Por amor al hockey

 

POR AMOR AL HOCKEY

Para jugar un partido de hockey sobre césped tuve que cortar con unas compañeras el pasto de toda la cancha.

He jugado hockey sobre césped por más de veinte años. Por iniciativa de una estudiante de educación física que nos invitó a probar este desafío me inicié en este hermoso deporte. También fuimos el comienzo del hockey en un club pobre, lo único que teníamos era la cancha, camarines y un salón que servía para usos múltiples como charlas técnicas, reuniones del grupo o el tercer tiempo que se comparte con el adversario después de un partido.

Si bien esas instalaciones nos eran ofrecidas generosamente y podíamos hacer y deshacer a gusto con la única condición de arreglar nuestro calendario con los equipos de rugby, con quienes alternábamos los fines de semana en la tarea de ser locales o visitantes, el club carecía de personal. El lado humano de ese club éramos las jugadoras de hockey, los jugadores de rugby, que además eran nuestros amigos y/o novios, y algún dirigente soñador que esperaba que algún día ese lugar creciera y tuviera la vida normal de cualquier otro club. Pero éramos nosotras quienes mantenían camarines y salón en condiciones para recibir a las visitas, también íbamos a las reuniones semanales de delegados, suplicamos a un amigo que haga el curso de árbitros y nos represente para cumplir con todos los requisitos, conseguimos quien nos construya los arcos reglamentarios y  sacábamos dinero de nuestro bolsillo para hacer los pagos ante la Asociación que nos afiliaba.

Cuando la Asociación puso como condición la obligación de divisiones inferiores a todos los clubes para que el deporte tuviera semillero y pudiera crecer en la provincia, nos transformamos también en técnicos que reclutaron niñas de la zona, las pasábamos a buscar, transmitíamos nuestros conocimientos, les hicimos las polleritas para tenerlas uniformadas y toda tarea necesaria para lograr su presentación cada fin de semana. Nos esmeramos bastante. No sólo necesitábamos que ellas existan como equipo para poder presentar el nuestro, también queríamos verlas ganar, que se contagien del gustito de sentir que con esfuerzo y trabajo se puede ser un gran equipo al que los rivales le temen. Todo eso sin descuidar nuestras obligaciones personales,  teníamos en claro que si nuestras calificaciones bajaban en el colegio nuestros padres empezarían a condicionarnos el hockey,  por lo que incontables noches sacrificamos las horas de descanso para estudiar.

Éramos un grupo de jóvenes que amaban apasionadamente lo que hacían y no había sacrificio del que no fuéramos capaces para lograrlo.

Un sábado, día que la asociación tenía destinado a los partidos masculinos de este deporte, habíamos prestado de urgencia las instalaciones a un equipo amigo porque su campo de juego estaba empantanado. Ya que estábamos ahí nos quedamos a ver el encuentro que interrumpió nuestro entrenamiento.

Cuando los dos jueces llegaron los vimos deliberando. No entendíamos cuál era el problema hasta que decidieron la suspensión del partido porque el césped no tenía la altura que consideraban apropiada. Lo peor es que eso era cierto. La primavera había logrado que el césped crezca bastante, y había un rincón al que le decíamos “el de las lechugas” porque crecían malezas con ese aspecto que a veces llegaban a esconder la bocha.

El tema era grave porque al día siguiente, domingo, nos tocaba ser locales. Si el partido se suspendió para unos, también sucedería para nosotras. No pensaba perder los puntos en un papel pero sabía que teníamos menos de veinticuatro horas para solucionar el problema.

Puse manos a la obra con mi hermana y dos compañeras más. De casa traje la pequeña segadora hogareña y todos los cables alargadores posibles, propios, de los vecinos, de los amigos, cada pedacito de cable venía bien para llevar corriente a todos los rincones y  completar la labor.

Hasta medianoche cortamos el césped. Y precisamos un par de horas más para marcar la cancha. Lo hicimos rociando cal viva con un tarro que desocupamos después de hacer de los duraznos que contenía nuestra cena.

La sorpresa se la llevaron los árbitros, casualmente eran los mismos de la tarde anterior, y nuestro propio entrenador de ese año que era algo así como un artefacto decorativo necesario para decir que éramos un equipo. Todos habían hecho planes para ese día pensando que no podría disputarse el encuentro. Evidentemente no nos conocían bien. Nunca imaginaron que seríamos capaces de hacer todo lo posible para cumplir en tiempo y forma con sus requerimientos. Creían el partido sería sólo un trámite de llenar papeles para suspenderlo.

Jugamos, tuve la fortuna de convertir y los puntos ganados sumaron para ese año en que logramos el campeonato ajustadamente. Si hubiéramos resignado el partido no habríamos podido alzar la copa del torneo.

La otra cara del sacrificio se llama premio al esfuerzo y la perseverancia. Quienes estuvimos ese largo día haciendo aquello de lo que no nos creían capaces fuimos quienes saboreamos más el orgullo de la victoria.

Hasta el día de hoy nadie puede entender que once jugadoras,  de las cuales sólo cinco entrenaban con regularidad y carecían de técnico,  lograran destronar al campeón eterno de primera división con una sola arma: el córner corto, porque es lo único que podían tener muy trabajado siendo tan pocas y su juego era sencillamente provocar faltas del adversario dentro del círculo para lograr esa sanción. Menos comprensible fue que el equipo se disolviera después de lograr el campeonato. Eso me llevó a mudarme al club que había perdido el torneo en nuestras manos, no fue fácil pagar el derecho de piso, pero eso es otra  historia.

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