HACERLE VER EL AVIÓN

HACERLE VER EL AVIÓN

por Leonor Aguilar (Argentina)

 

 

Si a un niño le dices que mire el avión que va pasando, puedes esconder algo rápidamente antes que vuelva a bajar la vista. Por analogía, a ese tipo de engaño se le llama “hacerle ver el avión”

Hace ya muchos años, un hombre que sólo sabía pensar en sí mismo festejaba su cumpleaños. Su novia, brillante alumna universitaria y llena de ocupaciones, entre ellas los exámenes parciales de esas fechas, sintió el golpe de la triste comparación cuando le enrostraron una bella torta hecha por una de las hermanas del agasajado del día. Podría haber contestado que esa persona, tan laboriosa ella, sólo se dedicaba en la vida a ver telenovelas y complacer al hermano por el sólo gusto de criticarle la novia, podría haber callado encogiendo un hombro, podría haberle dicho irónicamente de su alegría por saber que alguien con más tiempos libres ya se había encargado del tema, podría haberse defendido diciendo que entre  estudio, trabajo y deporte el tiempo no es lo que le sobraba, podría haber hecho o dichos tantas cosas…, pero la reacción inmediata fue mentir y a partir de ahí complicarse la vida.

Retándolo a morderse la lengua por menospreciarla contestó:

-¡Yo también te hice una! ¡Era la sorpresa de esta noche para cuando fueras a cenar con nuestro grupo!

Apenas se despidieron pidió a unas amigas que corrieran a comprar una caja de bizcochuelo y lo prepararan, ella llegaría de clases a rellenarlo y decorar. Pero suele suceder que cuando más se precisa que todo ande bien es cuando peor salen las cosas, y la preparación sufrió un exceso de calor, de color y de sabor antes de salir del horno.

Sin tiempo de preparar otro, había que hallar una solución de urgencia.

Cuando el maestro pastelero de la confitería vio a ese pequeño grupo de mujeres preguntando qué relleno tenía cada torta para luego descartarla con un no, no sirve,  y un poco molesto por el desprecio a su trabajo, se arrimó a averiguar cuál era el problema. La carcajada se escuchó desde la calle cuando le expresaron la idea: comprar una torta que fuera sencilla, y “retocar” el decorado, por no decir arruinarlo,  para darle un aspecto creíblemente casero.

El pastelero dio media vuelta, hizo un pase mágico y puso en el mostrador algo diciendo:

– Esto sólo tiene capas de bizcochuelo mojadas en almíbar liviano con un toque de licor, el relleno es de dulce de leche, ninguna crema especial.

– Esa estaría buena… Pero el decorado que trae encima parece una mesa de billar, es demasiado perfecto…

– No se apresuren. ¡También tengo la solución a eso! Deben llevar esta cantidad de chocolate cobertura, lo derriten a baño María y lo vuelcan sobre la capa original. Antes de que se seque le pueden hacer dibujitos con un tenedor y quedará prolijo  con el toque casero que desean.

Han pasado los años, la vida movió las piezas y no todos los personajes de esta historia permanecen en el mismo tablero. Al día de hoy él nunca supo ni entendió el porqué de la risa simultánea y cómplice, con un asomo de burla, de cuatro amigas que compartieron la cena de ese día, cuando llenó de elogios a su novia por lo exquisito de la dichosa torta. Ellas, cuando se reúnen, se divierten recordando el momento.

Primer moraleja de la historia: Si sos un jodido, te arriesgas a que te hagan ver el avión.

Hay otras moralejas, pero han quedado reservadas al pequeño grupo de amigas. De la lectura de este relato cada quien puede sumar la moraleja que desee, todas valen, queda la historia a libre interpretación.

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