El señor Federico

EL SEÑOR FEDERICO

 

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Autor: Andrés Torres Scott

El día que descubrí que el señor Federico abría el atún, que enjuagaba la lata y que luego la tiraba a la basura para entonces pedirme de desayunar, decidí que ya no haría caso a sus lloriqueos y que le dejaría de alimentar por las mañanas.

El señor Federico es un gato gris que recogí en la calle. Él estaba metido entre un maguey y un rosal y yo me espiné inevitablemente la palma de la mano al cogerlo. Por si fuera poco, resistí cuando me embistió y me arañó un dedo. Aquel día el señor Federico era del tamaño de un mouse —de uno de computadora—, su cola era igual de larga que mi meñique y apenas y podía caminar. Hoy día el señor Federico es un gato gris y pachoncito. Parece gordo, pero también parece estar muy peludo, la cosa se soluciona cuando lo baño y su cuerpo no me deja la menor duda de que además de estar greñudo, está gordo.

Mi estado de ánimo y mi relación con el señor Federico se vieron alteradas cuando le dije, cara a cara, que yo sabía que él se abría una lata de atún. Añadí que lo había visto con mis propios ojos usar un cuchillo para abrir la lata y que después lo vi enjuagarla en el fregadero y la tirarla a la basura para pedirme de desayunar.

No sé si mi queja hubiera causado el mismo efecto con un perro, pero el señor Federico no dejó de abrir latas de atún, éstas siguen haciéndose menos en la despensa. Además, el señor Federico dejó de enjuagarlas y de tirarlas a la basura y mantuvo su chillido matutino a mis pies para que le diera de comer una vez más.

Ahora, cuando vuelvo a casa al anochecer, el departamento apesta a atún. Y no es que yo sea de olfato delicado ni mucho menos, pero no resisto el olor a pescado, ni el de la mierda me molesta tanto. Dejé de comprarle latas de atún y así por unos días la peste se esfumó de la casa. Una semana después, al volver del trabajo y subir las escaleras, noté que el piso dos del edificio olía a pescado. Mi vecino, un hombre soltero de unos cuarenta y pico de años, vestido de traje y corbata, abría en ese momento la puerta de su depa, se dirigió a mí.

—Vecina, creo que vi a su gato comiendo de una lata de atún en mi casa, ¿será?

No respondí nada, solo moví la cabeza de lado a lado. Lo mejor hubiera sido no decirle al señor Federico que lo vi abrir una lata de atún.

 

 

 

 

 

 

 

 

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