Cordón de plata

Cordón de plata

 

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Una tarde de febrero en México, cuya característica es ser airosa, como sucede siempre en este mes.

En un hospital infantil, dos días antes, había sido internado Miguelito, un niño de siete años, con un problema de salud bastante grave. Todo estaba mejor! Y fue dado de alta.

Que alegría verlo un poquito más animado. Regresaron a su hogar, debería tener muchos cuidados, su vida era frágil y el peligro era constante e inminente. Su madre, siempre con la zozobra, preocupación y pena.

Así transcurrieron cuatro años, durante los cuales comía y dormía bien, asistía a la escuela, jugaba con los demás niños, llevaba una vida normal. Tenía características hermosas, como un carácter simpático, alegre, divertido, y una nobleza de espíritu incomparable. Le gustaba la música, invariablemente ponía en la vieja consola, el mismo long play de acetato “La montaña” interpretada por Roberto Carlos y cantaba al unísono o le pedía a su hermano mayor la tocara en la guitarra para él cantarla.

Un día, cuando le dieron un poco de dinero, como cada fin de semana, llamado “domingo”. Contrariamente a todo lo que los demás niños harían, se fue y compró tarjetas pequeñas con imágenes de Santos Católicos, en lugar de dulces. Y con una gran sonrisa, empezó a regalar a familiares y amigos, diciendo “ten para que te cuide”. Todos muy extrañados, pero divertidos por la forma en que lo hacía, porque ponía un acento muy especial en esa expresión.

Al día siguiente por la mañana, empezó el síntoma de la primera vez. Debieron llevarlo de emergencia en ambulancia al médico. Solo fruncía la boquita cuando el dolor era más intenso. Los médicos nunca se explicaban como era posible que soportara tan terrible dolor, sin quejarse nunca.

No permitieron a nadie entrar al consultorio. Salió el médico con un semblante adusto y anunció a la afligida madre, debemos operar de emergencia, se vino una tremenda hemorragia. La señora entró a la habitación y se sorprendió de ver todo salpicado de sangre, era increible que por su boquita hubiera salido esa cantidad tan impresionante. La operación duró hasta el amanecer. Horas que se hicieron tremendamente largas y angustiosas. Solo quedaba llorar de desesperación y orar con fe.

Por fin salió el médico a avisar que la cirugía había sido todo un éxito, pero eso, no quería decir que el peligro había pasado. Lo llevaron a la sala de recuperación, y el médico anunció, si pasa esta noche y amanece bien, sin ningún otro síntoma y no tiene hemorragia… está salvado, pero si no, no puedo asegurar nada, su vida está en peligro. Hemos hecho todo lo que ha sido posible para salvar su vida.

Era tan delicado su estado de salud, que debieron tenerlo en una sala especial, donde no podía entrar nadie, solo podía verse a través de un cristal. Se veía tan tranquilo, tierno y frágil!

La madre oró con desesperación, toda la noche. Amaneció y se acercó a mirar por el cristal. Su niño sonreía con alegría a un hombre muy atractivo, alto y delgado, de traje obscuro. El la miró y le sonrió con gran dulzura y compasión. Y fue cuando ella observó que llevaba un alza-cuello, distinción de un sacerdote católico. Ella no se dió cuenta en que momento entró. Seguramente en su cansancio, físico y emocional, sin darse cuenta, en algún momento había llegado la somnolencia.

Ella estaba llorando cuando el sacerdote salió de la sala de los enfermitos graves. Y le preguntó, es tu niño con el que estaba hablando? Si Padre, contestó ella. Y expresó, debes estar tranquila, vine a darle un rato de alegría y la hostia, pues me dijo que antes de venir aquí, había hecho su primera comunión y yo visito siempre a los niños de esta sala, para darles un poquito de alegría y paz en su corazón.

Por la tarde-noche, debieron llevarlo de emergencia nuevamente a la sala de operaciones, el problema se había presentado nuevamente. Su hermana estaba en el pasillo y cuando iba en la camilla, pidió que se detuvieran un instante. Tomó su mano y dijo: Crees hermanita? me van a operar otra vez!! Su Mirada era amorosa pero con una gran tristeza reflejada en ella. Su hermana no pudo articular palabra, el dolor era muy profundo. Con el corazón oprimido y las lágrimas a punto de salir, sólo acertó a darle un beso en la frente.

Después de varias horas de cirugía, el medico salió a avisar que su corazón no había resistido! Miguelito… había muerto!. No hay palabras para describir todo lo demás. Estaban en la gran ciudad, sin conocer a nadie. Había que esperar todos los trámites administrativos para poder llevarlo de regreso a casa.

Una gran pena sufrida en el frío de la madrugada, sentados en las escaleras de la clínica, sin poder creer todavía lo que había sucedido. Y tristemente, no eran los únicos, hermanados en el dolor, había otros con casos diversos.

La madre desesperada preguntó por el sacerdote que había visto en la mañana. Le informaron que no había ninguno, y menos con las características que ella indicaba, Dijeron que no estaba permitido que alguien entrara a esa sala, solo médicos y enfermeras. Quién era? Nunca se sabrá.

Y ahora, cómo decir a sus hermanitos? Si solo estaban esperando que regresaran para celebrar el cumpleaños de su hermana más pequeña. La hermana mayor, antes de ir al hospital había comprado un pastelito. Por días, se quedó la mesa puesta, eran solo rebanadas de tristeza e imágenes de desconsuelo. El dolor era tan grande y la ausencia insustituible, que hasta las plantas se secaron y el perro con el que jugaba, aulló dos noches para morir también.

La madre estaba muerta en vida, no salía y nada le importaba, ni siquiera sus demás hijos. Una noche su hermana mayor, quien se hacía cargo de ellos, durante este período de duelo, lo soñó. Llevaba su traje blanco de la primera comunión, pero sucio y enlodado, en medio de un charco. Tenía sus ojitos con lágrimas y le suplicó que avisara a su madre que ya no llorara.  Y que esa era la razón por la que estaba así, que por favor lo dejara ir a descansar.

La madre no escuchó el mensaje, pensó que era solo para consolarla. A la siguiente noche, la venció el cansancio y se quedó dormida. Y tuvo exactamente el mismo sueño. Esto fue lo único que la hizo reaccionar un poco, ya no lloraba tanto y oraba más. Afortunadamente empezó a pensar en sus demás hijos y atenderlos. El dolor de una madre no se supera nunca. La herida cicatriza, pero no sana.

Días después, lo soñó nuevamente con su traje, ahora estaba impecablemente blanco, una gran sonrisa y su característica mirada de amor, dándole las gracias por dejarlo ir. Entró en una luz brillante…

Sería solamente que necesitaba que ella cortara el cordón de plata, del que hablan los monjes del Tibet. Ese que une el cuerpo sutil con el astral?…

Martha Larios

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