ASÍ TE CUENTO DEL MINUTO QUE CAMBIÓ TODO

ASÍ TE CUENTO DEL MINUTO QUE CAMBIÓ TODO 

por Cony Ureña (México)

 

 

Soy poco idónea para platicarte de los terremotos que han asolado mi querido México. Aparte del enorme susto, tuve la fortuna de no haber sufrido en carne propia ninguna desgracia este pasado mes de septiembre.

Al ser desalojados por motivos de seguridad, del edificio donde trabajo los empleados salimos a la calle sin darnos cuenta aún que había sido no solo un gran susto para la población, sino que nos esperaban las noticias aterradoras sobre edificios colapsados, gente atrapada entre escombros, construcciones dañadas y más etcéteras. Nos preparamos para lidiar con el tránsito. La mayoría pensaba solo en algo: llegar a casa lo antes posible, para cerciorarnos que habían resultado también ilesos nuestros familiares y nuestras propiedades. Imposible comunicarnos directamente con los móviles, la red estaba saturada; así, el famoso whatsapp sirvió para darnos un poco de tranquilidad.

Por la mañana de ese 19 de septiembre, el tránsito había estado -como era costumbre-, complicado. No sabes cuánto me eran antipáticos los motociclistas que sin previo aviso cruzan frente de tu auto para maniobrar; no siguen una línea recta, circulan entre los vehículos y para mí eran una gran molestia, lo mismo que los ciclistas.

Pero alrededor de las 13:30 horas, algo había cambiado. Los caros restaurantes y tiendas de lujo de la zona donde laboro, tenían ya letreros llamativos: “Gratis, sopa o un guisado para quien lo necesite”; “Puedes cargar con nosotros la pila de tu móvil”, “Está abierto nuestro WiFi para ti”. ¡Vaya! Algunas personas lloraban en las calles y eran consoladas por desconocidos. Los automovilistas no hacían sonar sus claxons ante el terrible congestionamiento vial, sino conducían lentamente, aunque con seguridad estaban ansiosos por avanzar. Noté que muchos conductores ofrecían a peatones llevarlos… algo completamente inusual entre nosotros.

Digo que no soy quien para narrar los acontecimientos de aquel martes, porque no vi ni he visto edificaciones derrumbadas, solo he seguido las noticias del gran desastre que causó un terremoto trepidatorio de 7.1 grados Richter, con epicentro más o menos cerca de la capital mexicana, que ha destruido las viviendas de la gente más humilde en los estados vecinos y ha dejado desamparadas a innumerables personas de clase media que hasta hace poco vivían en departamentos de acuerdo a su estatus social.

Siguiendo el trayecto hacia mi casa, me di cuenta que ningún vehículo se atravesaba en mi camino, a pesar del intenso tráfico. Quizás todos manejábamos como autómatas o tal vez habíamos cambiado un poco, al dejar pasar primero ahora a los motociclistas y ciclistas que acudían a la zona más devastada para ayudar. Ahora todos abríamos paso para que circularan las ambulancias, las patrullas, los paramédicos… no es que no lo hiciéramos antes, pero sí, algo había cambiado. Aquello de que en los cruces de calles y avenidas, cuando el tránsito está “embotellado”, pasemos uno de un lado, otro del lado opuesto… así, uno y uno, ahora se respetaba, mientras por la radio escuchaba con azoro que muchas construcciones habían caído o estaban por caer, que había cientos de seres atrapados.

Pero fue hasta que llegué a casa me di cuenta de la magnitud de la desgracia que cayó sobre gente inocente. En la televisión, miré cómo cientos de jóvenes, sin que nadie los alentara, estaban ya “manos a la obra” como rescatistas profesionales, mientras llegaba el ejército, la marina, los llamados topos, los hermosos canes que señalan dónde hay vida o un cuerpo que recuperar.

En mi casa -que por fortuna no sufrió daño alguno-, me di a la tarea de confirmar que mis familiares, vecinos y amistades estaban bien; así que el recuento de lo lamentable, no fue para mí, directamente.

Hasta hace poco, al encontrar a una querida amiga, al verla con un collarín y huellas de golpes en la cara, supe de viva voz que estaba en uno de los edificios más horriblemente derrumbados, que había tratado de huir hacia la calle pero estando a punto de salir el edificio se vino abajo y fue golpeada con brutalidad por los muros que le cayeron encima. No fue la única en dicho lugar que quedó atrapada; gritó, junto con varias otras personas, pidiendo ayuda que llegó muy pronto, quizás de peatones que pasaban por ahí o vecinos que arrancaron de la muerte a muchos semejantes, entre ellos mi amiga.

Con las horas y los días, surgieron muchísimos héroes anónimos, aquellos que ofrecieron agua y comida a quien lo necesitó; quienes ofrecieron sus hogares a los que perdieron todo, quienes con sus propias manos removieron los escombros, quienes participaron en rescates a cambio de la satisfacción propia de haber ayudado.

Empezó a llegar la ayuda nacional e internacional, delegaciones de rescatistas (a quienes viviremos agradecidos eternamente), con toneladas de ayuda para los necesitados, sus maravillosas herramientas, su tecnología de punta y sus inolvidables canes. Todos trabajaron junto a los mexicanos capacitados o voluntarios sin experiencia que se organizaron con la sola finalidad de ayudar.

Por medio de las redes sociales fui siendo testigo de hechos que todavía me hacen un nudo en la garganta al ver levantarse a la juventud tan criticada por su lenguaje, por sus actitudes, por su indiferencia pero que ahora estaban luchando hombro con hombro para rescatar, para limpiar escombros, para trasladar ayuda, para consolar.

Surgió otro tipo de sociedad mexicana. Esa que no es indiferente al dolor ajeno, que se inclina a ayudar a esas personas que están sufriendo física y moralmente. Eso sí lo he visto con mis propios ojos.

Reconozco que la electricidad, agua y telefonía se restablecieron inmediatamente en la mayor parte de la Ciudad de México y sobre todo aprecio que el Presidente haya salido de inmediato a enviar un mensaje de solidaridad del gobierno hacia la ciudadanía, que se haya presentado en los lugares de mayores desastres, que haya aceptado la ayuda internacional; en fin, que haya dado la cara. Sucedió que en el terremoto de 1985, el presidente de aquel entonces “salió a los medios” una semana después y rechazó el auxilio de naciones amigas.

Sí, reconozco muchas cosas, entre las cuales está mi mayor respeto y admiración al Ejército, la Marina, los Topos* y los héroes anónimos que tanto han ayudado, aunque critico agriamente que en Oaxaca y Chiapas, estados muy lastimados por el terremoto del que te cuento y otro anterior sumamente devastadores, a la gente que perdió su casa les esté dando el gobierno 120 mil pesos mexicanos para la reconstrucción… esa cantidad no es nada, no compra los materiales que se requieren; en una palabra, es insuficiente.

Creo que si va a haber una verdadera reconstrucción, se debe copiar el modelo japonés. El gobierno debe tomar físicamente en sus manos el restablecimiento de las viviendas y no dar lo que me parece una limosna, a personas sin hogar por causa de los terremotos.

No sé si en la capital sucederá lo mismo que te cuento; aquí han surgido voces como aquello de no dar a los partidos políticos los más de 7 mil millones de pesos para la campaña presidencial y de renovación de los congresistas del próximo año. El descontento social ya existía en este sentido, pero se ha venido agudizando hasta arrinconar a los partidos a renunciar a cierto porcentaje, que se destinará a la reconstrucción.

Ignoro si los capitalinos, volvamos a ser lo que fuimos antes del 19 de septiembre. No sé si volvamos a cubrirnos de indiferencia, de dejadez, de criticar pero sin hacer nada, no lo sé. Quisiera que no fuera así, que sigamos teniendo compasión por nuestros semejantes, que continuemos participando -cada quien desde su comunidad-, para que nuestra capital sea más humana, más amigable, más habitable y ese ejemplo se extienda a toda la nación, porque la reconstrucción tomará mucho tiempo y si bien ahora la ciudadanía ha donado toneladas de alimentos, rezo para que no decaiga el ánimo y sigamos ayudando a los necesitados.

Que no nos dejemos llevar por los falsos rumores de que un nuevo y terrible desastre nos espera. Que hagamos cumplir la promesa de reducir el número de diputados y senadores (628), que no permitamos que las campañas políticas nos llenen de basura electoral. Que exijamos que se construyan nuevas y mejores viviendas para los damnificados, que pidamos rendición de cuentas. Y tantos etcéteras que cada ciudadano puede plantear.

Además, que no nos atormentemos con la pregunta, “¿por qué a México tantos huracanes y dos terremotos?”. Creo que cuando nos hemos asombrado con la riqueza de nuestras tierras, la abundancia de sus ríos, lagunas, manantiales; maravillosos litorales, paraísos conocidos y por conocer, bellísimas ciudades modernas y coloniales, vestigios prehispánicos asombrosos, pueblos mágicos, majestuosas montañas, playas de ensueño, bosques y selva exuberantes, bio-diversidad y recursos naturales extraordinarios y más, mucho más, no nos hicimos esa pregunta, “¿por qué a México le correspondió tanta riqueza?”, sino que solo nos sentimos bendecidos. Hoy estamos viviendo el reverso de la moneda, pero esa misma moneda está en nuestras manos.

Ah, me preguntas sobre el minuto que te cuento; me refiero a la duración de los terremotos de septiembre. Aunque creo que no llegaron cada uno a los 60 segundos y si bien nuestro futuro cambió en esos instantes y parece incierto, me lleno de esperanza al saber, y sobre todo testificar, que la fuerza de mi país está en su gente.

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