Bolero de Ravel

Bolero de Ravel

 

 

 

Bolero es una pieza creada por el compositor francés Maurice Ravel en 1928 y estrenada en la Ópera Garnier deParís el 28 de noviembre de ese mismo año. Este ballet, compuesto y dedicado a la bailarina Ida Rubinstein, vio la luz con la orquesta dirigida por Walter Straram y la coreografía de Bronislava Nijinska.

Bolero, una pieza que con pocos notas (dos temas), que se repiten sucesivamente, pero que el compositor orquestó de tal forma que ha llegado a ser una de las obras más famosas de la  historia de la música.

El Bolero nace de la combinación de dos rasgos muy característicos de Ravel: la pereza a la hora de ponerse a escribir y su pasión por marcarse retos y superarlos. Con tal de no ponerse a componer una obra estructurada y así ahorrarse tiempo y cabeza, prefirió componer un tema y repetirlo varias veces, pero  con una gran orquestación, como era habitual en Ravel. El reto consistió en crear una obra a partir de unos mínimos elementos: un patrón rítmico de 2 compases y una melodía de 32 compases que se repiten una y otra vez en una tonalidad que sólo modula al final.
Cuentan que en el estreno de la obra en París, una mujer gritó: – “¡Al loco, Al loco!” – y Ravel, sonriendo, declaró que esa mujer había comprendido perfectamente la obra. En efecto, hay que estar muy “loco” para escribir una obra con esas características y lograr que en ningún momento la reiterada repetición temática sea tediosa, más bien todo lo contrario, y para tener tanta fe en un triunfo creativo

Pese a que Ravel dijo que consideraba la obra como un simple estudio de orquestación, el Bolero esconde una gran originalidad, y en su versión de concierto ha llegado a ser una de las obras musicales más interpretadas en todo el mundo.

Ravel, cuya reputación superaba ya las fronteras de Francia, acababa de terminar su Sonata para violín y piano y había firmado el contrato más importante de su vida para realizar una gira de conciertos de cuatro meses en los Estados Unidos y Canadá.  Poco antes de partir, la empresaria y bailarina rusa Ida Rubinstein, le encargó que compusiera un “ballet de carácter español” que ella misma, con cuarenta y dos años, contaba representar con su propia compañía. Ida Rubinstein era en ese momento ya una rica empresaria que había decidido montar con su dinero su propia compañía de ballet y competir con el mismísimo Serge Diaghilev. Para ello había ideado una temporada con encargos a Ravel y a Stravinski —con quienes mantenía una buena amistad— y a otros compositores como Honegger, Milhaud, Sauguet y Auric que junto a otros artistas se beneficiaban también de sus obras de mecenazgo
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Ravel tenía muchas obligaciones que atender, y para cumplir el encargo sin demasiado esfuerzo, acordó con su colaboradora que podría orquestar seis piezas extraídas de la suite para piano Iberia del compositor español Isaac Albéniz, en un proyecto inicialmente bautizado como Fandango. Pero iniciado el trabajo, y a su regreso de la gira norteamericana, fue advertido de que los derechos de orquestación de Iberia, propiedad de la editorial Max Eschig, habían sido cedidos en exclusiva a otro compositor español, Enrique Fernández Arbós.

Esta noticia fue recibida por Ravel con preocupación. Comprendiendo la vergüenza de Ravel, Arbós le propuso, generosamente, la cesión de sus derechos sobre Iberia, pero Ravel, todavía disgustado, pensó en abandonar el proyecto, y dado que ya se había hecho a la idea de no trabajar demasiado porque no quería componer sino sólo orquestar, decidió hacer algo experimental, un ballet para orquesta que solo utilizaría un tema y un contra-tema repetidos y en el que el único elemento de variación provendría de los efectos de orquestación que sustentarían un inmenso crescendo a lo largo de toda la obra.

Ravel acabó la obra acordada y en un principio le llamó “Fandango”, como estaba destinado. Pero al parecerle que el ritmo de su obra era más rápido que un fandango, prefirió escoger otra danza tradicional andaluza, el bolero. Una vez cambiado el titulo, dedicó su obra a su amiga Ida Rubinstein.

El experimento resultó un éxito y desde entonces su gloria ya no tuvo límites. A Ravel le llamaban de todo el mundo para que dirigiera su Bolero que, aunque se estrenó efectivamente como un ballet, en la Ópera de París el 20 de noviembre de 1928 por Ida Rubinstein, muy pronto se desprendió de su envoltorio coreográfico para mostrarse con la más absoluta crudeza en las salas de concierto. En contra de los pronósticos poco optimistas del propio Ravel el Bolero se impuso en los programas de las orquestas y desde los conciertos pasó a los medios de difusión, a los más característicos del siglo XX, primero la radio y luego el cine, que ha tratado el Bolero con todos los matices posibles, desde las parodias de Cantinflas hasta las elucubraciones erótico-filosóficas de la actriz Bo Derek.

En el estreno de su producción de ballet, a la ópera en noviembre de 1928, Ida Rubinstein bailó el papel de una bailarina de flamenco que está ensayando pasos sobre una mesa en un bar, rodeado de hombres cuya admiración se convierte en obsesión erótica. Ravel no estaba muy de acuerdo, su propia concepción era una escena al aire libre delante de una fábrica donde los trabajadores saldrían a bailar juntos, mientras se jugaba la historia de un torero muerto. por un rival celoso. Se llevó a cabo de esta manera, en la Opera, en una ocasión después de la muerte de Ravel.
1960 por Béjart (1927-2007), que entró en el repertorio de la Opera de París en 1970, no está inspirada en la versión inicial, hecha en 1928 para la bailarina Ida Rubinstein.

Fue en las tabernas “todavía sin contaminar por el turismo” de los “pueblecitos griegos de los años 50, recorridos a pie”, donde el maestro marsellés descubrió “la esencia de ese movimiento entre Oriente y Occidente”, según explicó él mismo en su día. A partir de 1979, en los montajes de Béjart, el papel de la gitana originaria, que el coreógrafo Bronislava Nijinska colocó sobre una mesa en una taberna andaluza para mayor “embriaguez sensual de la asamblea masculina”, era ocupado a veces por un hombre, recordó la Opera de París.

Un personaje no menos embriagador, con su incansable “balanceo sensual y lascivo” ante una treintena de bailarines absortos en el intenso ‘crescendo’ de Ravel, añadió. Entre los intérpretes masculinos que afrontaron esta pieza destacó, en vida de Béjart, Jorge Donn, y entre los femeninos la bailarina yugoslava Duska Sifnios, que estrenó la obra en los años sesenta.

En la película “Los Unos y los Otros”, Claude Lelouch presenta cuatro historias de vidas marcadas por la II Guerra Mundial que se entrelazan especialmente por la música. El director reúne a los personajes en una escena magistral en la Torre Eiffel, cuando comienza a sonar el Bolero de Ravel y el bailarín inicia un despliegue suave y rítmico de fuerza, de una energía sublime, en conexión con la vida, con la naturaleza, con el universo que nace en lo profundo de su ser y vuela, baila, atrapa.

Lo más curioso de Ravel es que ese reconocimiento de sus colegas y del público no encontró nunca un respaldo oficial. A lo largo de su vida se sucedieron varios “casos Ravel”, que la prensa aireó con escándalo. En su juventud, con sus primeros triunfos en el currículum, se le negó en varias ocasiones la máxima distinción francesa a los artistas menores de 30 años: el Premio Roma. Se le adelantaban músicos de menor talento, pero más respetuosos con las normas académicas; la última vez que le suspendieron en el examen del Premio Roma el jaleo que se armó fue de tales proporciones que le costó el puesto al director del Conservatorio de París, que era miembro del jurado. En sus años de gloria el estado francés intentó reparar esos pecados de juventud y quiso concederle la Legión de Honor, pero una desafortunada serie de desencuentros acabaron por eliminarle de la lista. Y por supuesto los Académicos jamás le aceptaron entre sus filas. No faltaba más, era uno de los fundadores de un grupo de artistas que aceptaron como denominación el término “Apaches”: un insulto que les dirigió un quiosquero de periódicos que se sintió atropellado por aquellos jóvenes que se retiraban con las luces del día, después de una noche de juerga. Eran los mismos que fundaron una Sociedad de Música Independiente para organizar conciertos en los que estrenar sus obras, fuera de los circuitos académicos que les cerraban sus puertas. Una Sociedad que, a despecho de las instancias oficiales, revolucionó la música francesa e hizo de París una vanguardia en los primeros años de este siglo.

La batalla por los derechos de autor

Lo irónico de la batalla por el copyright es que Bolero fue creado por culpa del copyright.

La primera versión que hizo Ravel se llamaba “fandango” y era una orquestación sobre una obra de piano del compositor español Isaac Albéniz. Sin embargo, Ravel no consiguió losderechos necesarios para su versión, por lo que se vio obligado a empezar otra vez de cero. Así nació el famoso Bolero, una bellísima melodía que esconde detrás la siniestra historia de un tango.”

Un manuscrito a bolígrafo de Maurice Ravel es el desencadenante de una sucesión de copyrights que llega al surrealismo y que el Estado Francés ha decidido finalizar con la adquisición por 1,8 Millones de Francos… Actualmente la Biblioteca Nacional de Francia es la depositaria.

Maurice Ravel murió en 1937 sin haber tenido hijos, por lo que los derechos del Bolero pasaron a manos de su hermano Eduard Ravel, quien no los pudo disfrutar con mucha salud puesto que en 1954 tuvo un accidente automovilístico junto con su esposa, del que no salió en buen estado.

Por este accidente se hizo necesaria la contratación de una enfermera,Jeanne Tavernne, que llegó acompañada de su marido, Alexandre Tavernne, un barbero que se dispuso a hacer funciones de chofer para la familia Ravel.

Eduard se fue recuperando y los ingresos por las composiciones de su hermano le estaban generando millones, así que, en un arrebato de patriotismo, declaró que tras su muerte donaría el 80% de los derechos de autor a la Ciudad de Paris. Sin embargo no es eso lo que hizo finalmente, a último momento y para sorpresa de los parisinos, Eduard Ravel cambió el testamento dejándole todo a la enfermera que lo había cuidado.

La decisión cayó como balde de agua helada al resto de la familia Ravel que enseguida contrató abogados para interponer un juicio. Con mucho dinero en juego y una justicia muy lenta, más de diez años de juicios hicieron que la propia enfermera Jeanne Tavernne muriera sin poder haber echado mano a los beneficios que, por supuesto, seguía generando la música de Ravel, pero que estaban inmovilizados por un tal Jean Jacques Lemoine, el director de la Sociedad de Autores Francesa hasta que terminara el juicio.

Tras años de pruebas, deliberaciones y apelaciones, el tribunal dicta sentencia y deja como único heredero de una cantidad bastante importante de millones a Alexandre Tavernne, el barbero convertido en chofer, marido de la enfermera que había cuidado al hermano del compositor Maurice Ravel.

Poco tiempo después Jean Jacques Lemoine desapareció “misteriosamente” de la SACEM y montó una nueva empresa, cuyo primer cliente fue Alexander Tavernne junto con los millones que había ganado en el juicio.

Jean-Jacques Lemoine y Alexandre Taverne no se conformaron con el millonario botín. Presentaron una demanda contra el editor de Maurice Ravel y consiguieron renegociar los viejos contratos. Ravel había cedido las tres cuartas partes de sus derechos de autor a su editor en lugar de la tercera parte habitual. Lemoine y Taverne volvieron a ganar.

En 1972 Lemoine aumentó aún más su parte del negocio. Creó una empresa, ARIMA, a la que por razones aún sin explicar, Alexandre Taverne y su hija, Georgette Taverne, cedieron la mayor parte de la propiedad de los derechos de autor de Ravel.

A partir de este punto, el reparto del pastel se convierte en un misterio. Según la familia Taverne, la mayor parte del negocio se lo queda Lemoine y ellos no han cobrado ni un euro desde hace años. La empresa ARIMA cambia su sede de paraíso en paraíso fiscal: primero en Gibraltar, después en las Islas Vírgenes. Jean Jacques Lemoine sale de escena y se dedica a disfrutar de su inmensa fortuna en Mónaco, donde –al parecer– aún vive, cerca de cumplir los cien años.
Lemoine no es el único que sacó partido del legado de Ravel. El otro gran beneficiado fue Jean-Manuel de Scarano, propietario de «Éditions Durand», la editorial de Ravel, desde el año 1982 hasta el 2000. Scarano, como presidente del sindicato de los editores de música de Francia, fue uno de los que consiguieron convencer al Gobierno francés de que extendiese la duración de los derechos de autor de 50 años hasta 70 después de la muerte del autor. También lograron que no contasen los 15 años que pasaron entre el inicio de la Primera Guerra Mundial y el fin de la segunda. Por eso el Bolero seguirá generando millones bajo la protección del derecho de autor hasta el 2015, 70 años después del fin de la Segunda Guerra Mundial.

Aparentemente, la familia Taverne sigue cobrando a través de ARIMA, cuya mitad que poseen. Los que no reciben nada son los descendientes directos de Ravel

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