cantantes juveniles acaparaban la escena juvenil en México; sin embargo, debo reconocer que con la consagración de José José aquellos ídolos quedaron borrados.

No puedo decir que seguí la carrera de este prodigioso cantante; lo veía solamente en sus actuaciones en la tv, nunca compré un disco de él pero sí me agradaba escuchar sus nuevas interpretaciones porque el timbre de su voz realmente era cautivador.

Al paso del tiempo me sorprendió la noticia de que se casaba con una pseudoactriz, más bien una socialité, que aparentemente no tenía nada en común con este joven. Se rumoraba que ella lo incitaba a beber y consumir drogas. Me apenaba saber que la fama le estaba causando un daño tremendo a este singular cantante cuya voz realmente era privilegiada.

No sé si José José fue el mejor cantante del mundo; muchos mexicanos lo afirman. Para mì su voz estaba muy por encima de cualquier otro intérprete mexicano que conociera.

Supe de su declive como ser humano, atrapado en sus adicciones. Supe de un retorno artístico, todo vestido de blanco, cantando maravillosamente después de un tiempo en que se había perdido.

Separado de su primera esposa se sabía que había encontrado a una compañera afín, con la que procreó hijo e hija pero más adelante se separaron.

No vi ninguna de sus películas pero sí supe de rumores más lastimosos. Se decía que estaba tan sumido en sus adicciones que tenían que drogarlo aún más para cumplir sus presentaciones.

Su popularidad se fue diluyendo y lo escandaloso era precisamente que estaba envuelto en alcohol y drogas, que ya no era contratado, que el séquito de holgazanes que siempre lo habían rodeado lo habían dejado en la ruina, que lo habían estafado en cuanto a las regalías de sus discos y películas, que estaba en bancarrota y fue precisamente que se supo que lo encontraron viviendo dentro de un automóvil que servía también como taxi. Así fue su estrepitosa caída después de haber tenido el mundo a sus pies.

Sus verdaderos amigos lo ayudaron al enviarlo a rehabilitación a una clínica en la frontera USA-Canadá ya que en México había fracasado en anteriores intentos por rehabilitarse.

¡Lo logró! pero no volvió a ser el mismo. Su voz se había deteriorado considerablemente y su cuerpo estaba resintiendo los estragos dejados por los hábitos que había superado.

Un domingo lo vi en un programa muy popular de la tv. Me dio pena escucharlo y ver que difícilmente se sostenía de pie. No, no estaba ebrio, era falta de equilibrio por las enfermedades que lo aquejaban.

Al dìa siguiente, un compañero y yo estábamos comiendo en un restaurante modesto cuando de pronto vimos a José José entrar acompañado de 2-3 señores. Ocuparon una mesa del fondo y a pocos metros vi el rostro del cantante de El Triste y recordé su estremecedora interpretación de tantos años atrás. Se le veía bien a secas y me di cuenta que si bien algunos otros comensales se habían percatado de su presencia, nadie se acercó a saludarlo.

El resto de su historia es del dominio público a través de revistas y programas de espectáculos. Su cuesta abajo, la pérdida por completo de su prodigiosa voz, su vejez prematura, su participación en una telenovela representando a un padre a la antigua, en la que inclusive le costaba mucho hablar.

Ha fallecido, se fue a descansar y estoy segura que en otro plano sus cuerdas vocales renacerán e interpretarán como nadie lo ha hecho alabanzas a Nuestro Creador.

En verdad deseo que este Príncipe de la Canción descanse en paz, que sus deudos hagan honor a este ser maravilloso que a mi parecer por la fama quedó atrapado en las adicciones, que pasó sus últimos tiempos desaparecido, pero que por siempre quedará en los corazones de quienes tuvimos la fortuna de escucharlo en sus mejores tiempos y que aún nos estremecemos con su interpretación de El Triste, mas deseamos que esa tristeza de él característica se convierta en alegría al abrirse para él las puertas del cielo.

Así te cuento entre telas, listones y encajes

ASÍ TE CUENTO ENTRE TELAS, LISTONES Y ENCAJES

por Cony ureña (México)

Hace algunos años decidí aprender manualidades en una casa de cultura cerca de mi domicilio. Acudí un miércoles en que había clase y vi los trabajos que las alumnas estaban realizando. La maestra me orientó acerca del material necesario para iniciar mi aprendizaje. Además de la amabilidad de la maestra, lo que me indujo a quedarme en ese grupo fue la labor de una de las pupilas, una señora de rostro dulce y serenos modales. Era un trabajo con listón; su belleza me encantó y pensé que quizás algún día podría hacer una labor semejante.

Ingresé al grupo en el que encontré amigas que son un regalo en mi vida. Y sin querer hacer menos a nadie, porque todas ellas son importantes, de estas amigas destacó la amistad hermosa señora que te menciono.

Te confío mi intención de copiar los trabajos de la maravillosa dama y bajo la dirección de la Maestra, he logrado que mis copias sean algo parecido al noble arte de ella.

Tiempo después, el joven Pablo se unió al grupo y recuerdo que mi amiga le hacía bromas sobre las largas vacaciones que de vez en vez Pablo disfruta en Veracruz. Su humor fue siempre fino y amable.

Con su amabilidad característica elogiaba mis trabajos, dándome aliento para continuar aprendiendo y por qué no, aquí entre nos, a seguir copiando lo que ella hacía. No me apena reconocerlo

Poco a poco los seres afines se van acercando. Así supe de la existencia de su hija y era del conocimiento del grupo que ella la había inducido a integrarse al grupo de manualidades, pues ahí se aprende no sólo costura con listón, sino bordado, pintura en tela, decorado de piezas de cerámica, decorado de toallas, camisetas, blusas, trabajos con fieltro y muchas técnicas más, bajo la enseñanza y supervisión de nuestra excelente maestra.

A medida que te adentras en esas disciplinas, aprendes de telas, listones, hilos, agujas, accesorios, fieltro, encajes, cerámica, etc. Y no es únicamente la Maestra la que te enseña, también las alumnas muestran el camino a seguir y bajo la orientación de mi amiga aprendí poco a poco.

En un convivio su hija la acompañó. Así conocí a esa bella joven jovial y distinguida quien conseguía hermosos listones y otros accesorios con los que su mamita realzaba sus trabajos, que eran muchos y muy lindos.

Recuerdo que antes de conocer físicamente a su hija mi amiga me había hablado varias veces de ella y yo le había enviado unas oraciones. Sabía que ambas eran apegadas a Dios. Así que cuando nos encontramos personalmente éramos ya conocidas. Recuerdo también que en un restaurant habíamos coincidido y saludado efusivamente, lo mismo sucedía cuando más adelante nos acompañaba en los convivios dentro o fuera del salón de clase. También así supe que llamaba tía a otra de las compañeras y por algún tiempo pensé que en efecto eran familiares. Pero no era así, sino que el cariño que las tres se prodigaban era el que las inclinaba a haberse convertido de amigas a familiares.

Nuestro mutuo cariño fue en aumento al paso del tiempo y las muestras de afecto fueron bastantes, como el día en que platicando con mi amiga por teléfono le comenté que debía ir al laboratorio a hacerme análisis pero tenía temor porque había estado enferma y no quería conducir mi auto. Al día siguiente mamá e hija vinieron por mí para acompañarme al laboratorio.

La calidez era una de las características de mi amiga, no sólo en su conducta en general, sino porque en época de frío o de lluvias raras fueron las ocasiones en que la vi usar ropa abrigadora; lucía blusas de manga corta y si la saludabas podías sentir la tibieza de sus manos.

También, algo que la distinguía era su forma de dirigirse a la Maestra y a nosotras, sus compañeras. “Maestra preciosa, podría decirme esto o lo otro”. Lo escribo como ejemplo de la forma que era el trato de tan bella persona. Siempre cariñosa, siempre cordial.

En los desayunos que convivimos con el grupo, usualmente estuvimos una cerca de la otra; era cuando platicábamos más a profundidad.

Estando ya en el grupo, sabía que algunas de sus ausencias se debían al cuidado que debía a su esposo quien falleció en algún momento de estos años.

Conversábamos mucho igualmente por teléfono y así supe de su devoción de acudir a Misa todos los domingos, en compañía de su hija. Ella me daba la confianza de comentar sobre temas variados y esa confianza era recíproca. Recuerdo como pasamos horas platicando acerca de nuestras experiencias con Ángeles.

En algún momento fui invitada a su casa, lugar que me encanta por la atmósfera que ahí se respira. Un verdadero hogar en el que ella desplegaba toda su dulzura en las conversaciones que sostuvimos.

Supe de su carrera como enfermera, los distintos trabajos que desempeñó. Fue su verdadera vocación creo porque ese carácter noble, comprensivo y generoso es de una enfermera que cumplió con la hermosa misión que Dios le encomendó.

En una ocasión, al salir de clases caminamos juntas porque trataba de conseguir revistas de tejido para otra gran amiga de Mérida. Me hizo compañía pero como no conseguí en ese momento las revistas, ella me obsequió algunos ejemplares. También en otra oportunidad, me acompañó a comprar una planta que tampoco conseguí. En cambio ella me obsequió una “Cuna de Moisés” con una bonita maceta porque yo quería regalarla a uno de mis sobrinos. Estos gestos suyos parecerá abusivo de mi parte haberlos aceptado, pero mi amiga insistió mucho. Recogí la planta en su casa y mi amiga me invitó primero un café e iniciamos una larguísima conversación que se prolongó a la comida y concluyó hasta que llegó su hija a casa después de trabajar. En esa tarde estuve en el baño de esa casita hermosa, quedé impresionada por su arreglo y pulcritud. No existen palabras para describir la belleza de ese espacio.

El recibir las revistas y la planta fue abuso mío y reconozco que además cometí otro ante la generosidad de este precioso ser y es que ella me ayudó a coser varios vestiditos para cocina, ya sea en forma de secador de manos o para guardar objetos como bolsas de plástico por ejemplo. Bordaba los petitos y las bolsitas y ella los cosía a máquina, reuniendo así la tela bondeada bordada, con los adornos y el forro. Mi abuso sí, pero en verdad no lo sabía y es que su trabajo debía terminar una vez que cosía lo mencionado, al entregármelo yo debería haber cosido a mano el pegado a la toalla. Más tarde me di cuenta de mi abuso y tuve la intención de disculparme con esta querida amiga pero no lo hice.

Nuestro mutuo cariño fue creciendo. Recuerdo el festejo en el salón de clase de su cumpleaños este año que casi termina. Nuestra Maestra obsequió un rico pastel y yo una gelatina. De mi propio cumpleaños aún sonrío porque esta amiga tan querida me felicitó en dos ocasiones previas a la fecha de mi nacimiento. Estaba confundida,, pero siempre aprecié su felicitación.

A principios de septiembre no asistí a clase pero tenía compromiso para ir a comer con otras dos compañeras, así que las esperé afuera de la casa de cultura. Vi a mi amiguita y le entregué un ejemplar de “Sopa de Letras”, revista que sabía a ella le gustaba utilizar para ejercitar su memoria.

En las ocasiones en que una o la otra no asistíamos a clase nos comunicábamos y la conversación se alargaba muchísimo. Todo lo que en esas charlas nos confiábamos, quedaba entre nosotras. Sólo que nunca me contó el porqué de sus ausencias pero no me preocupaba porque siempre la vi sana, fuerte y llena de vida.

Así, vivaz y entusiasta fue en un paseo hermoso que siempre guardaré en mi recuerdo. Fuimos a Chignahuapan y Zacatlán de las Manzanas. Su hija también nos acompañó también en esa divertida excursión. Quedan las fotos que muestran nuestra alegría.

Nunca imaginé que el día en que le entregué “Sopa de Letras” era la última vez en que la vería con vida. Nos enteramos que desde el 18 de septiembre estaba internada y había pocas esperanzas de que sobreviviera. Oramos por su recuperación. Su hija dejaba entrever su desesperación e impotencia para ayudar a su mamita que estuvo en ese hospital alrededor de dos meses y después estuvo un mes más en su casa, siempre cuidada devotamente por su hija.

Mis oraciones y apoyo para su hija quisieron ser acorde con lo que de ellas dos había y he recibido, aunque no creo que alcancen la dimensión de lo que ambas me han concedido.

Tan solo hace poco se ha ido de esta vida. Acudí al funeral al que no hubiera querido asistir. Lloré mucho ante su féretro, la vi arreglada de tal forma que parecía más joven, sus arrugas habían desaparecido de ese rostro bello y sereno con el que enfrentó su travesía hacia el firmamento en donde estoy segura seguirá brillando.

En la Misa de Cuerpo Presente mis las lágrimas no cesaban de fluir. Veía a las demás personas que parecían tristes pero serenas mas no podía contenerme. Estaba apenada pero era algo que salía de mi interior; mi consuelo provino de las palabras del sacerdote que ofició la Misa. Ente los elogios a mi querida amiga, oí algo significativo. El Padre dijo que conoció poco a mi amiga pero pudo darse cuenta de su santidad. ¡Eso es, eso es! Esos gestos nobles, esa generosidad, esa manera de tratar a los demás, su belleza espiritual, su devoción, su entrega a la vida y al servicio de los demás, se llama santidad.

El dar las condolencias a su hermosa hija, ofrecerle mi respaldo, mi apoyo incondicional, envuelto en dolor, como que no es muy confiable, digo yo, pero creo que ella sabe lo sincero de mi ofrecimiento.

Estuve en el primer Rosario por el descanso eterno de esta señora maravillosa. También las lágrimas fluyeron abundantemente durante esa ceremonia. Al salir me preguntaba a mí misma el porqué de tanto llanto y la respuesta es que perdí a un ser que me quería y yo a ella; que ya no la veré ni platicaré con ella físicamente. Es un duelo por el que tengo que atravesar hasta aceptar que si bien no está físicamente entre nosotros, su luz seguirá iluminando el sendero de su hija, de sus familiares, de sus seres más queridos y por qué no, también mi camino.

Los Rosarios completaron los nueve días y en la fecha de Levantamiento de la Cruz, sus familiares y amistades hemos estado en su casa. Le hemos rendido tributo a un ser muy especial, rogando a Dios Su misericordia para el alma noble de Lucecita.

He querido guardar hasta este momento el nombre de mi muy querida Lucecita, diminutivo de María de la Luz, idóneo para ella, no porque su luz haya sido poca, sino porque va con la personalidad que le conocimos; dulce, gentil, afable, generosa. Coincido con su hija en que ahora hay una estrella allá en la lejanía, una luz que en efecto continuará encendida en nuestros corazones. Y de lo mucho que he intentado aprender de ella, queda la fe para enfrentar los sucesos de la vida y recordarla como la amiga maravillosa que tuve la enorme dicha de conocer.

La noche

LA NOCHE

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893)

Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.

Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.

Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.

Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.

Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.

El caso es que ayer -¿fue ayer?-. Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo…? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.

En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.

Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.

Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.

Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.

Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.

¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.

Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:

-¿Amigo, qué hora es?

-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.

Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer…

«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».

Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.

«¿Dónde estaban los agentes de policía?”, me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.

Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»

Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.

Me decidí a llamar en la primera casa. Toqué el timbre de cobre, que sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé… Nada.

Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.

Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?

Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?

Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj… ya no sonaba… se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.

Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.

¿Corría aún el Sena?

Quise saberlo, encontré la escalera, bajé… No oía la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más… luego la arena… el fango… y el agua… hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría… casi helada… casi detenida… casi muerta.

Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí abajo… yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.

Concierto de Año Nuevo – Viena 2020

CONCIERTO DE AÑO NUEVO VIENA 2020

El Concierto de Año Nuevo 2020 ha sido dirigido por vez primera por el director Andris Nelsons (Riga, Letonia, 1978). 

El Concierto de Año Nuevo de la orquesta Filarmónica de Viena tiene lugar cada año en la mañana del 1 de Enero en la Sala Grande o Sala Dorada de la Musikverein de Viena, Austria. Es, sin duda, el más mediático y renombrado concierto del mundo, retransmitido por televisiones de casi 100 países, con una audiencia potencial de más de mil millones de personas… Porque no hay muchas posibilidades de estar personalmente en la Sala Dorada… Por culpa de su altísima demanda, las entradas son sorteadas y es preciso tener un poco de suerte

Cada año, el mismo programa se interpreta también el 30 de diciembre (“ensayo general”) y el 31 de diciembre como “Concierto de San Silvestre”

La música es, en su mayor parte, de la familia Strauss. Las flores que decoran la sala de conciertos del Musikverein son un regalo anual de la ciudad de San remo en Liguria, Italia.

El concierto siempre termina con varios bises después del programa principal (propinas que no están incluidas en el programa). Los músicos entonces desean colectivamente un feliz Año Nuevo (Prosit Neujahr), y terminan con el vals de El Danubio Azul de Johann Strauss hijo, seguido de la Marcha Radezky, de Johannn Strauss padre. Durante esta última obra, la audiencia aplaude al compás y el director se vuelve para dirigirla, durante breves instantes, en lugar de a la orquesta. Un quiebro en la tradición en tiempos recientes fue durante la edición de 2005, dirigida por Lorin Maazel, cuando el programa terminó con el vals del Danubio Azul como una señal de respeto por las víctimas del Terremoto del Océano Índico de 2004.

El concierto se celebró por primera vez el 31 de diciembre de 1939 (con un ensayo público el día anterior), como “concierto extraordinario”, dirigido por Clemens Krauss. En este caso solo se interpretaron obras de Johann Strauss (hijo), y concluyó con la obertura de Die Fledermaus.

El siguiente concierto se celebró el 1 de enero de 1941, recibiendo ya el título definitivo de “Concierto de Año Nuevo”. Krauss se hizo cargo de la dirección del concierto cada año hasta su muerte, salvo dos años en los que cedió la batuta a Josef Krips. A partir de 1954, la dirección la asumió el primer violín de la orquesta, Willi Boskovsky, que se mantuvo en el puesto durante 24 años. En 1958, Boskovsky introdujo la tradición de acabar el concierto con El Danubio Azul y la Marcha Radetzky. Tras su retirada, en 1979, tomó su lugar el entonces director de la Ópera Estatal de Viena, Lorin Maazel. A partir de 1987, cuando la orquesta concedió el honor de dirigir el concierto a Herbert Von Karajan, se decidió que cada año dirigiera el concierto un director invitado distinto. En 1991, por primera vez en la historia del “Neujahrskonzert”, se tocó una obra de Mozart: la obertura de Las Bodas de Fígaro, como homenaje al compositor al conmemorarse ese año el bicentenario de su fallecimiento.

Del mismo modo, en 2013, año del bicentenario del nacimiento Wagner y Verdi, se tocaron sendas obras de ambos compositores.

El “Concierto de San Silvestre” (Sylvesterkonzert), con el mismo programa del de Año Nuevo, se celebra desde el 31 de diciembre de 1952, y el ensayo general, o “preaudición” (Voraufführung), desde el 30 de diciembre de 1962, entonces como un concierto privado para miembros de las Fuerzas Armadas de Austria, y desde 1998 con parte del aforo a la venta para el público.

La Marcha Radetzky es una composición orquestal de Johann Baptist Strauss I (padre), escrita en el año 1848. Fue compuesta en honor al Mariscal de Campo austriaco Conde Joseph Wenzel Radetzky (ver su biografía más abajo), que en una serie de victorias, salvó el poderío militar de Austria en el norte de Italia durante la revolución de 1848-49. La marcha alcanzó gran popularidad como expresión del nacionalismo austriaco. Fue ejecutada por primera vez el 31 de Agosto de 1848.

Nada menos que nueve de las 16 obras del programa 2020 sonaron por primera vez en el Concierto de Año Nuevo, que en su 80ª edición arrancó con la obertura de la ópera Los vagabundos de Carl Michael Ziehrer para recrearse después en los muchos homenajes y efemérides que se anuncian para este año, empezando por el 150º aniversario de la muerte de Josef Strauss, siguiendo por el centenario del Festival de Salzburgo (cuyas imágenes aéreas se acompasaron al vals Saludos amorosos) y terminando con los 150 años de la inauguración del Musikverein, cuya excelente caja de resonancia volvió a ajustarse al milímetro a las características de una de las mejores orquestas del mundo.

Hubo entre el público quienes cerraron los ojos para deleitarse con La fiesta de las flores, pero no pudieron identificar entre sus notas lluvias de pétalos ni jardines exuberantes, pues Johann Strauss II elegía los títulos de sus polcas y valses en base a criterios puramente nemotécnicos que facilitaran su popularización entre el público de la época. Lo mismo ocurre con Donde florecen los limoneros, una obra tan poco programática como habitual en la matiné vienesa. Fue tal el nivel de precisión y virtuosismo del que hicieron gala los músicos durante la polca rápida De golpe y porrazo de Eduard Strauss que por momentos daba la sensación de que el engranaje de esa maquinaria casi perfecta llamada Filarmónica de Viena no requiriera de ninguna batuta para funcionar.Nada más lejos de la realidad, tal y como se encargaría de demostrar el propio Nelsons en la segunda parte del concierto.

Es más que probable que a Larry Lipton, el protagonista de Misterioso asesinato en Manhattan, le hubieran entrado ganas de invadir Hungría después de escuchar la obertura de Caballería ligera, cuyo libreto parodia a los militares austríacos tras la humillante derrota frente a las tropas prusianas en 1867. 

Nelsons aprovechó el inciso dramatúrgico de la obra Franz von Suppé (también de aniversario aunque tristemente olvidado por los programadores) para reivindicarse como factotum operístico y hasta médium de las esencias wagnerianas de Bayreuth. La polca francesa Cupido de Josef Strauss dio paso a varias escenas de ballet primorosamente engarzadas por José Carlos Martínez mientras de fondo sonaba el vals ¡Abrazaos por millones! de Johann Strauss II. El ex director de la Compañía Nacional de Danza se convirtió así en el primer español de la historia en coreografiar el Concierto de Año Nuevo. La primera parte estaba ambientada en el Palacio de Invierno del príncipe Eugenio de Saboya mientras que en la segunda, inspirada en los musicales americanos de los años 50, los bailarines recorrieron diferentes espacios de la Viena de Beethoven al ritmo de una selección de seis de las Doce contradanzas del genio de Bonn, que debutó también en el programa del primero de enero con motivo del 250 aniversario de su nacimiento, que se celebrará por todo lo alto a lo largo de 2020.

Entre medias, la Gavota de Josef Hellmesberger y El galope del postillón de Hans Christian Lumbye rindieron tributo a la arquitectura clásica del Musikverein y a las circunstancias en las que fue concebida su inimitable acústica. En la segunda de las obras, Nelsons saldó la cuota cómica del concierto y desenfundó una trompeta, instrumento con el que se desempeñó en sus primeros años como integrante de la Orquesta de la Ópera Nacional de Letonia antes de dar el salto al podio.

La siguiente de las piezas, el vals Disfrutad de la vida de Johann Strauss II, estaba dedicada a la memoria del que fuera su amigo y valedor, el también director Mariss Jansons, que falleció el pasado 30 de noviembre. Y como remate final, la archiconocida polca rápida Tritsch Tratsch y el vals Dínamos de Josef Strauss, cuya melodía se cuela irónicamente en los pentagramas de la ópera El caballero de la rosa del «otro Strauss», Richard, compositor vetado en el Concierto de Año Nuevo y al que sólo Kubrick se atrevió a emparentar con la larga saga de músicos vieneses, custodios todos ellos de la sacrosanta tradición tonal centroeuropea.

Tras la entrega de las flores al director, la primera de las propinas (la «sorpresa») corrió una vez más por cuenta de Josef Strauss y su polca rápida Al vuelo. A continuación sonó el vals En el bello Danubio Azul de Johan Strauss II, cuyos primeros compases, tal y como manda la tradición, Nelsons interrumpió para que los músicos de la orquesta felicitaran el año a los cerca de 55 millones de espectadores congregados frente al televisor. Para acabar, el público siguió con palmas el desarrollo de la Marcha Radetzky de Johann Strauss, que este año ha subido a los atriles con un arreglo colectivo firmado por todos los miembros de la orquesta que sustituye a la versión del compositor y miembro del partido nazi Leopold Weninger.

EN 2021, RICCARDO MUTI

El director italiano Riccardo Muti ocupará el 1 de enero de 2021 el atril para dirigir a la Orquesta Filarmónica de Viena en el Concierto de Año Nuevo, según anunció este miércoles la compañía en un comunicado.

Será la sexta vez que Muti se encargue de conducir el famoso recital de bienvenida al año, con lo que será el cuarto director que más veces lo ha hecho desde que comenzó la tradición en 1939.

“Riccardo Muti tiene un valor extraordinario en la historia de la Filarmónica de Viena”, ha destacado el presidente de la orquesta, Daniel Froschauer, al anunciar la decisión.

Fuente: El Mundo, cultura

La dama de picas

LA DAMA DE PICAS

A principios de los años 70, Petit coreografió La dama de picas para el bailarín Mijaíl Baryshnikov con música de la ópera epónima de Tchaikovsky. Insatisfecho con esta versión, Petit releyó la fantástica novela de Aleksandr Pushkin y se dedicó a desarrollar una nueva coreografía basada esta vez en otra obra maestra de Tchaikovsky: su Sexta sinfonía, «Patética». De este trabajo resulta un espectáculo profundamente teatral, interpretado con una fuerza dramática cautivadora y de enorme virtuosismo.

Dama de Picas es un espectáculo con un profundo contenido dramático y una coreografía teatral increíble. Cuatro personajes se destacan: Hermann, la condesa, Lisa y Chekalinsky. Hermann, un joven obsesionado con ganar una fortuna jugando a las cartas, tiene un papel principal en la historia. No es un jugador empedernido, pero sí es un escalador social. Hermann se entera de la condesa, que tiene conocimiento de una secuencia mágica de tres cartas ganadoras, y está decidido a aprender este secreto a cualquier precio. Al final, se ve impulsado por su creciente obsesión y codicia por el intento de asesinato, locura y su eventual muerte.

El argumento de Alexander Pushkin

Una noche de invierno, un grupo de amigos pasa la noche jugando y luego discute el misterioso poder que tiene la condesa Anna Fedotovna. Esta mujer conocería una combinación de tres cartas que ganarían cada vez que juegue Faraón. Mientras estaba en Francia, la condesa frecuentaba Versalles y jugaba mucho. 

Una noche perdió una suma colosal, lo que enfureció a su esposo. Encontró ayuda solo con el conde de Saint-Germain, quien le reveló un secreto que le permitió recuperar su dinero esa misma noche. Pero desde entonces, la condesa se ha negado a revelar el secreto a nadie. 

Fascinado por la riqueza que este poder podía obtener, Hermann, un joven ingeniero alemán que nunca tocó un mapa, sedujo a Lisabeta Ivanovna, la joven compañera de la condesa. para poder quitarle su secreto. 

Durante una noche, mientras tiene una cita con Lisabeta en su habitación, entra por la otra puerta y se esconde en un estudio. Después de varias horas de espera, entra en la habitación de la vieja condesa para descubrir el secreto. Asustada al ver un arma que la amenaza, la anciana se derrumba y muere. La noche del funeral de la condesa, Hermann tiene una visión en la que entra a su casa, revela el secreto y las famosas cartas: los tres, los siete y el as, que tendrá que jugar debido a Solo uno por noche. 

Hermann comienza a ser víctima de una idea fija y a ver tres, siete y ases en todas partes. Decide abandonar el ejército e ir a jugar a París … Seguro de él y de su visión, Se va la noche siguiente en el casino. Él juega la primera carta con éxito. Dos días después, juega, aún con éxito, la segunda carta. La tercera noche juega toda su fortuna en el as. Luego ve que la tercera carta, la reina de espadas, que jugó sin darse cuenta en lugar del as, es extrañamente como la condesa. Hermann cree que incluso ha visto la tarjeta guiñarle el ojo. Se derrumba, se arruina y se hunde en la locura. 

SINOPSIS


Escena 1
Prólogo
Hermann está obsesionado con sus pensamientos sobre el juego. Para él, parece que las cartas de todos los trajes se juntan a su alrededor y vienen a él desde la mesa de juego. Él mismo no está jugando, pero está mirando el juego.
Aparece el fantasma: una anciana vestida de negro. Pone una carta, luego otra, luego una tercera. Los billetes de banco fluyen al escenario. Ella gana y desaparece sin tomar las ganancias.
Hermann se queda solo. A sus pies están las cartas ganadoras, blancas, sin los signos del palo.

Escena 2
Sala de juego
Hermann está en la sala de juego. Intentando no perderse nada, observa a los jugadores.

Escena 3
Salón de baile
Los jugadores se unen a los demás bailando en el baile.
Hermann parece indiferente caminando por el salón de baile. Él quiere aprender a ganar en las cartas para prever su futuro.
Aparece la condesa. Por extraño que parezca, le recuerda a Hermann el fantasma de la anciana que vio antes en la sala de juego. La sigue una joven, su pupila, Liza. Todos hablan de la condesa y la saludan. Hermann también trata de acercarse a ella. Él sabe que ella conoce el secreto de las cartas de “suerte”.
Hermann se imagina hablando con la condesa. Todos se van; la condesa sigue a su joven escolta. Hermann los ve partir. A la niña le parece que se ha enamorado de ella.
Ella regresa para recoger el bolso que dejó atrás. Hermann habla con ella, le pide una cita secreta y ella le da una llave de su habitación.

Escena 4
La habitación de la condesa

Hermann se cuela en la casa de la condesa y se encuentra en su habitación. Ella entra acompañada por sus doncellas. Se quita las joyas, el vestido, el corsé y la peluca. Se cambia de ropa detrás de la pantalla, regresa y aleja a sus doncellas.
Hermann, que ha estado esperando que la condesa esté sola, emerge de su cubierta. Quiere saber “el secreto de las tres cartas”. La condesa permanece sin palabras, pero Hermann insiste, incluso trata de abrazarla: “se convertiría en su amante, si fuera necesario”, como escribió Pushkin. Finalmente, la amenaza con una pistola. La condesa cae muerta de miedo, Hermann huye. Liza viene. La condesa está muerta a sus pies.

Escena 5
Habitación de Hermann
De vuelta en su habitación, Hermann da paso a la desesperación. No pudo descubrir el secreto de las tres cartas y su vida está arruinada para siempre. Él sostiene la pistola, que fue la razón de la muerte de la condesa …
Pero de repente, ella, o su fantasma, aparece y le cuenta a Hermann sobre las tres cartas ganadoras: tres, siete y reina: corazones, diamantes, tréboles, pero para la reina. de espadas. Hermann se pone el abrigo y sale corriendo.

Escena 6
Gran sala de juego
“El gran juego” está en pleno apogeo. Hermann viene y se une a los demás en el juego . Un tres, victoria. Un siete, victoria. Pero una reina está arriba – palidece – la Reina de Picas. Todo ha terminado. Hermann cae muerto a los pies de la vieja condesa.