Viaje a la gota más pequeña del mundo

Viaje a la gota más pequeña del mundo

por Leonor Aguilar – Argentina – 

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Había una vez un hombre que vivía en una comarca muy grande,  quería ser rey pero no tenía corona, tenía un gran trasero pero carecía de trono, y aunque era el amo de todo lo existente en el territorio donde habitaba, el más grande dominio del mundo,  y estaba lleno de riquezas y abundancia, se sentía vacío y desolado por las lluvias y sequías de su propio estado mental.

Un día, cansado de todos los súbditos que no hacían más que llenarlo de falsos elogios, decidió emprender un viaje. Pero no era un viaje cualquiera, él tenía un proyecto secreto y burlesco que llevaba muchos meses meditando. No le alcanzaba su gran mundo, quería destruir a los pequeños que vivían en los alrededores sin rendirle honores, quería por fin ser coronado rey del mundo entero y creía haber encontrado el modo.

Silenciosamente se disfrazó con prendas de mujer para no ser reconocido, llenó su bolso de actitud enfermiza, cizaña y falsedad, y sin más inició el camino hacia la parcela más pequeña, la que más detestaba. Después de andar un tanto la tierra fue cambiando de color. El suelo rojizo le hizo notar que se había alejado lo suficiente como para estar seguro de haber abandonado totalmente su gran comarca. Ahora sólo dependía de sí mismo y esa idea lo hizo sentirse libre, más libre que nunca.

Llegó al poblado pequeño donde fue recibido amablemente. Al principio se dedicó a observar las actividades de la gente tratando de no llamar demasiado la atención. Ignoraba que había sido reconocido desde el momento mismo en que pisó esas tierras.

Con el paso de los días se fue animando a entablar conversación con algunos pobladores. Sonreía en público y mordía arenas de resentimiento en los ratos de soledad, en tanto buscaba a alguien especial, alguien que pudiera ser tentado y acabara caminando tras sus pasos. Si podía lograr que se rinda a sus pies, estaba convencido de poder lograr un éxodo hacia su nunca jamás.  No escatimó halagos ni sonrisas, bien valían la pena si se cumplía su objetivo. Tampoco le importaba el futuro de los posibles seguidores, la meta era sólo destruir.

Y al fin dio con quien buscaba. Había hallado la veta, un ego que se reflejaba en una copia débil de sí mismo, un ser que tenía sus ambiciones pero carecía de su poder. Esparció delicadamente las loas que llevaba en su bolso, prometió riquezas y, sonriendo fríamente para sí pensando en que lograba su cometido, brindó por las promesas del mañana. La misión parecía rendir sus primeros frutos.

Era la hora de retornar silenciosamente a sus dominios. Ya habían pasado muchos días y estaba echando en falta la adulación a su persona, el sometimiento de quienes lo rodeaban, el dirigir, el aplacar, el ofender.

Pero ocurrió que cuando quiso regresar a sus tierras, cada vez que hacía el intento de volver, perdía las puertas de salida. No podía escapar de ese lugar pequeño, algo que no podía entender ni controlar lo obligaba a querer posponer la partida. Verde de furia, herido en la codicia y golpeado en su poder supo que había quedado atrapado para siempre.

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