Santa Claus y el cachorro

SANTA CLAUS Y EL CACHORRO

Por Leonor Aguilar (Argentna)

 

 

Cuenta la leyenda que los renos son los encargados de realizar la proeza de viajar por todo el mundo tirando del trineo mágico volador en tan sólo una noche para ayudar a Santa Claus a repartir todos los regalos, ya que los encargados de realizar los juguetes y ordenar los pedidos son los duendes navideños.

Este  año Santa Claus no la llevaba muy bien. Los renos habían andado un poco distraídos. Sin asegurarse  que nadie los viera en su camino hasta el refugio,  los había seguido un cachorrito perdido en el bosque que quería hacer nuevos amigos. Ahora no sabía qué hacer con él,  porque Curioso, que era el nombre que le puso porque se metía siempre en problemas debido a su curiosidad, ponía a prueba su paciencia constantemente. Interrumpía el trabajo de los duendes, no dejaba de desordenar los regalos, quería ver qué había en cada caja y saltaba de una pila de sobres a otra.  Además,  un duende había olvidado cerrar bien la puerta secreta, la ventisca había desordenado las cartas de los niños y debían ordenar todos los pedidos velozmente. Santa contó las cartas, vio que coincidieran con el número de regalos, y apremiado por la hora para poder repartir todo,  dio a los renos la orden de salir con urgencia.

Mientras Santa Claus  acomodaba los lazos de los renos, los duendes ayudaban a cargar los regalos de acuerdo al orden establecido, sin advertir que Curioso, haciendo honor a su nombre, se había trepado al trineo,  deseoso de conocer el mundo.

Nadie vio el sobre que había quedado bajo la mesa.

En la primera parada para dejar regalos, Santa descubrió a Curioso entre las cajas. Frunció el ceño, y viendo que no podía hacer nada, le dio la orden de quedarse muy quieto, de no desordenar los juguetes y estarse callado. El cachorro asintió y prometió portarse muy bien. A decir verdad no pensaba moverse porque  estaba fascinado con el mundo lleno de luces que observaba y disfrutaba ver la reacción de los niños al recibir su presente.

Cuando por fin Santa dejó el último regalo le dijo a los renos que podían emprender el regreso, una vez más había cumplido con todos los pedidos a tiempo y se sintió satisfecho.

Fue en ese momento que descubrió al niño que los observaba pasar. ¡Cómo podía ser posible que lo hubiera saltado en el reparto! Miró el trineo para volverse a dejar su regalo y descubrió que ya no quedaban. Había faltado un obsequio y se sintió contrariado y culpable. Su visita en la noche del milagro del nacimiento de Jesús  siempre era motivo de alegría y esta vez un niño sabría de tristezas por su causa.

Curioso asomó su hociquito por debajo del brazo de Santa Claus y le dijo:

_ Déjame con él. Sé que  no quedan regalos en el trineo. Eres un buen hombre y aunque no lo comprendas ahora, soy tu milagro. Ese pequeño no debe quedar con las manos vacías. Además ya conozco tu mundo y siento curiosidad por saber cómo es crecer con un niño.  Soy un cachorrito, me va a gustar ser su compañero y aprenderé a traerle palitos y pelotas. Prometo cuidarlo cada día de su vida. ¡Seremos grandes amigos!

_ ¿Estás seguro? Mira que si te quedas ya no podrás volver al reino mágico y no puedes contar nada de lo que has visto.

_ Sí, quiero estar con él. Nos ha visto pasar, está pensando que lo hemos olvidado y sé que está triste.

_ Pero… ¿estás seguro, muy seguro?

_ Claro que sí. Sólo tengo una condición.

_ ¿Y cuál es esa condición?

_ No debes olvidar jamás este día. Yo lo sabré, porque cada año, cuando traigas los regalos en tu trineo, debes tener un hueso para mí. A cambio, yo prometo no revelar el modo de llegar donde vives y cómo trabajan preparando los  obsequios.

_ ¿Trato hecho? Dijo Curioso, presionando para convencerlo

_ ¡Hecho! Y ahora prepárate, porque daremos una vuelta que puede ser un tanto brusca

Curioso se sostuvo y preparó su colita para saludar al nuevo amigo.

El niño, al que empezaban a asomarle unas lágrimas en el balcón de sus ojos, se dio cuenta que regresaban  y sonrió. La sorpresa mayor  fue que el mismísimo  Santa depositara en sus manitos al cachorro,  que le dijera que se llamaba Curioso y estaba seguro de la gran amistad que iba a existir entre ellos, porque sabía que  iba a ser un gran perro.

El pequeño, paralizado por la emoción y la alegría, no alcanzó a oír el diálogo entre Santa Claus  y Curioso cuando se despedían

_ Oye, Santa. ¿Nunca te preguntaste quién puso a un cachorro indefenso y solitario en el camino de los renos, en medio de un bosque escondido,  para unirse a tu equipo?

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