LA EMBOSCADA

LA EMBOSCADA

Cuento de Facundo Quiroga (Argentina)

Este cuento obtuvo el 1° puesto en la Categoría A del “XX Concurso Literario Letras Jóvenes 2016” de Godoy Cruz – Mendoza –

¡Felicidades Facundo! ¡Gracias por compartir tus trabajos con LetrA – Z!

            Me hallaba escondido detrás de un boj, algo pelado, mas al ser chiquito, no me notaría. Mi respiración entrecortada me podría delatar, por lo cual tenía miedo, ya que mis piernas estaban exhaustas de tanto correr. Escuchaba cómo mis amigos eran agarrados por el otro bando y eso me generaba un escalofrío. Eso quería decir que podría ser el último y que todo dependía de mí.

El cielo anaranjado comenzaba a apagarse. Tomé aire, me asomé cautelosamente entre las ramas y, al no ver a nadie, salí de mi escondite y me arrastré por la vereda. Al llegar a la acequia, escuché que alguien gritaba que yo era el último para que los “policías” pudieran ganar el juego y, de esa forma, cambiar los roles. Todos los participantes odiábamos ser policías, te cansabas muy rápido. En fin, me escondí debajo del puente, inmerso en la negrura del ambiente. De pronto, oí unos pasos cerca de mí, por lo que respiré hondo y me tapé la nariz, para no emitir sonido alguno. Escuchaba el crujir de las hojas sobre mi cabeza. No podía moverme, cualquier ruido me delataría, por lo que terminaríamos perdiendo el juego y todos se enfadarían conmigo.

Pasaron los minutos más eternos de mi vida, hasta que vi que el policía seguía caminando hacia el otro lado. De repente, un farol de la calle se prendió e iluminó diagonalmente hacia donde yo estaba. “Cristian, ¿no has visto a Facundo? No lo encontramos por ningún lado”, gritó alguien, cerca. Mi enemigo se dio vuelta en dirección hacia donde me encontraba, pero no me vio. Mis manos temblaban y la desesperación recorría mi cuerpo. Parecía que el tiempo se había congelado, intentaba pensar en el escape, pero mi mente no podía trabajar. “Creo que ya lo encontré”, comentó Cristian y corrió calle abajo. Luego, vi pasar a Manuel dando largas zancadas y aproveché para salir.

La “cárcel” se encontraba en la entrada del barrio y yo estaba al final, por lo que debía apurarme para llegar sin que los otros dos, que eran los más rápidos, pudieran agarrarme. Si mal no recuerdo fue el día en que más rápido corrí, ayudándome con los brazos e inclinándome hacia delante. Me dolía la panza de respirar mal, pero no importaba, no debía defraudar a mi equipo. Al estar a media cuadra de la prisión, todos comenzaron a gritar mi nombre desesperados para que los salvara. Esto me delató y los otros se abalanzaron sobre mí. No debía echarme atrás, tenía que aplicar mis técnicas de movimiento de mareo y lograríamos la victoria. Primero me atacaron dos, los esquivé saltando la acequia varias veces, metiéndome entre los autos y agachándome. Ya había pasado una barrera, pero ahora venían tres hacia mí, dejando solamente a un guardia. Si ganaba esta batalla, el resto sería pan comido. Tomé coraje y me enfrenté a ellos. Pude pasar a uno, no obstante cuando iba a pasar al segundo, resbalé con una piedra y caí de costado al suelo, raspándome todo el brazo. A los pocos segundos, me vi rodeado de cinco policías, mientras que a lo lejos aparecían Manuel y Cristian. Intenté levantarme, mi brazo ensangrentado no respondía, por lo que me entregué a los opositores. Cuando me levantaron, vi que detrás de unos troncos junto a la cárcel, Valentina, la más pequeña del equipo, con apenas un metro quince de altura, salía de su escondite y liberaba al grupo. Se escucharon gritos de algarabía mientras que escapaban en distintas direcciones y sonreí. Nuevamente volveríamos a ser “ladrones” hasta la madrugada.

 

Aquel verano pasaba de forma rápida, pero no había momento en que no jugáramos a “La Emboscada”.

Hubo un día en que Julia y Emilia decidieron no participar porque se juntaban con unos chicos a tomar un helado. Resultó raro ya que siempre eran importantes en el equipo. Al día siguiente, tampoco quisieron y se sentaron en la plaza con sus celulares mientras se sacaban fotos. Así fueron las próximas semanas y, poco a poco, el resto del grupo empezó a hacer lo mismo.

El último día de verano, me levanté temprano para aprovecharlo al máximo. Siempre nos juntábamos a las diez de la mañana en la calle principal para elegir quién sería policía cantando “Sandía sandía, tú se-rás un gran po-li-cí-a” y quién asumía el rol de ladrón con “Melón melón, tú se-rás un gran la-drón”. Creí haber llegado primero aunque al pasar los minutos, iniciaron mis sospechas de que nadie vendría. A la hora y media, vi pasar a los chicos y los invité a jugar, pero me dijeron que no, porque era un juego para niños y que debíamos madurar porque empezábamos octavo. Triste, caminé hacia mi casa y, al llegar a mi habitación, me tiré en la cama a convencerme de que ya no habría más… “La Emboscada”.

Y allí fue cuando me di cuenta que durante toda mi niñez no había estado corriendo de mis amigos, los policías, sino que escapaba de lo que vendría, la adolescencia, para ponerle fin a una etapa basada en risas, juegos, libertad y la más pura inocencia.

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