El caso de Luciana Sandoval

EL CASO DE LUCIANA SANDOVAL

(cuento salvadoreño)

Por Felipe Guzmán (El Salvador)

I

En 1992, año en el que se firmaron los Acuerdos de Paz, fui asignado como Detective General de la Sección de Homicidios de la Academia Nacional de Seguridad Pública. En los años que desempeñé tal cargo, resolví diversos casos: desde los más sencillos hasta algunos verdaderamente intrincados. Pero de entre todos los que resolví, sin duda el caso de Luciana Sandoval fue el que más me cautivó y marcó mi espíritu investigativo. En parte porque en un principio me pareció un caso sencillo, casi resuelto por sí solo, pero también, y en mayor proporción, porque aún no olvido el rostro de aquella niña de ojos redonditos, negros, llorosos, suplicando por la libertad de su padre.

II

El desarrollo de los sucesos inició casi a la media noche del quince de octubre del 2010. A esa hora sonó el teléfono de emergencias para alertarnos sobre el asesinato de una mujer en una de las residencias de la calle Gabriela Mistral, muy cerca de la calle san Antonio Abad. Acudí al lugar de los hechos haciéndome acompañar de Artemio Canales: el joven detective que me fue asignado como asistente.

La escena del crimen, como casi todos en los que ha habido derramamiento de sangre, era macabro; pero éste era particularmente macabro más allá de ciertos límites, pues la víctima era una mujer asesinada a cuchilladas en la cocina de su casa. La escena del delito mostraba a la mujer boca arriba y con múltiples puñaladas en el abdomen. A escasos centímetros, con un poco de sangre sólo en la punta, se apreciaba un cuchillo. Concluí, por la posición y la escasa sangre, que no era el cuchillo utilizado en el asesinato de aquella infausta mujer. Por el contrario, me pareció que era un cuchillo que, probablemente, utilizó la víctima en un intento desesperado por salvar su vida. En efecto. Realizados los exámenes respectivos, se concluyó que el ADN de la sangre del cuchillo no coincidía con el ADN de la víctima. Además, el cuchillo, como luego se confirmó, era propiedad de la víctima; de manera que la conclusión es sencilla: ella intentó defenderse e hirió a su agresor.

Llegados a este punto, contábamos ya con una buena y certera pista sobre el matador, por lo que proseguía revisar el ADN de los posibles sospechosos.

Al abandonar la escena del crimen mi asistente revisó los entornos. A unos cuantos metros, encontró una camisa manga larga, amarilla, con líneas oscuras y llena de sangre. La llevamos para su análisis.

III

De nuevo en mi oficina, como a las dos de la mañana, le encomendé a mi asistente indagar toda la información posible sobre la víctima. En pocos minutos la información estaba en mis manos: Luciana Sandoval, veintinueve años, enfermera, soltera sin hijos, vivía sola en aquella residencia desde hacía dos años.

Se realizaron los análisis pertinentes en la sangre de la víctima, en la sangre encontrada en el cuchillo y la encontrada en la camisa. El ADN en la camisa y el de la víctima coincidían; de manera que, sin duda alguna, la camisa ensangrentada pertenecía al asesino. En cuanto al ADN de la sangre del cuchillo con el que la víctima se defendió, difería de la otra; así que concluimos inequívocamente que ese ADN era de la sangre del criminal.

Continuando en las averiguaciones apareció el primer sospechoso: Cristino López, de treinta años, ex novio de Luciana, y sobre quien pesaba una orden de alejamiento de la víctima. Según constaba en el informe, Cristino López convivió maritalmente con la occisa durante algún tiempo, durante el cual ella fue víctima de maltratos. Cansada de sus abusos, acudió a los tribunales. Cristino pasó en prisión algún tiempo, pero fue dejado en libertad, sometiéndose a la restricción mencionada.

No había tiempo para perder. Ordené la captura del sospechoso. Lo llevaron a la delegación policial cerca de las cinco de la madrugada. En cuanto lo tuve frente a mí, una corazonada me dijo que él era el culpable. Sin embargo, el sujeto se mostraba muy tranquilo, dueño de una serenidad desconcertante y una petulancia desafiante.

— ¿Puedo saber por qué me traen? -preguntó mirándome directamente a los ojos y con aquella serenidad desconcertante.

— ¿Conoció a Luciana Sandoval? -pregunté mirándole inquisitivamente, pues una casi imperceptible sonrisa no se apartaba de su semblante.

— La conocí… Y muy bien… Sé que fue asesinada; pero no veo qué tiene que ver eso conmigo.

— Por el momento usted es el único sospechoso… Así que le tomaremos una muestra de sangre -dije, y ordené que le quitaran las esposas. Cristino mostró sus brazos, casi con movimientos desafiantes.

— Aquí están mis brazos, señor detective; tome toda la sangre que desee… Tengo torrentes en mis venas.

Una vez que la sangre fue llevada al laboratorio, ordené una inspección física del detenido; pues según nuestras pesquisas, la víctima trató de defenderse con un cuchillo y, al parecer, hirió a su atacante en alguna parte de su cuerpo.

Artemio volvió con un pequeño informe.

— Señor -me dijo-, el sospechoso no presenta heridas en el cuerpo; con seguridad no fue él quien cometió el crimen.

Las conclusiones de mi asistente no dejaron de perturbarme levemente; pero cabía la posibilidad de agresores múltiples, así que no ordenaría su libertad sin antes interrogarlo con mayor profundidad. Por el momento, decidí esperar el resultado del ADN. El resultado del examen fue contundente: el ADN de su sangre no coincidía con el ADN de la sangre encontrada en el cuchillo.

Fue frustrante. No tuve más remedio que dejar en libertad al sospechoso. Aún recuerdo sus palabras cuando abandonaba la delegación.

— Cuando desee más sangre sólo avíseme, señor detective. Tengo torrentes.

Lo vi alejarse relajadamente, con una burla funesta montada en su espalda. Y aquella corazonada, que al parecer estaba fallando, volvió a anidar en mi espíritu y a gritarme que estaba dejando en libertad a un asesino. «Quizás ya no debo fijarme en mis corazonadas», pensé. Con una carga de frustración jugándome en el rostro, continué las averiguaciones. El siguiente paso era comparar el ADN del cuchillo con los del banco de ADN de diversas personas que han cometido algún tipo de delito.

Y ahí encontramos al posible asesino. El ADN coincidió con el de Antonio García Castro; un señor de casi cincuenta años. García Castro fue apresado hacía algunos años por un delito menor. De inmediato ordené su captura.

IV

García Castro llegó a la delegación asustado, con una mirada suplicante y vibrátil. Su aspecto no era el de un asesino; era el de un hombre perturbado; así que de inmediato tuve la sensación que aquél no era el hombre buscado. Sin embargo, ahí estaba la prueba contundente: su ADN.

Cuando se es un detective principiante, la razón es el hilo conductor: el análisis racional es el sustento para llegar a resultados concluyentes. Sin embargo, andando el tiempo, y cuando se han acumulado una infinita cantidad de casos, la razón procedimental va perdiendo vigor y hundiéndose en una nube aletargante para darle paso a eso que la gente llama «corazonada»; en otras palabras: el olfato detectivesco. Justo una corazonada me sacudió el espíritu en aquella ocasión.

— ¡¡Soy inocente!! -exclamó García Castro.

— ¿Inocente de qué? -le pregunté-. Aún no se le acusa de nada.

— ¡¡Soy inocente!! ¡¡Soy inocente!! Sea lo que sea, soy inocente.

Posteriormente se le explicó la razón de su detención. El señor García se desplomó, y su rostro mostró las claras marcas de la angustia.

— ¡¡No he matado a nadie!! -exclamaba.

— Su sangre coincide con la del asesino -le expliqué.

— Aunque coincida, ¡soy inocente aunque coincida!

Como era menester, se le realizó la inspección física correspondiente. De acuerdo con el oficio forense, García Castro tenía una cortadura entre los dedos medio y anular de la mano izquierda; pero el mismo informe certificaba que aquella herida llevaba, al menos, más de quince horas, lo cual no coincidía con el tiempo transcurrido desde el asesinato.

Posteriormente, como a las tres de la tarde, llegó a la comisaría una mujer de unos cuarenta años, caminaba con lentitud, se cubría la cabeza e iba arropada con una especie de sábana gruesa y oscura. Se hacía acompañar de una niña de unos diez años. Sus ojitos eran redonditos, negros y llorosos. La mujer pidió hablar conmigo.

— Soy la esposa de Antonio García Castro, detenido aquí -me explicaba con una toz leve y con evidentes muestras de cansancio-… Mi esposo es inocente… Se lo juro por Dios -en ese momento la niña se pegó al cuerpo de su madre (pues con seguridad era su madre) y me miró con lágrimas en sus ojos.

— ¡Mi papito no ha hecho nada! -me dijo, y de inmediato su llanto se volvió sonoro, suplicante.

— ¡Le juro que es inocente!… El no salió durante toda la noche… Se lo juro por mi hija… El no sale… pasa todo el tiempo cuidándome… Yo estoy enferma, señor detective; muy enferma.

— ¡¡Deje libre a mi papito, señor; se lo suplico!! ¡¡Mi papito no es malo!!

Una asfixiante corriente de ternura se me metió por las venas, y no pude evitar dejarme atrapar por una ola de misericordia hacia aquella niña y aquella mujer enferma. Debí hacer un esfuerzo para hablarles con la naturalidad propia de un detective a aquellas suplicantes.

— Creo que se equivoca, señora. La sangre del asesino coincide con la sangre de su esposo… Lo lamento pero así están las cosas -le expliqué esforzándome por mostrarme implacable. Me dispuse a abandonar el sitio, pues un quebranto emocional amenazaba con dislocar mi espíritu de justiciero. Pero la escena era conmovedora: madre e hija se abrazaron y lloraron. En ese instante deseé que hubiera una posibilidad de inocencia, pero no la encontraba. Instintivamente, decidí interrogar a la angustiada mujer.

— Dígame, señora, ¿qué hizo su marido ayer durante todo el día y toda la noche?

— No salió de casa durante la noche. Sólo durante el día salió un par de horas… Fue al Seguro Social, pero regresó pronto.

— ¿A qué fue al Seguro? -inquirí.

— Yo estoy muy enferma y me van a operar muy pronto, así que mi esposo fue a donar sangre.

Sus últimas palabras me brindaron el alivio necesario para liberarme del estado emocional en que me hallaba sumergido al presenciar la conmovedora escena de la madre y la hija abrazándose angustiadamente. Aquella corazonada tomaba nueva vida, rehusándose a morir. Solicité el informe sobre Cristino López y busqué su ocupación actual. Revisado el informe, ordené jubilosamente que liberaran a García Castro.

V

Artemio fue el más sorprendido por mi decisión. Cuando le ordené que liberara a García Castro se quedó quieto, mirándome fijamente, mostrando con su actitud su desacuerdo con la orden recibida. Debí insistir enérgicamente.

— ¡Dije que liberen a García Castro!

Continuó unos segundos más en actitud pétrea, pero luego se dispuso a liberar al reo.

— ¡Sí, señor!

García Castro fue dejado en libertad, pero mi asistente Artemio no terminaba de convencerse; así que hizo un intento por disuadirme.

— ¡Señor!… No olvide que el ADN coincide…

— Limítese a obedecer, señor Canales.

— El ADN, señor… es una prueba contundente… coincide… coincide.

Di media vuelta y quedé frente a él. Artemio calló. A mi lado estaba su saco negro. Lo tomé y se lo lancé. La cachó casi sin mover el brazo, luego siguió inmóvil durante un par de segundos.

— ¡Vamos! Haremos una visita al Seguro Social… Hoy aprenderá algo nuevo, señor Canales.

VI

Al llegar al Seguro Social averigüé el turno laboral que había tenido Cristino López el día del crimen: el día de ayer. Inspeccioné también el listado de las personas que ese día habían donado sangre. En el listado aparecía García Castro. Una vez hechas estas averiguaciones, pedí que me mostraran el destino que tenía la sangre una vez extraída del donante. El médico de turno me lo explicó todo amablemente.

— La sangre es recolectada en una de estas bolsas -y me mostró una que estaba ahí cerca-. Luego pasa a análisis.

— ¿La persona que extrae la sangre se encarga también de su análisis? -pregunté.

— No -respondió el médico-. Del análisis se encargan otras personas. Una vez analizada pasa al banco de sangre según el tipo.

— ¿Quiénes tienen acceso al banco de sangre? -inquirí.

— Sólo las personas autorizadas… Tratamos de evitar que personas ajenas entren a la zona, pues se corre el riesgo de que la sangre se contamine.

Una vez que abandoné el Seguro, acudí a la casa de García Castro, pues necesitaba hacerle unas preguntas.

VII

Llegamos a la casa de García Castro. Él en persona abrió la puerta. La niña estaba ahí: a un lado de su madre enferma. Al verme, no pudo evitar una mueca de tristeza en su rostro. Se abalanzó sobre mí.

— ¡Señor, no se lo lleve!

Le abrí mis brazos tiernamente. Ella no pudo evitar que una cascadita de lágrimas brotara de sus ojitos negros y redonditos.

— No te preocupés, hijita. Nadie se llevará a tu padre. Tu padre es inocente -la abracé con fuerza, y pude sentir que su espíritu se tranquilizaba. Luego de esta conmovedora escena, me encerré con García Castro para hacerle las preguntas pensadas.

— Quiero, señor García, que haga memoria y me responda lo más certeramente posible lo que ocurrió en la sala de donación de sangre. Haga memoria y trate de recordar si ocurrió algo que usted considere anormal… No omita ningún detalle por insignificante que le parezca… dígame antes si esa era la primera vez que usted donaba sangre.

— No. Ya antes lo había hecho.

— Muy bien… Compare su primera vez con esta otra vez y dígame si notó algo extraño… algo poco común… algo que el enfermero le haya dicho…

— No recuerdo nada extraño… Nada… Me acosté en la cama de donantes y el enfermero procedió a sacarme la sangre.

— Eso fue todo… Nada extraño…

— Nada… Bueno, aparte de que tuvo que cambiar la bolsa recolectora, no recuerdo nada más.

— ¿Cambió la bolsa recolectora? -pregunté  a García.

— Sí. Me dijo que la bolsa salió mala, que estaba rota. Así que puso una buena. Todo esto lo observé claramente, pues estaba con mis ojos puestos en el proceso. Quitó la bolsa, sacó una nueva y continuó sacando sangre.

— ¿Pero la primera bolsa recibió algo de sangre?

— Claro, pero muy poca.

— Es todo, señor García. Cuídese.

Luego de este interrogatorio, me quedó muy clara la artimaña utilizada por el asesino para que se culpara a un inocente. Pero si deseaba llevar al asesino ante la justicia era menester presentar pruebas contundentes; aún era necesario averiguar quién era el propietario de la camisa ensangrentada que mi asistente encontró en uno de los basureros del entorno.

En cuanto llegamos a la oficina, le pedí a Canales que averiguara el número de serie de la camisa, el nombre del almacén en el que había sido comprada y quién era el comprador. Antes del mediodía tuvimos toda la información requerida.

VIII

Fue a las siete de la noche que ordené la recaptura de Cristino López. Una hora después lo tuve frente a mí. Una vez más se mostró desafiante, con aquella mueca burlona dibujada en su semblante. Ordené que le quitaran las esposas para interrogarlo.

—  ¿Otra vez, señor detective? Si necesita mi sangre, aquí tengo torrentes -y mostró sus brazos.

— No. No quiero su sangre… ¡apesta! Al contrario: quiero devolverle algo que es suyo.

— Bueno, no es el día de la amistad, pero aceptaré lo que quiera regalarme -respondió en el mismo tono desafiante.

Hice una señal y mi asistente me entregó la bolsa que contenía la camisa ensangrentada. La coloqué sobre el escritorio.

— Esta camisa es suya… ¿No es así? -dije.

— No sé de qué está hablando.

— Le refrescaré la memoria… La compró usted, con su tarjeta de crédito, en el almacén SIMAN, el día tres de mayo de este año… La sangre que usted ve es sangre de la víctima: de Luciana Sandoval -aquella mueca burlona se borró de golpe del semblante de Cristino-. ¿Qué le ocurre, señor López? ¿Parece que ha visto usted al mismísimo demonio?

— Esa camisa no es mía… Y aunque fuera mía, esa prueba no bastará. Esa camisa pudo habérmela robado alguien. Necesitará más pruebas.

— Señor López, yo no soy adivino, pero intentaré narrar los sucesos de ayer… Usted, entre otras funciones, se encarga de recolectar sangre de donantes en el Seguro Social. Pues bien, ayer, como a las tres de la tarde, recolectó sangre del señor Antonio García Castro, el único donante de sexo masculino que se presentó. Con el pretexto de que la bolsa recolectora estaba en mal estado, la cambió por una nueva; pero en la primera bolsa ya había entrado un poco de sangre. Llegada la noche, se fue a casa de su ex novia, llevando la sangre en la bolsa. Como usted vivió un tiempo con la occisa, poseía llave del apartamento; así que entró sin obstáculos, pero con mucho sigilo… Ya en el interior, la asesinó con un cuchillo que aún no aparece. Para conseguir matarla, forcejeó con ella, así que su camisa se llenó de sangre. Una vez sin vida, buscó un cuchillo en la cocina y lo llenó en la punta con sangre de la bolsa y lo dejó a cierta distancia, de manera que diera la impresión que la víctima intentó defenderse. Con esto pretendía que al examinar el ADN de esa sangre, usted quedara fuera de toda sospecha. Para no llamar la atención, al salir del apartamento se quitó la camisa y la arrojó en uno de los basureros de la zona. Para su desgracia, mi asistente encontró la camisa y, como ve, ya averiguamos que era de su propiedad.

— ¡Están locos! ¡Soy inocente! ¡No me encerrarán jamás en una celda! ¡No hay pruebas suficientes!

— Yo no diría eso… Tenemos su camisa ensangrentada; además, el señor García se presentará a declarar en el juzgado.

IX

El proceso judicial contra Cristino López terminó satisfactoriamente: fue condenado a treinta años de prisión. Junto a este hecho satisfactorio ocurrió otro: la operación quirúrgica realizada a la esposa de García Castro fue todo un éxito, y aquella niña de ojitos negros y redonditos es ahora una niña feliz.

                                                             Felipe Guzmán, 07 de mayo de 2014

Felipe Guzmán: escritor salvadoreño ganador de varios premios de juegos florales  nacionales e internacionales, cuenta con muchas creaciones literarias y pedagógicas publicadas.

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