Como perro y gato

COMO PERRO Y GATO

Por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Leal era el perro de la familia. Un pastor alemán de mediana edad que siempre supo hacer honor al nombre que portaba. Vivía en una casa que lindaba con un depósito de maderas donde los gatos callejeros eran bienvenidos porque evitaban que las ratas hicieran nido en los huecos existentes en el montón de tablas apiladas. Oírlos maullar, pelearse, enfiestarse en las noches primaverales, hacía que Leal los detestara. Trepado en un viejo horno de barro que se apoyaba en la pared medianera, les gruñía y ponía el límite. Nunca podrían pasar o serían cazados. Los gatos lo entendían y mantenían una prudente distancia con el perro.

Una mañana el niño de la casa trajo un gato blanco que había recogido de la calle con las patas quemadas. Ignoraban qué podía haberle sucedido ni de donde había escapado en ese estado, pero sus lesiones eran serias y si las infecciones avanzaban sus miembros estarían en riesgo, también su vida.

El pequeño gato permaneció dentro de una caja donde recibió curaciones, era aseado y alimentado a diario. Durante su extenso tiempo de recuperación Leal se mantuvo a su lado, como esperando que ese pequeño diera alguna muestra de vida más allá de ingerir la leche que se le administraba. Aunque él detestaba a los gatos,  de alguna manera entendía el estado desesperante del minino y lo custodiaba amistosamente.

Cuando por fin el pequeño estuvo en condiciones de salir de su refugio-enfermería, quedaron a la vista las secuelas de lo que le hubiera sucedido. Sólo le quedaban un par de zarpas, y verlo andar daba la sensación de un automóvil con un par de neumáticos desinflados. Pero había salvado la vida y las patas, y para el estado en que llegó eso era mucho más de lo esperado.

Perro y gato se hicieron amigos. Compartían el hogar, jugaban. En las frías noches de invierno el perro se echaba en su almohadón y en el hueco entre sus patas el gato dormía cómodo, calentito y seguro.

Anduvieron juntos siempre, hasta que el llamado del amor llevó al gato a cruzar la medianera hasta el depósito de tablas, pero aunque era un gato con discapacidades que no estaba en condiciones de pelear con otros machos y sin zarpas no la pasaba nada bien, era un gato astuto, sabía llevar a su dama hasta el límite de la pared donde el perro asomaba su hocico en defensa de su amigo alejando a los machos de los tablones. Jamás permitiría que le hagan daño.

Vivieron juntos todo lo que la vida les permitió, muy lejos de lo que siempre pensamos al decir “como perro y gato”. Cada vez que alguien me dijo en la vida que una amistad “no se puede”, el recuerdo de ellos me dio la certeza de que no existe lo imposible.

(Visited 5 times, 5 visits today)