La cacería de El Cruzado

LA CACERÍA DE EL CRUZADO

por Hugo Villarroel Ábrego

 

HUGO'S SMILE

 

“Inspector,  espéreme por favor”.

Miró el cielo estrellado y esperó.

“Gracias”.

Le sonrió, entre indulgente y compasivo.

“Creí que tu condición física era superior que la mía”.

El detective Mariano Mitre se limpió el sudor de la frente y tardó unos segundos en contestar.

“Recuerde que soy al menos veinte años mayor que usted”— remató el Inspector Jefe— “No creo que haya pasado de los veintitantos”.

Mitre miró el sendero recién recorrido y señaló con el índice.

“Esta colina tiene ciento cincuenta metros de altura y es muy escarpada, jefe, además el terreno está resbaloso”.

El Inspector Jefe Bartolomé Gracián alumbró en dirección opuesta con su linterna de baterías.

“Vamos… el resto del camino es cuesta abajo”.

Mitre miró en derredor y el espectáculo de dos docenas de linternas titilando en todos los puntos cardinales le pareció épico, como un enjambre de luciérnagas eléctricas.

“Inspector… Si hubiese traído la cámara y el trípode…”

Gracián giró en redondo y sin dejar de caminar le recetó un jaque mate verbal:

“Yo traje mi propia cámara. He visto tus fotos. No valen una mierda. Cállate y sígueme”.

Mitre pensó que la verdadera mierda era ser un detective novato. Los policías de calle le odiaban las tripas de pura envidia y los investigadores veteranos lo ignoraban si no era para asignarle las faenas menos agradables. Una misión como la de aquella noche, por ejemplo, embarrado hasta los tobillos, muerto de calor y atormentado por los mosquitos. Suspiró, resignado. Después de todo era un honor acompañar al legendario Inspector Jefe Gracián en la búsqueda implacable de El Cruzado y su última víctima.

Todo fue por aquella carta que apareció esa misma mañana en su escritorio, en sobre cerrado, sin estampillas ni remitente. Eran unos cuantos renglones escritos a máquina, pero desataron un revuelo inédito en la Delegación. El cadáver de la flamante Ministra de Justicia acababa de ser abandonado en algún sitio al poniente de la ciudad, entre las colinas y el río. El reto era encontrarlo antes que se lo cenaran las criaturas del bosque. Firmaba El Cruzado.

Al cabo de cinco minutos de marcha habían llegado al pie del otro lado de la colina. Un trecho de ciento cincuenta metros los separaba de los márgenes del río, muy caudaloso en aquella época del año como para intentar vadearlo a brazada limpia. Gracián alzó su linterna y la giró en círculos por encima de su cabeza.

“Mitre, si hemos de encontrar a la muertita será en el bosque, tengo esa corazonada… Aquí quedaría muy al descubierto y de seguro no habrá querido hacernos fácil la faena. Vamos, toca el silbato… tres veces… Eso, vamos bajando”.

En menos de diez minutos todos los policías y un puñado de voluntarios se habían congregado alrededor de ellos. Los ánimos no estaban, que se diga, muy en alto.

“Señores, hemos peinado las laderas hasta este punto. Lo más difícil está frente a nosotros: esta zona —extendió el brazo, trazando, un poco teatral, un semicírculo en dirección poniente— es bosque tupido, pero no tanto como para perdernos. Lleven las armas cargadas y sin seguro. Volveremos a vernos en la orilla del río. Tiren al aire y suenen sus silbatos si encuentran algo”.

Ordenó que se dispersaran, siempre en parejas, de modo que pudieran explorar un par de kilómetros en cada dirección, sur y norte.

“No puede estar muy lejos” —Dijo, mirando a Mitre.

“¿Quién? ¿El cadáver o El Cruzado?”

Miró a Mitre con cierto desdén.

“Ambos, muchacho… Ambos”.

 

***

 

“El Cruzado asesinó por primera vez hace once años. Ha seguido matando desde entonces, dos o tres víctimas por año, únicamente policías, de todo rango imaginable, a lo largo y ancho del país”.

Mitre sabía la historia. Aún así, no sin cierta timidez, hizo una pregunta.

“Inspector… Este es un país tan pequeño… ¿Cómo no han podido atraparlo? Digo, no se ofenda, sé que le pisa los talones desde hace tiempo, dicen por ahí —se envalentó al no haber percibido hostilidad en los ojos de Gracián, que ha detenido la marcha para prestarle atención— que usted hasta podría dibujar su rostro de memoria… ¿Exageran un poco, verdad?”

La manaza de Gracián palmoteó el hombro del novato.

“No, Mitre, no exageran… Ven, sígueme, te contaré algo, no alcemos mucho la voz… Pero no te distraigas… Este bosque es el lugar perfecto para una emboscada…”

Las delicadas manos de Mitre transpiraban: el bochorno de una medianoche sin brisa, el miedo de terminar sus días con una cruz de cinco centímetros de profundidad rasgándole el pecho.

“Mira, Mitre, El Cruzado nunca ha traicionado su modus operandi. Es obsesivo y perdona la aparente redundancia de lo que voy a decirle: es un hombre muy religioso —sonrió, sin alegría, encogiéndose de hombros— y estoy convencido que  jamás violaría otro mandamiento”.

Mitre tropezó con un pedrusco y maldijo quedito.

“Ese nombre, ‘El Cruzado’, no solo se refiere a la herida fatal, a su marca de fábrica… ¿Me sigues?”

Mitre cojeaba un poco pero mantenía el paso, sin perderse palabra.

“Sí, a duras penas”.

El Inspector avanzaba sin vacilar entre los árboles, chaparros pero tupidos. El fragor de la corriente —era un tramo de rápidos— se oía cada vez más cercano.

“El Cruzado es, en realidad, un ejecutor, un ángel exterminador”.

Mitre lo toma del brazo.

“Inspector, habla de él con admiración”.

“Detente”

“¿Dije algo indebido?”

“No, pero quiero dejar algo en claro. Después de tanto tiempo de estudiar cada detalle de sus víctimas… Cada uno de esos policías granujas recibió su merecido. No me malinterpretes —la mueca del rostro del novato le forzaba a aclarar sus palabras— El Señor dijo: ‘Mía es la venganza’. Esto, tomar la justicia en sus manos, lo ha convertido en un paria… Y eso merece un castigo”.

“Pero… buscamos a la señora Ministra de Justicia… ¿Qué puede haber hecho ella de malo? Y, en todo caso, ¿por qué está tan seguro que ese criminal sigue en los alrededores?”

El Inspector Jefe se rascó la cabeza antes de contestar.

“Es lo que no me gusta de este asunto, detective… esta mujer prometía… Yo hubiera jurado que estaba dispuesta a barrer la casa y sacar la mugre a la calle. El por qué la mató El Cruzado me atormenta, que se haya desviado tanto de sus procedimientos de siempre. Y lo de la carta tampoco tiene sentido. Él nunca escribe cartas. Y en todo caso por qué se la hizo llegar a usted… Justo a usted…”

“Un novato de mierda, que no sabe un carajo de nada”.

“Exacto”.

“Muchas gracias, jefe, tan amable…”

Ambos guardaron silencio. Como el Inspector Gracián no se dignó a hablar más Mitre tampoco se atrevió a seguir cuestionando cosas. Casi habían llegado al río cuando el Inspector Jefe se llevó un dedo a los labios, le puso la mano en la cabeza y sin mucha delicadeza obligó al novato a ponerse en cuclillas detrás de unos arbustos.

“¿Oíste?”

Pasó un minuto, interminable para Mitre, que amartilló el arma de reglamento.

“Ahí está ese ruido de nuevo… ¿Oyes?”

Esta vez el rumor de hojas secas pisoteadas se escuchó, nítido, entre las sombras, muy cerca, quizá a unos pocos pasos. A Mitre le temblaban las manos y gotas de sudor se le filtraban entre los párpados.

La linterna del Inspector Gracián dibujó un círculo de claridad en la negrura. En un pequeño claro en la vegetación, desnudo de la cintura hacia arriba, yacía el cuerpo de una mujer, con los brazos abiertos en cruz. Otra cruz era visible, labrada burdamente a cuchillo en el centro del pecho de la muerta. Una miríada de hormigas se daba un festín con los restos, entrando y saliendo de la herida. Un puerco de monte que hozaba en el rostro de la víctima, gruñó, azotó la tierra con sus pezuñas y salió corriendo. Mitre vomitó la cena y sintió su cabeza girar, bañándose de sudor frío y pegajoso.

 

***

 

“Mitre, despierta, carajo”.

El Jefe Inspector Bartolomé Gracián se había sentado sobre una piedra, con la espalda apoyada contra un árbol. Contraviniendo todas las normas forenses fumaba copiosamente: al menos eso delataba el puñado de colillas que se amontonaban cerca de su mano derecha. Mitre tenía la camisa abierta y suelto el nudo de la corbata. Ya no sudaba. Trató de incorporarse pero no pudo. Estaba atado de brazos y piernas, cada extremidad sujeta por un lazo a estacas clavadas en la tierra.

“Hay que ser un pendejo redomado para venir de cacería vestido de burócrata”.

Iba a protestar pero el Inspector le demandó silencio con un gesto enérgico.

“Hace más de una hora que despaché a los patrulleros. Solo quedamos tú y yo, puedes gritar si quieres pero preferiría que conversáramos, si no te es molesto…”

“¿Qué le pasa Jefe? ¿Por qué? ¡Usted sabe que no soy El Cruzado! Mierda, me duele todo el cuerpo… ¡Suélteme!”

“No seas idiota, Mitre, más respeto, por favor… Sé que no eres El Cruzado… Porque El Cruzado soy yo.

El Cruzado observaba a Mitre con la concentración digna de un avezado médico examinando a un paciente. A pesar de sus protestas airadas, el novato estaba demasiado tranquilo como para el trance mortal en que parecía encontrarse. Estaba seguro que el escenario que había montado era más que convincente para que el novato se cagara en los pantalones con las primeras de cambio.

Bartolomé se incorporó, para estirar las piernas. Era alto y grueso, con un notable desarrollo muscular, pero aparentaba estar en sus sesentas y no en su edad real: fumaba demasiado, comía y bebía como vikingo y todo su cabello había encanecido antes de tiempo.

“Mariano… Ya sabes quién soy yo. Pero también sabes perfectamente que yo no maté a esa mujer. Por eso te he traído hasta acá, porque era evidente que eres un maldito mentiroso, inventando la patraña de una carta que yo jamás escribiría. Solo te pido algo: dime por qué lo hiciste, por qué trataste de inculparme haciendo una copia tan burda e infame de mi trabajo, y…—enfatizó su última frase destacando cada sílaba a centímetros de su desdichado prisionero— dime la verdad a la primera, sin excusas, de un tirón… o aquí mismo te conviertes en mi muertito número treinta y tres”.

Mariano Mitre sonrió y luego, sin poder contenerse, lanzó una carcajada. El Cruzado estaba, por vez primera en mucho tiempo, confundido.

“Entré a la fuerza policial hace menos de dos años, usted lo sabe porque desde que le dieron la carta escrutó revés y derecho mi expediente… Jefe, he estudiado cada uno de estos crímenes desde que era un muchacho. He recortado cada hoja de periódico, cada artículo de revista sobre el tema. Siempre pensé que era el trabajo de otro policía… Era claro, las víctimas no se sentían amenazadas hasta el último segundo, nunca sospecharon que el vengador comía de su mismo plato y patrullaba las mismas calles. Cuando tuve acceso a los archivos me tomó meses llegar a formular una hipótesis sólida… pero era una hipótesis a toda prueba. Su talón de Aquiles, jefe, era su pasión por los detalles y, como ya lo dijo, el apego obsesivo al mismo modus operandi, una y otra vez —sonrió, triunfal, como si se hubiese sacado un diez en todas las materias—… Así que al aparecer un imitador, en especial un imitador torpe y tan burdo… estaba seguro que el verdadero Cruzado no tardaría en salir de las sombras, furioso y exigiendo explicaciones”.

Mariano seguía sonriendo, extasiado con la precisión de sus predicciones, gozando con el desconcierto que su jefe no podía ni quería disimular. Bartolomé volvió a sentarse, sacó una cantimplora del bolsillo de su casaca impermeable y bebió un sorbo.

“Idiota, pero te desmayaste”.

“Eso no puede fingirse, jefe. Vomité hasta el alma al acuchillarla, pero al ver a esas criaturas comiéndose a la muerta, eso fue el acabóse”.

El Cruzado sacó su navaja de bolsillo y cortó las ligaduras de Mitre.

“¿Por qué ella?”

El novato se puso serio.

“Busque el nombre de mi padre en los registros policiales. Luego verifique quién lo condenó a muerte… Lástima que el verdadero implicado en ese crimen apareció hasta algunos años más tarde… Un pequeño error del benemérito Sistema Judicial…”

Le pasa la cantimplora y Mitre apura de un sorbo el resto del contenido. Era ron barato, pero no le importó.

“Vete”.

“No”.

“Sé que no me denunciarás y yo no te denunciaré. Es un trato justo”.

“Es cierto, pero ahora que soy su asistente personal seré pronto ascendido y El Cruzado necesita un escudero”.

Llamaron por radio a la Delegación. Tomaron fotografías, recogieron evidencia y volvieron sobre sus pasos. Al novato le tocaría escribir los odiosos informes.

Era casi la hora del desayuno.

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