La Maldición

LA MALDICIÓN

Por Leonor Aguilar (Argentina)


María era una mujer pobre. La falta de recursos de su hogar paterno y una grave enfermedad neurológica padecida en la infancia había limitado bastante sus posibilidades de estudiar, de tener un futuro mejor.

Su mañana se iniciaba con tareas de limpieza de oficinas en una pequeña empresa. Había logrado un equilibrio, su pareja pagaba los servicios y lo que pudiera aportar a pequeñas mejoras en el hogar y con lo obtenido de su trabajo se alimentaba la familia.  Cuando quedaba algún dinero sobrante, cosa excepcional, lo utilizaba en vestimenta para sus niños.

Odiaba al mundo. Odiaba a todo aquel que pudiera cristalizar sus posibilidades de crecer y les deseaba todos los males del mundo con una envidia palpable. Nada alegraba más su día que ver complicado y preocupado a su jefe, la cara del día a día de todo lo que ella deseaba y no podía alcanzar. Verlo llegar con cara de preocupación era el mejor placer con el que podía empezar a realizar sus tareas de limpieza en las oficinas de la pequeña empresa, si hubiera podido decirle que le deseaba que su vida fuera una permanente mierda, lo haría sin dudar. Y estaba más que convencida de sus dones ocultos, porque coincidía que le deseaba algún mal y ocurría una seguidilla de desgracias que minaban su ánimo en general.

En los últimos tiempos se había concentrado en desearle un paquete de maldiciones. No porque él fuera mala persona, aunque siempre fue respetuoso,  compasivo y permisivo, era un ser a quien veía en el espejo diario de poseer lo que ella no. Verlo llegar perfumado, recién bañado, presentable, le provocaban una irritación y un ataque de envidia permanente que no podía controlar, lo que provocaba deseos de desgracias que surgían de su interior sin casi pensarlo.

Las maldiciones parecían surtir su efecto. El hombre tuvo una seguidilla de problemas familiares, laborales, económicos y personales que se vieron coronados con un accidente que pudo costarle la vida.

Las cosas estaban más que mal para él y eso, sin duda, le parecía bueno. Fingía preocupación preguntando por su estado y una pequeña sonrisa brotaba de su ser. Cuando el jefe se ausentaba para acudir a sus consultas médicas ella podía ir a trabajar a cualquier hora, pasar haciendo limpieza poco profunda, total, como no iba no se iba a dar cuenta y ella lo mismo recibía su paga…

En ese punto y dadas las circunstancias sentía que las cosas estaban bien. La vida era relajada, podía hacer y deshacer bastante a su gusto, hasta que el jefe tomó una decisión que no esperaba: Cerró la empresa, se dedicó a recuperar la salud, despidió e indemnizó  al personal y le deseó la mejor de las suertes en el futuro porque ya no podía continuar sosteniendo ese emprendimiento.

Ha pasado el tiempo. El jefe se levantó de la quiebra y trabaja de sol a sombra sin personal en un nuevo y exitoso proyecto que va creciendo.

¿Y ella? Pues, ella sigue siendo pobre,  a veces piensa que se le fue la mano al desearle tanto mal y mastica las consecuencias que acabaron cayendo sobre su propio bienestar. Está convencidísima de haber sido la causante de las desgracias, pero a veces lamenta no haber podido conseguir otro trabajo donde contemplen sus problemas de horarios.

Aún odia al mundo y a veces encuentra un nuevo destinatario para su triste don.

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