A la gallina que come huevo…

A LA GALLINA QUE COME HUEVO…

por Felipe Guzmán (El Salvador)

Pocas veces en la vida he conocido personas con el talante de Jacinto Cornuto. Mientras fuimos vecinos, fue un aficionado enfermizo a los binoculares (lentes de larga vista), pese a que, precisamente, su amor a estos artefactos le acarreó serios conflictos sociales.

Según él me contó, su afición nació cuando tenía escasamente 8 años, a mediados de los setentas. Fue un tío suyo quien le regaló los primeros binoculares. La alegría de mi amigo Jacinto por tal posesión era desbordante, y no resistió la tentación de llevarlos a la escuela para presumir ante sus compañeros. Me contó Jacinto que uno de sus compañeros, mientras manipulaba el artefacto, lo dejó caer accidentalmente, rompiéndole un cristal. Jacinto, trastornado por la cólera, la emprendió a golpes contra su compañero. Tal fue la golpiza que fue expulsado de la escuela sin más. Así, con este suceso, la terrible manía queda sembrada; y así  arranca su calvario. En lo posible, Jacinto adquiriría cada vez binoculares de mejor calidad y mayor alcance, sin importarle las consecuencias sociales.

Para 1990 un estafador le vendió unos binoculares con defecto de fábrica. Jacinto, enloquecido de furia, buscó al incauto estafador y le propinó una golpiza de tales dimensiones, que terminó con el vendedor en el hospital y con mi amigo en la cárcel.

Para 1998, su esposa de turno (una mujer de cierta belleza, pero aficionada a la mariguana) en una de sus crisis de adicción vendió los binoculares y le hizo creer a Jacinto que algún ladronzuelo había entrado a la casa. Pero mi amigo descubrió el engaño y, como era su costumbre, sin reflexionar, le dio «su merecido». Esto le costó unos días en la cárcel y su matrimonio, que en realidad no era gran cosa. Y así, sucesivamente, mi amigo Jacinto navegó de tumbo en tumbo, a veces ahogándose, a veces despeñándose. Y todo por los malditos inoculares.

Ya para el 216, los nuevos lentes de mi amigo Jacinto eran verdaderamente una maravilla. Lentes de gran alcance: 30X50. Marca Tasco. Equipados con su trípode, estabilizador de movimientos y una pantalla con sistema de grabación. Mi amigo, muy entusiasmado, nos mostró su portentosa adquisición.

— Tasco es de las mejores marcas… y son de largo alcance… y graban todo lo que yo enfoque… podés ver una rata que esté en mi casa desde el volcán.

Y para el día siguiente, Jacinto nos invitó al volcán para apreciar la ciudad desde la cúspide.

El día llegó y nos fuimos, acompañados de otros vecinos: Jorge y Alfonso. Y, en efecto, se apreciaban muy bien pequeños detalles en la ciudad: el parque Simón Bolívar con sus prostitutas matutinas, los nombres de los almacenes, los huelepegas de los contornos del Mercado Central… Y entonces… Jacinto comenzó la búsqueda de su casa… la encontró…

— ¡Miren! Ahí está Picotín (era su perico)… y también Leoncio (era su perro)… hasta los aguacates del palo se ven… ricos son esos aguacates…

Todos, en torno del equipo, apreciábamos en la pantalla las distintas escenas. De repente, Leoncio comenzó a mover alegremente su cola y a caminar hacia el baño. Fue en este punto que vimos a un hombre, refajado con una toalla, salir del baño; detrás de él, una mujer, justamente la mujer de Jacinto.

Y se acabó la diversión. Jacinto guardó su equipo y dio la orden de retirada.

— Vámonos a la M… Las mujeres son unas P… Ya no respetan a los maridos… Al llegar a la casa voy a matar a esa P… Y a Leoncio lo voy a colgar del palo de aguacate.

Y entre refunfuños y gritos subimos al carro. Presintiendo una desgracia, le cedí mi puesto delantero a Jorge; yo tomé asiento en la parte trasera.

La calle del volcán venía bajándola como loco. Justo por la curva del restaurante La Pampa argentina, Jacinto se volvió y nos dijo: «Nunca compren binoculares». Fue una desgracia: Jacinto no se percata que invada el carril contrario, justo cuando bajaba un camión cafetalero. ¡Terrible impacto! Ahí me regocijé de la sabia decisión al ocupar una posición trasera.

Y una vez más, Jacinto en problemas por unos binoculares: fue a parar al hospital.

Jamás volvió Jacinto a la colonia. Alguien lo vio en el Parque de la Familia. Dijo que muestra una terrible cicatriz en la frente; pero, escuchen ustedes: lo vio con unos binoculares en el pecho colgando de su cuello.

A la gallina que come huevo, aunque le corten el pico.

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