Así te platico de un migrante

ASÍ TE PLATICO DE UN MIGRANTE

por Cony Ureña (México)

 

Es sábado; me desperté tarde y después de asearme encendí el televisor para disfrutar un partido de tenis. Hace dos años me interesé en ese deporte ya que vi un juego de quien se convirtió en mi tenista predilecto, quien por cierto ganó esta mañana en semis, convirtiéndose en el jugador favorito para ganar la final.

Terminado ese partido salí para ver a una amiga a almorzar. Nos encontramos en ese lugar al aire libre que tanto nos agrada y saboreamos los deliciosos manjares, acompañados de café capuccino, fruta de la temporada y un excelente servicio. Caro sí, pero nosotras nos pudimos dar ese gusto.

Platicamos de muchos temas, el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, los caprichos de los políticos, el clima y la caravana de migrantes de Centro América que desde la frontera sur de México planea cruzar todo nuestro territorio para llegar a los Estados Unidos de Norteamérica… triste, muy triste tema, así que preferimos hablar de las películas que se han estrenado esta semana y nos pusimos de acuerdo para ir al cine y por qué no, también al teatro. Son lujos que nos podemos dar de vez en cuando.

Terminado nuestro almuerzo, al despedirnos intercambiamos elogios a nuestra vestimenta. Mi amiga llevaba una gabardina azul profundo con algunos adornos en blanco, por mi parte mi pelliza es abrigadora y bonita, eso me dijo ella quien abordó su auto último modelo. Subí al mío y conduje hasta un supermercado donde encontré el salmón que cocinaría para mi comida o cena, también compré melocotones y una maravillosa guanábana.

¿Te parece que estoy presumiendo de mi buena vida? La verdad es que quise hacer una introducción para lo que en realidad deseo contarte.

Conducía por la avenida cercana a mi casa. Vi a un joven que solicitaba limosna a los automovilistas cuando dos policías lo interceptaron.  Paré el auto en cuanto pude y regresé al sitio donde el muchacho hablaba con “la autoridad”. Conforme me acercaba oí que él se defendía de algo que lo acusaban. Me acerqué y dije:

-Buenas tardes oficiales, ¿algún problema con el joven?
-No, solo que le estamos solicitando sus documentos y no tiene con qué identificarse.
-Comprendo, lo que pasa es que este muchacho estuvo trabajando en mi casa y olvidó su documentación. No quiso esperar a que mi esposo regresara para recibir su pago y veo que para regresar a su domicilio está pidiendo limosna; pero eso no es un delito, ¿verdad oficial?
-No, no lo es. Siempre y cuando no moleste a la ciudadanía.

Me dirigí al joven y le pedí me acompañara a mi casa para darle el pago por el trabajo que había hecho. Él dijo, “está bien”. Juntos nos alejamos de los policías y ya lejos de ellos el muchacho me agradeció haberlo rescatado. Esos tipos le estaban pidiendo las pocas monedas que había recabado. Le pregunté si había ya comido y me dijo que no. Lo invité a un lugar modesto para que comiera. Pocas veces he visto a una persona comer con tanto apetito. Una sopa, tortillas, arroz con un huevo, carne de cerdo con salsa verde y frijoles, acompañados con agua de sabor. Lo que en México llamamos “comida corrida”.

Me contó que es hondureño, de Puerto Cortés, cerca de Guatemala. Salió de su país por la delincuencia, porque no hay trabajo -a pesar de que ese puerto pareciera ser próspero-, faltan oportunidades y la mayor parte de los días no hay ni qué comer.

Hace tres meses cruzó sin problemas la frontera e ingresó a México. Trabajó aquí y allá en Chiapas y después estuvo en Tabasco y Veracruz. En este último estado, con el poco dinero que tenía se embarcó en la aventura de querer ir al norte; grave error, no solo perdió su dinero sino que al poco tiempo, en el trayecto fue interceptado el transporte en el que viajaba junto con más migrantes. Las “autoridades” mexicanas les quitaron sus pertenencias… ropa, zapatos, mochilas y dinero.

Estaba en Zacatecas, sin recursos, sin conocer a nadie. Los demás migrantes se desperdigaron cada uno por su cuenta. Él pidió a un trailero que lo trajera a la capital de México. Sabía que hay un lugar llamado Lechería, donde un tren (“La Bestia”) se estaciona una tarde y en su lomo suben todos los migrantes que puedan caber y que desde luego, paguen por el lugar que ocupan.

Así llegó a las inmediaciones de la capital mexicana. El trailero le dijo pidiera limosna para poder abordar un camión de pasajeros rumbo a Lechería, donde dijo él, casualmente vive un paisano suyo que se casó con una mexicana y se estableció en ese lugar. Por dos razones quería llegar a Lechería, una para encontrar a su compatriota y si no lo encontraba, entonces abordaría La Bestia, aunque antes tendría que trabajar para tener el dinero necesario para abordar el tren.

¿Trabajar? Sí, en la carpintería de su amigo.

Quedé confundida por su plática. Soy de lenta reacción y honestamente no concluyo cuáles son sus planes. Aunque estoy segura que no quiere cruzar la frontera México-USA porque no conoce a nadie del otro lado y no entiende el inglés; sabe muy bien que los hondureños, como muchos otros, no son bien recibidos en esa gran nación. Planea quedarse en Monterrey, pero si acaso consiguiera trabajo la capital, se quedaría.  Sabe que por estos días hay compatriotas suyos, principalmente, que están tratando en caravana de migrantes, cruzar mi país para llegar a USA y alcanzar “el sueño americano”, él no, si pudiera se quedaría entre los mexicanos.

Miré que no parece sucio. Sus ropas muy usadas y más su mochila (dijo que se la habían regalado), son más que modestas. Vestido de negro parece aún más delgado. Le falta un diente de enfrente y su caminar es difícil por lo desgastado de sus zapatos tenis.

Una vez que terminó de comer salimos de esa fondita y él dijo que sabía bien dónde abordar el camión que lo llevaría a Lechería. Pensé que yo podía trasladarlo pero no conozco ese rumbo. El Valle de México es enorme y cada quien se acostumbra a los lugares que conoce. Mi auto no cuenta con GPS y usualmente no llevo mi móvil cuando salgo a almorzar con alguna amistad o con mi familia, no quiero estar al pendiente de las llamadas o sonidos del “whats”.

Proporcioné a ese joven un poco de dinero, creo suficiente para que abordara el autobús y tuviera para una comida más, aunque él expresó que normalmente comía una sola vez al día. Dijo que su estómago se había acostumbrado a no pedir comida.

Se despidió de mí y me preguntó mi nombre. Mi apellido es más común en Honduras que en México. Él se llama David Palacios Sagvinon.

Lo vi alejarse, no sin antes darme efusivas gracias por la comida y la ayuda económica.  Lo miré hasta que lágrimas nublaron mis ojos.  Entonces pensé que le hubiera ofrecido mi casa, hubiera hablado con mis vecinas, con mi familia, para ayudar más a ese hombre joven quien a mi modo de ver está buscando un futuro que en su país le ha sido negado.

Lloré por ser de lenta reacción, porque lo dejé marchar con algo en su estómago que le hará pronta digestión y sentirá nuevamente hambre, aunque él lo niegue. Lo vi marcharse a paso dificultoso por los zapatos que no le ayudan, lo vi marcharse sin darle mi número de teléfono por si algo necesita, sin haberlo invitado a mi hogar, por “el qué dirán”. Aunque él me haya dicho que nadie le había ofrecido tanto. No, no fue una ayuda completa y me arrepiento profundamente. Pude haber hecho más y no lo hice.

Por eso empecé a platicarte algo que parecía presunción. Mi mañana comparada con la de David Palacios, un joven quien estoy segura no volveré a ver pero que a Dios le pido que lo proteja, que lo llene de bendiciones, que ilumine su camino.

Él representa a esos tres mil seres humanos, hombres, mujeres y niños, de todas las edades, que salieron en caravana de Honduras; que desean cruzar el territorio mexicano -muchas veces hostil para ellos-, llegar a la frontera con USA donde los espera la guardia fronteriza para… no puedo ni siquiera imaginar lo que les aguarda.

Llegué a casa donde está mi recámara limpia y acogedora, una cocina con un refrigerador con buena comida, una sala de estar agradable, un baño, mis demás muebles, cuarto de lavado, otra habitación con un closet con ropa abrigadora para esta fría y húmeda temporada; tengo un auto para ir donde desee, recursos económicos que me permiten vivir bien y muchos etc. para agradecer a Dios y a la vida por mi salud, por mi familia, por mis amistades. Tengo un pasaporte e identificaciones para cuando hagan falta, tengo, tengo, tengo… pero no tuve la lucidez para ayudar más a un ser humano desprotegido. Deseo que en un futuro, cuando vuelva a encontrar a otro ser en apuros, tenga la suficiente humanidad que hoy me hizo tanta falta.

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