Vida inteligente

VIDA INTELIGENTE

Por Andrés Torres Scott

 

Las dificultades no fueron pocas para aterrizar en el planeta, la atmósfera tenía más oxigeno del esperado y los instrumentos de la nave se afectaron. En lugar de aterrizar en la ciudad de Nueva York, aterrizaron más de 400 kilómetros al noroeste, en los bosques de Québec.

Después de 1,500 ciclos de viaje harían el primer contacto con esta raza alienígena.

Según mostraba la evidencia recopilada, los bípedos terrestres eran capaces de tener un pensamiento complejo y algo similar a la inteligencia.

Srin y Rad ya vestían los trajes que los protegían del carbono. Abrieron la compuerta con temor y emoción y contemplaron un lugar lleno de árboles. De inmediato, comprendieron que el color verde de las plantas era el equivalente al color naranja en su planeta. Esperaban una multitud de construcciones grises y de material reflejante, pero algo debió de haber fallado en sus cálculos.

Unos pasos adelante, estaba un bípedo tirado en el suelo: dos brazos, dos piernas y una cabeza de un octavo del tamaño del cuerpo, cubierta de pelo. Sí, debía ser un humano. Aullaba, quizá de dolor, parecía no poder moverse. Rad se acercó y el bípedo se cubrió la cara con ambos brazos.

—Está lastimado —dijo Srin—. El calor de la nave debió quemarlo.

—Debo curarlo —dijo Rad.

Se inclinó junto al bípedo, sacó un tubo de su cinturón y roció las heridas. El bípedo, al sentir mejoría, tomó los tres largos dedos de Rad, los apretó y lo miró a los ojos a través del visor del casco. Entonces, volvió a aullar.

Rad intentó entablar comunicación con él, pero el programa de traducción de exolenguajes indicó que no se expresaba en una lengua inteligible. Rad le colocó una pulsera antigravitacional para levantarlo e introducirlo a la nave. Adentro, bastaron nueve minutos para curarlo.

Ya sano, el bípedo y los visitantes salieron de la nave. El bípedo levantó una extremidad en son de despedida y se marchó de prisa hacia los árboles.

—Debió ser un error del departamento de biología —dijo Rad.

—Perderemos tres mil ciclos en ir y venir —dijo Srin.

—Alguien volverá en diez mil ciclos solares de este sistema —dijo Rad—. Quizá entonces encuentren vida inteligente.

Ambos abordaron y alistaron el despegue.

A unos metros, debajo de un abeto, el sasquatch miró a la nave elevarse. Debía correr a las cuevas antes de que los humanos se acercaran a averiguar qué era ese objeto en forma de plato que volaba por el bosque.

(Visited 53 times, 6 visits today)