ANA Y UNA BUENA NOTICIA

ANA Y UNA BUENA NOTICIA

por Andrés Torres Scott (México)

 

 

–Siéntese, por favor –dijo el médico detrás del escritorio y tomó un folder azul–. Es cáncer de seno, etapa tres. ¿Lo sabía?

–¿Eh? No –titubeó Ana–. Me hicieron una biopsia por una bolita que tengo en…

–Ochenta y seis años. Cinco hijos –dijo el médico mientras leía el expediente clínico–.

Usted no es Julieta Vargas, ¿o sí?

–Soy Ana Lagos.

–Aquí –dijo él y tomó otro folder sobre su escritorio–. Son tantas pacientes.

–Menos mal –dijo ella y suspiró.

–Ana Lagos. Cuarenta y seis años, sin hijos.

–Sí, soy yo.

–Cáncer de seno. Etapa cuatro –dijo el médico–. Curioso, ¿no? Era mejor el otro diagnóstico.

Ana salió del consultorio con el folder azul, dos citas para el día siguiente, una de laboratorio y otra con el oncólogo, seis folletos y un presupuesto que estaba muy por encima de lo que podría gastar.

Caminó al auto. Miró el folleto de hasta arriba, una letras añil le gritaban a la cara: “Ocho señales que avisan de una muerte inminente en un paciente con cáncer”. Iba, muy preocupada, a leer algunas de las señales, pero arrojó el tríptico al bote de basura que estaba a la entrada del estacionamiento. Contempló los otros cinco folletos en su mano, antes de leerlos
también los tiró a la basura. Quiso romper el folder azul, pero no pudo. Lo abrió y leyó su nombre. Además de unas hojas de papel había seis imágenes de un ultrasonido de su seno con su cáncer. Estaban impresas en algún tipo de material
plastificado. Las tiró al basurero y rompió el folder. También lo arrojó.

–Hay mayor incidencia en mujeres solteras. En las que no tienen hijos –dijo el doctor–, que no tienen relaciones sexuales de forma activa.

Ana iba a preguntarle si de haber tenido hijos, habría evitado el cáncer. Pero justo antes de hacerlo le pareció una pregunta necia a la que seguiría una respuesta desatinada. Ana todavía tenía el periodo y sus consabidos espasmos en cada ciclo lunar, pero ya no tendría hijos. No por el cáncer, sino porque desde los veintidós asumió su preferencia hacia a las mujeres y dejó de pensar en penes. Vaya, una nunca deja de pensar en penes, pero dejó de permitirse los de carne y venas. Tenía uno de plástico que compartía con su pareja. Decidió ir a casa y desde ahí hablarle a Sandra para contarle sobre este cáncer de seno.

El portero la vio venir y abrió la puerta unos metros antes. Él la saludo con la mano levantada y una sonrisa sincera. Ana pensó que el tipo vivía contento con un sueldo de mierda y que además llegaba todos los días diez minutos antes de las cinco de la mañana después de viajar una hora en transporte público. Ella le devolvió la sonrisa con intereses. Luego, subió en el
ascensor. Entró a su departamento y bebió agua en la cocina.

Algo no cuadraba en la casa. Ana dejó el vaso de agua y corrió a su recamara. La cama estaba tendida, pero Sandra nunca la tendía. Todos los trastes estaban lavados y no había cosas sobre la mesa de la cocina ni un suéter ni una chaqueta colgadas en el perchero de madera. Todo parecía aséptico, limpio. El lugar emanaba pureza.

Brinco la cama y abrió el buró de la derecha, el del lado de Sandra. Estaba vacío. Solo había una moneda de centavos de euro. Se tocó la nariz con el nudillo del dedo índice de izquierda a derecha. Se puso de pie y se detuvo frente al closet. No tendría qué abrirlo para confirmar lo obvio, pero a pesar de ser un acto necio que sería seguido de una evidencia
patética, lo hizo. Corrió la puerta del closet.

Había solo la mitad de las cosas. Quiso creer que había entrado alguien a robar, pero no, no siguió esa línea. Quizá si le hubiera dicho a Sandra que le habían hecho la biopsia y que hoy iría por el resultado, quizá Sandra por lo menos hubiera esperado a conocer el resultado.

Ana se sentó en la cama y exhaló. Exhaló largo. Se tocó el seno derecho con la mano izquierda, sintió su bolita. Sintió su cáncer, supo que era algo que jamás la dejaría, algo que permanecería con ella hasta el fin, hasta su siempre.

A pesar de apretar el tumor y manipularlo no le dolió. No le dolía en absoluto y eso, sin duda, sería la mejor noticia del día.

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