Aquella estrella

AQUELLA ESTRELLA

por Marvin Galeas /El Salvador)


Llegó noviembre con su viento, cielo limpio, el olor a maleza seca y también llegó Mireya. Finalizaba el año de 1983 y una baladita de Bonnie Tyler arrasaba en las listas de popularidad.

Mireya era una de las asistentes del comandante Leonel González, quien había llegado a la primera reunión del la Comandancia General del FMLN en Morazán. Él era el máximo dirigente de las FPL. Lo acompañaba el comandante Dimas Rodriguez, quien murió en 1989.

También llegó Schafik con un pequeño grupo de ayudantes. Entre los comunistas llegó también Dagoberto Gutiérrez, conocido como comandante Logan, con quien a pesar de las diferencias hice una amistad que perdura hasta hoy.

Llegó Roberto Roca, boina, barba, bigote y su puro. La viva imagen del Che. Lo acompañaba su compañera Elizabeth, una guapa muchacha que me recordaba a Tania. Llegó, el comandante Leo de la Resistencia Nacional. Fermán Cienfuegos no pudo asistir, debido a una difícil situación interna que estaba pasando su organización.

A mí quien me llamaba la atención era Mireya, quien decía luchar por el paraíso en la tierra. Tenía los ojos achinados, el pelo liso, negro y largo. Nariz y boca pequeñas, cejas coquetas, de mediana estatura, curvas pronunciadas y fácil sonrisa. Era de San Salvador y al igual que yo extrañaba el asfalto, los semáforos, el olor a gasolina, el basquetbol colegial, el cine Vieytez y el bolerama Jardín.

Nos caímos bien desde el primer saludo. De pronto para mí platicar con ella, Mireya, era como entrar al café Bella Nápoles, pedir un café, una repostería y hablar de novelas y poesía. Pero descubrimos una vez, que dos de las cosas que más nos gustaba hacer cuando vivíamos en San Salvador, era leer las tiras cómicas de los diarios y ver las caricaturas de Merrie Melodies, que pasaban al mediodía en la tele.

Así que mientras los comandantes planificaban nuevas operaciones militares y la toma del poder, la chinita Mireya y yo nos moríamos de risa recordando a un perro con uniforme de policía llamando, con rostro grave, a todas las patrullas “Calling all cars, Calling all cars”. Otras de nuestras favoritas eran el pequeño Búho, hijo de una ilustre familia de músicos, que cantaba a ritmo de Foxtrot “I love to singa” y las aventuras del Conejo Bugs y su célebre What`s up doc.

Me contaba, ella, Mireya, de los operativos contrainsurgentes de Chalatenango, de la vida en los campamentos y de la Radio Farabundo Martí. Una vez me dijo: “allí, en la radio, hay un chero bien buena onda que se llama Haroldo”, quien resultó ser el poeta Miguel Huezo Mixco, a quien yo conocía desde los tiempos del café Bella Nápoles. Haroldo era productor y locutor de la radio que transmitía desde Chalatenango.

Terminó, a finales de enero del 84, la reunión de la Comandancia General del FMLN en Morazán. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me despedí de la chinita Mireya. Se fueron. Dos meses después hablamos por los radios inalámbricos. Me contó que se había hecho novia de Haroldo, el poeta, y que pese al recrudecimiento de la guerra la estaba pasando bien. Ya no volvimos a hablar nunca más. A mediados del 85 u 86, no recuerdo bien, me dijeron que Haroldo quería decirme algo importante por la radio.

“Cayó la Montaña” me dijo con una voz que yo sentí, en la distancia, como queriendo llorar. La Montaña era el indicativo de la chinita Mireya. No supe qué decir. Moría tanta gente cada día. Pero se me puso triste el momento, gris, melancólico. No son los himnos de guerra los que me recuerdan a la Chinita en estos días, sino canciones como “Eclipse total de corazón”.

El cuerpo de ella, Mireya, debe estar enterrado en algún lugar de Chalatenango. Un día de estos viendo a los hombres del poder, saco italiano, prepotencia elevada al cubo y corbata de seda, recordé a la Chinita y su sonrisa coqueta y se me vino Phil Collins diciendo “Oh think twice, cause it`s another day for you and me in paradise”.

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