131 – Portada

Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes
de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza
de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te
dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.

Julio Cortázar

14 de Febrero – San Valentín

SAN VALENTÍN

“Ama como puedas, ama a quien puedas, ama todo lo que puedas.  No te preocupes de la finalidad de tu amor” 

Amado Nervo

Existen varias teorías en torno a la celebración del Día del Amor y la Amistad. Una relata que en el año 197 después de Cristo  un sacerdote llamado Valentín se opuso a la orden del emperador Claudio II, quien decidió prohibir la celebración de matrimonios para los jóvenes, considerando que los solteros sin familia eran mejores soldados, ya que tenían menos ataduras y vínculos sentimentales.

Valentín, opuesto al decreto del emperador, comenzó a celebrar en secreto matrimonios para jóvenes enamorados, de ahí se popularizó que San Valentín sea el patrón de los enamorados.

Al enterarse, Claudio II sentenció a muerte a San Valentín, el 14 de febrero del año 270, alegando desobediencia y rebeldía. Por este motivo, se conmemora todos los años el Día de San Valentín.

Además, como curiosidad, en cuanto a la comercialización de esta celebración, la primera reseña que existe es la que señala la norteamericana Esther  Howland como la precursora de la venta de tarjetas regalo con motivos románticos y dibujos de enamorados que ideó y realizó a mediados de la década de 1840. Unos productos que se vendían por unos centavos en la librería que regentaba su padre en Worceste se convirtieron en todo un éxito.

Un caso curioso es el de Dinamarca y Noruega. Allí se mantiene una tradición que es regalar ‘Gaekkebrev‘: pequeños poemas con rimas divertidas que los hombres envían a las mujeres de forma anónima. De hecho, el remitente se pone con tantos puntos como letras tenga el nombre del enamorado. Un juego en el que si la mujer acierta quién le envía el poema consigue un huevo de Pascua y si pierde, ella debe dárselo a él.

TU COLLAR DE PERLAS

Yo he visto perlas claras de inimitable encanto,
de esas que no se tocan por temor a romperlas.
Pero sólo en tu cuello pudieron valer tanto
las burbujas de nieve de tu collar de perlas.

Y más, aquella noche del amor satisfecho,
del amor que eterniza lo fugaz de las cosas,
cuando fuiste un camino que comenzó en mi lecho
y el rubor te cubría como un manto de rosas.

Yo acaricié tus perlas, sin desprender su broche,
y las vi, como nadie nunca más podrá verlas,
pues te tuve en mis brazos, al fin, aquella noche
vestida solamente ¡con tu collar de perlas!

José Ángel Buesa

DESNUDA

Amo tu desnudez
porque desnuda me bebes con los poros,
como hace el agua
cuando entre sus paredes me sumerjo.

Tu desnudez derriba con su calor los límites,
me abre todas las puertas para que te adivine,
me toma de la mano como a un niño perdido
que en ti dejara quieta su edad y sus preguntas.

Tu piel dulce y salobre que respiro y que sorbo
pasa a ser mi universo, el credo que se nutre;
la aromática lámpara que alzo estando ciego
cuando junto a la sombras los deseos me ladran.

Cuando te me desnudas con los ojos cerrados
cabes en una copa vecina de mi lengua,
cabes entre mis manos como el pan necesario,
cabes bajo mi cuerpo más cabal que su sombra.
El día en que te mueras te enterraré desnuda
para que limpio sea tu reparto en la tierra,
para poder besarte la piel en los caminos,
trenzarte en cada río los cabellos dispersos.

El día en que te mueras te enterraré desnuda,
como cuando naciste de nuevo entre mis piernas.

Roque Dalton

RIMA XXIV

Dos rojas lenguas de fuego 
que a un mismo tronco enlazadas 
se aproximan y, al besarse, 
forman una sola llama.
.
Dos notas que del laúd 
a un tiempo la mano arranca, 
y en el espacio se encuentran 
y armoniosas se abrazan.
.
Dos olas que vienen juntas 
a morir sobre una playa 
y que al romper se coronan 
con un penacho de plata.
.
Dos jirones de vapor 
que del lago se levantan 
y, al juntarse allá en el cielo, 
forman una nube blanca.
.
Dos ideas que al par brotan; 
dos besos que a un tiempo estallan, 
dos ecos que se confunden; 
eso son nuestras dos almas.

Gustavo Adolfo Bécquer

AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;

Mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

Francisco de Quevedo

A NUESTRO BESO 

Labio más labio,
 risa  fruta fresa,
 destilo de uva
 y pasaje a la manzana.
 Beso mojando lo mío tuyo
 Línea de lo contento: rayita feliz.
 Movimiento  codorniz
 estrelllita fugaz, 
 erizo de gato
 y uña de tigre.
 templo de sonido 
 con humedad para pecar
 menta y azucena.
 en nubes y temblor
 a la hora de vos y yo.

Russo Dylan – Galeas Maynor

Tu más profunda piel

TU MÁS PROFUNDA PIEL

Julio Cortázar

Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacía de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.

Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: el de esa geometría de tu cuerpo que me llenaba la boca y las manos de teoremas temblorosos, el de tu hablar diferente, tu lengua insular que tantas veces me confundía. Con el perfume del tabaco vuelve ahora un recuerdo preciso que lo abarca todo en un instante que es como un vórtice, sé que dijiste “Me da pena, y yo no comprendí porque nada creía que pudiera apenarte en esa maraña de caricias que nos volvía ovillo blanco y negro, lenta danza en que el uno pesaba sobre el otro para luego dejarse invadir por la presión liviana de unos muslos, de unos brazos, rotando blandamente y desligándose hasta otra vez ovillarse y repetir las caída desde lo alto o lo hondo, jinete o potro arquero o gacela, hipogrifos afrontados, delfines en mitad del salto. Entonces aprendí que la pena en tu boca era otro nombre del pudor y la vergüenza, y que no te decidías a mi nueva sed que ya tanto habías saciado, que me rechazabas suplicando con esa manera de esconder los ojos, de apoyar el mentón en la garganta para no dejarme en la boca más que el negro nido de tu pelo.

Dijiste “Me da pena, sabes”, y volcada de espaldas me miraste con ojos y senos, con labios que trazaban una flor de lentos pétalos. Tuve que doblarte los brazos, murmurar un último deseo con el correr de las manos por las más dulces colinas, sintiendo como poco a poco cedías y te echabas de lado hasta rendir el sedoso muro de tu espalda donde un menudo omóplato tenía algo de ala de ángel mancillado. Te daba pena, y de esa pena iba a nacer el perfume que ahora me devuelve a tu vergüenza antes de que otro acorde, el último, nos alzara en una misma estremecida réplica. Sé que cerré los ojos, que lamí la sal de tu piel, que descendí volcándote hasta sentir tus riñones como el estrechamiento de la jarra donde se apoyan las manos con el ritmo de la ofrenda; en algún momento llegué a perderme en el pasaje hurtado y prieto que se llegaba al goce de mis labios mientras desde tan allá, desde tu país de arriba y lejos, murmuraba tu pena una última defensa abandonada.

Con el perfume del tabaco rubio en los dedos asciende otra vez el balbuceo, el temblor de ese oscuro encuentro, sé que una boca buscó la oculta boca estremecida, el labio único ciñéndose a su miedo, el ardiente contorno rosa y bronce que te libraba a mi más extremo viaje. Y como ocurre siempre, no sentí en ese delirio lo que ahora me trae el recuerdo desde un vago aroma de tabaco, pero esa musgosa fragancia, esa canela de sombra hizo su camino secreto a partir del olvido necesario e instantáneo, indecible juego de la carne oculta a la conciencia lo que mueve las más densas, implacables máquinas del fuego. No eras sabor ni olor, tu más escondido país se daba como imagen y contacto, y sólo hoy unos dedos casualmente manchados de tabaco me devuelven el instante en que me enderecé sobre ti para lentamente reclamar las llaves de pasaje, forzar el dulce trecho donde tu pena tejía las últimas defensas ahora que con la boca hundida en la almohada sollozabas una súplica de oscura aquiescencia, de derramado pelo. Más tarde comprendiste y no hubo pena, me cediste la ciudad de tu más profunda piel desde tanto horizonte diferente, después de fabulosas máquinas de sitio y parlamentos y batallas. En esta vaga vainilla de tabaco que hoy me mancha los dedos se despierta la noche en que tuviste tu primera, tu última pena. Cierro los ojos y aspiro en el pasado ese perfume de tu carne más secreta, quisiera no abrirlos a este ahora donde leo y fumo y todavía creo estar viviendo.

Punto y coma

PUNTO Y COMA

Sedúceme con tus comas, con tus caricias espaciadas, tu aliento respirable y tus atrevimientos continuos; colócame el punto y cima para cambiar las caricias por largos besos y frases susurradas boca a boca. Haz un punto y seguido para deslizarte en mí y contemplar mi desnudez sobre tu cama, ahora interrumpe con guiones para soltar un halago sobre mi cuerpo y su huella en el tuyo – recorrer con la mirada el talle y el hundimiento en la cintura, el ascenso en la cadera, la larga prolongación de las piernas rematadas por un pie que no resistes besar -. Embísteme sin mi rechazo y tortúrame con la altivez de tu deseo arrastrándome muy lejos (al borde del abismo entre paréntesis y sin comas por favor), ahora desenvaina tus puntos suspensivos… – Maldito trío de puntos – ese espacio sin nombre no se alcanza.

Un punto y aparte para calmar el temblor de mi cuerpo y sonreírte al mismo tiempo que me das de beber el vino espumoso en una copa. Borro mis interrogaciones. Toda una antesala para retomar tus comas y regalarme la humedad de tu boca y la suavidad de tu respiración en mis orejas, cuello, nuca, hombros; atacar con puntos y comas nuevamente para buscar con tu dedo un clítoris congestionado, pasar tu lengua entre los labios escondidos y saborear mis secreciones – robármelas entre guiones – y atizar de nuevo en mi centro ardiente ocupándolo, sosteniendo el ascenso ¡Inminente! con signos de exclamación, la eyaculación inevitable… hasta acabar con los puntos suspensivos y vaciarte todo en mí y desplomarte extenuado, aliviado y amoroso en mi cuerpo complacido.

De nuevo un punto y aparte para dormir sobre mi pecho y pone punto final al entrecomillado “acto” que en este caso es un hecho amoroso sin ningún viso de actuación.

Si estoy equivocada, felicito tu dominio de la puntuación.

Punto final.

Mónica Lavín

Mónica Lavín es escritora y periodista mexicana, y es autora de una veintena de libros de cuentos, novelas y ensayos.

Idilio muerto

IDILIO MUERTO

César Vallejo

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: «Qué frío hay… Jesús!»
y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

De todo un poco

DE TODO UN POCO

Por Pedro Ordaz (Venezuela)

Hace muchos años, como por los setentas, por allí, había una casa casi vieja, grande y colocó con un cartón eso que dice en mi título. Allí había cosas viejas poco usadas y habían libros, eran unos libros con cartón muy duro de esos de las películas de terror y su lomo era de tela muy bien sellado e irrompible sus hojas eran también algo duras, eran libros de Los Estados Unidos de Venezuela. Mi padre sabía que yo era un enfermizo de las lectura cualquier lectura. Me los compró creo que los más delgado costaban medio y los más gruecesitos un real, pues me llevó como seis, les digo yo había visto esa venta de garage que era muy usual por estos lares, recuerden que teníamos muchos condados por acá.

La cosa era que ningún libro tenía que ver con mis áreas del colegio y yo decía, yo no tengo estás asignaturas, pero mi curiosidad de leer y conocer, me los comí todos, luego me decía; bueno yo puedo hablar con un médico, sacerdote, químico, historiador, en fin.

Con esto conozco de la vida pero cuando lo voy a usar? Pero me sentía contento porque tenía más conocimientos y hasta de música y músicos clásicos. Un día lanzan una rifa para un libro de historia universal y preguntan: Quienes eran Rómulo y Remo? y yo callado con pena para levantar la mano, díganme y nadie de mi liceo sabía, entonces le dije a una compañera mía: yo sé la respuesta, ella me dijo: bueno fila pues, yo me la quedé viendo pero ella sabía lo pendejos que yo era, entonces tomó mi mano y la levanto, el profesor me llamo por mi dos nombres, cuando me acerco y me pregunta le digo la respuesta de cinco líneas, él no era profesor de historias sino de Educ. Artística, casi lo mismo pero estaba allí en el jurado un profesor de historia recién graduado de la UCV muy estricto yo no le tenía miedo como mis compañeros pues decían que no les gustaba leer y la materia era aburrida y vaya que estricto era, sé salía del salón y el que no lo conocía estaba asomado por las ventanas y te llegaba crudito, al pupitre, una vez un compañero dijo: – Qué, también es brujo?

Bueno, en fin, sí me sirvieron de mucho las lecturas. Pude leer la historia de tierra y sus inicios. Uno se deleita mucho los que somos amantes de las lecturas y conocí el legado de los dinosaurios, ahora las iguanas, solo que no son gigantes. Son materias que no están completas en las casas de estudios pero son de nuestro conocimiento y todos debemos tener culo, como me dijo una vez un profesor en la universidad, sé refería a que debíamos sentarnos a leer.

Carnaval

CARNAVAL

Musa, la máscara apresta,
ensaya un aire jovial
y goza y ríe en la fiesta
del Carnaval.

Ríe en la danza que gira,
muestra la pierna rosada,
y suene, como una lira,
tu carcajada.

Para volar más ligera
ponte dos hojas de rosa,
como hace tu compañera
la mariposa.

Y que en tu boca risueña,
que se une al alegre coro,
deje la abeja porteña
su miel de oro.

Únete a la mascarada,
y mientras muequea un clown
con la faz pintarrajeada
como Frank Brown;

mientras Arlequín revela
que al prisma sus tintes roba
y aparece Pulchinela
con su joroba,

di a Colombina la bella
lo que de ella pienso yo,
y descorcha una botella
para Pierrot.

Que él te cuente cómo rima
sus amores con la Luna
y te haga un poema en una
pantomima.

Da al aire la serenata,
toca el auro bandolín,
lleva un látigo de plata
para el spleen.

Sé lírica y sé bizarra;
con la cítara sé griega;
o gaucha, con la guitarra
de Santos Vega.

Mueve tu espléndido torso
por las calles pintorescas,
y juega y adorna el Corso
con rosas frescas.

De perlas riega un tesoro
de Andrade en el regio nido,
y en la hopalanda de Guido,
polvo de oro.

Penas y duelos olvida,
canta deleites y amores;
busca la flor de las flores
por Florida:

Con la armonía te encantas
de las rimas de cristal,
y deshojas a sus plantas,
un madrigal.

Piruetea, baila, inspira
versos locos y joviales;
celebre la alegre lira
los carnavales.

Sus gritos y sus canciones,
sus comparsas y sus trajes,
sus perlas, tintes y encajes
y pompones.

Y lleve la rauda brisa,
sonora, argentina, fresca,
¡la victoria de tu risa
funambulesca!

Rubén Darío

Carnaval es música, es color y fantasía. Carnaval también es historia y tradición.  Esta celebración tiene su origen probable en fiestas paganas, como las que se realizaban en honor a Dionisos, el Dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del buey Apis en Egipto.

Según algunos historiadores, los orígenes de las fiestas de Carnaval se remontan a las antiguas Sumeria y Egipto, hace más de 5,000 años, con celebraciones similares en la época del Imperio Romano, desde donde se difundió la costumbre por Europa, siendo traído a América por los navegantes españoles y portugueses que nos colonizaron a partir del siglo XV.

La celebración del Carnaval es una de las fiestas más populares. Se celebra en los países que tienen tradición cristiana, precediendo a la cuaresma. Por lo general, en muchos lugares se celebra durante tres días, y se los designa con el nombre de carnestolendas, y son los tres días anteriores al Miércoles de Ceniza, que es el día en que comienza la cuaresma en el Calendario Cristiano.

Se supone que el término carnaval proviene del latín medieval “carnelevarium”, que significaba “quitar la carne” y que se refería a la prohibición religiosa de consumo de carne durante los cuarenta días que dura la cuaresma.

Restos del carnaval

RESTOS DEL CARNAVAL

Cuento de Clarice Lispector


No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación, me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás. Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir. Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz.

¿Y las máscaras? Tenía miedo, pero era un miedo vital y necesario porque coincidía con la sospecha más profunda de que también el rostro humano era una especie de máscara. Si un enmascarado hablaba conmigo en la puerta al pie de la escalera, de pronto yo entraba en contacto indispensable con mi mundo interior, que no estaba hecho sólo de duendes y príncipes encantados sino de personas con su propio misterio. Hasta el susto que me daban los enmascarados era, pues, esencial para mí.

No me disfrazaban: en medio de las preocupaciones por la enfermedad de mi madre, a nadie en la casa se le pasaba por la cabeza el carnaval de la pequeña. Pero yo le pedía a una de mis hermanas que me rizara esos cabellos lacios que tanto disgusto me causaban, y al menos durante tres días al año podía jactarme de tener cabellos rizados. En esos tres días, además, mi hermana complacía mi intenso sueño de ser muchacha —yo apenas podía con las ganas de salir de una infancia vulnerable— y me pintaba la boca con pintalabios muy fuerte pasándome el colorete también por las mejillas. Entonces me sentía bonita y femenina, escapaba de la niñez.

Pero hubo un carnaval diferente a los otros. Tan milagroso que yo no lograba creer que me fuese dado tanto; yo que ya había aprendido a pedir poco. Ocurrió que la madre de una amiga mía había resuelto disfrazar a la hija, y en el figurín el nombre del disfraz era Rosa. Por lo tanto, había comprado hojas y hojas de papel crepé de color rosa, con las cuales, supongo, pretendía imitar los pétalos de una flor. Boquiabierta, yo veía cómo el disfraz iba cobrando forma y creándose poco a poco. Aunque el papel crepé no se pareciese ni de lejos a los pétalos, yo pensaba seriamente que era uno de los disfraces más bonitos que había visto jamás.

Fue entonces cuando, por simple casualidad, sucedió lo inesperado: sobró papel crepé, y mucho. Y la mamá de mi amiga —respondiendo tal vez a mi muda llamada, a mi muda envidia desesperada, o por pura bondad, ya que sobraba papel— decidió hacer para mí también un disfraz de rosa con el material sobrante. Aquel carnaval, pues, yo iba a conseguir por primera vez en la vida lo que siempre había querido: iba a ser otra aunque no yo misma.

Ya los preparativos me atontaban de felicidad. Nunca me había sentido tan ocupada: minuciosamente calculábamos todo con mi amiga, debajo del disfraz nos pondríamos un fondo, de manera que, si llovía y el disfraz llegaba a derretirse, por lo menos quedaríamos vestidas hasta cierto punto. (Ante la sola idea de que una lluvia repentina nos dejase, con nuestros pudores femeninos de ocho años, con el fondo en plena calle, nos moríamos de vergüenza; pero no: ¡Dios iba a ayudarnos! ¡No llovería!) En cuanto al hecho de que mi disfraz sólo existiera gracias a las sobras de otro, tragué con algún dolor mi orgullo, que siempre había sido feroz, y acepté humildemente lo que el destino me daba de limosna.

¿Pero por qué justamente aquel carnaval, el único de disfraz, tuvo que ser tan melancólico? El domingo me pusieron los tubos en el pelo por la mañana temprano para que en la tarde los rizos estuvieran firmes. Pero tal era la ansiedad que los minutos no pasaban. ¡Al fin, al fin! Dieron las tres de la tarde: con cuidado, para no rasgar el papel, me vestí de rosa.

Muchas cosas peores que me pasaron ya las he perdonado. Esta, sin embargo, no puedo entenderla ni siquiera hoy: ¿es irracional el juego de dados de un destino? Es despiadado. Cuando ya estaba vestida de papel crepé todo armado, todavía con los tubos puestos y sin pintalabios ni colorete, de pronto la salud de mi madre empeoró mucho, en casa se produjo un alboroto repentino y me mandaron enseguida a comprar una medicina a la farmacia. Yo fui corriendo vestida de rosa —pero el rostro no llevaba aún la máscara de muchacha que debía cubrir la expuesta vida infantil—, fui corriendo, corriendo, perpleja, atónita, entre serpentinas, confeti y gritos de carnaval. La alegría de los otros me sorprendía.

Cuando horas después en casa se calmó la atmósfera, mi hermana me pintó y me peinó. Pero algo había muerto en mí. Y, como en las historias que había leído, donde las hadas encantaban y desencantaban a las personas, a mí me habían desencantado: ya no era una rosa, había vuelto a ser una simple niña. Bajé a la calle; de pie allí no era ya una flor sino un pensativo payaso de labios encarnados. A veces, en mi hambre de sentir el éxtasis, empezaba a ponerme alegre, pero con remordimiento me acordaba del grave estado de mi madre y volvía a morirme.

Solo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme. Un chico de unos doce años, que para mí ya era un muchacho, ese chico muy guapo se paró frente a mí y con una mezcla de cariño, grosería, broma y sensualidad me cubrió el pelo, ya lacio, de confeti: por un instante permanecimos enfrentados, sonriendo, sin hablar. Y entonces yo, mujercita de ocho años, consideré durante el resto de la noche que al fin alguien me había reconocido; era, sí, una rosa.

Satanella

SATANELLA

Satanella, o Amor e Infierno, fue creada por Joseph Mazilier con música de los compositores franceses Napoleón Henri Reber y François Benoist. El libreto fue escrito por Jules-Henri Vernoy de Saint y se basó en la novela romántica oculta de 1772  El diablo enamorado de Jacques Cozette. El ballet se estrenó el 23 de septiembre de 1840 en París bajo el título  Le Diable amoureux con Pauline Leroux como Uriel y Mazilier como Frédéric. Le Diable amoureux hizo su debut en Londres en el Drury Lane Theatre en el verano de 1843 con Carlotta Grisi y Lucien Petipa en los papeles principales.

Le Diable amoureux  fue uno de los primeros ballets parisinos que Petipa organizó para el Ballet Imperial, para el que colaboró ​​con su padre. El dúo de padre e hijo organizó el ballet bajo el título de  Satanella  y se estrenó en el Teatro Imperial Bolshoi el 22 de febrero de 1848, con Elena Andreyanova como Satanella y Petipa como Conde Fabio. 

Petipa revivió a  Satanella en dos ocasiones para el Ballet Imperial. Para su primer renacimiento, Cesare Pugni compuso nuevas incorporaciones musicales. El primer renacimiento de Petipa de  Satanella se  estrenó en el Teatro Imperial Bolshoi el 30 de octubre de 1866 con Praskovya Lebedeva como Satanella y Lev Ivanov como Conde Fabio. Dos años después, Petipa organizó su segundo renacimiento con nuevas incorporaciones musicales de Pugni. Su segundo renacimiento se estrenó en el Teatro Imperial Bolshoi el 7 de mayo de 1868, con Alexandra Vergina como Satanella e Ivanov como Conde Fabio.

Ivan Clustine, quien es más conocido por ser el coreógrafo de la compañía de Anna Pavlova, organizó un renacimiento de la versión de Petipa de  Satanella  en el Teatro Imperial Bolshoi el 18 de febrero de 1897. La versión de Petipa de  Satanella  no sobrevivió, pero la coreografía de Mazilier para su producción en París de Le Diable amoureux  fue notada por Henri Justament y es parte de su colección de ballets franceses del siglo XIX.

El Carnaval de Venecia (Satanella Pas de deux)

La pieza más famosa conocida hoy que está asociada con la producción de Satanella  de Petipa es  Le Carnaval de Venise o Satanella Pas de deux.

En 1857, Petipa creó un nuevo concierto  pas de deux  para la actuación benéfica de la prima bailarina italiana  Amalia Ferraris, para la cual se asoció con la bailarina. Petipa coreografió el  pas de deux  con nueva música arreglada por Cesare Pugni desde un aire tomado de la pieza para violín de Paganini conocida como  Carnevale di Venezia (Op.10) . El  pas de deux  se tituló  Le Carnaval de Venise . Cuando Petipa revivió por primera vez a  Satanella en 1866,  Le Carnaval de Venise fue interpolado en el tercer acto del ballet, donde se mantuvo durante muchos años.

El  Le Carnaval de Venise  vivió mucho tiempo después de los de larga duración  Satanella  dejó el repertorio del Ballet Imperial. En un momento, Petipa revivió el  pas de deux  para Pierina Legnani y la coreografía realizada por Legnani, especialmente para la variación femenina, parece haber sobrevivido hasta nuestros días.

En Rusia, este  pas de deux  se conoce como el  Pas de deux de Fascinación de Satanella o  el Carnaval de Venecia Pas de deux,  o el Pas de deux de Carnaval veneciano.  Los múltiples títulos de la pieza derivan de sus orígenes en Satanella  y del hecho de que la música tuvo su base en la composición de Paganini para violín  Carnevale di Venezia (Op. 10).

Hoy, el  Satanella pas de deux  es un elemento básico del repertorio de ballet clásico y del circuito de competencia de ballet. El  pas de deux  aparece destacado en el famoso documental  The Children of Theatre Street,  presentado por la Princesa Grace de Mónaco y presenta a los estudiantes que asisten al Instituto Coreográfico de Vaganova.

Argumento

El conde Fabio, un joven favorito de la sociedad, convoca al diablo para que sea su compañero. El diablo aparece en varias formas. Finalmente, toma el disfraz de Satanella, una belleza encantadora y el Conde Fabio se enamora apasionadamente. Sin embargo, inesperadamente, en la víspera de su boda, Satanella deja a un lado su máscara y revela su verdadero rostro.