En la chimenea no era Santa Klaus

EN LA CHIMENEA NO ERA SANTA KLAUS

por Henrique Mendes – En español y portugués

 

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Se escuchaba hacía ya algunos días un ruido anormal que venía del extractor de los servicios aquí en casa – y era más extraño  cuando sonaba precisamente estando apagado.

Intrigado, pensé que no podría ser nada de muy especial.  Después de todo el vemtilador es apenas un pequeño motor eléctrico que saca el aire del wc y lo expele por un tubo que va hasta el tejado, donde hay una especie de pequeña chimenea.

La única cosa que podía imaginar, capaz de producir un sonido como aquel, era el de una bolsa de plástico  que hubiese penetrado por el tubo y quedado atrapada en algún lugar, por algún proceso imposible de imaginar, vibrando con el viento y haciendo  aquel sonido característico de las alitas de  un pajarito.

Alas de pajarito… El pensamiento llegó como un golpe de martillo. No podía ser. Ya se escuchaba  hacía varios días, a veces. Un pajarito atrapado no dura todo eso. Dura y no escuchaba piar, ningún tipo de chirriar, nada. Ninguna de esas cosas que creemos que hacen los pajaritos. Pero… Un pajarito ¿Podría ser?

Corrí para traer una linterna y guantes;  subí con un pie sobre un banco y el otro sobre la tapa del sanitario, dejando la luz del techo apagada para no hacer trabajar el extractor. No escuchaba nada de nada, ni un sonidito más. Claro que no podía ser un pajarito, decía otro canto de mi razón,  intentando imponerse.

Pero a las manos, me las incitaba el corazón. Mi esposa manejaba la linterna y yo, en medio de la oscuridad, o en medio a la sombra de mis manos, alcancé  a desmontar el panel del aparato, lo desconecté de la electricidad, lo desatornillé de la pared y finalmente, ya con la luz encendida otra vez, lo retiré de su nicho en la pared, con todo cuidado.

Adentro era oscuro, había un tubo de plástico negro; no podía ver bien y tuve de usar la linterna otra vez, pero si… Un poquito más adelante estaba un pajarito, de espaldas hacia mí, mirando para arriba del túnel por donde cayera hasta allí, y por donde ahora no podía regresar, pues  no había espacio para batir sus alitas.

Enredé un paño en mi mano, y pude con trabajo meterla en el agujero en la pared hasta agarrar el pequeño pajarito y sacarlo afuera. Era un pequeño gorrión común, que sentí muy calientito en mi mano, y a quien intenté dar agua mojando mi dedo, acercándolo a su pico. Gané una picadas inofensivas pero llenas de combatividad. Fuerte, su corazoncito golpeaba a mil por hora.

Decidí llevarlo hasta la ventana de la cocina y dejarlo volar. Voló rápido y sin hesitaciones, a pesar de su cautiverio de varios días, sin comida ni agua. Su vuelo fue sencillo y eficiente, desapareciendo casi de inmediato. Pero recuerdo sus ojitos oscuros y brillantes, y, sobre todo, el sonido de sus alas golpeando el aire, cuando salió de mis manos. Era el mismo sonido que yo escuchaba  dentro de la pared.

La alegría de saberlo bien y verlo volando libre, fue avasalladora.

Y así pasó el momento. Regresaron todas las cosas que habían quedado en suspenso de aquella hipótesis de que fuera un pajarito, y que súbitamente habían sido priorizadas de otra forma.  La internet me ha dicho más tarde que se trataba de un gorrión  hembra, y que deberá vivir más o menos quince años, y eso es mucho más  de lo que yo podría imaginar. Tal como jamás podría imaginar este regalo de Navidad, que  la vida me ofreció, disfrazado en ser útil a un pajarito.

Feliz Navidad, pajarito. Gracias por haber estado en mi casa.

* * *

Escutava-se, havia já alguns dias, um ruído anormal vindo do exaustor de ar do banheiro aqui de casa – tão mais estranho quanto ocorria precisamente nas alturas em que estava desligado.

Intrigado, ponderei que não podia ser nada de muito especial. Afinal,  o exaustor é apenas  um pequeno motor eléctrico que suga o ar do banheiro e o expele por um tubo que vai até ao telhado, onde há uma espécie de pequena chaminé.

A única coisa que conseguia imaginar, capaz de produzir um ruído como aquele, era o de uma sacola de plástico que tivesse entrado pelo tubo e tivesse ficado entalada, de alguma maneira impossível de imaginar, vibrando com o vento e fazendo aquele som adejante como asas de um passarinho.

Asas de passarinho. O pensamento surgiu como uma martelada. Não podia ser. Já se escutava há vários dias, de vez em quando. Um passarinho não dura tanto tempo, dura ? E não se escutava nenhum pio, chilreio,  nada dessas coisas que supomos que os passarinhos fazem. Mas seria ? Um passarinho ?

Corri atrás da lanterna e dumas luvas, subi com um pé num banquinho e o outro no vaso sanitário, deixando a luz do tecto desligada para não fazer funcionar o exaustor. E não escutava nem mais um ruído, nada. Claro que não podia ser um passarinho, dizia-me um canto da razão.

Mas às mãos impelia-as o coração. Minha mulher segurava a lanterna, e meio no escuro, meio na sombra das minhas mãos, lá desmontei a face do aparelho, desliguei-o da electricidade, desaparafusei-o da parede e por fim, já de luz acesa, retirei-o do seu nicho dentro da parede com todo o cuidado.

Lá dentro era escuro, tubo de plástico preto, não conseguia ver bem e tive de usar a lanterna outra vez,  mas sim…Um pouco mais à frente estava um passarinho. Virava as costas para mim, e olhava para cima, para o túnel por onde chegara até ali, e por onde agora não conseguia voltar pois não tinha espaço para bater as asas.

Enrolei um pano na mão, que consegui a custo enfiar no buraco até apanhar o pequeno passarinho e trazê-lo para fora. Era um pardal comum, quentinho na minha mão, a quem tentei dar água molhando o dedo e encostando-o ao seu bico. Ganhei umas bicadas inofensivas mas cheias de combatividade. Forte, o seu coraçãozinho batia a mil por hora.

Decidi levá-lo até à janela do prédio e deixá-lo voar. Voou rápido e sem hesitações, apesar do cativeiro de vários dias, sem alimento nem água. O seu voo foi singelo e eficiente, desapareceu quase de imediato.  Mas recordo dele os olhinhos muito escuros e brilhantes e, acima de tudo, o som das asinhas batendo, quando saiu da minha mão. Era o mesmo som que eu escutava dentro da parede.

A alegria de vê-lo bem e voando, livre, foi avassaladora.

Depois o momento passou, Regressaram todas as coisas que tinham ficado em suspenso daquela hipótese de ser um passarinho, e que de repente tinham ficado priorizadas de uma outra forma. A internet disse-me mais tarde que se tratava de um pardal fêmea, e que viviam cerca de 15 anos, o que é muito mais do que eu poderia imaginar. Tal como jamais iria imaginar este presente de Natal, que a vida me deu, disfarçado de ser útil a um passarinho.

Feliz Natal, passarinho. Obrigado por teres vindo.

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