LOS VIENTOS DEL AYER

LOS VIENTOS DEL AYER

por Martha Larios (México)

 

 

Yo tengo en el hogar un soberano
único a quien venera el alma mía;
es su corona de cabello cano,
la honra es su ley y la virtud su guía
Juan de Dios Peza

 

Era una calurosa tarde de junio, Víctor se encontraba recostado sobre el verde pasto, en un campo repleto de nopales y pirules, cerca se encontraban correteando algunas gallinas, los perros ladrando, los pajarillos cantando, el cielo inmensamente azul con una que otra nube que lentamente se movían y parecían danzar y alejarse llevadas por el leve viento que limpio pasaba por su cara, acaricándolo.

Ama este lugar con el que tanto soñó cuando vivía en la gran ciudad, una de las más pobladas del mundo. Le había hartado el ruido de la gente, que todo el tiempo van y vienen rápidamente, como si la vida se fuera ya, pero sin ser disfrutada, los automóviles con su constante movimiento y sonidos de claxon, la tremenda contaminación que sientes que te asfixia.

Por fin, ahora que su cuerpo se encuentra cansado y un tanto enfermo, pero todavía activo en todo ésto que le hace sentirse útil, feliz y vivo, puede disfrutar la maravillosa tranquilidad de la provincia. Se siente feliz, satisfecho, pleno y en paz, ha logrado sus metas y aun tiene ilusiones y sueños.

Es el preciso y excelente momento para reflexionar, pero sobretodo recordar. El viento parece traer de regreso imágenes tal vez olvidadas en un rincón de su interno, donde están latentes, pero no querían salir a la luz. Ahora en su soledad y tranquilidad, se permite hacerlo y llora para sanar su alma y reconciliar su ser, su yo interior.

Tenía tres años cuando sus padres se separaron, nunca supo la razón. Eran dos hijos, él y Daniel. En ese momento los pequeños no comprendían que sucedía pero de pronto se vieron separados, su hermano con mamá y él con papá. Ahora lo piensa, acaso éramos objetos? No fuimos vistos como personas que piensan, deciden y sienten.

Tenía ocho años y su vida ya era bastante tormentosa y extraña pues cada cierto tiempo, cambiaba de madre. Por fin, después de mucho tiempo tuvo una definitiva, al parecer, la peor de todas, era prostituta, ésto lo descubrió cuando era joven y ya podía analizar el comportamiento de los adultos. Además, la mujer tenía hijos y otra característica, era maltratadora, daba de comer lo mejor a sus hijos y a Víctor lo que sobraba en los platos o tortillas que caían al piso. Para un niño con hambre, cualquier cosa sabía bien, especialmente después de trabajar, pues era explotado por ella.

Cuando tenía quince años mataron a su padre. Una bala atravesó su espalda. Y decidió que era el momento de huir, y así lo hizo, porque de otra manera, tal vez hubiera decidido vengarse, y su vida ahora no sería lo satisfactoria que le parecía.

Su padre tenía hermanas, sin embargo nadie se preocupó por él. Su madre nunca lo buscó, a pesar de saber la noticia. Ahora estaba solo en el mundo. Decidió partir hacia la gran ciudad de México, sin conocer nada ni nadie. Soñaba con entrar a la escuela militar, lo cual debido a su situación, era imposible.

Consiguió trabajos diversos, donde aprendió de todo, y desde luego, todo ésto después le fue útil para sobrevivir.

Un buen día, no supo como llegó a buscarlo su madre para darle un poco de dinero obtenido de una propiedad que su padre había dejado. Con éso, decidió alquilar un pequeño espacio, compró una máquina para hacer tortillas de maíz, dormía ahí, en el piso, no tenía nada pero decidió emprender su negocio propio. A diario comía una lata de sardina, siempre lo mismo, por muchísimo tiempo. Aun así, no se quejaba, en la vida había aprendido que gracias a Dios, tenía que comer.

Muy cerca del lugar, trabajaba una hermosa chica de otro Estado, fue a cambiar un billete y se hicieron amigos, después novios y se casaron, tuvieron sus hijos y poco a poco se fue haciendo de propiedades y sus hijos profesionistas exitosos y afortunadamente siguen juntos.

Ahora, después de tantos años, podía respirar la libertad, la satisfacción y el orgullo de lo logrado.

Las nubes seguían su curso lento hacia otros horizontes, igual que su vida se había ido en estos recuerdos y pensó “que bien me siento de no tener rencores ni resentimientos a nada ni a nadie, a fin de cuentas, la vida es así” y pensando de esta manera podré irme en paz cuando mi corazón deje de latir.

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