Latidos de Navidad

Latidos de Navidad

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

Corría el año 2015. Mi hermano había sufrido un infarto del que había salido vivo gracias a maniobras de resucitación que también preservaron su cerebro. Su corazón, después de haber estado detenido por un tiempo extenso y más allá de las probabilidades, volvió a latir a duras penas.  Ya no había reemplazo de válvulas, medicación ni cosa alguna que pudiera hacerse,  ese corazón nunca más volvería a funcionar ni medianamente bien. Sencillamente, sus posibilidades de vida dependían exclusivamente de un trasplante.

Sólo un treinta por ciento de lo que llamamos corazón funcionaba, eso ocasionaba que ir desde su habitación a cualquier sitio dentro de su hogar agotara sus fuerzas del mismo modo que si hubiera corrido una maratón. En la medida que pasaban los días su salud se iría deteriorando cada vez más, comenzarían a fallar los demás órganos, y si no aparecía con urgencia un corazón compatible, esa cirugía carecería de sentido. Había un momento límite y los plazos se agotaban con velocidad. Por momentos lo sabía bajando los brazos y entregándose al destino, y me ardía en el pecho la cercanía de perderlo. Mi mente se resistía a la idea de repetir la historia con otro  hermano, la muerte nos había golpeado duramente  años antes con el fallecimiento del mayor.

Como es usual en todos estos casos, familiares y amigos hacían cadenas de oración y rezaban por su vida. Los que me conocen saben que yo no soy de esa partida, saben que alguna vez, en un lejano pasado,  creí en el poder de la oración;  también saben que cada vez que deposité mi fe en ese algo a quien llaman Dios,  rápidamente fue a mirar cómo las margaritas crecen desde abajo, por lo que desistieron de invitarme a lo que sabían que no haría. Lo quería vivo. Además, dudo que me hubieran invitado a orar dado que en el pasado mi estadística de rezos y defunciones  no era la deseable.

En este punto aparece un ser, a quien aprecio mucho, pidiendo autorización para poner su caso en la lista de pedidos a la Virgen de Schoenstatt, que parece ser que todos los años obra un milagro para el cumpleaños de Jesús. Por supuesto, nadie diría que no, para los creyentes era una cuestión de fe, y para los que no, sabíamos que de última no le iba a hacer mal, de modo que a las cadenas de oración, grupos, misas, se sumó este pedido por su vida.

La Navidad lo encontró con un corazón nuevo. La cirugía fue un éxito, en la medida que pasaban los días su salud se recuperaba y las complicaciones fueron mermando. Actualmente ha retomado sus actividades laborales, vive en su casa con su familia, pasea a su perro, y salvo la cantidad de medicamentos a los que está atado por el resto de su existencia, tiene a su alcance la posibilidad de llevar una vida muy cercana a lo normal.

Al día de hoy mi madre, mi familia,  mucha gente que conozco y otros que nunca sabré quienes son, han rezado y lo siguen haciendo con sus grupos de oración, agradeciendo por esto que llaman milagro latiendo con fuerza dentro de su pecho.

Por mi parte, quiero agradecer a la familia de un desconocido, a quien he llamado Jesús dada la fecha en que sucedió, por el regalo que hicieron. No deja de ser algo que me perturba que alguien muera para que otro pueda vivir. Y en este caso hubo un alguien que murió y dejó partes de su cuerpo para donar una esperanza de vida. Ese regalo es gigante, y ni siquiera conozco a esa familia, no sé quién era el donante,  qué edad tenía, ni cómo sucedió el accidente que le costó su propia vida.  Muchas veces he pensado en esas personas que supieron hacer un alto para dar tanto, sin saber  quiénes serían los receptores, en un momento de inmenso dolor. No quiero olvidar a nuestros amigos que se presentaron a donar sangre sin conocer a mi hermano, les alcanzaba saber de nuestra necesidad para que pueda realizarse esa cirugía y pusieron su gotita de colaboración.

Hoy puedo decir que sucedió. Pueden llamarle como gusten, milagro, coincidencia, avances de la ciencia. Fueron muchos quienes formaron parte de ese todo para que se concrete. Mi agradecimiento a ellos.

Amigo, si estás leyendo esto y eres creyente, te pido una oración por otro aniversario de una muerte y un nacimiento, por el que porta ese corazón, para que llegue a vivir tanto como para ver a sus hijos adultos y convertidos en hombres de bien,  por el alma del donante y por su familia que dieron lo mejor de sí, y si queda algo, por quienes no poseemos esa fe, pero en el fondo querríamos creer que existe algo más.

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