Querida Duma

QUERIDA DUMA

por Leonor Aguilar (Argentina)

Era la hembra destacada de una camada. Junto a sus siete hermanos ya eran notables a muy temprana edad los detalles que la hacían distinta.

El tiempo acababa de llevarse en su vejez a Frida, la compañera de tantos años en mi hogar,  dejándonos un vacío muy grande en el alma. Después de muchos meses de masticar su ausencia, y de juntar fuerzas pensando en los destrozos que sin duda habría en el camino a madurar de un nuevo integrante de la familia,  había tomado la decisión de llevar nuevamente un cachorro a casa.

Podía elegir. Dieciséis cachorritos de dos camadas distintas jugaban entre ellos y me fue ofrecida esa dama, pero mi corazón se volcó al más débil. La pequeña Ema, que cambió de nombre a Danka en casa,  a quien alimenté desde los primeros días de su vida quedó en mis brazos definitivamente esa tarde. Me sentía responsable de ella. Su madre la había rechazado de recién nacida y sin ayuda externa jamás habría sobrevivido. Ya con dos meses estaba en condiciones de quedar en un hogar, y fue el mío quien la acogió alegremente. Con el tiempo descubrí que rompí las reglas que establece la naturaleza. La madre lo sabía. Danka nunca maduró, siempre cargó un espíritu de cachorro lejos de ser lo esperado en el temple de su raza.

Duma quedó en el criadero. Creció y se hizo adulta. Por ser una perra alfa, la de más carácter, era dueña y señora de todos los espacios, la que ponía orden y cargaba gustosamente la responsabilidad de no permitir el ingreso de extraños.

Conoció la gloria de las pistas de competencia, nos regaló podios y trofeos. Destacaba siempre su porte, sus colores fuego en el pelaje, su carácter. Parecía divertirle el hecho de viajar a competir. Cuando veía los preparativos siempre era materia dispuesta y se acomodaba rápidamente en su lugar en el carro de viajes.

En algún momento, complicados por una cuestión laboral y de tiempos, buscamos ayuda en el mantenimiento del criadero. Un hombre al que parecía que rápidamente los perros se acostumbraron a ver colaboraba con la limpieza diaria.

Y eso fue un error muy grande. Algo empezó a cambiar en todos los perros y en Duma fue más notable.  No entendía el porqué, dado que el hombre parecía ser afectuoso con todos los integrantes del lugar, pero Duma no se dejaba ya acariciar. Se había vuelto temerosa y huraña, y sus problemas de carácter iban en aumento.

Cierto día decidí dejar semiabierto el portón que separaba al criadero del resto de los espacios y aparecí silenciosa y sorpresivamente. Descubrí que el hombre maltrataba a mis amigos de cuatro patas. Los cambiaba de lugar a empujones, cachetones, patadas, golpes de escoba, sin un poco de compasión por ninguno, ni siquiera por Duma a quien ya empezaba a notarse su vientre gestante.

Ese fue el último día que el hombre pisó el criadero. Pero el daño ya estaba hecho. Justamente Duma, por ser la de más carácter, era la que sin duda más golpes había recibido. Y en esas condiciones era humillada por sus pares. Lejos estaban aquellas épocas en que era la perra alfa, quien vigilaba, quien ponía orden. Se limitaba a internarse sola en su canil siempre abierto y desde un rincón observaba los movimientos de todos.

No lo dudé. Ese mismo día ella llegó a casa.  Me partía el corazón ver su colita entre las patas ladrando atemorizada, caminando hacia atrás y orinándose de miedo ante cada visita que recibía en mi hogar. Me apenaba verla huir asustada cuando se me caía algún objeto ruidoso al suelo. Cualquier movimiento brusco era motivo de estampida al lugar más lejano y distante posible.

El tiempo que faltaba para que nacieran sus hijos pasó muy rápido. Había logrado que permita caricias, pero no mucho más que eso. Yo tenía la esperanza de que recuperara algo de su temple cuando floreciera su instinto materno. Un par de días antes de que iniciara el nuevo año ocho pequeños hicieron su aparición triunfal en la tranquilidad del cuarto que destiné a ella. Y fue una excelente madre. Siempre brillantes, gorditos, confortados por mamá, todos crecían saludables sin necesidad de intervenir para que ninguno quedara en el camino.

Me permitió tocar sus cachorros, acariciarlos, moverlos de un lugar a otro para realizar la limpieza diaria del cuarto. O jugar con ellos cuando empezaron a andar. Algo en su interior le decía que yo no era una amenaza y me permitió estar a su lado siempre. Pero era notable esa sombra de alerta en su mirada.

Aunque había aprendido a confiar en mí aún quedaba mucho camino por delante para vencer sus temores. Compartir la existencia con un animal es incorporarlo a la familia y una responsabilidad que se asume por el resto de los días que la vida nos regale juntas. Yo pretendía que fuera una comunión completa, que ocupara su lugar en mi hogar y compartiéramos el día a día sin temores o sombras que empañen la convivencia.

El resto del camino en amistad nos lo regaló el tiempo. Duma es absolutamente mi compañera y parece ni sombra. Siempre que oye mi auto espera feliz a que ingrese y me recibe con alegría. No sé si duerme en la puerta de mi cuarto o lo custodia, porque de noche la siento hacer la ronda y su hocico frío se acerca a mi rostro averiguando si estoy bien. La única secuela que quedó de aquel tiempo difícil es que debo evitar su contacto con hombres, detesta a todos los desconocidos, no se salva ni el cartero. Y si portan una mochila y una gorrita, su reacción será inmediata, lo morderá. No olvidó a quien la maltrató y yo evito refrescar sus malos recuerdos.

Hoy, 6 de marzo, es su cumpleaños número doce. Si no tuviera en su pedigree la fecha de nacimiento me costaría un poco más recordar qué edad tiene porque no se le nota demasiado el paso de los años. No posee canas en el hocico, tal vez hay momentos en que la veo levantarse en dos tiempos, como si una incipiente artritis propia de la vejez empezara a aparecer, pero para ser una perra adulta muy mayor la lleva bastante bien. Creo que estaba destinada a ser mi compañera  y pretendo que viva de ese modo muchos años, todos los que la vida me regale en su compañía porque ocupa un lugar muy importante en mi hogar. Sólo quien comparte sus días con un compañero fiel como lo es un perro puede entender cabalmente el significado de honor, lealtad y nobleza y ella es un compendio de todas esas cualidades. Me encantaría que pudiera leer este homenaje en vida, pero aunque no pueda, sé de algún modo entiende  cuánto valoro su amistad.

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