La noche

LA NOCHE

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893)

Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.

El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.

Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.

Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.

Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.

Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.

El caso es que ayer -¿fue ayer?-. Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo…? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.

En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.

Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.

Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.

Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.

Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.

¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.

Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.

Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.

Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.

Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:

-¿Amigo, qué hora es?

-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.

Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer…

«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».

Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.

Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.

Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.

«¿Dónde estaban los agentes de policía?”, me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.

Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.

Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»

Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.

¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.

Me decidí a llamar en la primera casa. Toqué el timbre de cobre, que sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé… Nada.

Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.

Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.

Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?

Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?

Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj… ya no sonaba… se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.

Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.

¿Corría aún el Sena?

Quise saberlo, encontré la escalera, bajé… No oía la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más… luego la arena… el fango… y el agua… hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría… casi helada… casi detenida… casi muerta.

Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí abajo… yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.

Concierto de Año Nuevo – Viena 2020

CONCIERTO DE AÑO NUEVO VIENA 2020

El Concierto de Año Nuevo 2020 ha sido dirigido por vez primera por el director Andris Nelsons (Riga, Letonia, 1978). 

El Concierto de Año Nuevo de la orquesta Filarmónica de Viena tiene lugar cada año en la mañana del 1 de Enero en la Sala Grande o Sala Dorada de la Musikverein de Viena, Austria. Es, sin duda, el más mediático y renombrado concierto del mundo, retransmitido por televisiones de casi 100 países, con una audiencia potencial de más de mil millones de personas… Porque no hay muchas posibilidades de estar personalmente en la Sala Dorada… Por culpa de su altísima demanda, las entradas son sorteadas y es preciso tener un poco de suerte

Cada año, el mismo programa se interpreta también el 30 de diciembre (“ensayo general”) y el 31 de diciembre como “Concierto de San Silvestre”

La música es, en su mayor parte, de la familia Strauss. Las flores que decoran la sala de conciertos del Musikverein son un regalo anual de la ciudad de San remo en Liguria, Italia.

El concierto siempre termina con varios bises después del programa principal (propinas que no están incluidas en el programa). Los músicos entonces desean colectivamente un feliz Año Nuevo (Prosit Neujahr), y terminan con el vals de El Danubio Azul de Johann Strauss hijo, seguido de la Marcha Radezky, de Johannn Strauss padre. Durante esta última obra, la audiencia aplaude al compás y el director se vuelve para dirigirla, durante breves instantes, en lugar de a la orquesta. Un quiebro en la tradición en tiempos recientes fue durante la edición de 2005, dirigida por Lorin Maazel, cuando el programa terminó con el vals del Danubio Azul como una señal de respeto por las víctimas del Terremoto del Océano Índico de 2004.

El concierto se celebró por primera vez el 31 de diciembre de 1939 (con un ensayo público el día anterior), como “concierto extraordinario”, dirigido por Clemens Krauss. En este caso solo se interpretaron obras de Johann Strauss (hijo), y concluyó con la obertura de Die Fledermaus.

El siguiente concierto se celebró el 1 de enero de 1941, recibiendo ya el título definitivo de “Concierto de Año Nuevo”. Krauss se hizo cargo de la dirección del concierto cada año hasta su muerte, salvo dos años en los que cedió la batuta a Josef Krips. A partir de 1954, la dirección la asumió el primer violín de la orquesta, Willi Boskovsky, que se mantuvo en el puesto durante 24 años. En 1958, Boskovsky introdujo la tradición de acabar el concierto con El Danubio Azul y la Marcha Radetzky. Tras su retirada, en 1979, tomó su lugar el entonces director de la Ópera Estatal de Viena, Lorin Maazel. A partir de 1987, cuando la orquesta concedió el honor de dirigir el concierto a Herbert Von Karajan, se decidió que cada año dirigiera el concierto un director invitado distinto. En 1991, por primera vez en la historia del “Neujahrskonzert”, se tocó una obra de Mozart: la obertura de Las Bodas de Fígaro, como homenaje al compositor al conmemorarse ese año el bicentenario de su fallecimiento.

Del mismo modo, en 2013, año del bicentenario del nacimiento Wagner y Verdi, se tocaron sendas obras de ambos compositores.

El “Concierto de San Silvestre” (Sylvesterkonzert), con el mismo programa del de Año Nuevo, se celebra desde el 31 de diciembre de 1952, y el ensayo general, o “preaudición” (Voraufführung), desde el 30 de diciembre de 1962, entonces como un concierto privado para miembros de las Fuerzas Armadas de Austria, y desde 1998 con parte del aforo a la venta para el público.

La Marcha Radetzky es una composición orquestal de Johann Baptist Strauss I (padre), escrita en el año 1848. Fue compuesta en honor al Mariscal de Campo austriaco Conde Joseph Wenzel Radetzky (ver su biografía más abajo), que en una serie de victorias, salvó el poderío militar de Austria en el norte de Italia durante la revolución de 1848-49. La marcha alcanzó gran popularidad como expresión del nacionalismo austriaco. Fue ejecutada por primera vez el 31 de Agosto de 1848.

Nada menos que nueve de las 16 obras del programa 2020 sonaron por primera vez en el Concierto de Año Nuevo, que en su 80ª edición arrancó con la obertura de la ópera Los vagabundos de Carl Michael Ziehrer para recrearse después en los muchos homenajes y efemérides que se anuncian para este año, empezando por el 150º aniversario de la muerte de Josef Strauss, siguiendo por el centenario del Festival de Salzburgo (cuyas imágenes aéreas se acompasaron al vals Saludos amorosos) y terminando con los 150 años de la inauguración del Musikverein, cuya excelente caja de resonancia volvió a ajustarse al milímetro a las características de una de las mejores orquestas del mundo.

Hubo entre el público quienes cerraron los ojos para deleitarse con La fiesta de las flores, pero no pudieron identificar entre sus notas lluvias de pétalos ni jardines exuberantes, pues Johann Strauss II elegía los títulos de sus polcas y valses en base a criterios puramente nemotécnicos que facilitaran su popularización entre el público de la época. Lo mismo ocurre con Donde florecen los limoneros, una obra tan poco programática como habitual en la matiné vienesa. Fue tal el nivel de precisión y virtuosismo del que hicieron gala los músicos durante la polca rápida De golpe y porrazo de Eduard Strauss que por momentos daba la sensación de que el engranaje de esa maquinaria casi perfecta llamada Filarmónica de Viena no requiriera de ninguna batuta para funcionar.Nada más lejos de la realidad, tal y como se encargaría de demostrar el propio Nelsons en la segunda parte del concierto.

Es más que probable que a Larry Lipton, el protagonista de Misterioso asesinato en Manhattan, le hubieran entrado ganas de invadir Hungría después de escuchar la obertura de Caballería ligera, cuyo libreto parodia a los militares austríacos tras la humillante derrota frente a las tropas prusianas en 1867. 

Nelsons aprovechó el inciso dramatúrgico de la obra Franz von Suppé (también de aniversario aunque tristemente olvidado por los programadores) para reivindicarse como factotum operístico y hasta médium de las esencias wagnerianas de Bayreuth. La polca francesa Cupido de Josef Strauss dio paso a varias escenas de ballet primorosamente engarzadas por José Carlos Martínez mientras de fondo sonaba el vals ¡Abrazaos por millones! de Johann Strauss II. El ex director de la Compañía Nacional de Danza se convirtió así en el primer español de la historia en coreografiar el Concierto de Año Nuevo. La primera parte estaba ambientada en el Palacio de Invierno del príncipe Eugenio de Saboya mientras que en la segunda, inspirada en los musicales americanos de los años 50, los bailarines recorrieron diferentes espacios de la Viena de Beethoven al ritmo de una selección de seis de las Doce contradanzas del genio de Bonn, que debutó también en el programa del primero de enero con motivo del 250 aniversario de su nacimiento, que se celebrará por todo lo alto a lo largo de 2020.

Entre medias, la Gavota de Josef Hellmesberger y El galope del postillón de Hans Christian Lumbye rindieron tributo a la arquitectura clásica del Musikverein y a las circunstancias en las que fue concebida su inimitable acústica. En la segunda de las obras, Nelsons saldó la cuota cómica del concierto y desenfundó una trompeta, instrumento con el que se desempeñó en sus primeros años como integrante de la Orquesta de la Ópera Nacional de Letonia antes de dar el salto al podio.

La siguiente de las piezas, el vals Disfrutad de la vida de Johann Strauss II, estaba dedicada a la memoria del que fuera su amigo y valedor, el también director Mariss Jansons, que falleció el pasado 30 de noviembre. Y como remate final, la archiconocida polca rápida Tritsch Tratsch y el vals Dínamos de Josef Strauss, cuya melodía se cuela irónicamente en los pentagramas de la ópera El caballero de la rosa del «otro Strauss», Richard, compositor vetado en el Concierto de Año Nuevo y al que sólo Kubrick se atrevió a emparentar con la larga saga de músicos vieneses, custodios todos ellos de la sacrosanta tradición tonal centroeuropea.

Tras la entrega de las flores al director, la primera de las propinas (la «sorpresa») corrió una vez más por cuenta de Josef Strauss y su polca rápida Al vuelo. A continuación sonó el vals En el bello Danubio Azul de Johan Strauss II, cuyos primeros compases, tal y como manda la tradición, Nelsons interrumpió para que los músicos de la orquesta felicitaran el año a los cerca de 55 millones de espectadores congregados frente al televisor. Para acabar, el público siguió con palmas el desarrollo de la Marcha Radetzky de Johann Strauss, que este año ha subido a los atriles con un arreglo colectivo firmado por todos los miembros de la orquesta que sustituye a la versión del compositor y miembro del partido nazi Leopold Weninger.

EN 2021, RICCARDO MUTI

El director italiano Riccardo Muti ocupará el 1 de enero de 2021 el atril para dirigir a la Orquesta Filarmónica de Viena en el Concierto de Año Nuevo, según anunció este miércoles la compañía en un comunicado.

Será la sexta vez que Muti se encargue de conducir el famoso recital de bienvenida al año, con lo que será el cuarto director que más veces lo ha hecho desde que comenzó la tradición en 1939.

“Riccardo Muti tiene un valor extraordinario en la historia de la Filarmónica de Viena”, ha destacado el presidente de la orquesta, Daniel Froschauer, al anunciar la decisión.

Fuente: El Mundo, cultura

La dama de picas

LA DAMA DE PICAS

A principios de los años 70, Petit coreografió La dama de picas para el bailarín Mijaíl Baryshnikov con música de la ópera epónima de Tchaikovsky. Insatisfecho con esta versión, Petit releyó la fantástica novela de Aleksandr Pushkin y se dedicó a desarrollar una nueva coreografía basada esta vez en otra obra maestra de Tchaikovsky: su Sexta sinfonía, «Patética». De este trabajo resulta un espectáculo profundamente teatral, interpretado con una fuerza dramática cautivadora y de enorme virtuosismo.

Dama de Picas es un espectáculo con un profundo contenido dramático y una coreografía teatral increíble. Cuatro personajes se destacan: Hermann, la condesa, Lisa y Chekalinsky. Hermann, un joven obsesionado con ganar una fortuna jugando a las cartas, tiene un papel principal en la historia. No es un jugador empedernido, pero sí es un escalador social. Hermann se entera de la condesa, que tiene conocimiento de una secuencia mágica de tres cartas ganadoras, y está decidido a aprender este secreto a cualquier precio. Al final, se ve impulsado por su creciente obsesión y codicia por el intento de asesinato, locura y su eventual muerte.

El argumento de Alexander Pushkin

Una noche de invierno, un grupo de amigos pasa la noche jugando y luego discute el misterioso poder que tiene la condesa Anna Fedotovna. Esta mujer conocería una combinación de tres cartas que ganarían cada vez que juegue Faraón. Mientras estaba en Francia, la condesa frecuentaba Versalles y jugaba mucho. 

Una noche perdió una suma colosal, lo que enfureció a su esposo. Encontró ayuda solo con el conde de Saint-Germain, quien le reveló un secreto que le permitió recuperar su dinero esa misma noche. Pero desde entonces, la condesa se ha negado a revelar el secreto a nadie. 

Fascinado por la riqueza que este poder podía obtener, Hermann, un joven ingeniero alemán que nunca tocó un mapa, sedujo a Lisabeta Ivanovna, la joven compañera de la condesa. para poder quitarle su secreto. 

Durante una noche, mientras tiene una cita con Lisabeta en su habitación, entra por la otra puerta y se esconde en un estudio. Después de varias horas de espera, entra en la habitación de la vieja condesa para descubrir el secreto. Asustada al ver un arma que la amenaza, la anciana se derrumba y muere. La noche del funeral de la condesa, Hermann tiene una visión en la que entra a su casa, revela el secreto y las famosas cartas: los tres, los siete y el as, que tendrá que jugar debido a Solo uno por noche. 

Hermann comienza a ser víctima de una idea fija y a ver tres, siete y ases en todas partes. Decide abandonar el ejército e ir a jugar a París … Seguro de él y de su visión, Se va la noche siguiente en el casino. Él juega la primera carta con éxito. Dos días después, juega, aún con éxito, la segunda carta. La tercera noche juega toda su fortuna en el as. Luego ve que la tercera carta, la reina de espadas, que jugó sin darse cuenta en lugar del as, es extrañamente como la condesa. Hermann cree que incluso ha visto la tarjeta guiñarle el ojo. Se derrumba, se arruina y se hunde en la locura. 

SINOPSIS


Escena 1
Prólogo
Hermann está obsesionado con sus pensamientos sobre el juego. Para él, parece que las cartas de todos los trajes se juntan a su alrededor y vienen a él desde la mesa de juego. Él mismo no está jugando, pero está mirando el juego.
Aparece el fantasma: una anciana vestida de negro. Pone una carta, luego otra, luego una tercera. Los billetes de banco fluyen al escenario. Ella gana y desaparece sin tomar las ganancias.
Hermann se queda solo. A sus pies están las cartas ganadoras, blancas, sin los signos del palo.

Escena 2
Sala de juego
Hermann está en la sala de juego. Intentando no perderse nada, observa a los jugadores.

Escena 3
Salón de baile
Los jugadores se unen a los demás bailando en el baile.
Hermann parece indiferente caminando por el salón de baile. Él quiere aprender a ganar en las cartas para prever su futuro.
Aparece la condesa. Por extraño que parezca, le recuerda a Hermann el fantasma de la anciana que vio antes en la sala de juego. La sigue una joven, su pupila, Liza. Todos hablan de la condesa y la saludan. Hermann también trata de acercarse a ella. Él sabe que ella conoce el secreto de las cartas de “suerte”.
Hermann se imagina hablando con la condesa. Todos se van; la condesa sigue a su joven escolta. Hermann los ve partir. A la niña le parece que se ha enamorado de ella.
Ella regresa para recoger el bolso que dejó atrás. Hermann habla con ella, le pide una cita secreta y ella le da una llave de su habitación.

Escena 4
La habitación de la condesa

Hermann se cuela en la casa de la condesa y se encuentra en su habitación. Ella entra acompañada por sus doncellas. Se quita las joyas, el vestido, el corsé y la peluca. Se cambia de ropa detrás de la pantalla, regresa y aleja a sus doncellas.
Hermann, que ha estado esperando que la condesa esté sola, emerge de su cubierta. Quiere saber “el secreto de las tres cartas”. La condesa permanece sin palabras, pero Hermann insiste, incluso trata de abrazarla: “se convertiría en su amante, si fuera necesario”, como escribió Pushkin. Finalmente, la amenaza con una pistola. La condesa cae muerta de miedo, Hermann huye. Liza viene. La condesa está muerta a sus pies.

Escena 5
Habitación de Hermann
De vuelta en su habitación, Hermann da paso a la desesperación. No pudo descubrir el secreto de las tres cartas y su vida está arruinada para siempre. Él sostiene la pistola, que fue la razón de la muerte de la condesa …
Pero de repente, ella, o su fantasma, aparece y le cuenta a Hermann sobre las tres cartas ganadoras: tres, siete y reina: corazones, diamantes, tréboles, pero para la reina. de espadas. Hermann se pone el abrigo y sale corriendo.

Escena 6
Gran sala de juego
“El gran juego” está en pleno apogeo. Hermann viene y se une a los demás en el juego . Un tres, victoria. Un siete, victoria. Pero una reina está arriba – palidece – la Reina de Picas. Todo ha terminado. Hermann cae muerto a los pies de la vieja condesa.