El espíritu Ñatu o Mazahua

El espíritu Ñatu o Mazahua

 

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Era una hermosa tarde de otoño, voy caminando entre los inmensos árboles, sin hojas,  sin embargo están repletos de flores de jacaranda. Disfruto mucho, porque son mis favoritos desde que era pequeña. Decido hacer un alto en mi destino, sentarme a contemplarlos en una banca de hierro, respirando el aire fresco y disfrutando de la tranquilidad del lugar.

De pronto una mujer se queda parada a un lado, cargando un morral de manta, sin atreverse a sentarse a mi lado… la observo sin que lo note. Va vestida a la usanza indígena Ñatu, son cuatro enaguas o ahora llamadas faldas que llegan abajo de la rodilla, una sobre otra. La tres primeras son de manta, una es el fondo, la segunda con orilla tejida con ganchillo, y la tercera bordada a mano y la cuarta y última elaborada con tela yakar, lisa y brillante, que no se decolora, conserva su color y textura para siempre. Encima un mandil, de preferencia verde porque simboliza el color de la vegetación, la blusa amarilla por el color del sol y remata con una fajilla de lana virgen tejida en telar de cintura y teñida con hierbas, vegetales, flores o frutos, que mide aproximadamente 2.30 metros para poder cargar cosas pesadas sin dañar la columna. No usa zapatos cerrados, lleva huaraches.

Usan telas de varios colores brillantes, que tal vez las mujeres de la ciudad jamás nos atreveríamos a usar juntos. Sin embargo dan armonía y alegría a la vista, como verde limón, rosa mexicano, azul turquesa, usa unas arracadas de plata con una piedrita roja, el cabello intensamente negro, forma dos gruesas trenzas adornadas con listones de colores.

La saludo, le pido que se siente. La observo un poco más y noto que está un poco encorvada, pero no por la edad. Me parece que es el peso de sus penas o su vida, o tal vez por su timidez y cansancio, porque esos ojos pequeños pero brillantes y al mismo tiempo tristes, es lo que me dejan entrever. Tiene una sonrisa agradable, pero apenas se dibuja con agrado al ser invitada a descansar.

Empiezo a hablar con ella, casi a interrogarla discretamente. Toma confianza y me doy cuenta que tiene deseos de ser escuchada. Y poco a poco se desarrolla la historia. Me dice que es Ñatu y no Mazahua, como todo mundo los llama. Al llegar los españoles elegían un líder en cada comunidad y de acuerdo al nombre de esa persona, el español elegía un nombre para la comunidad, por lo que actualmente son Mazahuas.

Me confiesa que abandonó a su familia porque la mandaban a trabajar desde muy pequeña, cinco o seis años, era como una esclava. Esto debido a que su padre la vendía hasta por cien pesos para trabajar. Después fue a vivir a otro lugar, pero cuando cuando tenía ocho años, se dió cuenta que estaba a punto de ser violentada y huyó. Decide irse a la gran ciudad de México a buscar empleo, como hacen ellas, solo como servidumbre.

Platica como aprendió a bordar en tela y esperanzas en su pueblo y me muestra algunas cosas. Me explica que cada bordado tiene un simbolismo. Cada pieza que elabora, sin ser dibujada, es perfecta. Algunas son el sol, el agua, las flores, las aves, en fin… todo lo relacionado con los elementos de la naturaleza.

Es inteligente, cuando tiene 16 años aprende a leer y escribir, pero no se olvida de su lengua de origen, le gusta la poesía y empieza a aprender algunos poemas en su idioma y a traducir otros.

Se une a un grupo de artesanas y forman una comunidad. Alguien sabe de su existencia y la invitan a visitar algunos países, lugares donde va mostrando su artesanía y diciendo sus poemas.

Comentaré algo, solamente para realzar lo que ella me dijo. En México existe una actriz que ha hecho varias películas. Se hace llamar “India María”, que en forma simpática interpreta a una de ellas, llamadas “Marías”, indígenas que han llegado a las grandes ciudades para vender especialmente naranjas, limones, bordados, etc.

Así que mi nueva amiga, quien no quiso dar su nombre, me cuenta que llegó a uno de esos países y la gente que ha visto películas mexicanas dijo: Miren llegó la India María. Y ella con todo orgullo y dignidad contestó: no… ella es la copia, yo soy la original, lo dice con una sonrisita simpática y de satisfacción, al recordar ese momento en que ella se dio su propio valor.

Sin darnos cuenta, las horas transcurrieron entre los vaivenes de su vida y la mía. Y así nació una amistad con una de esas heroínas de la vida, que no son reconocidas pero si son humilladas, maltratadas y menospreciadas. Muchos seres humanos consideramos que somos superiores a ellas, sin saber que tienen la riqueza que no se sustituye con nada y es… ser las portadoras de las lenguas madres, tradiciones gastronómicas, artesanales pero sobre todo un gran corazón.

Terminamos la plática, por un segundo miré hacia otro lado para saludar a alguien que lo hacía desde lejos. Y al voltear hacia el lugar donde estaba sentada, había desaparecido. El parque estaba vacío, no se veía por ningún lado.

¿Acaso fue solamente el espíritu de la identidad Mazahua que deseaba dejar un mensaje?

Martha Larios

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