Recordando a un amigo

RECORDANDO A UN AMIGO

Por Leonor Aguilar (Argentina)

Su nombre no importa, da igual para quien no lo conocía. Pero ocurre que era mi amigo, conocía sus sueños, sus sentimientos, sus porfías, desvelos y risas. He compartido sus anhelos y proyectos de vida, lo he visto enamorarse, sacar del alma un grito de gol y también pensar en la fecha de un examen. Lo supe vivo, con lo que esa palabra implica y nunca nos detenemos a pensar seriamente en el todo que es capaz de abarcar.

     A diferencia de mi persona era ordenado y meticuloso, programaba sus horas del día con la precisión de un reloj suizo. Tenía la capacidad de poder repartir sus tiempos entre estudios, amor, deporte, amigos, familia y toda obligación diaria, y siempre lo hacía bien. 

   La guitarra, fiel compañera infaltable en los asados y juntadas, nos reunía con la risa de sabernos aullando (cantar es una palabra que nos quedaba grande) una mezcla de folclore, rock nacional y cualquier otra cosa que surgiera improvisada cuando las luces del amanecer nos sorprendían en el abrazo amigo que no conoce de vergüenzas musicales. ¡Qué importaba la melodía si lo más valioso era que afinábamos a la perfección los tonos de una amistad sincera!

  No pudo despedirse, partió a ese pedacito de patria como quien sale de viaje y pretende retomar lo que ha dejado por hacer a su retorno. Partió dejándonos el alma encogida en el abrazo de la incertidumbre, sin más que una imagen sonriente que desde una mesa reflejaba sus anhelos en el porvenir. 

    Fueron meses largos y duros de espera, de radio que anunciaba combates cuerpo a cuerpo en el lejano paraje donde el hambre y el frío de una trinchera húmeda eran su día. No existía el modo de contener la angustia ni la impotencia, imposible conciliar el sueño cuando cerrar los ojos era imaginar luces y silbidos de bombas, estallidos, dolor y muerte.

   Regresó, pero no era el mismo. Me reencontré con un amigo al que desconocía. Curtido por el frío y la realidad habían perdido sentido para él los sueños. Las peores cicatrices no eran las que llevaba en su cuerpo, ése que escondía de la mirada curiosa de los desconocidos, sino aquellas que eran invisibles y cargaba muy adentro como ácido que corroe el corazón. Sólo traía consigo un objeto y un único comentario para él: su anterior dueño ya no lo precisaba. 

   A veces me asustaba esa mirada perdida en recuerdos que callaba. En otras oportunidades era testigo de lágrimas que se agolpaban en sus ojos y su gesto me sugería que por fin empezaría a vomitar sus silencios, pero en un punto detenía bruscamente el arranque, se adueñaba nuevamente de su hermetismo y permanecía mudo y ajeno al mundo que lo rodeaba.  Estaba vivo, pero sólo era la cáscara. Cada día cerraba, y apagaba más, su interior.

   Los meses pasaron estáticamente. El tiempo se había detenido en un punto vedado a todo aquel que se arrimara a su persona. Encerrado en sí mismo contemplaba lejanías, fijaba la vista en un punto con la mirada perdida y una expresión de rechazo. 

   La vida parecía latir para él sólo en deportes de alto riesgo. Y no sé si latía o era una necesidad constante de probarse a sí mismo, de descifrar esa pesada mochila que cargaba en lo íntimo de su ser.

   Encontró el descanso a alta velocidad. Se llevó su silencio, su costado herido, sus cicatrices indelebles y la música que en sus manos jamás volvió a ser.

(Visited 8 times, 8 visits today)