Memorias Gitanas

MEMORIAS GITANAS

 

memorias gitanas 1

Era verano, y como cada año, llegaba al pueblo, la magia para los niños y el temor para los adultos, que duraba de uno a tres meses.

Llegaban las húngaras o gitanas  en grandes camiones cargados de muchas cosas. Era toda una experiencia, ver su llegada.  Tardaban mucho en instalar sus tiendas, en medio de los grandes y frondosos árboles de pirul, para tener un poco de fresco y soportar el tremendo calor de junio. No les importaba instalarse bajo la mirada curiosa de los pobladores, ya estaban acostumbrados.

Por temor a ser robados o que se llevaran a sus niños, que es lo que los vecinos decían. Y de lo cual no estaban seguros, pues no había pruebas, preferían tener su amistad, así que les proporcionaban agua que acarreaban en grandes baldes para beber, bañarse y preparear sus alimentos.

Las tiendas eran de colores, adentro alfombras brillantes sobre las que colocaban grandes y hermosos cojines, sobre los que se recostaban para leer sus cartas, coser o simplemente descansar. Para los ojos de una niña, que curiosiaba por abajo de la tela de la tienda, esta imagen  y muchas otras, eran como ver un trocito del cuento de las mil y una noches.

Uno de esos días fue descubierta, se hicieron sus amigas y después le mostraban todo y le platicaban lo que quería saber.

Sus faldas de seda azul turquesa, verde limón, rojo, amarillo oro, rosa mexicano, etc. eran bellísimas y según decían tenían 20 metros de vuelo para poder danzar al ritmo de los instrumentos de cuerdas, tambores y panderos en las diversas espacios libres. También salían por todas las calles a leer la suerte en la palma de la mano. Todo ésto para reunir fondos para seguir su caminar por toda la República.

Ya arreglados para salir a divertir a los pobladores. Los hombres eran musculosos y fuertes, lucían camisas de un solo color, pero brillante, pantalones negros, un pañuelo atado en la cabeza, una arracada en la oreja derecha. Las mujeres jóvenes eran muy hermosas, su maquillaje era exagerado y sus cabelleras eran largas, sobre las que colocaban atado hacia atrás un pequeño pañuelo adornado con pequeñas monedas doradas que coronaban su frente.
La música sonaba fantástica, como salida de un cuento de hadas, pues no era común escucharla en la radio ni en ningún otro lugar.

Era un mundo fascinante y diferente, y al mismo tiempo de temor por todo lo que de ellos se decía. La niña no le decía a su madre, pues le hubiera prohibido ir ahí por temor a que se la llevaran.

Esto marcó a la niña de por vida, pues coincidentemente, en la escuela le pidieron vestirse de gitana y ella indicaba a su madre todo lo que quería, pues lo conocía a la perfección. Quería verse como alguna de ellas. Y fue con la danza húngara número cinco, con la que se presentó, bailando con gran alegría. Que por cierto, ésta pieza sigue siendo su favorita. Estaba tan feliz, que de regreso bailó todo el camino. Al llegar a casa se quita los zapatitos y gran sorpresa, ya no tenían suela.

Los años pasaron, la niña convertida en mujer estaba visitando un pequeño poblado de Turquía, en un callejón obscuro, alejado y solitario, caminaba tranquilamente disfrutando del lugar, de pronto escuchó pasos sobre las baldosas, al mirar atrás iba rápidamente tras ella… una gitana. Ahora era al revés, la mujer la espiaba a ella, su mirada la asustó y la seguía rápidamente. Ambas empezaron a correr, seguramente quería robarle, como le habían dicho. Ella nunca lo creyó y a estas alturas de su vida, lo comprobaba. Sudorosa, asustada y con la respiración entrecortada entró a una tienda de zapatos Otomanos, donde ya la conocían. No dijo nada, solamente se sentó y le ofrecieron el te, como siempre que los visitaba. No quiso dañar la imagen preciosa que guardaba en su memoria, de aquellos seres extraordinarios, pero en la esquina, la esperaba todavía su pasado…

Martha Larios

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